Cheikha Rimitti: “Sin mí, Khaled no tendría que cantar”

12 May

 

por Carlos Fuentes

Nació en el puerto mediterráneo de Orán, la segunda ciudad de Argelia, allí donde hace sesenta años abandonó su pobre adolescencia para, a los dieciséis, apenas adolescente, comenzar a ganarse el pan cantando en burdeles de marineros y diletantes. En su vida de largo recorrido ha cantado como nadie composiciones populares ancestrales, surgidas hacia el año 1900 desde la poesía árabe y la música tradicional beduina, pero primero fue famosa por sus letras contestatarias. En el ecuador del siglo pasado puso en solfa aspectos de la vida tradicional para reivindicar los derechos de la mujer en el mundo árabe.

Con 76 años, Cheikha Rimitti exprime su vitalidad en Nouar, un nuevo disco de raï comprometido contra la plaga de fundamentalismo que asola su país. Tantos años ya de guerra. “Canto a las cosas buenas, el amor y la libertad, la rosa y su perfume”, explica la cantante argelina mientras enciende otro cigarrillo y saborea un café negro en un salón desvencijado del madrileño Hotel París.

Vestida con una falda verde, que hace juego con la camiseta de la selección de fútbol de Argelia que lleva puesta, Cheikha Rimitti es el vivo reflejo de la picardía veterana que dan los años. Deja atrás el álbum Sidi mansour, su aventura discográfica en clave tecno-raï pergeñada en 1993 junto a músicos procedentes del rock como Robert Fripp (King Crimson) y Flea (Red Hot Chili Peppers). Un invento moderno con el que la abuela genuina del raï no quedó muy contenta.

Desde Sidi mansour han transcurrido siete años. ¿Qué ocurrió con Cheikha Rimitti?

“Ese disco fue una mala experiencia, cogieron mi voz para hacer la producción sin consultarme nada. Y no lo considero un disco mío. Ahora he recuperado el control de mi carrera para hacer Nouar, que son mis canciones. Nouar es rosa, aroma, todo lo que venga de buena voluntad, amor, cosas buenas… por fin hay un disco de la reina del raï, que soy yo: Cheikha Rimitti”.

Ahora tiene más público, gente joven que descubrió a Rimitti con Sidi mansour

“Y espero que Nouar guste más que el disco anterior. Ojalá, porque al ser más mío, deseo que guste más. Pero no hay que confundirse con el éxito de Sidi mansour, que fue un triunfo sólo en Europa. Con las canciones de Nouar espero triunfar en todo el mundo, en los países árabes”.

En seis décadas de música, hasta el mundo ha cambiado. ¿Y sus canciones? ¿A qué canta hoy Cheikha Rimitti?

“Al amor y la vida, los sentimientos de siempre. Mi canción tiene raíz en la música andalusí del sur de España, sus contenidos no han cambiado demasiado. Sólo el mercado ha forzado algunos cambios por arreglos modernos, pero las canciones son las de siempre. Han llegado jóvenes del raï, Khaled, Faudel, Orchestre National de Barbès… pero están cantando las mismas canciones que yo canto hace años”.

Usted viaja con frecuencia a Orán. ¿Se siente Rimitti respetada por nuevos artistas de raï?

“No. No reconocen que sin mis canciones no tendrían nada que cantar. Llevan mucho tiempo ocultando al público europeo que existe una reina del raï, que se llama Cheikha Rimitti. Estoy muy decepcionada, porque son famosos pero lo han sido a costa de Rimitti. Sin Rimitti no existiría el raï con el que triunfan”.

Entonces, ¿cuál es su referencia musical actual? ¿Escucha nuevos ritmos del Magreb?

“Mi padre sería la flauta y mi madre, la darbouka. Son los instrumentos de mi vida. Puede haber sobre el escenario un montón de sintetizadores, batería y guitarras eléctricas, pero la sonoridad de la flauta y la darbouka es inimitable. Si tuviera que elegir, me quedaría con ella. Pero iré a Estados Unidos a presentar Nouar, ja, ja… a ver qué les parece a los americanos tras Sidi mansour”.

En Argelia, su mensaje optimista choca con la cruel realidad del fundamentalismo. ¿Qué acogida tuvo allí Nouar? ¿Es posible disfrutar en esa vida?

“Ha tenido un éxito sin precedentes en la música raï, el pasado verano fue un gran triunfo. Espero que mis canciones sirvan de ayuda para recuperar la ilusión y olvidar los problemas, Cheikha Rimitti sólo puede esperar eso. ¡Ojalá!”, exclama la cantante antes de recuperar su optimismo de mujer. Se levanta, regala tres besos al periodista y le da un consejo de longevidad: “Esta noche haz el amor, y mañana ven a bailar con Rimitti”.

Publicado en el periódico Diario de Avisos en abril de 2001

 

Eduardo Galeano, la voz que abrió los ojos de América

13 Abr

por Carlos Fuentes

Hay voces que llegan antes de lo previsto, y que se adelantan a la política de lo políticamente correcto. Eduardo Galeano encarnó una. La voz de los sin voz, el eco latente de los pueblos que habían perdido algún partido con esa historia de convulsiones que se conoce por América Latina. Y fue su aliento de vida, esa energía moral inasequible al desaliento, su compromiso a la intemperie, el que terminó por alzarse en el andamiaje de casi toda la obra literaria y periodística que abordó después la autocrítica de la vida en el continente. Bien amarrado al acervo cultural latinoamericano, el escritor y pensador uruguayo deja una obra que supera estereotipos y que merecerá, sin duda, relecturas en tiempo real.

La América Latina que recibió a Eduardo Germán María Hughes Galeano en la clausura del verano de 1940 en Montevideo era la eterna crónica no escrita de un subcontinente devastado por enfermedades sociales que parecían plagas bíblicas. El subdesarrollo, el hambre y el miedo. El clasismo y el imperialismo. La vergüenza de raza y el sometimiento. Más que votos, en América campaban las botas y los uniformes verde olivo. Y al pibe Eduardo las primeras crónicas le salieron en forma de tiras cómicas sobre política para el diario socialista El Sol. Firmaba entonces Gius, con la pronunciación de su apellido paterno, rasgo que visto ahora se antoja premonición de la reivindicación latina que llevó siempre en la mochila. Ya en los años sesenta, junto a Mario Benedetti, otro personaje imprescindible para comprender a carta cabal la nutritiva literatura americana del último medio siglo XX, se embarcó en labores periodísticas en el semanario Marcha, donde coincidió con Juan Carlos Onetti, Alfredo Zitarrosa, el cubano Roberto Fernández Retamar y el peruano Vargas Llosa, entre muchos otros.

Eduardo Galeano 3

El 27 de junio de 1973 llegó el primer encontronazo con la realidad. Golpe de estado mediante, Uruguay se entregó manu militari a la administración de Juan María Bordaberry, que en nombre de la patria y el orden de los patriotas pronto cercenó libertades básicas y terminó por cerrar la revista progresista. El mismo Galeano, encarcelado por las autoridades golpistas, fue finalmente forzado a exiliarse. Eligió Argentina, pero Buenos Aires no iba a ser su último exilio. Es el tiempo de Época, la publicación que sirvió de combustible para alentar la lucha en América Latina, para dotar de un argumentario a la juventud latinoamericana que valoraba cualquier vía válida para acabar con la represión. Pensar en uno, pero también pensar en el vecino. Que viene a ser una versión más bailable de aquella frase memorable de su colega polaco: “El sentido de la vida es cruzar fronteras”.

Como Kapuscinski, el uruguayo lo repitió hasta el día final. El error, otra vez, es que cada país busque su camino. Que la única opción sea el puro canibalismo. “La guerra vecinal es una especialidad latinoamericana. Hemos sido diseñados, como países, para odiarnos entre nosotros. Para ignorarnos, también. Es lo peor de la herencia colonial. Hay otras herencias coloniales, como la de la impotencia. Esa que te dice: “nunca vas a poder, eso no se puede, nunca vas a ser capaz”. La condena a ser espectadores de la historia hecha por otros, incapaces de hacerla con nuestras propias manos, nuestra propia cabeza, nuestro corazón. Con nuestras propias piernas que caminan”.

cartel Galeano

De vuelta a Uruguay, Eduardo Galeano, de regreso otra vez del frío del exilio (en Madrid, donde residió hasta 1985), llegó para sumar. Al año siguiente ya estaba entre los impulsores de la demanda de revocación de la ley de punto final con la que militares de dictadura intentaron sacudirse toda responsabilidad por los crímenes cometidos en el santo nombre de la patria, de la bandera y del progreso. Su compromiso fue reconocido luego con varios premios honoríficos universitarios en América y Europa, también por colectivos sociales, culturales y estudiantiles de su continente natal. Acaso el galardón que más llenó el alma del autor de El libro de los abrazos fue el concedido hace cuatro años por la Federación Universitaria de Buenos Aires para reivindicar a Eduardo Galeano como “un ejemplo para la juventud latina”.

Acaso fue la vindicación del derecho a la duda que el propio escritor repasó en voz alta hace apenas un año. “La realidad [de América Latina] ha cambiado mucho, y yo también. La realidad es mucho más compleja precisamente porque la condición humana es diversa. Algunos sectores políticos para mí cercanos pensaban que dicha diversidad era una herejía. Incluso hoy hay algunos sobrevivientes de ese tipo que piensan que toda diversidad es una amenaza. Por fortuna no lo es”.

Su obra más conocida, Las venas abiertas de América Latina, y su extensión retrospectiva, Memoria del fuego, conforman el atlas del sufrimiento del pueblo, de los pueblos latinoamericanos, pero también son una apuesta desbocada por la esperanza y por la responsabilidad histórica de asumir un rumbo propio tras siglos de tutela extranjera impuesta. El primer libro, publicado en 1971, contó con un par de publicitarios de excepción. Pronto fue prohibido por los gobiernos dictatoriales de Videla en Argentina y Pinochet en Chile, y mal recibido en otra media docena de gobiernos autoritarios, pero se alzó rápido en el ideario de la justicia social que pugnaba por hacerse escuchar en las calles ensangrentadas, en las fábricas con sueldos de miseria, en el eco ahogado de los centros de tortura, en los hogares de hojalata de las familias de los desaparecidos.

Para el autor, empero, el libro de las venas abiertas también fue un peso eterno que ya no se sacudió de su mochila. Hasta hace un año, cuando aprovechó una feria literaria en Brasil para contextualizar su reflexión autocrítica en torno a su obra de referencia. “No volvería a leerla porque si lo hiciera me caería desmayado. No tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política cuando lo escribí. No me arrepiento de haberlo escrito, pero ya es una etapa superada”. No debió pensar lo mismo Hugo Chávez cuando en 2009, en la Cumbre de las Américas, regaló un ejemplar (en español) al presidente Obama. Un gesto que, a bote pronto, hizo del título de Galeano un libro best-seller en Norteamérica.

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En lo emocional, el compromiso de Galeano con la cultura de los pueblos de América Latina nunca necesitó de actualización. Defensor de las minorías y de sus manifestaciones culturales, sin mirar mapas ni fronteras (en 1986 el primer premio Memoria del Fuego reconoció la devoción de los latinoamericanos por Joan Manuel Serrat), el escritor uruguayo conectó siempre con las formas de hacer poesía desde la canción cotidiana. Como en aquella letras de su amigo Daniel Viglietti: “La copla no tiene dueño, patrones no más mandar, la guitarra americana peleando aprendió a cantar”. También es mérito suyo la vindicación del fútbol como algo más que coliseo de emociones plebeyas. Mucho más que sucedáneo neoliberal del pan y el circo

En 1995 publicó El fútbol a sol y sombra para trazar una radiografía sentimental del pueblo a través de lo que cada domingo ocurre en el teatro del balón, el olor a hierba recién cortada y los sueños del que paga la entrada para escapar de casa. De ese libro-apología es una antológica descripción de la soledad del arquero, otro momento Galeano de compromiso con el desfavorecido por la fama y el dólar: “El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo la lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos”.

Y de vueltas a la vida, él que fue siempre un manantial de frases certeras, de reflexiones con fundamento y sustrato alimenticio, de optimismo en medio del temporal, regaló quizá un postrero resumen apresurado de su forma de vida a su amigo escritor y periodista argentino Jorge Fernández Díaz, otro de esos autores que trascienden épocas y continentes ahora que vuelven a soplar los aires del miedo a vivir en el Cono Sur. “El arcoíris terrestre es mejor que el celeste, tan mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y el oscurantismo. Los seres humanos somos mucho mejor de lo que nos contaron que fuimos”. Palabra de Galeano.

Publicado en El Confidencial en abril de 2015

 

Cesária Évora: “África se merece una vida mejor”

7 Dic

Cesária Évora

por Carlos Fuentes

En la distancia que impone una conversación telefónica, la voz de Cesária Évora suena cansada. Pero también suena feliz. Es lunes y la cantante africana que con su música de melancolía y nostalgia ha puesto en el mapa de las músicas del mundo al humilde archipiélago de Cabo Verde está satisfecha. En febrero [de 2004] recibió el premio Grammy al mejor disco contemporáneo y el pasado sábado recogió en París el premio anual Victoria que concede la música francesa.

Ambos reconocimientos llegan por Voz d’amor, su noveno disco, que presentará en concierto en el Auditorio de Tenerife. Cesária Évora nació en la ciudad marinera de Mindelo, en la isla de São Vicente, y tiene ahora 62 años. Aunque han sido los últimos diez los que han marcado la vida de esta mujer que, pese a ganar con el tiempo cariños y reconocimientos, no renuncia a sus raíces, a vivir en su pueblo natal. Huye del falso halago y de creerse más que otros caboverdianos como Teófilo Chantre, Biús, Tito París o Simentera. “Prefiero pensar que, por fortuna, mis músicas han servido para abrir puertas a otros artistas de mi país, que han tenido la oportunidad de emprender carreras en el mercado occidental”, explica desde París.

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Con cuatro millones de discos vendidos en todo el mundo de sus ocho álbumes anteriores, la cantante de Cabo Verde a quien la crítica de París bautizó “la diva de los pies desnudos” tras su aparición en 1993 con Sodade valora el interés que su música ha merecido en la última década. “La acogida de Voz d’amor está siendo muy cálida”, asegura, “durante la promoción internacional estoy comprobando que el público está pendiente de lo que hago y satisface comprobar una vez más el aprecio que tiene el público europeo por mi música”.

Inmersa en una nueva gira europea, que hasta finales de abril la llevará a países como Alemania, Lituania, Estonia, Bélgica y, en especial, a Francia, donde ofrecerá trece recitales (con tres noches consecutivas en el teatro Grand Rex de París), Cesária Évora mantiene su devoción por las gentes de Cabo Verde, los primeros que disfrutaron de su moma melancólica en las tabernas portuarias de Mindelo. “Tengo buenos recuerdos de mi tierra porque todavía vivo allí, aunque salga a cantar a muchos sitios en el extranjero”, señala, “sé que en el mundo hay muchos lugares bonitos, pero prefiero seguir viviendo en mi pueblo, en mi casa, porque allí tengo mis raíces”.

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Observadora privilegiada de la evolución de los países africanos poco favorecidos, Cesária Évora es consciente de que la visión idílica, romántica, que sus canciones ofrecen de África no se corresponde, por desgracia, con la realidad. De las plagas de corrupción, las guerras y el subdesarrollo, la cantante caboverdiana habla con tristeza, pero con esperanza de prosperidad. “Espero que las cosas cambien para mejor, pero desgraciadamente no puedo influir en los problemas que ocurren en el mundo”, asume, “aunque tengo esperanza de que esta situación mejore, sobre todo para África. Todos los pueblos de África se merecen una vida mucho mejor”.

El trasiego internacional por los escenarios de medio mundo no impide que Cesária Évora tenga una visión real de la inmigración clandestina, quizá el mayor mal que asola a los jóvenes africanos. ¿Actúa Europa con justicia ante el drama del nuevo siglo? “La actitud siempre podría ser mejor, pero en mis viajes compruebo que, no sólo los africanos sino otras personas, han encontrado una oportunidad para mejorar sus vidas en Europa y en América”, explica quien hace unos años fue confundida con una emigrante irregular en el bulevar de Cartagena. “Estos viajes son buenos para el progreso de África: sus pueblos pueden ver que existe otra forma de vida, creo que hay sitio para la comunidad africana en estas sociedades”.

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Además del compromiso africano, Cesária Évora ha prestado su voz y sus canciones a experimentos modernos. En 2003 artistas electrónicos como Carl Craig, 4 Hero o Señor Coconut remezclaron piezas como Angola, Bésame mucho y Miss Perfumado para el disco Club Sodade. “No es mi estilo original, pero creo que ayuda a lograr un mayor interés de las nuevas generaciones, a ampliar el destino de mis canciones y de mi voz”, dice divertida la cantante, “y estoy feliz por ello, pero es evidente que ese no es mi estilo de hacer música”.

Más cómoda se siente Cesária Évora con socios musicales más naturales como el brasileño Caetano Veloso (Regresso), el pianista cubano Chucho Valdés (Negue), el maliense Salif Keita (Yamore) o Jacques Morelenbaum (Café Atlántico). “Todas fueron buenas experiencias porque ayudan a ampliar las influencias en la música, en la mía y en las de ellos”, asegura la caboverdiana para recordar su dúo con el cantautor Pedro Guerra en la canción Tiempo y silencio, de su disco São Vicente di Longe. ¿Existe una particular sensibilidad isleña? “Hay muchas similitudes, en las culturas y en los instrumentos que usamos”, reflexiona Cesária Évora, “porque nuestras culturas son muy parecidas y cantar con él fue una experiencia muy bonita”.

Siempre generosa, Cesária Évora habla con cariño sincero de los amigos que le ha regalado la música, pero no se olvida del público. De su público, al que nunca ha dado la espalda pese al aluvión de músicas étnicas que abundan en los anaqueles. ¿Por qué nadie se aburre de Cesária? Ella se quita méritos: “Es el público el que te lleva al éxito y es el público el que sigue queriendo escucharme. No sé decir por qué ocurre, solo que estoy muy contenta de que sea así”.

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Publicado en el periódico Diario de Avisos en marzo de 2004

 

Músicas de Cabo Verde, los sonidos de las islas de África

13 Sep

cabo verde músicas

por Carlos Fuentes

Con su voz trémula, macerada durante años de olvido y desprecio por ese aguardiente inflamable llamado grogue en las tabernas marineras del puerto de Mindelo, Cesária Évora evocó las alegrías y las penas de Cabo Verde. La reina de la morna situó a sus diez islas en el centro del mundo cultural. Ahora una nueva generación de artistas caboverdianos mantiene vivas las llamas de la melancolía en este archipiélago anclado a medio camino de África y América.

Pocas veces un artista, una cantante, hace más por su pueblo que varias generaciones de políticos. Ocurrió con Cesária Évora: desde su presentación en un teatro de París, el público occidental aprendió a situar en el mapa el archipiélago de Cabo Verde. Gracias a esta tarjeta de presentación en forma de voz veterana, emocionante, ahora otros músicos caboverdianos disfrutan de mayor repercusión social y comercial más allá de las fronteras nacionales.

Son Mayra Andrade, Lura, Neuza, Elida Almeida y Nancy Vieira, aunque antes que ellas estaban Ildo Lobo, Titina, Norberto Tavares, Mário Lúcio, Teófilo Chantre y Tito Paris. Porque las músicas de Cabo Verde ya existían antes de Cesária Évora y no serían lo mismo sin el renovador Francisco Xavier da Cruz, el autor que todo el mundo conocería como B.Leza, responsable de nuevos pespuntes brasileños en la morna contemporánea.

No es sencillo trazar una hoja de ruta por los discos esenciales de las músicas de Cabo Verde. Músicas en plural, porque además de la melancólica morna están la coladeira, el funaná, la mazurca y el batuque. Algunas de estas producciones discográficas incluso permanecen aún inéditas en el gran mercado europeo, aunque merece la pena subrayar la importancia que tienen un puñado de discos cruciales para entender por qué unas islas africanas con medio millón de habitantes (una cantidad similar reside en la diáspora entre América y Europa) terminaron por enamorar al público comercial del otro lado del mundo.

b leza

B.Leza. Con él empezó todo, o al menos con él arrancó la fructífera pero azarosa trayectoria musical caboverdiana moderna. Introductor en el código musical isleño del llamado medio tono brasileño, Francisco da Cruz protagonizó la renovación de muchos sonidos isleños a partir de la década de los años cincuenta. Natural de Mindelo, en la isla de San Vicente, B.Leza escribió muchas mornas que forman parte del repertorio clásico del género, al que también dotó de profundidad en las letras de la canción caboverdiana por antonomasia. Su sobrina Cesária Évora es la voz más conocida entre sus intérpretes, aunque canciones suyas han cantado Titina, Tito Paris y todo artista que quiera hacerse un hueco en la escena musical de Cabo Verde.

cesaria evora

Cesária Évora. Narrar su vida atribulada requiere un libro. Apenas adolescente comenzó a cantar en tabernas de Mindelo, pero en 1975 abandonó la música para dedicarse a su familia. Pronto cayó en depresión, ahondada por el alcoholismo. Una década después, su amigo compatriota Bana luchó para que viajara a cantar en Lisboa. En 1988 se presentó en París en un recital memorable, siempre descalza en el escenario. Cize, como le decían sus amigos, se consagró con los discos La diva de los pies desnudos y Miss Perfumado. Ganó un Grammy y en 2009 recibió la Legión de Honor francesa. Su retrato está en un billete, su cara en un sello y su voz, siempre, en la memoria por una mujer noble que esquivó oropeles de fama y nunca dejó de pisar los adoquines de su pueblo.

Música - Concerto em honra do PM português

Ildo Lobo. La voz melódica de Cabo Verde lideró el conjunto Os Tubarões entre 1976 y 1994, cuando continuó carrera en solitario. Autor de álbumes emblemáticos como Tchon di Morgado y Tabanca, Ildo Lobo era natural del pueblo pescador de Pedra da Lume, en la isla de Sal. Artista querido por el público caboverdiano por su compromiso político con el país tras la independencia de Portugal, sus discos Nôs morna, Intelectual e Incondicional son una referencia para cualquier voz masculina del archipiélago. Para asistir a su funeral, celebrado el miércoles 20 de octubre de 2004, el gobierno de Cabo Verde dio la tarde libre a sus empleados. Tenía 51 años.

tito paris

Tito Paris. Además de compositor y cantante, Arístides Paris es un nombre clave en la proyección internacional de las músicas de Cabo Verde desde la sala B.Leza de Lisboa. Nació en la ciudad de Mindelo en 1963 y comenzó como baterista del grupo del veterano cantante Bana, quien mantuvo una presencia constante como puente entre Lisboa y Cabo Verde para los nuevos músicos nacionales. En 1987 Tito Paris publicó un primer disco a nombre propio, Fidjo maguado, al que siguió el álbum Dança ma mi criola. Acompañó durante muchos años a Cesária Évora, de cuyo grupo fue director y para la que escribió nuevas canciones. También fue quien protegió a la gran dama de la canción caboverdiana de tentaciones comerciales derivadas del enorme éxito logrado por la morna en los principales escenarios europeos. Su grabación más reciente es Acústico, donde Tito Paris recopila algunas de las mornas más emblemáticas de Cabo Verde.

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Mayra Andrade. Aquí podrían estar sus coetáneas Lura y Nancy Vieira o la veterana Titina. Pero pocas voces están a la altura de tomar relevo de la reina de la morna como la de esta hija de la diáspora nacida en Cuba y criada entre Senegal, Angola y Alemania. En Praia dio sus primeros pasos, luego actuó como telonera de Cesária Évora y ya en 2003 se estableció en París. Ha grabado duetos con Chico Buarque, Caetano Veloso y Lenine, también con Charles Aznavour, la fadista Mariza y el pianista Roberto Fonseca. Su trilogía Navega, Stória stória y Studio 105 refleja los renovados vuelos de la canción de Cabo Verde con una voz emocionante por sencilla y natural. Recuerden su nombre, será una estrella.

Elida Almeida. El penúltimo regalo de Cabo Verde es esta joven nacida en 1993 en el pueblo de Pedra Badejo, isla de Santiago. Comenzó vendiendo fruta en mercados callejeros y acaba de debutar con Ora doci, ora margos (Ahora dulces, ahora amargos). Fiel reflejo del corazón partido del pueblo caboverdiano: entre la saudade de tiempos mejores que no terminan de llegar y el anhelo por salir del pozo del subdesarrollo africano. Trece canciones, en fin, sobre el milagro cotidiano de vivir en estas islas de África interpretadas con emoción en kriolu, el singular idioma hijo de Portugal, África y Brasil.

Publicado en la revista NT en mayo de 2016

Películas para vivir después de la guerra en Sarajevo

8 Jun

Sarajevo Film Festival

por Carlos Fuentes

Conmueve ser testigo del renacimiento de Sarajevo, la última ciudad mártir de Europa. Ver que sus cuatrocientos mil habitantes pueden pasear en libertad, sentarse en alguno de sus frondosos parques y, quienes lo deseen, incluso pueden ir al cine. Se emociona el visitante cuando recuerda que entre 1992 y 1996 la capital de Bosnia-Herzegovina sobrevivió a un cerco infernal impuesto durante mil días por el Ejército serbio. Ahora, tras el silencio de las bombas y de los francotiradores, el cine regala ilusión cada verano en este cruce de culturas en el corazón de Europa. Conviene recordar los tiempos del martirio para calibrar la magnitud del reto que representa armar un festival cultural en una ciudad que solo lleva dos décadas de vida nueva después del naufragio.

Entre el domingo 5 de abril de 1992 y el jueves 29 de febrero de 1996, militares serbios bajo mando del político Radovan Karadzic y a las órdenes militares del general Ratko Mladic sometieron a tortura a una ciudad que apenas una década antes, en febrero de 1984, había albergado los Juegos Olímpicos de Invierno. Fueron tres años, diez meses, tres semanas y tres días entre violencia cotidiana, vesania premeditada y falta de atención por parte del mundo político occidental a los gritos de auxilio de más de cuatrocientos mil sarajevitas. Los seres humanos que integraban las tres etnias de la región, bosniacos, serbios y croatas, que hasta ese día habían convivido en paz. Resultado: más de cinco mil civiles asesinados y ocho mil soldados muertos.

logo Sarajevo Film Festival

Apenas encauzado el periodo bélico, un grupo de activistas culturales logró poner en marcha un festival de cine en octubre de 1995. No eran tiempos fáciles: el sitio serbio seguía en vigor, apenas congelado durante el proceso de negociaciones forzado por Estados Unidos y una avergonzada comunidad internacional. Desde aquella primera edición del Sarajevo Film Festival, a la que asistieron quince mil personas para contemplar películas procedentes de quince países, el certamen sarajevita no ha perdido su vocación inicial: utilizar el cine, y por extensión la cultura, como herramienta terapéutica útil contra el recuerdo del dolor, contra la ausencia de familiares y la pérdida de amigos.

Para ello, alrededor de un centenar de títulos distribuidos en ocho secciones aspiran ahora a reunir a más de cien mil espectadores en la capital bosnia. Inaugurado el pasado miércoles con la proyección en un gran auditorio a cielo abierto con la película Cuentos sobre la edad dorada, del realizador rumano Cristian Mungiu, ganador hace dos años de la Palma de Oro del Festival de Cannes por su estremecedor relato de la época de abortos clandestinos en la Rumanía de Ceausescu (Cuatro meses, tres semanas, dos días), el festival concluirá el jueves con el pase de El luchador, la resurrección cinematográfica del actor Mickey Rourke, quien tiene previsto asistir al certamen bosnio.

La cita cinematográfica de Sarajevo está lejos de cumplir con convenciones del cine comercial. Ni en continente ni en contenido. La alfombra roja está reducida a un mínimo paseo por las escalinatas del palacio de estilo neoclásico que alberga las oficinas y la programación no tiene espacio libre para concesiones comerciales. En esta edición de 2009, el grueso del programa está dedicado a nuevas producciones realizadas en los países de los Balcanes. De Bosnia a Serbia pasando por Eslovenia, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Montenegro o Macedonia. De hecho, el Sarajevo Film Festival toma el pulso anual al estado de salud del cine centroeuropeo, gran desconocido en las pantallas del sur del continente. Y, a veces, salta la sorpresa.

Quizá los dos mejores precedentes de éxito en el festival de cine bosnio hayan sido En tierra de nadie, la película del director Danis Tanovic que después de su estreno en el 2001 terminó por obtener el Oscar a la mejor película en habla no inglesa; y el largometraje Grbavica, la crónica desgarradora de las violaciones masivas como arma de guerra durante los conflictos bélicos en la antigua Yugoslavia que la directora bosnia Jasmila Zbanic dirigió en 2005. Una película estremecedora que no deja de ser un ajuste de cuentas al estar localizada y rodada en el barrio homónimo próximo a la sede del festival sarajevita. Con ella Zbanic obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín.

Otros compañeros de viaje en el palmarés del Festival de Cine de Sarajevo han sido largometrajes de directores tan recomendables como el danés Lars Von Trier (Rompiendo las olas), el argentino Juan Villegas (Sábado) o el británico Michael Winterbottom (Camino a Guantánamo). Junto a países de consolidada producción cinematográfica, España aporta cada año algún título al festival bosnio. En esta edición, además de alguna coproducción con países latinoamericanos, el cine nacional cuenta con el cortometrajista Chema García Ibarra: estrena el filme de animación El ataque de los robots de nebulosa-5.

En la ciudad de Sylvia

En ediciones recientes, el Festival de Cine de Sarajevo ha programado varias películas españolas. Muy buena aceptación logró el director catalán José Luis Guerin con su largometraje En la ciudad de Sylvia, que fue exhibido en la edición de 2008 dentro de la sección Panorama. En aquella ocasión, Guerin no pudo asistir al certamen sarajevita por encontrarse en la fase previa de rodaje de su nuevo proyecto, Guest. “No estuve en Sarajevo, pero siempre es bueno que tus películas se vean fuera, en otros países. Más importante todavía si En la ciudad de Sylvia se proyecta en un lugar tan especial como Sarajevo”, explica Guerin, director de En construcción, en conversación con este diario.

El cielo gira

Otra reciente experiencia bosnia con acento español estuvo protagonizada hace dos años por la directora Mercedes Álvarez. Su documental El cielo gira se proyectó tras el interés mostrado por el coordinador del Festival de Cine de Sarajevo ante la historia de Aldeaseñor, un pueblo situado en los páramos altos de Soria en el que apenas quedan catorce vecinos. Debido a la enfermedad de un familiar, Mercedes Álvarez tampoco pudo acudir al festival bosnio, pero no por ello guarda un recuerdo amargo. Al contrario, según la información recibida de la organización del certamen bosnio, El cielo gira cautivó al público de un país en el que más de la mitad de sus habitantes aún vive del trabajo agrícola. Quizá porque no haya nada más grato que ver en la gran pantalla vidas ajenas que se parecen a las nuestras.

Publicado en el periódico El Norte de Castilla en agosto de 2009

 

Sucupira, un mercado africano para conocer Cabo Verde

17 May

Sucupira 1

por Carlos Fuentes

Los mercados de África son un mundo aparte. En esta suerte de centros comerciales de lo cotidiano se dan cita cada mañana la vida, las noticias y los sueños de pequeños vendedores que salen adelante suministrando cualquier cosa que necesiten los vecinos. Y cualquier cosa abarca lo vivo y lo muerto, lo nuevo y lo viejo, lo propio y lo extraño. Como si fuera posible ofrecer África entera en un ramillete de calles. En la ciudad de Praia, la capital de Cabo Verde, el mercado africano se llama Sucupira. Y es un mundo aparte.

No está claro el origen del término Sucupira, al menos aquí en la isla grande de Cabo Verde. Se sabe, eso sí, que en Brasil da nombre a un árbol del que, además de madera y forraje, se nutre la población de hojas para infusiones medicinales. En la ciudad de Praia, Sucupira es otra cosa. Es el gran mercado de la capital, el pulmón comercial de la vida cotidiana. Abierto todos los días del año. Sucupira, además, está rodeado por varios hitos importantes de la geografía urbana de Praia. Sucupira es vecino del estadio de Várzea, ubicado en el popular barrio del mismo nombre. Es el campo donde la selección de fútbol jugaba sus partidos hasta el año 2013, cuando se mudó al nuevo estadio del barrio Achada São Filipe. Ahora juegan aquí equipos de Praia, Sporting Clube, Boavista, Clube Desportivo Travadores y Académica, pero no es lo mismo. Quizá por eso, por esa sensación de días mejores que son pasado, Várzea contagia aires de saudade a los aledaños de Sucupira.

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Desde el estadio, dejando atrás el Palacio de Gobierno y el cementerio, la avenida Cidade de Lisboa desemboca en la puerta principal del mercado de Sucupira. Puertas hay más, pero conviene tomar esta como referencia para intentar orientarse luego en el ramillete de calles, callejones y callejuelas que dan forma al mercado africano. Al otro lado, la nueva iglesia apostólica también es una señal para orientar los paseos por el mapa cotidiano de Sucupira. En el cruce que bordea el templo está la salida principal por carretera al centro de la isla de Santiago y abundan paradas de furgonetas que se encargan del transporte de pasajeros y de abundante carga menor que se compra en Sucupira. Son las populares Hiace, modelo de Toyota que se antoja fundamental para entender cómo funciona la economía de mercado (y el mismo mercado de Sucupira) en Santiago. Con ellas cada día se hacen viajes que distribuyen mercancía a los pueblos todo lo comprado en Praia.

Sucupira 3

En Sucupira se vende de todo. A la pieza y al peso. El tramo inicial es un conglomerado de pequeños puestos de textiles, bolsos y productos domésticos. El espacio es reducido, pero sobre las mesas lucen botes de champú y otros productos de baño y cocina. Alguna peluquería avisa de que en la parte central del bazar los salones de belleza al estilo africano serán los protagonistas. Más propio de un mercado es encontrarse con artesanos del cuero y el metal. También hay artistas que aprovechan el vaivén comercial para vender cuadros en los rincones más insospechados. Una señora anuncia una remesa de bolsos de Senegal elaborados con hilos de plásticos de colores. Ochocientos escudos la pieza, poco más de siete euros. Más baratas son las telas estampadas, importadas de Dakar y Costa de Marfil, que vende otro puesto regentado por una pareja caboverdiana. Un vecino ofrece fruta de baobab y flores de hibisco para hacer bissap. Todo rodeado por un sinfín de souvenires multicolores que cuelgan de alambres por todo el mercado.

Por un latera del mercado, camino del parque 5 de Julio, se encuentra la zona de productos frescos, desde frutas y hortalizas a pequeños animales de crianza. Ricos plátanos caboverdianos, pequeños y sabrosos, para un tentempié sobre la marcha en el paseo por Sucupira. Al fondo se venden pollos y lechones, también algunas gallinas como las que cocinan en los restaurantes caseros que dan a la avenida Machado Santos. Tres euros por un plato de gallina estofada con verduras y arroz. En el mercado sigue el trasiego. Los puestos se repiten, pero siempre aparece algo diferente. Una esquina con pinta de garaje es la tienda de música más antigua de Sucupira, y conviene aprovechar la ocasión para conocer la morna y algunas otras músicas que pusieron al archipiélago africano en el mapa mundi de la cultura internacional con figuras como Cesária Évora, Ildo Lobo o el grupo Simentera.

Sucupira 4

Todos los pasillos de Sucupira desembocan en la zona de los bidones, otra singularidad del mercado. Al fondo, en un patio triangular techado con plásticos y chapas metálicas, veinte vendedores despliegan cada día la ropa y el calzado usado que llega a Praia en grandes bidones plásticos con cierre hermético. Si las tiendas de nuevo están en la parte alta de la ciudad, casi todas en el barrio administrativo de Plateau, en Sucupira se venden camisas y pantalones a precios para todos los bolsillos. Remites pintados en los bidones explican el negocio: desde Boston, Londres o Lisboa, emigrantes, familiares y ONGs envían bienes usados que abastecen el mercado de ropa y calzado barato en Sucupira. Cualquier prenda de bidón llegada en barco con meses de travesía se paga con escudos caboverdianos. El billete de 200 escudos reproduce a Ernestina, un pailebote que hasta 1965 llevó a muchos africanos a la emigración americana. Antes fue barco de exploración científica y militar en la II Guerra Mundial. Un guiño a la historia compleja de un país que cuenta tantos residentes como emigrantes lejos de sus diez islas atlánticas.

Publicado en la revista NT en marzo de 2016 

Tarrafal, un pueblo entre luces y sombras en Cabo Verde

28 Abr

Caroline Granycome - Tarrafal

por Carlos Fuentes

La amplia bahía abierta al oeste aparece al fondo, al pie del modesto Monte Graciosa, entre leves montañas moldeadas por el viento y el salitre del mar. No sobra la vegetación, tampoco el agua. Las primeras casas escoltan una carretera de adoquines en línea recta que desemboca en el centro de la población. Hemos llegado a Tarrafal, la localidad más importante del norte de la isla de Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde. Un destino ahora apreciado por los viajeros del mar y la naturaleza, pero que hace medio siglo fue escenario de uno de los capítulos más infames del declive colonial portugués en África.

Como en la fotografía de Caroline Granycome, el pueblo de Tarrafal lleva toda la vida mirando al mar desde la Serra Malagueta, hoy parque natural y límite sur del municipio. Creado en 1917 a partir de la separación del vecino pueblo de Santa Catarina, muchos de los veinte mil habitantes de Tarrafal se dedican a labores asociadas al puerto, ya sea en la pesca tradicional, el comercio o los servicios. También la agricultura tiene un papel notable con cultivos de maíz y caña de azúcar o frutas como plátano, mango y lima. En la época de la construcción del puerto de piedra volcánica, el auge del comercio de la jartrofa, el piñón de tempate, fue uno de los sustentos de la población. En el casco antiguo viven siete mil vecinos, siendo Chão Bom y Achada Tenda otros núcleos importantes situados a setenta kilómetros de la capital, Praia.

Campo de Tarrafal

La imagen tranquila de Tarrafal, sus acogedoras calles de adoquines, como pocas quedan ya en la isla, contrasta con un momento crucial en la historia de Cabo Verde y también en la historia de la que fue su potencia colonial hasta 1975. Durante el dominio de Portugal sobre este archipiélago africano, los dirigentes de la dictadura cívico-militar de Lisboa utilizaron el municipio de Tarrafal como lugar de confinamiento y destierro para líderes políticos y sindicales de Portugal y de otros países africanos. En 1936 el pueblo albergó uno de los centros de represión más crueles puestos en marcha por la dictadura del Estado Novo: la colonia penal de Tarrafal, cuyos muros de arena y piedras aún custodian la carretera de entrada al casco antiguo.

Apenas dos kilómetros de carretera empedrada separan el centro del pueblo y la entrada al campo de concentración. Sopla el viento, aunque es un día tranquilo. El sol, eso sí, no da tregua. Quince minutos de paseo es tiempo suficiente para hacerse una idea de cómo pudo ser la vida aquí de los presos políticos que fueron encerrados en la prisión, algunos durante décadas. Un viejo portal levantado con ladrillo hace de primer control, no lejos de la puerta principal. Bajos las almenas, entre muros sólidos, aquí acababa la libertad de los confinados. Rodeados por un foso que dobla la altura de una persona, alambrada y guardia armada permanente, la soledad, el hambre y los malos tratos acabaron con las vidas de treinta y dos personas entre 1937 y 1948.

Tarrafal penal

La Colonia Penal de Tarrafal fue creada por decreto del gobierno portugués el 23 de abril de 1936. En octubre llegó un primer grupo de 152 presos, en su mayoría por vínculos con las revueltas de Marinha Grande en 1934 y la rebelión de marineros a bordo de barcos de guerra en el río Tajo de dos años después. Las órdenes del gobierno surgido del golpe de estado del general Salazar en 1926 eran concluyentes: reclusión mayor sin derecho a visitas para reprimir las protestas políticas y las revueltas sociales. La condena se convirtió en una visita a la muerte para los líderes más destacados de la oposición.

Casi intacto, aunque bastante descuidado, el antiguo campo de concentración de Tarrafal ofrece una visita a uno de los capítulos más oscuros de la historia de Portugal. El lugar de condena para más de trescientas personas durante los quince años que recibió presos. Rodeado por un muro de planta rectangular y siete metros de altura, el penal es un grupo de edificios de aspecto militar que, en general, se mantienen en buen estado. Los cuartos son paredes desnudas, sin mobiliario, en la mayoría de las estancias. Hay una habitación de cocina y un viejo cuarto con letrinas excavadas en unas piedras sobre el suelo. Ahora todo rebosa malas hierbas, apenas unos paneles informan sobre la historia del lugar, esperando quizás un proyecto de rehabilitación en el que está involucrado el ministro de Cultura de Cabo Verde, el músico Mario Lúcio, sin duda el vecino más popular de Tarrafal.

pescadores

La visita a lo que queda de la Colonia Penal de Tarrafal concluye a las puertas del pueblo de Chão Bom, ya de vuelta al casco antiguo que bordea la bahía por el mismo empedrado de adoquines de la llegada. Si no es muy tarde, todavía hay tiempo para disfrutar del desembarco diario del pescado en el muelle, junto a una de las pocas playas de arena amarilla en Santiago.

También para pasear por los alrededores del mercado municipal, visitar la escuela de música y artesanía (que ocupa el antiguo mercado) y el Parque de las Meriendas, donde es posible probar platos típicos cocinados con pescado de Tarrafal. El Café Maracuyá sirve helados antes de que la tarde-noche sea competencia del cine-pub Anonymus, en la plaza central de esta ciudad marcada por la historia que ahora vive del mar, del turismo y la naturaleza.

Publicado en la revista NT en febrero de 2016