¡Qué bueno que viniste!

27 Nov

Por Carlos Fuentes

Vino para intentar cambiar el mundo, para remover conciencias. Esquivando censura y represión militar, el rock argentino reivindicó en los años sesenta unas formas musicales modernas y, sobre todo, la utilización del castellano como vehículo narrativo de sus crónicas cotidianas. Ahora, un grupo de músicos argentinos se reúne en Casa América de Madrid para festejar los cuarenta años del primer gran concierto de rock celebrado en Buenos Aires. Como timonel ejerce Claudio Gabis, influyente guitarrista que encabezó Los Gatos y Manal antes de dedicarse a la enseñanza musical en España. Junto al pionero, en el recital están Ariel Rot, Coti, Andy Chango y Marcelo Champanier.

Claudio Gabis (Buenos Aires, 1949), enciclopedia viva del rock en español, formó parte del núcleo fundacional de aquel sonido callejero, que pronto se convirtió en seña de identidad para la maltratada juventud argentina. Aunque hubo intentos previos, todo empezó en 1968 alrededor del bohemio barrio de Once, en boliches como La Cueva y La Perla. “Fue un año de cambios, muy importante social, política y musicalmente”, explica Gabis. “Aparecieron artistas interesados en formas nuevas de expresión, gente que entendió la utilización del castellano. Antes se había cantado en inglés, con sonido beat, pero Los Gatos, Manal y Almendra queríamos que el público nos entendiera. Había muchas cosas por decir y la ciudad fue el territorio en el que se generó esa música”. Más allá de influencias británicas y americanas, los pioneros del rock argentino se nutrieron de un país cultivado, literario. Incluso del mundo golfo del tango. “Al principio costó admitir que había conexión con el tango, pero utilizamos el lunfardo para hablar de situaciones vernáculas. Entendimos que el castellano era un idioma digno para generar una poética en la música”, recuerda Gabis.

En España, por contra, el rock fue primero ñoño, superficial. “Es que allá se vivía una realidad política y cultural muy diferente. España estaba dormida, aplastada por el franquismo”. ¿Y apareció el rock como vehículo de expresión o como herramienta para el cambio? “Más herramienta de cambio, pero también vehículo de expresión de la gente joven. Esos años se produce una ruptura generacional violenta, con una forma de ser muy controladora, que se había exacerbado con golpes militares y con la presión conservadora y tradicionalista”, explica el músico para apuntar que las bases de este rock fueron el lumpen y el barrio. Aparecen, entonces, artistas como Tanguito, Moris, Litto Nebbia, Luis Alberto Spinetta, Billy Bond, Miguel Abuelo o Pipo Lernoud, que acceden a influencias exteriores y se reconcilian con el tango porteño, en los tugurios de Once y en espacios como el Instituto Di Tella. Gabis estaba allí: “Se abrió el espacio cultural en pleno centro de Buenos Aires y allí se refugiaron las vanguardias artísticas, que tenían más que ver con Nueva York y Londres que con lo que nos rodeaba en Argentina”.

El 12 de noviembre de 1968, el Teatro Apolo acogió la presentación de Manal, apoyado por el estreno de Mandioca, la primera discográfica argentina. “Esa primera ola duró cinco años, con tres años de gran explosión. Después, a raíz de la disolución de los Beatles y de las muertes de Jimi Hendrix, Jim Morrison y Janis Joplin, el rock fue absorbido por la industria. El sistema político empezó a manejar al rock, que perdió la ilusión”, y así, recuerda, es como se llegó al final del sueño en los setenta. “Se mantuvieron formas, pero la fuerza original no logró su meta”.

En las generaciones venideras, el rock primigenio dejó huella. Lo explica Ariel Rot (Buenos Aires, 1960), alumno de Gabis antes de exiliarse en España para formar Tequila. “Aportó poesía y voz propias, con un lenguaje muy personal. Hacer ese cóctel propio en un lugar tan alejado de todo tuvo mucho mérito, y sobre esa base de letras poco terrenales, con mucho vuelo y mucha poesía, se siguió construyendo un edificio sólido”, anota Rot. “Ahora no todos los grupos tienen una calidad exquisita como antes, pero ellos inspiraron riesgo, personalidad y locura a aquel rock progresivo, que vino a romper moldes”.

Andy Chango (Buenos Aires, 1970) subraya la importancia de los pioneros. “Ese rock me marcó entre los diez y catorce años. Tuve la suerte de que existieran Los Gatos en una Argentina con militares. Era un niño hippie, un hippie de juguete, pero también un pequeño rockero en una época que estaba predestinada para cosas mucho peores. El rock y los conciertos eran una puerta enorme a la ilusión juvenil”, recuerda Chango, cuyo primer recital fue el regreso de Moris en 1981. “Se respiraba un clima que no era sólo musical. El rock fue una válvula de escape para una sociedad que estaba siendo castigada y reprimida”, cuenta Andy Chango, que asegura que, más que mover caderas, aquella música era un compromiso con el dolor y con el anhelo de libertad.

Once fue el barrio donde nació el rock argentino y donde, en 2004, quizá firmó su defunción con la tragedia de la discoteca República Cromañón, que causó 194 muertos la penúltima noche del año durante un concierto de Callejeros. “No lo había pensado, pero es verdad”, admite Claudio Gabis, sobre el epicentro del rock ubicado en Miserere. “En el eje de la avenida de Pueyrredón estaban la plaza Francia, que fue centro del movimiento hippie. Pueyrredón es la frontera entre el centro de Buenos Aires y los barrios, allí se produce la división urbana”, cuenta Gabis. En ese escenario se curtieron personajes inclasificables del rock argentino. De Tanguito a Andrés Calamaro, pasando por Charly García. “Charly es una creación shakesperiana, como un personaje de Burroughs. A Andrés lo conozco desde que tenía cinco años, era compañero de colegio de mi hija, y le he visto desarrollar su carisma”, explica Claudio Gabis, que deja el remate a Andy Chango. “El rockero argentino no es de salir a tocar y luego cenar antes de dormir. Uno pensaba que ser rockero era hacerse el loco, buscarse problemas e intoxicarse, estábamos confundidos”.

Más reflexivo, Claudio Gabis hace diana. “Venimos de un país muy raro, muy exagerado, lleno de mitomanía”, reconoce. “En Argentina aún hay carteles que dicen Perón vive, Evita vive. Incluso hay una religión dedicada a Maradona. Y Charly es un personaje de Homero, ya es leyenda”, y deja clara la tendencia al mito. Para lo bueno y para lo malo, porque existe un defecto grande, como él mismo dice, que es el de “destruir a esas mismas figuras cuando las cosas no van tan bien”.

Publicado en el diario Público el 27 de noviembre de 2008

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