Siglo II después de Onetti

27 Jun

Por Carlos Fuentes

¿Puede ser la tristeza motor de creación? ¿Se escribe mejor desde el desasosiego y la melancolía, en una tormenta íntima? El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti dejó una lección magistral sobre la influencia del ánimo en la labor creativa. Él ya no está aquí para contarlo, pero Mario Vargas Llosa recupera su figura como eslabón central de la novela hispanoamericana moderna. Ahora, Casa de América conmemora el centenario del natalicio del orfebre de El pozo, La vida breve y del cuento magistral El infierno tan temido.

Un escritor es un escritor más sus obsesiones, y en Onetti este hecho es algo flagrante, un sacrificio, una inmolación”, arrancó Mario Vargas Llosa su repaso de memoria propia sobre la figura de un autor, Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994), que sobrevivió como pudo a un continente desgarrado por la violencia social y la caníbal controversia política. “Su mundo literario es muy negro, es un mundo pesimista y desesperado en el que no hay salida porque todo se corrompe, hasta la honestidad”, abundó Vargas Llosa, “pero a pesar de la mugre, Onetti emociona y cautiva, e incluso genera piedad y solidaridad”.

Al otro lado de la mesa, el escritor y periodista canario Juan Cruz entró pronto al quite. Atribuyó al uruguayo la creación de una “cosmogonía del mal” en su obra y, afilado, señaló que Onetti “halló la desolación para hablar de la desolación”. “Cuando Onetti escribía había varios Onetti, aunque él nunca se impuso temas. Escribía por necesidad, casi como función orgánica”, indicó Vargas Llosa, en la convicción de que “nadie puede reprochar a un escritor su visión del mundo si esa visión es auténtica y conmueve”. Dicho de otra forma, escueta: “Onetti no era totalmente consciente del significado del mundo que creó”. El peruano citó El infierno tan temido, que “estremece y dice muchas cosas más de las que uno puede entender. Es el texto de Onetti que mejor describe el mal y la vocación autodestructiva, que es la fuente de toda catástrofe humana, de la inclinación irreprimible del ser humano por hacer daño y destruirse. Siempre me pregunto si Onetti llegó a darse cuenta de lo que había logrado en ese relato”.

Con óptica isleña, Juan Cruz reivindicó la valía de lo anecdótico en el proceso creativo de un narrador (“son las anécdotas las que producen obras narrativas, la escritura reescribe la realidad”) y Vargas Llosa asumió el valor intangible de la memoria como motor literario. “Los recuerdos germinan en la memoria, aunque con Onetti no tenemos fuentes sobre lo que vivió y que luego transformó. Hay muchas perspectivas para afrontar una obra tan poliédrica. Sus personajes son escapistas como lo es siempre el ser humano que considera que el mundo es insuficiente”, indicó Vargas Llosa, que reconoce al uruguayo como «el primer narrador moderno» de la lengua castellana. “Su influencia desde que lo conocí en los años sesenta nunca me defraudó. Siempre me pareció un verdadero creador, con mundo propio. Onetti leyó bien y aprovechó maravillosamente sus lecturas de Proust, Céline, Faulkner y Joyce, de los fundadores de la modernidad”. “Y esa melancolía le originó cierta fortaleza”, anotó Cruz para recordar que, en los escenarios de su intimidad, Onetti era capaz de “alcanzar la risa y reírse de sí mismo. Era un hombre luminoso que desataba enorme ternura entre quienes le visitaban” en su exilio madrileño, donde residió desde 1975 hasta su muerte.

Del ámbito íntimo también habló Vargas Llosa, cuya introspección en la obra y la vida de Onetti ha quedado plasmada en El viaje a la ficción. “Se abría las entrañas y se las dejaba en la escritura”, afirmó el peruano, quien sin embargo reconoció que Onetti era más de tirar de timidez como arma para encofrar sus relaciones sociales. “Era muy tímido y no salía nunca de la habitación, allí leía novelas policíacas y tomaba su güisqui”, recordó Vargas Llosa sobre uno de los dos encuentros que tuvo en persona con el escritor uruguayo. Ocurrió en San Francisco, cuando Onetti inquirió al novelista por sus hábitos de trabajo en las letras. Y Mario Vargas, ordenado como diplomático en misión perpetua, precisó que él escribe con horario fijo, cual empleado a tiempo completo. “Lo que pasa es que tú tienes unas relaciones conyugales con la literatura y yo, adúlteras”, respondió Onetti en un arranque entre el sarcasmo y la risa útil de sí mismo.

Hubo más conexiones Onetti-Vargas. En 1967, el segundo ganó el premio de literatura Rómulo Gallegos con La casa verde. Y el uruguayo no dejó pasar la ocasión: “Él dijo que ese premio me lo habían dado porque en el burdel de mi novela había orquesta y en la suya no”, recordó entre risas Vargas Llosa. Pero más allá de la risa efímera, Juan Carlos Onetti transitó territorios de tristeza y no poca resignación social. “Los escritores no escriben aislados y si hay una experiencia compartida en América Latina en los años 30 es la frustración y el sentimiento de derrota. Y Onetti padeció íntimamente contexto tan duro”.

Como aquel poeta aislado que devoraba pasteles de merengue para endulzar su penar cotidiano: “Soy una inmensa llaga que no cesa. No me toquéis, que duelo”.

Publicado en el diario El Norte de Castilla el 27 de junio de 2009

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