Irán, el país donde cualquier siglo pasado fue mejor

20 Jul

por Carlos Fuentes

Sentado junto al conductor, el joven turista francés pide permiso para poner algo de “música moderna”. Apenas despunta el sol y el viejo altavoz empieza a cantar en inglés: “Ain’t it just like the night to play tricks when you’re tryin’ to be so quiet?”. El chófer, más viejo que joven, austera ropa de faena, franela y algodón, tuerce el gesto y espera un rato para volver a hablar. “Les llevaré al mundo de esplendor que tuvimos en mi país, nunca verán nada parecido”. Pero al chico francés sólo le importa tararear la vieja canción americana, una voz que el piloto ni conoce: “She’s delicate and seems like the mirror…”. Transcurren así, en un simulacro de choque de culturas, los setenta kilómetros que separan la ciudad de Shiraz de la añeja Persépolis, corazón antiguo de un imperio. La capital que Alejandro Magno saqueó en el año 330 antes de Cristo; la ciudad –y quizá la historia sea un bucle– que precipitó el fin del shah Reza Palevi cuando, en 1971, dilapidó más de setenta millones de euros durante tres días de fiesta para celebrar los 2.500 años de la monarquía persa.

Isfahan

Es fácil sentir el peso de la historia en la República Islámica de Irán. Incluso en un día de invierno como este. Hace un frío de espanto, pero la memoria escrita en las piedras de Persépolis se revela al viajero en lo que queda de la ciudad imperial. La visita arranca en la Puerta de Jerjes, construida en tiempos de esplendor (siglo VI antes de Cristo) para reconocer la jerarquía del rey persa Darío I el Grande. Aquí estuvo el Palacio de las Cien Columnas, donde el monarca recibía a enviados que llegaban a rendir vasallaje de tierras remotas. Sometidos al expolio posible y a un clima inclemente, apenas quedan algunos bajorrelieves con figuras del emperador, manoseados por los visitantes, cuando no agredidos con firmas ajenas rayadas sobre la piedra. En la Puerta de Todas las Naciones, donde Jerjes mandó grabar Yo soy Jerjes, gran rey, rey de reyes, Crampton rayó su nombre sobre piedra en 1810 y un tal Parsons hizo lo mismo quince años después, en 1825. Vándalos pioneros del grafito siglos antes de que existiera el aerosol. Al sur, sobre una polvorienta terraza de piedra, el Palacio de Apadana recuerda a la Guardia de los Inmortales con símbolos religiosos zoroastrianos y un guiño a la divinidad que protege el lugar “del hambre, de mentiras y de terremotos”.

Tajt-e Yamshid PersepolisAl oeste se reparten los restos de los palacios que una vez iluminaron el poder político y militar en Oriente Medio. La residencia de invierno de Darío I y los restos del inacabado palacio de Artajerjes III, también la sala de audiencias en la que embajadores venidos desde treinta países rindieron pleitesía a Jerjes I como símbolo de unión entre pueblos. “Nuestra región”, vuelve a hablar el chófer, ya casi guía, “es ahora sinónimo de rivalidad, pero una vez aquí estuvo la primera alianza política del mundo. No lo olviden”. Y no le falta razón. El viajero francés Jean Chardin visitó la ciudad de Persépolis en el siglo XVII y dejó escrito, conmovido, que “lo que se concibe por la vista va más allá de todas las expresiones, pues no tengo jamás nada por visto, ni concebido, ni tan grande ni tan magnífico”.

De este extraordinario ingenio humano, cuyas obras duraron 150 años y abarcaron 125.000 hectáreas, la ruta hacia el este lleva a los complejos funerarios de Naqsh-e Rostam y Naqsh-e Rajab, donde se supone que fueron enterrados los reyes Darío I, Atajerjes I, Jerjes I y Darío II. Saqueadas y nunca restauradas, las tumbas conservan finos grabados de la época zoroastriana y ofrecen una imagen de historia detenida en el tiempo. Una sensación que se repetirá en Pasagarda, la primera capital que tuvo el gran imperio persa aqueménida y donde sobreviven los restos de la tumba sobria de su fundador, Ciro II el Grande, el rey que en el siglo VI antes de Cristo gobernó uno de los grandes imperios que han existido sobre la Tierra. Desde el Mediterráneo a las montañas del Hindu Kush en el actual Pakistán. Su ejército sometió Babilonia y su vida fue llevada a la posteridad por el historiador griego Heródoto.

Mezquita IsfahanA medio camino entre Shiraz y Teherán aguarda la capital comercial persa. Isfahán, con pena conocida ahora por albergar el reactor nuclear que es motivo de disputa con Occidente, se revela como una joya escondida. Si usted está orgulloso de la plaza de su pueblo, aquí ponderará su opinión cuando doble una esquina y entre en la plaza del Imán. No es sólo por su tamaño descomunal (abarca 83.500 metros cuadrados, sólo superada por la plaza china de Tiananmén) sino el esplendor del patrimonio arquitectónico que alberga en sus cuatro costados. Dos mezquitas, un palacio y el abigarrado gran bazar orientan el paseo del viajero, sumergido en una historia épica que ya tiene cinco siglos. Edificada desde 1602 por el shah Abás, la plaza central de Isfahán deslumbra por el color azul persia de sus cúpulas de cerámica.

Orientada en dirección a la Meca, la mezquita del Imán es uno de los edificios religiosos más importantes del planeta. Se construyó en cuatro años y alberga dos santuarios, una madrasa y cuatro iwanes. Bajo su cúpula, escoltada por dos minaretes de 42 metros, se contabilizan medio centenar de ecos sonoros distintos, pero sólo una docena son percibidos por el oído humano. “Es el templo del silencio”, dirá luego el artesano Fotowat mientras enseña su destreza para pintar miniaturas persas sobre finas láminas fabricadas con huesos de vaca o de cordero. En su tienda-taller, situada al pie del palacio real de Ali Qapu (otra maravilla de Isfahán, construido en el siglo XVI y estrenado en las celebraciones del año nuevo persa Nowruz en 1597), este prestigioso miniaturista vende piezas únicas hechas a mano por veinte euros.

Sheij Lotfollah  Mosque IsfahanEn Isfahán brilla con luz propia la mezquita de Sheikh Lotfollah, apreciada por los iraníes como la mejor muestra de su esplendor cultural. Construido entre los años 1602 y 1619, el templo está coronado por una cúpula cilíndrica de cerámica cuyo color varía de tono, del azul persia al rosa, según incida la luz solar. En su fachada imponente, el pórtico alambicado de motivos florales en cerámica está inspirado en la cueva de la Meca en la que, según la fe islámica, el arcángel Gabriel reveló a Mahoma los principios del Corán en el año 610 de la era cristiana. Más mundano se antoja el paseo por el gran bazar: bajo sus bóvedas de adobe, artesanos y chamarileros ofrecen un catálogo infinito de cerámicas, cuencos de cobre lacados a mano de azul añil, alfombras de cualquier tamaño posible o finas joyas repujadas con oro y plata.

Isfahan bridgeSin salir de Isfahán, al margen del patrimonio islámico, conviene cruzar el río Zayandeh por el puente Si-o-Seh (de 298 metros de longitud, bajo cuyos 33 arcos de piedra se reúnen jóvenes para compartir té y ratos de amor) y entrar en el barrio armenio. En Irán, el 98% de sus 71 millones de habitantes profesan la fe islámica, pero sobreviven grupos reducidos de cristianos, judíos, hindúes, bahais y zoroastrianos. En Isfahán, los armenios tienen una presencia superior al resto e incluso forman el único grupo social autorizado para vender alcohol, cuyo consumo está perseguido con rigor en todo el país. En Jolfa, su barrio en el sur de Isfahán, mantienen activas iglesias y un cementerio cristiano, así como tiendas donde se aprovisionan siete mil vecinos. Aunque por fuera no parece más que un edificio anodino de color teja, el interior de la catedral de Vank esconde pinturas al fresco que representan las tradiciones bíblicas, la vida de Jesús y el martirio armenio durante el Imperio Otomano. En dos iglesias, consagradas a Belén y a la Virgen María, se puede asistir a misa.

YazdAntes de regresar al ruido frenético de Teherán conviene tomar la carretera que enlaza al este con la frontera afgano-paquistaní. A medio camino está Yazd, la ciudad que Marco Polo visitó en su viaje oriental de 1272 y que luego fue saqueada por las tropas mongolas encabezadas por Gengis Kan en el siglo XIV. Con tres mil años de historia, Yazd emerge en medio del desierto como un laberinto de edificios de adobe y callejuelas peatonales. Sus principales atractivos son la mezquita de Kabir Jaame, construida en el siglo XII con los dos minaretes más altos de Irán; el complejo Amir Chakhmagh que custodia el bazar, y el Templo del Fuego, donde la “llama eterna” de la fe zoroastriana está encendida desde el año 1474. Menos interesante se antoja el paseo hasta la Prisión de Alejandro Magno, donde según un verso del poeta Hafez estuvo preso el imperial monarca macedonio.

Ya en Teherán, el Café Naderi, testigo de tertulias antes de que los profetas del rigor islámico llegaran al poder, es por tranquilo antesala idónea para la visita a los museos. En el sótano acorazado del Banco Melli se exponen diamantes de 182 caras, brazaletes de oro y, la joya de la antigua corona, el Trono del Pavo Real, fabricado en 1798 con 26.733 gemas preciosas. Demasiada riqueza escondida para un país cuya población soporta un treinta por ciento de inflación y en el que dos de cada diez personas son pobres, soportando anacronismos sociales (la vida de una mujer vale, por ley, la mitad que la de un hombre) y apreturas económicas que no tienen fin (una botella de agua mineral es más cara que un litro de gasolina). Mejor no pensar en política aquí donde un ayatolá manda más que el pueblo. Camino del aeropuerto dedicado al ayatolá Seyyed Ruhollah Musavi Jomeini, la memoria vuelve un instante a la eternidad dormida en las ruinas imperiales de la legendaria Persépolis. Y al recuerdo del chófer que no sabe quién es Bob Dylan.

Publicado en el diario El Norte de Castilla en julio de 2009

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