Las canciones de verdad tienen curvas

10 Sep

LA MAR DE MÚSICAS

por Carlos Fuentes

44 conciertos en 22 días, casi la mitad en plena calle. Quince veranos lleva La Mar de Músicas escribiendo la banda sonora de julio en Cartagena. Marruecos contó con cuota amplia como país invitado, aunque lo mejor vino de lejos. Aquí, de más a menos, un paseo de dos semanas por un festival de altos vuelos.

A Mélissa Laveaux le tocó avivar la llama de Khaled y Pablo Milanés tras la apertura. Subió nerviosa a la Catedral Antigua, pero pronto se sacudió la prisa. Su canción, híbrido de autor con ligero aire hip hop, gana en la distancia corta. A trío, con orgullo de nieta de haitianos, cantó en francés, inglés y criollo. Defendió con solvencia su único disco, Camphor & Copper, y acabó bordando a Elliot Smith (Needle in the hay) y Eartha Kitt (I want to be evil). Rokia Traoré ya es un valor seguro. Y en alza. Tan diestra en bámbara y con n´goni como haciendo de crooner, guitarra en mano, para recordar a Billie Holliday (The man I love) y Miriam Makeba (Pata Pata). También se acordó de Fela Kuti, y en Tounka pidió comprensión con la emigración: “En Europa es un problema, para África es un drama”. Con Madeleine Peyroux hay idéntico feeling: sigue creciendo. Da igual que haga canción de arrabal, “de alcohol”, dijo entre risas, en Don´t wait too long, se arrime al blues (You can´t do me), cante a la tristeza (Our lady of Pigalle) o al amor (La Javanaise). Ojo con La Mala es el invento audaz de la Mala Rodríguez, Refree y la Original Jazz Orchestra del Taller de Músics. Hip hop con metales, DJ y teclados al mando de Raül Fernández. María habla en plata, pletórica, cada vez más lo que es: la gran cantante de este tiempo. Deslenguada, sobre arreglos jazzy del ingeniero de Refree, encandenó rimas soberbias (Tengo un trato, Lo fácil cae ligero, La niña), algún momento brutal (¿Por qué tienen sed?) y se despidió desafiante (Nanai, Déjame entrar). Grande. En su palo, lo mejor de la temporada.

Randy Weston fue otro regalo. Con su quinteto y The Master Gnawa Musicians of Morocco, el pianista de Brooklyn paseó por las medinas añejas de Tánger y Marraquech, fundiendo jazz y misticismo (Blue moses). Recordó a Gillespie y Pozo (African sunrise), amparó solos galácticos de contrabajo, saxo y trombón, conmovió con piano arrimado al africanismo y se fue sobre el traqueteo incesante de las qraqeb. Menos nutritivo estuvo Yann Tiersen. Jugando al despiste, ni rastro de Amélie Poulain, el bretón dedicó una hora al rock ácido, epiléptico, apoyado en las guitarras de Matt Elliott y en los aires presuntuosos del Ondas Martenot. Para cerrar la zona alta nadie mejor que Oumou Sangaré. Es la mujer con más voz de África, pero no se duerme. Poderosa y versátil, la reina malí de Wasulú maneja el patio a su antojo, ya sea con aires tradicionales de kamele n´goni, porque no hubo kora, (Sounsoumba, Seya) o para levantar la cara por la mujer (Wele wele wintou). “No woman, no life”, gritó al bailar Yala. Como una ola, dejó a muchos con la boca abierta.

Cerca de pleamar, Marianne Faithfull merece crédito aparte. Cuida los detalles, consciente de que la voz (a veces) no está a la altura del mito. Con Roger Eno vigilando todo, la musa de swinging London elige bien el repertorio, de lo humano a lo divino. De Dolly Parton (Down from Dover) a Bessie Smith (Easy come, easy go), con paradas en Randy Newman (In Germany before the war), Morrissey (Kimbie) y Nick Cave (Crazy love). Pareció reírse de sí misma en Sister morphine y se fue, elegante, con Sing me back home before I die. Más voz le queda al franco-argelino Faudel, cada vez más accesible y cercana al pop. Mucho rai de teclados y demasiada versión (My way, Aicha, Didi) en la noche magrebí que abrió el chaabi popular de la cantante Najat Aâtabou.

Novalima y Otros Aires asumen riesgos. Los peruanos del nuevo afro han dado con una fórmula entre folclor y electrónica que funciona en disco y en directo. Se bailó con Coba Coba, Ruperta y Bandolero. Son a Lima lo que Gotan Project a Buenos Aires, y Miguel Di Génova sabe de qué va la historia. Encabeza Otros Aires, para mayor gloria de Manzi y Pugliese, con sample de Gardel (Milonga sentimental) y un ojo en la rumba catalana (Rotos en el Raval). Canciones de noche y humos, aunque el cuarteto se defendió a media tarde. De noche saltó Calle 13 al auditorio grande. Pletóricos, aunque su música urbana pierda algún entero en directo, Residente y Visitante repitieron el concierto de Madrid. Cómodo no cambiar cuando el invento funciona (La cumbia de los aburridos, Pa´l Norte), porque lo intentaron una vez (Mala suerte con el 13, con la Mala Rodríguez) y el tiro salió por la culata. Chiwoniso y Fez City Clan son dos versiones de África. La zimbabuense revitaliza la mbira con pespuntes de funk, y los cinco de Marruecos batallan hip hop con la actitud del pionero en tierra extraña. Chatarra fina la de Konono Nº1. La sensación de la temporada (ay, indies) no sorprende como en mayo de 2006, pero el oído no se olvida de la letanía de likembés. Con el maestro Mingiedi marcando ritmo en un timbal al que Congotronics, y Björk, han puesto por un rato en el centro del mundo posmoderno. De Congo llegaron también Kasai All Stars para cerrar con sus máscaras pintadas, agitados bailes tribales, y bajo fuegos de artificio.

Más que rentabilizados están Emir Kusturica & No Smoking Band y Buena Vista Social Club. Es difícil asumir que tan buen ojo de cine tenga tan mal oído. Disfrazado del Che, banda de cabra y teclado colchonero, el autor de Tiempo de gitanos perpetró un rato tan divertido (y gustó mucho) como anodino. Salvo La vida es un milagro, su banda de dúo Sacapuntas no dio para más. Se agradeció que el himno soviético anunciara el final del circo. Algo similar transmitió Buju Banton, monótono dance hall sudoroso y ragga a piñón fijo, pero hábil llenando bolsillos. Más pena da ver en lo que se ha convertido el club de la Buena Vista. Sin padres fundadores a que agarrarse (está Manuel Galbán, y ya no para mucho trote), Cuba se vende ya en peso convertible. Buche y pluma ná más. Voces chirriantes. Idania Valdés no es Omara y un tal Calunga ni roza a Ibrahim o Leyva. Están la trompeta de Guajiro Mirabal, el laúd de Bárbaro Torres y el trombón de Aguaje, pero ya es poco para defender la canción de monte adentro (Chan Chan, De camino a la vereda). Marchitaron hasta Dos gardenias, un destrozo.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2009

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