Archivo | enero, 2010

Muere Sandro, la primera estrella pop de América Latina

6 Ene

sandro

por Carlos Fuentes

Siempre apareció radiante en las tapas de sus discos. Guapería con sonrisas brillando bajo sus peinados de pladur negro. Con planta de novio ideal, el sueño del suegro perfecto. Pero más allá de las pintas, Sandro –en realidad Roberto Sánchez Ocampo (Buenos Aires, 1945)– codificó como pocos el alma del argentino medio. Pionero del rock cantado en español y más tarde superhéroe de la canción romántica, estaba allí donde medio siglo atrás apareció el beat porteño. Con los pioneros, en el baño ya legendario de La Perla de Once: Tanguito, Litto Nebbia y Luis Alberto Spinetta, Manal y Los Gatos; con Miguel Ángel Peralta sentado en La Cueva armando Los Abuelos de la Nada. Sandro adaptaba a las estrellas norteamericanas (de Bill Haley a Jerry Lee Lewis) y, desde su debut en 1963 junto a Los De Fuego con una versión de Elvis Presley (You’re the devil in disguise, reconvertida en Eres el demonio disfrazado), cargó con un apodo, el Elvis latino, que terminó por imponerse al de Gitano.

La fiesta rock duró diez años. Porque Sandro encontró una veta que no había visto nadie en la canción romántica, de la balada al bolero descafeinado. Desde finales de los años sesenta su progresión como fenómeno de masas fue imparable. La leyenda dice que fue el primer latino al que una mujer lanzó su ropa interior al escenario. Lo cierto es que sí fue el primer artista latino en llenar el Madison Square Garden de Nueva York en una de las primeras transmisiones vía satélite de una actuación musical. “Tenía swing y gran sensualidad. Se convirtió en una estrella masculina puntera, la primera de la canción melódica latina”, explica Claudio Gabis, fundador de Manal y afincado en Madrid. “Quizá su estilo rockero se terminó por desdibujar, pero como ídolo latino fue el primero, sobre todo para la mujer”. En 1970, anota Gabis, Sandro era la imagen de moda en las tiendas de discos de Nueva York. “Ya estaba por todas partes; Ricky Martin, Chayanne o Alejandro Sanz no se entienden ahora sin Sandro”. Tampoco fenómenos de masas como Julio Iglesias, Roberto Carlos o Raphael.

sandro

Olvidado un tiempo, reivindicado con orgullo desde los años ochenta, con programa de televisión incluido (Querido Sandro) y la aristocracia del rock argentino citándolo en voz alta (Charly García, Pedro Aznar, León Gieco, Bersuit Vergarabat…), Sandro reapareció en directo en 1993 con dieciocho recitales consecutivos en el teatro Gran Rex de Buenos Aires. Sumó 60.000 espectadores, récord aún vigente. Luego cantaron por él bandas de pedigrí contemporáneo como Divididos y Los Fabulosos Cadillacs, logró el premio Grammy Latino por toda una carrera y hasta El Puma, que adoptó su nombre por una canción de Sandro, se apuntó al baile de homenaje. Se sabía que la salud no lo acompañaba, pero ya es triste que una crisis séptica haya marchitado la imagen resplandeciente del primer cantante que creyó en el pop latino.

Publicado en el diario Público en enero de 2010

Anuncios

El enterrador de folk oxidado

6 Ene

TOM WAITS

por Carlos Fuentes

Aprendió a cavar zanjas para enterrarse rápido y esquivar las llamas, aunque al final ha resultado que no existe mejor pirómano que él. Herrero con navaja de palo, francotirador de los sin nada, Thomas Alan Waits (Pomona, 1949) ya era viejo antes de nacer. Y con el tiempo se ha convertido en vocero de carreteras sin destino, tugurios de poca monta abiertos veinticuatro horas al día, 365 días al año, y cronista marginal de la pesadilla americana para los que no llegan a fin de mes. Autor inclasificable, quizá especie única en vías de extinción, Tom Waits ha aprovechado el nacimiento del siglo para reivindicarse como afilado vate del desarraigo y la desilusión. De la tragedia cotidiana. Su disco de 2004, Real Gone (Anti-Epitaph), que encabezó la selección anual de esta revista, fue buena prueba de cómo se puede habitar junto al infierno y comprobar que las llamas te pasan por encima. Sin quemarte. “Siempre me tropiezo y termino rompiendo unos cuantos huevos. Pero siempre dejo las cáscaras dentro. La textura lo es todo”, confesó hace ya un lustro a Sylvie Simmons Tom Waits, paseante sobre cristales rotos, funambulista de voz agrietada que se asoma al vacío con la pretensión de averiguar qué se esconde en el fondo. Un perdedor vocacional que huye de la fama fútil como gato del agua hirviendo.

Vamos con la cosecha del siglo. Bajo el paraguas punk del sello Anti-Epitaph, donde se estrenó en 1999 con el espléndido Mule Variations (un millón de copias vendidas, premio Grammy al mejor álbum de folk contemporáneo), Tom Waits ha revertido muchos de los patrones musicales de los tiempos que le ha tocado vivir. Cuando el mundo mira al dedo de las canciones superficiales, él sigue empeñado en ahondar en el universo de las agonías instrumentales y las narraciones asfixiantes. Huye de la columna vertebral de la canción americana (ya se sabe: complejidad, desarrollo y movimiento) para ceñirse a patrones de sonido que son más propios del folclore. Melodías ariscas, texturas rugosas y espíritus libres. Como munición, Waits esgrime instrumentos tuneados que, a priori, parecen cualquier cosa menos herramientas ortodoxas para un supremo hacedor de canciones. Órganos sacados del Pleistoceno, guitarras oxidadas de procedencia (casi) tribal y cualesquiera otros elementos de los que pueda extraer sonidos impredecibles. Porque, más allá de sus bandas sonoras para piezas de teatro junto a Robert Wilson (los más que notables discos Blood Money y Alice, ambos de 2002, editados también por Anti-Epitaph), son las sinfonías de ruidos las que han marcado el último resurgir cenital de un músico que también hace cine. De Francis Ford Coppola a Jim Jarmusch, pasando ante los ojos de Robert Altman y Tony Scott… hasta Terry Gilliam, quien le ha vestido de diablo en su nueva fantasía, The Imaginarium of Doctor Parnassus.

El espejo cinematográfico bien vale para auscultar el efecto del paso del tiempo sobre Real Gone, cuyos sonidos añejos parecen haber sido grabados hace un siglo. Estructuradas sobre la voz averna de un Waits que suena como perro callejero recién apaleado, grave y afectado, las dieciséis piezas (se acreditan quince, entre ellas la efímera Clang Boom Steam, pero al final se esconde sin título una dosis de human beatbox) fueron concebidas primero con apenas voz y melodía. Sobre un destilado que por momentos se aproxima al spoken word, su habitual alineación de socios –que incluye al guitarrista Marc Ribot, a los bajistas Larry Taylor (Canned Heat) y Les Claypool (Primus) y al percusionista Brian “Brain” Mantia (Primus)– se encargó luego de travestir al cubista inefable de Pomona con pespuntes de rock noctámbulo, aromas de country lisérgico y canción de cabaret. Hay también rastros de funk, dub y son de monte adentro, pero queda para la posteridad una trilogía imbatible: la epifanía redentora Sins Of My Father, la combativa Day After Tomorrow y la áspera Hoist That Rag.

Para trilogías, empero, mejor está recordar Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards (Anti-Epitaph, 2006). Compuesta por tres discos y 56 canciones, con al menos treinta inéditas, la última hoja de ruta de Tom Waits oscila entre el blues-rock del disco primero, la balada heterodoxa del episodio con nombre de berrido y los hijos putativos que quedaron arrimados en la cuneta. Abundan nombres capitales: Brecht y Weill (What Keeps Mankind Alive), Cash (Down There By The Train), Bukowski (Nirvana) y Ramones (The Return Of Jackie And Judy, Danny Says). Pero conviene no extraviarse con tanto guiño (¿qué diría Cachao del post-mambo Fish In The Jailhouse?) porque, al final, lo que consagra a Tom Waits es la imprevisión. Gato viejo que pasea (con su mujer, Kathleen Brennan, que merecería capítulo aparte) por la Ruta 66 con un termo de café caliente, una guitarra barata y una grabadora desvencijada. Buscando el folk del siglo XXI.

Publicado en la revista Rockdelux en enero de 2010