El enterrador de folk oxidado

6 Ene

TOM WAITS

por Carlos Fuentes

Aprendió a cavar zanjas para enterrarse rápido y esquivar las llamas, aunque al final ha resultado que no existe mejor pirómano que él. Herrero con navaja de palo, francotirador de los sin nada, Thomas Alan Waits (Pomona, 1949) ya era viejo antes de nacer. Y con el tiempo se ha convertido en vocero de carreteras sin destino, tugurios de poca monta abiertos veinticuatro horas al día, 365 días al año, y cronista marginal de la pesadilla americana para los que no llegan a fin de mes. Autor inclasificable, quizá especie única en vías de extinción, Tom Waits ha aprovechado el nacimiento del siglo para reivindicarse como afilado vate del desarraigo y la desilusión. De la tragedia cotidiana. Su disco de 2004, Real Gone (Anti-Epitaph), que encabezó la selección anual de esta revista, fue buena prueba de cómo se puede habitar junto al infierno y comprobar que las llamas te pasan por encima. Sin quemarte. “Siempre me tropiezo y termino rompiendo unos cuantos huevos. Pero siempre dejo las cáscaras dentro. La textura lo es todo”, confesó hace ya un lustro a Sylvie Simmons Tom Waits, paseante sobre cristales rotos, funambulista de voz agrietada que se asoma al vacío con la pretensión de averiguar qué se esconde en el fondo. Un perdedor vocacional que huye de la fama fútil como gato del agua hirviendo.

Vamos con la cosecha del siglo. Bajo el paraguas punk del sello Anti-Epitaph, donde se estrenó en 1999 con el espléndido Mule Variations (un millón de copias vendidas, premio Grammy al mejor álbum de folk contemporáneo), Tom Waits ha revertido muchos de los patrones musicales de los tiempos que le ha tocado vivir. Cuando el mundo mira al dedo de las canciones superficiales, él sigue empeñado en ahondar en el universo de las agonías instrumentales y las narraciones asfixiantes. Huye de la columna vertebral de la canción americana (ya se sabe: complejidad, desarrollo y movimiento) para ceñirse a patrones de sonido que son más propios del folclore. Melodías ariscas, texturas rugosas y espíritus libres. Como munición, Waits esgrime instrumentos tuneados que, a priori, parecen cualquier cosa menos herramientas ortodoxas para un supremo hacedor de canciones. Órganos sacados del Pleistoceno, guitarras oxidadas de procedencia (casi) tribal y cualesquiera otros elementos de los que pueda extraer sonidos impredecibles. Porque, más allá de sus bandas sonoras para piezas de teatro junto a Robert Wilson (los más que notables discos Blood Money y Alice, ambos de 2002, editados también por Anti-Epitaph), son las sinfonías de ruidos las que han marcado el último resurgir cenital de un músico que también hace cine. De Francis Ford Coppola a Jim Jarmusch, pasando ante los ojos de Robert Altman y Tony Scott… hasta Terry Gilliam, quien le ha vestido de diablo en su nueva fantasía, The Imaginarium of Doctor Parnassus.

El espejo cinematográfico bien vale para auscultar el efecto del paso del tiempo sobre Real Gone, cuyos sonidos añejos parecen haber sido grabados hace un siglo. Estructuradas sobre la voz averna de un Waits que suena como perro callejero recién apaleado, grave y afectado, las dieciséis piezas (se acreditan quince, entre ellas la efímera Clang Boom Steam, pero al final se esconde sin título una dosis de human beatbox) fueron concebidas primero con apenas voz y melodía. Sobre un destilado que por momentos se aproxima al spoken word, su habitual alineación de socios –que incluye al guitarrista Marc Ribot, a los bajistas Larry Taylor (Canned Heat) y Les Claypool (Primus) y al percusionista Brian “Brain” Mantia (Primus)– se encargó luego de travestir al cubista inefable de Pomona con pespuntes de rock noctámbulo, aromas de country lisérgico y canción de cabaret. Hay también rastros de funk, dub y son de monte adentro, pero queda para la posteridad una trilogía imbatible: la epifanía redentora Sins Of My Father, la combativa Day After Tomorrow y la áspera Hoist That Rag.

Para trilogías, empero, mejor está recordar Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards (Anti-Epitaph, 2006). Compuesta por tres discos y 56 canciones, con al menos treinta inéditas, la última hoja de ruta de Tom Waits oscila entre el blues-rock del disco primero, la balada heterodoxa del episodio con nombre de berrido y los hijos putativos que quedaron arrimados en la cuneta. Abundan nombres capitales: Brecht y Weill (What Keeps Mankind Alive), Cash (Down There By The Train), Bukowski (Nirvana) y Ramones (The Return Of Jackie And Judy, Danny Says). Pero conviene no extraviarse con tanto guiño (¿qué diría Cachao del post-mambo Fish In The Jailhouse?) porque, al final, lo que consagra a Tom Waits es la imprevisión. Gato viejo que pasea (con su mujer, Kathleen Brennan, que merecería capítulo aparte) por la Ruta 66 con un termo de café caliente, una guitarra barata y una grabadora desvencijada. Buscando el folk del siglo XXI.

Publicado en la revista Rockdelux en enero de 2010

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