Fela Kuti tenía razón: armas son canciones

1 Jun

Por Carlos Fuentes

Didier Awadi frisa cuarenta años. Y dice que ya no tiene edad para soñar con milagros, ni tiempo para esperar a que alguien venga de fuera a resolverle sus problemas. Este rapero africano, que desde 1989 lidera el grupo pionero del hip hop senegalés Positive Black Soul, aprovechó los beneficios económicos de la repercusión comercial que logró la década pasada para impulsar un modelo de autoproducción que, más allá del ámbito musical, comienza a desarrollarse en los países africanos. Ahora, Awadi gestiona sus propios estudios de grabación, ha creado un sello discográfico, donde produce a nuevos valores de la música de Senegal (Carlou D, Baye Souleye, Big D, Doug E Tee, Assane Gaye, Khady Mbaye), y ha desarrollado campañas publicitarias para marcas de alimentación, compañías de transporte, entidades bancarias y empresas de comunicaciones.

La historia de Didier Dourou Awadi, que primero trabajó como DJ y animador cultural, viene a marcar la senda en la que jóvenes artistas africanos intentan buscarse la vida. Ya no es necesario, arguye el rapero de Dakar, que vengan promotores europeos o norteamericanos a prometer oro a cambio de nuevas ideas musicales. Y que, exprimido el mango, los artistas noveles se queden a medio camino entre la insatisfacción y el sueño roto. “Lo primero que debemos hacer los africanos es quedarnos en nuestros países y no salir a buscar fuera lo que podemos construir dentro. Debemos creer en que el cambio es posible y tener orgullo suficiente para pelear por ser lo que podemos ser”, incide Awadi, cuyo discurso no esconde motivación política por lograr una relación de respeto entre socios “y no entre dominador y dominado” en la escena musical de África. Ya lo dijo alto hace dos años en Sunugaal, canción-protesta frente al canto de sirena que alimenta la mortífera emigración clandestina en cayucos. “Vuestras piraguas vacían nuestras casas / son nuestros chicos quienes dejan sus vidas”.

Este convencimiento, que Awadi explicita sin ambages, ha llevado al cantante senegalés a convertirse en una suerte de comandante en jefe del batallón de músicos urbanos en Dakar. En la capital de Senegal, que en abril celebró su primer medio siglo de independencia de la metrópoli francesa inaugurando una estatua mastodóntica que costó diecinueve millones de euros en un país cuya renta media por persona apenas alcanza 1.195 euros, la asociación nacional de músicos tiene censados tres mil grupos que se dedican al hip hop en Dakar. No está mal para una ciudad de tres millones de habitantes: hay una banda por cada mil vecinos. No es de extrañar que el hip hop, y su rap atlético, se hayan convertido en la banda sonora de una sociedad joven (la edad media no supera los veinte años), en su mayoría descontenta ante una tasa de paro que ronda el 45% y que aboca a que muchos hagan fila hacia la emigración clandestina.

En este ámbito socioeconómico, el hip hop adquiere un papel de crítica social que a este lado del mundo quizá se echa ya en falta. Las canciones de jóvenes raperos senegaleses como Daara J, Xuman, Kronic 2H, Rawan Diallo o KMD, más las cantantes Fatim y Njaaya, se nutren de los problemas que generan desasosiego. De los asuntos de tertulia en cada barrio, en cada esquina: paro, emigración, paludismo, sida, sequía… en fin, la falta de horizonte que sepulta la pobreza. “El rap africano se ha convertido en el lenguaje común de muchos jóvenes africanos, especialmente para aquellos chicos que viven en grandes ciudades”, explica Nicolás de la Carrera, promotor madrileño que lleva veinte años residiendo en Dakar, donde cada otoño organiza el festival de músicas urbanas Xeex! y mantiene una programación cultural independiente que nutre a la comunidad juvenil de cine, fotografía y talleres didácticos. “Aquí se rapea en las calles, allí donde los jóvenes dialogan a través de una especie de “slang” de lenguas tribales sobre sus problemas y sus inquietudes”, abunda De la Carrera. “Además, al no estar tan contaminadas por obligaciones publicitarias como en Europa, las radios locales ofrecen mucha música, mucho reggae, rap africano”.

En estos foros musicales callejeros, bien regados de té verde y bissap (infusión de flor de hibisco), se curtieron muchos de los 180 artistas jóvenes que a final de febrero participaron en la primera edición de Dakar Vis à Vis, un encuentro de músicos senegaleses y productores españoles puesto en marcha por Casa África para tratar de superar el cliché occidental de que en el continente solo merecen atención los artistas consagrados (y, vaya casualidad, que ya cuentan con carreras discográficas en sellos europeos o americanos). “Es necesario mejorar la fórmula que ha regido hasta ahora en nuestros países: apenas unos pocos músicos consiguen salir a tocar fuera de África, les pagan poco y luego regresan a casa hasta encontrar otra oportunidad en Europa”, dice Sowabdou, músico del cantante Fanta Cissoko. A su lado, el presidente de la Asociación de Músicos de Senegal, Aziz Dieng, apuntala la reflexión crítica de su joven afiliado, aunque también asume que parte de la responsabilidad efectiva está en África. “En Senegal estamos en una situación híbrida: somos conscientes de la riqueza cultural que tenemos, pero no estamos tan desarrollados como en Europa a la hora de protegerla. Es cierto que ya no pesa tanto la tradición, pero nuestras dificultades empiezan por el deficitario entorno jurídico que existe. El músico no puede defender la propiedad intelectual de su obra como es debido”. Porque las mismas emisoras que hacen popular a un artista apenas pagan por su música: “Por cada tema difundido en televisión, el músico gana ocho francos (0,012 euros). Y con eso solo puedes comprar unos calcetines”, lamenta Dieng.

La visión académica del problema no es menos pesimista. Amadou Ndoye lleva más de treinta años enseñando español en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar. Y conoce bien el estado de ánimo del joven africano. “Se ha globalizado la economía, pero no el ser humano. Mire, por ejemplo, la publicidad del modo de vida en Europa. La publicidad llega a todos los lugares y los chicos quieren consumir como la gente del norte cuando el poder adquisitivo de sus padres es el de la gente del sur. Y ellos piensan que marchándose al norte van a lograr esos productos de moda que les hacen soñar, pero las cosas no son sencillas. También en cultura aún queda mucho por hacer para entendernos mutuamente África y Europa. Pero vemos que por ahora solo se internacionaliza lo malo”.

Publicado en la revista Rockdelux en junio de 2010

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