Archivo | julio, 2010

Música épica que viajó a las estrellas

21 Jul

KRONOS QUARTET & ALIM QASIMOV

Por Carlos Fuentes

Cuando en 1977 el presidente Carter encargó a Carl Sagan una selección de sonidos de la Tierra para enviar al encuentro de vida extraterrestre en la misión Voyager, el autor de Cosmos incluyó música de Azerbaiyán. Dos minutos de cantos mugham, vehículo oral de historias épicas desde el Cuerno de Oro, en Turquía, hasta los desiertos del imperio persa. El cantante azerí Alim Qasimov (Nobur, 1957) comenzó desde niño a cantar en bodas y ceremonias religiosas. No eran tiempos fáciles: la bota soviética intentaba anular toda huella cultural en sus países satélite, y Qasimov tuvo que mudarse a Bakú, la capital azerí, para aprender las técnicas vocales de un estilo que con el tiempo emparentaría su prestigio al de figuras de leyenda como el paquistaní Nusrat Fateh Ali Khan.

Mar a través, en Seattle, el violinista David Harrington fundó Kronos Quartet en 1973 con el firme propósito de “abrir la música clásica a nuevas experiencias, con imaginación”. A finales de los 80, tras domesticar el ruido con Steve Reich y grabar con Terry Riley o John Zorn, Harrington supo de la existencia de Alim Qasimov y comenzó a madurar la colaboración que el martes se escuchó en el festival La Mar de Músicas (Cartagena). “No sabemos adónde vamos, pero sí sé que este viaje durará muchos años”, admite Harrington ante el reto de ensamblar melismas de poderosa espiritualidad con el arte casi científico de su cuarteto de cuerdas. “Hemos plantado un árbol y ahora debemos alimentarlo para poder recoger sus frutos”, explica Alim Qasimov, con ese singular sentido épico de contar las cosas propio de la cultura oral en Asia Central.

Después de la complejidad de Hold me, neighbor, in this storm, de la autora serbia Aleksandra Vrebalov, que el cuarteto del tiempo interpreta en solitario, suenan canciones sencillas, extensas como cuentos de bardos de las estepas, que narran historias de amor y duelo (Getme, getme), viejas aventuras bélicas (Köhlen atim) que estremecen en las voces en trance de Qasimov y de su hija Ferghana sobre las cuerdas del laúd tar y del violín azerí llamado kamancha. No es un concierto de fácil asimilación. De hecho, hubo varias deserciones antes de tiempo. Pero es paradójico que estas músicas, que se convirtieron en escasos reductos de paz durante la guerra étnica de Nagorno-Karabaj, defiendan la vida en un patio de artillería repleto de armamento pesado. Y ante una tarja que exhorta a la disciplina, incluso “cuando la arbitrariedad y el error van unidos a la acción de mando”, en palabras atribuidas a un tal Francisco Franco.

Anuncios

La fantástica orquesta de la música alegre

21 Jul

THE PENGUIN CAFÉ ORCHESTRA

Por Carlos Fuentes

Todo comenzó con un delirio genial. En 1972, el compositor y guitarrista británico Simon Jeffes se desencantó con los rígidos corsés de la música clásica y, al tiempo, comprobó las limitaciones de cualquier intento de hacer evolucionar el rock. Harto de pelear contra estereotipos, Jeffes optó por salir de vacaciones. Y se marchó al sur de Francia. Fue allí, después de comer un pescado en mal estado, cuando le sobrevino la visión desoladora de un mundo sin alma. Un no lugar. “Tirado en la cama tuve una visión extraña. Un edificio de hormigón en el que cada habitación era vigilada por un ojo electrónico. En un cuarto, alguien miraba al espejo. En otra habitación, una pareja hacía el amor pero sin quererse. Y un compositor escuchaba música con auriculares. Todo estaba en silencio. Todo era gris, anónimo. Era la completa desolación”.

Al día siguiente, Jeffes se restableció. Y la mejoría le permitió bajar a la playa. “De pronto, un poema brotó en mi cabeza: “Soy el dueño del Penguin Café, y te voy a contar cosas al azar”. Nacía, del sueño de una noche de verano, la idea de The Penguin Café Orchestra, un conjunto de vanguardia consagrado a “lo aleatorio, lo espontáneo, lo sorprendente y lo irracional” que Jeffes capitaneó un cuarto de siglo hasta su muerte, en 1997, por un tumor cerebral. Ahora, diez años después de su última aparición, The Penguin Café reanuda su carrera con Arthur Jeffes, hijo del fundador. El festival La Mar de Músicas (Cartagena) ofrece hoy el único concierto que el grupo inglés dará este verano en España.

En Londres, a punto de subir al avión, Arthur Jeffes defiende la vigencia artística de The Penguin Café. “Sé que es difícil definir este proyecto desde lo musical, e incluso desde lo espiritual. Pero, como soñó mi padre, también creo que hay un lugar en el que podemos ser libres y escapar de un mundo cerrado, deshumanizado, donde no hay conexión entre las personas. En mi mente, ese lugar es una pequeña choza desvencijada al final de un camino polvoriento en la que siempre hay alguien que merece la pena conocer. Allí sirven crepes japoneses en grandes mesas sobre suelo de serrín. Y hay un grupo que toca, The Penguin Café Orchestra. Ahora nosotros intentamos hacer la música que ellos tocaban”, explica Arthur Jeffes. Para la nueva etapa, este pianista de 32 años convocó a ocho músicos: Rebecca Waterworth (chelo), Tom Chichester-Clark (guitarra), Darren Berry (violín), Andy Waterworth (bajo), el ex miembro de Suede Neil Codling (ukelele), Vince Greene (viola), Des Murphy (ukelele) y el también integrante de Gorillaz Cass Browne (percusión). La alineación, no obstante, no es tan rígida como aquel bloque de hormigón con el que soñó su padre. “Somos nueve, pero nos alternamos mucho en los instrumentos. Y las canciones pueden variar de duración o desarrollarse de maneras diferentes. Ya llevamos cierto tiempo juntos y vemos que, a veces, los temas adquieren vida propia”.

Porque si la casualidad es un aval, la historia del renacimiento de The Penguin Café también posee un componente imprevisto. En 2008, cuando el proyecto original dormía ya en el cajón de los recuerdos después de haber deslumbrado con discos como Music from The Penguin Café (1976) o Broadcasting from home (1984), Arthur Jeffes recibió una propuesta trampa. “Aquel noviembre, un viejo amigo me preguntó si queríamos actuar en un pequeño festival en Italia, en Castello di Potentino. Y pensé que estaría bien tocar otra vez las músicas de mi padre, en un escenario real, ante un público real. Acudimos Darren, Andy y Tom, y aquel concierto resultó maravilloso. Es paradójico, pero también esta nueva historia ha comenzado casi por accidente”, señala. ¿Y ha cambiado su concepto musical respecto al original? “En filosofía, no. Hay canciones nuevas, pero he seguido esquemas musicales que mi padre utilizaba”. ¿Y no añorará el público el primer sonido Penguin? “Es que no hemos cambiado nada por el mero hecho de cambiar”, afirma Jeffes. “Y tampoco hemos dejado todo igual, como si fuéramos un museo”, subraya el pianista, que trabaja en la grabación de un nuevo disco de estudio. Antes, los seguidores de The Penguin Café se encontrarán en los anaqueles con un álbum grabado en directo. Será después del verano y no será un disco cualquiera. El grupo ha decidido tener presencia editorial en beneficio de la ONG Teenage Cancer Trust, que se dedica a la investigación de tratamientos para niños afectados por la leucemia. Con The Penguin Café, otros músicos que han participado en la captación de fondos son Roger Daltrey, Paul Weller, Arctic Monkeys, Muse, Kasabian y Depeche Mode.

Se entiende la magnitud del reto que supone recuperar el legado de un músico, Simon Jeffes, quien de un viejo armonio hallado en un patio de Kyoto (Japón) extrajo una pieza maestra, Music for a found armonium. Aunque quizá a favor del nuevo proyecto jueguen los tiempos de incertidumbre que corren. ¿Son las nuevas canciones de The Penguin Café buena medicina contra el pesimismo? “Estoy de acuerdo con tu idea. Ya he comprobado que nuestro proyecto logra sorprender y generar entusiasmo. Nuestra música es alegre; es nuestra idea básica, más allá de lograr la perfección en un estilo musical en particular. Esta amplitud de miras nos permite ofrecer un trabajo que evita etiquetas… música de cámara, jazz, world music, música minimalista. Y ese es nuestro ideal, no vamos a estar buscando siempre el éxito”, defiende Arthur Jeffes, que vincula su gran angular sonoro a la necesidad de optimismo en la nueva aldea global. ¿Y cómo reaccionaría su padre si pudiera escuchar las nuevas aventuras de la orquesta del pingüino? “Sería muy feliz. Tocar su música es conmovedor, pero también es algo muy bonito. Es como si todavía pudiera estar conversando con él, él estaría encantado de ver cómo mucha gente ama su música. Y le gustaría saber que muchos grupos de folk tocan Music for a found harmonium creyendo que es una pieza tradicional. Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años, pero me siento afortunado por haber podido crecer junto a él. Me ayudó mucho como persona. Era alegre y cuidadoso, pero a la vez reservado y carismático de la manera en que lo es un hombre inglés. Vestía siempre con elegancia, y eso me gustaba. Así que estoy convencido de que sería feliz viendo cómo sus canciones, la música a la que dedicó su vida, suenan en directo otra vez”.

Publicado en el diario Público el 21 de julio de 2010