Archivo | septiembre, 2010

Miguel, qué difícil vivir sin él

17 Sep

JOAN MANUEL SERRAT

por Carlos Fuentes

Terminaba la primera tarde de este otoño prematuro cuando Joan Manuel Serrat salió a poner voz al poeta muerto. Asesinado por el cielo negro que le vino encima, hace de eso casi setenta años. “Me llamo barro, aunque Miguel me llame / barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame…”, se escuchó en off. Y con los versos se hizo el silencio en los palcos repletos del Teatro de la Zarzuela para ver al cantautor del Poble-sec arrimarse al universo doliente de aquel pastor que no tuvo miedo a la guerra. Ni al hambre. Miguel Hernández, un hombre pobre que se negó a vivir temblando.

Cuando parece que ya está todo dicho, ahora que apenas nadie vive como predica, Serrat viene a reivindicar la palabra ajena que nos hace mejores. Y anoche lo hizo con esmero, en un recital dramático como quizá no se había escuchado antes en su voz de 66 años. Tres heridas abrió cien minutos de hondura inusitada, como un ejercicio redentor de amor, vida y muerte. En un ambiente rayano lo sacro que montajes visuales creados ad hoc por amigos de cine como Gutiérrez Aragón, Garci, Uribe, Coixet o Bigas Luna atinan a acercar al común de los mortales. Al viajero advenedizo y a los más fieles a Serrat, parroquia que valora siempre, entre muchas otras cosas, su genuino empeño por jugarse los garbanzos con personajes, aún, ay, incómodos. Ya lo hizo en el disco de 1972 y acaba de repetirlo con la conmovedora Uno de aquellos, de su álbum más reciente, Hijo de la luz y de la luna, que utilizó de colofón. Muy bien sujeto siempre al armazón de músicas de penumbra tejido por el mago Kitflus y el piano maestro de Ricardo Miralles.

Antes, el escenario frío, metálico gris, fábrica de desasosiego, acogió versos cruciales (El mundo de los demás, Las desiertas abarcas), algún homenaje con tumbao cubano al amigo brigadista (Si me matan, bueno), aires mediterráneos (La palmera levantina) y recitados a tumba abierta (El niño yuntero, Menos tu vientre). Estremeció Serrat hasta la lágrima cuando recordó el hachazo invisible que se llevó a Ramón Sijé; habló de guerra y de la nobleza posible, “ahora que solo el número ennoblece”; y, en fin, del amor difícil que late en corazón ajeno. Cuando es el hambre el que marca el reloj de la supervivencia y la dignidad.

Aproveche usted estas ocho oportunidades. Luego marchará Serrat a cantar a la libertad en Canarias, tierra de Luis Feria, aquel poeta que retrató el dolor sin anestesias (“Soy una inmensa llaga que no cesa / No me toquéis, que duelo”). Antes de que el camino que Miguel Hernández empezó hace un siglo le lleve de nuevo a Orihuela y a sus pastos de melancolía. En este país de malditos.

Publicado en el diario Público el 17 de septiembre de 2010

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Canción grande entre ruido rojo

12 Sep

Por Carlos Fuentes

Hace tres lustros que está marcado en el santoral de las músicas del mundo. Como cada julio, Cartagena congregó buena parte de la oferta nacional de ritmos étnicos (aunque no solo de África vive el hombre) en el festival La Mar de Músicas. En su decimosexta edición, con Colombia como país invitado, este clásico del verano musical osciló entre los valores consagrados, media docena de revelaciones al alza y lo que está por descubrirse. Vayamos por partes.

AUDITORIO DE ESTRELLAS

El Parque Torres albergó las actuaciones de pedigrí. Abrió el estreno mundial de AfroCubism, experimento cubano-malí que rescata el plan de lo que en 1994 debió ser Buena Vista Social Club. Eliades Ochoa y Toumani Diabaté capitanean, aunque el verdadero puntal es Bassekou Kouyaté. O, mejor dicho, su ngoni, con punteos a lo Hendrix. Encaja bien la guajira, a mayor gloria de Portabales y Ñico Saquito, con el tintineo del balafón de Lassana Diabaté (Al vaivén de mi carreta), convencen también La Culebra y el rico son Para Los Pinares se va Montoro, con la kora imperial de Toumani Diabaté que no deja rumba escapar viva. Se añora, ay, a los que ya no están, aunque compensa la voz crepuscular de Kasse Mady Diabaté. En esencia, el encuentro de cuerdas de Cuba y Malí bien podría ser Guajira Guantanamera, que a seis manos (Eliades-Toumani-Bassekou) sonó a gloria. Lástima que la educación de muchos prefiriera la tertulia ruidosa para esperar al muchachito de turno.

También de estreno llegaron Toumani Diabaté & Orquesta Sinfónica de Murcia. Como un cuento para escuchar con ojos cerrados y dudar de si los cuarenta músicos se han metido dentro de la calabaza. Con sus violines, chelo y contrabajo balanceándose como bailarinas en África (Djourou Kara Nani, Kaira, Elyne Road). Ante tan espectral belleza, hasta las gaviotas dejaron de graznar para escuchar la música más bella después del silencio.

Volvieron a Cartagena Salif Keita y Youssou N´Dour. El malí, pletórico, no regateó esfuerzos como dos meses antes en Madrid. Afro-pop sólido como roca del desierto, una voz de cuchillo afilado que parece no envejecer. Y un puñado de canciones imbatibles (La différence, Madam, Yambo Yambo), que tuvieron contrapunto acústico (Awa) ante un silencio de sepulcro. Más se podría discutir del arrebato reggae del león de Dakar, cuya voz líquida termina por aburrir entre tanto teclado colchonero. No es Dakar-Kingston joya de su corona, aunque el mbalax que vino luego dejó las cosas en su sitio. Y si ataca Ndakarou o Lima Wessu, mejor dejamos a Bob Marley descansar en paz.

A Patti Smith la anuncia el mito, pero ella sigue a su altura. Ya no suena tanto punk, el punk está en su actitud. Irreprochable, contundente, la chica del Chelsea Hotel picoteó en Stones (Play With Fire) y Van Morrison (Gloria), rescató la honestidad de Horses (Redondo Beach, Free Money), Easter (Because The Night) y alentó la revolución cotidiana (People Have The Power) en recuerdo de su admirado Roberto Bolaño. Lo dicho, gloriosa.

PATIOS DE SILENCIO

A Melody Gardot le tocó cantar ante la euforia ajena, la noche roja del golazo solitario. Y no se dejó amedrentar por cláxones, gritos y cohetes que sonaban fuera. La suya es una historia de superación, y del hospital regresó con jazz y swing de Copa del Mundo. Tenue como seda, a veces ágil cual gata en celo. Siempre con ese savoir-faire que tan bien rinde en inglés (Worrisome Heart, fraseos de A Love Supreme incluidos; My One and Only Thrill) o en francés (Les Etoiles). Quienes ahorraron vítores con el fútbol bien los gastaron aquí.

El azerí Alim Qasimov es maestro del melisma, de la devoción que obliga el mugam estepario. Su voz en trance, que replica su hija Ferghana y Kronos Quartet se encarga de pespuntar con delicadeza, conmocionó el Parque de Artillería. Hubo deserciones antes de tiempo, que se entienden por lo árido del paisaje que viaja en las cuerdas del laúd tar y del violín azerbayano kamancha.

Más cercana está la gama de músicas folk que hacen hervir The Penguin Café, versión renacida de la orquesta visionaria de Simon Jeffes. Con su hijo Arthur al frente, más músicos de Suede y Gorillaz, el homenaje ya tiene ramas propias (Swining The Cat) surgidas del robusto tronco original (Music For a Found Harmonium, Telephone And Rubber Band). Músicas para celebrar la vida antes de emocionar con minimalismo en nombre del padre (Harry Pers). Algo que intentan Kings of Convenience. Tan divertido como melifluo, el dúo noruego retrata este país de segunda división del que no nos saca ni el gol de Iniesta. A cualquier nacional se le crucificaría por la sobredosis de insulina de Erlend Øye y Eirik Glambek. Pero Albacete nos es Bergen. O será que uno ya no está para timos indies. Mejor la paulista Céu, que en la Catedral Antigua presentó su tratado del novo Brasil con samba, scratches y afrobeat bailables.

PARA TODOS LOS PÚBLICOS

La fiesta quedó en manos de veteranos. Os Mutantes, aún con fuerza para defender el influyente legado de la tropicália; y Staff Benda Bilili, quienes desde el zoo de Kinshasa desembarcaron en Europa en sillas de ruedas para demostrar que hay que mirar más allá de las apariencias. Su soukous de baja velocidad, su frenético satonge (violín casero fabricado con una lata vieja de leche en polvo y una sola cuerda) y su ejemplo optimista cosecharon la ovación de la noche. Y quizá la más merecida del festival. Dirty Projectors se sacuden la sombra del amigo Ezra Koenig con un directo ágil, quizá no original pero sí bien armado sobre síncopas imparables. Más genuinos que la nueva ola a la que están subidos.

En la plaza del ayuntamiento, abierto al paseante, el escenario callejero es uno de los principales valores de La Mar de Músicas. Su vocación didáctica siempre depara alegrías, este año con la rumana Mahala Raï Banda (a los nietos y abuelos del público solo les faltó recibir gominolas) y Quantic & His Combo Bárbaro (gustó mucho su verbena de parabólica). Palabras mayores se merecen el colombiano Cholo Valderrama, emocionante con joropos del llano que cuentan más y mejor que una novela del boom latinoamericano; y la mítica Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou. Han tardado cuarenta años en venir desde Benín, pero su estreno colmó expectativas. Africanos con tumbao en el escalón anterior a la eclosión del afrobeat. Tremenda bomba final.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2010

Como su ritmo no hay dos

6 Sep

 

THE FORT APACHE BAND

Por Carlos Fuentes

Lo dijo Jerry González al despedirse: “Ya eran diez años sin actuar en Madrid, una vergüenza”. Demasiado tiempo sin tomar el pulso a una banda crucial en la evolución del jazz latino. Y visto el resultado, sin ambages, mucho nos hemos perdido desde que el corsario de la Fort Apache fijara aquí su residencia tras el descubrimiento recíproco en Calle 54. Más en forma de lo que los pasaportes delatan (los cinco músicos suman 316 años), el grupo que incendió Nueva York con bebop a lo cubano regaló una clase magistral ante cien afortunados. En dos pases de hora y media, primero se arrimaron los apaches del Bronx al rico acervo rítmico antillano con aromas de tributo genuino a Mario Bauzá, Machito, Palmieri y demás santones del jazz latino. Después de una rumba para Monk, cerrada con nota la asignatura del sabor, la lección de jazz más ortodoxo fue antológica. Como una enciclopedia abierta en las manos de un quinteto que hace música con la naturalidad cotidiana de quien cocina frijoles y plátano frito. Porque como su ritmo no hay dos.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2010

Muere Olga Guillot, la gran dama del bolero cubano

3 Sep

por Carlos Fuentes

Su nombre fue borrado de los libros oficiales, apenas fue citada en diccionarios musicales. Y su voz profunda, imponente, desapareció de la radio y las vitrolas cubanas. Pero quedó para siempre grabada a fuego, de San Antonio a Maisí. En la ciudad de Miami, donde se exilió hace cincuenta años, falleció el pasado 12 de julio la auténtica reina del bolero cubano, Olga Guillot. Tenía 87 años.

Nieta de tenor e hija de soprano, debutó en La Habana con su hermana en el dúo Hermanitas Guillot. En 1944 se unió al conjunto Siboney de Isolina Carrillo y actuó en el cabaret Zombie. Al año siguiente debutó en disco con una versión de Stormy Weather. En 1946, Miguelito Valdés la invitó a grabar boleros en Nueva York, donde coincidió con Mario Bauzá, Arsenio Rodríguez y Machito. En 1948 rodó la película mexicana La Venus de Fuego y poco después grabó su primer éxito, el bolero de Chamaco Domínguez Miénteme. En 1958 viajó a Francia, donde compartió cartel con Edith Piaf como luego hizo con Sinatra. Fue la primera cantante latina que actuó en el Carnegie Hall. De vuelta a Cuba, su fama creció con piezas rotundas como Tú me acostumbraste, La noche de anoche y Vete de mí. En televisión presentó El Show de Olga Guillot, y fue artista principal en el cabaret Tropicana, donde cantó con Nat King Cole.

Salió de Cuba en febrero de 1961 y se estableció en México con la hija que tuvo con el compositor René Touzet. Allí rodó otra docena de películas. Ganó catorce discos de oro y diez de platino. Radicada en Miami, su genio se apagó hasta que, con el resurgir del bolero en Buena Vista Social Club, reclamó su lugar. Faltaba Yo (2001) la devolvió a los escenarios y el mundo supo otra vez del temperamento hecho canción. No era la Guillot un carácter cualquiera: en Madrid se negó a suspender un concierto tras caerse en el hotel. “¿Suspender el show? Antes muerta”. Cantó, y triunfó, con dos costillas rotas. Después volvió el silencio, hasta que un infarto acabó con su voz de hormigón. Medios oficiales cubanos ignoraron la noticia de su muerte. Pero Olga Guillot deja una autobiografía inédita. Pondrá las cosas en su sitio. Ya lo recordó su hija en el velatorio: “Antes de ella, las mujeres no habían escuchado en escena los reproches que una mujer le hace a un hombre”.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2010