Canción grande entre ruido rojo

12 Sep

Por Carlos Fuentes

Hace tres lustros que está marcado en el santoral de las músicas del mundo. Como cada julio, Cartagena congregó buena parte de la oferta nacional de ritmos étnicos (aunque no solo de África vive el hombre) en el festival La Mar de Músicas. En su decimosexta edición, con Colombia como país invitado, este clásico del verano musical osciló entre los valores consagrados, media docena de revelaciones al alza y lo que está por descubrirse. Vayamos por partes.

AUDITORIO DE ESTRELLAS

El Parque Torres albergó las actuaciones de pedigrí. Abrió el estreno mundial de AfroCubism, experimento cubano-malí que rescata el plan de lo que en 1994 debió ser Buena Vista Social Club. Eliades Ochoa y Toumani Diabaté capitanean, aunque el verdadero puntal es Bassekou Kouyaté. O, mejor dicho, su ngoni, con punteos a lo Hendrix. Encaja bien la guajira, a mayor gloria de Portabales y Ñico Saquito, con el tintineo del balafón de Lassana Diabaté (Al vaivén de mi carreta), convencen también La Culebra y el rico son Para Los Pinares se va Montoro, con la kora imperial de Toumani Diabaté que no deja rumba escapar viva. Se añora, ay, a los que ya no están, aunque compensa la voz crepuscular de Kasse Mady Diabaté. En esencia, el encuentro de cuerdas de Cuba y Malí bien podría ser Guajira Guantanamera, que a seis manos (Eliades-Toumani-Bassekou) sonó a gloria. Lástima que la educación de muchos prefiriera la tertulia ruidosa para esperar al muchachito de turno.

También de estreno llegaron Toumani Diabaté & Orquesta Sinfónica de Murcia. Como un cuento para escuchar con ojos cerrados y dudar de si los cuarenta músicos se han metido dentro de la calabaza. Con sus violines, chelo y contrabajo balanceándose como bailarinas en África (Djourou Kara Nani, Kaira, Elyne Road). Ante tan espectral belleza, hasta las gaviotas dejaron de graznar para escuchar la música más bella después del silencio.

Volvieron a Cartagena Salif Keita y Youssou N´Dour. El malí, pletórico, no regateó esfuerzos como dos meses antes en Madrid. Afro-pop sólido como roca del desierto, una voz de cuchillo afilado que parece no envejecer. Y un puñado de canciones imbatibles (La différence, Madam, Yambo Yambo), que tuvieron contrapunto acústico (Awa) ante un silencio de sepulcro. Más se podría discutir del arrebato reggae del león de Dakar, cuya voz líquida termina por aburrir entre tanto teclado colchonero. No es Dakar-Kingston joya de su corona, aunque el mbalax que vino luego dejó las cosas en su sitio. Y si ataca Ndakarou o Lima Wessu, mejor dejamos a Bob Marley descansar en paz.

A Patti Smith la anuncia el mito, pero ella sigue a su altura. Ya no suena tanto punk, el punk está en su actitud. Irreprochable, contundente, la chica del Chelsea Hotel picoteó en Stones (Play With Fire) y Van Morrison (Gloria), rescató la honestidad de Horses (Redondo Beach, Free Money), Easter (Because The Night) y alentó la revolución cotidiana (People Have The Power) en recuerdo de su admirado Roberto Bolaño. Lo dicho, gloriosa.

PATIOS DE SILENCIO

A Melody Gardot le tocó cantar ante la euforia ajena, la noche roja del golazo solitario. Y no se dejó amedrentar por cláxones, gritos y cohetes que sonaban fuera. La suya es una historia de superación, y del hospital regresó con jazz y swing de Copa del Mundo. Tenue como seda, a veces ágil cual gata en celo. Siempre con ese savoir-faire que tan bien rinde en inglés (Worrisome Heart, fraseos de A Love Supreme incluidos; My One and Only Thrill) o en francés (Les Etoiles). Quienes ahorraron vítores con el fútbol bien los gastaron aquí.

El azerí Alim Qasimov es maestro del melisma, de la devoción que obliga el mugam estepario. Su voz en trance, que replica su hija Ferghana y Kronos Quartet se encarga de pespuntar con delicadeza, conmocionó el Parque de Artillería. Hubo deserciones antes de tiempo, que se entienden por lo árido del paisaje que viaja en las cuerdas del laúd tar y del violín azerbayano kamancha.

Más cercana está la gama de músicas folk que hacen hervir The Penguin Café, versión renacida de la orquesta visionaria de Simon Jeffes. Con su hijo Arthur al frente, más músicos de Suede y Gorillaz, el homenaje ya tiene ramas propias (Swining The Cat) surgidas del robusto tronco original (Music For a Found Harmonium, Telephone And Rubber Band). Músicas para celebrar la vida antes de emocionar con minimalismo en nombre del padre (Harry Pers). Algo que intentan Kings of Convenience. Tan divertido como melifluo, el dúo noruego retrata este país de segunda división del que no nos saca ni el gol de Iniesta. A cualquier nacional se le crucificaría por la sobredosis de insulina de Erlend Øye y Eirik Glambek. Pero Albacete nos es Bergen. O será que uno ya no está para timos indies. Mejor la paulista Céu, que en la Catedral Antigua presentó su tratado del novo Brasil con samba, scratches y afrobeat bailables.

PARA TODOS LOS PÚBLICOS

La fiesta quedó en manos de veteranos. Os Mutantes, aún con fuerza para defender el influyente legado de la tropicália; y Staff Benda Bilili, quienes desde el zoo de Kinshasa desembarcaron en Europa en sillas de ruedas para demostrar que hay que mirar más allá de las apariencias. Su soukous de baja velocidad, su frenético satonge (violín casero fabricado con una lata vieja de leche en polvo y una sola cuerda) y su ejemplo optimista cosecharon la ovación de la noche. Y quizá la más merecida del festival. Dirty Projectors se sacuden la sombra del amigo Ezra Koenig con un directo ágil, quizá no original pero sí bien armado sobre síncopas imparables. Más genuinos que la nueva ola a la que están subidos.

En la plaza del ayuntamiento, abierto al paseante, el escenario callejero es uno de los principales valores de La Mar de Músicas. Su vocación didáctica siempre depara alegrías, este año con la rumana Mahala Raï Banda (a los nietos y abuelos del público solo les faltó recibir gominolas) y Quantic & His Combo Bárbaro (gustó mucho su verbena de parabólica). Palabras mayores se merecen el colombiano Cholo Valderrama, emocionante con joropos del llano que cuentan más y mejor que una novela del boom latinoamericano; y la mítica Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou. Han tardado cuarenta años en venir desde Benín, pero su estreno colmó expectativas. Africanos con tumbao en el escalón anterior a la eclosión del afrobeat. Tremenda bomba final.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2010

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