Miguel, qué difícil vivir sin él

17 Sep

JOAN MANUEL SERRAT

por Carlos Fuentes

Terminaba la primera tarde de este otoño prematuro cuando Joan Manuel Serrat salió a poner voz al poeta muerto. Asesinado por el cielo negro que le vino encima, hace de eso casi setenta años. “Me llamo barro, aunque Miguel me llame / barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame…”, se escuchó en off. Y con los versos se hizo el silencio en los palcos repletos del Teatro de la Zarzuela para ver al cantautor del Poble-sec arrimarse al universo doliente de aquel pastor que no tuvo miedo a la guerra. Ni al hambre. Miguel Hernández, un hombre pobre que se negó a vivir temblando.

Cuando parece que ya está todo dicho, ahora que apenas nadie vive como predica, Serrat viene a reivindicar la palabra ajena que nos hace mejores. Y anoche lo hizo con esmero, en un recital dramático como quizá no se había escuchado antes en su voz de 66 años. Tres heridas abrió cien minutos de hondura inusitada, como un ejercicio redentor de amor, vida y muerte. En un ambiente rayano lo sacro que montajes visuales creados ad hoc por amigos de cine como Gutiérrez Aragón, Garci, Uribe, Coixet o Bigas Luna atinan a acercar al común de los mortales. Al viajero advenedizo y a los más fieles a Serrat, parroquia que valora siempre, entre muchas otras cosas, su genuino empeño por jugarse los garbanzos con personajes, aún, ay, incómodos. Ya lo hizo en el disco de 1972 y acaba de repetirlo con la conmovedora Uno de aquellos, de su álbum más reciente, Hijo de la luz y de la luna, que utilizó de colofón. Muy bien sujeto siempre al armazón de músicas de penumbra tejido por el mago Kitflus y el piano maestro de Ricardo Miralles.

Antes, el escenario frío, metálico gris, fábrica de desasosiego, acogió versos cruciales (El mundo de los demás, Las desiertas abarcas), algún homenaje con tumbao cubano al amigo brigadista (Si me matan, bueno), aires mediterráneos (La palmera levantina) y recitados a tumba abierta (El niño yuntero, Menos tu vientre). Estremeció Serrat hasta la lágrima cuando recordó el hachazo invisible que se llevó a Ramón Sijé; habló de guerra y de la nobleza posible, “ahora que solo el número ennoblece”; y, en fin, del amor difícil que late en corazón ajeno. Cuando es el hambre el que marca el reloj de la supervivencia y la dignidad.

Aproveche usted estas ocho oportunidades. Luego marchará Serrat a cantar a la libertad en Canarias, tierra de Luis Feria, aquel poeta que retrató el dolor sin anestesias (“Soy una inmensa llaga que no cesa / No me toquéis, que duelo”). Antes de que el camino que Miguel Hernández empezó hace un siglo le lleve de nuevo a Orihuela y a sus pastos de melancolía. En este país de malditos.

Publicado en el diario Público el 17 de septiembre de 2010

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