Pirómanos para una guerra relámpago

21 Nov

ARCADE FIRE

Por Carlos Fuentes

Detrás de la exageración suele esconderse el vacío”. Lo dijo un alcalde que sabía algo de rock, aunque por entonces no conocía a Arcade Fire. El grupo canadiense que anoche abrió su doble viaje de regreso a España (hoy repite en Barcelona) con más de dieciocho mil personas saltando en Palacio de los Deportes de Madrid al ritmo de canciones aceleradas como puñetazos en la boca. Cantando como si la vida les fuera en ello. Afianzada en el repertorio de su disco más reciente, The suburbs, y en lo más efectivo de los precedentes Funeral y Neon bible, la banda de Montreal revalidó su situación de jerarquía en la liga de las estrellas independientes, competición que quizá quede corta.

No es fácil enfrentarse al grupo del momento con, digamos, sano escepticismo. Sin tremendismos, reivindicando el término medio. Porque no están las cosas para medias tintas ante un concierto en el que no se hacen prisioneros. Con ese aire marcial que ya es marca de la casa, el conjunto liderado por la pareja formada por Win Butler y Régine Chassagne arrancó a pleno pulmón. Tienen Arcade Fire el mejor coche de la parrilla, lo saben y explotan sus posibilidades con el entusiasmo de los principiantes. Bastó contemplar el arranque con Ready to start y Month of May, dos eslabones consecutivos del tercer disco, como pruebas evidentes de que la banda ha evolucionado para bien, mejor aún si es en concierto. Sin más artificio que una pantalla mínima colocada sobre el escenario, Arcade Fire reivindicaron su poderoso rock arty elaborado superponiendo capas de instrumentos convencionales (con dos baterías y un bajo trotón marcando siempre el paso) y aportaciones de cierto riesgo. No decepcionaron con sus canciones chirriantes, donde acordeón, piano y violines luchan por hacerse sitio y encontrar oxígeno entre muros de guitarras de hormigón armado y ecos de megáfono. Haciendo todavía más denso el ruido organizado, como si estuvieran tocando la banda sonora para la noche del fin del mundo. 

Hubo un primer guiño a los años del amateurismo, con Win Butler signando la señal de la cruz, cuando interpretaron Neighborhood #2 (Laika), del álbum Funeral. De los tiempos en los que ninguno de estos ocho chicos de Quebec pensaban que iba a llegar el día en que vivirían para (y de) la música. Cogieron aliento banda y aficionados con Haiti, una pieza deliciosa, por momentos emocionante, que en cualquier otro grupo sería un medio tiempo y que Arcade Fire convierte en hija putativa de David Bowie, Björk y The Ramones. La cantó Régine Chassagne, que sabe bien de lo que habla. Descendiente de exiliados haitianos en Canadá, la líder de Arcade Fire viene aprovechando su creciente fama musical para promover programas de ayuda a los damnificados por el terremoto del 12 de enero a través de la ONG Kanpe. Ayer, de hecho, no hubo venta de camisetas del grupo, sino un puesto de Kanpe (“levántate”, en idioma creole haitiano) para recaudar fondos que financien actuaciones de asistencia médica, alimentación y alojamiento para las víctimas. Uno de los 35 euros de cada entrada de esta gira europea también se utilizará con finalidad benéfica. 

Con la colorista Sprawl II (Mountains beyond mountains) se comprobó que el rock de estadio también se puede bailar, aunque era otro guión el que marcaba el paso. Continuó la apisonadora de Montreal, de vueltas al repertorio de The suburbs, con Win Butler de nuevo al mando, con Modern man y Rococo, sobre el coro fácil de dieciocho mil almas en éxtasis. Encantadas todas del estreno de la canción que da título al disco más reciente del grupo, que el director Spike Jonze acaba de dirigir en videoclip y que el cantante interpretó alongado sobre las primeras filas del público como hizo luego con la reposada Crown of love

Pero que no engañen las apariencias. Arcade Fire venían a incendiar ánimos y la ráfaga final rozó el sobrecogimiento. Neighborhood #1 (Tunnels), Keep the car running, We used to wait, Neighborhood #3 (Power out) y Rebellion (Lies) así, de un tirón, convencen de que estamos ante un animal de caza mayor. Un bólido que, ya se dijo, continúa en “pole position”, aunque está por ver si los pilotos siguen órdenes suicidas hasta la derrota del éxito fácil final. Anoche, sirva como conclusión provisional, superaron todas las curvas sin pisar el aceite hasta despedirse en clave acústica, que ya es un decir, con la sobria Wake up. Tres años después de su presentación multitudinaria en Madrid, en aquel festival Summercase 2007 que supuso el canto del cisne de los grandes eventos musicales para días de verano en la capital, Arcade Fire revalidaron en cien minutos de intensidad su jerarquía en la liga de las estrellas. Que les dure la gasolina.

Publicado en el diario Público el 21 de noviembre de 2010

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