Pequeño catálogo de (futuras) voces grandes

1 Jun

por Carlos Fuentes

Pues sí, este arranque de siglo quedará marcado por la reconciliación del pop y el rock con sus raíces más o menos tradicionales. Como han hecho apóstoles anglosajones del folk y el country, el mundo latino no se queda atrás al asumir este signo en los tiempos de crisis y confusión. Nada mejor, se antoja, que los acervos populares para dotar de enjundia a las obras nuevas. Y la segunda cita de Viva la Canción, impulsado por Casa América y Zona de Obras, subrayó la meta. Ofrecer una plataforma de lanzamiento a una generación de cantantes y autores que, sin los complejos que sufrieron (algunos) hermanos mayores, se arriman sin miedo a rumba y cumbia, bossa, tango y bolero. En fin, a las raíces.

Pero no conviene no dejarse confundir por el optimismo general. Hay artistas (casi) consagrados, otros que empujan de lo lindo y algunos, ay, que quedarán en la orilla. Vamos por partes. Si Jorge Drexler ejerció de padre protector, Javiera Mena va bien dirigida. Su pop cristalino, deudor de lo más melifluo de los 80 pero apuntalado con un armazón contemporáneo, madurará a pleno sol: grandes crónicas de desamor sincero, aromas naïf y susurros cándidos, a veces ajenos (Oye mamá, oye papá, de Pic-Nic). Lisandro Aristimuño condensa medio siglo de rock argentino con ecos vocales de lo mejor del Cono Sur: de Spinetta a Fito Páez, con Charly García y Baglietto sonando de fondo. Sólido en cuarteto, arrimado al jazz y al tango como pocos hoy. Fernando Milagros domina la distancia corta. Folk de paseo por Atacama, entre nueva trova y ecos de ángeles silvestres, ukelele mediante. Adanowsky defiende como el caradura que es su brillante beat equidistante del folk y la chanson. No tiene abuela, ni falta que hace, pues personalidad y ciclotimia sobran. Bigott ya es reconocido, así que bien valga un resumen comprimido: cada vez más grande, nunca dará una mal noche. Sí, un antihéroe para una gran amistad.

La fanfarria platense de Onda Vaga acerca lo balcánico a Cabo Polonio, y lo hace sin embustes. Convencidos de que los tabúes no sirven para bailar. Las Acevedo, Anabel y Cristabel, dieron la nota simpática, pero mejor no caer en la tentación de reducirlas a la anécdota. Simples pero con enjundia, inocentes hasta que secundaron, casi pidiendo perdón, a la sobreactuada Jesyy Bulbo con, glups, Quiero se santa. El venezolano Algodón Egipcio, la mitad de Jóvenes y Sexys, se la juega como posible renovador electrónico de la canción americana. Meritorio primer intento: ya se sabe, el que no arriesga no gana. Pero Cheky Bertho salió indemne. A doble o nada apuesta Ana Tijoux con sus ritmos primarios, spoken-word a lo chileno para declamar sin tapujos entre hip hop de manual y chanson lounge. Apenas un peldaño por encima de las canciones para entristecer el alma del guatemalteco El Gordo, la ortodoxia cantautora del colombiano Andrés Correa, el pop con sabor de la gaditana Zahara y la obviedad brasileña de la paulista Mallu Magalhães. Seguro que vendrán noches mejores. Porque, como diría el inefable del bigote que no tiene amigos, estamos trabajando en ello. Buena suerte.

Publicado en la revista Rockdelux en junio de 2011

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