Archivo | octubre, 2012

Cuerdas no tan lejanas

21 Oct

ARNALDO ANTUNES, EDGARD SCANDURRA & TOUMANI DIABATÉ

por Carlos Fuentes

Si fuera boxeo, sería un combate (sin golpes) de pesos pesados. La última pirueta de los brasileños Arnaldo Antunes y Edgard Scandurra es A Curva da Cintura, un disco compartido con el emperador malí de la kora Toumani Diabaté. ¿World music? Qué va: genuino vaso comunicante entre dos culturas no tan lejanas.

La idea es más fácil de explicar que de alcanzar: trazar un puente sonoro entre los instrumentos de cuerdas de Brasil y Malí. Y nadie mejor para intentarlo que el cantautor tribalista Arnaldo Antunes y el tañedor de kora Toumani Diabaté. El proyecto surgió en 2010 cuando el músico paulista y su socio guitarrista Edgard Scandurra coincidieron en Río de Janeiro con el africano para compartir recital en el festival Back2Black. Aquel intento embrionario despertó el apetito de unos artistas versátiles que antes colaboraron, anoten por el lado del exmiembro del grupo Titãs, con Chico Buarque, Tom Zé o Marisa Monte. Y Toumani Diabaté tampoco sabe lo que es estar quieto: Ali Farka Touré, Björk, Herbie Hancock, Taj Mahal y el Cuarteto Patria de Eliades Ochoa. “Quisimos acercarnos a la kora sin la pretensión de hacer un disco de “world music”, más bien crear algo completamente nuevo que trasciende una (im)posible y previsible sonoridad”, explican los dos músicos brasileños. “El álbum permitirá que la música de Malí sea conocida en un país donde estaban olvidando sus conexiones con África. Y hay colores que nunca se habían visto antes en las músicas de Brasil”, asegura Toumani Diabaté.

A Curva da Cintura, editado por el sello Um Discos, incluye catorce canciones que oscilan entre el pop ágil de los brasileños y la destreza a prueba de bomba del malí. Y en las catorce letras abundan referencias a la melancolía cotidiana, quizá el principal signo de identidad del también poeta Arnaldo Antunes, aunque es el campo sonoro de este cruce de orillas lo más deslumbrante. Laten, claro, esencias del samba y de la bossa-nova, también un ligero aroma de melismas árabes flotando entre guitarras brasileñas y kora. “Hay gran musicalidad entre ambos instrumentos, que se acercan a través de la improvisación. Y hay ritmos que mezclan de forma estupenda con las influencia del blues”, señala Edgard Scandurra. “Como ya ocurrió con Björk y otros artistas que han viajado a Malí, la atmósfera que se respira allí para crear es algo muy especial, y es muy difícil que suceda en una ciudad occidental. Bamako tiene otra magia”, dice Toumani Diabaté, “y ellos fueron valientes al aceptar el reto de mi invitación, no se arrepintieron”.

En efecto, A Curva da Cintura se trabajó en los dos países. En São Paulo, en una etapa inicial, Antunes y Scandurra pergeñaron el esqueleto sonoro. Luego, en el estudio de Bamako, los tres músicos completaron un viaje sin precedente entre los sonidos de Brasil y África occidental. Nos dimos cuenta de que sería una sonoridad única, una gran afinidad musical, y no podíamos dejar pasar esa oportunidad. La mezcla entre la guitarra eléctrica y la kora es genial”, reivindica el guitarrista brasileño. “Como llevo demostrando hace más de veinte años, la kora conecta con todo y con todos. Aunque no existan precedentes, la realidad es que funciona. Y se aprecia en mi hijo Sidiki, de veinte años, la generación número 72 de la familia Diabaté que toca la kora, que ha grabado efectos que no habían sido registrados antes con la kora. Muchos piensan que es la guitarra eléctrica”, indica Diabaté sobre piezas de satén como Ir, mão, Kaira o Grão de chãos que, además, ponen banda sonora a un documental que retrata el viaje africano.

Sorprende la cosecha si se valora el desconocimiento recíproco previo. Porque Antunes y Scandurra supieron del tañedor de kora en la reunión negra de Río de Janeiro, “pero luego hicimos una intensa búsqueda de sus discos, también a través de YouTube”, admite el guitarrista. Para Toumani Diabaté, la única referencia previa del dúo paulista era Tribalistas, el disco de pop que Antunes grabó en 2002 con Marisa Monte y Carlinhos Brown. “No fue algo premeditado. En una creación a tres bandas cada uno aporta sus experiencias, y en nuestros casos ya son muchas y muy variadas”, explica el malí. “Es la primera grabación entre músicos de Brasil y Malí, quisimos acercarnos a la kora y a esa habilidad que tiene Toumani con pop y rock; es lo mismo que Arnaldo y yo hacemos en Brasil. Me siento ciudadano del mundo que recibe informaciones e influencias, y que busca transcribirlas a sus composiciones. Nunca quisimos hacer un disco folclórico, solo teníamos samba o ritmos africanos”, añade Edgard Scandurra.

De hecho, A Curva da Cintura nació sin un pasaporte cultural predeterminado. “Siempre compusimos sin pensar si debería tener orígenes brasileños o latinos. Hacemos música y punto. Sin embargo, vivimos en una ciudad donde existen grandes influencias del mundo. He escuchado mucho flamenco y, tal vez por eso, hay ciertas influencias árabes en mis canciones. Y Toumani, por vivir en un viaje permanente a través del mundo, también hay cogido otras influencias. Eso explica su internacionalidad”, indica el guitarrista. “No conozco lo suficiente de los ritmos brasileños, pero que en su mayor parte tienen origen en África es algo que no se debe olvidar”, subraya Diabaté. “Y nuestro objetivo es el mismo de siempre: defender la cultura aunque la economía sea la que mande. Porque sin la cultura no vamos a ninguna parte. Y como olvidemos esto, entonces sí habrá crisis. Yo, como griot que soy, estoy aquí para recordarlo a todas horas”.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2012

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Paseantes con isla azul al fondo

12 Oct
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7.10.2012 -- La Restinga, isla de El Hierro (Canarias)
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La alegre cátedra popular de los cantecitos de Kiko Veneno

12 Oct

Kiko Veneno

por Carlos Fuentes

El día que el Lobo López se encontró a su amada, muchos oyentes españoles supieron de la existencia de Kiko Veneno. Hasta entonces, aquel verano ya casi otoño de 1992, la música popular cargaba aún con un estigma de lamentos. Un maltrato derivado más por ciertas alergias ideológicas, ay, en vez del respeto que merece todo acervo genuino. Y en esas llegó Joselito y sacó el optimismo a bailar las rumbitas de la vida.

Mira que tiene gracia: en un Mercedes blanco desembarcó Kiko Veneno para el primer concierto de celebración por los veinte años de Échate un cantecito. Auto de lujo para él, José María López Sanfeliu (Figueres, 1952), quien por aquellos tiempos tiraba de un vetusto Renault cuatro latas. Sería fácil hablar de justicia histórica, que la hay, pero mejor reivindicar el regocijo que generaron diez canciones bienaventuradas. Inesperado arroyo de picardía e ingenio que, como nunca visto antes, combinó el soniquete flamenco más accesible con los ritmos mamados en el sur fronterizo. Y, claro, esa poética fresca de querencia lorquiana, verde que te quiero verde, que contagió las hazañas del Lobo López, de Joselito y sus superhéroes de barrio antes del boca-oreja por la internet.

kiko veneno cantecito

Quizá sea cierto que Kiko Veneno no inventó nada. Ahí están otras figuras pata negra, de Chocolate a Bambino, de Peret a Gato Pérez, de Lole y Manuel a Martirio… en fin, los hermanos Amador y los cuchillos afilados de Baldomero Torre. Sí supo este andaluz por raíces agitar una coctelera sabrosa que pasó mucho tiempo, y ahora ya sabemos que fue demasiado, esquinada en el barrio que no visitaban los turistas porque allí vivía la gente. Atrás quedó el disco seminal de Veneno, marcado a fuego en cuarto kilo de hachís, que muchos no entendieron en su hora. Y el cronista callejero, filósofo de bares y fondas, pagó con tres lustros de suplicios: cuesta creer que no vivió de la música hasta que regresó de Londres con aquella cosecha de una primavera luminosa. El resto, valga el tópico, ya es historia. Rescatada ahora en una edición especial de Échate un cantecito con las diez piezas originales, once temas más, entre versiones de maquetas y memoria del directo (Fuego), tres colaboraciones con Martirio, Albert Pla y Calamaro, un DVD y los diarios de la peregrinación a Londres. Con Santiago Auserón ayudando siempre en la sombra.

Y como historia de la buena se contará en el futuro, veinte años no es nada, el concierto de regreso de los cantecitos. A sala completa, tras cambiar ubicación desde un espacio menor, Kiko Veneno se confirmó en estado de gracia. Mucha culpa tuvo su banda, Los Notas del Retumbe, con el increíble Raúl Rodríguez (carajo, ¿cuántos músicos viven en su guitarra?), el funambulismo eléctrico de Charlie Cepeda y los ricos tumbaos cubanos sonando al fondo. Pero conviene no engañarse: si el cantante forma parte de nuestro patrimonio emocionante es por sus coplas de madrugada. Combustible nutritivo que tiene la santa cualidad de sacar lo mejor de nosotros. Porque ahora que laten días grises, aquí no hay primos ni riesgos que resistan esta sobredosis de entusiasmo. Alegría de vivir, a veces en clave africana con flamenquito saltando a la kora (Dice la gente), que igual emociona con Paco Ibáñez (Palabras para Julia), enternece con sus cuentos cotidianos (Reír y llorar, Salta la rana) y divierte con su revisión pop naif de Dylan (Memphis blues). Hasta la victoria, siempre, por la sencillez.

Kiko Veneno 2

Pero no sólo de rumba vive el hombre, ni de mitos en voz ajena (Volando voy, que cantó Camarón en La leyenda del tiempo). Así que habrá que estar atentos a las nuevas aventuras animadas del campeón guapeao: disco propio con la producción de otro lumbreras ubicuo, Raül “Refree” Fernández, que se anuncia para finales de año y, sorpresa-sorpresa, una alianza transoceánica pergeñada junto al cantautor uruguayo Martín Buscaglia. Hasta entonces, a seguir la ruta venenosa en este otoño del aniversario, con conciertos en Barcelona (Sala Apolo, 20 de octubre), Granada (Auditorio Manuel de Falla, día 27), Santiago de Compostela (Sala Capitol, 23 de noviembre), Burgos (Sala Hangar, 24) y Bilbao (Fever Club, 28 de diciembre). Con botellas de coca-cola llenas de vino de Chiclana, hasta que salten los cachitos de hierro y de cromo.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2012

La vieja Lisboa y el sereno encanto de lo antiguo

2 Oct

Por Carlos Fuentes

“Lisboa, vieja ciudad, llena de encanto y belleza…”. Poco ha cambiado el aire amable de la capital de Portugal desde que Amália Rodrigues cantó en 1952 este fado preñado de melancolía por tiempos pasados que fueron mejor. Con medio millón de habitantes (otros tres residen en la región), en Lisboa conviven el pasado sereno y los sueños de futuro, barrios populares tejidos de callejuelas y avenidas nuevas que pregonan grandeza. Huellas vivas de esta ciudad que una vez fue capital de un imperio. Con paseos por lugares donde parece que el tiempo se detuvo, museos clásicos y modernos, el mar y el río siempre cerca, y no pocas paradas estratégicas en comedores de enjundia. Lisboa, la mítica Lisboa, pocas capitales europeas ofrecen tanto al viajero en tan poco espacio.

Conviene decirlo claro: prepárese para caminar. Lisboa son siete colinas y una gran plaza-balcón sobre el Tajo. Y casi cada rincón de esta “vasta, irregular y multicolorida aglomeración de casas”, como escribió Fernando Pessoa, suele despertar la curiosidad del viajero. Conviene, además, ubicarse antes de iniciar la visita: al este, en las colinas de São Jorge y São Vicente, están los barrios de Castelo, con el imponente castillo que el rey João I mandó levantar en el siglo XIV; y los de Alfama y Mouraria, dos de las cunas del fado antiguo en Portugal. El pétreo castillo de los moros y la iglesia de Graça ofrecen una panorámica sin par hacia el otro lado de Lisboa: los barrios Chiado y Alto aparecen derramados sobre otras dos colinas, las de Santa Catarina y de São Roque. En estos cuatro puntos cardinales están buena parte de las razones que nos llevan a Lisboa.

Cualquier viajero atento a la historia comenzará su visita lisboeta en la Praça do Comércio, con 36.000 metros cuadrados una de las mayores de Europa. El Arco Triunfal, de 1875, abre camino hacia la Rua Augusta y al conjunto de ruas y praças que se extienden en llano hasta la estación ferroviaria de Rossio. Es el corazón social de la Lisboa antigua. Con sus escaparates añejos rodeados por tiendas de marca, las plazas de Figueira, Pedro IV y Martim Moniz, las ruas Áurea y Prata. Atrás hemos dejado la Rua do Arsenal, que comunica Comércio con la estación de Cais de Sodré, con breve parada ante el Ayuntamiento para contemplar su preciosa escalinata. Antes de alcanzar el mercado de Ribeira y el jardín de Dom Luis quizá apetezca un tentempié. O una cerveza Sagres en el British Bar, vestigio vivo del bar marinero que fue en los días de esplendor. En la Baixa abundan menús para turistas urgentes, pero también hay casas de comida en las calles traseras, más tranquilas y sinceras con la cocina nacional, destacable en guisos, pescados, quesos, vino bueno y repostería tradicional.

Apetece siempre un café a los pies del Elevador de Santa Justa. Qué ingenio de su tiempo. Con 45 metros de altura, este enjambre de hierro inaugurado en 1901 comunica con el Largo do Carmo, junto al Museo Arqueológico, ya en el barrio de Chiado. Quizá recuerde usted el nombre por el pavoroso incendio de 1988, pero las llamas, por fortuna, son olvido en Chiado. Aquí late el esplendor de la Lisboa de entre siglos. Y el primer brindis está cerca: el café A Brasileira debe su fama a Pessoa, de escultura presente en la acera, aunque el escritor era habitual del Martinho da Arcada, en una esquina de la Praça do Comércio. Sigamos subiendo. En Chiado dos arterias se reparten el interés del visitante: a partir de la plaza Luís de Camões, la Rua Loreto sale del barrio hacia el oeste y permite contemplar, entre otros sitios de interés, la iglesia de Santa Catarina, el Palacio de São Bento, edificio neoclásico donde se reúne la Asamblea de la República y reside el primer ministro, la Basílica da Estrela (1790) y el tranquilo jardín homónimo, inaugurado en 1852 y que posee varias palmeras canarias. También de la plaza Camões parte, hacia el norte, la Rua da Misericordia, de casas azulejadas, siempre imponentes, camino del mirador Pedro de Alcântara.

Viene bien un descanso para contemplar el Castelo de São Jorge, con el inicio de la Lisboa moderna a la izquierda de la vista panorámica. Ya en el Barrio Alto, por el día abundan tiendas nuevas de jóvenes creadores, galerías de arte, restaurantes de clientela fiel y librerías de viejo. También está el Teatro da Trindade y, arriba, el Jardim Botânico con especies traídas de Asia, América, un gran drago y un rato de tranquilidad. De noche todo muda de piel y la vida alegre sale a la calle en el Barrio Alto, con aroma de bares y conversación en sus esquinas de adoquines. Otro vestigio de siglos pasados, el Elevador da Glória (1885), permite salvar la cuesta que enlaza el Barrio Alto con la plaza de Restauradores, cuyo obelisco celebra la independencia de España lograda en 1640. Aquí nace la Avenida da Liberdade, con su bulevar de aire francés que alberga hoteles, tiendas de lujo y espacios culturales. Sobre la plaza del Marqués de Pombal, que emprendió la reconstrucción de la ciudad tras el gran terremoto de 1755, el Museo Calouste Gulbenkian expone obras de Rubens, Rembrandt y Manet, entre otros pintores.

Para visitar Alfama, el tranvía 28 ofrece un viaje estupendo. Un paseo de cine en asientos de madera con un generoso recorrido panorámico urbano a baja velocidad entre los barrios de Estrela y de Graça. La ruta, que ya retrataron Win Wenders (Lisboa story), Alain Tanner (En la ciudad blanca) y João César Monteiro (Va y viene), transcurre por el mirador de Santa Luzia y su balcón sobre el Tajo, el Panteón Nacional (donde descansan estadistas y artistas de alcurnia), la cercana Feira da Ladra (martes y sábados) y la iglesia de San Vicente de Fora, consagrada al patrón de la ciudad, Vicente de Zaragoza, mártir ajusticiado en Valencia en el año 304 y cuyos restos reposan en la cercana Catedral de Lisboa. Desde el mirador de Santa Luzia, escalera abajo, el corazón de Alfama brinda la ruta del fado. Aquí está el museo monográfico sobre la canción de Portugal, rodeado de restaurantes, tabernas y bares donde nació esta música triste de marineros varados en tierra de nadie. El fado, reconocido patrimonio inmaterial de la humanidad hace un año, es el imán musical de Lisboa. En las calles cruzadas de Alfama, entre esquinas de adoquín negro, se escuchan voces de experiencia como Celeste Rodrigues, hermana menor de Amália, que con 89 años aún canta en el club Bacalhau de Molho de la Casa de Linhares, y aficionados al fado vadio en tabernas añejas de la calle São Miguel.

De regreso a la Baixa, con parada en la Casa dos Bicos, construida en 1523 y hoy sede de la Fundación Saramago, un sorbo de ginja (licor de cerezas ácidas muy popular en dispensarios pintorescos en toda la ciudad) nos anima a planificar la excursión a la Lisboa más moderna. Al norte, alrededor de la estación ferroviaria de Oriente, obra del arquitecto español Santiago Calatrava para la Exposición Universal celebrada en 1998, el Parque de las Naciones alberga un imponente Oceanário con peces de todos los mares, un museo de ciencias y la torre de acero Vasco da Gama, con 142 metros el edificio más alto del país. Cerca del Puente 25 de Abril, cuyos 2,3 kilómetros de longitud rinden homenaje a la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, concluye un recorrido intenso por esta ciudad detenida en el tiempo. Lisboa, la segunda capital más antigua de Europa después de Atenas.

En tren por la historia de Portugal

Toda visita a Lisboa puede completarse con un par de excursiones singulares. Desde la estación Cais de Sodré el tren viaja por la costa a través de Belém, donde se encuentran el imponente Monasterio de los Jerónimos (1501), la Torre de Belém (1514), el Palacio Nacional (1559), el Monumento a los Descubridores (1960) y el centro cultural CCB (1993). El sabor dulce a la historia lo pone Pastéis de Belém, una longeva pastelería de largos salones y paredes de azulejos que desde 1837 es maestra en esta tartaleta de hojaldre y crema de huevo que anima la merienda. Otra vez al tren para llegar a Estoril, célebre como sitio de exilio en el siglo XX, ahora visitado por su playa de Tamariz con castillo al fondo y por las noches en el Casino Estoril, el mayor de Europa e inspiración para el personaje de 007 del escritor Ian Fleming. La última parada del tren es Cascais, escenario de la vida de la aristocracia portuguesa y sus invitados extranjeros en la primera mitad del siglo pasado. Ciudad amurallada devenida en puerto deportivo, Cascais ofrece calma, buen clima y mejores alimentos. También una conexión directa, a través del Parque Natural de Sintra-Cascais, con la emblemática ciudad de Sintra. La que Lord Byron describió como “la ciudad más bella del mundo” fue fundada en 1154 y hoy protagoniza un caso ejemplar de turismo entre historia y naturaleza. Sus calles empedradas conectan con palacios de fama legendaria como los de la Pena, Queluz y Monserrate, tres vestigios de la historia grande de Portugal.

Publicado en la revista NT en octubre de 2012