La vieja Lisboa y el sereno encanto de lo antiguo

2 Oct

Por Carlos Fuentes

“Lisboa, vieja ciudad, llena de encanto y belleza…”. Poco ha cambiado el aire amable de la capital de Portugal desde que Amália Rodrigues cantó en 1952 este fado preñado de melancolía por tiempos pasados que fueron mejor. Con medio millón de habitantes (otros tres residen en la región), en Lisboa conviven el pasado sereno y los sueños de futuro, barrios populares tejidos de callejuelas y avenidas nuevas que pregonan grandeza. Huellas vivas de esta ciudad que una vez fue capital de un imperio. Con paseos por lugares donde parece que el tiempo se detuvo, museos clásicos y modernos, el mar y el río siempre cerca, y no pocas paradas estratégicas en comedores de enjundia. Lisboa, la mítica Lisboa, pocas capitales europeas ofrecen tanto al viajero en tan poco espacio.

Conviene decirlo claro: prepárese para caminar. Lisboa son siete colinas y una gran plaza-balcón sobre el Tajo. Y casi cada rincón de esta “vasta, irregular y multicolorida aglomeración de casas”, como escribió Fernando Pessoa, suele despertar la curiosidad del viajero. Conviene, además, ubicarse antes de iniciar la visita: al este, en las colinas de São Jorge y São Vicente, están los barrios de Castelo, con el imponente castillo que el rey João I mandó levantar en el siglo XIV; y los de Alfama y Mouraria, dos de las cunas del fado antiguo en Portugal. El pétreo castillo de los moros y la iglesia de Graça ofrecen una panorámica sin par hacia el otro lado de Lisboa: los barrios Chiado y Alto aparecen derramados sobre otras dos colinas, las de Santa Catarina y de São Roque. En estos cuatro puntos cardinales están buena parte de las razones que nos llevan a Lisboa.

Cualquier viajero atento a la historia comenzará su visita lisboeta en la Praça do Comércio, con 36.000 metros cuadrados una de las mayores de Europa. El Arco Triunfal, de 1875, abre camino hacia la Rua Augusta y al conjunto de ruas y praças que se extienden en llano hasta la estación ferroviaria de Rossio. Es el corazón social de la Lisboa antigua. Con sus escaparates añejos rodeados por tiendas de marca, las plazas de Figueira, Pedro IV y Martim Moniz, las ruas Áurea y Prata. Atrás hemos dejado la Rua do Arsenal, que comunica Comércio con la estación de Cais de Sodré, con breve parada ante el Ayuntamiento para contemplar su preciosa escalinata. Antes de alcanzar el mercado de Ribeira y el jardín de Dom Luis quizá apetezca un tentempié. O una cerveza Sagres en el British Bar, vestigio vivo del bar marinero que fue en los días de esplendor. En la Baixa abundan menús para turistas urgentes, pero también hay casas de comida en las calles traseras, más tranquilas y sinceras con la cocina nacional, destacable en guisos, pescados, quesos, vino bueno y repostería tradicional.

Apetece siempre un café a los pies del Elevador de Santa Justa. Qué ingenio de su tiempo. Con 45 metros de altura, este enjambre de hierro inaugurado en 1901 comunica con el Largo do Carmo, junto al Museo Arqueológico, ya en el barrio de Chiado. Quizá recuerde usted el nombre por el pavoroso incendio de 1988, pero las llamas, por fortuna, son olvido en Chiado. Aquí late el esplendor de la Lisboa de entre siglos. Y el primer brindis está cerca: el café A Brasileira debe su fama a Pessoa, de escultura presente en la acera, aunque el escritor era habitual del Martinho da Arcada, en una esquina de la Praça do Comércio. Sigamos subiendo. En Chiado dos arterias se reparten el interés del visitante: a partir de la plaza Luís de Camões, la Rua Loreto sale del barrio hacia el oeste y permite contemplar, entre otros sitios de interés, la iglesia de Santa Catarina, el Palacio de São Bento, edificio neoclásico donde se reúne la Asamblea de la República y reside el primer ministro, la Basílica da Estrela (1790) y el tranquilo jardín homónimo, inaugurado en 1852 y que posee varias palmeras canarias. También de la plaza Camões parte, hacia el norte, la Rua da Misericordia, de casas azulejadas, siempre imponentes, camino del mirador Pedro de Alcântara.

Viene bien un descanso para contemplar el Castelo de São Jorge, con el inicio de la Lisboa moderna a la izquierda de la vista panorámica. Ya en el Barrio Alto, por el día abundan tiendas nuevas de jóvenes creadores, galerías de arte, restaurantes de clientela fiel y librerías de viejo. También está el Teatro da Trindade y, arriba, el Jardim Botânico con especies traídas de Asia, América, un gran drago y un rato de tranquilidad. De noche todo muda de piel y la vida alegre sale a la calle en el Barrio Alto, con aroma de bares y conversación en sus esquinas de adoquines. Otro vestigio de siglos pasados, el Elevador da Glória (1885), permite salvar la cuesta que enlaza el Barrio Alto con la plaza de Restauradores, cuyo obelisco celebra la independencia de España lograda en 1640. Aquí nace la Avenida da Liberdade, con su bulevar de aire francés que alberga hoteles, tiendas de lujo y espacios culturales. Sobre la plaza del Marqués de Pombal, que emprendió la reconstrucción de la ciudad tras el gran terremoto de 1755, el Museo Calouste Gulbenkian expone obras de Rubens, Rembrandt y Manet, entre otros pintores.

Para visitar Alfama, el tranvía 28 ofrece un viaje estupendo. Un paseo de cine en asientos de madera con un generoso recorrido panorámico urbano a baja velocidad entre los barrios de Estrela y de Graça. La ruta, que ya retrataron Win Wenders (Lisboa story), Alain Tanner (En la ciudad blanca) y João César Monteiro (Va y viene), transcurre por el mirador de Santa Luzia y su balcón sobre el Tajo, el Panteón Nacional (donde descansan estadistas y artistas de alcurnia), la cercana Feira da Ladra (martes y sábados) y la iglesia de San Vicente de Fora, consagrada al patrón de la ciudad, Vicente de Zaragoza, mártir ajusticiado en Valencia en el año 304 y cuyos restos reposan en la cercana Catedral de Lisboa. Desde el mirador de Santa Luzia, escalera abajo, el corazón de Alfama brinda la ruta del fado. Aquí está el museo monográfico sobre la canción de Portugal, rodeado de restaurantes, tabernas y bares donde nació esta música triste de marineros varados en tierra de nadie. El fado, reconocido patrimonio inmaterial de la humanidad hace un año, es el imán musical de Lisboa. En las calles cruzadas de Alfama, entre esquinas de adoquín negro, se escuchan voces de experiencia como Celeste Rodrigues, hermana menor de Amália, que con 89 años aún canta en el club Bacalhau de Molho de la Casa de Linhares, y aficionados al fado vadio en tabernas añejas de la calle São Miguel.

De regreso a la Baixa, con parada en la Casa dos Bicos, construida en 1523 y hoy sede de la Fundación Saramago, un sorbo de ginja (licor de cerezas ácidas muy popular en dispensarios pintorescos en toda la ciudad) nos anima a planificar la excursión a la Lisboa más moderna. Al norte, alrededor de la estación ferroviaria de Oriente, obra del arquitecto español Santiago Calatrava para la Exposición Universal celebrada en 1998, el Parque de las Naciones alberga un imponente Oceanário con peces de todos los mares, un museo de ciencias y la torre de acero Vasco da Gama, con 142 metros el edificio más alto del país. Cerca del Puente 25 de Abril, cuyos 2,3 kilómetros de longitud rinden homenaje a la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, concluye un recorrido intenso por esta ciudad detenida en el tiempo. Lisboa, la segunda capital más antigua de Europa después de Atenas.

En tren por la historia de Portugal

Toda visita a Lisboa puede completarse con un par de excursiones singulares. Desde la estación Cais de Sodré el tren viaja por la costa a través de Belém, donde se encuentran el imponente Monasterio de los Jerónimos (1501), la Torre de Belém (1514), el Palacio Nacional (1559), el Monumento a los Descubridores (1960) y el centro cultural CCB (1993). El sabor dulce a la historia lo pone Pastéis de Belém, una longeva pastelería de largos salones y paredes de azulejos que desde 1837 es maestra en esta tartaleta de hojaldre y crema de huevo que anima la merienda. Otra vez al tren para llegar a Estoril, célebre como sitio de exilio en el siglo XX, ahora visitado por su playa de Tamariz con castillo al fondo y por las noches en el Casino Estoril, el mayor de Europa e inspiración para el personaje de 007 del escritor Ian Fleming. La última parada del tren es Cascais, escenario de la vida de la aristocracia portuguesa y sus invitados extranjeros en la primera mitad del siglo pasado. Ciudad amurallada devenida en puerto deportivo, Cascais ofrece calma, buen clima y mejores alimentos. También una conexión directa, a través del Parque Natural de Sintra-Cascais, con la emblemática ciudad de Sintra. La que Lord Byron describió como “la ciudad más bella del mundo” fue fundada en 1154 y hoy protagoniza un caso ejemplar de turismo entre historia y naturaleza. Sus calles empedradas conectan con palacios de fama legendaria como los de la Pena, Queluz y Monserrate, tres vestigios de la historia grande de Portugal.

Publicado en la revista NT en octubre de 2012

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Una respuesta to “La vieja Lisboa y el sereno encanto de lo antiguo”

  1. turismo rural en la rioja 3 de agosto de 2015 a 16:58 #

    Hace pocos dias he comenzado un sitio web, la información de tu web me proporciona mucha informacion. Gracias por todo tu tiempo y trabajo.

    Saludos

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