La alegre cátedra popular de los cantecitos de Kiko Veneno

12 Oct

Kiko Veneno

por Carlos Fuentes

El día que el Lobo López se encontró a su amada, muchos oyentes españoles supieron de la existencia de Kiko Veneno. Hasta entonces, aquel verano ya casi otoño de 1992, la música popular cargaba aún con un estigma de lamentos. Un maltrato derivado más por ciertas alergias ideológicas, ay, en vez del respeto que merece todo acervo genuino. Y en esas llegó Joselito y sacó el optimismo a bailar las rumbitas de la vida.

Mira que tiene gracia: en un Mercedes blanco desembarcó Kiko Veneno para el primer concierto de celebración por los veinte años de Échate un cantecito. Auto de lujo para él, José María López Sanfeliu (Figueres, 1952), quien por aquellos tiempos tiraba de un vetusto Renault cuatro latas. Sería fácil hablar de justicia histórica, que la hay, pero mejor reivindicar el regocijo que generaron diez canciones bienaventuradas. Inesperado arroyo de picardía e ingenio que, como nunca visto antes, combinó el soniquete flamenco más accesible con los ritmos mamados en el sur fronterizo. Y, claro, esa poética fresca de querencia lorquiana, verde que te quiero verde, que contagió las hazañas del Lobo López, de Joselito y sus superhéroes de barrio antes del boca-oreja por la internet.

kiko veneno cantecito

Quizá sea cierto que Kiko Veneno no inventó nada. Ahí están otras figuras pata negra, de Chocolate a Bambino, de Peret a Gato Pérez, de Lole y Manuel a Martirio… en fin, los hermanos Amador y los cuchillos afilados de Baldomero Torre. Sí supo este andaluz por raíces agitar una coctelera sabrosa que pasó mucho tiempo, y ahora ya sabemos que fue demasiado, esquinada en el barrio que no visitaban los turistas porque allí vivía la gente. Atrás quedó el disco seminal de Veneno, marcado a fuego en cuarto kilo de hachís, que muchos no entendieron en su hora. Y el cronista callejero, filósofo de bares y fondas, pagó con tres lustros de suplicios: cuesta creer que no vivió de la música hasta que regresó de Londres con aquella cosecha de una primavera luminosa. El resto, valga el tópico, ya es historia. Rescatada ahora en una edición especial de Échate un cantecito con las diez piezas originales, once temas más, entre versiones de maquetas y memoria del directo (Fuego), tres colaboraciones con Martirio, Albert Pla y Calamaro, un DVD y los diarios de la peregrinación a Londres. Con Santiago Auserón ayudando siempre en la sombra.

Y como historia de la buena se contará en el futuro, veinte años no es nada, el concierto de regreso de los cantecitos. A sala completa, tras cambiar ubicación desde un espacio menor, Kiko Veneno se confirmó en estado de gracia. Mucha culpa tuvo su banda, Los Notas del Retumbe, con el increíble Raúl Rodríguez (carajo, ¿cuántos músicos viven en su guitarra?), el funambulismo eléctrico de Charlie Cepeda y los ricos tumbaos cubanos sonando al fondo. Pero conviene no engañarse: si el cantante forma parte de nuestro patrimonio emocionante es por sus coplas de madrugada. Combustible nutritivo que tiene la santa cualidad de sacar lo mejor de nosotros. Porque ahora que laten días grises, aquí no hay primos ni riesgos que resistan esta sobredosis de entusiasmo. Alegría de vivir, a veces en clave africana con flamenquito saltando a la kora (Dice la gente), que igual emociona con Paco Ibáñez (Palabras para Julia), enternece con sus cuentos cotidianos (Reír y llorar, Salta la rana) y divierte con su revisión pop naif de Dylan (Memphis blues). Hasta la victoria, siempre, por la sencillez.

Kiko Veneno 2

Pero no sólo de rumba vive el hombre, ni de mitos en voz ajena (Volando voy, que cantó Camarón en La leyenda del tiempo). Así que habrá que estar atentos a las nuevas aventuras animadas del campeón guapeao: disco propio con la producción de otro lumbreras ubicuo, Raül “Refree” Fernández, que se anuncia para finales de año y, sorpresa-sorpresa, una alianza transoceánica pergeñada junto al cantautor uruguayo Martín Buscaglia. Hasta entonces, a seguir la ruta venenosa en este otoño del aniversario, con conciertos en Barcelona (Sala Apolo, 20 de octubre), Granada (Auditorio Manuel de Falla, día 27), Santiago de Compostela (Sala Capitol, 23 de noviembre), Burgos (Sala Hangar, 24) y Bilbao (Fever Club, 28 de diciembre). Con botellas de coca-cola llenas de vino de Chiclana, hasta que salten los cachitos de hierro y de cromo.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2012

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