La puerta sonriente de África

6 Nov

GAMBIA

Por Carlos Fuentes

Vista sobre el mapa, Gambia se antoja una leve sonrisa en la costa de África occidental, mil seiscientos kilómetros al sur de Canarias. Este país, el estado más pequeño del continente africano, apenas cincuenta kilómetros en su parte más ancha de norte a sur, saltó de los atlas de geografía a los libros de historia con el mismo nombre del río Gambia que contemplaron los primeros viajeros extranjeros en el siglo X. Un mundo y doce siglos después, Gambia apuesta ahora por afianzar su posición al alza como una de las principales referencias turísticas, económicas y ecológicas en el oeste de África. Sus ricos paisajes, el calor seguro del clima tropical y una estabilidad socio-política notable para la media africana son tres de los factores que han convertido a Banjul, su capital, en un destino creciente para los viajes de ocio. Gambia como puerta amable a África, al África del descanso y de los paisajes de ensueño, al África que olvida los problemas cotidianos para soñar con aventuras antiguas y sabores nuevos.

Gambia, la costa sonriente de África. Sus once mil kilómetros cuadrados (una extensión similar a Asturias, con 1.295 kilómetros cuadrados ocupados por el río, con otros ochenta kilómetros de costa) son símbolo superviviente de una extensión mayor por la que lucharon árabes, portugueses, ingleses y franceses en busca de las posesiones en las costas africanas que permitieran el dominio regular de las rutas marítimas entre Europa y Asia. En la actualidad, sus 1,7 millones de habitantes se reparten entre la vida urbana, principalmente en la capital y la ciudad más importante, la vecina Serrekunda, y los trabajos rurales en la agricultura. Distribuida en cinco departamentos interiores y el área urbana de Banjul, la vida social y económica de Gambia gira en torno al río. Con 1.130 kilómetros de longitud desde su nacimiento en la vecina Guinea, el río Gambia ocupa el 10% de la superficie del país y sustenta la agricultura (cacahuete) y la pesca artesanal en las cinco regiones interiores de Janjanbureh, Mansa Konko, Basse, Kerewan y Brikama, donde hoy reside el 60% de la población nacional, integrada por más de media docena de pueblos étnicos diferentes (mandinga, diola, serer, wolof, soninké, krio…) y otras tantas lenguas distintas. Quizá esta diversidad social tan compleja haya provocado que el idioma oficial de Gambia, heredado del dominio colonial británico que se alargó hasta 1965, sea el inglés.

En el ámbito cultural, una visita a Gambia ofrece la posibilidad de conocer mejor sobre el terreno la evolución de los pueblos que han habitado esta esquina del oeste de África. También los escenarios en los que se desarrolló el infame apresamiento de africanos para el comercio de esclavos negros en Europa y América. Tragedias aparte, en la música también está presente el rico crisol de influencias culturales que desde hace un siglo confluyen en los márgenes del río Gambia. Aquí nació el cantante Laba Sosseh, apodado El Maestro, sin duda el músico africano que logró una mayor popularidad internacional durante el auge de la música afro-latina en los años sesenta y setenta. Sosseh, que trabajó en París con la Orquesta Aragón, fue el primer africano que obtuvo un disco de oro con una grabación de salsa. Otras referencias culturales importantes para entender la vida cotidiana en la Gambia contemporánea son los escritores Cham Joof, Ebou Dibba y Lenrie Peters. En cine la referencia nacional es el director Segun Oguntola, autor del premiado largometraje Arrou. Y en el deporte todavía se recuerda a Biri Biri, el ex jugador del Sevilla, como el mejor futbolista gambiano de todos los tiempos.

Convivir en la naturaleza, descubrir la fauna salvaje y disfrutar de los paisajes son tres argumentos potentes para explicar el auge creciente de las visitas del turismo internacional en Gambia. El avistamiento de aves, monos, chimpancés, hipopótamos, serpientes y cocodrilos es uno de los platos fuertes de las siete grandes áreas naturales del país, los parques nacionales de Bijilo, Kiang, Tanji, Abuko, Baobolong, Niumi e islas Baboon. Especial interés para los amantes de la naturaleza tiene la reserva nacional de Makasutu, situada al sur de Banjul y considerada sagrada por muchos gambianos. En esta zona ribereña se ofrece una visita didáctica al río Gambia que ya ha sido galardonada por publicaciones especializadas en turismo ecológico, una experiencia similar a la posibilidad de convivir en un poblado de la etnia diola en el cercano campamento de Tumani Tenda. Desde esta aldea, fundada con el nombre de un recolector de maní y ahora apenas trescientos vecinos, se programan jornadas de pesca, agricultura y actividades sociales para conocer la etnia que vive entre Gambia y Senegal.

Viajar a Gambia también ofrece la oportunidad de conocer sobre el terreno uno de los lugares donde durante siglos se desarrolló una actividad crucial para entender la configuración social del mundo actual. Desde las costas atlánticas africanas salieron muchos de las embarcaciones que transportaron esclavos africanos al nuevo mundo a partir de los descubrimientos de Colón en 1492, y aún quedan vestigios de este tráfico inhumano. Fort James es uno de esos lugares añejos donde la historia con mayúsculas asentó sus reales. Construido en 1651 por militares y colonos holandeses, apenas una década después pasó a manos militares inglesas para potenciar el tráfico de oro, marfil y, violencia mediante, el apresamiento de los futuros esclavos negros como mano de obra barata en América.

Situada veinte kilómetros río Gambia adentro, al refugio del Atlántico, esta isla mínima ya fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 2003 como parte de la ruta de los esclavos. Ocho años después, la isla cambió su nombre colonial por el más gambiano Kunta Kinteh, quizá señuelo nacionalista pero que tiene una justificación histórica: Gambia se convirtió en el plató natural de rodaje para la popular serie de televisión Kunta Kinte. Aquella historia de la esclavitud de una familia de africanos pobres en los campos de algodón al sur de Estados Unidos y que está basada en el libro Raíces del escritor afro-americano Alex Haley. En la actualidad, la isla de las cadenas está abandonada aunque todavía es posible visitar las ruinas mal conservadas de las antiguas mazmorras donde se encerraba a los esclavos y algún cañón oxidado que vigila, dormido, las aguas turbias de la historia del río Gambia.

Publicado en la revista NT en noviembre de 2012

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