Archivo | enero, 2013

Fanáticos en el desierto africano donde nació el blues

21 Ene

por Carlos Fuentes

¿Se puede hacer cultura, cultura grande, desde la pobreza cotidiana? No hay una fórmula matemática que dé respuesta a esta pregunta, pero sí abundan los ejemplos que permiten negar, sin ambages, que la falta de medios materiales origina, porque sí, un erial cultural. De hecho, suele ocurrir justo lo contrario: buscar virtud en la necesidad para continuar la evolución social y cultural de un pueblo poco agraciado por los bienes fungibles. Y Malí, el gran país africano que marca la frontera entre el Magreb y el corazón negro del continente, está ahí para probarlo. Hace quince, veinte años, cuando Malí era el tercer país más pobre del planeta, un pelotón de artistas de riesgo se las apañó para enseñar al mundo un folclor legendario y verosímil. Músicas producto de cinco, seis siglos de tradicionales orales y aislamiento respecto a los países africanos ribereños. Pero una cosa es luchar contra el hambre consuetudinaria en la esperanza de que el tiempo que venga sea mejor y otra, muy distinta, enfrentar la amenaza del disparo fácil del Kalashnikov. Y así está hoy Malí, entre la bala y la pared.

Salif Keita 1El nuevo episodio de la ancestral rivalidad entre tuaregs y malíes negros, que hunde sus raíces en la segunda década del siglo pasado, ha degenerado ahora en la ocupación del desértico norte malí por tropas tuaregs bien armadas por el incontrolado trasiego de cañones y fusiles a raíz del derrocamiento del régimen libio de Muamar el Gadafi, en cuyas filas combatieron guerrilleros tuaregs. Con la derrota hace un año de Gadafi, muchos tuaregs lograron escapar al sur libio más desértico, zona en la que reside alrededor de un millón de hombres azules que se mueven, casi sin control oficial, por Níger, Argelia, Burkina Faso y Malí. Pero el Sáhara ya no estaba tan desierto. En su pedregal sin fin había anidado un movimiento fundamentalista vinculado a Al-Qaeda en el Magreb, cuya tropa se alió primero con los tuaregs y, poco después, fagocitó el dominio de la zona. Las consecuencias de este giro fanático ya están a la vista: zonas como Kidal, Gao y Tombuctú están sometidas ahora a la ley islámica (sharia) y sus vecinos han empezado a sufrir el martirio en carne propia. Se han prohibido la música y la radio, también la fuma y el alcohol. ¿Sentencias? Lapidaciones por adulterio, amputaciones a presuntos ladrones, prisión domiciliaria para las mujeres, cierre de escuelas, pérdida de cultivos, matanza de animales… y éxodo forzado hacia el sur, al amparo de la capital, Bamako, donde el ejército malí exige una acción contra la declaración unilateral de secesión tuareg en la zona llamada Azawad.

toumani diabate¿Y la cultura? Camino de la catástrofe. El conflicto militar y la ola de fanatismo, dos factores que anuncian una intervención internacional más pronto que tarde, han provocado la huida de muchos músicos desde zonas como Niafunké, aldea ribereña del Níger desde la que el guitarrista Ali Farka Touré enseñó al mundo los orígenes del blues. Fallecido el patriarca, el primer africano que obtuvo un Grammy con Talking Timbuktu, grabado en 1994 junto a Ry Cooder (luego obtendría otro Grammy por In The Heart Of The Moon, con Toumani Diabaté), sus hijos se han refugiado en casas de parientes en Bamako. También su pupilo y amigo Afel Bocoum se ha visto obligado a escapar del violento norte aunque la capital también paga la factura de la violencia. Cada semana cierran locales de música en vivo, se clausuran hoteles y se reducen hasta cero todos los viajes de artistas foráneos. Y no es una consecuencia baladí: en las últimas décadas Malí acogió proyectos de enjundia protagonizados por músicos locales y aliados occidentales como Damon Albarn, Dee Dee Bridgewater, TV On The Radio, Taj Mahal, Eric Bibb o Arnaldo Antunes. Y el cineasta Martin Scorsese produjo aquí, en 2003, el documental Feel Like Going Home sobre el origen de las músicas que los esclavos llevaron a los campos de algodón en América.

En el limbo han quedado proyectos culturales que aspiraban a revertir entre los ciudadanos de Malí la cosecha de tantos siglos de tradicionales musicales. Hay dos ejemplos con nombres propios. En 2001 el albino Salif Keita, la voz dorada de África, regresó a su país para compensar a su audiencia nacional por todos los años pasados en París. En Bamako escribió Moffou, antológico episodio de reconciliación cultural en el que participaron Cesaria Évora, Kanté Manfila y Mino Cinelu, idea que tres años después continuó con el imperial M´Bemba. En la capital malí Keita coincidió con Oumou Sangaré, la volcánica cantante de la región de Wasulú que, además de gran voz femenina africana, ha dedicado buena parte de sus ganancias al desarrollo del turismo (posee un hotel y una sala de conciertos) y el comercio mayorista (importa arroz chino y automóviles coreanos). Ahora ambos artistas se debaten entre mantener la apuesta cultural por su país o, como ya hicieron otros, buscar acomodo en una capital europea donde sus carreras musicales, y su integridad física, corran riesgos menores. Es la fórmula que ha pergeñado la joven Fatoumata Diawara para proyectar su carrera en solitario después de haber despuntado junto a Dee Dee Bridgewater y Oumou Sangaré en el disco colectivo Imagine liderado por Herbie Hancock.

En un país desértico donde la cultura es (mucho) más que puro entretenimiento a la usanza occidental, donde la muerte de un griot se lamenta como si ardiera una biblioteca milenaria, este cronista fue testigo del respeto incomparable del pueblo por sus músicos. Marzo de 2007, primer aniversario de la desaparición de Ali Farka Touré. Dos militares, y dos Kalashnikov, detienen la caravana que hace la ruta Bamako-Niafunké. De nada valen los permisos oficiales, los avales políticos, los contactos telefónicos urgentes. Los dos soldados solo dejan paso franco cuando, orgullosos, ven la fotografía, pegada en el cristal del coche, del abrazo de reconciliación entre Ali Farka Touré y Salif Keita. “Ellos son lo mejor del país”, y arriman a la cuneta un par de bidones de gasolina utilizados como barrera de control en medio de la inmensa nada. Salvoconducto musical para este país gigante (casi tres veces España) donde el estado no es efectivo en todos sus confines, allí donde suena la emocionante música malí que durante siglos narró batallas y leyendas, fiestas y costumbres añejas. Música que hoy, otra vez la guerra (por ahora, con un millar de muertos y más de doscientos mil desplazados), ya no tiene trovadores que la escriban. Ni vecinos que la bailen.

Publicado en la revista Rockdelux en noviembre de 2012

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Triángulo añejo al sur de Marruecos

16 Ene

naranjas

AGADIR-ESSAOUIRA-MARRAKECH

Por Carlos Fuentes

Los mapas del hombre marcan triángulos geográficos que la historia construye antes de que lleguen las carreteras, antes incluso de que el viajero dibuje su camino en el atlas. Entre las ciudades de Agadir, Marrakech y Essaouira late gran parte de la historia magrebí antigua de lo que hoy conocemos como el reino de Marruecos.

tiendaTierra abonada con cuentos ancestrales que conectan con el espíritu del sur en el país del noroeste africano, un recorrido intenso a través de estas tres grandes ciudades permite al viajero adentrarse en sus callejuelas añejas y sus mercados de vida vertiginosa, también visitar vetustos edificios religiosos y contemplar reliquias del pasado imperial, museos de lo antiguo. Un viaje cercano para hacer bueno aquel viejo refrán marroquí: “Mira dos veces para ver lo justo, pero no mires más que una vez para ver lo bello”.

Agadir surge renovada a los pies salados del océano Atlántico. La historia de esta ciudad, a 413 kilómetros al noreste de Lanzarote, está marcada por un día crucial. El 29 de febrero de 1960 un violento terremoto arrasó la ciudad antigua, cuyo nombre en lengua berebere significa pared y cuyos orígenes se sitúan en la presencia portuguesa en 1505. Aquella medianoche de 1960 hubo quince mil muertos, pero pronto surgió el deseo de reconstruir lo perdido. Mohamed V, el abuelo del rey actual, impulso el levantamiento de una ciudad nueva situada a dos kilómetros al sur de la antigua urbe, de la que apenas sobrevivió la kasbah. Es el Agadir de hoy, moderno y comercial, turístico y relajado. Con setecientos mil habitantes y un puerto deportivo al alcance de la mano. Conviene empezar la visita en el barrio nuevo de Talborjt, donde quedan a tiro el ayuntamiento y el mercado central. Un paseo urbano de media hora conduce a la primera línea de playa, verdadero epicentro en los días de sol en Agadir. Arenas doradas y centros náuticos ofrecen al visitante una panoplia de posibilidades para el ocio.

Jemaa El Fna (noche)

Los más interesados en la cultura tienen una ruta alternativa que pasa por el delicioso jardín de Olhão, recuerdo verde de la amistad entre Agadir y la ciudad portuguesa homónima. Con aires de jardín andaluz, ofrece un rato de sombra y tranquilidad al mediodía o, ya por la tarde, un bonito marco para la merienda. El cercano museo municipal, junto al bulevar de Mohamed V, exhibe piezas de arte sahariano de la colección del profesor holandés Bert Flint. A pocos metros al norte, en la avenida Moulay Abdallah, está la oficina de turismo y una buena parte de la oferta de alojamientos populares. Fuera de la ciudad, visitada ya la colina norte con las ruinas de la zona antigua, al sur de Agadir se encuentra la reserva natural del estuario de Oued Souss, que además de dar nombre a toda la provincia ofrece un buen lugar para el avistamiento de aves silvestres.

PastelesPara viajar por carretera hacia Marrakech la opción más cómoda y rápida es la autopista interior (245 kilómetros), pero sin duda es más interesante subir 173 kilómetros por la carretera litoral que enlaza Agadir con la ciudad monumento de Essaouira. Otro vestigio de los días pasados, las huellas de la historia en Essaouira contemplan el trasiego de navegantes cartagineses en el siglo V antes de Cristo, la llegada de los portugueses (que sentaron aquí sus reales en pleno siglo XVI dando a la zona el nombre de Mogador), el ataque y posterior dominio colonial de Francia y, ya en 1956, la conquista de la independencia. Aromas de historia antigua que laten en añejas fortificaciones portuguesas que coronan el frente marítimo de esta ciudad de setenta mil habitantes. Essaouira, “la bien diseñada”. Nombre acertado que comprenderá el viajero cuando visite tesoros urbanos como añejos edificios consulares de Portugal, Gran Bretaña, Francia y Holanda, el cementerio judío, el museo de Sidi Mohammed ben Abdallah, fundador de la ciudad, y el puerto militar, cuya construcción se atribuye a uno de los personajes legendarios que han pasado por Essaouira. El renegado cristiano Ahmed el Inglizi, que a finales del siglo XVIII trabajó para el sultán Abdallah, como también lo hizo el militar francés Théodore Cornut, quizá el verdadero artífice del orden urbano de lo que hoy es la ciudad.

TDe espaldas al Atlántico, la salida de Essaouira toma la carretera nacional para recorrer 167 kilómetros hacia el interior con destino a Marrakech. Pocos sitios están a la altura del mito como esta ciudad legendaria fundada en el año 1062 de la que tomó su nombre el país marroquí. Nucleada en torno a la gran plaza de Jemaa el-Fnaa, verdadero centro neurálgico de la vida social, comercial y de ocio. Aquí está el gran zoco, donde el visitante puede encontrar artesanía y platería, especias aromáticas y dátiles frescos llegados de las plantaciones del interior. También buenas terrazas para tomar un té verde mientras el sol cae a la espalda de la mezquita de Koutubia, cuyo minarete de 77 metros de altura es contemporáneo de la Giralda de Sevilla. Las murallas de la ciudad antigua, fabricadas con adobe rojo, reúnen otros vestigios del paso del tiempo como el antiguo barrio judío, las puertas reales y los palacios Real, Badi y Bahia. Más reciente, con un paseo urbano, es el Jardín Majorelle, diseñado por el artista francés Jacques Majorelle y luego residencia de invierno del diseñador Yves Saint Laurent. Buen lugar de solaz, entre flores, cactus, bambúes cimbreantes y una singular casa pintada de azul para cerrar un apresurado paseo histórico por tres ciudades emblemáticas de Marruecos.

Jemaa el-Fnaa (plaza)

Marrakech de noche: del cine al baile

Joya de la corona marroquí, una de las cuatro ciudades imperiales junto a Fez, Meknés y Rabat, la importancia histórica de Marrakech queda reflejada, entre otros datos, en su hermanamiento con solo tres ciudades en todo el planeta: Tombuctú (Malí), Marsella (Francia) y la española Granada. Sitios de historias míticas que, en el caso de Marrakech, viene evolucionando en los últimos años hacia el diseño de nuevas atracciones culturales y de ocio nocturno para el visitante. Además de los imprescindibles paseos por sus zocos y palacios, por mezquitas y jardines, Marrakech atesora una interesante vida cultural que tiene su faro mayor en el festival internacional de cine, cada primera semana de diciembre. Para visitas en otras fechas conviene consultar la programación del Instituto Cervantes, el Instituto Francés, los centros de arte Dar Al Ma’Mûn y Dar Takafa, el teatro real y la fundación Dar Bellarj. Para los más animados, el portal Made in Marrakech ofrece amplia información sobre restaurantes, bares, discotecas y cabarés en la ciudad que siempre mira a la plaza Jemaa el-Fnaa.

Publicado en la revista NT en enero de 2013

Los libros salvajes de Tánger, la ciudad que una vez fue país

14 Ene

beats in tangier

por Carlos Fuentes

Por el hormiguero de sus callejuelas de adobe pasearon Paul Bowles, William Burroughs y Truman Capote, hoteles de otros tiempos acogieron a unos Rolling Stones embriagados de hachís y música bereber. En sus cafetines se debatía sobre un mundo en crisis. Y en sus fondas anidó un lumpen de espías, políticos caídos en desgracia y contrabandistas de toda monta. Tánger, capital africana situada a catorce kilómetros de la costa de Andalucía, disfrutó de un esplendor inédito gracias a su salvaguarda internacional. Ocurrió hace medio siglo. Ahora varios libros rescatan las vivencias de la nutrida colonia extranjera que residió en esta ciudad que una vez fue país.

Paul Bowles (retrato)

Fundada por los cartagineses en el siglo V antes de Cristo, la historia del auge de Tánger comenzó con la declaración de la ciudad como zona internacional en 1923. Durante casi cuatro décadas, esta urbe portuaria que ahora pertenece al reino de Marruecos se convirtió en un lugar predilecto para el asentamiento de grupos étnicos, comunidades religiosas y prófugos políticos que no disponían de otro lugar seguro bajo el sol.

Con una administración consular pactada por España, Francia e Inglaterra, la ciudad floreció por la coexistencia en paz de colectivos dispares. Aquí se podía practicar cualquier credo religioso, se podía pagar en cualquier moneda europea y, de hecho, la ley era interpretada de la manera más laxa jamás conocida hasta entonces. En el Tánger del siglo pasado residían alrededor de ochenta mil personas. Entre esta población norteafricana, más de la mitad de sus habitantes eran españoles de origen o de ascendencia. “En los tiempos revueltos posteriores al final de la II Guerra Mundial, Tánger se convirtió en una ciudad libre y acogedora, fue un gran ejemplo de concordia en aquellos días convulsos”, explica el historiador Carlos Hernández, presidente de la asociación Tangerjabibi, que reúne un millar de europeos nacidos o con raíces familiares en Tánger.

Jane Bowles (retrato)

Durante ocho años, Hernández ha coordinado el rescate de la memoria oral de los tangerinos del éxodo. El resultado de esta investigación histórica es el libro Tánger en primera persona, dos gruesos volúmenes con 650 páginas trufadas con testimonios y fotografías de la vida cotidiana del colectivo extranjero. “En los años cincuenta había censados alrededor de cincuenta mil españoles, pero éramos muchos más porque otros llegaban a Tánger huyendo por asuntos políticos y preferían no registrarse en las oficinas consulares. Allí nadie preguntaba de dónde venías, ni había policías interesados en saber de tu pasado”, señala Carlos Hernández, bisnieto de unos campesinos andaluces azotados por la pobreza de la posguerra civil española. Su padre fue practicante médico “sin título, por experiencia” y completaba su salario como guía de las tropas extranjeras en el norte de Marruecos. “Los españoles se dedicaban a casi todo, en todos los niveles sociales”, indica Hernández, residente tangerino entre 1946 y 1969, “cuando era normal que en el colegio tuvieras compañeros católicos, judíos, musulmanes, protestantes e hindúes. Éramos un amasijo de lenguas. Todos los equipos escolares de fútbol eran verdaderas selecciones mundiales”.

Por aquellos años, la prosperidad libertina del Tánger internacional se convirtió en un imán para los escritores de la Generación Beat. Con Paul y Jane Bowles como referencias, el Café de París en el Zoco Chico y los hoteles Rembrandt, El-Muniria y Minzah nuclearon los encuentros furtivos de Burroughs, Tennessee Williams, Allen Ginsberg, Jack Kerouac y demás superhéroes de la contracultura norteamericana. Obras de referencia como El almuerzo desnudo, de Burroughs; Ángeles de desolación, de Kerouac; la canción If You See Her, Say Hello, de Bob Dylan; y el seminal poema América, de Ginsberg (“Burroughs está en Tánger, no creo que regrese/ esto es algo siniestro./ ¿Estás siendo siniestra o acaso forma parte de alguna clase de broma pesada?”) incluyen influencias o alusiones al Tánger internacional. Pero allí los beat vivían en un mundo aparte.

Tánger (sello República)

“Nunca se mezclaron con el pueblo, eran más de ambientes intelectuales y lugares de libertinaje sin control policial”, precisa Hernández, cuya obra incluye fotografías de Burroughs con el historiador y periodista Emilio Sanz de Soto, personaje clave de la vida cultural española en aquel Tánger internacional. Por el Teatro Cervantes en pleno apogeo pasaban estrellas de la canción y del drama. “Se les pagaba en dólares cuando el valor de la peseta estaba por los suelos. Llamaban a cantaores como Lola Flores o Manolo Caracol y ellos venían volando, casi sin hacer las maletas”, recuerda Hernández. De hecho, en este Teatro Cervantes ya centenario (fue construido en 1913 y ahora amenaza derrumbe por ruina ante la desidia del Gobierno español, aún propietario del edificio) escribió el cantaor Juanito Valderrama su famosa canción El emigrante. Ocurrió en  1947, poco después de que actuara ante “exiliados españoles llorando y gritando ¡viva España!, sin rojo ni morado de la República y sin azul de la Falange, sin más colores que los del corazón”.

The Rolling Stones

Cuando Tánger era una fiesta, muchos ingleses se apuntaron al baile. En 1965 Brian Jones llegó huyendo de un pleito de paternidad. En la ciudad, el fundador de los Rolling Stones halló un ambiente sin parangón, “un viaje en el tiempo, un mundo medieval con música magnífica, droga abundante y comida soberbia, la capital mundial del todo vale”, narra Stephen Davis en el libro Los viejos dioses nunca mueren. El músico de la cara pálida, apenas 23 años, pronto se interesó por un pueblo misterioso del Rif llamado Jajouka y su “música salvaje, jóvenes bailarines, mucho kif, toda la noche de fiesta sin dormir”. La huella tangerina de los Stones creció con Keith Richards y Mick Jagger. En 1967 el guitarrista viajó en coche desde Francia con Anita Pallenberg, la novia que había robado a su amigo Brian Jones. “El coche iba equipado con alfombrillas de piel, cojines pop art y escandalosas revistas suecas de sexo. Se escuchaba música soul a todo volumen, Jimi Hendrix y Penny Lane, lo nuevo de The Beatles”. Mick Jagger fue algo más prosaico: aterrizó en avión con su pareja de entonces, Marianne Faithfull. Las letanías de los músicos de Jajouka tuvieron cierta influencia en los discos del grupo británico, aunque las grabaciones que Brian Jones realizó en 1968 sólo fueron editadas tras la muerte del músico el 2 de julio siguiente. Todavía hoy el fallecido stone todavía es recordado en Jajouka como Brahim Jones.

Tánger (calle)

Ajenos al trasiego tóxico de los músicos, los extranjeros expatriados seguían a lo suyo. Tenían periódicos propios como el diario España, dirigido por el escritor y periodista Eduardo Haro Tecglen, y disfrutaban de unos pasatiempos que al otro lado del estrecho de Gibraltar estaban al alcance de pocos o, sin ambages, prohibidos. “No había censura para hablar, escribir o hacer cultura”, recuerda Carlos Hernández, “veíamos desnuda a Brigitte Bardot cuando en España ni aparecía, podíamos escuchar a los Rolling y a los Beatles, y cuando íbamos de vacaciones en el verano España nos parecía un país atrasado, sin libertad, muy empobrecido en cualquier sitio que no fuera Madrid o Barcelona”. También estos espacios de prosperidad se notaban en la cesta de la compra: los mercados de los arrabales en Tánger ofrecían mantequilla holandesa, quesos franceses, embutidos, pescado y leche fresca. “Aquellos productos que en la España peninsular eran todo un lujo”, rememora Carlos Hernández, “teníamos televisores, radios portátiles y máquinas fotográficas de importación, todo gracias al floreciente contrabando irregular”.

En la actualidad, medio siglo después de la época del esplendor internacional que el pintor Antonio Fuentes plasmó con luz y color, cuando hasta el albero de la plaza de toros se transportaba en barco desde Sevilla y las palmeras venían desde Alicante, la colonia extranjera residente en Tánger se reduce a alrededor de cinco mil personas. Está formada, en esencia, por empresarios, funcionarios públicos y no pocos jubilados. “Las pensiones se cobran en euros y permiten mejorar el nivel de vida”, justifica melancólico el investigador del grupo español Tangerjabibi. Consciente, admite Carlos Hernández, de que el tiempo que se va nunca vuelve, y mucho menos en una ciudad portuaria y arrabalera que ahora aparece detenida en el tiempo. Una capital que alguna vez fue un país.

La leyenda de Paul Bowles

En la kasba de Tánger, los buscavidas se disputan a los turistas que intentan seguir las huellas que dejó Paul Bowles. Atravesando un jeroglífico de callejones estrechos, a un costado del antiguo palacio real, surge discreto un edificio de tres plantas. Austero, sin señal externa alguna, esta casa albergó los últimos días del escritor neoyorquino hasta su muerte con 89 años el 18 de noviembre de 1999. “Paul Bowles dio visibilidad a varios escritores marroquíes y bebió de la cultura magrebí”, anota el escritor español Antonio Lozano, nacido en Tánger y autor de la novela Harraga sobre la emigración clandestina hacia Europa. Lozano conoció a Paul Bowles en su última etapa. “Ya no salía de la cama, pero mantenía una lucidez total”, recuerda, “y seguía siendo faro de su época”.

Paul Bowles había llegado a Tánger en 1947 para escribir una novela por encargo. Se tituló El cielo protector y Bernardo Bertolucci la llevaró al cine en 1990 con rodajes en Tánger, Argelia y Níger. En esencia, la obra de Bowles se nutre de sus experiencias marroquíes, en especial de la vida salvaje del grupo beat. En 1948 recibió a su esposa y comenzó una tormenta sentimental. Jane Bowles, de 31 años, compartía la atracción que ambos cónyuges sentían por hombres y mujeres. No obstante, hasta la muerte de Jane, ocurrida en Málaga en 1973, los Bowles se mantuvieron cerca el uno del otro.

Mohamed Chukri llegó a Tánger desde el infierno. Su padre, antiguo militar en España, trasladó a la familia desde la montañosa región del Rif, donde dictaba órdenes a golpes, con mucha hambre y una miseria infinita. En los años 60 conoció a Paul Bowles, que lo ayudó a traducir al inglés su novela autobiográfica El pan desnudo, prístina crónica del desarraigo en tierra propia. Ahora es novedad editorial, por primera vez en lengua española y con prólogo certero de Juan Goytisolo, una suerte de libro de memorias titulado El recluso de Tánger, en el que Chukri retrató su larga relación de amor y de odio con Paul Bowles.

Publicado en el diario La Nación en diciembre de 2012