Triángulo añejo al sur de Marruecos

16 Ene

naranjas

AGADIR-ESSAOUIRA-MARRAKECH

Por Carlos Fuentes

Los mapas del hombre marcan triángulos geográficos que la historia construye antes de que lleguen las carreteras, antes incluso de que el viajero dibuje su camino en el atlas. Entre las ciudades de Agadir, Marrakech y Essaouira late gran parte de la historia magrebí antigua de lo que hoy conocemos como el reino de Marruecos.

tiendaTierra abonada con cuentos ancestrales que conectan con el espíritu del sur en el país del noroeste africano, un recorrido intenso a través de estas tres grandes ciudades permite al viajero adentrarse en sus callejuelas añejas y sus mercados de vida vertiginosa, también visitar vetustos edificios religiosos y contemplar reliquias del pasado imperial, museos de lo antiguo. Un viaje cercano para hacer bueno aquel viejo refrán marroquí: “Mira dos veces para ver lo justo, pero no mires más que una vez para ver lo bello”.

Agadir surge renovada a los pies salados del océano Atlántico. La historia de esta ciudad, a 413 kilómetros al noreste de Lanzarote, está marcada por un día crucial. El 29 de febrero de 1960 un violento terremoto arrasó la ciudad antigua, cuyo nombre en lengua berebere significa pared y cuyos orígenes se sitúan en la presencia portuguesa en 1505. Aquella medianoche de 1960 hubo quince mil muertos, pero pronto surgió el deseo de reconstruir lo perdido. Mohamed V, el abuelo del rey actual, impulso el levantamiento de una ciudad nueva situada a dos kilómetros al sur de la antigua urbe, de la que apenas sobrevivió la kasbah. Es el Agadir de hoy, moderno y comercial, turístico y relajado. Con setecientos mil habitantes y un puerto deportivo al alcance de la mano. Conviene empezar la visita en el barrio nuevo de Talborjt, donde quedan a tiro el ayuntamiento y el mercado central. Un paseo urbano de media hora conduce a la primera línea de playa, verdadero epicentro en los días de sol en Agadir. Arenas doradas y centros náuticos ofrecen al visitante una panoplia de posibilidades para el ocio.

Jemaa El Fna (noche)

Los más interesados en la cultura tienen una ruta alternativa que pasa por el delicioso jardín de Olhão, recuerdo verde de la amistad entre Agadir y la ciudad portuguesa homónima. Con aires de jardín andaluz, ofrece un rato de sombra y tranquilidad al mediodía o, ya por la tarde, un bonito marco para la merienda. El cercano museo municipal, junto al bulevar de Mohamed V, exhibe piezas de arte sahariano de la colección del profesor holandés Bert Flint. A pocos metros al norte, en la avenida Moulay Abdallah, está la oficina de turismo y una buena parte de la oferta de alojamientos populares. Fuera de la ciudad, visitada ya la colina norte con las ruinas de la zona antigua, al sur de Agadir se encuentra la reserva natural del estuario de Oued Souss, que además de dar nombre a toda la provincia ofrece un buen lugar para el avistamiento de aves silvestres.

PastelesPara viajar por carretera hacia Marrakech la opción más cómoda y rápida es la autopista interior (245 kilómetros), pero sin duda es más interesante subir 173 kilómetros por la carretera litoral que enlaza Agadir con la ciudad monumento de Essaouira. Otro vestigio de los días pasados, las huellas de la historia en Essaouira contemplan el trasiego de navegantes cartagineses en el siglo V antes de Cristo, la llegada de los portugueses (que sentaron aquí sus reales en pleno siglo XVI dando a la zona el nombre de Mogador), el ataque y posterior dominio colonial de Francia y, ya en 1956, la conquista de la independencia. Aromas de historia antigua que laten en añejas fortificaciones portuguesas que coronan el frente marítimo de esta ciudad de setenta mil habitantes. Essaouira, “la bien diseñada”. Nombre acertado que comprenderá el viajero cuando visite tesoros urbanos como añejos edificios consulares de Portugal, Gran Bretaña, Francia y Holanda, el cementerio judío, el museo de Sidi Mohammed ben Abdallah, fundador de la ciudad, y el puerto militar, cuya construcción se atribuye a uno de los personajes legendarios que han pasado por Essaouira. El renegado cristiano Ahmed el Inglizi, que a finales del siglo XVIII trabajó para el sultán Abdallah, como también lo hizo el militar francés Théodore Cornut, quizá el verdadero artífice del orden urbano de lo que hoy es la ciudad.

TDe espaldas al Atlántico, la salida de Essaouira toma la carretera nacional para recorrer 167 kilómetros hacia el interior con destino a Marrakech. Pocos sitios están a la altura del mito como esta ciudad legendaria fundada en el año 1062 de la que tomó su nombre el país marroquí. Nucleada en torno a la gran plaza de Jemaa el-Fnaa, verdadero centro neurálgico de la vida social, comercial y de ocio. Aquí está el gran zoco, donde el visitante puede encontrar artesanía y platería, especias aromáticas y dátiles frescos llegados de las plantaciones del interior. También buenas terrazas para tomar un té verde mientras el sol cae a la espalda de la mezquita de Koutubia, cuyo minarete de 77 metros de altura es contemporáneo de la Giralda de Sevilla. Las murallas de la ciudad antigua, fabricadas con adobe rojo, reúnen otros vestigios del paso del tiempo como el antiguo barrio judío, las puertas reales y los palacios Real, Badi y Bahia. Más reciente, con un paseo urbano, es el Jardín Majorelle, diseñado por el artista francés Jacques Majorelle y luego residencia de invierno del diseñador Yves Saint Laurent. Buen lugar de solaz, entre flores, cactus, bambúes cimbreantes y una singular casa pintada de azul para cerrar un apresurado paseo histórico por tres ciudades emblemáticas de Marruecos.

Jemaa el-Fnaa (plaza)

Marrakech de noche: del cine al baile

Joya de la corona marroquí, una de las cuatro ciudades imperiales junto a Fez, Meknés y Rabat, la importancia histórica de Marrakech queda reflejada, entre otros datos, en su hermanamiento con solo tres ciudades en todo el planeta: Tombuctú (Malí), Marsella (Francia) y la española Granada. Sitios de historias míticas que, en el caso de Marrakech, viene evolucionando en los últimos años hacia el diseño de nuevas atracciones culturales y de ocio nocturno para el visitante. Además de los imprescindibles paseos por sus zocos y palacios, por mezquitas y jardines, Marrakech atesora una interesante vida cultural que tiene su faro mayor en el festival internacional de cine, cada primera semana de diciembre. Para visitas en otras fechas conviene consultar la programación del Instituto Cervantes, el Instituto Francés, los centros de arte Dar Al Ma’Mûn y Dar Takafa, el teatro real y la fundación Dar Bellarj. Para los más animados, el portal Made in Marrakech ofrece amplia información sobre restaurantes, bares, discotecas y cabarés en la ciudad que siempre mira a la plaza Jemaa el-Fnaa.

Publicado en la revista NT en enero de 2013

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