Fanáticos en el desierto africano donde nació el blues

21 Ene

por Carlos Fuentes

¿Se puede hacer cultura, cultura grande, desde la pobreza cotidiana? No hay una fórmula matemática que dé respuesta a esta pregunta, pero sí abundan los ejemplos que permiten negar, sin ambages, que la falta de medios materiales origina, porque sí, un erial cultural. De hecho, suele ocurrir justo lo contrario: buscar virtud en la necesidad para continuar la evolución social y cultural de un pueblo poco agraciado por los bienes fungibles. Y Malí, el gran país africano que marca la frontera entre el Magreb y el corazón negro del continente, está ahí para probarlo. Hace quince, veinte años, cuando Malí era el tercer país más pobre del planeta, un pelotón de artistas de riesgo se las apañó para enseñar al mundo un folclor legendario y verosímil. Músicas producto de cinco, seis siglos de tradicionales orales y aislamiento respecto a los países africanos ribereños. Pero una cosa es luchar contra el hambre consuetudinaria en la esperanza de que el tiempo que venga sea mejor y otra, muy distinta, enfrentar la amenaza del disparo fácil del Kalashnikov. Y así está hoy Malí, entre la bala y la pared.

Salif Keita 1El nuevo episodio de la ancestral rivalidad entre tuaregs y malíes negros, que hunde sus raíces en la segunda década del siglo pasado, ha degenerado ahora en la ocupación del desértico norte malí por tropas tuaregs bien armadas por el incontrolado trasiego de cañones y fusiles a raíz del derrocamiento del régimen libio de Muamar el Gadafi, en cuyas filas combatieron guerrilleros tuaregs. Con la derrota hace un año de Gadafi, muchos tuaregs lograron escapar al sur libio más desértico, zona en la que reside alrededor de un millón de hombres azules que se mueven, casi sin control oficial, por Níger, Argelia, Burkina Faso y Malí. Pero el Sáhara ya no estaba tan desierto. En su pedregal sin fin había anidado un movimiento fundamentalista vinculado a Al-Qaeda en el Magreb, cuya tropa se alió primero con los tuaregs y, poco después, fagocitó el dominio de la zona. Las consecuencias de este giro fanático ya están a la vista: zonas como Kidal, Gao y Tombuctú están sometidas ahora a la ley islámica (sharia) y sus vecinos han empezado a sufrir el martirio en carne propia. Se han prohibido la música y la radio, también la fuma y el alcohol. ¿Sentencias? Lapidaciones por adulterio, amputaciones a presuntos ladrones, prisión domiciliaria para las mujeres, cierre de escuelas, pérdida de cultivos, matanza de animales… y éxodo forzado hacia el sur, al amparo de la capital, Bamako, donde el ejército malí exige una acción contra la declaración unilateral de secesión tuareg en la zona llamada Azawad.

toumani diabate¿Y la cultura? Camino de la catástrofe. El conflicto militar y la ola de fanatismo, dos factores que anuncian una intervención internacional más pronto que tarde, han provocado la huida de muchos músicos desde zonas como Niafunké, aldea ribereña del Níger desde la que el guitarrista Ali Farka Touré enseñó al mundo los orígenes del blues. Fallecido el patriarca, el primer africano que obtuvo un Grammy con Talking Timbuktu, grabado en 1994 junto a Ry Cooder (luego obtendría otro Grammy por In The Heart Of The Moon, con Toumani Diabaté), sus hijos se han refugiado en casas de parientes en Bamako. También su pupilo y amigo Afel Bocoum se ha visto obligado a escapar del violento norte aunque la capital también paga la factura de la violencia. Cada semana cierran locales de música en vivo, se clausuran hoteles y se reducen hasta cero todos los viajes de artistas foráneos. Y no es una consecuencia baladí: en las últimas décadas Malí acogió proyectos de enjundia protagonizados por músicos locales y aliados occidentales como Damon Albarn, Dee Dee Bridgewater, TV On The Radio, Taj Mahal, Eric Bibb o Arnaldo Antunes. Y el cineasta Martin Scorsese produjo aquí, en 2003, el documental Feel Like Going Home sobre el origen de las músicas que los esclavos llevaron a los campos de algodón en América.

En el limbo han quedado proyectos culturales que aspiraban a revertir entre los ciudadanos de Malí la cosecha de tantos siglos de tradicionales musicales. Hay dos ejemplos con nombres propios. En 2001 el albino Salif Keita, la voz dorada de África, regresó a su país para compensar a su audiencia nacional por todos los años pasados en París. En Bamako escribió Moffou, antológico episodio de reconciliación cultural en el que participaron Cesaria Évora, Kanté Manfila y Mino Cinelu, idea que tres años después continuó con el imperial M´Bemba. En la capital malí Keita coincidió con Oumou Sangaré, la volcánica cantante de la región de Wasulú que, además de gran voz femenina africana, ha dedicado buena parte de sus ganancias al desarrollo del turismo (posee un hotel y una sala de conciertos) y el comercio mayorista (importa arroz chino y automóviles coreanos). Ahora ambos artistas se debaten entre mantener la apuesta cultural por su país o, como ya hicieron otros, buscar acomodo en una capital europea donde sus carreras musicales, y su integridad física, corran riesgos menores. Es la fórmula que ha pergeñado la joven Fatoumata Diawara para proyectar su carrera en solitario después de haber despuntado junto a Dee Dee Bridgewater y Oumou Sangaré en el disco colectivo Imagine liderado por Herbie Hancock.

En un país desértico donde la cultura es (mucho) más que puro entretenimiento a la usanza occidental, donde la muerte de un griot se lamenta como si ardiera una biblioteca milenaria, este cronista fue testigo del respeto incomparable del pueblo por sus músicos. Marzo de 2007, primer aniversario de la desaparición de Ali Farka Touré. Dos militares, y dos Kalashnikov, detienen la caravana que hace la ruta Bamako-Niafunké. De nada valen los permisos oficiales, los avales políticos, los contactos telefónicos urgentes. Los dos soldados solo dejan paso franco cuando, orgullosos, ven la fotografía, pegada en el cristal del coche, del abrazo de reconciliación entre Ali Farka Touré y Salif Keita. “Ellos son lo mejor del país”, y arriman a la cuneta un par de bidones de gasolina utilizados como barrera de control en medio de la inmensa nada. Salvoconducto musical para este país gigante (casi tres veces España) donde el estado no es efectivo en todos sus confines, allí donde suena la emocionante música malí que durante siglos narró batallas y leyendas, fiestas y costumbres añejas. Música que hoy, otra vez la guerra (por ahora, con un millar de muertos y más de doscientos mil desplazados), ya no tiene trovadores que la escriban. Ni vecinos que la bailen.

Publicado en la revista Rockdelux en noviembre de 2012

zs

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