Cuando tu boda es una condena

17 Feb

Boda en Afganistán

Por Carlos Fuentes

A la paquistaní Malala Yousafzai, quince años, le pegaron un tiro en la cabeza por defender el derecho de las niñas a ir al colegio. Noyud Alí, yemení de diez años, fue casada a la fuerza, soportó violaciones diarias y se jugó la vida para reclamar el divorcio. En enero, la afgana Sahar Gul, también quince años, fue liberada por la policía tras ser torturada durante meses en la casa de la familia de su esposo a la fuerza. Novias porque sí, en el nombre de la historia y de las tradiciones. Es una condena cotidiana que todavía afrontan cuatro de cada diez mujeres en el mundo. Malala, Noyud, Sahar… víctimas de un machismo tribal.

Dijeron no y se enfrentaron a un mundo de injusticia y humillación cotidiana. El de Malala Yousafzai ha sido el caso más reciente, ahora que la niña lucha por su vida en un hospital británico, aunque Noyud Alí ya había protagonizado hace cuatro años otra historia emocionante. Uno de los contados casos conocidos de liberación femenina en el mundo musulmán más estricto. Casada a la fuerza con un hombre que la sometió a violaciones diarias, llevada contra su voluntad a una aislada aldea montañosa para trabajar como esclava doméstica de sol a sol, Noyud Alí escapó de su cárcel y denunció el caso ante un juez. La historia triste de su boda de conveniencia, que ni mucho menos es caso excepcional, nuclea el libro biográfico Me llamo Noyud, tengo diez años y estoy divorciada. Según Unicef, organización de Naciones Unidas que vela por la infancia, cuatro de cada diez mujeres sufren actualmente este drama en algún lugar del mundo.

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“Una boda con una niña de nueve años es garantía de un matrimonio feliz”. Lo asegura un viejo proverbio rural de Yemen, país de Oriente Próximo situado al sur de la Península Arábiga, encajado entre Arabia Saudí y Omán. Desangrado por el terrorismo y la emigración sin freno, Yemen ocupa el lugar 154 entre 187 países que evalúa el programa de desarrollo humano de la ONU (España está en el puesto 23). Con una esperanza de vida de 62 años, se calcula que quince de cada cien yemeníes no llegarán vivos a los cuarenta. Y según la ONU, ocho de sus veintitrés millones de habitantes viven bajo del umbral de la pobreza. En este país, a principios de 2008, Noyud Alí protagonizó el primer divorcio de una niña. Hasta entonces, el acuerdo privado entre familiares sobre el futuro de sus hijas gozaba de impunidad, ya fuera en nombre de la tradición y el honor o por la secular pobreza que las familias intentan esquivar con las bodas a la fuerza de sus hijas. Ocurrió con Noyud Alí, y su historia merece la pena ser contada.

 Quinta hermana de los supervivientes de los dieciséis embarazos de su madre (que también se casó adolescente, con dieciséis años), Noyud Alí nació en la aldea de Jaryi, el interior rural de Yemen. Valle de Uadi Laa, provincia de Haija. Allí las posibilidades de progreso son escasas. Menores aún si eres mujer. Las niñas apenas tienen acceso a educación: la inseguridad desaconseja caminar dos horas entre casa y escuela. “Mi padre, hombre muy protector, consideraba que las niñas éramos frágiles y vulnerables para aventurarnos por caminos casi desérticos, donde el peligro acechaba detrás de cada cactus”, narra Noyud Alí en su biografía, escrita con la periodista francoiraní Delphine Minoui. “Mi madre no sabía leer ni escribir y ninguno de los dos veían que fuera necesario para sus hijas”. Con la ignorancia llegó la injusticia. El siglo nuevo trajo problemas a la casa de Alí Mohamed al-Ahdel. Por asuntos de honor abandonó Jaryi para emigrar a los arrabales de Saná. Y con él su familia: dos esposas y diez hijos. “La llegada a Saná fue penosa. Polvorienta y ruidosa, la capital se nos resistió. Nos instalamos en una miserable planta baja del barrio del Al Qa, un callejón donde se acumulaba la basura”, recuerda la niña. Un hermano marchó de casa como emigrante sin papeles hacia Arabia Saudí. Noyud Alí logró plaza en la escuela, aunque su sueño iba a durar poco. “Una tarde de febrero de 2008, mi padre me comunicó que tenía una buena noticia para mí: “Noyud, pronto vas a casarte”. Yo no tenía una idea demasiado clara del matrimonio. Para mí era sobre todo una gran fiesta llena de regalos, chocolate y, posiblemente, joyas”.

Novias en Afganistán

El marido elegido para Noyud Alí era recadero. Originario de Jaryi, tenía treinta años y respondía al nombre de Faez Alí Zamer. “Mi padre aceptó enseguida, cuando entró en casa ya había tomado la decisión y de nada servía oponerse”. Su hermana Mona intentó rebatir la decisión paterna, adujo que Noyud era muy joven para casarse. “¿Demasiado joven? Cuando el profeta Mahoma se casó con Aixa ella tenía nueve años. El matrimonio es la mejor forma de protegerla y él ha prometido no tocar a Noyud antes de que sea mayor”, zanjó el padre con otro argumento crucial. “Sabes de sobra que no tenemos dinero para alimentar a la familia. Así tendremos una boca menos”. Acordada la dote (150.000 riales, 582 euros), celebrada la boda, “sin traje de novia, sin flores de alheña pintadas en las manos, sin mis dulces de coco favoritos”, el matrimonio se trasladó a su pueblo natal. Y en Jaryi prendió el infierno. Se olvidaron pronto el compromiso del marido y la letanía que el padre de Noyud repitió la noche de bodas a la madre. “No te preocupes. Hemos hecho prometer que no tocará a Noyud antes de que cumpla un año de su primera regla”. Pero la niña no confiaba en nadie, ni siquiera en el padre, tras un adiós atroz: “A partir de ahora debes ir cubierta por completo al salir a la calle. Eres mujer casada. Nadie más que tu esposo debe verte la cara. Es su honor lo que está en juego. Y no lo debes manchar”.

El matrimonio de conveniencia es aún impuesto a cuatro de cada diez mujeres en el mundo. Especialmente en zonas de mayoría musulmana en África y Asia meridional, con países como Níger (77%) y Bangladesh (65%) por encima de la media. Allí un tercio de las mujeres de veinte a veinticuatro años ya se habían casado antes de cumplir dieciocho años, que la Convención de la ONU sobre la mujer estima edad mínima recomendable para contraer matrimonio. Naciones Unidas calcula que catorce millones de adolescentes dan a luz cada año. “El matrimonio infantil viola los derechos humanos independientemente de si la persona involucrada es un niño o una niña, pero sin duda se trata de la forma más generalizada de abuso sexual y explotación de las niñas”, denuncia la ONU, que advierte de “consecuencias negativas” del matrimonio con infantes como la separación de la familia y de los amigos, la falta de libertad individual para relacionarse con personas de edad similar, la ausencia de las actividades de la comunidad y las reducción de las oportunidades para recibir educación.

Novias afganasEn la aldea de Tibiri (Níger), Habiba, casada con catorce años, quedó encinta al año siguiente. El parto se complicó, sufrió un error médico y el niño recién nacido murió horas después. Hoy Habiba vive marginada tras ser abandonada por su marido y estigmatizada por sus vecinos. No sale de casa ni para coger agua del pozo. Su caso, recogido por Unicef, coincide con otra boda forzosa. En 2007 Stephanie Sinclair retrató una boda impuesta en Afganistán. En la imagen, que reproduce este reportaje, está Ghulam, once años, con un hombre de cuarenta que podría ser su padre. Pero es su marido. Esta boda a la fuerza, contó la fotógrafa, existió porque la familia de Ghulam “decidió venderla” para lograr dinero con el que comprar comida para sus hijos. Pero hay más motivos para la vergüenza, y no hay que viajar tan lejos. En abril de 2009 la Audiencia de Cádiz condenó a la mauritana Hawa Meint Cheik El Bou a diecisiete años de cárcel por agresión sexual, coacciones y amenazas por obligar a una hija de catorce años a casarse y tener sexo con un adulto. Su padre, Mohamed Ould Abdallhi, fue condenado a año y medio por amenazas.

¿Dónde empieza el infierno de estas niñas sin defensa? La profesora sudanesa Omeima Sheikh-Eldin, de la Universidad de Ahfad, uno de los centros más antiguos de África (fundado como escuela de niñas en 1095, universidad desde 1966), señala que el origen del casamiento forzoso nace en casa y se alimenta de tradiciones que ni la educación puede resolver. “La enseñanza de la mujer deja mucho que desear. En Sudán, por ejemplo, es cierto que las niñas pueden estudiar, pero cuando acaban sus estudios el principal objetivo de la mayoría es encontrar pareja y casarse para ganar cierto reconocimiento social”, explica Sheikh-Eldin, en Madrid para participar en un debate sobre familia, amor y sexo en África. Conocedora de la situación de precariedad que padecen las mujeres en Yemen, la profesora no ignora que el problema salta fronteras. “En Sudán el matrimonio forzado con menores es un problema que aún parece incontrolable. Ocurre en zonas rurales del norte, donde la mujer lucha contra el casamiento forzoso pero siempre encuentra inconvenientes para impedir la compra-venta de mujeres en lugares en conflicto como Darfur. Con la situación de los niños soldado, la boda a la fuerza es la principal rémora de nuestra sociedad”, indica Omeina Sheikh-Eldin. “Retrocedemos a pautas muy conservadoras, la mujer es vista como una propiedad más, signo de poder, y las niñas no escapan a eso”.

Noyud con abogadaVolvamos atrás, a la historia de Noyud Alí. Al infierno de Jaryi. “En el umbral de una de las casas una mujer nos esperaba. Noté que me miraba de arriba abajo. No me abrazó. Ni un beso de cumplido, ni un gesto de cariño. Era su madre”. La madre de su marido. Él llegó más tarde. “Noté un cuerpo sudoroso y velludo echarse sobre mí. Me estremecí. ¡Era él! Le reconocí por el intenso olor a tabaco y qat [planta con estimulantes similar al tabaco]. ¡Apestaba! ¡Olía como un animal! Sin mediar palabra comenzó a restregarse contra mí”. Consumó una violación a la que siguieron muchas más. “La vida se había vuelto insoportable. Dividida entre la vergüenza y el dolor, yo sufría en silencio”, recuerda Noyud, “¿con quién podía hablar todas esas cosas desagradables que él me hacía día tras día, noche tras noche? Desde el primer día comprendí que nada iba a ser ya como antes”. La niña pensó escapar. La oportunidad llegó en Saná, donde el matrimonio visitó a la familia de Noyud. Allí ella aprovechó el encargo de ir a comprar pan para subir a un taxi e ir al juzgado. Era su desafío a la voluntad de la tradición. En el tribunal encontró a Chada Nasser, combativa abogada de mujeres que en 2005 logró salvar de la pena de muerte a Amina Alí Abdul Latif, casada con diez años y asesina de su marido maltratador. El día de la justicia para Noyud Alí llegó el 15 de abril de 2008. “El juicio fue deprisa. El monstruo [su marido] monta en cólera y dice que mi padre le mintió respecto a mi edad. Mi padre se enoja y dice que habían acordado que él no me tocaría hasta que fuera mayor. Y entonces el monstruo anuncia que está dispuesto a aceptar el divorcio con una condición: que mi padre devuelva la dote. Mi padre insiste en que nunca recibió dinero. ¿Se creen que están en el mercado?”, narra Noyud Alí. Su divorcio costó cincuenta mil riales, 194 euros. El precio de una libertad.

“¿Y si cantamos Cumpleaños feliz?”, dice Chada Nasser.

“¿Cumpleaños? ¿Qué es un cumpleaños?”, pregunta Noyud Alí.

“Es la fecha en que se celebra el día de nacimiento”.

“¡Ah!, pero hay un problema. Yo no sé cuándo he nacido”.

“Justamente por eso. ¡Desde hoy esta será la fecha de tu nacimiento!”.

Publicado en el diario digital Zoom News en febrero de 2o13

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