Archivo | mayo, 2013

Flota de islas a la deriva

30 May

Gran Canaria

por Carlos Fuentes

Hay libros que no caducan. Treinta y cinco años después de ser publicado por Ediciones De la Torre, con texto de presentación de Agustín García Calvo y  prólogo de Santiago Aguilar, ahora más que nunca, en estos tiempos de cólera y oportunismo, cuando el arribismo es profesión fértil para ascender por la escalera hacia el éxito fácil, ahora mismo digo, se antoja necesario, cuando no imprescindible, releer Sima Jinámar. La novela valiente que usted tiene entre manos. Escrito con más tripas que corazón, el libro de José Luis Morales vino a fotografiar el paisaje abundante en miseria moral que marcó buena parte de la vida cotidiana de la posguerra civil española en las islas Canarias.

Obra coral, pergeñada en el exilio interior a finales de los años 60, en puertas de ese periodo político que luego se vino a mitificar como etapa de transición a la democracia, Sima Jinámar recupera la memoria de los que ya no están aquí para contarlo. De los que se llevó la mar fea, sí; pero también de todos aquellos que no hallaron otra fórmula de supervivencia que enterrarse en vida, en el no menos duro exilio introspectivo, para contar los días sin siquiera poder mirar de frente a la cara de sus verdugos fratricidas. Afrontar el rostro de los que, quizá, acabaron con el padre. Nada nuevo bajo el sol de España, si por España se entiende esta tierra que una vez fue imperio. Donde aún quedan cincuenta mil cadáveres por rescatar en cientos de fosas comunes sembradas en arcenes y caminos malos de campo. Para que los muertos, nuestros muertos, sean enterrados “como dios manda”, en atinado reclamo de Julio Llamazares.

Sima Jinámar novelaNo muy distintos fueron los días y las noches durante cuarenta largos años en las ocho islas habitadas que integran el archipiélago de Canarias. Quizá más duros, acerados y tensos que en la tierra continua de la Península Ibérica. Porque siempre es más duro el sufrimiento en espacios cerrados, donde el mundo posible y los sueños imposibles acaban en la punta del muelle. O en un risco afilado, en un barranco hondo. En aquellos tiempos de calma tensa que, ya lo dijo, alto y claro, el poeta Pedro Lezcano, convirtieron a estas ocho islas atlánticas en “celdas de muros azules”. Ay, las islas, la isla… Capítulo aparte.

Desde su descubrimiento, primero, y después conquista imperial para mayor gloria de la Corona de Castilla, Canarias ha sido terreno abonado para toda suerte de traiciones y engaños. Triunfaron casi siempre personajes oscuros, proclives a la artimaña y al engaño como autopistas hacia el cielo del poder y la gloria. Pero no estamos aquí, en estas páginas, para recordar a conquistadores y adelantados, a menceyes y guerreros, a enviados religiosos e inquisidores, ni a sus lacayos y bufones. Como Sima Jinámar, estas líneas buscan dar refresco a la memoria sobre lo acontecido durante los días canarios de la Guerra Civil y, sobre todo, pretenden ahondar en la influencia perniciosa que el autoritarismo fascista y el miedo del pueblo tuvieron en su desgraciada época posterior.

Bien sabido es que lo que sus acólitos y muchos oportunistas de camisa nueva llamaron rápido “movimiento de liberación nacional” tuvo buena parte de su gestación en los despachos y en los cuarteles canarios. Que bajo los pinos del monte de La Esperanza, al norte de la isla de Tenerife, se reunieron algunos de los militares que más pronto que tarde iban a traicionar al Gobierno legítimo de la Segunda República. Y que luego un Ejército se partió en dos, sin opción intermedia, entre la relativa paz política y social de un sistema político (quizá) demasiado radical para el tiempo que tocaba vivir, y el túnel del terror, la vesania y la violencia como métodos cruentos hacia las cimas del poder.

Sima JinámarEn Canarias, y vuelvo a la isla, a las islas, la hoja de ruta que condujo, primero, a la Guerra Civil y, en una mala suerte de muerte lenta, al periodo de anestesia general del franquismo, las circunstancias tuvieron casi siempre componentes de singularidad insular. Desembarcó el archipiélago en el siglo XX con un error grave heredado de los tiempos imperiales, la supervivencia de los cabildos insulares. Si bien concebidos con astucia en los tiempos reales, han sido desde entonces nidos para poderes de taifas, combustible de pleitos estériles; en fin, alimento de rivales vecinos y chicos. Fosos de división regional que, en el año 1927, dieron fruto amargo con la desgraciada separación de las siete islas en dos provincias enfrentadas. De nuevo, más fuego a la hoguera del miedo al vecino. Dos errores que tanto calor han dado ya al ruin oportunismo político. Todavía hoy, el pleito insular, la envidia, son los motores de la acción pública en las ocho islas. Da igual el color político: nunca divide y vencerás dio tantos réditos.

Sima Jinámar, audaz narración a cien voces, es buen fresco coral del hastío y de la explotación del hombre por el hombre. Situada en una época en la que el silencio y la discreción eran pasaporte de tranquilidad, localizada en esa isla interior que tanto duele y sangra, la seminal novela de José Luis Morales no vende sueños, nace en la calle. En un escenario gris espeso en el que muchos de los supervivientes cargan con la losa de la memoria mancillada en la familia. Donde las culpas pasan de generación en generación y donde, he aquí lo más importante, la venganza y sus amenazas estuvieron siempre en las mismas manos de los que ostentaban el poder político, judicial y económico. Tiempos en los que la venganza no era ya matar y mal enterrar de noche a hurtadillas, sino regatear el trabajo al pobre y el pan ajeno de cada día. En hacer cumplir condenas sin sentencia con las costillas famélicas al aire, sin apenas algo caliente que llevar a la boca. Años, décadas enteras, de terratenientes en el continente y de caciques insulares en ocho porciones de tierra que alguna vez fueron islas de los Bienaventurados, como dijo Píndaro. O Afortunadas, en esa descripción que tanto daño hace todavía por herencia colectiva, que acuñó Lucio Floro.

En Canarias escuché una vez a un funcionario municipal que “aquí cualquier siglo pasado fue mejor”. Es discutible tal afirmación, pero cierto es que cuando llegaron el mal tiempo de la guerra, la violencia y el terror, no hubo Capa ni Taro que retrataran las penas de los pueblos insulares. Ni Hemingway que preguntara por sus campanas ni que narrara sus muchas miserias cotidianas. No tuvieron los ciudadanos canarios a nadie que les escribiera, ni nadie pudo disimular esa guerra en tiempos de paz porque el dolor de los muertos aún estaba vivo. Cuando la isla, las islas, fueron un infierno, el lema fue sálvese quien pueda. Consigna que ha sido heredada por las generaciones venideras, faltas de memoria, ahora que la verdad es mentira y viceversa. Hoy, como en la canción, en este país de ambidextros que no distingue entre preso y carcelero.

Trece Fuencaliente

En mi isla canaria natal, La Palma, como ocurre en la práctica totalidad de la región, aún persiste el miedo a levantar la voz para denunciar la ignominia del pasado. Como en el resto de islas de Canarias, se mantiene el tabú oscuro de la Guerra Civil, de los ajusticiamientos posteriores y de los asesinatos cometidos a mano armada o por ahogamiento marítimo en sacos de papas. Valga un ejemplo. En los montes del sur de La Palma, en el pinar del Lomo de la Faya, en el pueblo agrícola y pescador de Fuencaliente, todavía esperan justicia los cuerpos martirizados y mal sepultados de, al menos, trece militantes palmeros de izquierdas (y aquí, ahora, quiero recuperar sus nombres del olvido cainita: Miguel Hernández, Floreal Rodríguez, Víctor Ferraz, Sabino Pérez, Vidal Felipe, Antonio Hernández, Eustaquio Rodríguez, Manuel Camacho, Dionisio Hernández, Aniceto Rodríguez, Segundo Rodríguez y Ángel Hernández). Fueron detenidos con nocturnidad, juzgados pistola en mano y ajusticiados por un grupo de falangistas fanáticos en una noche infame de enero de 1937. Sus cuerpos no fueron localizados, por iniciativa familiar, hasta el verano de 2006, ante la desidia de administraciones públicas, ayuntamientos y políticos locales.

Más allá de la necesaria reivindicación de la memoria histórica, para todas sus familias, gentes sencillas que apenas aspiran a dar una sepultura digna a sus parientes perdidos, quizá lo más sangrante de esta historia es que su isla, la isla de La Palma, aún conserva en su rotonda de entrada un busto metálico en honor de Blas Pérez González. Abogado, jurista y falangista de segunda hora, fue presidente del Tribunal Supremo en plena contienda civil, ministro de la Gobernación de los gobiernos franquistas entre 1942 y 1957 y procurador en Cortes por decisión directa del dictador. A él y a su memoria, ya digo, se le conceden aún nombres de calles y avenidas en Tenerife y La Palma, donde la rotonda de entrada a la capital conserva “La Palma, a Blas Pérez González”.

Trece de FuencalienteEn Érase una vez la URSS, una excursión más emocional que literaria realizada en automóvil por el imperio soviético de los años 50, el escritor francés Dominique Lapierre recupera el recuerdo conmovedor de una campesina que encontró en un pueblo perdido de la extinta Unión Soviética. “Nos pidió que desinfláramos una rueda de nuestro coche. ¿Para qué? Me gustaría respirar el aire de París”. En Sima Jinámar, obra inspiradora de posteriores títulos de enjundia como El fogueo de Vallehermoso, La justicia de los rebeldes o La semana roja de La Palma, José Luis Morales retrata con esmero la vida en el limbo en un tiempo en que mejor fue callarse que hablar en voz alta. Cuando más de tres personas reunidas eran ya un grupo del que desconfiar. Y ese temor que heredamos de nuestras madres, mucho menos libres que nuestras abuelas: “Hijo, tú no te destaques”. El miedo a vivir, la vida temblando.

Es la tercera vez que escribo libro valiente, y de veras que Sima Jinámar lo es, pero atesora, además, la narración del cronista de Agüimes los ritmos ricos del habla isleña. Concebida lengua propia en oleadas que llegaron a través del mar con árabes, castellanos, portugueses, flamencos, británicos… padres del vigor bailable de las palabras construidas y pronunciadas al singular modo isleño. Quizá la más notable aportación contemporánea que el pueblo de Canarias ha hecho al universo cultural latino y americano. Sima Jinámar, toda una novela canaria escrita por un francotirador canario para que no la olviden los canarios. Que no es poco.

Publicado como prólogo de la edición final de Sima Jinámar (Turpin, 2010)

Pde la edición final de Sima Jinámar (Turpin, 20XX)

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Canción contra malos tiempos

11 May

Primavera Sound

PRIMAVERA SOUND

por Carlos Fuentes

Hay quien habla de hecatombe de la música en directo, aunque luego no parece tanto el caos. Más bien se está produciendo una reordenación de un sector aún en auge. Los festivales de verano, que cada año traen una amplia oferta de rock, pop, jazz, electrónica y ritmos étnicos, justo empiezan. Será una temporada [año 2009] marcada por la incertidumbre de si el público fallará a la cita. Por ahora no es así. Basta visitar la primera gran cita del año, el festival Primavera Sound de Barcelona: 146 conciertos en tres días.

Mensaje para pesimistas y agoreros: se venden pocos discos y el dinero para contratar grupos en concierto se ha ajustado a la baja, pero el directo, la opción de ver a un artista en vivo, no falla. Los festivales musicales españoles (aunque no todos han logrado sobrevivir) afrontan los tiempos de crisis económica con razonable buen nivel; y el público, por ahora, no parece que vaya a faltar. En Barcelona, ochenta mil personas acaban de asistir a la apertura de temporada; en el Festival Internacional de Benicássim, a finales de julio, esperan a 45.000 asistentes cada jornada; y entre La Mar de Músicas, en Cartagena, y Pirineos Sur, en Huesca, la oferta estival de ritmos étnicos también estará bien servida.

El festival Primavera Sound inauguró el gran calendario de música en directo. Apostó fuerte y ganó. El quinto certamen catalán se las apañó hace veinte días para ofrecer un cartel abundante en notables pesos medios, tiró de grupos contrastados, algunos ya clásicos en Primavera Sound, y dejó como colofón la primera de las dos únicas actuaciones que el canadiense Neil Young ofrecerá este año en España. 32 años después de su único concierto en Barcelona, el autor de Zuma y After the gold rush culminó tres vibrantes días de conciertos (en total, 146 actuaciones) que, por si restaban dudas, vienen a confirmar la buena salud de la música en directo. Por ahora, la crisis no sube al escenario.

Caso curioso el del Primavera Sound. Es tal la fidelidad que el festival se ha ganado entre su público potencial que no pocos asistentes compraron abonos a final de 2008, cuando aún no se conocía ni la mitad de los grupos que integrarían la alineación definitiva.Voto de confianza (los previsores pagaron 95 euros por abono de tres días que en taquilla costó 155 euros) que el festival catalán recompensó con un cartel plagado de valores seguros, pero sin dar la espalda a bandas nuevas o a proyectos en crecimiento. De la canción asilvestrada de la última revelación nacional, La Bien Querida, que con la voz inocente de la bilbaína Ana Fernández-Villaverde defendió con solvencia su disco de estreno, Romancero, bajo del último sol del jueves, al noise-rock de Sonic Youth, ajustados como reloj suizo, espléndidos, en la madrugada del domingo.

Neil YoungCon todo, y fue bastante, Primavera Sound 2009 pasará a la historia por haber logrado el regreso de Neil Young a Barcelona. Habían pasado tres décadas, pero la nostalgia se fue en un suspiro. Entre numerosos seguidores veteranos y entre los miles de jóvenes habituales del festival catalán, Neil Young apareció pletórico en escena. En el friso de la presunta edad de jubilación (nació en Toronto el 12 de noviembre), el músico canadiense que primero estuvo en Buffalo Springfield, luego integró Crosby, Still, Nash & Young y que desde 1968 vuela en solitario, exprimió en cien minutos un repertorio que no solo conserva su influencia seminal. Quizá sea fundamental, sin exagerar, para comprender los orígenes más nutritivos del rock y su honda ascendencia en las generaciones que vinieron después. Y por eso reconforta ver cómo el último gigante superviviente del rock de los 60 remacha un festival plagado de hijos musicales propios.

Vino Neil Young sin Crazy Horse, su grupo de bandera, pero arrancó sólido, sin fisuras con dos piezas rotundas, Mansion on the hill y My my, hey hey. Guitarra como hacha de leñador, camisa de franela, convincente cuando habla de lucha, de no bajar los brazos en Are you ready for the country?, del histórico Harvest, su obra mayor de 1972. Cantó también Down by the river y Everybody knows this is nowhere, del disco homónimo. Y no esquivó la denuncia histórica (Cortez the killer, de su álbum más prestigioso, Zuma (1975) ni los riesgos que tiene el lado salvaje de la vida. Él, un superviviente, hablándole guitarra en mano, cara a cara, a la heroína (The needle and the damage done: “perdí a mi banda y ví a la aguja tomando a otro hombre”), escrita como aviso premonitorio para Danny Whitten, su primer guitarrista. Treinta y ocho años después de aquella crónica anunciada de una sobredosis, Benjamin Keith y Anthony Crawford (guitarras), Rick Rosas (bajo), Chad Cromwell (batería) y la esposa del cantante, Pegi Young (coros), suplieron con eficiencia los huecos en el parte de bajas.

Neil Young concertSereno, sentado al órgano, Neil Young advirtió del riesgo latente de catástrofe natural (Mother earth) y ya luego arrimó a The Beatles al rock Americano (A day in the life). Cinnamon girl, otra preciosidad añeja con aires silvestres de sus días de estreno con Crazy Horse, alguna novedad de su disco más reciente, Fork in the road, y la combativa Rockin´ in the free world completaron un recital de los que hacen época. Una lección. Sirva un ejemplo: Georgia Hubley e Ira Kaplan, la pareja titular de Yo La Tengo, solicitaron a la organización de Primavera Sound que su concierto no coincidiera con el de Neil Young. Actuaron el jueves, rotundos como siempre Yo La Tengo, afianzados en su rol de apóstoles del ruido (aunque James McNew, el tercero de Hoboken, bordó la susurrante Mr. Tough), y el sábado estaban sobre el escenario principal,discretos en una esquina, viendo al canadiense en primera fila. Como Thom Yorke, el líder de Radiohead, de visita en Barcelona, y The Jayhawks, que actuaron justo antes, se despidieron con una sonrisa en la cara. “Lo mejor”, gritaron después de desenchufar, “es que ¡vamos a ver a Neil Young!”.

Quizá el rasgo característico de este Primavera Sound haya sido la abundancia de grupos que basan en la guitarra, la distorsión y sus sonidos posibles el perfil de sus músicas. En la tienda, camisetas con dibujos de cables y pedales para llevarse de recuerdo a casa; a la entrada, cada día, reparto gratuito de tapones para proteger los oídos antes del aluvión. Buena falta hicieron con My Bloody Valentine, que desembarcaron el jueves en el escenario principal con su ya legendario muro de guitarras. Un despliegue ensordecedor de distorsión en el que la voz de Kevin Shields fue apenas apreciable. En la cabeza, sin protección, la música de My Bloody Valentine parece líquido de batería y acero fundido emitidos en ondas sonoras. Música corrosiva. Alguien habló de 130 decibelios en su momento más álgido, en un final apoteósico. En cualquier caso, apuesta pionera y extrema, y quizá por ello con tanto pedigrí indie, que se repitió en la tarde-noche del viernes a puerta cerrada en el auditorio del Fórum, sede de la parte más elegante y sosegada del festival. Allí se citaron desde el weird-folk renovado de Alela Diane al piano cinematográfico de Michael Nyman.

Sonic YouthAl aire libre, entre el marasmo de grupo, brillaron Spiritualized, la banda que Jason Pierce (Spacemen 3) estuvo a punto de llevarse a la tumba. Se les recordaba por Ladies and gentleman we are floating in space (1997), pero el reciente Songs in A&E no va a la zaga. El día antes, la otra mitad pensante de Spacemen 3, Peter Kember, había animado la tarde de apertura con Spectrum, sorpresa inesperada y agradable. Tienen un buen disco en directo, Indian giver, con el pianista y cantante  Jim Dickinson, y anuncian On the wings of mercury. También volaron alto Sonic Youth, clásicos que ya merecen una estatua o el nombre de una calle en Nueva York. Pocas bandas contemporáneas hay tan influyente con una trayectoria tan prolongada y nutritiva. Rock ruidoso,música de guitarras ásperas, que ha perfilado a un conjunto único en su especie. Ya habituales en Primavera Sound, estrenaron canciones nuevas, del reciente The eternal, tan marca de la casa como los clásicos que el ahora quinteto (a Kim Gordon, Thurston Moore, Lee Ranaldo y Steve Shelley se ha unido el bajista Mark Ibold, ex Pavement) rescató de capítulos esenciales para entender la evolución del rock alternativo como Evol o Daydream nation.

En otra liga musical, la de los nuevos grupos dirigidos al éxito masivo, Bloc Party cumplió con las expectativas. En la noche del viernes, en el escenario mayor, el grupo de Keke Okereke defendió con solvencia el repertorio de sus tres primeros álbumes. Sonaron entrenados, sólidos, sin desmerecer la grata sorpresa que causó Like eating glass, su aquí estoy de 2005. Throwing Muses tuvieron su momento de gloria en los 90, pero ahora integran la solvente clase media del rock actual. Con la voz de Kristin Hersh al mando hicieron memoria y recordaron líneas maestras de las que emergió la música indie. The Vaselines, otros supervivientes de tiempos mejores, encandilaron en versión acústica con un cancionero que ha sido más conocido en gargantas ajenas. Ay, escuchar Molly´s lips y acordarse de aquel chico triste de Seattle. ¿Qué fue del grunge?

Jarvis CockerPhoenix, más modernos, se las apañaron con rock elegante, casi fashion, que ha reportado cierto crédito. Estrenaron disco, Wolfgang Amadeus Phoenix. En un escenario menor, más cerca de un público que ya es fiel, Shellac volvió con el catedrático ambulante Steve Albini al frente. Su concierto fue otro buen ejemplo de prestigio rock bien ganado: guitarra, bajo y batería ajustados casi al milímetro, precisos como un mecanismo explosivo. Tampoco defraudaron The Drones, prueba palpable de que la mejor cosecha del rock oscuro que viene de las antípodas no se ciñe a las malas semillas que sigue plantando Nick Cave. Al fondo, el punk-core de Fucked Up sonaba fuerte, violento; en directo, todo un despliegue de musculatura como envoltorio de mensajes políticos explícitos. Y de vuelta al universo pop, Jarvis Cocker convenció en su regreso a Barcelona, a tenor de los comentarios de quienes optaron por quedarse frente al escenario principal para pasar revista al ex líder de Pulp, genuino crooner de la clase media. Es lo que tienen los festivales: imposible estar en dos conciertos a la vez. Una buena razón para volver.

Publicado en La Opinión de Tenerife en junio de 2009

Ráfagas de eléctronica con África sonando de fondo

4 May

Buraka Som Sistema

BURAKA SOM SISTEMA

por Carlos Fuentes

No está claro si fue premeditado o pura casualidad, pero habría que dar un premio al promotor que se las ingenió para hacer coincidir el regreso de los portugueses Buraka Som Sistema con la primera noche del carnaval. Porque pocas músicas se antojan más apropiadas para ambientar el baile de una fiesta de disfraces urbanos. Con el calendario jugando a favor, los seis de Amadora desembarcaron con toda la energía posible: dos baterías enfrentadas sobre el escenario, tres cantantes saltimbanquis y, quizá el armazón del sonido Buraka, un DJ disparando ráfagas de electrónica industrial desde una mesa en el fondo.

Cuentan en Angola que el sonido kuduro, otro hijo putativo de las barriadas de las nuevas ciudades africanas, nació de la simbiosis inteligente entre porciones de electrónica barata, pespuntes infecciosos de ragga, abundante house y no pocos aromas africanos, brasileños y portugueses. Y si kuduro significa “culo duro” en el idioma criollo que se habla en Luanda, ya puede usted hacerse una idea cierta del ritmo frenético de Buraka Som Sistema. Así ocurrió en su festivo regreso madrileño: no hubo tregua durante la apenas hora de concierto, entre un chorreo de bases pregrabadas lanzadas como metralleta Kalashnikov y el baile agitado de tres vocalistas, tres raperos, que sí, carajo, se ganan el sueldo de cada noche. Puede ser que un análisis exhaustivo ponga en solfa que con tanto torbellino las canciones se solapan unas con otras, que en esencia todas las músicas suenan (demasiado) parecidas y que, en fin, la fina ingeniería que incluyen los cuatro discos del grupo pierde la guerra en este huracán casi pogo.

Obviando al sector fetichista del medio millar de espectadores (que, era obvio, recibieron su dosis con Kalemba y fueron contentos a dormir), estos conciertos catárticos vuelven a mostrar que, a veces, es más importante el continente que el contenido. Y los seis chicos de Buraka Som Sistema tienen bien aprendida la lección: baile sin freno, sonidos saturados y a volumen feroz. Una fórmula eficaz para agitar las pistas de baile en este ya viejo siglo nuevo. Porque a ciertas horas de la noche poco importa que su repertorio, aún en fase de crecimiento precoz, intente sumar mensajes de cierto calado social (Candonga), celebre el hedonismo noctámbulo (We stay up all night, Aqui para vocês) o se arrime al origen religioso de las músicas africanas (Komba). Porque a la postre, aquí se vino a bailar duro con Blaya vestida de esqueleto y con Rui Pité disparando alto. Sin hacer prisioneros. Lo resumió bien una chica sudorosa a la salida: “No me lo pasaba tan bien desde los tiempos del house”. Pues eso, bailad malditos.

Publicado en la revista Rockdelux en marzo de 2012