Ráfagas de eléctronica con África sonando de fondo

4 May

Buraka Som Sistema

BURAKA SOM SISTEMA

por Carlos Fuentes

No está claro si fue premeditado o pura casualidad, pero habría que dar un premio al promotor que se las ingenió para hacer coincidir el regreso de los portugueses Buraka Som Sistema con la primera noche del carnaval. Porque pocas músicas se antojan más apropiadas para ambientar el baile de una fiesta de disfraces urbanos. Con el calendario jugando a favor, los seis de Amadora desembarcaron con toda la energía posible: dos baterías enfrentadas sobre el escenario, tres cantantes saltimbanquis y, quizá el armazón del sonido Buraka, un DJ disparando ráfagas de electrónica industrial desde una mesa en el fondo.

Cuentan en Angola que el sonido kuduro, otro hijo putativo de las barriadas de las nuevas ciudades africanas, nació de la simbiosis inteligente entre porciones de electrónica barata, pespuntes infecciosos de ragga, abundante house y no pocos aromas africanos, brasileños y portugueses. Y si kuduro significa “culo duro” en el idioma criollo que se habla en Luanda, ya puede usted hacerse una idea cierta del ritmo frenético de Buraka Som Sistema. Así ocurrió en su festivo regreso madrileño: no hubo tregua durante la apenas hora de concierto, entre un chorreo de bases pregrabadas lanzadas como metralleta Kalashnikov y el baile agitado de tres vocalistas, tres raperos, que sí, carajo, se ganan el sueldo de cada noche. Puede ser que un análisis exhaustivo ponga en solfa que con tanto torbellino las canciones se solapan unas con otras, que en esencia todas las músicas suenan (demasiado) parecidas y que, en fin, la fina ingeniería que incluyen los cuatro discos del grupo pierde la guerra en este huracán casi pogo.

Obviando al sector fetichista del medio millar de espectadores (que, era obvio, recibieron su dosis con Kalemba y fueron contentos a dormir), estos conciertos catárticos vuelven a mostrar que, a veces, es más importante el continente que el contenido. Y los seis chicos de Buraka Som Sistema tienen bien aprendida la lección: baile sin freno, sonidos saturados y a volumen feroz. Una fórmula eficaz para agitar las pistas de baile en este ya viejo siglo nuevo. Porque a ciertas horas de la noche poco importa que su repertorio, aún en fase de crecimiento precoz, intente sumar mensajes de cierto calado social (Candonga), celebre el hedonismo noctámbulo (We stay up all night, Aqui para vocês) o se arrime al origen religioso de las músicas africanas (Komba). Porque a la postre, aquí se vino a bailar duro con Blaya vestida de esqueleto y con Rui Pité disparando alto. Sin hacer prisioneros. Lo resumió bien una chica sudorosa a la salida: “No me lo pasaba tan bien desde los tiempos del house”. Pues eso, bailad malditos.

Publicado en la revista Rockdelux en marzo de 2012

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