Canción contra malos tiempos

11 May

Primavera Sound

PRIMAVERA SOUND

por Carlos Fuentes

Hay quien habla de hecatombe de la música en directo, aunque luego no parece tanto el caos. Más bien se está produciendo una reordenación de un sector aún en auge. Los festivales de verano, que cada año traen una amplia oferta de rock, pop, jazz, electrónica y ritmos étnicos, justo empiezan. Será una temporada [año 2009] marcada por la incertidumbre de si el público fallará a la cita. Por ahora no es así. Basta visitar la primera gran cita del año, el festival Primavera Sound de Barcelona: 146 conciertos en tres días.

Mensaje para pesimistas y agoreros: se venden pocos discos y el dinero para contratar grupos en concierto se ha ajustado a la baja, pero el directo, la opción de ver a un artista en vivo, no falla. Los festivales musicales españoles (aunque no todos han logrado sobrevivir) afrontan los tiempos de crisis económica con razonable buen nivel; y el público, por ahora, no parece que vaya a faltar. En Barcelona, ochenta mil personas acaban de asistir a la apertura de temporada; en el Festival Internacional de Benicássim, a finales de julio, esperan a 45.000 asistentes cada jornada; y entre La Mar de Músicas, en Cartagena, y Pirineos Sur, en Huesca, la oferta estival de ritmos étnicos también estará bien servida.

El festival Primavera Sound inauguró el gran calendario de música en directo. Apostó fuerte y ganó. El quinto certamen catalán se las apañó hace veinte días para ofrecer un cartel abundante en notables pesos medios, tiró de grupos contrastados, algunos ya clásicos en Primavera Sound, y dejó como colofón la primera de las dos únicas actuaciones que el canadiense Neil Young ofrecerá este año en España. 32 años después de su único concierto en Barcelona, el autor de Zuma y After the gold rush culminó tres vibrantes días de conciertos (en total, 146 actuaciones) que, por si restaban dudas, vienen a confirmar la buena salud de la música en directo. Por ahora, la crisis no sube al escenario.

Caso curioso el del Primavera Sound. Es tal la fidelidad que el festival se ha ganado entre su público potencial que no pocos asistentes compraron abonos a final de 2008, cuando aún no se conocía ni la mitad de los grupos que integrarían la alineación definitiva.Voto de confianza (los previsores pagaron 95 euros por abono de tres días que en taquilla costó 155 euros) que el festival catalán recompensó con un cartel plagado de valores seguros, pero sin dar la espalda a bandas nuevas o a proyectos en crecimiento. De la canción asilvestrada de la última revelación nacional, La Bien Querida, que con la voz inocente de la bilbaína Ana Fernández-Villaverde defendió con solvencia su disco de estreno, Romancero, bajo del último sol del jueves, al noise-rock de Sonic Youth, ajustados como reloj suizo, espléndidos, en la madrugada del domingo.

Neil YoungCon todo, y fue bastante, Primavera Sound 2009 pasará a la historia por haber logrado el regreso de Neil Young a Barcelona. Habían pasado tres décadas, pero la nostalgia se fue en un suspiro. Entre numerosos seguidores veteranos y entre los miles de jóvenes habituales del festival catalán, Neil Young apareció pletórico en escena. En el friso de la presunta edad de jubilación (nació en Toronto el 12 de noviembre), el músico canadiense que primero estuvo en Buffalo Springfield, luego integró Crosby, Still, Nash & Young y que desde 1968 vuela en solitario, exprimió en cien minutos un repertorio que no solo conserva su influencia seminal. Quizá sea fundamental, sin exagerar, para comprender los orígenes más nutritivos del rock y su honda ascendencia en las generaciones que vinieron después. Y por eso reconforta ver cómo el último gigante superviviente del rock de los 60 remacha un festival plagado de hijos musicales propios.

Vino Neil Young sin Crazy Horse, su grupo de bandera, pero arrancó sólido, sin fisuras con dos piezas rotundas, Mansion on the hill y My my, hey hey. Guitarra como hacha de leñador, camisa de franela, convincente cuando habla de lucha, de no bajar los brazos en Are you ready for the country?, del histórico Harvest, su obra mayor de 1972. Cantó también Down by the river y Everybody knows this is nowhere, del disco homónimo. Y no esquivó la denuncia histórica (Cortez the killer, de su álbum más prestigioso, Zuma (1975) ni los riesgos que tiene el lado salvaje de la vida. Él, un superviviente, hablándole guitarra en mano, cara a cara, a la heroína (The needle and the damage done: “perdí a mi banda y ví a la aguja tomando a otro hombre”), escrita como aviso premonitorio para Danny Whitten, su primer guitarrista. Treinta y ocho años después de aquella crónica anunciada de una sobredosis, Benjamin Keith y Anthony Crawford (guitarras), Rick Rosas (bajo), Chad Cromwell (batería) y la esposa del cantante, Pegi Young (coros), suplieron con eficiencia los huecos en el parte de bajas.

Neil Young concertSereno, sentado al órgano, Neil Young advirtió del riesgo latente de catástrofe natural (Mother earth) y ya luego arrimó a The Beatles al rock Americano (A day in the life). Cinnamon girl, otra preciosidad añeja con aires silvestres de sus días de estreno con Crazy Horse, alguna novedad de su disco más reciente, Fork in the road, y la combativa Rockin´ in the free world completaron un recital de los que hacen época. Una lección. Sirva un ejemplo: Georgia Hubley e Ira Kaplan, la pareja titular de Yo La Tengo, solicitaron a la organización de Primavera Sound que su concierto no coincidiera con el de Neil Young. Actuaron el jueves, rotundos como siempre Yo La Tengo, afianzados en su rol de apóstoles del ruido (aunque James McNew, el tercero de Hoboken, bordó la susurrante Mr. Tough), y el sábado estaban sobre el escenario principal,discretos en una esquina, viendo al canadiense en primera fila. Como Thom Yorke, el líder de Radiohead, de visita en Barcelona, y The Jayhawks, que actuaron justo antes, se despidieron con una sonrisa en la cara. “Lo mejor”, gritaron después de desenchufar, “es que ¡vamos a ver a Neil Young!”.

Quizá el rasgo característico de este Primavera Sound haya sido la abundancia de grupos que basan en la guitarra, la distorsión y sus sonidos posibles el perfil de sus músicas. En la tienda, camisetas con dibujos de cables y pedales para llevarse de recuerdo a casa; a la entrada, cada día, reparto gratuito de tapones para proteger los oídos antes del aluvión. Buena falta hicieron con My Bloody Valentine, que desembarcaron el jueves en el escenario principal con su ya legendario muro de guitarras. Un despliegue ensordecedor de distorsión en el que la voz de Kevin Shields fue apenas apreciable. En la cabeza, sin protección, la música de My Bloody Valentine parece líquido de batería y acero fundido emitidos en ondas sonoras. Música corrosiva. Alguien habló de 130 decibelios en su momento más álgido, en un final apoteósico. En cualquier caso, apuesta pionera y extrema, y quizá por ello con tanto pedigrí indie, que se repitió en la tarde-noche del viernes a puerta cerrada en el auditorio del Fórum, sede de la parte más elegante y sosegada del festival. Allí se citaron desde el weird-folk renovado de Alela Diane al piano cinematográfico de Michael Nyman.

Sonic YouthAl aire libre, entre el marasmo de grupo, brillaron Spiritualized, la banda que Jason Pierce (Spacemen 3) estuvo a punto de llevarse a la tumba. Se les recordaba por Ladies and gentleman we are floating in space (1997), pero el reciente Songs in A&E no va a la zaga. El día antes, la otra mitad pensante de Spacemen 3, Peter Kember, había animado la tarde de apertura con Spectrum, sorpresa inesperada y agradable. Tienen un buen disco en directo, Indian giver, con el pianista y cantante  Jim Dickinson, y anuncian On the wings of mercury. También volaron alto Sonic Youth, clásicos que ya merecen una estatua o el nombre de una calle en Nueva York. Pocas bandas contemporáneas hay tan influyente con una trayectoria tan prolongada y nutritiva. Rock ruidoso,música de guitarras ásperas, que ha perfilado a un conjunto único en su especie. Ya habituales en Primavera Sound, estrenaron canciones nuevas, del reciente The eternal, tan marca de la casa como los clásicos que el ahora quinteto (a Kim Gordon, Thurston Moore, Lee Ranaldo y Steve Shelley se ha unido el bajista Mark Ibold, ex Pavement) rescató de capítulos esenciales para entender la evolución del rock alternativo como Evol o Daydream nation.

En otra liga musical, la de los nuevos grupos dirigidos al éxito masivo, Bloc Party cumplió con las expectativas. En la noche del viernes, en el escenario mayor, el grupo de Keke Okereke defendió con solvencia el repertorio de sus tres primeros álbumes. Sonaron entrenados, sólidos, sin desmerecer la grata sorpresa que causó Like eating glass, su aquí estoy de 2005. Throwing Muses tuvieron su momento de gloria en los 90, pero ahora integran la solvente clase media del rock actual. Con la voz de Kristin Hersh al mando hicieron memoria y recordaron líneas maestras de las que emergió la música indie. The Vaselines, otros supervivientes de tiempos mejores, encandilaron en versión acústica con un cancionero que ha sido más conocido en gargantas ajenas. Ay, escuchar Molly´s lips y acordarse de aquel chico triste de Seattle. ¿Qué fue del grunge?

Jarvis CockerPhoenix, más modernos, se las apañaron con rock elegante, casi fashion, que ha reportado cierto crédito. Estrenaron disco, Wolfgang Amadeus Phoenix. En un escenario menor, más cerca de un público que ya es fiel, Shellac volvió con el catedrático ambulante Steve Albini al frente. Su concierto fue otro buen ejemplo de prestigio rock bien ganado: guitarra, bajo y batería ajustados casi al milímetro, precisos como un mecanismo explosivo. Tampoco defraudaron The Drones, prueba palpable de que la mejor cosecha del rock oscuro que viene de las antípodas no se ciñe a las malas semillas que sigue plantando Nick Cave. Al fondo, el punk-core de Fucked Up sonaba fuerte, violento; en directo, todo un despliegue de musculatura como envoltorio de mensajes políticos explícitos. Y de vuelta al universo pop, Jarvis Cocker convenció en su regreso a Barcelona, a tenor de los comentarios de quienes optaron por quedarse frente al escenario principal para pasar revista al ex líder de Pulp, genuino crooner de la clase media. Es lo que tienen los festivales: imposible estar en dos conciertos a la vez. Una buena razón para volver.

Publicado en La Opinión de Tenerife en junio de 2009

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