Archivo | septiembre, 2013

Nuevo tropicalismo africano

25 Sep

Batida

por Carlos Fuentes

Invento de francotirador para un siglo nuevo, Batida es el proyecto personal del músico portugués de raíces angoleñas Pedro Coquenão. Una audaz batidora de folclore africano cocinado con aromas a pista de baile global. Con apenas un disco homónimo, y ya viene otro en camino, este artista radicado en la ciudad de Lisboa ha trazado una hoja de ruta sin visados ni pasaportes. Para superar anacrónicas fronteras culturales y alimentar públicos nuevos.

Antes, mucho antes de que las músicas africanas fueran redescubiertas por el público grande del norte de Europa, Portugal ya ejercía como puerta de entrada de los sonidos del continente negro. Cuestión de herencia: la presencia colonial en África hilvanó intensos lazos de comunicación cultural entre ambas orillas. Y el lisboeta Pedro Coquenão es hijo de este acervo. Criado con un pie en cada lado, este músico también conocido como DJ Mpula ha ensamblado con éxito aromas de pistas de baile contemporáneas y pespuntes sonoros rescatados de grabaciones añejas de los setenta. Batida, alter ego que también titula su disco de estreno, rebosa tropicalismo africano sin concesión alguna a la melancólica saudade. “La cultura portuguesa está presente en algunos países de África y rasgos de esos países también están en nuestra cultura, y yo lo único que hago es intentar potenciar la comunicación entre ambas partes”, afirma Batida.

Todo empezó en la radio. En 2006 Pedro Coquenão propuso al canal nacional un programa de música enfocado a la investigación y el rescate de grabaciones antiguas que mostraran el vínculo emocional entre Portugal y los cuatro países africanos con raigambre lusa. Era un buen plan, pero la música presente acabó por imponerse a la historia. “De pronto”, explica el músico desde Lisboa, “me di cuenta del empuje de la nueva electrónica que se está haciendo ahora en las ciudades de África”. Eran años de eclosión para ritmos como el kuduro, cóctel de hip hop, house y kizomba angoleño que invitó a mirar a África con ojos de modernidad. Batida ya estaba en camino. Coquenão comenzó a grabar bases instrumentales para enviar por la red a jóvenes raperos de Luanda, la capital efervescente de Angola. Pronto comenzaron a llegar de vuelta pistas de sonido alimentadas con la vehemencia rapera de los africanos. “No estaba buscando algo en particular, más bien una vía de expresión personal para crear algo que sienta de veras. Porque la música africana forma parte de mí desde que tengo uso de razón. Mi madre dice que ella solía cantar cuando estaba embarazada, así que esa influencia siempre estuvo ahí. Luego apareció la primera banda de África que recuerdo, el dúo Ouro Negro, y también el angoleño Bonga, que me llamó la atención de niño por su figura elegante y ese nombre tan poderoso”.

Batida DJ MpulaEl disco Batida (Soundway Records-Music As Usual, 2012) fue el primer capítulo de la alianza luso-angoleña. Ocho canciones repletas de aportaciones de artistas urbanos desconocidos fuera de las fronteras culturales de África como Circuito Feixado, Ikonoklasta, MCK, Ngongo y Bob da Rage Sense, más dos piezas propias (Alegria, Bazuka). Todo fue procesado, con vocación híbrida, en los estudios del productor Beat Laden en Lisboa. “Como músico y como persona me siento cómodo oscilando entre géneros, y creo que no estoy obligado a elegir. Porque la música electrónica puede ser tan tradicional como el folclore. Y como las tradiciones pueden llegar a ser tan sofisticadas como la electrónica, no tengo por qué elegir entre una y otra”, indica Batida, convencido de que “lo contemporáneo será la tradición del futuro”. En esta dirección Pedro Coquenão reivindica influencias seminales del rock y del pop de su época, de The Clash a New Order, del jazz al house noctámbulo. “El vínculo entre culturas no es algo nuevo ni tiene una ruta que trazar con facilidad. ¿Quién empezó qué? No lo sé, porque incluso el fado tiene unos orígenes variados a partir del diálogo entre Portugal, los países africanos e incluso Brasil. Y ahora las influencias de países como Angola o Cabo Verde están muy activas en muchos barrios de Lisboa”.

Pedro Coquenao (Batida)

Consciente del público creciente que atesoran las músicas de África, Batida se ha propuesto ampliar el eco de los sonidos negros contemporáneos. De hecho, su último proyecto combina música e imágenes en el documental É Dreda Ser Angolano, la historia de una ficticia estación de radio en Luanda que se grabó sobre el terreno, sin apoyo comercial, y en una suerte de ágil ejercicio Dogma. “Primero pensamos en recolectar imágenes para ilustrar un video del Conjunto Ngonguenha, pero luego terminamos acumulando diecisiete cintas con material de Ikonoklasta”, explica Pedro Coquenão, “así que decidimos fusionar todo en una especie de documental hilvanado con samples de mi disco y de algunos conciertos. Fue una suerte dar con este material callejero porque, además de ayudar a que la nueva música angoleña sea más conocida fuera de África, creo que también ofrece una perspectiva diferente del trabajo de Batida”. Porque las músicas de África han vuelto para quedarse. “Ahora hay público más pendiente de las músicas que se están haciendo en todo el mundo y eso ha generado unas audiencias más abiertas en gustos, sin muchos prejuicios al encontrarse con otras culturas. Y ahora la gente viaja más, así que buscar fuera es más fácil que antes. Puede que sea una moda, realmente no lo sé, pero es positivo”. Y en el creciente interés africano de disqueras europeas, ¿no se esconde cierto oportunismo? “No lo creo, yo pienso que es genial que un artista y un sello se encuentren y trabajen al mismo nivel. Al menos es lo que ha ocurrido conmigo en Soundway Records. Yo creo en las personas, no en países ni en mercados”.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2013

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Fado, la melancolía que se hizo canción en Lisboa

12 Sep

Azulejo escena fado

por Carlos Fuentes

La idiosincrasia de Lisboa, y por extensión de Portugal, no se puede comprender sin el rumor triste del fado. Esta música espesa como noche de niebla, melancólica por el amor que se fue y nunca volvió. Canción de leyenda que permanece anclada como pocas cosas en lo más profundo del alma del lisboeta. Una forma de hacer música que lleva más de dos siglos retratando el alma compleja del portugués.

Suele aceptarse como teoría más probable que el fado nació en los albores del siglo XVIII cuando las tripulaciones de los navegantes portugueses quedaban varadas en tierra a la espera de nuevos destinos en otros mundos aún por descubrir. Porque fado, la palabra, procede del latín fatum y significa destino, pero su contenido social es bastante más amplio y posee menos romanticismo. Un siglo después de sus primeras huellas, en el diecinueve, fado era sinónimo de persona o lugar marginal, esquinado por las costumbres de rancio abolengo. Hablando en plata, fado eran sitios de prostitución y de vidas disolutas. Hasta que llegó una cantante, María Severa, la legendaria fadista y meretriz lisboeta que sedujo al conde de Vimioso y conectó el fado con las élites intelectuales y aristocráticas de Lisboa. Y de la capital al mundo lusófono, todo a su tiempo.

fado suiteDespués del flamenco y el tango, el fado recibió hace dos años el aval oficial de la Unesco como patrimonio inmaterial de la humanidad. Porque la canción popular portuguesa es la expresión inefable del sentimiento de un pueblo, el lugar central en la identidad colectiva de Portugal. Porque sus compositores, sus cantantes y sus músicos llevan más de dos siglos haciendo canción con la profunda melancolía lusa. “Y porque detrás del fado late la historia del pueblo, la historia centenaria de sus músicos, escritores y poetas. El fado es la música de nuestro pueblo, independientemente de la ideología o el nivel económico y la clase social de cada persona. Fado es lo que nos une”, indicó a este cronista el fadista Camané, la voz contemporánea más apreciada de Portugal, cuando la melancólica música lusa fue reconocida por la Unesco a nivel internacional.

Aunque hay nombres sin los que no se entiende el fado a carta cabal. Y sobre todos ellos, el de Amália da Piedade Rodrigues. Porque ningún nombre concita tal unanimidad como su figura epicéntrica en la música portuguesa. Comenzó todavía adolescente como vendedora de frutas por las calles lisboetas durante los años treinta. Pronto empezó a cantar en conjuntos aficionados, aunque tuvo que esperar a un concurso destinado a la búsqueda de nuevos talentos para hacerse un lugar en la escena fadista. Ya nada sería igual: Amália, así, a secas, se iba a convertir en la única reina del fado. En la voz de Portugal. De Lisboa a la gloria, con actuaciones en los principales teatros de Europa, África y América Latina. Grabó tres decenas de discos, algunos de importancia crucial para la consolidación comercial del fado como Busto, publicado en 1962. “Fue ella, Amália, su voz, la que levantó la autoestima del portugués para valorar su música popular en vez de la canción anglosajona que se imponía por la fuerza”, indicaba hace dos años el guitarrista Jorge Fernando, uno de los compositores que acompañaron a Amália Rodrigues en la última época de su larga carrera musical. “Porque Portugal sufrió durante demasiados años un fuerte complejo de inferioridad que llevaba a considerar que todo lo portugués era inferior”.

Pero llegaron tiempos mejores. En los años treinta del siglo pasado, el fado se sacudió sombras estúpidas y salió a conquistar el mundo desde los cuatro barrios de Lisboa en los que esta canción nació y maceró a fuego lento, casi a oscuras: Alfama, Mouraria, Barrio Alto y Madragoa. La aparición del disco y la popularidad creciente de la radio elevaron el volumen social de esta música de morriña por los amores rotos y, aunque la política ensució su jerarquía en años de dictadura, cuando mandaban las tres F (fútbol, fado y virgen de Fátima), en los años ochenta resurgió para ya no ocultarse jamás. Se abrieron al fado los principales teatros portugueses, como el histórico Coliseo de Lisboa, donde se convocaron grandes veladas con música en directo. Y donde se congregaron muchos jóvenes que no sabían de qué iba el fado. Junto a Camané llegaron los protagonistas del tiempo nuevo, aunque habría que decir protagonistas, mejor, en femenino plural, porque de mujeres está hecho el nuevo fado: Mísia, Mariza, Teresa Salgueiro, Mafalda Arnauth, Dulce Pontes, Kátia Guerreiro o Ana Moura, una fadista de voz trémula que conmovió a los mismísimos Rolling Stones. Aún hoy conviven leyendas de vieja escuela como el gran Carlos do Carmo con grupos de fado hilvanado de modernos sonidos electrónicos como Rosa Negra.

CamanéSi está de visita en Lisboa, conviene visitar las rutas del fado. Ya sea su historia de leyenda que se exhibe en el Museo Nacional del Fado que se encuentra situado en la parte baja del barrio de Alfama, junto a las callejuelas donde nació, como en las numerosas tabernas, bares y restaurantes que aprovechan el tirón turístico de la música que identifica a Portugal en el mundo entero. O en el coche de época que vende discos al paseante en la estribación del histórico barrio lisboeta del Chiado. Aunque para escuchar fado, fado en vivo, hay que frecuentar la animada noche capitalina. Se puede, por ejemplo, comenzar con cena musical en locales de prestigio como Mesa de Frades, en la parte alta de Alfama, o en Bacalhau do Molho, en la parte baja del mismo barrio, junto a la Casa dos Bicos que alberga la biblioteca dedicada a José Saramago. Y aquí, entre quesos espléndidos, vino verde y suculento bacalao à Brás, llenar el alma de música genuina a la vez que se llena el estómago de buenas viandas.

También en el repurtado Clube de Fado, también en Alfama, junto a la Catedral, donde cada noche se concentra buena parte de los valores contrastados del fado contemporáneo. También en locales de fado vadio, que es como aquí se llama al fado cantado por artistas no profesionales, como el pequeño local A Baiuca, situado en la calle São Miguel del decadente barrio de Alfama, o en la más conocida Taberna del Rey, situada en pleno epicentro callejero del barrio. Donde son los camareros los que cantan entre servicio y servicio, en un rincón entre mesas de mantel de hule y aromas añejos. Y en el Barrio Alto, junto a la antigua sede del Diário de Notícias, se encuentra la Tasca do Chico, que dos días por semana durante todo el año abre su escenario a las nuevas voces que buscan su hueco en el planeta del fado. Porque fado, lo que se dice fado, hay en Lisboa a cualquier hora del día y de la noche. En Chapitô, por ejemplo, un local amplio situado en Costa do Castelo que combina actividades culturales como teatro o circo con un bar-terraza y que a últimas horas de la madrugada es uno de los lugares preferidos por los fadistas para tomar una copa después de sus actuaciones en restaurantes y casas de comida tradicional portuguesa.

Amália Rodrigues

Amália, la voz del fado

¿Se entendería el flamenco sin Camarón? ¿El rock sin Elvis? ¿Y el pop sin Michael Jackson? Seguramente, no. Tampoco se puede comprender el fado de Portugal sin la figura de Amália Rodrigues. Mucho habría que contar de esta voz única para un país entero, pero tiene usted suerte si está de paseo por Lisboa. Aquí puede visitar la casa familiar de la artista, ubicada en el número 193 de la calle São Bento, a un costado del Parlamento de Portugal, y disfrutar de una muestra biográfica que reúne desde primeras ediciones de sus discos a piezas de porcelana fina y regalos exóticos recibidos en escenarios del mundo entero. Un paseo por la historia melancólica de una mujer que, como pocas, se sacudió las limitaciones de la vida humilde para reivindicar el orgullo genuino de ser portugués. Un país que, al menos al final, supo reconocer su jerarquía en el fado y, ya en 2001, se saltó las leyes para trasladar sus restos mortales al Panteón Nacional situado en la parte superior del fadista barrio de Alfama.

Publicado en la revista NT en septiembre de 2013

 

Mindelo, el pueblo de la diva de los pies desnudos

3 Sep

Cesaria  Evora

por Carlos Fuentes

Ocurre a veces que un hecho histórico, un acontecimiento extraordinario, pone un lugar en el centro del mapa del mundo. Pero también ocurre que ese mérito deba atribuirse a una única persona, ya sea por su fama internacional, por su prestigio profesional o, y es el caso de la cantante caboverdiana Cesária Évora, por convertir su canción en altavoz de un pueblo entero. Dos años después de su muerte, la añeja ciudad portuaria de Mindelo recuerda a su mito cultural con un festival que coincide con la luna llena de agosto.

Del archipiélago volcánico de Cabo Verde ya se tenían noticias antiguas por haber sido durante siglos lugar de parada y paso obligado en las grandes rutas del comercio marítimo hacia importantes destinos de Europa, América y Asia. Esta antigua colonia portuguesa, que dispone de gobierno independiente desde la independencia lograda en 1975, de pronto regaló al mundo la voz trémula de una cantante veterana que supo retratar con humildad y emoción la compleja idiosincrasia insular de estas diez porciones de tierra macaronésica, apenas cuatro mil kilómetros cuadrados, mil seiscientos kilómetros al sur de Canarias.

Cesária Évora, que este mes de agosto hubiera cumplido 72 años, falleció el 17 de diciembre de 2011, pero tuvo tiempo de enseñar al mundo la melancolía de la morna, la canción tradicional caboverdiana que algunos expertos consideran crónica de un pueblo que siempre miró al mar con saudade. Saudade, palabra con la que medio millón de habitantes del archipiélago denominan a la morriña. Porque Cesária Évora sacó la saudade a pasear por los principales escenarios del mundo y ya entonces la gran audiencia occidental supo situar a Cabo Verde en un atlas. Y en la geografía se localiza una de las principales singularidades de las músicas de Cabo Verde: el intenso trasiego histórico por sus puertos fue dejando en las diez islas aspectos culturales de la metrópoli portuguesa, pero también pespuntes de músicas brasileñas y de ritmos africanos continentales. Con instrumentos acústicos como el cavaquinho, una suerte de guitarra de cuatro cuerdas que es prima hermana del timple canario y del ukelele y que terminó por complementar los sonidos más europeos del violín, el clarinete y el acordeón. La cosecha de esta hibridación, macerada como todos los buenos vinos, ha sido una música de profundo poder evocador, triste y contemplativa.

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En la antigua colonia portuguesa, que había sido descubierta por exploradores del reino luso a mediados del siglo XV y que muy pronto se ganó un lugar como puerto de aprovisionamiento en travesías transoceánicas, nació Cesária Évora el 27 de agosto de 1941. Como muchas otras mujeres del archipiélago menos desarrollado de África, la joven estaba llamada al duro trabajo doméstico, pero ella se rebeló contra la tradición social que, por entonces, separaba por clases a las personas de raza negra de la minoría selecta blanca que gozaba de cierta comodidad de medios para vivir. Marginada en su propia ciudad, Cesária Évora optó por salir a cantar cada noche para tratar de ganarse la vida en tabernas marineras de mala muerte que años atrás abundaban en los arrabales del puerto de Mindelo, su ciudad natal en la isla de San Vicente. Su primer público fueron marineros, pescadores y navegantes varados en tierra de nadie, entre alcohol barato y mucha desesperación. Gentes, en fin, del escalafón más bajo de la sociedad isleña. Y allí fue donde emergió la morna, esa canción triste que se podría definir como el trasunto caboverdiano del fado portugués. Porque la morna es para los habitantes de Cabo Verde lo que el bolero y el son montuno son para Cuba, el tango para Argentina y el flamenco para España. La sincera banda sonora del pueblo, de sus días de pena y de contadas alegrías efímeras.

Entre morna triste, mucha bebida barata y malos humos tabernarios transcurría la vida convencional de Cesária Évora, hija de una cocinera ciega y de un músico aficionado. Hermana de cuatro invidentes. Criada en un monasterio de monjas donde aprendió a cocinar, lavar y planchar. Luego madre con diecisiete años de un marinero que la abandonó. Allí cantaba por unas monedas, por un trago de aguardiente o un paquete de cigarrillos, aunque a veces lograba entrar en los estudios de emisoras de radio locales, Radio Barlovento y Radio Clube de Mindelo, para grabar piezas de B. Leza, el principal compositor de mornas del archipiélago. Pero su suerte pronto iba a cambiar. A finales de los años ochenta su voz frágil, macerada por cada noche de tragos, llamó la atención de un operario del servicio de ferrocarriles portugués. José da Silva se convirtió entonces en su fiel amigo, en un apoyo clave para presentar la morna a las grandes audiencias del mundo entero. Y el resto, valga por una vez el tópico, ya es historia grande. Porque Cesária Évora deslumbró cuando viajó a París, tan descalza como vivía en su austero hogar de Mindelo, para presentar en concierto en 1988 las canciones de su primer álbum, La diva aux pieds nus. Y así se le conoció desde entonces, ella era “la diva de los pies desnudos”.

Cesaria Évora (live)

El enamoramiento del público francés, y poco después de la gran audiencia europea, fue inmediato, instantáneo. Y comenzaron a surgir comparaciones de altos vuelos: que si Edith Piaf, que si Amália Rodrigues, que si Billie Holiday… pero Cesária Évora era una cantante única, con una personalidad arrolladora y combativa. “Nunca he compartido mi casa con un hombre, siempre viví con mi mamá. Para mí estar con un hombre es como beber agua. Te enamoras, te embarazas y ya. Me sorprenden las mujeres que permiten que los hombres las hagan sufrir sin hacerlas felices. No entiendo que sigan ahí, que se queden con ellos. No, no, yo no tengo paciencia para soportar a quien no me trata bien”, repetía en sus entrevistas, “pero lo que canto no es mi sufrimiento sino el de las personas que escribieron estas músicas”. Y con esas canciones ella conquistó teatros del mundo entero hasta su fallecimiento hace dos años. Atrás queda su discografía extraordinaria, canciones como Sodade, que ya está en la memoria colectiva de Cabo Verde, su pasaporte diplomático como embajadora cultural del pequeño país atlántico y su estampa amable de una señora que había comenzado a cantar descalza en las tabernas para denunciar la marginación racista que, durante muchos años, demasiados, impidió caminar por las aceras a los caboverdianos que no tenían dinero ni para comprar un par de zapatos.

Casas de Mindelo

Pasear por la historia de Cesária Évora, a quien sus compatriotas llamaban con cariño sincero Cizé, es también recorrer la ciudad de Mindelo. Situada en la isla de San Vicente, séptima en extensión de las nueve habitadas del archipiélago y capital cultural del país, la población está vinculada a su puerto y al histórico trasiego de barcos en las rutas comerciales hacia América y Asia. La intensa actividad portuaria tuvo su época de esplendor en la segunda mitad del siglo pasado y testimonio de ese auge es el patrimonio arquitectónico colonial que aún se conserva en un aceptable estado en el centro de la localidad. Allí, entre calles empedradas con sabor añejo, se puede visitar el antiguo Palacio del Gobernador, renombrado como Palacio del Pueblo a partir de la independencia de Portugal en 1975, y el Liceo Nacional Infante Henrique, construido en 1917 y ahora Escuela Jorge Barbosa en honor del poeta autor de Archipiélago, hito de las letras insulares. También se puede visitar el histórico colegio infantil Lar de Nhô Djunga, la Iglesia Mayor, el Fortín del Rey, el edificio más antiguo de la ciudad, y una retrospectiva del artista João Cleofas Martins, pionero del retrato fotográfico en Mindelo. Y para los amantes de la música, la luna llena del 21 de agosto iluminará el festival anual que se celebra en la bahía de las Gatas.

Publicado en la revista NT en agosto de 2013