Fado, la melancolía que se hizo canción en Lisboa

12 Sep

Azulejo escena fado

por Carlos Fuentes

La idiosincrasia de Lisboa, y por extensión de Portugal, no se puede comprender sin el rumor triste del fado. Esta música espesa como noche de niebla, melancólica por el amor que se fue y nunca volvió. Canción de leyenda que permanece anclada como pocas cosas en lo más profundo del alma del lisboeta. Una forma de hacer música que lleva más de dos siglos retratando el alma compleja del portugués.

Suele aceptarse como teoría más probable que el fado nació en los albores del siglo XVIII cuando las tripulaciones de los navegantes portugueses quedaban varadas en tierra a la espera de nuevos destinos en otros mundos aún por descubrir. Porque fado, la palabra, procede del latín fatum y significa destino, pero su contenido social es bastante más amplio y posee menos romanticismo. Un siglo después de sus primeras huellas, en el diecinueve, fado era sinónimo de persona o lugar marginal, esquinado por las costumbres de rancio abolengo. Hablando en plata, fado eran sitios de prostitución y de vidas disolutas. Hasta que llegó una cantante, María Severa, la legendaria fadista y meretriz lisboeta que sedujo al conde de Vimioso y conectó el fado con las élites intelectuales y aristocráticas de Lisboa. Y de la capital al mundo lusófono, todo a su tiempo.

fado suiteDespués del flamenco y el tango, el fado recibió hace dos años el aval oficial de la Unesco como patrimonio inmaterial de la humanidad. Porque la canción popular portuguesa es la expresión inefable del sentimiento de un pueblo, el lugar central en la identidad colectiva de Portugal. Porque sus compositores, sus cantantes y sus músicos llevan más de dos siglos haciendo canción con la profunda melancolía lusa. “Y porque detrás del fado late la historia del pueblo, la historia centenaria de sus músicos, escritores y poetas. El fado es la música de nuestro pueblo, independientemente de la ideología o el nivel económico y la clase social de cada persona. Fado es lo que nos une”, indicó a este cronista el fadista Camané, la voz contemporánea más apreciada de Portugal, cuando la melancólica música lusa fue reconocida por la Unesco a nivel internacional.

Aunque hay nombres sin los que no se entiende el fado a carta cabal. Y sobre todos ellos, el de Amália da Piedade Rodrigues. Porque ningún nombre concita tal unanimidad como su figura epicéntrica en la música portuguesa. Comenzó todavía adolescente como vendedora de frutas por las calles lisboetas durante los años treinta. Pronto empezó a cantar en conjuntos aficionados, aunque tuvo que esperar a un concurso destinado a la búsqueda de nuevos talentos para hacerse un lugar en la escena fadista. Ya nada sería igual: Amália, así, a secas, se iba a convertir en la única reina del fado. En la voz de Portugal. De Lisboa a la gloria, con actuaciones en los principales teatros de Europa, África y América Latina. Grabó tres decenas de discos, algunos de importancia crucial para la consolidación comercial del fado como Busto, publicado en 1962. “Fue ella, Amália, su voz, la que levantó la autoestima del portugués para valorar su música popular en vez de la canción anglosajona que se imponía por la fuerza”, indicaba hace dos años el guitarrista Jorge Fernando, uno de los compositores que acompañaron a Amália Rodrigues en la última época de su larga carrera musical. “Porque Portugal sufrió durante demasiados años un fuerte complejo de inferioridad que llevaba a considerar que todo lo portugués era inferior”.

Pero llegaron tiempos mejores. En los años treinta del siglo pasado, el fado se sacudió sombras estúpidas y salió a conquistar el mundo desde los cuatro barrios de Lisboa en los que esta canción nació y maceró a fuego lento, casi a oscuras: Alfama, Mouraria, Barrio Alto y Madragoa. La aparición del disco y la popularidad creciente de la radio elevaron el volumen social de esta música de morriña por los amores rotos y, aunque la política ensució su jerarquía en años de dictadura, cuando mandaban las tres F (fútbol, fado y virgen de Fátima), en los años ochenta resurgió para ya no ocultarse jamás. Se abrieron al fado los principales teatros portugueses, como el histórico Coliseo de Lisboa, donde se convocaron grandes veladas con música en directo. Y donde se congregaron muchos jóvenes que no sabían de qué iba el fado. Junto a Camané llegaron los protagonistas del tiempo nuevo, aunque habría que decir protagonistas, mejor, en femenino plural, porque de mujeres está hecho el nuevo fado: Mísia, Mariza, Teresa Salgueiro, Mafalda Arnauth, Dulce Pontes, Kátia Guerreiro o Ana Moura, una fadista de voz trémula que conmovió a los mismísimos Rolling Stones. Aún hoy conviven leyendas de vieja escuela como el gran Carlos do Carmo con grupos de fado hilvanado de modernos sonidos electrónicos como Rosa Negra.

CamanéSi está de visita en Lisboa, conviene visitar las rutas del fado. Ya sea su historia de leyenda que se exhibe en el Museo Nacional del Fado que se encuentra situado en la parte baja del barrio de Alfama, junto a las callejuelas donde nació, como en las numerosas tabernas, bares y restaurantes que aprovechan el tirón turístico de la música que identifica a Portugal en el mundo entero. O en el coche de época que vende discos al paseante en la estribación del histórico barrio lisboeta del Chiado. Aunque para escuchar fado, fado en vivo, hay que frecuentar la animada noche capitalina. Se puede, por ejemplo, comenzar con cena musical en locales de prestigio como Mesa de Frades, en la parte alta de Alfama, o en Bacalhau do Molho, en la parte baja del mismo barrio, junto a la Casa dos Bicos que alberga la biblioteca dedicada a José Saramago. Y aquí, entre quesos espléndidos, vino verde y suculento bacalao à Brás, llenar el alma de música genuina a la vez que se llena el estómago de buenas viandas.

También en el repurtado Clube de Fado, también en Alfama, junto a la Catedral, donde cada noche se concentra buena parte de los valores contrastados del fado contemporáneo. También en locales de fado vadio, que es como aquí se llama al fado cantado por artistas no profesionales, como el pequeño local A Baiuca, situado en la calle São Miguel del decadente barrio de Alfama, o en la más conocida Taberna del Rey, situada en pleno epicentro callejero del barrio. Donde son los camareros los que cantan entre servicio y servicio, en un rincón entre mesas de mantel de hule y aromas añejos. Y en el Barrio Alto, junto a la antigua sede del Diário de Notícias, se encuentra la Tasca do Chico, que dos días por semana durante todo el año abre su escenario a las nuevas voces que buscan su hueco en el planeta del fado. Porque fado, lo que se dice fado, hay en Lisboa a cualquier hora del día y de la noche. En Chapitô, por ejemplo, un local amplio situado en Costa do Castelo que combina actividades culturales como teatro o circo con un bar-terraza y que a últimas horas de la madrugada es uno de los lugares preferidos por los fadistas para tomar una copa después de sus actuaciones en restaurantes y casas de comida tradicional portuguesa.

Amália Rodrigues

Amália, la voz del fado

¿Se entendería el flamenco sin Camarón? ¿El rock sin Elvis? ¿Y el pop sin Michael Jackson? Seguramente, no. Tampoco se puede comprender el fado de Portugal sin la figura de Amália Rodrigues. Mucho habría que contar de esta voz única para un país entero, pero tiene usted suerte si está de paseo por Lisboa. Aquí puede visitar la casa familiar de la artista, ubicada en el número 193 de la calle São Bento, a un costado del Parlamento de Portugal, y disfrutar de una muestra biográfica que reúne desde primeras ediciones de sus discos a piezas de porcelana fina y regalos exóticos recibidos en escenarios del mundo entero. Un paseo por la historia melancólica de una mujer que, como pocas, se sacudió las limitaciones de la vida humilde para reivindicar el orgullo genuino de ser portugués. Un país que, al menos al final, supo reconocer su jerarquía en el fado y, ya en 2001, se saltó las leyes para trasladar sus restos mortales al Panteón Nacional situado en la parte superior del fadista barrio de Alfama.

Publicado en la revista NT en septiembre de 2013

 

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Una respuesta to “Fado, la melancolía que se hizo canción en Lisboa”

  1. Jerónimo Alayón Gómez 23 de septiembre de 2013 a 5:24 #

    Hola.

    Te he nominado al Liebster Award, un reconocimiento de la Comunidad WordPress. Aquí te dejo las indicaciones: http://blogniebla.wordpress.com/liebster-award/

    Un abrazo,

    Jerónimo Alayón Gómez
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