Archivo | enero, 2014

Balcones antiguos de Lisboa colgados sobre el río Tajo

16 Ene

Lisboa calles

por Carlos Fuentes

Pocas capitales europeas hay tan recomendables para el tranquilo paseo callejero como la portuguesa Lisboa. En sus estrechas calles y plazas de adoquines negros late la historia legendaria de una ciudad antigua, lugar añejo como capital que fue de un imperio. Lisboa, la vieja Lisboa, la ciudad blanca, ofrece al visitante buen número de miradores situados en parques y jardines públicos para contemplar desde lo alto su belleza tranquila de lugar detenido en el tiempo. 

La fundación de la ciudad de Lisboa, la capital más occidental de Europa y la segunda más antigua después de la griega Atenas, se cimentó en las buenas características geográficas del terreno situado en la desembocadura del Tajo, apreciado ya en la época de los navegantes fenicios. Al abrigo del estuario del gran río peninsular y de sus siete colinas circundantes nació la ciudad antigua, donde ahora es posible contemplar su fisonomía añeja y, de paso, conocer la vida cotidiana en sus barrios, con un recorrido urbano por miradores públicos situados en paseos, parques y jardines de la capital portuguesa. Donde una amplia docena de balcones ajardinados sobre el Tajo permiten al paseante una visión panorámica del paso de la historia en esta ciudad de vida pausada entre vestigios de historia grande, templos, castillos y canciones de leyenda.

Un atractivo incuestionable de Lisboa, con sus calles en cuesta de adoquines moldeados por el paso del tiempo, costumbristas esquinas y beços, que es como aquí llaman a los callejones, son sus miradouros públicos distribuidos en una ruta urbana que permite contemplar la ciudad en todo su esplendor. Por importancia geográfica, y por ello los mejor conocidos por los visitantes, los miradores que se encuentran en los barrios de Alfama, Sé y Castelo suelen ser los más transitados por el viajero foráneo. En una excursión que parte desde la plaza del Comercio, siempre cuesta arriba, a veces al costado de la línea del histórico tranvía 28, el primer mirador aparece en Santa Luzia, donde un jardín austero adornado con azulejos portugueses ofrece una vista de la parte baja de Alfama, allí donde una vez nació el fado entre marineros y tabernas baratas.

Lisboa mirador

En la actualidad, por fortuna, el barrio de Alfama no ha perdido ese arraigado sabor antiguo de sus calles, aunque el fado, el patrimonio musical de Portugal, se haya convertido en un aliciente más de la noche lisboeta para los turistas. Continuamos camino. A pocos metros de Santa Luzia se encuentra situado el mirador de Portas do Sol, recientemente remodelado para albergar una terraza que permite divisar la desembocadura del estuario del río Tajo. Desde Santa Luzia, hacia la derecha, está la cúpula de la iglesia de Santa Engracia, y hacia la izquierda se pueden ver las añejas iglesias de San Miguel y San Esteban. En el mismo mirador de Santa Luzia se conserva un azulejo de gran tamaño en el que se representa la ciudad antes del gran terremoto de 1755 y la conquista cristiana del Castelo de São Jorge, que José Saramago narró, magistral, en su novela Historia del cerco de Lisboa. Y el castillo será nuestra siguiente parada.

Imagen característica del horizonte urbano de Lisboa, el Castillo de San Jorge alberga un buen número de murallas, fosos y patios en apenas seis hectáreas de terreno, así que las posibilidades de contemplar la ciudad vieja desde esta atalaya histórica son generosas. Según se oriente la vista, el visitante puede mirar hacia las calles de la Baixa, la parte inferior de la ciudad antigua, con sus plazas, sus tiendas tradicionales y el elevador de Santa Justa, desde donde ha partido esta ruta de los miradores de Lisboa. También se contempla desde aquí la zona de Martim Moniz, nombrada en honor de un héroe del cerco cristiano a la ciudad en el año 1147 y una de las primeras ampliaciones modernas en la ciudad antigua. Al fondo, casi a la altura de nuestros ojos, se adivina el jardín de Pedro de Alcántara y su mirador homónimo, otra visita imprescindible. Pero antes es recomendable completar los miradouros de este lado de la ciudad.

Lisboa dibujo

Muy cerca del Castelo de São Jorge, en ligera cuesta arriba, se haya situado el mirador de Graça, vecino de la iglesia del mismo nombre, y también punto de observación sobre los tejados rojos de la Baixa y la esquina menor del castillo. Además de la cercana Feira da Ladra, el rastro de Lisboa (martes y sábado), el barrio de Graça ofrece algunas posibilidades para comer sobre la marcha, ya sea en su tradicional dulcería situada junto a la iglesia o en algunas de las casas de comidas populares que pueblan este barrio tranquilo en plena colina. Porque conviene reponer fuerzas antes de abordar el siguiente trayecto camino del mirador de Nuestra Señora del Monte. Las vistas son espectaculares, casi a la altura de la cuesta que hay que superar. A estas alturas ya sabrá usted por qué a Lisboa se viene a caminar. Desde esta pequeña ermita se contempla una panorámica amplia de la urbe portuguesa, desde el río a la sierra de Monsanto a través del Castelo, las plazas de la Baixa, Chiado y el Barrio Alto de Lisboa.

Cambiando de colina, situados ya en el otro lado de la ciudad antigua, el Barrio Alto es una referencia principal en la ruta de los miradores de Lisboa. Aunque antes conviene detenerse un momento en el elevador de Santa Justa, punto de acceso a la zona alta si, por el mismo precio del ascensor, desea aprovechar estos cuarenta y cinco metros de altura para echar un vistazo a tejados y calles de la antigua Lisboa comercial. Construido en 1902 para superar el desnivel de la Baixa y el Chiado, este elevador de hierro forjado comunica con las ruinas del antiguo convento do Carmo, desde donde se puede empezar a contemplar las vistas de Lisboa orientadas al este. El mirador más emblemático de la zona está situado en el jardín de Pedro de Alcántara, al que también se puede llegar desde el elevador de la Gloria, original de 1885 para superar el desnivel entre la plaza de los Restauradores y el Barrio Alto. Las vistas sobre la Baixa, la vieja catedral Sé y el centro histórico de Lisboa, con el Castelo de São Jorge situado siempre al fondo, son inmejorables desde esta atalaya de flores. Un jardín para el descanso antes de volver al entramado de calles y plazas del Barrio Alto.

Lisboa tranvía 28

Otro ascensor, el de Bica, inaugurado en 1892, permite acceder a otro de los puntos panorámicos de Lisboa. El mirador de Santa Catalina ofrece un sitio para la memoria con vistas al imponente estuario del Tajo sobre los barrios de São Paulo y Lapa. Al fondo, símbolo de modernidad, se encuentra el puente 25 de abril que desde 1966 comunica la ciudad setenta metros por encima del río. Menos transitado por los visitantes, otro mirador ofrece un rato de tranquilidad durante los paseos urbanos por la ciudad portuguesa. El miradouro de Rocha do Conde de Óbidos es un modesto jardín alejado del centro neurálgico de la ciudad desde el que se puede conectar con la avenida Marginal para enlazar con la Casa de América Latina y con el Museo Nacional de Arte Antiguo. Fuera del ambiente urbano, ya en los dominios del parque natural de Monsanto, otros dos miradores ayudan a completar esta fotografía panorámica de Lisboa. Los moinhos de Santana son dos molinos de viento que se construyeron en el siglo XVIII para el abastecimiento de las dominicas irlandesas del vecino convento del Bom Succeso. Gracias a su restauración en 1965, estos dos molinos son el último vestigio de la destacable actividad de molienda del oeste de la ciudad. Ya en el parque, el mirador de los Montes Claros sirve para culminar el paseo de miradouros a los pies de un lago ajardinado con vistas a la sierra de Sintra.

sol de Lisboa

Terrazas al poniente de Europa

La abundancia de miradores populares en Lisboa ha permitido en los últimos tiempos la proliferación de terrazas y lugares de ocio al aire libre. Si en la Baixa aún brillan establecimientos tradicionales ubicados en las plazas de Comercio, Rossio y Figueira, en las siete colinas de Lisboa han florecido sitios de nuevo cuño como la terraza de Portas do Sol, donde cada día se cita gente joven de la ciudad para contemplar la última puesta de sol en Europa. También son populares las dos terrazas que se encuentran situadas en el mirador de Santa Catarina, su tradicional kiosko de jardín y el más moderno café Noobai, donde es posible contemplar la llegada de los trenes a la estación de Cais de Sodré mientras se disfruta de un completo brunch a mediodía. Y también es doble la oferta de ocio callejero en el miradouro de Pedro de Alcántara, donde se puede elegir entre degustar un clásico vino de Oporto en el afamado establecimiento del Solar do Vinho do Porto o, al aire libre, refrescarse con una cerveza Sagres en la terraza del jardín. La panorámica, en todo caso, es compartida: una vista interesante sobre los tejados de la Baixa desde la avenida de la Libertad hasta las puertas del barrio antiguo de Alfama, con el Castelo de São Jorge al fondo.

Publicado en la revista NT en enero de 2014

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Lou Reed: ahora que anocheció

9 Ene

a

por Carlos Fuentes

Mirando a los árboles, a Reinaldo Arenas le cayó encima la noche en el parque Lenin de La Habana. La historia maldita del novelista cubano concitó el interés de Lou Reed por el biopic que su amigo Julian Schnabel presentó en 2000. Él y su compañera, Laurie Anderson, encontraron hueco en la banda sonora: entre el montuno de Matamoros, el piano de Bola de Nieve, el ritmo loco de Benny Moré y los melismas de Fairuz. Baton Rouge, instrumental rojo crepúsculo de Ecstasy, supura la herida sangrante de Arenas/Bardem: cabaret (sin diálogos) en la Cuba antes los Castro. El matrimonio Reed aportó un toque de distinción indie a la campaña por el Óscar de Before Night Falls, meta de visibilidad gay en el cine mainstream. Seis años después, el autor de Basquiat devolvió el favor: en Brooklyn filmó Berlin, el retorno en concierto de Lou Reed a su disco cardinal. Era la primera vez que esas canciones sonaban en treinta años. Schnabel también rescató su retrato Polaroid de 2002 para el cartel y reclamó Rock Minuet, su pieza preferida. Ya la había recitado (sin papeles) cuando Elvis Costello recibió a Lou Reed en Spectacle. Un lustro antes de anochecer.

Publicado en la revista Rockdelux en diciembre de 2013

Lecuona, el primer afrocubano

3 Ene

Ernesto Lecuona 1

por Carlos Fuentes

Poco elogio hay más preciado por un compositor que su obra musical se siga interpretando al caer los años. Y el caso del pianista cubano Ernesto Lecuona (1895-1963) es crucial. Este habanero blanco sintetizó con orgullo y audacia el acervo rítmico afrocubano, cultivó la semilla negra en las músicas de la isla, luego en toda América, triunfó en París y también en las películas de Hollywood. Se cumple medio siglo de su muerte en las islas Canarias.

En una esquina, bajo la escalera del clásico hotel Mencey de Tenerife, apenas una tarja de bronce recuerda el momento. El trágico instante en el que la vida del más importante compositor de piano de Cuba se apagó en este rincón de Canarias. Ocurrió hace 50 años, el 29 de noviembre de 1963. Pero, ¿quién es Ernesto Lecuona? ¿Y que hace un pianista clásico en una revista de músicas contemporáneas? Lecuona, Ernesto Sixto de la Asunción Lecuona Casado. De su pieza Malagueña, Maurice Ravel afirmó que es “más melódica y bella” que su célebre Bolero. Y otro amigo, George Gershwin, se refería a él como “autor absoluto”, porque eso es Ernesto Lecuona: el compositor para piano de Cuba más influyente dentro y fuera de la isla. Sin duda, el mejor eslabón de la cadena sonora que hilvanó rítmica afrocubana, folklore español, aires de salón francés, neonato jazz americano y todo lo que llegaba al puerto de La Habana.

Hijo de periodista español y cubana, Lecuona inició a los cinco años el estudio de música con su hermana mayor, Ernestina. Luego, en el conservatorio con los maestros Hubert de Blanck y Joaquín Nin, compuso la marcha Cuba y América, pespunte primero de su vocación panamericana. Danzas cubanas (1911) subrayó el alma híbrida de un autor que, junto a Gonzalo Roig y Rodrigo Prats, iba a definir las líneas maestras del teatro lírico y la zarzuela de Cuba. Antes Lecuona empezó actuando en cines habaneros, pero era en casa donde su talento entraba en ebullición. En 1913 compuso La comparsa, quizá su pieza más emblemática. Elegancia de salón, alma afrocubana: la danza elegida por Bebo Valdés para reunirse con su hijo Chucho en Calle 54. Sobre las más populares Siboney y Malagueña o las más líricas María de la O y El cafetal, que encontraron en Esther Borja, aún superviviente, la voz justa en las tablas.

Lecuona

“Lecuona es el pianista cubano más brillante del siglo XX y su autor más lúcido. Tomó las raíces afro y españolas con gran originalidad. Y la verdad, no sé qué es más importante, si el Lecuona autor o el Lecuona intérprete. Porque su legado es imprescindible en el camino de la pianística cubana”, afirma Chucho Valdés, que rueda el documental Playing Lecuona junto Gonzalo Rubalcaba, Michel Camilo, Omara Portuondo, Esperanza Fernández, Raimundo Amador, Ana Belén y el veterano pianista cubano Huberal Herrera. “Él puso en el cielo la tradición negra de Cuba, que es donde reside mucha de la riqueza de nuestra música”, incide Chucho Valdés, “porque podía tocar a Chopin o Chaikovski, pero su ser, su identidad, le permitió aprovechar la alta formación clásica para indagar en lo popular. Quizá no fue el primer pionero, antes estuvieron Saumell y Cervantes, pero Lecuona desarrolló mucho más esa veta afrocubana y su legado inmenso está en el jazz afrocubano. Fíjate si es versátil su música que Irakere llegó a tocar a Lecuona en clave de jazz y funk porque su música es muy rítmica”.

Chucho Valdés quiere recordar una anécdota personal y, de paso, reivindicar la figura de su padre, el gran arreglista de Cuba que fue Bebo Valdés: “Ocurrió en 1954, yo tenía trece años y estudiaba piano. Un día mi papá me llevó al estudio de televisión donde Ernesto tocaba sus danzas, las que luego Bebo orquestó. Era un ensayo y allí estaba un señor muy alto. Vino Bebo y me dice: “Mira, Chucho, ahí hay un señor que quiere escuchar cómo tocas Malagueña, y yo me puse al piano, muy tranquilo, como si yo estuviera en casa. Cuando acabé, Bebo sonrió y dijo: “¿Qué, Ernesto, qué te parece el chico?”. ¿Ernesto, qué Ernesto? Lecuona, era Ernesto Lecuona. Y le dije a mi papá: “¡Coño, cómo me haces esto! ¡Hacerme tocar Malagueña delante de Lecuona!”. Pero él fue generoso, vino a abrazarme y dijo: “Estudia mucho, que vas por buen camino”.

comparsa

Herederas de la santísima trinidad musical cubana Cervantes-Saumell-Roldán, las obras nutritivas de Ernesto Lecuona ensamblaron como pocas en un escenario social único. Conviene recordar el contexto de su época: el compositor cubano fue uno de los pioneros en el reclamo de respeto para el acervo rítmico africano que, a causa de la segregación racial, no era bien visto en La Habana. Desde su residencia en Guanabacoa, la villa vecina de La Habana donde luego nacieron dos de sus ahijados musicales, Rita Montaner y Bola de Nieve, piezas como Y la negra bailaba, Danza negra, La conga de medianoche o Danza lucumí pusieron la semilla negra del jazz afrocubano. Porque con el venir de los años, Cuba iba a exportar al mundo su inmenso folklore sincrético. Del son oriental de Miguel Matamoros y Miguelito Cuní al ritmo bárbaro de Benny Moré y su Banda Gigante, de la voz azul cobalto de María Teresa Vera y el bolero filin de Portillo de la Luz al mambo loco de Cachao. Una cubanía contagiosa, y el mundo entero se apuntó al baile.

Pese a su protagonismo al alza en escenarios selectos de Estados Unidos y de Europa, la locomotora creativa de Lecuona nunca bajó el pistón en Cuba. Tan pronto impulsó la creación de la Orquesta Sinfónica de La Habana como llevó su sonido híbrido a sesiones populares en cines y teatros. Remando siempre contra la corriente del momento. “Hubo quienes intentaron denostar su música clasificándola de fútil y superficial, pero Lecuona demostró todo lo contrario con su diversidad y trascendencia. Introdujo el tema afrocubano de manera original y ahí está parte de su genio creativo”, explica René Espí, productor cubano de la antología La Habana era una fiesta. “Porque, digan lo que digan, Lecuona abrió camino en una época en la que la cultura del sincretismo provocaba el rechazo de una sociedad clasista, y racista en su gran mayoría”.

comparsa 1

Para 1924 su desembarco español estuvo listo. En un primer viaje a Madrid debutó en el teatro Lara, luego actuó en el Apolo, presentó revistas musicales y conoció Andalucía para beber del soniquete flamenco que tanto interés había despertado en su juventud musical habanera. Ernesto Lecuona volvió a España en 1932, pero cuatro años antes actuó en París ante autores de la talla de Ravel, Turina, Varèse, Cortot y de su amigo y escritor compatriota Alejo Carpentier. De su interés por esta orilla del mar, Lecuona cosechó la inspiración para la suite Andalucía, en la que las décimas simultáneas de la danza Malagueña son magistral epicentro. Sin olvidar el alcance popular de su homenaje a la nutrida colonia gallega afincada en Cuba, la conga Para Vigo me voy compuesta en 1935.

Pero fue en Andalucía donde Lecuona incardinó su formación clásica y la rítmica afrocubana en el folklore popular español. “Ese lenguaje musical le causó gran impacto, pero no vio ese legado como un hecho decorativo sino como material de primer orden”, indica Gonzalo Rubalcaba sobre el alma andaluza del autor cubano, plasmada en Playing Lecuona con Raimundo Amador sobre Malagueña y Siboney. “Lecuona tocó como vivió sus días españoles, lo que olió, lo que comió”, incide Rubalcaba, “y devolvió influencias sin perder la esencia pianística. Escuchamos cuadros sonoros intrincados en lo español, pero nunca dejó de ser Lecuona: él nunca trató de suplantar a nada ni a nadie”. Para el guitarrista, Lecuona es una suerte de atlas sonoro de dos orillas. “Su música es una prueba más de cómo el flamenco bebió tradiciones de los dos lados”, señala Amador. “Ahí están los cantes de ida y vuelta, la guajira, la rumba, la vidalita y la milonga, que nos conectan más y mejor con América Latina que con muchos sitios de España”.

Y la valentía sempiterna de Lecuona. Más allá de reseñar sus manos gigantes, perfectas para tocar a Schubert, Listz o Gottschalk, sus triunfos en Nueva York y en Hollywood, su nominación al Óscar por Always in My Heart (1943) o su postrero esquinazo al castrismo que llegaba, Rubalcaba vindica su audacia: “Se ha manejado cierto prejuicio con la estética del ser cubano, incluso desde el ámbito intelectual, pero Lecuona defendió una constante renovación en la transformación de la pianística, huyendo de la mera repetición. De una misma pieza él mostraba más formas de tocarla, mostraba estados de ánimos, tempos distintos”, afirma Gonzalo Rubalcaba sin esquivar la responsabilidad presente. “Reivindicar a Lecuona es indagar en la revalorización y en la reinterpretación de su obra para asumirla desde un estado crítico hacia unas nuevas vías. Se lo debemos a este visionario que supo plasmar en su música todo lo importante que buscó y encontró, ya fuera en Cuba, en España o en Estados Unidos”. 

Ernesto Lecuona 001

Cuando salí de Cuba: cubanía fuera de Cuba

Al arpa, en vivo, en una terraza de Budapest, en un club de Dakar o en una vieja gramola en Buenos Aires… Ernesto Lecuona está en todas partes, pero quizá no sea tan valorada su figura. “Con la ley actual en la mano, Lecuona sería español de pleno derecho. Este es el homenaje español, faltan el cubano y el americano”, asegura Juanma Villar, productor de Playing Lecuona. Este documental, que dirige el cubano Pavel Giroud, prolonga la influyente huella de la obra de Lecuona en la historia musical contemporánea. El autor de Danza de los Ñáñigos y Canto Carabalí creó también el popular conjunto Lecuona Cuban Boys (más tarde Havana Cuban Boys bajo la dirección de Armando Oréfiche, fallecido hace trece años en Las Palmas de Gran Canaria), cuyo repertorio a partir de los treinta fue interpretado con formas más o menos convencionales por artistas como Alfredo Kraus, Xavier Cugat, Plácido Domingo, Stanley Black, Connie Francis o Los Panchos. Al piano, hace poco, su obra de largo recorrido fulgió en las manos veteranas de Bebo Valdés y Huberal Herrera. Y el vigoroso pianista de Holguín Ramón Valle entregó en 2002 el notable Lecuona: Danza Negra grabado con Perico Sambeat y Horacio “El Negro” Hernández.

“Lecuona es el autor más popular de Cuba, pero también fue un empresario muy activo que promocionó compañías, espectáculos y programas en radio y televisión. Tenía gran oficio en identificar el talento en otros”, recuerda Gonzalo Rubalcaba. “Y su obra transpira cubanía y buen gusto”, remacha René Espí. “Ahora “La comparsa” se toca en cualquier lugar del mundo y al vuelo se la relaciona con Cuba. Esa cualidad universal de la música de Lecuona no pasó nunca de moda”. El productor habanero sabe de lo que habla. Roberto Espí, su padre, fundó el Conjunto Casino y fue vecino de la familia Valdés en aquella increíble Habana que encendió la música afrocubana de Ernesto Lecuona.

Publicado en la revista Rockdelux en diciembre de 2013