Balcones antiguos de Lisboa colgados sobre el río Tajo

16 Ene

Lisboa calles

por Carlos Fuentes

Pocas capitales europeas hay tan recomendables para el tranquilo paseo callejero como la portuguesa Lisboa. En sus estrechas calles y plazas de adoquines negros late la historia legendaria de una ciudad antigua, lugar añejo como capital que fue de un imperio. Lisboa, la vieja Lisboa, la ciudad blanca, ofrece al visitante buen número de miradores situados en parques y jardines públicos para contemplar desde lo alto su belleza tranquila de lugar detenido en el tiempo. 

La fundación de la ciudad de Lisboa, la capital más occidental de Europa y la segunda más antigua después de la griega Atenas, se cimentó en las buenas características geográficas del terreno situado en la desembocadura del Tajo, apreciado ya en la época de los navegantes fenicios. Al abrigo del estuario del gran río peninsular y de sus siete colinas circundantes nació la ciudad antigua, donde ahora es posible contemplar su fisonomía añeja y, de paso, conocer la vida cotidiana en sus barrios, con un recorrido urbano por miradores públicos situados en paseos, parques y jardines de la capital portuguesa. Donde una amplia docena de balcones ajardinados sobre el Tajo permiten al paseante una visión panorámica del paso de la historia en esta ciudad de vida pausada entre vestigios de historia grande, templos, castillos y canciones de leyenda.

Un atractivo incuestionable de Lisboa, con sus calles en cuesta de adoquines moldeados por el paso del tiempo, costumbristas esquinas y beços, que es como aquí llaman a los callejones, son sus miradouros públicos distribuidos en una ruta urbana que permite contemplar la ciudad en todo su esplendor. Por importancia geográfica, y por ello los mejor conocidos por los visitantes, los miradores que se encuentran en los barrios de Alfama, Sé y Castelo suelen ser los más transitados por el viajero foráneo. En una excursión que parte desde la plaza del Comercio, siempre cuesta arriba, a veces al costado de la línea del histórico tranvía 28, el primer mirador aparece en Santa Luzia, donde un jardín austero adornado con azulejos portugueses ofrece una vista de la parte baja de Alfama, allí donde una vez nació el fado entre marineros y tabernas baratas.

Lisboa mirador

En la actualidad, por fortuna, el barrio de Alfama no ha perdido ese arraigado sabor antiguo de sus calles, aunque el fado, el patrimonio musical de Portugal, se haya convertido en un aliciente más de la noche lisboeta para los turistas. Continuamos camino. A pocos metros de Santa Luzia se encuentra situado el mirador de Portas do Sol, recientemente remodelado para albergar una terraza que permite divisar la desembocadura del estuario del río Tajo. Desde Santa Luzia, hacia la derecha, está la cúpula de la iglesia de Santa Engracia, y hacia la izquierda se pueden ver las añejas iglesias de San Miguel y San Esteban. En el mismo mirador de Santa Luzia se conserva un azulejo de gran tamaño en el que se representa la ciudad antes del gran terremoto de 1755 y la conquista cristiana del Castelo de São Jorge, que José Saramago narró, magistral, en su novela Historia del cerco de Lisboa. Y el castillo será nuestra siguiente parada.

Imagen característica del horizonte urbano de Lisboa, el Castillo de San Jorge alberga un buen número de murallas, fosos y patios en apenas seis hectáreas de terreno, así que las posibilidades de contemplar la ciudad vieja desde esta atalaya histórica son generosas. Según se oriente la vista, el visitante puede mirar hacia las calles de la Baixa, la parte inferior de la ciudad antigua, con sus plazas, sus tiendas tradicionales y el elevador de Santa Justa, desde donde ha partido esta ruta de los miradores de Lisboa. También se contempla desde aquí la zona de Martim Moniz, nombrada en honor de un héroe del cerco cristiano a la ciudad en el año 1147 y una de las primeras ampliaciones modernas en la ciudad antigua. Al fondo, casi a la altura de nuestros ojos, se adivina el jardín de Pedro de Alcántara y su mirador homónimo, otra visita imprescindible. Pero antes es recomendable completar los miradouros de este lado de la ciudad.

Lisboa dibujo

Muy cerca del Castelo de São Jorge, en ligera cuesta arriba, se haya situado el mirador de Graça, vecino de la iglesia del mismo nombre, y también punto de observación sobre los tejados rojos de la Baixa y la esquina menor del castillo. Además de la cercana Feira da Ladra, el rastro de Lisboa (martes y sábado), el barrio de Graça ofrece algunas posibilidades para comer sobre la marcha, ya sea en su tradicional dulcería situada junto a la iglesia o en algunas de las casas de comidas populares que pueblan este barrio tranquilo en plena colina. Porque conviene reponer fuerzas antes de abordar el siguiente trayecto camino del mirador de Nuestra Señora del Monte. Las vistas son espectaculares, casi a la altura de la cuesta que hay que superar. A estas alturas ya sabrá usted por qué a Lisboa se viene a caminar. Desde esta pequeña ermita se contempla una panorámica amplia de la urbe portuguesa, desde el río a la sierra de Monsanto a través del Castelo, las plazas de la Baixa, Chiado y el Barrio Alto de Lisboa.

Cambiando de colina, situados ya en el otro lado de la ciudad antigua, el Barrio Alto es una referencia principal en la ruta de los miradores de Lisboa. Aunque antes conviene detenerse un momento en el elevador de Santa Justa, punto de acceso a la zona alta si, por el mismo precio del ascensor, desea aprovechar estos cuarenta y cinco metros de altura para echar un vistazo a tejados y calles de la antigua Lisboa comercial. Construido en 1902 para superar el desnivel de la Baixa y el Chiado, este elevador de hierro forjado comunica con las ruinas del antiguo convento do Carmo, desde donde se puede empezar a contemplar las vistas de Lisboa orientadas al este. El mirador más emblemático de la zona está situado en el jardín de Pedro de Alcántara, al que también se puede llegar desde el elevador de la Gloria, original de 1885 para superar el desnivel entre la plaza de los Restauradores y el Barrio Alto. Las vistas sobre la Baixa, la vieja catedral Sé y el centro histórico de Lisboa, con el Castelo de São Jorge situado siempre al fondo, son inmejorables desde esta atalaya de flores. Un jardín para el descanso antes de volver al entramado de calles y plazas del Barrio Alto.

Lisboa tranvía 28

Otro ascensor, el de Bica, inaugurado en 1892, permite acceder a otro de los puntos panorámicos de Lisboa. El mirador de Santa Catalina ofrece un sitio para la memoria con vistas al imponente estuario del Tajo sobre los barrios de São Paulo y Lapa. Al fondo, símbolo de modernidad, se encuentra el puente 25 de abril que desde 1966 comunica la ciudad setenta metros por encima del río. Menos transitado por los visitantes, otro mirador ofrece un rato de tranquilidad durante los paseos urbanos por la ciudad portuguesa. El miradouro de Rocha do Conde de Óbidos es un modesto jardín alejado del centro neurálgico de la ciudad desde el que se puede conectar con la avenida Marginal para enlazar con la Casa de América Latina y con el Museo Nacional de Arte Antiguo. Fuera del ambiente urbano, ya en los dominios del parque natural de Monsanto, otros dos miradores ayudan a completar esta fotografía panorámica de Lisboa. Los moinhos de Santana son dos molinos de viento que se construyeron en el siglo XVIII para el abastecimiento de las dominicas irlandesas del vecino convento del Bom Succeso. Gracias a su restauración en 1965, estos dos molinos son el último vestigio de la destacable actividad de molienda del oeste de la ciudad. Ya en el parque, el mirador de los Montes Claros sirve para culminar el paseo de miradouros a los pies de un lago ajardinado con vistas a la sierra de Sintra.

sol de Lisboa

Terrazas al poniente de Europa

La abundancia de miradores populares en Lisboa ha permitido en los últimos tiempos la proliferación de terrazas y lugares de ocio al aire libre. Si en la Baixa aún brillan establecimientos tradicionales ubicados en las plazas de Comercio, Rossio y Figueira, en las siete colinas de Lisboa han florecido sitios de nuevo cuño como la terraza de Portas do Sol, donde cada día se cita gente joven de la ciudad para contemplar la última puesta de sol en Europa. También son populares las dos terrazas que se encuentran situadas en el mirador de Santa Catarina, su tradicional kiosko de jardín y el más moderno café Noobai, donde es posible contemplar la llegada de los trenes a la estación de Cais de Sodré mientras se disfruta de un completo brunch a mediodía. Y también es doble la oferta de ocio callejero en el miradouro de Pedro de Alcántara, donde se puede elegir entre degustar un clásico vino de Oporto en el afamado establecimiento del Solar do Vinho do Porto o, al aire libre, refrescarse con una cerveza Sagres en la terraza del jardín. La panorámica, en todo caso, es compartida: una vista interesante sobre los tejados de la Baixa desde la avenida de la Libertad hasta las puertas del barrio antiguo de Alfama, con el Castelo de São Jorge al fondo.

Publicado en la revista NT en enero de 2014

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