La guitarra flamenca era él

10 Mar

Paco de Lucía retrato

PACO DE LUCÍA

por Carlos Fuentes

No hay sombra más alargada en las músicas españolas contemporáneas. Ni prestigio de obra que aguante más bombas. Paco de Lucía, el trabajador de la cultura que dignificó como pocos el oficio de guitarrista flamenco, desaparece sin el previo aviso de una enfermedad. Como otros grandes de su palo, se va por un accidente que deja el corazón partido. Sorprendiendo al mundo entero de un flamenco que busca rumbos nuevos en este siglo que apenas despunta. Porque en el reino de taifas que siempre fue el flamenco en España, pocas figuras hay como Paco de Lucía que esquiven el odio y la envidia en este país caníbal.

Francisco Sánchez Gómez, que así lo bautizaron, deja medio siglo de carrera artística que bien puede servir de hoja de ruta para comprender a carta cabal el respeto creciente que ha ganado el flamenco, y por extensión algunas músicas populares arrimadas a su vera, entre los públicos español e internacional. Pero conviene recordar el cuento de toda una vida desde sus comienzos. Paco, el niño Paco, vino al mundo el 21 de diciembre de 1947 en el barrio La Bajadilla de la Fuente Nueva, el segundo de los núcleos poblacionales surgidos en la bahía de Algeciras desde donde los días claros se puede mirar a África. Hijo de Antonio Sánchez y Lucía Gómez “la Portuguesa” (y de aquí viene su apellido artístico, Paco el de Lucía), el niño Paco pronto se relacionó con los ambientes flamencos vecinos y con el instrumento de seis cuerdas que iba a marcar su vida. Fue su hermano Ramón de Algeciras, nueve años mayor, quien tuteló los primeros pasos de su carrera musical, siempre bajo la mirada severa y la disciplina férrea del padre Antonio, que ya en 1963 alentó el estreno familiar con el disco Los chiquitos de Algeciras, grabado junto a su hermano cantaor Pepe de Lucía.

Paco de Lucía cantaor

A mediados de los años sesenta, los dos de Algeciras, Ramón y Paco, ya se arreglaban para llamar la atención como nuevos valores del toque flamenco. En esencia, su apuesta artística intentó combinar dos escuelas fundamentales de la guitarra flamenca: por un lado, en el sevillano Niño Ricardo vio la técnica de las seis cuerdas y sus posibilidades de largo recorrido más allá del rol clásico en el flamenco. Y del guitarrista navarro Sabicas vislumbró la guitarra como un instrumento de concierto, con la importancia de un solista, por encima del papel de mero músico acompañante del cantaor, como se estilaba hasta esas fechas. De esta época son álbumes grabados a mata caballo como Doce canciones de García Lorca, Dos guitarras flamencas en América Latina y Canciones andaluzas para dos guitarras. Eslabones nuevos para romper las cadenas que ceñían la guitarra, y el flamenco, al ámbito cerrado del tablao y las ventas de ocasión. Venían rumbos nuevos, ya en teatros y jardines, pabellones y plazas de toros.

Camarón y Paco de Lucía

Paco de Lucía y Camarón

Y pronto surgió la voz que iba a prestigiar al tocaor. Todavía en aquellos años sesenta, Paco de Lucía coincidió con un joven cantante de flamenco, pura irreverencia de futuro, llamado José Monge, pronto apodado Camarón de la Isla. Juntos, entre 1968 y 1977, registraron una decena de discos de flamenco que entran por derecho propio en el primer anaquel de la música popular hecha en España. Entre medias, en 1973, Paco de Lucía registró la pieza que a la postre iba a marcar su carrera: la vivaz rumba Entre dos aguas, incluida en el disco Fuente y caudal, señaló en rojo que el flamenco podía ser genuino pero también popular, tradicional y, por qué no, pop. “Soy un purista dentro de mi aureola de revolucionario. Sigo siendo purista porque he respetado siempre lo que es respetable. Lo que no tengo es la obediencia que siguen los puristas, pero sí el respeto que merece la esencia, lo antiguo, lo válido”, diría treinta años después al recoger el premio Príncipe de Asturias obtenido en 2004.

Bien afianzado a lo mejor de la memoria, después de tocar a Lorca y a Manuel de Falla, después de abrir la puerta grande el Teatro Real de Madrid, Paco de Lucía y su influyente sexteto empezaron a derribar murallas invisibles. El guitarrista buscó contacto con otras músicas, se acercó al jazz y a la bossa nova, y en una de sus visitas a América encontró en el cajón afroperuano de Caitro Soto de la Colina una forma nueva de ampliar el campo rítmico del flamenco. Y lo hizo apoyando a una generación única de instrumentistas versátiles madurados entre el jazz y el flamenco con sus cinco francotiradores por protagonistas: el saxofonista y flautista Jorge Pardo, el bajista Carles Benavent, los percusionistas Rubem Dantas y Tino Di Geraldo, y el cantaor Duquende. En 1991 se produjo su reencuentro con Camarón a través del disco Potro de rabia y miel, última grabación del cantaor de San Fernando, ya herido de muerte por el cáncer.

Paco de Lucía Nueva York

Fuera de España, poco antes se habían producido sus primeras asociaciones con los guitarristas Al Di Meola y John McLaughlin en álbumes de creciente presencia en los grandes mercados internacionales como Friday night in San Francisco (1981) y Passion, grace and fire (1983). Con Chick Corea grabó Touchstone (1982) y con el cantante brasileño Djavan colaboró en el disco Oceano (1989). Despuntados ya los años noventa, Paco de Lucía entregó su homenaje al maestro Rodrigo con la grabación del Concierto de Aranjuez y, con América Latina siempre presente, cuida su relación creciente con el publico hispanoamericano. En Sevilla, por la Exposición Universal de 1992, su genio encandiló al universo musical anglosajón en aquel festival antológico Leyendas de la Guitarra donde compartió escenario con instrumentistas del calado de B.B. King, Bo Diddley, George Benson, Roger Waters, Steve Vai, Roger McGuinn y Joe Satriani, entre otros. Faltaba poco, apenas nada, para que la guitarra española conquistara un respeto que ya no tendría vuelta atrás.

Paco de Lucía patio

En un verano eterno que dividía entre sus temporadas estivales en España y los inviernos suaves de Cancún, entre giras internacionales y su pasión nueva por el submarinismo y la pesca, Paco de Lucía se dedicó a irradiar su respeto por el oficio de músico y el apoyo a nuevos valores. Capítulo aparte merecerá su colaboración con Alejandro Sanz, quien luego contaminaría de guitarra con anhelos flamencos ese pop latino más accesible que ya es marca mainstream, como intentó a la manera española con su sobrina Malú. Buscando siempre respeto para la música, sin distinción de clases, por un genuino amor al arte. Por todo esto reconforta pensar que su muerte prematura, porque con 66 años nadie se merece morir de un ataque al corazón, no impidió un reconocimiento popular e incluso académico. Doctor honoris causa de la Universidad de Cádiz y del Berklee College of Music en Boston, premio Príncipe de Asturias por “su dimensión universal” basada en la “honradez interpretativa”, Paco de Lucía deja tres días de luto, triste sombra negra en la última bahía de Europa, pero también un ejemplo insobornable de respeto por lo genuino como primer paso para crecer. Sana evolución más que agitada revolución, entre dos aguas.

Paco de Lucía color

Pulsión triple de un guitarrista gigante

“Lo único mejor que la música es hablar de música”. Dicen que lo dijo Gabriel García Márquez, y lo repetía algo después un gran productor de la música en España. Un hombre bueno que no escribió nunca un acorde, ni siquiera una letra, pero sin el que no se entendería a carta cabal la evolución de la música contemporánea en el último cuarto de siglo en este país. Puede que no corran buenos tiempos para las charlas de tertulia, tampoco para debatir sobre cultura, menos aún de música, “hablar de música”, como dicen que dijo Gabo, aunque a veces convenga alzar la voz y no caer en la dulce tristeza de la melancolía. Conviene hablar, y hablar de música. Que es una gran manera de resistir.

La desaparición prematura de Paco de Lucía (1947-2014) permite avanzar un análisis sobrevenido ante el calado de su obra grande, también de su influencia creciente en terrenos más o menos tangenciales al flamenco de ley. Mucho y muy bien se escribirá estos días del guitarrista de Algeciras, del hijo de Antonio y Lucía la Portuguesa. Casi siempre en clave musical, a veces tocando el palo del alcance social, pespuntando con hilo de oro la importancia crucial que la obra de Paco de Lucía tiene en la vindicación de algunos de los más nutritivos valores esenciales de la cultura popular española. Arte genuino sin populismos. En defensa siempre de los oficios de la música, él, cantaor que no fue, para ya de niño ser profesional de la guitarra, primero sin jornal, luego arrimando cuatro duros a la olla familiar en aquella casa baja de la barriada de La Bajadilla. Sus grabaciones con Camarón, en ese periodo sin parangón en la música española que abarcó de 1969 a 1979, permitieron como pocas un resurgir flamenco que llevaba siglos esperando. Y, no menos importante, logró que los artistas de flamenco fueran considerados como eso, artistas, primero artistas, artistas que hacen flamenco. Ayer lo resumió bien el cantaor José Mercé: “Paco y Camarón son quienes han revolucionado todo esto. Ellos empezaron a decir que el flamenco no es algo de cachondeo, sino algo sobrio y con seriedad. Que el flamenco sea Patrimonio de la Humanidad se lo debemos a Paco de Lucía”.

Al Di Meola, John McLaughlin & Paco de Lucía

El segundo eslabón de la cadena de méritos de Paco de Lucía, y quizá el más popular por accesible, es la inmensa repercusión internacional que su guitarra conquistó para el universo del flamenco en el mundo. De a poco, viaje a viaje, el músico de Algeciras fue asumiendo el goteo de influencias, cosechando aire nuevo para revitalizar lo propio. Años de contaminación brasileña con Djavan, de innovación con el cajón afroperuano que se encontró una noche en Lima, de colaboraciones recurrentes con Al Di Meola y John McLaughlin, Chick Corea y Larry Coryell. Producto del largo recorrido mar afuera llegó el reconocimiento institucional y académica que su obra, y por extensión el flamenco, cosechó en la última recta de su vida. La lista es amplia: en 1992 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, en 2002 el Premio de Honor la Música, dos años después el Príncipe de Asturias de las Artes en 2004, año del Grammy Latino por “Cositas buenas”. También el doctorado honoris causa de la Universidad de Cádiz y, en 2010, el premio del prestigioso Berklee College of Music en Boston. Porque a la postre, controversias poco memorables al margen, este guitarrista que no estuvo en “La leyenda del tiempo” acabó por hacer leyenda su tiempo.

En la esquina de este triángulo isósceles llamado Paco de Lucía fulge lo hondo de su chispa creadora como acicate para los que llegan luego. A finales de los años 80, cuando la música moderna de la nueva ola frisaba su inflexión y nadie sabía que luego llegaría el indie cantado en inglés, de pronto algunos jóvenes aspirantes a músicos se fijaron en las posibilidades de la guitarra española y el cajón flamenco. En el reto de una música con formas y texturas acústicas y, en fin, en una pirueta audaz que fue más huida hacia adelante que fútil regocijo en no sé qué esencias. Ya lo anunció el propio Paco de Lucía, algunos años atrás, en una rara grabación de un encuentro doméstico en el que su amigo Camarón toca la guitarra mientras el músico de Algeciras asume, sin ambages, que en esa revolución flamenca la única hoja de ruta fue el instinto de supervivencia: “El futuro de la guitarra flamenca es muy incierto porque estamos empezando a hacer una música nueva y yo no sé dónde irá a parar. No tengo ni idea”.

Paco de Lucía solo

Luego llegó el sincretismo con el jazz, cerca del talento en cinco continentes. También el deslumbramiento que supuso su actuación en el festival Leyendas de la Guitarra en la Expo de Sevilla 92. Con Carlos Santana en plazas de toros, con McLaughlin y Coryell en el Royal Albert Hall de Londres con aquel Guitar Trio que situó la guitarra flamenca donde nadie osó soñar antes. Y aquí, con su influencia seminal en toda una pléyade de artistas pop que encontraron esencia en su vecindario con el flamenco. Del vendaval latino capitaneado por su amigo (y alumno) Alejandro Sanz a su sobrina Malú, o el último de los cantantes más o menos ligeros que pululan en cien concursos de televisión y que ya no piensan en inglés para fotocopiar el penúltimo éxito que les haga soñar con la canción del verano. Que las músicas contemporáneas nacionales, incluyendo buena parte del flanco más comercial, gusten más o gusten menos, se continúen fabricando con guitarras españolas, cajones y otros instrumentos tradicionales es, quizá, una herencia más de los maestros del toque y el cante en las postrimerías del siglo pasado que está aún por reivindicar. Sólo el tiempo da o quita razones.

Por ahora, mejor anotar en rojo la historia reciente del guitarrista que se fue, recobrar energías y celebrar nuevos cauces sonoros con los hijos musicales de este último vate gigante de Algeciras, la tierra de Almanzor que cada mañana amanece mirando a África. Se lo escuché a Mario Pacheco, y dicen que antes lo había dicho Gabo: no hay nada mejor que hablar de música. Aunque hoy duela escribir de Paco de Lucía en tiempo pasado.

Publicado en el diario El Confidencial en febrero de 2014

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