Ataúd Vacante: del casete de Aries al iPhone de Silver

28 Oct

iPhone Ataúd Vacante

por Carlos Fuentes

“Lo único mejor que la música es hablar de música”. Dicen que lo dijo Gabriel García Márquez, aunque se lo escuché algo después a un grande de la música en España. Un hombre bueno que no escribió nunca un acorde, ni siquiera una letra, pero sin el que no se entendería a carta cabal la evolución de la música contemporánea en el último cuarto de siglo en este país. Puede que no corran buenos tiempos para las charlas de tertulia, tampoco para debatir sobre cultura, menos aún de música, “hablar de música”, como dicen que dijo Gabo, aunque a veces conviene alzar la voz y no caer en la dulce tristeza de la melancolía. Conviene hablar, y hablar de música. Que es una gran manera de resistir.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché a Ataúd Vacante. Era No hay revolución, pero no podría precisar si fue la versión de la casete Lenguaje abierto (Discos Aries, 1986) o la posterior del mini-álbum Nichiquitaunamosca (Discos Medicinales, 1987). Pero no es detalle que revista mucha importancia. Porque supongo que usted no ha llegado hasta aquí para leer cuentos de viejo y, carajo, todos mantenemos memoria histórica de nuestras primeras músicas. Quizá ocurra que no importa el instante, porque lo importante es el momento. Y con Ataúd Vacante el rock hecho en Canarias aspiró a reventar a puntapiés la imagen descafeinada, aquel pop inofensivo, de las llaves de la moto que se llevó Lucy. En aquellos años de eclosión efervescente en los hogares isleños, o al menos en algunas casas canarias, se pasaba del añejo pick-up heredado del abuelo a los primeros equipos de lo que se vino a llamar alta fidelidad. Y con ella llegó el punk. El punk, aquel hijo putativo del rock, el primer rock de los indignados, etiqueta urbana que todavía no había tomado la plaza del pueblo.

Ataúd Vacante

Nunca dejan de sorprender frases fáciles como que “no hay que tomarse tan en serio la música”. Expresiones fútiles que retratan esa opinión generalizada en el común de que la música no es importante. Porque la música, creen muchos, es la menor de las artes, apenas sonidos que están ahí y que suenan de fondo. Este (pobre) aprecio por la música no se da con otras artes: no ya en la pintura, quizá arte mayor, de museo de pago; tampoco en el cine, aunque pulula mucho cine que no es arte sino entretenimiento. En literatura ocurre algo así: abundan libros best-sellers y mucha letra de toalla y sombrilla, pero a nadie se le ocurre poner en solfa la importancia de los escritores. ¿Y la música? ¿Qué pasa con la música? Miremos alrededor: si el músico tiene un éxito grande, ese artista es visto como personaje de telenovela, un triunfador. Por el contrario, si no llega al gran circuito comercial, es mal visto como un raro, apenas un amargado más de tabernas, catres y bajos fondos. Entre drogas y putas. Aunque luego, como acaba de ocurrir con Lou Reed, a tu muerte te santifiquen como artista maldito.

JESÚS LÓPEZ Ataúd Vacante (Parque Viera y Clavijo, 1989)

Ataúd Vacante nació cuando los actuales cambios tecnológicos no estaban, ni se les esperaban. Ahora, cuando la música sufre esta, digamos, “basurización”, vía formato digital y descargas gratuitas, el ciudadano común ha depreciado aún más la (escasa) consideración que tiene por los músicos. Son tiempos de fama fácil y poca memoria colectiva. Le sonará este ejemplo: alguien compra un reproductor digital con, ejem, treinta gigas de capacidad y alardea de llevar “ocho mil canciones aquí dentro”… sin caer en la cuenta que lo que de verdad importa no son esas ocho mil canciones sino qué ocho mil canciones, con qué criterios las escucha y qué alimenta con esa música. En esta fase, cuando ya se impuso el continente sobre el contenido, la estupidez utiliza banda ancha y, vaya paradoja, cuando la red amplía (casi) hasta el infinito la conexión distante y, por tanto, el intercambio (casi) infinito de información, en fin, conocimiento, la plaga de las descargas rápidas ha devenido en un peor nivel de los contenidos que la mayoría del público consume. Hay más oferta, pero se selecciona peor. Y ocurre en un momento crucial: por primera vez en la historia, los oyentes ya no desean poseer o siquiera almacenar la música. Hoy a una mayoría creciente le basta con escuchar música en red, compartiendo el “producto” vía streaming sin coste alguno, ya sea en YouTube, MySpace, SoundCloud, Vimeo o Spotify.

Ataúd Vacante 1984

Y en este escenario de confusión entre continente y contenido, ¿qué rol tiene la música? ¿Es la música eso, apenas otro entretenimiento cada vez más barato y cada vez más malo? Pero la música es, de veras, el arte que mejor retrata los orígenes y la evolución de un pueblo, de un país. El mejor testigo de los rasgos sociales y culturales de cualquier colectivo. Y no sólo la música como sonido, música como estilo, sino de músicas (en plural) con perspectiva antropológica. Otro ejemplo: ¿por qué el rock logró simbolizar la rebeldía de una generación? ¿Por qué el rock, primero sus padres y luego sus hermanos musicales, derribó barreras sociales durante los años 40 y 50? ¿Y por qué esa gente del ecuador del siglo eligió el rock y no sólo las novelas, el cine o la televisión para romper cadenas culturales con su pasado? Es la perspectiva más interesante, de ahí nuestro respeto (casi) reverencial a la figura de Elvis Aaron Presley, aquel chico pálido que logró que sus amigos blancos quisieran bailar como negros.

El rock como vehículo de rebeldía, como catalizador de cambios sociales. Más allá del rito, y la distribución por estilos o el análisis a cualquier artista son ritos comerciales, interesa saber por qué un chaval que quiso romper su ADN social en los años 40 agarró la guitarra y no el piano. ¿Por qué aporrear la batería era un ejercicio rompedor en cualquier familia bien? ¿Por qué surgió una juventud que, de pronto, se interesó por la música de los negros y fue a bailar con ellos? La música como herramienta de cohesión social, como palanca para romper y cambiar convencionalismos del pasado. He aquí el gran cambio que se produjo en la sociedad norteamericana blanca de los años 50. Y en este proceso, el rol de Elvis es referente imprescindible. Su figura, más que música, sintetizó aquel proceso de asimilación de las grandes migraciones desde el sur rural al norte en vías de industrialización. Porque el rock de Elvis convirtió en paisaje urbano un sonido que hasta entonces apenas sonaba en los campos, pero quizá más importante es que Elvis cambió el lamento negro por cierta rebeldía pública, sin distinción de raza o clase social. Otra vez, el rock como catalizador del cambio, que es el aspecto que, a la postre, logró afianzar al rock como sonido mundial. Lo explica muy bien Greil Marcus en su seminal ensayo Mistery train, que no por casualidad rescata el título, como genuina metáfora del destino y el deseo, del último single que Elvis Presley publicó en 1955 en la disquera Sun Records.

Ataúd Vacante 2007

Medio siglo después de Elvis, las chicas de Pussy Riot se enfrentan a Putin con rock y no con pop o guitarras de cantautor, porque en Rusia el rock es aún revolucionario. Como una vez lo fue en América. Pero no siempre ocurrió así. Cuando The Rolling Stones llegaron antes de la hora convenida a los estudios Sun de Memphis, allí encontraron a un hombre que limpiaba las ventanas. Era Muddy Waters, que completaba con cristales lo que ganaba en bares de mala muerte. Pero con Elvis esto empezó a cambiar. De pronto el blanco quiso bailar como un negro y la música fue su primer vehículo de integración. Pero a pesar de la conquista histórica sin la que no se entendería la sociedad actual, la música continuó arrastrando otro sambenito oportunista. Música como sonido de fiesta, poco más. Cierto es que la fiesta ya no distinguía razas, o al menos fue cayendo la segregación de tantos siglos, pero la música, esa música para negros y blancos, seguía ceñida al ámbito lúdico. Y aquí se sitúa el subrayado ante la importancia antropológica de otra referencia inevitable. Si con Elvis el rock rompió barreras raciales, con Bob Dylan el rock y algunos hijos darían un salto intelectual sin parangón. Si con Elvis el rock salió del campo y llegó a la ciudad, con Bob Dylan y su generación folk eléctrica el rock consiguió entrar en las universidades, en la vida cultural de las ciudades norteamericanas y, por supuesto, en buena parte de la mejor literatura (¿o es que se entiende sin rock a Kerouac o a Burroughs?) y también en el mejor cine como retrato de su tiempo, ¿o no son genuinas películas rock Apocalypse now o Easy rider?

Ataúd Vacante banda

Nunca he preguntado a Silver, Fafe, Manolo y Pistol si crearon Ataúd Vacante para cambiar el mundo. Serían dos estupideces: la pregunta y el intento, ay, de cambiar el mundo. Pero sí estoy convencido de que el grupo nació en Tenerife para intentar cambiar su pequeño mundo insular. Este patio cercado por el mar, cárcel de muros azules, como dijo Pedro Lezcano. Y la vez que Ataúd Vacante estuvo más cerca de alterar el rumbo de la música contemporánea en las islas ocurrió con Chorros de amor (JaJa Records-Manzana, 1988), con su paleta de rock a borbotones con pespuntes de glam y, al fondo, cierto soniquete billy. No es el mejor disco de Ataúd Vacante, quizá tampoco hace justicia a la poderosa fuerza de directo que desplegaba el grupo en concierto, pero para el momento fue una atlética carta de presentación del nuevo rock hecho en Canarias. Y no fue 1988 un año cualquiera: AC/DC publicó Blow up your video, Public Enemy confirmó su apuesta con It takes a nation of millions to hold us back, lo mismo hizo Jane´s Addiction con Nothing’s shocking, Guns N’ Roses explotaba Appetite for destruction y Living Colour debutó con Vivid. Por cerrar la foto de época, el 25 de junio moría por sobredosis Hillel Slovak, guitarrista fundador de Red Hot Chili Peppers. Faltaban tres años para Blood sugar sex magik.

“Antes que Elvis no había nada”. Dicen que lo dijo John Lennon. Suena duro, pero tiene su explicación. Quien escuche a Skip James, Robert Johnson, John Lee Hooker, y también a Chuck Berry, Johnny Cash o Ritchie Valens entenderá que antes de Elvis ya existía música. Pero lo que Lennon intentó destacar con “nada” es el uso de la música como elemento de rebeldía masiva entre gentes de toda raza y clase social. Hasta el mismo Dylan lo reconoció al afirmar que cuando escuchó a Elvis por primera vez supo que nunca sería empleado de nadie, que nunca tendría un jefe: “Escuchar a Elvis fue como salir de la cárcel”. Es la importancia social que da valor a la obra de Presley, aunque tiene mayor enjundia el desarrollo posterior del rock como elemento contracultural actual, las manifestaciones contra Vietnam, la ruptura con la cultura sexual obsoleta de trabajo, familia e hijos, con el modelo de familia blanca americana, con poesía de riesgo y su influencia creciente en política, la nueva relación con las drogas, la nueva tendencia de viajar y conocer mundo… en definitiva, cuando el rock se convirtió en el sonido rebelde que anunció cambios en el mundo, y hasta hoy.

LAURA SÁNCHEZ Silver (Plaza del Cristo, 22.9.2007)

De vuelta a casa, en la última década del siglo pasado, Ataúd Vacante intentó representar esa rebeldía de vivir deprisa. Y el conjunto del barrio de Duggi aún escribió otros cuatro capítulos clave para comprender el sonido rock fabricado en Canarias. En 1990 se editó en vinilo En facturation (JaJa Records-Manzana) y, ya en compacto, Tractores surgió como nombre nuevo en el recopilatorio de 1992 Ataúd Vacante Fin, el último eslabón de la carrera del grupo en Manzana. Subiremos al cielo, disco nonato de 1995, marcó la etapa más difusa de Ataúd Vacante y ¡Dejen eso!, otra compilación (no) editada en 2007, con la excusa de la noche de regreso en la plaza del Cristo, vino a evidenciar que aquí aún hay energía útil. Porque conviene dejarlo claro: Ataúd Vacante no fue el mejor grupo canario de rock. Ni tampoco creo que ellos buscaran serlo. Nunca tuvieron manos libres en sus producciones, cedieron a veces a la presión de la industria, quizá en el anhelo de encontrar una autopista hacia el cielo nacional.

Pero los cuatro de Duggi sí pueden ser reconocidos como el grupo más potente en concierto de todos los que han pisado escenarios isleños. Atesoran méritos ganados a pulso en jardines, plazas, salas y teatros. Aquí van cuatro estampas de la memoria: aquella tarde de 1989 en el parque Viera y Clavijo con Silver botando con un pie enyesado; abriendo para Los Ronaldos en Santa Cruz de La Palma, con la alineación del CD Tenerife anunciando al grupo el 10 de julio de 1990; en el Festival de Ruido, en el pub La Calle de Las Palmas, un tórrido 14 de agosto de 1993, con la primera división del rock regional; en su ciudad, en la plaza de España, aquí en Santa Cruz, en la fiesta del Día de Canarias de 1994, cuando Silver trepó los focos y cantó Tú seré agarrado a la vida como mono de feria; y, quizá el cuarto de hora de gloria más logrado, el 25 de mayo de 1995, en la sala Revólver de Madrid, en la mayor muestra de rock hecho en Canarias que jamás pisó suelo peninsular. También en periódicas apariciones de Ataúd Vacante (entonces D-Tractores, ya con Sito Morales, el mejor quinto hombre) en la sala Ruta 66, aquel hito independiente que Tenerife, y Canarias, dejó morir de pena tras haber puesto a las islas en el mapa nacional del rock.

Ataúd Vacante - Fafe

Pero no quiere ser este ejercicio retrospectivo una excusa para el lamento, dios nos libre. Es preferible anotar en rojo la historia reciente, recobrar energías y celebrar el nuevo siglo con los hijos musicales de estos cuatro pibes que, respeto, pelearon por lo suyo en un momento que también era el nuestro. Lo dijo Mario Pacheco, y dicen que antes lo dijo Gabo: no hay nada mejor que hablar de música. Así que otro día rescataremos la llegada a África de las primeras guitarras eléctricas, ah, aquel instrumento del diablo. Del efecto que tuvo la guitarra de rock progresivo en la escena peruana de los años 70 o de cómo un grupo chileno hizo el sonido que más se acercó a la etapa lisérgica anglosajona (una chanza que una vez escuché en Santiago: ah, Pink Floyd, ¿esos no son los que hicieron lo mismo que Los Jaivas en Inglaterra?). De aquel pibe argentino que soñó con sonar como The Police cantando en español y, carajo, lo logró.

De Amiri Baraka, autor de aquella frase memorable (“si Elvis era el rey, ¿quién es James Brown? ¿Dios?”) y su influyente ensayo Blues people: negro music in white America sobre el origen de la música popular entre la población negra en Estados Unidos. O de aquel otro ejemplo envidiable del respeto debido al rock: hace un año David Letterman invitó a Tom Waits a presentar el disco Bad as me. Después de presenciar la actuación en directo en el estudio, Letterman saludó, uno por uno, a los músicos del bardo de Pomona. No sólo hubo respeto entre estrellas, también por los músicos, entre ellos David Hidalgo de Los Lobos. ¿Se imagina usted algo similar aquí? ¿Se imagina, ay, a tal Vázquez y sus triunfos saludando a la orquesta? Ah, no, que con la crisis ya no hay para pagar a la orquesta. A partir de ahora la música en televisión será play-back. Me temo.

Ataúd Vacante - Caminando sin mirar

Publicado en el libro Caminando sin mirar

Editorial Los 80 Pasan Factura, 2014

Fotos de Jesús López, Ventura Mendoza y Laura Sánchez

 

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