Maud Westerdahl, eslabón del surrealismo en Canarias

7 Ene

Maud

por Carlos Fuentes

Es un tópico, y quizá no del todo ecuánime, pero que ha hecho fortuna: junto a un gran hombre suele encontrarse una gran mujer. Y con la artista de origen francés Maud Westerdahl esa idea común de nuestra sociedad tuvo un ejemplo a seguir. Nacida como Madeleine Bonneaud en la ciudad de Limoges en 1921, su trayectoria artística y vital representó como pocas la versión femenina del importante movimiento surrealista que anidó en Canarias en el primer cuarto del siglo pasado con Gaceta de Arte. Suya es la visión de mujer de la corriente artística que intentó cambiar el rumbo del arte contemporáneo hace ya un siglo.

De profesión esmaltadora y licenciada en Letras por la Universidad de Poitiers, Maud Bonneaud encontró un camino propio en el mundo del arte después de conocer al gran teórico del surrealismo, su compatriota André Breton, cuando era colaboradora de revistas de arte francesas como Cahiers du Sud y Profil Littéraire de la France. Ya en 1943 se trasladó a París para ampliar contacto con los miembros del grupo surrealista de la capital francesa. Por esa época también conoce al colectivo de artistas españoles en el exilio, grupo en el que Pablo Picasso era una referencia imprescindible. En Alemania, con Jean-Paul Sartre, se encarga de la decoración para el montaje teatral de Las moscas.

Con otro pintor, el titán del surrealismo tinerfeño Óscar Domínguez, comparte aventuras en París, donde termina por contraer matrimonio con el apóstol de las decalcomanías. La pareja duraría hasta el invierno de 1954, momento en el que Maud viaja a Tenerife y Gran Canaria tras aceptar una invitación del crítico de arte isleño Eduardo Westerdahl. Con él contrae segundas nupcias y tiene en 1957 a su único hijo, Hugo, ahora convertido en músico de referencia para las nuevas corrientes sonoras en la escena española. En Madrid, Maud, ya Maud Westerdahl, expone junto a César Manrique y, de vuelta a su domicilio en la avenida Reyes Católicos de Santa Cruz, potencia su labor literaria y artística.

Suyos son una serie de trabajos en esmalte de calidad puntera incluso a nivel internacional, su biblioteca de arte, su colección de arte africano y asiático, así como obras representativas de los pintores y escultores con los que trabajó o trabó sincera amistad. De Picasso a Man Ray, de Baumeister a Tàpies y Dora Maar o Kandinsky; por supuesto, con presencia de primeros espadas en el arte isleño como César Manrique, Manolo Millares, Martín Chirino o Lola Massieu. Su última exposición, Fabulario, se desarrolló en 1980 en la galería Rodin de Santa Cruz, ciudad en la que veinte años antes había promovido la feria de arte por Navidad en el Círculo de Bellas Artes. Falleció Maud en el invierno de 1991 dejando atrás su vida vivida con plenitud y valentía. Un ejemplo que no muere.

Publicado en la revista Canarias Gráfica en junio de 2014

 

 

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