Archivo | mayo, 2015

La noche española que ‘Lucille’ enamoró a ‘Gerundina’

22 May

B.B. King

por Carlos Fuentes

Entre el eco de los grandes escenarios y los fuegos fatuos de la fama televisada hay marcas de los años del fuego que no se olvidan. B.B. King siempre recordaba las penurias de los primeros tiempos del blues, o al menos del blues de su vida. Una trayectoria azarosa que este apóstol incansable del blues desplegó durante siete décadas de actividad musical protagonizando más de quince mil actuaciones. Con Riley B. King, fallecido esta madrugada en su residencia de Las Vegas después de haber superado una reciente hospitalización por problemas derivados de la diabetes, desaparece uno de los últimos eslabones originales del gran periodo de expansión comercial, y de reconocimiento social, dicho sea de paso, de la música negra norteamericana.

Como en el más purista de los cánones del blues, B.B King nació en un pobre poblado surgido al abrigo laboral de las grandes plantaciones de algodón del estado de Misisipi. En aquel hogar de braceros, en Itta Bena, localidad que aún hoy apenas acoge a dos millares de vecinos, el niño King, el hijo del aparcero Albert y Nora Ella King, pronto aprendió que nadie iba a venir a sacarle las castañas del fuego. Con cuatro años, su madre abandonó el hogar familiar y el pequeño vástago fue trasladado a la vecina Kilmichael para crecer al cuidado de la abuela Elnora. Allí comenzó a frecuentar la iglesia baptista, donde principió en el coro religioso. El anecdotario dice que compró su primera guitarra por apenas quince dólares, aunque hay quien apunta más alto y alimenta el mito con un regalo del bluesman Booker “Bukka” White. Da igual, ya está la guitarra y aquí empieza el viaje épico de un muchacho negro del sur profundo hacia la cima del reconocimiento internacional del blues, su instrumento y, sobre todo, su capacidad para tañer la guitarra con una técnica depurada pero asequible a oídos del profano. Del profano blanco, se entiende.

BB King

Empleado todavía en oficios comunes, de adolescente encontró trabajo como chófer de un tractor y pudo ampliar su campo de acción a Greenwood, ya una ciudad de proporciones respetables y, en esencia, una de las estaciones de paso en la ruta crucial que hizo la música negra entre Memphis y Nueva Orleans. Lo intentó una vez en la ciudad del norte, duró apenas un año, volvió a Misisipi y, de verdad, apostó tiempo y dinero (ay, las apuestas, la fiebre de no saber si saldrá cara o cruz, que luego generaría problemas en los años de la abundancia) en un segundo intento para hacerse un hueco en la competitiva escena del blues de Memphis. En la calle Beale, allí fue donde fue bautizado Blues Boy King, y para la posteridad quedó ya su nombre artístico: B.B. King.

B.B King

La carrera discográfica de este titán de la guitarra de blues comenzó bajo las alas de otro nombre grande de la música popular norteamericana, Sam Philips, que luego fundaría la discográfica Sun Records, hogar de (tome usted aliento) Elvis, Johnny Cash y Roy Orbison, entre otras luminarias del rock. En 1952 su versión de 3 o’clock blues se convirtió en un primer éxito reseñable. Con los años esta pieza sería un momento genuino de sus conciertos multitudinarios, en compañía de otros clásicos seminales de la música negra como Every day I have the blues, Black angel blues o The thrill is gone o de las más populares To know you is to love you y I like to live the love. En 1969 abrió como músico invitado el tramo norteamericano de la gira de The Rolling Stones, lo que a la postre amplió su audiencia hacia el rock rebelde hijo de los tiempos revueltos en los años 60. Con Mick Jagger volvería a coincidir medio siglo después en el salón de la casa blanca más famosa del planeta. Stones y blues para rendir el homenaje a la población negra y su honda huella en la cultura norteamericana desde la misma presidencia de los Estados Unidos. Fue allí, sostenido por la pareja de amigos y otros músicos aliados (Buddy Guy, Jeff Beck, Keb Mo…), cuando Barack Obama se lanzó a interpretar Sweet home Chicago. “Mientras ensayábamos, entró el presidente. Parecía muy relajado y feliz”, comentó Mick Jagger en Twitter. Definitivamente, los tiempos habían cambiado. Y mucho.

BB King guitar

La proyección internacional y el alto grado de popularidad alcanzados por B.B. King despegó a principios de los años 80. Primero vino su ingreso en el Blues Hall of Fame y, siete años después, en 1987, en el Rock and Roll Hall of Fame. Al año siguiente otra alianza interesada siguió derribando murallas invisibles. De excursión por las raíces de las músicas negras de Estados Unidos, los cuatro de U2 pergeñaron un artefacto doble llamado Rattle and Hum en el que, entre tanto fuego de artificio y sobreactuación deslavazada, sobrevivió una pieza en verdad incandescente. When love comes to town prendió las llamas de un nuevo público para B.B. King, la audiencia pop de los irlandeses que ya nunca se olvidaría del padre putativo del blues contemporáneo. Un artista que nunca regateó ayuda ni sustento a los que vinieron después: colaboró con Eric Clapton, Blues Brothers, Koko Taylor, Bo Diddley e incluso con la cándida Carole King.

BB King & Raimundo Amador

En España B.B. King sacó a pasear muchas veces a su guitarra Lucille, con la que entre broma y vera decía que se acostaba cada noche. Apareció por aquí mediados los años 90, época de abundancia en la que casi cualquier festival que se preciara apostaba por su concierto solvente, generoso y enérgico. Y fue aquí donde el ya abuelo del blues conoció a Raimundo Amador, el guitarrista flamenco de las 3.000 viviendas de Sevilla, la mitad de Pata Negra, la tercera parte de Veneno. Y Lucille se enamoró de Gerundina en mil noches de verano, quizá porque los lamentos añejos del profundo sur algodonero resuenan como un eco lejano en las colinas del sur ibérico. Raimundo Amador, con los años, se convirtió en uno más de la familia. Y la familia, para B.B. King (padre de quince hijos, abuelo de medio centenar de nietos) y para los gitanos andaluces, siempre es lo primero. Lo recordaba el guitarrista flamenco hace cuatro años en la revista Jot Down. “El año pasado [2010] fui a verle y lo primero que hizo fue preguntarme por mi hija, que la sacaba al escenario cuando era pequeña, y le dije al traductor que le dijera que se ha casado y está embarazada: se quedó prendado. Y lo segundo que me preguntó era si me había traído la guitarra”.

BB King 1969

De creencias tradicionalistas, hijo del tiempo que tocó vivir, B.B. King simpatizó primero con el Partido Republicano y terminó trabando amistad cercana con la familia Bush. Sobre las tablas dejó una influencia determinante para entender a carta cabal los orígenes y la evolución contemporánea de la guitarra de blues. Quizá no inventó nada B.B. King, pero su impronta con el instrumento iba a convertirse en una hoja de ruta imprescindible para las nuevas generaciones. Porque fue tan larga la carrera de este hombre orondo, sencillo, conversador y divertido, tan prolija en anécdotas y aspectos tangenciales, que hasta a ver la adopción del flamenco-blues por artistas indie le dio tiempo. Howe Gelb tendrá hoy un mal día. Como otros muchos que escucharon en B.B. King la memoria latente del último gran pueblo esclavizado por el poder. Testigo postrero de una ruta asfaltada de sufrimientos y lágrimas que, como dijo Amiri Baraka, empezó en la isla de Goreé. “Somos el blues, lo pasado, lo ido, la energía, el frío”.

Publicado en el diario El Confidencial en mayo de 2015

Anuncios

Buena Vista Social Club: memoria cubana del son

4 May

Buena Vista Social Club

por Carlos Fuentes

Fue el último bolero del siglo XX. Hace casi veinte años, una casualidad logró reunir en La Habana a los supervivientes de la época dorada de las músicas cubanas. Ahora el disco Lost and Found rescata piezas inéditas de aquellas sesiones antológicas. Omara Portuondo, Eliades Ochoa y el productor Nick Gold glosan a Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Cachaíto y Rubén González en memoria del montuno, el cha cha chá, la guajira y el danzón.

Todo surgió de repente en La Habana. Nick Gold y Juan de Marcos González tenían estudio, pero no muchos músicos. Sí estaban Eliades Ochoa y Cachaíto López. Luego se sumaron Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Rubén González y Omara Portuondo. También Guajiro Mirabal, Puntillita y Pío Leyva. Seis días de marzo de 1996 para grabar lo que sería el álbum de resurrección de una de las músicas más poderosas del planeta, con el aliento de Ry Cooder siempre detrás. Con ocho millones de copias vendidas desde su publicación a final del año siguiente, Buena Vista Social Club fue luego película de Wim Wenders, colección de discos individuales (hasta una docena además del álbum titular), premio Grammy, gira mundial aún en marcha y, en fin, todo un acto de justicia histórica con los escasos supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. “Sentía que me había estado preparando toda la vida para esto”, dijo Ry Cooder, que viajó a Cuba vía México para burlar el bloqueo norteamericano a la isla de los barbudos. Otros tiempos, casi ayer. Así renació el son montuno.

Buena Vista Social Club (1999)

OMARA PORTUONDO: LA REINA DEL BOLERO

Antes fue la novia del filin, aquel bolero preñado de jazz que hizo fortuna en los años 50, pero Omara Portuondo (La Habana, 1930) es mucho más que una voz cualquiera de mujer. En 1996, en una carrera con altibajos (cantó con Nat “King” Cole en Tropicana, luego su eco se opacó), anuló una gira por Vietnam para quedarse en La Habana. “La culpa de todo fue del inglés. Quería grabar con unos africanos y con Celina González, pero aquellos músicos africanos no llegaron y, como no tenían dama, me llamaron a mí”, explica divertida. Era un ajuste de cuentas con la historia. “Así es la vida. La música cubana se había olvidado, como ocurre en la vida con otras muchas cosas. Mira el rock, aún se hace en todas partes y los jóvenes no saben que por mucho tiempo la música cubana fue así. En todos lados se cantaba bolero, mambo y son campesino. La música tradicional es tan de Cuba como el guajiro o la bandera, y no exagero”.

Ya no están Compay Segundo (1907-2003), Rubén González (1919-2003) ni Ibrahim Ferrer (1927-2005). ¿Cómo era trabajar con ellos? “Muy fácil, todos eran magníficas personas. Eran tres maravillas de hombres”. Desde París, poco antes de volar para cantar en Australia, la voz de Silencio evoca también el tesoro humano del club de la Buena Vista. “Aquel éxito descubrió al mundo a esos grandes artistas, también sus historias humanas, que a veces no fueron tan alegres como parece”. Omara sabe de lo que habla: de reinar en la noche habanera a casi eclipsarse en discos de pobre repercusión en los duros años ochenta. Y ha hecho casi de todo. “He sido bailarina de rumba, mambo y cha cha chá”, dice. “Canté bolero, que nació para enamorar a las muchachas, y esa ha sido mi suerte, he podido hacer de casi todo. Y seguiré cantando hasta que me llegue el momento. La canción es parte de mi vida; sin ella me siento mal”.

En Lost and Found (World Circuit-Music As Usual, 2015), Omara interpreta dos piezas nutritivas: el seminal bolero-son de Matamoros Lágrimas Negras, grabado a última hora en las sesiones de 1996; y un guiño histórico registrado ocho años después: una versión de Tiene Sabor con el etéreo aire vocal que el cuarteto Las D’Aida interpretaba con Nat “King” Cole en las noches únicas del mítico salón de Marianao. “Era un tipo muy inteligente y como persona, muy decente. Cantaba muy bien, tenía un conocimiento musical extraordinario. En Cuba entonces había mucha afinidad con los músicos norteamericanos, venían a La Habana para gozar e intentar coger influencias de nuestro ambiente”.

Eliades Ochoa

ELIADES OCHOA: EL GUAJIRO DEL SON

Secundó en su grabación postrera al legendario Ñico Saquito, rescató al añejo Cuarteto Patria y mantuvo viva la llama del son cubano frente al olvido hasta la aparición de Compay Segundo con la antología Semilla del Son de Santiago Auserón. Guajiro de monte adentro, Eliades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946) domina como pocos en Cuba la guajira campesina que hizo grande Portabales. Él ya estaba en el estudio EGREM cuando prendió la chispa de Buena Vista. “Me dijeron de grabar con africanos, pero esa gente nunca llegó. Y el productor decidió hacer un disco con los cubanos. A mí no me fueron a buscar, ya estaba sentado esperando para grabar”, recuerda el músico de Oriente, cuna del son. “Y me alegro de haber estado. Este disco abrió las puertas del mundo a las músicas cubanas. Los sonidos tradicionales estaban algo abandonados y llegó una ráfaga fuerte. Con Buena Vista todo lo que tenía olor a son cubano salía para el extranjero. Fue tremendo: llamaban desde cualquier rincón del mundo”.

Eliades Ochoa asume la herencia que recibió de los veteranos desaparecidos. “Eran los verdaderos maestros de nuestras músicas. Ahora tratamos de seguir su ejemplo para conservar la riqueza de su obra, su seriedad en el trabajo y la manera de proyectarse sobre el escenario. Marcaron el camino para llegar, nos señalaron una autopista para la música cubana”, indica el cantante, que ahora rescata Macusa a dos voces con Compay Segundo, similar combinación que bordó el emblemático Chan Chan que abre el disco original. “¿Qué me queda por hacer? Todavía mucho. Estoy empeñado en llevar estas músicas que tanto bien hacen por el ánimo de la gente a todos los rincones del mundo. Allá donde voy me reciben con cariño, con amor, y eso me da las fuerzas necesarias para continuar mi trabajo. Amor con amor se paga, y mientras respire y pueda mover mis manos, allí estaré enseñando al mundo qué es la música cubana”, añade Ochoa, a quien le gustaría ser recordado “como lo que soy, el Eliades que soy, un tipo de pueblo que camina por las mismas calles que camina el pueblo”.

Rubén González & Nick Gold NICK GOLD: NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA

El productor Nick Gold (Londres, 1961) todavía se emociona cuando habla de aquellos días en La Habana. “Hace poco volví a escuchar las cintas originales y fue muy extraño: la música, como se grabó, me transportó de nuevo al estudio. Nunca creímos que fuera a pasar lo que pasó, ni tampoco nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo. Siempre había un ambiente increíble, la confianza de los músicos era absoluta, todos tocando para todos con mucho entusiasmo. La atmósfera era extraordinaria, muy orgánica, energética”, explica el director de World Circuit, disquera para la que nada fue igual tras editar Buena Vista. “Lo que vino después nos sorprendió a todos. El fenómeno fue creciendo poco a poco, empezó con el primer disco y fue cogiendo camino cuando se editaron los discos de cada músico. Ayudó mucho actuar en Amsterdam y Nueva York, también la película, por supuesto. A los tres años aquello ya era imparable”.

Para Gold, que antes había grabado al bluesman malí Ali Farka Touré y luego rescató a la senegalesa Orchestra Baobab, el éxito fue cuestión de apostar por la calidad dormida de los últimos de Cuba. “Nunca había escuchado una voz como la de Ibrahim. Era un maestro en las piezas lentas y también muy bueno con las bailables. Como persona era un tesoro, siempre amable y disciplinado. Nunca se creyó que era una estrella”. También añora los ratos compartidos con Rubén González. “Era un tío increíble. Tuve una suerte extraordinaria al poder sumarlo al proyecto. No podía parar de tocar, en 1996 ya llevaba mucho tiempo sin piano en casa. Y en el estudio estaba realmente on fire. Era muy inventivo, con un talento enorme y un gran sentido del humor. Cuando no tocaba, y eso ya era raro, siempre estaba con bromas”, explica el productor, quien apunta el primer disco en solitario del pianista como su capítulo preferido de la aventura cubana. “Aún recuerdo su grabación, a dos días de dejar el estudio. Él llegaba siempre muy temprano, siempre era el primer músico en llegar, y ya tenía en la cabeza todo lo que quería tocar. En ese disco yo sólo tuve que pulsar el botón de grabación, de algún lado de su memoria emergía una música poderosa”.

Catorce años después de Buena Vista Social Club, Nick Gold rescató aquella idea original de grabar con músicos africanos y cubanos. En Madrid logró reunir a Eliades Ochoa, Toumani Diabaté y Bassekou Kouyate para registrar el disco Afrocubism (2010). Son y guajira con kora y ngoni, pero ese ya es otro cantar.

Carnegie Hall

Aquel sonido ardiente y pegajoso

El mundo siguió girando tras Buena Vista Social Club y, en Londres, World Circuit continuó publicando buenas músicas cubanas y africanas, aquí bajo distribución primero de Nuevos Medios y ahora de Music As Usual. El disco más reciente, además, ajusta otra cuenta histórica. Abelardo Barroso fue una voz suprema de la música bailable del ecuador del siglo XX en Cuba. Lideró la Orquesta Sensación y, sorpresa, su fama engordó en África, donde su voz de exboxeador se equipara en popularidad con las de Benny Moré o la primera Celia Cruz. “Es otro cantante que realmente adoro. Escuché por primera vez su voz en algún lugar de África, Malí o Senegal, porque en toda África occidental sus canciones son tremendamente populares”, explica Nick Gold, satisfecho de poder invertir los réditos cubanos en redescubrimientos de la época dorada.

En la isla de Cuba, no obstante, tardó en calar el sonido añejo del rescate histórico del son y el bolero, músicas con las que se reconcilió buena parte de la población más joven que no conoce otra Cuba que la revolucionaria. El productor habanero René Espí dirigía Los Grandes Todos en Radio Ciudad de La Habana, una de las escasas ventanas a las gloriosas músicas de ayer en Cuba, e incide ahora en que “lo más positivo” del fenómeno Buena Vista Social Club “fue, sin duda, las oportunidades que dio a algunos músicos muy veteranos para reaparecer tras demasiados años de silencio y ostracismo”. “Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González tuvieron la segunda oportunidad de sus vidas”, explica el autor de la antología La Habana era una fiesta. “Por aquellos días en La Habana, el público más avezado, el más veterano, echaba en falta el empaste, la calidez y el timbre sólido que tenían los conjuntos cubanos en la época dorada”. En el disco, el ingeniero Jerry Boys apostó por un sonido más reposado que atlético. “Quizás fuera intencionado, quizás Ry Cooder tuviera en su cabeza el sonido de una casete reproducida hasta el desgaste absoluto”.

Publicado en la revista Rockdelux en abril de 2015