Archivo | agosto, 2015

Gorée, una isla para no olvidar las lecciones de la historia

26 Ago

por Carlos Fuentes

Pocos lugares condensan tanta historia y tanta carga emocional como esta pequeña isla situada en la bahía de Dakar, frente a la capital de Senegal. Con un pasado marcado por la explotación del ser humano, la esclavitud y el expolio de África, la isla de Gorée es ahora un lugar de recogimiento, respeto y sentido homenaje para recordar aquellos tiempos pasados que fueron peores.

Accesible en una cómoda excursión de media hora en transbordador, a apenas tres kilómetros de distancia del agitado puerto de Dakar, la capital de Senegal, la isla de Gorée tiene una superficie de diecisiete hectáreas con forma de bumerán. Al abrigo de su pequeña rada se encuentran el puerto pesquero y la playa donde locales y vecinos de Dakar acostumbran a disfrutar del descanso, el mar y el sol. Declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1978, esta pequeña prolongación isleña del país de referencia del África occidental atesora una historia de intensidad incomparable.

Aquí, en Gorée, se encuentra la Casa de los Esclavos, el lugar desde donde se traficaba con seres humanos hacia las potencias coloniales de Europa y, sobre todo, hacia las grandes plantaciones agrícolas de América. Construida a finales del siglo XVIII, la Maison des Esclaves fue reabierta como museo en 1962 para honrar la memoria de los millones de africanos que fueron secuestrados de sus pueblos, vendidos como cualquier otra mercancía y luego transportados a la fuerza en condiciones infames de salud hacia los puertos del nuevo mundo.

Malecón de isla de Gorée (Senegal)

En la isla de Gorée se puede visitar la Puerta del No Retorno, una pequeña ventana de piedra labrada donde eran embarcados los esclavos capturados en el interior del continente con destino a América. Los traficantes esclavistas, que llevaban a África productos manufacturados, estaban establecidos en puertos europeos como Nantes y El Havre (Francia), Bristol y Liverpool (Gran Bretaña) y Amsterdam (Holanda), adonde llegaban después materias primas, metales preciosos y maderas que lograban en América con los beneficios de la trata. En ese triángulo vicioso, que comenzó en 1619 cuando un barco negrero holandés desembarcó con los primeros esclavos africanos en las costas de Virginia, se estima que fueron transportados más de diez millones de personas africanas.

Ahora en la isla de Gorée la estampa austera de la Puerta del No Retorno, pura piedra marcada por las huellas del salitre, testimonia el último recuerdo africano que los miles de esclavos se llevaban del continente. Punto neurálgico de esta isla senegalesa, la Puerta del No Retorno ha sido homenajeada entre otros por figuras emblemáticas de la raza negra como el primer afroamericano elegido presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el emblemático líder para la emancipación de África Nelson Mandela. “Este es un testimonio de lo que pasa cuando no estamos vigilantes para defender los derechos humanos, pero esta visita me da incluso mayores motivos para defender los derechos humanos en cualquier lugar del mundo”, señaló el presidente Obama en su viaje de 2013. En 1992 el papa Juan Pablo II ya pidió perdón por los siglos de esclavitud.

Casa de los Esclavos en Gorée (Senegal)

Pero la historia de la isla de Gorée no es sólo el recuerdo de una tragedia, de aquella época oscura de la historia que también es reivindicada en otras zonas de las costas de África occidental como las localidades senegalesas de Podor, Matam, Juffure, Saint Louis o Saly, así como en Fort James (Gambia). Esta acogedora isla sin coches ni carreteras asfaltadas ofrece más puntos de interés histórico, social y cultural como el Museo de la Historia de Senegal, el Museo del Mar, el Museo de la Mujer Africana, la veterana escuela William Ponty y la antigua fortaleza que daba protección a Gorée de asaltos navales de piratas.

Puerto de la isla de Gorée (Senegal)

También es interesante la oferta de ocio, centrada en la zona de la pequeña bahía con algunos restaurantes y cafeterías con terrazas que ofrecen comidas típicas senegalesas como el chebuyem de arroz y pescado fresco o bebidas tradicionales como el té hecho con flores del hibisco llamado bissap. Antes de regresar al transbordador que devuelve a los visitantes a la agitada vida urbana de Dakar, merece la pena pasar un rato de descanso en alguna de estas terrazas para disfrutar de una panorámica única sobre el puerto de la isla de Gorée y no olvidar nunca las lecciones que nos deja la historia más trágica de África.  

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Artesanía africana para todos los gustos

Cualquier viaje a Senegal es una buena excusa para pertrecharse de objetos de artesanía africana con los que luego recordar las vacaciones. Y en Dakar la oferta es casi infinita. En la gran metrópoli del África occidental existe media docena de mercados callejeros en los que el visitante puede adquirir vistosas telas estampadas, esculturas fabricadas con maderas nobles y joyería étnica. Si usted regresa de una excursión a la isla de Gorée tiene muy cerca uno de los mercados más interesantes. Instalado en la antigua estación ferroviaria que comunica Dakar con la ciudad de Bamako, capital del vecino Malí, el mercado abunda en abalorios de plata, bolsos de piel y piezas tradicionales con motivos religiosos. Aquí todo viene envuelto en ese reposado saber vivir africano en el que nunca falta la buena música, el trato cordial de los comerciantes y algunas ventas de comida y repostería africana recomendable para todos los gustos.

Publicado en la revista NT en febrero de 2015

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Arcos de arena, osos, géiseres y bisontes camino de Yellowstone

6 Ago

Montañas Rocosas 2

por Carlos Fuentes

Edmund Hillary dejó dicho que los humanos “no conquistamos las montañas, sino a nosotros mismos”. Y Belén Prieto y Paco Sánchez, dos apasionados por los grandes picos, no están por la labor de llevar la contraria al héroe del Everest. El verano pasado estos madrileños realizaron una excursión de altos vuelos: recorrer buena parte de los 3.220 kilómetros de las Montañas Rocosas, la gran cordillera que transcurre entre Nuevo México (Estados Unidos) y Columbia Británica (Canadá). “Elegimos este destino porque somos grandes amantes de las montañas”, recuerda ahora esta pareja de treintañeros. “Y es cierto que las Rocosas son una maravilla natural, pero también nos impresionó la calidez y la amabilidad de muchos estadounidenses que conocimos”, agregan.

El itinerario de Belén y Paco comenzó en Colorado y acabó en Montana. Por el camino pararon en los parques nacionales de Rocky Mountain y de Grand Teton, en el desierto de Utah y en Yellowstone y Glacier. El Parque de los Glaciares sólo conserva 27 de las 150 masas de hielo originales. Y en Utah se encuentra la mayor concentración de arcos de arenisca naturales del mundo, extraordinarios fenómenos geotérmicos como géiseres y manantiales de agua caliente”, explica la pareja, cuyos paseos entre rocas se vieron acompañados por abundante fauna salvaje. Desde ciervos, alces, linces, bisontes, coyotes y lobos hasta los peligrosos osos negros y grizzlies. “Pasamos algo de miedo los primeros días, mientras hacíamos senderismo y montañismo, por la presencia de osos”.

Bisontes Yellowstone

Belén y Paco buscaron remedio: en el parque de Yellowstone se apuntaron a una charla práctica con los guardas forestales para conocer cómo se puede prevenir un encuentro fatal con un oso salvaje: “Se debe ir haciendo ruido al caminar, cantando o dando palmas, para avisar de nuestra presencia. Si los osos notan la presencia humana tienden a esconderse, pero pueden atacar si se sienten amenazados”. ¿Pies para que os quiero? Pues no, todo lo contrario. “No hay que correr ni trepar a los árboles porque los osos corren más y trepan mejor”. ¿Entonces? “Si eres atacado, debes tirarte al suelo bocabajo para proteger el estómago y esperar a que el oso se aburra de zarandearte”. Belén y Paco no tuvieron problemas con los osos. “Seguimos la recomendación y sólo los vimos a distancia segura, con prismáticos. También hay que tener cuidado con los bisontes: son herbívoros, pero si se les molesta pueden atacar”.

Yellowstone

Al final de la aventura americana, estos viajeros madrileños se toparon con otra amenaza: los efectos del calentamiento del planeta. “El Parque de los Glaciares, en Montana, apenas conserva 27 de los 150 glaciares que existían a mediados del siglo XX. De continuar el efecto invernadero se prevé ya no quedará ninguno en el año 2030”, lamentan Belén y Paco. Preocupaciones ambientales aparte, el balance del viaje dejó un grato sabor de boca en los españoles. “Nos alojamos en el interior de los parques nacionales, donde se puede disfrutar de la experiencia de dormir en cabañas fabricadas de forma artesanal con maderas del bosque. Fue allí donde, ya maravillados por el paisaje, comprobamos que la amabilidad de los locales nos permitía hacer amigos, ver que mucha gente se interesa por la naturaleza salvaje y que entre todos podemos ayudar a que la conservación del planeta sea una realidad”, concluyen, optimistas, Belén y Paco.

Publicado en el diario Público en agosto de 2011