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Eduardo Galeano, la voz que abrió los ojos de América

13 Abr

por Carlos Fuentes

Hay voces que llegan antes de lo previsto, y que se adelantan a la política de lo políticamente correcto. Eduardo Galeano encarnó una. La voz de los sin voz, el eco latente de los pueblos que habían perdido algún partido con esa historia de convulsiones que se conoce por América Latina. Y fue su aliento de vida, esa energía moral inasequible al desaliento, su compromiso a la intemperie, el que terminó por alzarse en el andamiaje de casi toda la obra literaria y periodística que abordó después la autocrítica de la vida en el continente. Bien amarrado al acervo cultural latinoamericano, el escritor y pensador uruguayo deja una obra que supera estereotipos y que merecerá, sin duda, relecturas en tiempo real.

La América Latina que recibió a Eduardo Germán María Hughes Galeano en la clausura del verano de 1940 en Montevideo era la eterna crónica no escrita de un subcontinente devastado por enfermedades sociales que parecían plagas bíblicas. El subdesarrollo, el hambre y el miedo. El clasismo y el imperialismo. La vergüenza de raza y el sometimiento. Más que votos, en América campaban las botas y los uniformes verde olivo. Y al pibe Eduardo las primeras crónicas le salieron en forma de tiras cómicas sobre política para el diario socialista El Sol. Firmaba entonces Gius, con la pronunciación de su apellido paterno, rasgo que visto ahora se antoja premonición de la reivindicación latina que llevó siempre en la mochila. Ya en los años sesenta, junto a Mario Benedetti, otro personaje imprescindible para comprender a carta cabal la nutritiva literatura americana del último medio siglo XX, se embarcó en labores periodísticas en el semanario Marcha, donde coincidió con Juan Carlos Onetti, Alfredo Zitarrosa, el cubano Roberto Fernández Retamar y el peruano Vargas Llosa, entre muchos otros.

Eduardo Galeano 3

El 27 de junio de 1973 llegó el primer encontronazo con la realidad. Golpe de estado mediante, Uruguay se entregó manu militari a la administración de Juan María Bordaberry, que en nombre de la patria y el orden de los patriotas pronto cercenó libertades básicas y terminó por cerrar la revista progresista. El mismo Galeano, encarcelado por las autoridades golpistas, fue finalmente forzado a exiliarse. Eligió Argentina, pero Buenos Aires no iba a ser su último exilio. Es el tiempo de Época, la publicación que sirvió de combustible para alentar la lucha en América Latina, para dotar de un argumentario a la juventud latinoamericana que valoraba cualquier vía válida para acabar con la represión. Pensar en uno, pero también pensar en el vecino. Que viene a ser una versión más bailable de aquella frase memorable de su colega polaco: “El sentido de la vida es cruzar fronteras”.

Como Kapuscinski, el uruguayo lo repitió hasta el día final. El error, otra vez, es que cada país busque su camino. Que la única opción sea el puro canibalismo. “La guerra vecinal es una especialidad latinoamericana. Hemos sido diseñados, como países, para odiarnos entre nosotros. Para ignorarnos, también. Es lo peor de la herencia colonial. Hay otras herencias coloniales, como la de la impotencia. Esa que te dice: “nunca vas a poder, eso no se puede, nunca vas a ser capaz”. La condena a ser espectadores de la historia hecha por otros, incapaces de hacerla con nuestras propias manos, nuestra propia cabeza, nuestro corazón. Con nuestras propias piernas que caminan”.

cartel Galeano

De vuelta a Uruguay, Eduardo Galeano, de regreso otra vez del frío del exilio (en Madrid, donde residió hasta 1985), llegó para sumar. Al año siguiente ya estaba entre los impulsores de la demanda de revocación de la ley de punto final con la que militares de dictadura intentaron sacudirse toda responsabilidad por los crímenes cometidos en el santo nombre de la patria, de la bandera y del progreso. Su compromiso fue reconocido luego con varios premios honoríficos universitarios en América y Europa, también por colectivos sociales, culturales y estudiantiles de su continente natal. Acaso el galardón que más llenó el alma del autor de El libro de los abrazos fue el concedido hace cuatro años por la Federación Universitaria de Buenos Aires para reivindicar a Eduardo Galeano como “un ejemplo para la juventud latina”.

Acaso fue la vindicación del derecho a la duda que el propio escritor repasó en voz alta hace apenas un año. “La realidad [de América Latina] ha cambiado mucho, y yo también. La realidad es mucho más compleja precisamente porque la condición humana es diversa. Algunos sectores políticos para mí cercanos pensaban que dicha diversidad era una herejía. Incluso hoy hay algunos sobrevivientes de ese tipo que piensan que toda diversidad es una amenaza. Por fortuna no lo es”.

Su obra más conocida, Las venas abiertas de América Latina, y su extensión retrospectiva, Memoria del fuego, conforman el atlas del sufrimiento del pueblo, de los pueblos latinoamericanos, pero también son una apuesta desbocada por la esperanza y por la responsabilidad histórica de asumir un rumbo propio tras siglos de tutela extranjera impuesta. El primer libro, publicado en 1971, contó con un par de publicitarios de excepción. Pronto fue prohibido por los gobiernos dictatoriales de Videla en Argentina y Pinochet en Chile, y mal recibido en otra media docena de gobiernos autoritarios, pero se alzó rápido en el ideario de la justicia social que pugnaba por hacerse escuchar en las calles ensangrentadas, en las fábricas con sueldos de miseria, en el eco ahogado de los centros de tortura, en los hogares de hojalata de las familias de los desaparecidos.

Para el autor, empero, el libro de las venas abiertas también fue un peso eterno que ya no se sacudió de su mochila. Hasta hace un año, cuando aprovechó una feria literaria en Brasil para contextualizar su reflexión autocrítica en torno a su obra de referencia. “No volvería a leerla porque si lo hiciera me caería desmayado. No tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política cuando lo escribí. No me arrepiento de haberlo escrito, pero ya es una etapa superada”. No debió pensar lo mismo Hugo Chávez cuando en 2009, en la Cumbre de las Américas, regaló un ejemplar (en español) al presidente Obama. Un gesto que, a bote pronto, hizo del título de Galeano un libro best-seller en Norteamérica.

Eduardo Galeano 4

En lo emocional, el compromiso de Galeano con la cultura de los pueblos de América Latina nunca necesitó de actualización. Defensor de las minorías y de sus manifestaciones culturales, sin mirar mapas ni fronteras (en 1986 el primer premio Memoria del Fuego reconoció la devoción de los latinoamericanos por Joan Manuel Serrat), el escritor uruguayo conectó siempre con las formas de hacer poesía desde la canción cotidiana. Como en aquella letras de su amigo Daniel Viglietti: “La copla no tiene dueño, patrones no más mandar, la guitarra americana peleando aprendió a cantar”. También es mérito suyo la vindicación del fútbol como algo más que coliseo de emociones plebeyas. Mucho más que sucedáneo neoliberal del pan y el circo

En 1995 publicó El fútbol a sol y sombra para trazar una radiografía sentimental del pueblo a través de lo que cada domingo ocurre en el teatro del balón, el olor a hierba recién cortada y los sueños del que paga la entrada para escapar de casa. De ese libro-apología es una antológica descripción de la soledad del arquero, otro momento Galeano de compromiso con el desfavorecido por la fama y el dólar: “El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo la lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos”.

Y de vueltas a la vida, él que fue siempre un manantial de frases certeras, de reflexiones con fundamento y sustrato alimenticio, de optimismo en medio del temporal, regaló quizá un postrero resumen apresurado de su forma de vida a su amigo escritor y periodista argentino Jorge Fernández Díaz, otro de esos autores que trascienden épocas y continentes ahora que vuelven a soplar los aires del miedo a vivir en el Cono Sur. “El arcoíris terrestre es mejor que el celeste, tan mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y el oscurantismo. Los seres humanos somos mucho mejor de lo que nos contaron que fuimos”. Palabra de Galeano.

Publicado en El Confidencial en abril de 2015

 

Pedro Juan Gutiérrez: “Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales”

16 Nov

Pedro Juan Gutiérrez

por Carlos Fuentes

Vuelve el animal tropical. El escritor y poeta cubano Pedro Juan Gutiérrez reveló las caras ocultas de La Habana cotidiana en cinco novelas incendiarias sobre el barrio de Centro Habana. Ahora el autor matancero publica Fabián y el caos (Anagrama), la historia real de una amistad entre dos jóvenes durante los días (y las noches) de revolución, frustración y represión en la primera Cuba comunista de los años 60.

A Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950) le fueron a joder la vida cuando lo botaron de Bohemia. En la revista cubana vivió 26 años haciendo periodismo. Fue despedido, sin explicaciones, en enero de 1999. Tres meses antes había publicado Trilogía sucia de La Habana, libro guía de su nueva vida como escritor, y aquello fue un no parar. En cinco años encadenó otras cuatro novelas sobre su barrio de Centro Habana. En el año 2000 Animal tropical obtuvo un premio en Tenerife, la isla de su abuelo, emigrante de Santa Úrsula, y logró luego el italiano Sud del Mondo por Carne de perro. Ahora presenta Fabián y el caos, una historia armada con hechos reales sobre una amistad juvenil en la revolución y la represión en la Cuba comunista de los años 60.

Esta novela casi autobiográfica le costó remover heridas antiguas al escritor matancero. “Es biográfica hasta donde puede ser una novela en aquellos años vertiginosos, caóticos en lo político y en lo social. Años crueles marcados por la testosterona que jodieron la vida a mucha gente mientras otros se lo pasaban bien”, recuerda. “Los escritores cubanos tenemos que escribir sobre esa época para dejar por escrito cómo se vivió, no tanto desde la política sino desde la vida misma”, explica Pedro Juan Gutiérrez sobre una etapa oscura que vio nacer campos de trabajo forzado en el interior de Cuba, la infame UMAP (Unidad Militar de Ayuda a la Producción), para confinar a personas homosexuales, vagos y religiosos. “Durante veinte años pensé si debía escribirla o no por razones de ética”, reflexiona, “hasta que comprendí que era necesario remover el pasado; de hecho, ese es el trabajo del escritor”.

Pedro Juan Gutiérrez en Centro Habana

De aquella amistad en tiempos de cólera entre Pedro Juan y el joven Fabián por las calles efervescentes de la primera Cuba comunista surge un relato intenso, a ratos volcánico y descorazonado “porque habla de todo lo que queremos porque no lo tenemos”. “Detesto hablar de héroes, estoy de héroes hasta la punta de la coronilla, porque el ser humano es un animal con luces y sombras. Nunca se me ocurren personajes luminosos”. ¿Señal de que el animal de Centro Habana aún muerde? “El diablo se tranquiliza de noche para dormir, con los años se ha tranquilizado un poco, aunque la intensidad de vivir es un gran bagaje para escribir. Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales, y mi barrio está igual y así seguirá muchos años”. Continúa Cuba en periodo especial, ¿cambiará la nueva relación con Obama? “El proceso actual no tiene nada que ver con los años 60, de hecho este es un proceso antiheróico en el que la gente está tratando de incorporarse al mundo moderno, al mercantilismo. Vendrán cambios, seguro, pero al ritmo cubano”.

La historia (triste) de un amigo en Cuba

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Despuntan los años 60 en Cuba y dos chicos, el inefable Pedro Juan, fuerte, seductor, y Fabián, flaco e inseguro, miope y homosexual, a priori sin nada en común, se hacen amigos genuinos en los agitados primeros instantes de la Revolución. Viviendo deprisa de espaldas al discurso oficial, buscando siempre esquinas de libertad. Son los mimbres de Fabián y el caos pergeñados por el escritor al que una vez llamaron “el Bukowski habanero” (y no le hace ninguna gracia) por su obra directa, atlética, sórdida e inflamable.

Publicado en la revista C Magazine en octubre de 2015

La noche española que ‘Lucille’ enamoró a ‘Gerundina’

22 May

B.B. King

por Carlos Fuentes

Entre el eco de los grandes escenarios y los fuegos fatuos de la fama televisada hay marcas de los años del fuego que no se olvidan. B.B. King siempre recordaba las penurias de los primeros tiempos del blues, o al menos del blues de su vida. Una trayectoria azarosa que este apóstol incansable del blues desplegó durante siete décadas de actividad musical protagonizando más de quince mil actuaciones. Con Riley B. King, fallecido esta madrugada en su residencia de Las Vegas después de haber superado una reciente hospitalización por problemas derivados de la diabetes, desaparece uno de los últimos eslabones originales del gran periodo de expansión comercial, y de reconocimiento social, dicho sea de paso, de la música negra norteamericana.

Como en el más purista de los cánones del blues, B.B King nació en un pobre poblado surgido al abrigo laboral de las grandes plantaciones de algodón del estado de Misisipi. En aquel hogar de braceros, en Itta Bena, localidad que aún hoy apenas acoge a dos millares de vecinos, el niño King, el hijo del aparcero Albert y Nora Ella King, pronto aprendió que nadie iba a venir a sacarle las castañas del fuego. Con cuatro años, su madre abandonó el hogar familiar y el pequeño vástago fue trasladado a la vecina Kilmichael para crecer al cuidado de la abuela Elnora. Allí comenzó a frecuentar la iglesia baptista, donde principió en el coro religioso. El anecdotario dice que compró su primera guitarra por apenas quince dólares, aunque hay quien apunta más alto y alimenta el mito con un regalo del bluesman Booker “Bukka” White. Da igual, ya está la guitarra y aquí empieza el viaje épico de un muchacho negro del sur profundo hacia la cima del reconocimiento internacional del blues, su instrumento y, sobre todo, su capacidad para tañer la guitarra con una técnica depurada pero asequible a oídos del profano. Del profano blanco, se entiende.

BB King

Empleado todavía en oficios comunes, de adolescente encontró trabajo como chófer de un tractor y pudo ampliar su campo de acción a Greenwood, ya una ciudad de proporciones respetables y, en esencia, una de las estaciones de paso en la ruta crucial que hizo la música negra entre Memphis y Nueva Orleans. Lo intentó una vez en la ciudad del norte, duró apenas un año, volvió a Misisipi y, de verdad, apostó tiempo y dinero (ay, las apuestas, la fiebre de no saber si saldrá cara o cruz, que luego generaría problemas en los años de la abundancia) en un segundo intento para hacerse un hueco en la competitiva escena del blues de Memphis. En la calle Beale, allí fue donde fue bautizado Blues Boy King, y para la posteridad quedó ya su nombre artístico: B.B. King.

B.B King

La carrera discográfica de este titán de la guitarra de blues comenzó bajo las alas de otro nombre grande de la música popular norteamericana, Sam Philips, que luego fundaría la discográfica Sun Records, hogar de (tome usted aliento) Elvis, Johnny Cash y Roy Orbison, entre otras luminarias del rock. En 1952 su versión de 3 o’clock blues se convirtió en un primer éxito reseñable. Con los años esta pieza sería un momento genuino de sus conciertos multitudinarios, en compañía de otros clásicos seminales de la música negra como Every day I have the blues, Black angel blues o The thrill is gone o de las más populares To know you is to love you y I like to live the love. En 1969 abrió como músico invitado el tramo norteamericano de la gira de The Rolling Stones, lo que a la postre amplió su audiencia hacia el rock rebelde hijo de los tiempos revueltos en los años 60. Con Mick Jagger volvería a coincidir medio siglo después en el salón de la casa blanca más famosa del planeta. Stones y blues para rendir el homenaje a la población negra y su honda huella en la cultura norteamericana desde la misma presidencia de los Estados Unidos. Fue allí, sostenido por la pareja de amigos y otros músicos aliados (Buddy Guy, Jeff Beck, Keb Mo…), cuando Barack Obama se lanzó a interpretar Sweet home Chicago. “Mientras ensayábamos, entró el presidente. Parecía muy relajado y feliz”, comentó Mick Jagger en Twitter. Definitivamente, los tiempos habían cambiado. Y mucho.

BB King guitar

La proyección internacional y el alto grado de popularidad alcanzados por B.B. King despegó a principios de los años 80. Primero vino su ingreso en el Blues Hall of Fame y, siete años después, en 1987, en el Rock and Roll Hall of Fame. Al año siguiente otra alianza interesada siguió derribando murallas invisibles. De excursión por las raíces de las músicas negras de Estados Unidos, los cuatro de U2 pergeñaron un artefacto doble llamado Rattle and Hum en el que, entre tanto fuego de artificio y sobreactuación deslavazada, sobrevivió una pieza en verdad incandescente. When love comes to town prendió las llamas de un nuevo público para B.B. King, la audiencia pop de los irlandeses que ya nunca se olvidaría del padre putativo del blues contemporáneo. Un artista que nunca regateó ayuda ni sustento a los que vinieron después: colaboró con Eric Clapton, Blues Brothers, Koko Taylor, Bo Diddley e incluso con la cándida Carole King.

BB King & Raimundo Amador

En España B.B. King sacó a pasear muchas veces a su guitarra Lucille, con la que entre broma y vera decía que se acostaba cada noche. Apareció por aquí mediados los años 90, época de abundancia en la que casi cualquier festival que se preciara apostaba por su concierto solvente, generoso y enérgico. Y fue aquí donde el ya abuelo del blues conoció a Raimundo Amador, el guitarrista flamenco de las 3.000 viviendas de Sevilla, la mitad de Pata Negra, la tercera parte de Veneno. Y Lucille se enamoró de Gerundina en mil noches de verano, quizá porque los lamentos añejos del profundo sur algodonero resuenan como un eco lejano en las colinas del sur ibérico. Raimundo Amador, con los años, se convirtió en uno más de la familia. Y la familia, para B.B. King (padre de quince hijos, abuelo de medio centenar de nietos) y para los gitanos andaluces, siempre es lo primero. Lo recordaba el guitarrista flamenco hace cuatro años en la revista Jot Down. “El año pasado [2010] fui a verle y lo primero que hizo fue preguntarme por mi hija, que la sacaba al escenario cuando era pequeña, y le dije al traductor que le dijera que se ha casado y está embarazada: se quedó prendado. Y lo segundo que me preguntó era si me había traído la guitarra”.

BB King 1969

De creencias tradicionalistas, hijo del tiempo que tocó vivir, B.B. King simpatizó primero con el Partido Republicano y terminó trabando amistad cercana con la familia Bush. Sobre las tablas dejó una influencia determinante para entender a carta cabal los orígenes y la evolución contemporánea de la guitarra de blues. Quizá no inventó nada B.B. King, pero su impronta con el instrumento iba a convertirse en una hoja de ruta imprescindible para las nuevas generaciones. Porque fue tan larga la carrera de este hombre orondo, sencillo, conversador y divertido, tan prolija en anécdotas y aspectos tangenciales, que hasta a ver la adopción del flamenco-blues por artistas indie le dio tiempo. Howe Gelb tendrá hoy un mal día. Como otros muchos que escucharon en B.B. King la memoria latente del último gran pueblo esclavizado por el poder. Testigo postrero de una ruta asfaltada de sufrimientos y lágrimas que, como dijo Amiri Baraka, empezó en la isla de Goreé. “Somos el blues, lo pasado, lo ido, la energía, el frío”.

Publicado en el diario El Confidencial en mayo de 2015

Ataúd Vacante: del casete de Aries al iPhone de Silver

28 Oct

iPhone Ataúd Vacante

por Carlos Fuentes

“Lo único mejor que la música es hablar de música”. Dicen que lo dijo Gabriel García Márquez, aunque se lo escuché algo después a un grande de la música en España. Un hombre bueno que no escribió nunca un acorde, ni siquiera una letra, pero sin el que no se entendería a carta cabal la evolución de la música contemporánea en el último cuarto de siglo en este país. Puede que no corran buenos tiempos para las charlas de tertulia, tampoco para debatir sobre cultura, menos aún de música, “hablar de música”, como dicen que dijo Gabo, aunque a veces conviene alzar la voz y no caer en la dulce tristeza de la melancolía. Conviene hablar, y hablar de música. Que es una gran manera de resistir.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché a Ataúd Vacante. Era No hay revolución, pero no podría precisar si fue la versión de la casete Lenguaje abierto (Discos Aries, 1986) o la posterior del mini-álbum Nichiquitaunamosca (Discos Medicinales, 1987). Pero no es detalle que revista mucha importancia. Porque supongo que usted no ha llegado hasta aquí para leer cuentos de viejo y, carajo, todos mantenemos memoria histórica de nuestras primeras músicas. Quizá ocurra que no importa el instante, porque lo importante es el momento. Y con Ataúd Vacante el rock hecho en Canarias aspiró a reventar a puntapiés la imagen descafeinada, aquel pop inofensivo, de las llaves de la moto que se llevó Lucy. En aquellos años de eclosión efervescente en los hogares isleños, o al menos en algunas casas canarias, se pasaba del añejo pick-up heredado del abuelo a los primeros equipos de lo que se vino a llamar alta fidelidad. Y con ella llegó el punk. El punk, aquel hijo putativo del rock, el primer rock de los indignados, etiqueta urbana que todavía no había tomado la plaza del pueblo.

Ataúd Vacante

Nunca dejan de sorprender frases fáciles como que “no hay que tomarse tan en serio la música”. Expresiones fútiles que retratan esa opinión generalizada en el común de que la música no es importante. Porque la música, creen muchos, es la menor de las artes, apenas sonidos que están ahí y que suenan de fondo. Este (pobre) aprecio por la música no se da con otras artes: no ya en la pintura, quizá arte mayor, de museo de pago; tampoco en el cine, aunque pulula mucho cine que no es arte sino entretenimiento. En literatura ocurre algo así: abundan libros best-sellers y mucha letra de toalla y sombrilla, pero a nadie se le ocurre poner en solfa la importancia de los escritores. ¿Y la música? ¿Qué pasa con la música? Miremos alrededor: si el músico tiene un éxito grande, ese artista es visto como personaje de telenovela, un triunfador. Por el contrario, si no llega al gran circuito comercial, es mal visto como un raro, apenas un amargado más de tabernas, catres y bajos fondos. Entre drogas y putas. Aunque luego, como acaba de ocurrir con Lou Reed, a tu muerte te santifiquen como artista maldito.

JESÚS LÓPEZ Ataúd Vacante (Parque Viera y Clavijo, 1989)

Ataúd Vacante nació cuando los actuales cambios tecnológicos no estaban, ni se les esperaban. Ahora, cuando la música sufre esta, digamos, “basurización”, vía formato digital y descargas gratuitas, el ciudadano común ha depreciado aún más la (escasa) consideración que tiene por los músicos. Son tiempos de fama fácil y poca memoria colectiva. Le sonará este ejemplo: alguien compra un reproductor digital con, ejem, treinta gigas de capacidad y alardea de llevar “ocho mil canciones aquí dentro”… sin caer en la cuenta que lo que de verdad importa no son esas ocho mil canciones sino qué ocho mil canciones, con qué criterios las escucha y qué alimenta con esa música. En esta fase, cuando ya se impuso el continente sobre el contenido, la estupidez utiliza banda ancha y, vaya paradoja, cuando la red amplía (casi) hasta el infinito la conexión distante y, por tanto, el intercambio (casi) infinito de información, en fin, conocimiento, la plaga de las descargas rápidas ha devenido en un peor nivel de los contenidos que la mayoría del público consume. Hay más oferta, pero se selecciona peor. Y ocurre en un momento crucial: por primera vez en la historia, los oyentes ya no desean poseer o siquiera almacenar la música. Hoy a una mayoría creciente le basta con escuchar música en red, compartiendo el “producto” vía streaming sin coste alguno, ya sea en YouTube, MySpace, SoundCloud, Vimeo o Spotify.

Ataúd Vacante 1984

Y en este escenario de confusión entre continente y contenido, ¿qué rol tiene la música? ¿Es la música eso, apenas otro entretenimiento cada vez más barato y cada vez más malo? Pero la música es, de veras, el arte que mejor retrata los orígenes y la evolución de un pueblo, de un país. El mejor testigo de los rasgos sociales y culturales de cualquier colectivo. Y no sólo la música como sonido, música como estilo, sino de músicas (en plural) con perspectiva antropológica. Otro ejemplo: ¿por qué el rock logró simbolizar la rebeldía de una generación? ¿Por qué el rock, primero sus padres y luego sus hermanos musicales, derribó barreras sociales durante los años 40 y 50? ¿Y por qué esa gente del ecuador del siglo eligió el rock y no sólo las novelas, el cine o la televisión para romper cadenas culturales con su pasado? Es la perspectiva más interesante, de ahí nuestro respeto (casi) reverencial a la figura de Elvis Aaron Presley, aquel chico pálido que logró que sus amigos blancos quisieran bailar como negros.

El rock como vehículo de rebeldía, como catalizador de cambios sociales. Más allá del rito, y la distribución por estilos o el análisis a cualquier artista son ritos comerciales, interesa saber por qué un chaval que quiso romper su ADN social en los años 40 agarró la guitarra y no el piano. ¿Por qué aporrear la batería era un ejercicio rompedor en cualquier familia bien? ¿Por qué surgió una juventud que, de pronto, se interesó por la música de los negros y fue a bailar con ellos? La música como herramienta de cohesión social, como palanca para romper y cambiar convencionalismos del pasado. He aquí el gran cambio que se produjo en la sociedad norteamericana blanca de los años 50. Y en este proceso, el rol de Elvis es referente imprescindible. Su figura, más que música, sintetizó aquel proceso de asimilación de las grandes migraciones desde el sur rural al norte en vías de industrialización. Porque el rock de Elvis convirtió en paisaje urbano un sonido que hasta entonces apenas sonaba en los campos, pero quizá más importante es que Elvis cambió el lamento negro por cierta rebeldía pública, sin distinción de raza o clase social. Otra vez, el rock como catalizador del cambio, que es el aspecto que, a la postre, logró afianzar al rock como sonido mundial. Lo explica muy bien Greil Marcus en su seminal ensayo Mistery train, que no por casualidad rescata el título, como genuina metáfora del destino y el deseo, del último single que Elvis Presley publicó en 1955 en la disquera Sun Records.

Ataúd Vacante 2007

Medio siglo después de Elvis, las chicas de Pussy Riot se enfrentan a Putin con rock y no con pop o guitarras de cantautor, porque en Rusia el rock es aún revolucionario. Como una vez lo fue en América. Pero no siempre ocurrió así. Cuando The Rolling Stones llegaron antes de la hora convenida a los estudios Sun de Memphis, allí encontraron a un hombre que limpiaba las ventanas. Era Muddy Waters, que completaba con cristales lo que ganaba en bares de mala muerte. Pero con Elvis esto empezó a cambiar. De pronto el blanco quiso bailar como un negro y la música fue su primer vehículo de integración. Pero a pesar de la conquista histórica sin la que no se entendería la sociedad actual, la música continuó arrastrando otro sambenito oportunista. Música como sonido de fiesta, poco más. Cierto es que la fiesta ya no distinguía razas, o al menos fue cayendo la segregación de tantos siglos, pero la música, esa música para negros y blancos, seguía ceñida al ámbito lúdico. Y aquí se sitúa el subrayado ante la importancia antropológica de otra referencia inevitable. Si con Elvis el rock rompió barreras raciales, con Bob Dylan el rock y algunos hijos darían un salto intelectual sin parangón. Si con Elvis el rock salió del campo y llegó a la ciudad, con Bob Dylan y su generación folk eléctrica el rock consiguió entrar en las universidades, en la vida cultural de las ciudades norteamericanas y, por supuesto, en buena parte de la mejor literatura (¿o es que se entiende sin rock a Kerouac o a Burroughs?) y también en el mejor cine como retrato de su tiempo, ¿o no son genuinas películas rock Apocalypse now o Easy rider?

Ataúd Vacante banda

Nunca he preguntado a Silver, Fafe, Manolo y Pistol si crearon Ataúd Vacante para cambiar el mundo. Serían dos estupideces: la pregunta y el intento, ay, de cambiar el mundo. Pero sí estoy convencido de que el grupo nació en Tenerife para intentar cambiar su pequeño mundo insular. Este patio cercado por el mar, cárcel de muros azules, como dijo Pedro Lezcano. Y la vez que Ataúd Vacante estuvo más cerca de alterar el rumbo de la música contemporánea en las islas ocurrió con Chorros de amor (JaJa Records-Manzana, 1988), con su paleta de rock a borbotones con pespuntes de glam y, al fondo, cierto soniquete billy. No es el mejor disco de Ataúd Vacante, quizá tampoco hace justicia a la poderosa fuerza de directo que desplegaba el grupo en concierto, pero para el momento fue una atlética carta de presentación del nuevo rock hecho en Canarias. Y no fue 1988 un año cualquiera: AC/DC publicó Blow up your video, Public Enemy confirmó su apuesta con It takes a nation of millions to hold us back, lo mismo hizo Jane´s Addiction con Nothing’s shocking, Guns N’ Roses explotaba Appetite for destruction y Living Colour debutó con Vivid. Por cerrar la foto de época, el 25 de junio moría por sobredosis Hillel Slovak, guitarrista fundador de Red Hot Chili Peppers. Faltaban tres años para Blood sugar sex magik.

“Antes que Elvis no había nada”. Dicen que lo dijo John Lennon. Suena duro, pero tiene su explicación. Quien escuche a Skip James, Robert Johnson, John Lee Hooker, y también a Chuck Berry, Johnny Cash o Ritchie Valens entenderá que antes de Elvis ya existía música. Pero lo que Lennon intentó destacar con “nada” es el uso de la música como elemento de rebeldía masiva entre gentes de toda raza y clase social. Hasta el mismo Dylan lo reconoció al afirmar que cuando escuchó a Elvis por primera vez supo que nunca sería empleado de nadie, que nunca tendría un jefe: “Escuchar a Elvis fue como salir de la cárcel”. Es la importancia social que da valor a la obra de Presley, aunque tiene mayor enjundia el desarrollo posterior del rock como elemento contracultural actual, las manifestaciones contra Vietnam, la ruptura con la cultura sexual obsoleta de trabajo, familia e hijos, con el modelo de familia blanca americana, con poesía de riesgo y su influencia creciente en política, la nueva relación con las drogas, la nueva tendencia de viajar y conocer mundo… en definitiva, cuando el rock se convirtió en el sonido rebelde que anunció cambios en el mundo, y hasta hoy.

LAURA SÁNCHEZ Silver (Plaza del Cristo, 22.9.2007)

De vuelta a casa, en la última década del siglo pasado, Ataúd Vacante intentó representar esa rebeldía de vivir deprisa. Y el conjunto del barrio de Duggi aún escribió otros cuatro capítulos clave para comprender el sonido rock fabricado en Canarias. En 1990 se editó en vinilo En facturation (JaJa Records-Manzana) y, ya en compacto, Tractores surgió como nombre nuevo en el recopilatorio de 1992 Ataúd Vacante Fin, el último eslabón de la carrera del grupo en Manzana. Subiremos al cielo, disco nonato de 1995, marcó la etapa más difusa de Ataúd Vacante y ¡Dejen eso!, otra compilación (no) editada en 2007, con la excusa de la noche de regreso en la plaza del Cristo, vino a evidenciar que aquí aún hay energía útil. Porque conviene dejarlo claro: Ataúd Vacante no fue el mejor grupo canario de rock. Ni tampoco creo que ellos buscaran serlo. Nunca tuvieron manos libres en sus producciones, cedieron a veces a la presión de la industria, quizá en el anhelo de encontrar una autopista hacia el cielo nacional.

Pero los cuatro de Duggi sí pueden ser reconocidos como el grupo más potente en concierto de todos los que han pisado escenarios isleños. Atesoran méritos ganados a pulso en jardines, plazas, salas y teatros. Aquí van cuatro estampas de la memoria: aquella tarde de 1989 en el parque Viera y Clavijo con Silver botando con un pie enyesado; abriendo para Los Ronaldos en Santa Cruz de La Palma, con la alineación del CD Tenerife anunciando al grupo el 10 de julio de 1990; en el Festival de Ruido, en el pub La Calle de Las Palmas, un tórrido 14 de agosto de 1993, con la primera división del rock regional; en su ciudad, en la plaza de España, aquí en Santa Cruz, en la fiesta del Día de Canarias de 1994, cuando Silver trepó los focos y cantó Tú seré agarrado a la vida como mono de feria; y, quizá el cuarto de hora de gloria más logrado, el 25 de mayo de 1995, en la sala Revólver de Madrid, en la mayor muestra de rock hecho en Canarias que jamás pisó suelo peninsular. También en periódicas apariciones de Ataúd Vacante (entonces D-Tractores, ya con Sito Morales, el mejor quinto hombre) en la sala Ruta 66, aquel hito independiente que Tenerife, y Canarias, dejó morir de pena tras haber puesto a las islas en el mapa nacional del rock.

Ataúd Vacante - Fafe

Pero no quiere ser este ejercicio retrospectivo una excusa para el lamento, dios nos libre. Es preferible anotar en rojo la historia reciente, recobrar energías y celebrar el nuevo siglo con los hijos musicales de estos cuatro pibes que, respeto, pelearon por lo suyo en un momento que también era el nuestro. Lo dijo Mario Pacheco, y dicen que antes lo dijo Gabo: no hay nada mejor que hablar de música. Así que otro día rescataremos la llegada a África de las primeras guitarras eléctricas, ah, aquel instrumento del diablo. Del efecto que tuvo la guitarra de rock progresivo en la escena peruana de los años 70 o de cómo un grupo chileno hizo el sonido que más se acercó a la etapa lisérgica anglosajona (una chanza que una vez escuché en Santiago: ah, Pink Floyd, ¿esos no son los que hicieron lo mismo que Los Jaivas en Inglaterra?). De aquel pibe argentino que soñó con sonar como The Police cantando en español y, carajo, lo logró.

De Amiri Baraka, autor de aquella frase memorable (“si Elvis era el rey, ¿quién es James Brown? ¿Dios?”) y su influyente ensayo Blues people: negro music in white America sobre el origen de la música popular entre la población negra en Estados Unidos. O de aquel otro ejemplo envidiable del respeto debido al rock: hace un año David Letterman invitó a Tom Waits a presentar el disco Bad as me. Después de presenciar la actuación en directo en el estudio, Letterman saludó, uno por uno, a los músicos del bardo de Pomona. No sólo hubo respeto entre estrellas, también por los músicos, entre ellos David Hidalgo de Los Lobos. ¿Se imagina usted algo similar aquí? ¿Se imagina, ay, a tal Vázquez y sus triunfos saludando a la orquesta? Ah, no, que con la crisis ya no hay para pagar a la orquesta. A partir de ahora la música en televisión será play-back. Me temo.

Ataúd Vacante - Caminando sin mirar

Publicado en el libro Caminando sin mirar

Editorial Los 80 Pasan Factura, 2014

Fotos de Jesús López, Ventura Mendoza y Laura Sánchez

 

Mercedes Pinto, la poetisa con urgencia de vivir que tocó el cielo en América

29 Ago

Mercedes Pinto

por Carlos Fuentes

Mercedes Pinto puso una pica en América Latina cuando nadie se lo esperaba. Autora de obra corta y vida errante repartida entre España, Uruguay, Cuba, Chile y México, cultivó el verso, el teatro, el ensayo y, claro, la novela. También se comprometió Mercedes Pinto con el tiempo que le tocó vivir y defendió con ahínco los derechos de las mujeres, de los trabajadores y, en fin, el futuro de una educación acorde con el momento histórico de España el primer cuarto del siglo pasado. Amiga de Unamuno y Ortega y Gasset, conocida como la poetisa de Canarias, está enterrada en México. Atrás dejó una vida de leyenda.

Mercedes Pinto Armas de la Rosa y Clós nació en la ciudad de La Laguna, en la isla de Tenerife, el día 12 de octubre de 1883. Hija del escritor y crítico José María Pinto, a los diecisiete años se casó con el capitán de la Marina Juan de Foronda, con quien tuvo tres hijos. Ya en Madrid, y separada de su esposo por los graves problemas psiquiátricos de Foronda, contrajo matrimonio con Rubén Rojo, con el que tuvo otros dos hijos. En 1924, acosada por la creciente tensión política en España, la escritora se trasladó a Montevideo. No era para menos: el año anterior, una conferencia suya en la Universidad de Madrid, El divorcio como medida higiénica, había escandalizado a la apocada sociedad española.

Mercedes Pinto retratoEn Uruguay fundó la Casa del Estudiante, una institución para la promoción de la lectura entre las clases menos favorecidas que contó como autores invitados a Tagore, Pirandello y su amiga argentina Alfonsina Storni. También promovió en Montevideo la edición de la revista Vida Canaria y tuvo una intensa vida académica ejerciendo labores de conferenciante en universidades del interior de Argentina, Paraguay y Bolivia. En 1926 escribió su novela más conocida, Él, que el cineasta exiliado español Luis Buñuel llevó a la gran pantalla un cuarto de siglo después. En 1930 estrenó su obra Un señor cualquiera en el teatro Solís de Montevideo. En 1933 viajó a Chile, donde frecuentó al poeta amigo Pablo Neruda y fue allí donde publicó su segunda novela, Ella. En el país andino siguió defendiendo a la República Española y, en lo práctico, ayudó a la creciente colonia de exiliados españoles que llegaban a América Latina.

Autora de poemarios como Brisas del Teide y Cantos de muchos puertos, Pinto vivió entre 1935 y 1943 en La Habana antes de arraigar de manera definitiva en México tras la muerte de su segundo marido. Con sus dos hijos, los populares actores Gustavo Rojo y la tinerfeña de nacimiento Pituka de Foronda, volvería al archipiélago en 1953 para actuar en una muestra de arte contemporáneo celebrada en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz. Su llama se extinguió en la ciudad de México el 21 de octubre de 1976, tenía 93 años. En su sepultura, a modo de epitafio, quedan para siempre aquellos versos que le dedicó su amigo Neruda. “Mercedes Pinto vive en el viento de la tempestad. Con el corazón frente al aire. Enérgicamente sola. Urgentemente viva. Segura de aciertos e invocaciones. Temible y amable en su trágica vestidura de luz y llamas”.

Publicado en la revista Canarias Gráfica en julio de 2014

Para dormir mil y una noches en un riad de Marrakech

2 Ago

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por Carlos Fuentes

Dormir como un sultán en un palacete tradicional con encanto. Es una oferta difícil de rechazar para garantizar un turismo con calidad y sentido histórico. Y en Marrakech, la gran ciudad del sur Marruecos, el sueño de las mil y una noches es posible si se opta por residir en uno de sus riads. Añejas casonas que atestiguan el devenir del tiempo por la medina de una ciudad de pasado imperial y que ahora brilla como Patrimonio de la Humanidad.

Con sus diez largos siglos de historia, Marrakech destaca entre las ciudades del norte de África como un gran destino, accesible y cercano, hacia un primer viaje al exotismo y a los sabores tradicionales de esta esquina del continente. Palacios, mezquitas, zocos y museos trufan sus callejuelas añejas, siempre repletas de vecinos y viajeros, comerciantes y turistas. Siempre alrededor de la legendaria plaza Jemaa el-Fnaa, epicentro de la vida en este rincón tranquilo del mundo. Junto a la esbelta torre de ladrillo rojo de la mezquita de la Kutubía, hermana de la Giralda sevillana, donde es tradición ese deporte tan viajero que es sentarse con un té a la menta a ver la vida pasar. Marrakech, fundada por los almorávides en 1062. De aquí salió el nombre de un país, Marruecos. Una de las cuatro ciudades imperiales marroquíes junto a Rabat, Fez y Meknés. Y también el principal destino nacional por su oferta de turismo, ocio y comercio.

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La gama de alojamientos turísticos en la ciudad de Marrakech es todo lo amplia que usted pueda imaginar. El visitante puede optar por disfrutar del servicio y el entorno tranquilo de hoteles de leyenda como La Mamounia. Ya una institución por su historia: construido en el año 1922 y con un estilo híbrido entre rasgos tradicionales y europeo art decó, este hotel ha recibido a numerosos visitantes ilustres. Políticos como Charles de Gaulle, Ronald Reagan o Nelson Mandela y presidentes en tiempos de guerra como el premier británico Winston Churchill y el norteamericano Theodore Roosevelt, que se reunieron aquí a comienzos de 1943 para estudiar la estrategia aliada en la Segunda Guerra Mundial. También las habitaciones de La Mamounia han recibido a personajes emblemáticos del mundo del cine como la actriz alemana Marlene Dietrich, quien rodó aquí varias escenas de la película Morocco bajo la dirección de Josef von Sternberg. Otro mito del cine de todos los tiempos, el director Alfred Hitchcock, residió en una de sus suites durante el rodaje marroquí de El hombre que sabía demasido.

MamouniaRodeado por recuerdos de tiempos mejores que mezclan el cine con la moda del diseñador francés Yves Saint Laurent, que fue vecino de Marrakech y legó a la ciudad su magnífica casa-jardín azul llamada Majorelle, ahora abierta al visitante como oferta de paseo relajado, el turista también puede apostar por imprimir un toque tradicional a su estancia, no menos tranquila ni relajada, en la ciudad roja. Y nada mejor que un riad para experimentar cómo se vivía en la medina antigua de Marrakech. Levantados sobre añejos edificios de adobe y madera, los riads son residencias tradicionales que se extienden en los barrios más antiguos de las grandes ciudades del norte de África. En Marruecos son numerosos en ciudades como Marrakech, Essaouira, Fez y Meknés. Desde el exterior, una de las principales características de todo riad es la modestia de su aspecto, su capacidad para pasar casi desapercibido entre el trasiego cotidiano por callejuelas y plazas que parecen no tener fin. Pero la primera impresión no es más que un espejismo. De puertas adentro, la vida del riad se desarrolla en torno a sus patios ajardinados donde el agua, fuente de frescor donde habita el desierto, invita a conocer la afamada hospitalidad de la casa árabe. Porque en ciudades como Marrakech son estas viejas casonas tradicionales depositarias de los secretos de la vida cotidiana de los marroquíes, sus rituales diarios, con el aroma de la menta recién cortada y una sugerente invitación a su rica cocina de sopas, carnes, pescados y verdura. Con postre de hojaldre, pistacho y miel.

Rescatados del paso del tiempo, algunos edificios con más de un siglo de viva historia por haber sido propiedad de familias de la aristocracia y la nobleza de Marruecos, los riads se ofrecen ahora como una posibilidad de alojamiento con la comodidad propia de un establecimiento moderno. Y con la ventaja habitual de estar ubicados en el corazón de la ciudad vieja, casi siempre a tiro de piedra de la frenética actividad del zoco. Es el caso de Marrakech, donde un recorrido a espaldas de la plaza Jemaa el-Fnaa permite elegir destino para una estancia con plenas garantías en riads de alto rango como La Sultana. Situado en plena kasbah de Marrakech, junto a las tumbas de los príncipes saadíes del siglo XVI (aunque descubiertas en 1917) y a diez minutos de paseo hasta la gran plaza, este riad con encanto se distingue por el lujo, los servicios y el buen gusto. Con una treintena de habitaciones, piscina interior y baño árabe propio, La Sultana ofrece al huésped unas vistas estupendas desde su azotea sobre la medina, un punto de encuentro para compartir las excursiones urbanas por Marrakech.

Jemaa el-Fnaa

Otro palacete árabe que ha sido reconvertido con éxito en establecimiento para el uso turístico es el riad Enija. Situado a la derecha de la plaza Jemaa el-Fnaa y rodeado de la actividad moderada del barrio Derb Tabachi, este hotel ocupa la residencia que fue del rey Kaid, aunque a finales del siglo XIX fue adquirido por una rica familia de comerciantes de telas procedente del norte del país. En sus habitaciones reina la tranquilidad y el esmero por cada detalle del servicio, casi siempre paseando entre joyas patrimoniales de la arquitectura, la historia y las bellas artes del gran país magrebí. Más cercano al mundo contemporáneo, y no es casualidad que esté situado a apenas dos callejuelas de la gran plaza, el riad Jnane Mogador ofrece una estancia cómoda, moderada en relación a la calidad y el precio, pero sobre todo muy bien situada para el viajero que guste de transitar sin desmayo todos los rincones del gran zoco de Marrakech. Sus habitaciones, austeras pero decoradas con gusto y cierto toque tradicional, son un buen recurso cercano para ir y volver al hotel, dejar las compras, y regresar a la plaza en busca de un vaso fresco de jugo de naranjas recién exprimidas.

Enfocado al gusto de los más pequeños de la casa, aunque quizá los mayores encuentren en Marrakech al niño que llevan dentro, el riad Abracadabra ofrece un establecimiento regentado por una pareja española en el corazón del zoco de la ciudad imperial del sur de Marruecos. También situado en el barrio Derb Tabachi, muy cerca del emblemático Café de France, donde es una costumbre obligada disfrutar de la puesta de sol sobre la Kutubía con un té con menta en la mano, este renovado riad ha buscado en la imaginación su seña de identidad para distinguirse del resto de establecimientos hoteleros en la parte antigua de Marrakech. Sus habitaciones llevan nombres tan sugerentes como Merlin, Oz, Aladin e incluso hasta Harry Potter tiene una suite a su nombre, y también los servicios ofrecen desde un baño refrescante en la piscina de la azotea como la posibilidad de almuerzo y cena en su restaurante temático. Con todo, este riad viene a redondear la amplia oferta de alojamiento con encanto en el corazón de uno de los destinos más atractivos, sugerentes y amables del norte de África.

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¿Cómo elegir un riad para vivir Marrakech?

Entre la abundante oferta de alojamientos que posee la ciudad de Marrakech, desde el austero hostal de mochileros hasta el lujo exótico de hoteles que más bien parecen palacios, los riads continúan aumentando su cuota de mercado en el turismo de esta ciudad roja del sur de Marruecos. ¿Pero cómo se valora un riad? ¿Cómo elegir una casona tradicional árabe que se ajuste a nuestras necesidades? Conviene primero saber que los riads se valoran en función no sólo de los servicios que ofrecen al visitante, ya que sus características físicas, su arquitectura y el estilo de sus estancias y mobiliario también son factores de importancia a la hora de llamar la atención del viajero. Debido a que este tipo de casas sufrió el abandono durante décadas, sobre todo cuando a mediados del siglo pasado las familias más pudientes optaron por trasladar su residencia a las partes de nueva construcción en la ciudad, son muy valorados los riads que han logrado recuperar y poner en valor parte del diseño arquitectónico de la edificación original realizada en estucos de yeso, maderas de mil colores y azulejos o mosaicos de cerámica tradicional. También destacan por puertas fabricadas a mano en talleres artesanales con maderas nobles. La entrada a un mundo de tranquilidad, de vida intramuros, para conocer la esencia de un país. 

Publicado en la revista NT en mayo de 2014

Laureles de Indias: la sombra verde que vino de Cuba

21 Feb

Laureles en Plaza de España (Los Llanos de Aridane)

por Carlos Fuentes

En estas islas a medio camino entre Europa y América hay pocos árboles que hayan hecho tanta fortuna como el laurel de Indias. Y en el año que ya acaba se ha celebrado una fecha de referencia para valorar la importancia social que esta especie vegetal originaria de Asia tiene en muchas plazas, paseos, ramblas, parques y calles del archipiélago. El municipio de Los Llanos de Aridane (La Palma) conmemora ahora los 150 años de la plantación de laureles de Indias en su plaza central. Algunos estudiosos consideran que, quizá, estos árboles palmeros fueron los primeros que se plantaron en toda Canarias después de su envío desde la isla de Cuba.

La historia canaria del laurel de Indias, de nombre científico Ficus microcarpa, simboliza el trasiego de cinco siglos de historia en las islas, puertos de tránsito de gentes hacia los cinco continentes, aunque también de especies animales y vegetales. Desde los albores del largo proceso de conquista y colonización del archipiélago, ya durante el siglo XV, el aprecio por los espacios naturales y el recurso de lo verde brota en forma de jardines en las viviendas de familias más acomodadas. Son años de casas bajas fabricadas con argamasa y piedras, las mejores con obra de cantería y maderas típicas, pero también del nacimiento del arte de la jardinería en las siete islas de Canarias. Es un tiempo de patios interiores recubiertos con callaos recogidos a la orilla del mar, de esos primeros espacios cerrados a las miradas del curioso, el recurso socorrido de la sombra en los tórridos días del eterno verano insular. “En el archipiélago, la pervivencia del patio central interior, ajardinado, debemos considerarla como la evolución de un diseño ancestral”, afirma el investigador botánico canario Arnoldo Santos Guerra en su estupendo ensayo divulgativo Paseando entre jardines.

Laureles en cuartel de la Cabaña (La Habana, 1915)

Son estos patios de las primeras casas canarias el escenario de una introducción paulatina de especies vegetales foráneas, de la llegada de plantas florales como rosas, claveles, jazmines y nardos. Venían detrás de las especies destinadas a la agricultura, la alimentación y el comercio, entre ellas, castaños, ciruelos, manzanos, almendros y albaricoqueros. Y con ellas, entre unas en los campos y otras en los patios, fue madurando un mayor aprecio popular por los jardines y las plazas públicas arboladas en los municipios isleños. Colaboraron también las influencias de las tradiciones jardineras europeas procedentes de países como Inglaterra, Portugal y Francia en los siglos de creciente comercio de productos insulares como la cochinilla y el vino con los principales puertos británicos, franceses y portugueses. Ya a finales del siglo XVIII Alexander von Humboldt alabó la prestancia, a veces exuberante, de los jardines y campos isleños durante su breve visita a Tenerife entre el 19 y el 25 de junio de 1799. “Las colinas está cubiertas con viñas. Naranjeros en flor, arrayanes y cipreses rodean las ermitas. Las fincas están separadas por setos vivos, hechos con agaves y con tuneras. Aquí las casas y los jardines se hallan separados los unos de los otros, lo que aumenta aun la belleza del lugar”, escribió. “En las estrechas calles transversales, entre los muros de los jardines, las hojas colgantes de las palmas y de las plataneras forman pasajes arqueados, sombríos: un refresco para el europeo que acaba de desembarcar y para el que el aire del país es demasiado caluroso”.

Laureles Aridane

Medio siglo después de la emblemática descripción de Humboldt, el catálogo de especies vegetales de Canarias aumentó con un árbol originario de Asia, pero que a las islas llegó por el camino más tradicional que viene de América. De esas relaciones naturales con el nuevo continente, el archipiélago fue sido siempre puerto de escala para especies vegetales de interés agrícola, floral y comercial hacia los principales países de Europa. Pero el laurel de Indias llegó para quedarse. Las primeras noticias que se tienen de su plantación datan de mediados del siglo XIX, periodo en el que un grupo de vecinos notables del municipio palmero de Los Llanos de Aridane consigna en la prensa de junio del año 1863 el “plantado de árboles” en la entonces denominada plaza de la Constitución en el municipio de referencia de la comarca oeste de La Palma.

Las noticias del 28 de febrero de 1864 fueron más explícitas. El periódico El Time informa de que la plantación de laureles es una demanda de los vecinos del barrio agrícola de Argual, “los que pudieran plantarse son los llamados plátanos del Líbano, o los llamados laureles de la India. Los primeros pueden llevarse de los jardines de Argual, y no dudamos que nuestros paisanos residentes en Cuba nos remitan algunos de los segundos, como ya han hecho para la plaza de este pueblo”. Son las primeras noticias de la llegada del laurel de Indias a las calles añejas de Canarias. “Estos árboles son una de las señas más queridas de los aridanenses y de quienes nos visitan. Su frondosidad y frescura dan identidad propia a la ciudad”, indica la cronista oficial de Los Llanos de Aridane, María Victoria Hernández, autora de un tríptico divulgativo de la historia de nuestros primeros laureles de Indias para conmemorar este hito en la ciudad palmera.

Laurel Aridane

Desde entonces, este árbol robusto y agradecido continúa poblando rincones, plazas, avenidas y calles de las siete islas canarias. Otorgando una singular seña de identidad a sus espacios comunes. Medio siglo después de su llegada a Canarias, cualquier rambla isleña que siga adornada, y protegida, por viejos ejemplares de laureles de Indias rivaliza en esplendor con el paseo arbolado de la villa agrícola de Cabaiguán, capital histórica de la colonia canaria en Cuba. En el plano de la ciencia, no obstante, la ruta que ha seguido el laurel de Indias no es una excepción, según Arnoldo Santos: “En algunos casos estas plantas, tanto ornamentales como alimenticias, llegan indirectamente desde lugares diferentes a sus centros de origen, como la caña de azúcar, proveniente de la isla de Madeira vía Mediterráneo, el plátano introducido desde África o el popular laurel de Indias llegado desde América, probablemente Cuba, pero todos con origen asiático”. En Los Llanos las primeras noticias confirman esta vía de llegada. A finales de 1864 el mismo diario El Time publica que un isleño afincado en La Habana, el indiano Antonio Carballo, había fletado un barco con plantones de laureles de Indias para embellecer el paseo de su ciudad natal. Por esas fechas, en diciembre, el periódico tinerfeño El Guanche informa de la llegada de “lindos laureles de la India” a bordo de un barco fletado por Domingo Serís para su posterior plantación en la alameda del Príncipe de Santa Cruz de Tenerife.

Arbol Aridane

Con los años, los siglos ya, el laurel de Indias continuó llamando la atención de propios y ajenos en Canarias. A caballo entre los siglos XIX y XX visitas como las que el antropólogo francés René Verneau realizó al archipiélago entre 1876 y 1935 contribuyeron a consolidar la importancia y el respeto creciente de los espacios naturales en las siete islas. En La Palma el estudioso viajero francés anotó que “hay que descender hasta Los Llanos para ver aparecer los árboles frutales, las palmeras, los cereales y los nopales”. Contemporánea es la narración que la viajera inglesa Olivia M. Stone plasmó a finales del siglo XIX y que aún se puede leer en algún jardín público de Los Llanos de Aridane, a la sombra de una araucaria centenaria que entonces se encontraba “junto a una acequia de la cual goteaba agua sobre la orilla del camino”, donde la humedad y el sol cálido “hicieron que creciera un talud exuberante de helechos y flores”.

Canal Argual

Un árbol de presencia mundial

Poderosos árboles del laurel de Indias poblaron San Cristóbal de La Habana y el interior entero de Cuba. En Canarias su estampa generosa está presente en todas las islas, ya sea en ramblas y parques de Santa Cruz de Tenerife, en la popular calle de San Bernardo del centro de Las Palmas o en el recuerdo de la antigua carretera de subida a Tamaraceite. Fuera de las islas, el mapa mundial del Ficus microcarpa se completa con localizaciones en América Latina y Asia.

Publicado en la revista Océanos en febrero de 2014