Archivo | Reportajes RSS feed for this section

Ry Cooder: la guitarra más influyente del planeta

8 Ago

ry cooder

por Carlos Fuentes

En tiempo de música gratis y descargas a tropel, cada vez son más los que piensan que los anaqueles de la cultura están obligados a vender mercancía como un supermercado vende marca blanca. Pague dos y lleve tres. Algo así ocurre con la música en directo. Se valora mejor el concierto que es más largo. Como si el artista se vendiera al peso, como si el músico fuera un plato barato cocinado al por mayor.

Por fortuna, todavía sobreviven creadores que plantean su oferta escénica con actitud sibarita: raciones escasas, calidad cinco estrellas. Gran ejemplo de este compromiso pata negra es Ry Cooder, el influyente guitarrista californiano que durante las dos últimas décadas se ha arrimado, con tino y muy buen gusto, a algunos de los campos sonoros más nutritivos del planeta. Una trayectoria de enjundia que oscila entre las raíces del blues, como el audaz disco africano Talking Timbuktu, al sentido homenaje al patrimonio cultural chicano de Chávez Ravine, pasando por la gloriosa época de las músicas tradicionales cubanas que rescató del olvido en los discos Buena Vista Social Club.

Quince años después de su aventura con el bluesman malí Ali Farka Touré, que en 1995 obtuvo el primer premio Grammy por un músico africano, y a punto de cumplirse un cuarto de siglo de la banda sonora de la película Paris Texas, que hizo crecer mucho el interés por las músicas para cine, Ry Cooder desembarcó en tres escenarios españoles (Barcelona, Madrid y Bilbao) para presentarse en formato de trío junto a Nick Lowe y a su hijo baterista Joachim Cooder.

ry-cooder-2

Conocido el elenco, del que a última hora se cayó el tejano Flaco Jiménez, convenía no perderse la clase magistral que ofrecieron estos dos veteranos de mil batallas en la escena hippie de la costa oeste y de la estirpe más elegante del mejor pop británico de todos los tiempos. Ahora, cuando se aprende a tocar la guitarra en baratos cursos on-line, Ry Cooder y Nick Lowe se las apañaron para completar un recorrido comprimido por la amplia gama de sonidos de las seis cuerdas.Con un guiño a los primeros años 90 (Fool who knows, grabada como Little Village junto a Lowe, John Hiatt y Jim Keltner) arrancó un concierto en el que Ry Cooder llevó la voz cantante.

ry-cooder-3

Su patrimonio musical ha crecido como pocos con el paso de los años. Bien demostrado quedó con Fool for a cigarette (Feelin’ good) que las margaritas no se plantan para que coman los cerdos: en 1974, cuando fue editada, esta pieza apenas alcanzó los puestos bajos de las listas éxitos. Un cuarto de siglo después, como ocurre con Tears on my pillow y Little sister, ha alcanzado aromas de clásico. Y por ese camino va Chinito, chinito, crónica simpática de la emigración asiática la costa oeste que en Madrid cantaron en ágil castellano Juliette Commagère (antes había abierto la velada con la aventura alienígena El U.F.O. cayó) y Emily Reppun.

¿Y Nick Lowe? Pues sobrado, elegante y simpático. Quien no conozca a este veterano debería visitar al médico o, más sencillo, dedicarle buen tiempo a su capacidad probada para rescatar las crónicas cotidianas de la vida moderna. Emocionante hasta no poder más con piezas de eficacia probada como la irónica Half a boy, half a man (“sería mejor que cerraran sus casas y metan a los niños dentro, aquí llega la última estafa del siglo XX”) y (What’s so funny ‘bout) peace, love and understanding, sí, la canción que Elvis Costello, de quien Nick Lowe fue productor en cinco discos y padrino al frente de The Attractions, situó en la memoria colectiva del mejor pop de todos los tiempos.

Pero volvamos a Ry Cooder, de largo el rey de la noche con una destreza con la guitarra slide a prueba de ataque nuclear. Se ha escrito, y mucho, que fueron Mick Jagger y Keith Richards quienes, caraduras, robaron sus líneas maestras para Tonky honk women, y que en Let it bleed The Rolling Stones le chuparon la sangre al guitarrista californiano, tan reacio a los focos de la fama fútil como, y hubo varios intentos, a aceptar la invitación para sumarse al grupo millonario de las satánicas majestades. Y todo porque Ryland Peter Cooder (Los Ángeles, 1947) ha preferido siempre jugar al margen de las grandes ligas comerciales.

ry-cooder-face

Más partidario de la calidad (con Van Morrison, que gasta fama de arisco pero que sí acreditó sus aportaciones, grabó el seminal Into the music) que de ser un bufón acompañante de superhéroes efímeros. Un ejemplo de honestidad artística que, por poner un ejemplo en las antípodas, contrasta con guitarristas tan bien dotados como complacientes como Carlos Santana o Gary Moore.

En el Palacio de Congresos, que no se llenó del todo aunque contó con una fiel audiencia de aficionados ya entrados en años, la raíz blues-rock de Ry Cooder quedó retratada con esmero de orfebre en temas añejos como Vigilante man, Losing boy, Crazy about an automobile, You gotta pay, One meat ball, Jesus on the mainline y, en clave de ranchera, Impossible. Se echó en falta, no obstante, una aproximación más profunda a esas músicas de pueblo que en los últimos años han sido objeto de desvelo para el maestro californiano.

Reconoció una vez Ry Cooder que no le gusta llegar tarde a las obras de artistas veteranos, él que ya rescató de las profundas sombras del olvido al pianista Rubén González (“una mezcla entre Thelonius Monk y Félix El Gato”, Cooder dixit) y al Nat King Cole cubano Ibrahim Ferrer en Buena Vista Social Club, y también a los genios chicanos Ersi Arvizu y Lalo Guerrero en el antológico Chávez Ravine. Quizá por eso sonó a demasiado poco que de la tragedia social que tumbó un barrio emigrante para dar paso a la construcción de un estadio de fútbol americano para los Dodgers apenas interpretara, como despedida, la conmovedora Poor man’s Shangri-La. Fue,digamos, la única sombra de una noche espléndida, noventa minutos para grabar a fuego en el disco duro. Pero ya se sabe que aquí nadie es perfecto, incluso Ry Cooder. Que vuelva cuando quiera.

Publicado en La Opinión de Tenerife en julio de 2009

Anuncios

Rubén Blades: “Escribes canciones sobre asuntos difíciles, pero la música se hace fuerte y te respetan”

23 Jun

por Carlos Fuentes

Ha pasado un cuarto de siglo desde que entregó su obra maestra, Buscando América, pero el notario mayor del barrio latino no ha perdido su olfato de francotirador. Ministro de Turismo de Panamá hasta el próximo 1 de julio de 2009, Rubén Blades afila su verbo fotográfico, dispara palabras en tiempo real, rearma su conciencia y prepara disco nuevo. Mucho queda todavía de aquel chico audaz que pasó de mozo de almacén a capitanear la primera división de la salsa.

Vocero cronista de la vecindad, Rubén Blades Bellido de Luna (Ciudad de Panamá, 1948) trasciende con creces el rol de músico, cantautor o como usted quiera llamarlo. Compositor de largo recorrido, abogado y actor, luego político y ahora ministro, concita admiración y respeto por su capacidad probada para pergeñar con canciones el mapa social y emocional de América Latina.

Después de cuatro años de retiro voluntario tras ser nombrado ministro de Turismo por el nuevo presidente panameño, el socialdemócrata Martín Torrijos Espino, Rubén Blades regresó por un rato a los escenarios españoles con el grupo Son de Tikizia. En una suerte de ensayo general de su retorno a la música, el cine y el teatro, el cronista mayor de América Latina afirma que la política le ha permitido crecer como persona y ampliar puntos de vista sobre el futuro del pueblo latinoamericano. “Me ha hecho mejor ciudadano, mejor ser humano, más solidario, menos egoísta, más paciente”. Pero el músico que lleva dentro se rebela: “Cuando vuelva a escribir lo haré con la honestidad de siempre”.

No es fácil ser Rubén Blades, por tiempos alternos músico, actor o político. A mitad de los años ochenta, cuando el cantante panameño entregó su trilogía mayor –Buscando América (1984), Escenas (1985) y Agua de luna (1987)– quince dictadores regían todavía los destinos de otros tantos países latinoamericanos. Él ya había completado su grabación primera con la orquesta de Pete Rodríguez, el disco De Panamá a Nueva York (1970). Cinco años después se graduó abogado en Panamá y en 1973, con su familia de raíces británicas y colombianas, se exilió en Estados Unidos lejos del tirano Noriega.

Desde entonces, y hasta la reconciliación con Panamá en 2004, Rubén Blades grabó una veintena de discos propios y cantó en otros tantos álbumes ajenos: de Willie Colón y Cheo Feliciano a Paul Simon y Calle 13, de Sting a Los Lobos, de Héctor Lavoe a Los Fabulosos Cadillacs. También formó parte durante una década, en los gloriosos años setenta, de la poderosa alineación de la Fania All Stars. Cuando todos los focos del universo latino iluminaban a la salsa.

Gorra calada, apenas camiseta y tejanos (“nadie me ha sabido explicar para qué sirve una corbata, salvo para que te ahorquen con ella”), Rubén Blades toma asiento y retira un cartel postizo que anuncia al ministro de Panamá. Él mismo lo explica (“tengo una licencia de tres semanas sin sueldo y una de vacaciones”), así que quien ahora empieza a hablar es el músico. Será una charla a tres tandas en dos semanas, en persona, ampliada por correo electrónico y, al final, con varias reflexiones extraídas de su bitácora digital, El Show de Rubén Blades.

¿Cómo interpreta hoy el mensaje del disco Buscando América? ¿Siguen vigentes los problemas que denunció en 1984? “Todavía tenemos mucho que hacer para producir gobiernos eficientes y respuestas claras para la población, desde la salud hasta la educación. Y la vigilancia para impedir el regreso de los abusos contra los derechos humanos no puede ser suspendida. La posibilidad de que cometamos los mismos errores se verá limitada solo a través de una continua y consistente participación civil”, explica el autor de Desapariciones, una de esas canciones emblema que resumió los sangrientos años de plomo en América.

Porque Rubén Blades no baja la guardia, reivindica su vocación política en Panamá (“fundé un partido independiente y participé como candidato presidencial planteando respuestas fuera de la partidocracia tradicional y las propuestas ideológicas de siempre”) y reconoce ya algunos beneficios tangibles. “Uno de mis defectos es la impaciencia. Decido algo y lo hago. Pero en la administración pública no es así, hay esquemas estúpidos, y ahora tengo un mayor nivel de paciencia, que es algo que ayuda no cometer equivocaciones”.

De un reto actual, la emigración, la voz del político ayuda a moldear la posición del músico. ¿Qué opina de la directiva de la vergüenza aprobada por la Unión Europea para controlar a los trabajadores extranjeros? “Todos los países tienen derecho a una política de desarrollo de la emigración. Hay que considerar la capacidad de carga”, reflexiona Rubén Blades. “Acá será cuestión de decidir cómo se responde, pero no se debe fundamentar una política migratoria en función de raza, sexo o procedencia. No es lo que se espera de una sociedad”.

Compositor de referencia de lo que se vino a acuñar como salsa intelectual, Rubén Blades rebosa compromiso social. No vende sueños, él es la calle. Y domina como pocos la jerga del barrio, aunque este recurso literario no es más que el medio propio de expresión que busca un fin. “Escribes sobre temas difíciles que logran que las personas se sientan menos solas. La música se hace fuerte y entonces te respetan, son argumentos honestos”, arguye el ganador de seis premios Grammy. “Nunca sé cuándo voy a escribir. Imagino que el proceso es súbito. Y ese proceso no es como sentarse a hacer zapatos. Muchas canciones de contenido social las escribí porque me sentí indignado por cosas que veía. Es como el bolero: se escriben boleros cuando el amor comienza y cuando el amor termina. No hay boleros en el medio porque a nadie le importa. Es la pasión del inicio y el dolor, la miseria, del final del amor. Nadie escribe del medio”.

De entre todas sus canciones a tumba abierta cita Cuentas del alma. “La mujer latinoamericana nunca ha sido reconocida en su aporte al desarrollo del hogar, y tampoco en términos emocionales ni espirituales. Porque la mujer, en general, por la condición machista de nuestra sociedad, aunque va cambiando, no llega a desarrollar todo su potencial. No le dan las oportunidades que merece”.

Observador afilado de voces que están a la vuelta de la esquina, Rubén Blades valora la influencia de la salsa en el gran pueblo latinoamericano, aunque matiza un pronóstico sobre su porvenir. “La salsa va a ser redescubierta porque su futuro ya no se escucha solo en el Caribe. Y continuará siempre al ser un género con mucha vitalidad y energía, y con un baile tan físico. Ya se sabe: baile de lejos, baile de pendejos. La salsa está bien, gracias”, dice con sonrisa de medio lado.

¿Y formar parte del gran negocio de la música es bueno para que no se perviertan los mensajes? “¿Y cuál es el gran negocio?”, se pregunta en voz alta. “En el mundo de la música lo usual es que los piratas se lucren ilegalmente con nuestras canciones, con el apoyo de quienes no entienden que no es correcto”. Pero viéndolo en la política, en el dinero, uno teme que aquel francotirador del barrio haya desaparecido. ¿No se habrá convertido usted en un muchacho plástico? “Es equivocado asumir que todos los que entramos al servicio público estamos en el dinero. Es totalmente falso y forma parte de esos mitos que algunos intereses, apoyados en la ignorancia y la ausencia de criterios, pretenden crear alrededor de toda persona en la gestión política. Imagino que lo preguntas para provocarme. A mis sesenta años, ¿cómo voy a ser un muchacho plástico?”.

Aunque el vate panameño anuncie un “redescubrimiento” de la salsa más allá de las fronteras hispanoparlantes, por ahora a nivel comercial mandan el pop latino más accesible y el rescate de viejas grabaciones de la época dorada de la música latina en Nueva York. Incluso Rubén Blades está regrabando ahora sus discos antiguos para recuperar el control total sobre su obra músical de largo recorrido. ¿Queda por aparecer algo tan bonito y sabroso como las músicas populares de los años setenta y ochenta en América Latina? “Cada generación produce éxitos y fracasos. No sé qué se presentará en el futuro, pero imagino que se producirá atendiendo a las circunstancias y a las realidades que definen su momento. Es inútil tratar de repetir tiempos pasados bajo condiciones pasadas”, reflexiona el veterano músico panameño. “Cada generación brinda su punto de vista. Cada cual vive su momento y reacciona de acuerdo al entorno”.

Quizás por eso, audaz, Rubén Blades contempla el hip hop y el reggaetón como ágiles lenguajes musicales de los tiempos que corren. El producto urbano de décadas de influencias culturales y musicales entre los dos lados de América. ¿Tendrán estas nuevas músicas latinas urbanas un recorrido y una autoridad más allá de la explosión popular actual? “Cada generación interpreta la realidad de acuerdo a sus condiciones y capacidades. No sé qué va a pasar con eso. Acabo de colaborar con el grupo Calle 13 en su reciente disco, en una pieza sobre el barrio de La Perla, en San Juan de Puerto Rico. Es música urbana, es arte urbano. Si tiene o no calidad sostenible que haga que el género sobreviva a la moda, el tiempo lo dirá. Y las futuras generaciones lo defenderán o lo olvidarán”.

Novedades aparte, Rubén Blades también asume que los días que se van no vuelven (“hay que usar el tiempo y usarlo viciosamente. Soy consciente del paso del tiempo y de que me quedan muchas cosas por hacer”) y ya planea nuevos retos para el día después que deje de ser ministro: “Hacer más cine, dirigir teatro y escribir sobre mi experiencia como latino en Estados Unidos. Y comenzaré mi reinserción en la música y en el cine, que es mi trabajo”. ¿Cómo le gustaría ser recordado para la posteridad? “No me detengo a definir la forma en que seré recordado. Eso sería una vana necedad. Sobre cuál ha sido mi aporte, ese es un asunto que habrán de definirlo quienes sepan qué fue lo que hice”. ¿Y le produce nervios la perspectiva de volver en 2009? “Tendía dudas porque cantar es un ejercicio físico que depende del diafragma, que sabemos que es un músculo. Y porque para un artista parar cuatro años es como dar un beso a la muerte”.

Tiempo antes de que a Thom Yorke se le iluminara la bombilla digital, Rubén Blades ya había experimentado con la venta de su música a través de Internet. En 2003 el panameño colgó unas cuantas canciones y espero reacciones. El invento no funcionó del todo, pero el autor de Siembra (1978) y Maestra Vida (1980), que ya ha participado en una treintena de discos grandes que se publicaron en ocho sellos distintos, no renuncia a las posibilidades del mercado gigante de la era digital. “Si de mí dependiera, el sistema sería colgar los discos en Internet y que la gente mandase al artista el dinero que cree que vale el disco. Siendo serios, sospecho que muy pocos se tomarían la molestia”.

El éxito efímero del disco de Radiohead In Rainbows (2007) vendría luego a darle la razón. Y ahora, ¿qué retos plantean las descargas para garantizar el futuro de las nuevas generaciones de autores? “El reto mayor será cómo mantener la vigencia del producto creativo, a nivel comercial, con tanta oferta que hay en todo el mundo”, admite el músico panameño. “Tiene que darse un nivel de calidad excepcional y consistente para sobrevivir en un mundo tan competitivo como el que plantea mercadear producto por Internet”.

Sabe Rubén Blades que la música no cotiza al alza en la red, pero prefiere agarrarse a estos aprovechamientos nuevos. Al rescate, por ejemplo, de lustrosas grabaciones de antaño. En El Show de Rubén Blades (cómo no, solo en Internet), el cronista de ex señoritas que no saben qué hacer, el creador del Quijote del Harlem, hizo recuento de algunos de sus discos latinos favoritos. A saber: Steppin’ Out (1963), de Joe Cuba Sextette; Jala Jala y Boogaloo (1967), de Ricardo Ray; la canción Perfume de rosa, de los imperiales Rafael Cortijo e Ismael Rivera; Superimposition (1971), de Eddie Palmieri; el tema Montuneando, de Ralph Robles; y el álbum Cosa nuestra (1971), de Willie Colón y Héctor Lavoe. “No son los mejores discos ni las mejores canciones, sino los que más me gustan por estar amarrados a una vivencia”.

 

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2008

Eduardo Galeano, la voz que abrió los ojos de América

13 Abr

por Carlos Fuentes

Hay voces que llegan antes de lo previsto, y que se adelantan a la política de lo políticamente correcto. Eduardo Galeano encarnó una. La voz de los sin voz, el eco latente de los pueblos que habían perdido algún partido con esa historia de convulsiones que se conoce por América Latina. Y fue su aliento de vida, esa energía moral inasequible al desaliento, su compromiso a la intemperie, el que terminó por alzarse en el andamiaje de casi toda la obra literaria y periodística que abordó después la autocrítica de la vida en el continente. Bien amarrado al acervo cultural latinoamericano, el escritor y pensador uruguayo deja una obra que supera estereotipos y que merecerá, sin duda, relecturas en tiempo real.

La América Latina que recibió a Eduardo Germán María Hughes Galeano en la clausura del verano de 1940 en Montevideo era la eterna crónica no escrita de un subcontinente devastado por enfermedades sociales que parecían plagas bíblicas. El subdesarrollo, el hambre y el miedo. El clasismo y el imperialismo. La vergüenza de raza y el sometimiento. Más que votos, en América campaban las botas y los uniformes verde olivo. Y al pibe Eduardo las primeras crónicas le salieron en forma de tiras cómicas sobre política para el diario socialista El Sol. Firmaba entonces Gius, con la pronunciación de su apellido paterno, rasgo que visto ahora se antoja premonición de la reivindicación latina que llevó siempre en la mochila. Ya en los años sesenta, junto a Mario Benedetti, otro personaje imprescindible para comprender a carta cabal la nutritiva literatura americana del último medio siglo XX, se embarcó en labores periodísticas en el semanario Marcha, donde coincidió con Juan Carlos Onetti, Alfredo Zitarrosa, el cubano Roberto Fernández Retamar y el peruano Vargas Llosa, entre muchos otros.

Eduardo Galeano 3

El 27 de junio de 1973 llegó el primer encontronazo con la realidad. Golpe de estado mediante, Uruguay se entregó manu militari a la administración de Juan María Bordaberry, que en nombre de la patria y el orden de los patriotas pronto cercenó libertades básicas y terminó por cerrar la revista progresista. El mismo Galeano, encarcelado por las autoridades golpistas, fue finalmente forzado a exiliarse. Eligió Argentina, pero Buenos Aires no iba a ser su último exilio. Es el tiempo de Época, la publicación que sirvió de combustible para alentar la lucha en América Latina, para dotar de un argumentario a la juventud latinoamericana que valoraba cualquier vía válida para acabar con la represión. Pensar en uno, pero también pensar en el vecino. Que viene a ser una versión más bailable de aquella frase memorable de su colega polaco: “El sentido de la vida es cruzar fronteras”.

Como Kapuscinski, el uruguayo lo repitió hasta el día final. El error, otra vez, es que cada país busque su camino. Que la única opción sea el puro canibalismo. “La guerra vecinal es una especialidad latinoamericana. Hemos sido diseñados, como países, para odiarnos entre nosotros. Para ignorarnos, también. Es lo peor de la herencia colonial. Hay otras herencias coloniales, como la de la impotencia. Esa que te dice: “nunca vas a poder, eso no se puede, nunca vas a ser capaz”. La condena a ser espectadores de la historia hecha por otros, incapaces de hacerla con nuestras propias manos, nuestra propia cabeza, nuestro corazón. Con nuestras propias piernas que caminan”.

cartel Galeano

De vuelta a Uruguay, Eduardo Galeano, de regreso otra vez del frío del exilio (en Madrid, donde residió hasta 1985), llegó para sumar. Al año siguiente ya estaba entre los impulsores de la demanda de revocación de la ley de punto final con la que militares de dictadura intentaron sacudirse toda responsabilidad por los crímenes cometidos en el santo nombre de la patria, de la bandera y del progreso. Su compromiso fue reconocido luego con varios premios honoríficos universitarios en América y Europa, también por colectivos sociales, culturales y estudiantiles de su continente natal. Acaso el galardón que más llenó el alma del autor de El libro de los abrazos fue el concedido hace cuatro años por la Federación Universitaria de Buenos Aires para reivindicar a Eduardo Galeano como “un ejemplo para la juventud latina”.

Acaso fue la vindicación del derecho a la duda que el propio escritor repasó en voz alta hace apenas un año. “La realidad [de América Latina] ha cambiado mucho, y yo también. La realidad es mucho más compleja precisamente porque la condición humana es diversa. Algunos sectores políticos para mí cercanos pensaban que dicha diversidad era una herejía. Incluso hoy hay algunos sobrevivientes de ese tipo que piensan que toda diversidad es una amenaza. Por fortuna no lo es”.

Su obra más conocida, Las venas abiertas de América Latina, y su extensión retrospectiva, Memoria del fuego, conforman el atlas del sufrimiento del pueblo, de los pueblos latinoamericanos, pero también son una apuesta desbocada por la esperanza y por la responsabilidad histórica de asumir un rumbo propio tras siglos de tutela extranjera impuesta. El primer libro, publicado en 1971, contó con un par de publicitarios de excepción. Pronto fue prohibido por los gobiernos dictatoriales de Videla en Argentina y Pinochet en Chile, y mal recibido en otra media docena de gobiernos autoritarios, pero se alzó rápido en el ideario de la justicia social que pugnaba por hacerse escuchar en las calles ensangrentadas, en las fábricas con sueldos de miseria, en el eco ahogado de los centros de tortura, en los hogares de hojalata de las familias de los desaparecidos.

Para el autor, empero, el libro de las venas abiertas también fue un peso eterno que ya no se sacudió de su mochila. Hasta hace un año, cuando aprovechó una feria literaria en Brasil para contextualizar su reflexión autocrítica en torno a su obra de referencia. “No volvería a leerla porque si lo hiciera me caería desmayado. No tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política cuando lo escribí. No me arrepiento de haberlo escrito, pero ya es una etapa superada”. No debió pensar lo mismo Hugo Chávez cuando en 2009, en la Cumbre de las Américas, regaló un ejemplar (en español) al presidente Obama. Un gesto que, a bote pronto, hizo del título de Galeano un libro best-seller en Norteamérica.

Eduardo Galeano 4

En lo emocional, el compromiso de Galeano con la cultura de los pueblos de América Latina nunca necesitó de actualización. Defensor de las minorías y de sus manifestaciones culturales, sin mirar mapas ni fronteras (en 1986 el primer premio Memoria del Fuego reconoció la devoción de los latinoamericanos por Joan Manuel Serrat), el escritor uruguayo conectó siempre con las formas de hacer poesía desde la canción cotidiana. Como en aquella letras de su amigo Daniel Viglietti: “La copla no tiene dueño, patrones no más mandar, la guitarra americana peleando aprendió a cantar”. También es mérito suyo la vindicación del fútbol como algo más que coliseo de emociones plebeyas. Mucho más que sucedáneo neoliberal del pan y el circo

En 1995 publicó El fútbol a sol y sombra para trazar una radiografía sentimental del pueblo a través de lo que cada domingo ocurre en el teatro del balón, el olor a hierba recién cortada y los sueños del que paga la entrada para escapar de casa. De ese libro-apología es una antológica descripción de la soledad del arquero, otro momento Galeano de compromiso con el desfavorecido por la fama y el dólar: “El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo la lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos”.

Y de vueltas a la vida, él que fue siempre un manantial de frases certeras, de reflexiones con fundamento y sustrato alimenticio, de optimismo en medio del temporal, regaló quizá un postrero resumen apresurado de su forma de vida a su amigo escritor y periodista argentino Jorge Fernández Díaz, otro de esos autores que trascienden épocas y continentes ahora que vuelven a soplar los aires del miedo a vivir en el Cono Sur. “El arcoíris terrestre es mejor que el celeste, tan mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y el oscurantismo. Los seres humanos somos mucho mejor de lo que nos contaron que fuimos”. Palabra de Galeano.

Publicado en El Confidencial en abril de 2015

 

Películas para vivir después de la guerra en Sarajevo

8 Jun

Sarajevo Film Festival

por Carlos Fuentes

Conmueve ser testigo del renacimiento de Sarajevo, la última ciudad mártir de Europa. Ver que sus cuatrocientos mil habitantes pueden pasear en libertad, sentarse en alguno de sus frondosos parques y, quienes lo deseen, incluso pueden ir al cine. Se emociona el visitante cuando recuerda que entre 1992 y 1996 la capital de Bosnia-Herzegovina sobrevivió a un cerco infernal impuesto durante mil días por el Ejército serbio. Ahora, tras el silencio de las bombas y de los francotiradores, el cine regala ilusión cada verano en este cruce de culturas en el corazón de Europa. Conviene recordar los tiempos del martirio para calibrar la magnitud del reto que representa armar un festival cultural en una ciudad que solo lleva dos décadas de vida nueva después del naufragio.

Entre el domingo 5 de abril de 1992 y el jueves 29 de febrero de 1996, militares serbios bajo mando del político Radovan Karadzic y a las órdenes militares del general Ratko Mladic sometieron a tortura a una ciudad que apenas una década antes, en febrero de 1984, había albergado los Juegos Olímpicos de Invierno. Fueron tres años, diez meses, tres semanas y tres días entre violencia cotidiana, vesania premeditada y falta de atención por parte del mundo político occidental a los gritos de auxilio de más de cuatrocientos mil sarajevitas. Los seres humanos que integraban las tres etnias de la región, bosniacos, serbios y croatas, que hasta ese día habían convivido en paz. Resultado: más de cinco mil civiles asesinados y ocho mil soldados muertos.

logo Sarajevo Film Festival

Apenas encauzado el periodo bélico, un grupo de activistas culturales logró poner en marcha un festival de cine en octubre de 1995. No eran tiempos fáciles: el sitio serbio seguía en vigor, apenas congelado durante el proceso de negociaciones forzado por Estados Unidos y una avergonzada comunidad internacional. Desde aquella primera edición del Sarajevo Film Festival, a la que asistieron quince mil personas para contemplar películas procedentes de quince países, el certamen sarajevita no ha perdido su vocación inicial: utilizar el cine, y por extensión la cultura, como herramienta terapéutica útil contra el recuerdo del dolor, contra la ausencia de familiares y la pérdida de amigos.

Para ello, alrededor de un centenar de títulos distribuidos en ocho secciones aspiran ahora a reunir a más de cien mil espectadores en la capital bosnia. Inaugurado el pasado miércoles con la proyección en un gran auditorio a cielo abierto con la película Cuentos sobre la edad dorada, del realizador rumano Cristian Mungiu, ganador hace dos años de la Palma de Oro del Festival de Cannes por su estremecedor relato de la época de abortos clandestinos en la Rumanía de Ceausescu (Cuatro meses, tres semanas, dos días), el festival concluirá el jueves con el pase de El luchador, la resurrección cinematográfica del actor Mickey Rourke, quien tiene previsto asistir al certamen bosnio.

La cita cinematográfica de Sarajevo está lejos de cumplir con convenciones del cine comercial. Ni en continente ni en contenido. La alfombra roja está reducida a un mínimo paseo por las escalinatas del palacio de estilo neoclásico que alberga las oficinas y la programación no tiene espacio libre para concesiones comerciales. En esta edición de 2009, el grueso del programa está dedicado a nuevas producciones realizadas en los países de los Balcanes. De Bosnia a Serbia pasando por Eslovenia, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Montenegro o Macedonia. De hecho, el Sarajevo Film Festival toma el pulso anual al estado de salud del cine centroeuropeo, gran desconocido en las pantallas del sur del continente. Y, a veces, salta la sorpresa.

Quizá los dos mejores precedentes de éxito en el festival de cine bosnio hayan sido En tierra de nadie, la película del director Danis Tanovic que después de su estreno en el 2001 terminó por obtener el Oscar a la mejor película en habla no inglesa; y el largometraje Grbavica, la crónica desgarradora de las violaciones masivas como arma de guerra durante los conflictos bélicos en la antigua Yugoslavia que la directora bosnia Jasmila Zbanic dirigió en 2005. Una película estremecedora que no deja de ser un ajuste de cuentas al estar localizada y rodada en el barrio homónimo próximo a la sede del festival sarajevita. Con ella Zbanic obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín.

Otros compañeros de viaje en el palmarés del Festival de Cine de Sarajevo han sido largometrajes de directores tan recomendables como el danés Lars Von Trier (Rompiendo las olas), el argentino Juan Villegas (Sábado) o el británico Michael Winterbottom (Camino a Guantánamo). Junto a países de consolidada producción cinematográfica, España aporta cada año algún título al festival bosnio. En esta edición, además de alguna coproducción con países latinoamericanos, el cine nacional cuenta con el cortometrajista Chema García Ibarra: estrena el filme de animación El ataque de los robots de nebulosa-5.

En la ciudad de Sylvia

En ediciones recientes, el Festival de Cine de Sarajevo ha programado varias películas españolas. Muy buena aceptación logró el director catalán José Luis Guerin con su largometraje En la ciudad de Sylvia, que fue exhibido en la edición de 2008 dentro de la sección Panorama. En aquella ocasión, Guerin no pudo asistir al certamen sarajevita por encontrarse en la fase previa de rodaje de su nuevo proyecto, Guest. “No estuve en Sarajevo, pero siempre es bueno que tus películas se vean fuera, en otros países. Más importante todavía si En la ciudad de Sylvia se proyecta en un lugar tan especial como Sarajevo”, explica Guerin, director de En construcción, en conversación con este diario.

El cielo gira

Otra reciente experiencia bosnia con acento español estuvo protagonizada hace dos años por la directora Mercedes Álvarez. Su documental El cielo gira se proyectó tras el interés mostrado por el coordinador del Festival de Cine de Sarajevo ante la historia de Aldeaseñor, un pueblo situado en los páramos altos de Soria en el que apenas quedan catorce vecinos. Debido a la enfermedad de un familiar, Mercedes Álvarez tampoco pudo acudir al festival bosnio, pero no por ello guarda un recuerdo amargo. Al contrario, según la información recibida de la organización del certamen bosnio, El cielo gira cautivó al público de un país en el que más de la mitad de sus habitantes aún vive del trabajo agrícola. Quizá porque no haya nada más grato que ver en la gran pantalla vidas ajenas que se parecen a las nuestras.

Publicado en el periódico El Norte de Castilla en agosto de 2009

 

Sucupira, un mercado africano para conocer Cabo Verde

17 May

Sucupira 1

por Carlos Fuentes

Los mercados de África son un mundo aparte. En esta suerte de centros comerciales de lo cotidiano se dan cita cada mañana la vida, las noticias y los sueños de pequeños vendedores que salen adelante suministrando cualquier cosa que necesiten los vecinos. Y cualquier cosa abarca lo vivo y lo muerto, lo nuevo y lo viejo, lo propio y lo extraño. Como si fuera posible ofrecer África entera en un ramillete de calles. En la ciudad de Praia, la capital de Cabo Verde, el mercado africano se llama Sucupira. Y es un mundo aparte.

No está claro el origen del término Sucupira, al menos aquí en la isla grande de Cabo Verde. Se sabe, eso sí, que en Brasil da nombre a un árbol del que, además de madera y forraje, se nutre la población de hojas para infusiones medicinales. En la ciudad de Praia, Sucupira es otra cosa. Es el gran mercado de la capital, el pulmón comercial de la vida cotidiana. Abierto todos los días del año. Sucupira, además, está rodeado por varios hitos importantes de la geografía urbana de Praia. Sucupira es vecino del estadio de Várzea, ubicado en el popular barrio del mismo nombre. Es el campo donde la selección de fútbol jugaba sus partidos hasta el año 2013, cuando se mudó al nuevo estadio del barrio Achada São Filipe. Ahora juegan aquí equipos de Praia, Sporting Clube, Boavista, Clube Desportivo Travadores y Académica, pero no es lo mismo. Quizá por eso, por esa sensación de días mejores que son pasado, Várzea contagia aires de saudade a los aledaños de Sucupira.

Sucupira 2

Desde el estadio, dejando atrás el Palacio de Gobierno y el cementerio, la avenida Cidade de Lisboa desemboca en la puerta principal del mercado de Sucupira. Puertas hay más, pero conviene tomar esta como referencia para intentar orientarse luego en el ramillete de calles, callejones y callejuelas que dan forma al mercado africano. Al otro lado, la nueva iglesia apostólica también es una señal para orientar los paseos por el mapa cotidiano de Sucupira. En el cruce que bordea el templo está la salida principal por carretera al centro de la isla de Santiago y abundan paradas de furgonetas que se encargan del transporte de pasajeros y de abundante carga menor que se compra en Sucupira. Son las populares Hiace, modelo de Toyota que se antoja fundamental para entender cómo funciona la economía de mercado (y el mismo mercado de Sucupira) en Santiago. Con ellas cada día se hacen viajes que distribuyen mercancía a los pueblos todo lo comprado en Praia.

Sucupira 3

En Sucupira se vende de todo. A la pieza y al peso. El tramo inicial es un conglomerado de pequeños puestos de textiles, bolsos y productos domésticos. El espacio es reducido, pero sobre las mesas lucen botes de champú y otros productos de baño y cocina. Alguna peluquería avisa de que en la parte central del bazar los salones de belleza al estilo africano serán los protagonistas. Más propio de un mercado es encontrarse con artesanos del cuero y el metal. También hay artistas que aprovechan el vaivén comercial para vender cuadros en los rincones más insospechados. Una señora anuncia una remesa de bolsos de Senegal elaborados con hilos de plásticos de colores. Ochocientos escudos la pieza, poco más de siete euros. Más baratas son las telas estampadas, importadas de Dakar y Costa de Marfil, que vende otro puesto regentado por una pareja caboverdiana. Un vecino ofrece fruta de baobab y flores de hibisco para hacer bissap. Todo rodeado por un sinfín de souvenires multicolores que cuelgan de alambres por todo el mercado.

Por un latera del mercado, camino del parque 5 de Julio, se encuentra la zona de productos frescos, desde frutas y hortalizas a pequeños animales de crianza. Ricos plátanos caboverdianos, pequeños y sabrosos, para un tentempié sobre la marcha en el paseo por Sucupira. Al fondo se venden pollos y lechones, también algunas gallinas como las que cocinan en los restaurantes caseros que dan a la avenida Machado Santos. Tres euros por un plato de gallina estofada con verduras y arroz. En el mercado sigue el trasiego. Los puestos se repiten, pero siempre aparece algo diferente. Una esquina con pinta de garaje es la tienda de música más antigua de Sucupira, y conviene aprovechar la ocasión para conocer la morna y algunas otras músicas que pusieron al archipiélago africano en el mapa mundi de la cultura internacional con figuras como Cesária Évora, Ildo Lobo o el grupo Simentera.

Sucupira 4

Todos los pasillos de Sucupira desembocan en la zona de los bidones, otra singularidad del mercado. Al fondo, en un patio triangular techado con plásticos y chapas metálicas, veinte vendedores despliegan cada día la ropa y el calzado usado que llega a Praia en grandes bidones plásticos con cierre hermético. Si las tiendas de nuevo están en la parte alta de la ciudad, casi todas en el barrio administrativo de Plateau, en Sucupira se venden camisas y pantalones a precios para todos los bolsillos. Remites pintados en los bidones explican el negocio: desde Boston, Londres o Lisboa, emigrantes, familiares y ONGs envían bienes usados que abastecen el mercado de ropa y calzado barato en Sucupira. Cualquier prenda de bidón llegada en barco con meses de travesía se paga con escudos caboverdianos. El billete de 200 escudos reproduce a Ernestina, un pailebote que hasta 1965 llevó a muchos africanos a la emigración americana. Antes fue barco de exploración científica y militar en la II Guerra Mundial. Un guiño a la historia compleja de un país que cuenta tantos residentes como emigrantes lejos de sus diez islas atlánticas.

Publicado en la revista NT en marzo de 2016 

Tarrafal, un pueblo entre luces y sombras en Cabo Verde

28 Abr

Caroline Granycome - Tarrafal

por Carlos Fuentes

La amplia bahía abierta al oeste aparece al fondo, al pie del modesto Monte Graciosa, entre leves montañas moldeadas por el viento y el salitre del mar. No sobra la vegetación, tampoco el agua. Las primeras casas escoltan una carretera de adoquines en línea recta que desemboca en el centro de la población. Hemos llegado a Tarrafal, la localidad más importante del norte de la isla de Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde. Un destino ahora apreciado por los viajeros del mar y la naturaleza, pero que hace medio siglo fue escenario de uno de los capítulos más infames del declive colonial portugués en África.

Como en la fotografía de Caroline Granycome, el pueblo de Tarrafal lleva toda la vida mirando al mar desde la Serra Malagueta, hoy parque natural y límite sur del municipio. Creado en 1917 a partir de la separación del vecino pueblo de Santa Catarina, muchos de los veinte mil habitantes de Tarrafal se dedican a labores asociadas al puerto, ya sea en la pesca tradicional, el comercio o los servicios. También la agricultura tiene un papel notable con cultivos de maíz y caña de azúcar o frutas como plátano, mango y lima. En la época de la construcción del puerto de piedra volcánica, el auge del comercio de la jartrofa, el piñón de tempate, fue uno de los sustentos de la población. En el casco antiguo viven siete mil vecinos, siendo Chão Bom y Achada Tenda otros núcleos importantes situados a setenta kilómetros de la capital, Praia.

Campo de Tarrafal

La imagen tranquila de Tarrafal, sus acogedoras calles de adoquines, como pocas quedan ya en la isla, contrasta con un momento crucial en la historia de Cabo Verde y también en la historia de la que fue su potencia colonial hasta 1975. Durante el dominio de Portugal sobre este archipiélago africano, los dirigentes de la dictadura cívico-militar de Lisboa utilizaron el municipio de Tarrafal como lugar de confinamiento y destierro para líderes políticos y sindicales de Portugal y de otros países africanos. En 1936 el pueblo albergó uno de los centros de represión más crueles puestos en marcha por la dictadura del Estado Novo: la colonia penal de Tarrafal, cuyos muros de arena y piedras aún custodian la carretera de entrada al casco antiguo.

Apenas dos kilómetros de carretera empedrada separan el centro del pueblo y la entrada al campo de concentración. Sopla el viento, aunque es un día tranquilo. El sol, eso sí, no da tregua. Quince minutos de paseo es tiempo suficiente para hacerse una idea de cómo pudo ser la vida aquí de los presos políticos que fueron encerrados en la prisión, algunos durante décadas. Un viejo portal levantado con ladrillo hace de primer control, no lejos de la puerta principal. Bajos las almenas, entre muros sólidos, aquí acababa la libertad de los confinados. Rodeados por un foso que dobla la altura de una persona, alambrada y guardia armada permanente, la soledad, el hambre y los malos tratos acabaron con las vidas de treinta y dos personas entre 1937 y 1948.

Tarrafal penal

La Colonia Penal de Tarrafal fue creada por decreto del gobierno portugués el 23 de abril de 1936. En octubre llegó un primer grupo de 152 presos, en su mayoría por vínculos con las revueltas de Marinha Grande en 1934 y la rebelión de marineros a bordo de barcos de guerra en el río Tajo de dos años después. Las órdenes del gobierno surgido del golpe de estado del general Salazar en 1926 eran concluyentes: reclusión mayor sin derecho a visitas para reprimir las protestas políticas y las revueltas sociales. La condena se convirtió en una visita a la muerte para los líderes más destacados de la oposición.

Casi intacto, aunque bastante descuidado, el antiguo campo de concentración de Tarrafal ofrece una visita a uno de los capítulos más oscuros de la historia de Portugal. El lugar de condena para más de trescientas personas durante los quince años que recibió presos. Rodeado por un muro de planta rectangular y siete metros de altura, el penal es un grupo de edificios de aspecto militar que, en general, se mantienen en buen estado. Los cuartos son paredes desnudas, sin mobiliario, en la mayoría de las estancias. Hay una habitación de cocina y un viejo cuarto con letrinas excavadas en unas piedras sobre el suelo. Ahora todo rebosa malas hierbas, apenas unos paneles informan sobre la historia del lugar, esperando quizás un proyecto de rehabilitación en el que está involucrado el ministro de Cultura de Cabo Verde, el músico Mario Lúcio, sin duda el vecino más popular de Tarrafal.

pescadores

La visita a lo que queda de la Colonia Penal de Tarrafal concluye a las puertas del pueblo de Chão Bom, ya de vuelta al casco antiguo que bordea la bahía por el mismo empedrado de adoquines de la llegada. Si no es muy tarde, todavía hay tiempo para disfrutar del desembarco diario del pescado en el muelle, junto a una de las pocas playas de arena amarilla en Santiago.

También para pasear por los alrededores del mercado municipal, visitar la escuela de música y artesanía (que ocupa el antiguo mercado) y el Parque de las Meriendas, donde es posible probar platos típicos cocinados con pescado de Tarrafal. El Café Maracuyá sirve helados antes de que la tarde-noche sea competencia del cine-pub Anonymus, en la plaza central de esta ciudad marcada por la historia que ahora vive del mar, del turismo y la naturaleza.

Publicado en la revista NT en febrero de 2016

 

Cidade Velha, una fortaleza sobre adoquines con historia

9 Mar

Fortaleza de San Felipe

por Carlos Fuentes

Cuando los navegantes portugueses llegaron a la isla de San Antonio, apenas superado el ecuador del siglo XV, esta bahía esculpida por el mar sobre piedra volcánica negra fue uno de los primeros paisajes que el mundo antiguo conoció de las islas africanas de Cabo Verde. En 1642 el navegante Diogo Afonso, al servicio del infante Henrique de Portugal, dio noticia del archipiélago y pronto él mismo se hizo cargo de la gestión de la mitad norte de la isla. El navegante genovés Antonio da Noli se encargó de administrar la región sur, con capital en Ribeira Grande. Ahora llamada Cidade Velha, la población tuvo días de esplendor como puerto de paso de las numerosas travesías comerciales transoceánicas, el penoso tráfico forzado de personas en condiciones de esclavitud y la llegada creciente de colonos portugueses procedentes de las regiones rurales del Alentejo y el Algarve.

A tiro en una corta excursión en coche o transporte público desde la cercana Praia, capital nacional y ciudad más importante de Cabo Verde con más de cien mil habitantes, Cidade Velha está a unos diez kilómetros del casco urbano desde el desvío del barrio de Terra Branca, donde un pequeño mercado callejero local es buen lugar para aprovisionarse de frutas frescas como papayas o mangos. Un empedrado de adoquines de basalto negro, como cada vez se ven menos en las islas, desciende hasta la bahía de la ciudad antigua. El escenario parece sacado de una película de aventuras. Un castillo en ruinas preside la ensenada, a 120 metros sobre el mar. Y no es una torre cualquiera.

Fortaleza de San Felipe

Construida en 1593 para proteger Ribeira Grande, que en 1578 y 1585 había sufrido dos ataques del corsario inglés Francis Drake, la Fortaleza Real de San Felipe tampoco se libró de los asaltos piratas. En 1712 fue arrasada por el francés Cassard, que incendió el convento franciscano. Atrás quedaban hitos para la historia de la humanidad con las visitas de Vasco de Gama, que pasó por aquí en 1497 camino de la India, y de Cristóbal Colón, que al año siguiente hizo parada en costas de Cabo Verde en su tercer viaje a América.

Cidade Velha Pelourinho

Otra estampa de antiguos días de gloria en Ribeira Grande es el pelourinho que se encuentra en la plaza central, junto a Casa Velha, una de las viviendas originales de la ciudad. Levantado en 1520, esta columna de piedra servía a modo de picota para amarrar a los acusados de un delito y, en la época infame de la esclavitud, para castigar a los trabajadores forzosos. Hasta el siglo XVII Ribeira Grande se benefició sobremanera del dinero que se movía con el tráfico de esclavos hacia América al ser puerto de escala de barcos negreros entre las costas continentales de África y los destinos en América.

Tierra adentro, a espaldas del mar, ascendiendo por el cauce del barranco se encuentra la rua Banana, que está considerada la primera calle trazada en las tierras coloniales por el imperio portugués. Una vereda por sus casas bajas de piedra y techos de teja enlaza con la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, otro hito en la historia de Cidade Velha. Construido en 1495, este templo fue el primer edificio religioso que los colonos lusos levantaron fuera de Portugal. La austera iglesia cristiana de estilo manuelino se mantiene en activo con misas semanales, mientras la vida pasa y las gallinas picotean el verde de su jardín.

Cidade Velha rua Banana

En Cidade Velha, a pesar de la escasez de agua, consuetudinaria en todas las islas de Cabo Verde, el verde es generoso. Cotizan las sombras de palmeras, buganvillas, flamboyanes, plataneras y matas de mango, ahora aprovechadas para albergar terrazas y restaurantes frente al mar. Entre platanales transcurre el camino empedrado que lleva a la zona residencial, donde destaca el hotel Vulcão, ampliado ahora con restaurante buffet y malecón para darse un baño. Este lugar es muy popular entre las familias caboverdianas y algunas aprovechan la jornada festiva de los domingos para almorzar platos típicos como la cachupa junto al mar mientras un grupo toca mornas y coladeiras, los ritmos musicales más importantes del folclor caboverdiano.

Cidade Velha Iglesia del Rosario

De regreso al centro de Cidade Velha, la visita se puede completar con un rato de descanso frente al mar. Conviene probar la cerveza local Strela Kriola, el café cultivado sobre ceniza volcánica en la vecina isla de Fogo y, si hay suerte, disfrutar del desembarco de los pescadores que vuelven a puerto tras el día de faena. Merece la pena degustar el pescado fresco cocinado en parrilla de leña, y los más interesados en la cultura africana pueden visitar algúna salas con artesanía. En la plaza se vende bisutería elaborada con caracolas de mar.

En el camino de vuelta hacia la capital Praia se encuentra otro lugar pintoresco, el pueblo de São Martinho Grande, pequeño núcleo vecinal junto a la carretera por el que aún discuten los municipios de Praia y Ribeira Grande de Santiago. Su iglesia de color rosa sobre la costa volcánica brinda una estampa singular de la isla de Santiago y pone fin a una excursión por la historia añeja de Cidade Velha, una de las siete maravillas del antiguo mundo colonial de Portugal junto a las fortalezas de las localidades de Diu (India) y Mazagán (Marruecos), y los templos religiosos de Macao (China), Goa (India), Ouro Preto y Salvador de Bahía (Brasil).

Publicado en la revista NT en diciembre de 2015