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Eduardo Galeano, la voz que abrió los ojos de América

13 Abr

por Carlos Fuentes

Hay voces que llegan antes de lo previsto, y que se adelantan a la política de lo políticamente correcto. Eduardo Galeano encarnó una. La voz de los sin voz, el eco latente de los pueblos que habían perdido algún partido con esa historia de convulsiones que se conoce por América Latina. Y fue su aliento de vida, esa energía moral inasequible al desaliento, su compromiso a la intemperie, el que terminó por alzarse en el andamiaje de casi toda la obra literaria y periodística que abordó después la autocrítica de la vida en el continente. Bien amarrado al acervo cultural latinoamericano, el escritor y pensador uruguayo deja una obra que supera estereotipos y que merecerá, sin duda, relecturas en tiempo real.

La América Latina que recibió a Eduardo Germán María Hughes Galeano en la clausura del verano de 1940 en Montevideo era la eterna crónica no escrita de un subcontinente devastado por enfermedades sociales que parecían plagas bíblicas. El subdesarrollo, el hambre y el miedo. El clasismo y el imperialismo. La vergüenza de raza y el sometimiento. Más que votos, en América campaban las botas y los uniformes verde olivo. Y al pibe Eduardo las primeras crónicas le salieron en forma de tiras cómicas sobre política para el diario socialista El Sol. Firmaba entonces Gius, con la pronunciación de su apellido paterno, rasgo que visto ahora se antoja premonición de la reivindicación latina que llevó siempre en la mochila. Ya en los años sesenta, junto a Mario Benedetti, otro personaje imprescindible para comprender a carta cabal la nutritiva literatura americana del último medio siglo XX, se embarcó en labores periodísticas en el semanario Marcha, donde coincidió con Juan Carlos Onetti, Alfredo Zitarrosa, el cubano Roberto Fernández Retamar y el peruano Vargas Llosa, entre muchos otros.

Eduardo Galeano 3

El 27 de junio de 1973 llegó el primer encontronazo con la realidad. Golpe de estado mediante, Uruguay se entregó manu militari a la administración de Juan María Bordaberry, que en nombre de la patria y el orden de los patriotas pronto cercenó libertades básicas y terminó por cerrar la revista progresista. El mismo Galeano, encarcelado por las autoridades golpistas, fue finalmente forzado a exiliarse. Eligió Argentina, pero Buenos Aires no iba a ser su último exilio. Es el tiempo de Época, la publicación que sirvió de combustible para alentar la lucha en América Latina, para dotar de un argumentario a la juventud latinoamericana que valoraba cualquier vía válida para acabar con la represión. Pensar en uno, pero también pensar en el vecino. Que viene a ser una versión más bailable de aquella frase memorable de su colega polaco: “El sentido de la vida es cruzar fronteras”.

Como Kapuscinski, el uruguayo lo repitió hasta el día final. El error, otra vez, es que cada país busque su camino. Que la única opción sea el puro canibalismo. “La guerra vecinal es una especialidad latinoamericana. Hemos sido diseñados, como países, para odiarnos entre nosotros. Para ignorarnos, también. Es lo peor de la herencia colonial. Hay otras herencias coloniales, como la de la impotencia. Esa que te dice: “nunca vas a poder, eso no se puede, nunca vas a ser capaz”. La condena a ser espectadores de la historia hecha por otros, incapaces de hacerla con nuestras propias manos, nuestra propia cabeza, nuestro corazón. Con nuestras propias piernas que caminan”.

cartel Galeano

De vuelta a Uruguay, Eduardo Galeano, de regreso otra vez del frío del exilio (en Madrid, donde residió hasta 1985), llegó para sumar. Al año siguiente ya estaba entre los impulsores de la demanda de revocación de la ley de punto final con la que militares de dictadura intentaron sacudirse toda responsabilidad por los crímenes cometidos en el santo nombre de la patria, de la bandera y del progreso. Su compromiso fue reconocido luego con varios premios honoríficos universitarios en América y Europa, también por colectivos sociales, culturales y estudiantiles de su continente natal. Acaso el galardón que más llenó el alma del autor de El libro de los abrazos fue el concedido hace cuatro años por la Federación Universitaria de Buenos Aires para reivindicar a Eduardo Galeano como “un ejemplo para la juventud latina”.

Acaso fue la vindicación del derecho a la duda que el propio escritor repasó en voz alta hace apenas un año. “La realidad [de América Latina] ha cambiado mucho, y yo también. La realidad es mucho más compleja precisamente porque la condición humana es diversa. Algunos sectores políticos para mí cercanos pensaban que dicha diversidad era una herejía. Incluso hoy hay algunos sobrevivientes de ese tipo que piensan que toda diversidad es una amenaza. Por fortuna no lo es”.

Su obra más conocida, Las venas abiertas de América Latina, y su extensión retrospectiva, Memoria del fuego, conforman el atlas del sufrimiento del pueblo, de los pueblos latinoamericanos, pero también son una apuesta desbocada por la esperanza y por la responsabilidad histórica de asumir un rumbo propio tras siglos de tutela extranjera impuesta. El primer libro, publicado en 1971, contó con un par de publicitarios de excepción. Pronto fue prohibido por los gobiernos dictatoriales de Videla en Argentina y Pinochet en Chile, y mal recibido en otra media docena de gobiernos autoritarios, pero se alzó rápido en el ideario de la justicia social que pugnaba por hacerse escuchar en las calles ensangrentadas, en las fábricas con sueldos de miseria, en el eco ahogado de los centros de tortura, en los hogares de hojalata de las familias de los desaparecidos.

Para el autor, empero, el libro de las venas abiertas también fue un peso eterno que ya no se sacudió de su mochila. Hasta hace un año, cuando aprovechó una feria literaria en Brasil para contextualizar su reflexión autocrítica en torno a su obra de referencia. “No volvería a leerla porque si lo hiciera me caería desmayado. No tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política cuando lo escribí. No me arrepiento de haberlo escrito, pero ya es una etapa superada”. No debió pensar lo mismo Hugo Chávez cuando en 2009, en la Cumbre de las Américas, regaló un ejemplar (en español) al presidente Obama. Un gesto que, a bote pronto, hizo del título de Galeano un libro best-seller en Norteamérica.

Eduardo Galeano 4

En lo emocional, el compromiso de Galeano con la cultura de los pueblos de América Latina nunca necesitó de actualización. Defensor de las minorías y de sus manifestaciones culturales, sin mirar mapas ni fronteras (en 1986 el primer premio Memoria del Fuego reconoció la devoción de los latinoamericanos por Joan Manuel Serrat), el escritor uruguayo conectó siempre con las formas de hacer poesía desde la canción cotidiana. Como en aquella letras de su amigo Daniel Viglietti: “La copla no tiene dueño, patrones no más mandar, la guitarra americana peleando aprendió a cantar”. También es mérito suyo la vindicación del fútbol como algo más que coliseo de emociones plebeyas. Mucho más que sucedáneo neoliberal del pan y el circo

En 1995 publicó El fútbol a sol y sombra para trazar una radiografía sentimental del pueblo a través de lo que cada domingo ocurre en el teatro del balón, el olor a hierba recién cortada y los sueños del que paga la entrada para escapar de casa. De ese libro-apología es una antológica descripción de la soledad del arquero, otro momento Galeano de compromiso con el desfavorecido por la fama y el dólar: “El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo la lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos”.

Y de vueltas a la vida, él que fue siempre un manantial de frases certeras, de reflexiones con fundamento y sustrato alimenticio, de optimismo en medio del temporal, regaló quizá un postrero resumen apresurado de su forma de vida a su amigo escritor y periodista argentino Jorge Fernández Díaz, otro de esos autores que trascienden épocas y continentes ahora que vuelven a soplar los aires del miedo a vivir en el Cono Sur. “El arcoíris terrestre es mejor que el celeste, tan mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y el oscurantismo. Los seres humanos somos mucho mejor de lo que nos contaron que fuimos”. Palabra de Galeano.

Publicado en El Confidencial en abril de 2015

 

Películas para vivir después de la guerra en Sarajevo

8 Jun

Sarajevo Film Festival

por Carlos Fuentes

Conmueve ser testigo del renacimiento de Sarajevo, la última ciudad mártir de Europa. Ver que sus cuatrocientos mil habitantes pueden pasear en libertad, sentarse en alguno de sus frondosos parques y, quienes lo deseen, incluso pueden ir al cine. Se emociona el visitante cuando recuerda que entre 1992 y 1996 la capital de Bosnia-Herzegovina sobrevivió a un cerco infernal impuesto durante mil días por el Ejército serbio. Ahora, tras el silencio de las bombas y de los francotiradores, el cine regala ilusión cada verano en este cruce de culturas en el corazón de Europa. Conviene recordar los tiempos del martirio para calibrar la magnitud del reto que representa armar un festival cultural en una ciudad que solo lleva dos décadas de vida nueva después del naufragio.

Entre el domingo 5 de abril de 1992 y el jueves 29 de febrero de 1996, militares serbios bajo mando del político Radovan Karadzic y a las órdenes militares del general Ratko Mladic sometieron a tortura a una ciudad que apenas una década antes, en febrero de 1984, había albergado los Juegos Olímpicos de Invierno. Fueron tres años, diez meses, tres semanas y tres días entre violencia cotidiana, vesania premeditada y falta de atención por parte del mundo político occidental a los gritos de auxilio de más de cuatrocientos mil sarajevitas. Los seres humanos que integraban las tres etnias de la región, bosniacos, serbios y croatas, que hasta ese día habían convivido en paz. Resultado: más de cinco mil civiles asesinados y ocho mil soldados muertos.

logo Sarajevo Film Festival

Apenas encauzado el periodo bélico, un grupo de activistas culturales logró poner en marcha un festival de cine en octubre de 1995. No eran tiempos fáciles: el sitio serbio seguía en vigor, apenas congelado durante el proceso de negociaciones forzado por Estados Unidos y una avergonzada comunidad internacional. Desde aquella primera edición del Sarajevo Film Festival, a la que asistieron quince mil personas para contemplar películas procedentes de quince países, el certamen sarajevita no ha perdido su vocación inicial: utilizar el cine, y por extensión la cultura, como herramienta terapéutica útil contra el recuerdo del dolor, contra la ausencia de familiares y la pérdida de amigos.

Para ello, alrededor de un centenar de títulos distribuidos en ocho secciones aspiran ahora a reunir a más de cien mil espectadores en la capital bosnia. Inaugurado el pasado miércoles con la proyección en un gran auditorio a cielo abierto con la película Cuentos sobre la edad dorada, del realizador rumano Cristian Mungiu, ganador hace dos años de la Palma de Oro del Festival de Cannes por su estremecedor relato de la época de abortos clandestinos en la Rumanía de Ceausescu (Cuatro meses, tres semanas, dos días), el festival concluirá el jueves con el pase de El luchador, la resurrección cinematográfica del actor Mickey Rourke, quien tiene previsto asistir al certamen bosnio.

La cita cinematográfica de Sarajevo está lejos de cumplir con convenciones del cine comercial. Ni en continente ni en contenido. La alfombra roja está reducida a un mínimo paseo por las escalinatas del palacio de estilo neoclásico que alberga las oficinas y la programación no tiene espacio libre para concesiones comerciales. En esta edición de 2009, el grueso del programa está dedicado a nuevas producciones realizadas en los países de los Balcanes. De Bosnia a Serbia pasando por Eslovenia, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Montenegro o Macedonia. De hecho, el Sarajevo Film Festival toma el pulso anual al estado de salud del cine centroeuropeo, gran desconocido en las pantallas del sur del continente. Y, a veces, salta la sorpresa.

Quizá los dos mejores precedentes de éxito en el festival de cine bosnio hayan sido En tierra de nadie, la película del director Danis Tanovic que después de su estreno en el 2001 terminó por obtener el Oscar a la mejor película en habla no inglesa; y el largometraje Grbavica, la crónica desgarradora de las violaciones masivas como arma de guerra durante los conflictos bélicos en la antigua Yugoslavia que la directora bosnia Jasmila Zbanic dirigió en 2005. Una película estremecedora que no deja de ser un ajuste de cuentas al estar localizada y rodada en el barrio homónimo próximo a la sede del festival sarajevita. Con ella Zbanic obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín.

Otros compañeros de viaje en el palmarés del Festival de Cine de Sarajevo han sido largometrajes de directores tan recomendables como el danés Lars Von Trier (Rompiendo las olas), el argentino Juan Villegas (Sábado) o el británico Michael Winterbottom (Camino a Guantánamo). Junto a países de consolidada producción cinematográfica, España aporta cada año algún título al festival bosnio. En esta edición, además de alguna coproducción con países latinoamericanos, el cine nacional cuenta con el cortometrajista Chema García Ibarra: estrena el filme de animación El ataque de los robots de nebulosa-5.

En la ciudad de Sylvia

En ediciones recientes, el Festival de Cine de Sarajevo ha programado varias películas españolas. Muy buena aceptación logró el director catalán José Luis Guerin con su largometraje En la ciudad de Sylvia, que fue exhibido en la edición de 2008 dentro de la sección Panorama. En aquella ocasión, Guerin no pudo asistir al certamen sarajevita por encontrarse en la fase previa de rodaje de su nuevo proyecto, Guest. “No estuve en Sarajevo, pero siempre es bueno que tus películas se vean fuera, en otros países. Más importante todavía si En la ciudad de Sylvia se proyecta en un lugar tan especial como Sarajevo”, explica Guerin, director de En construcción, en conversación con este diario.

El cielo gira

Otra reciente experiencia bosnia con acento español estuvo protagonizada hace dos años por la directora Mercedes Álvarez. Su documental El cielo gira se proyectó tras el interés mostrado por el coordinador del Festival de Cine de Sarajevo ante la historia de Aldeaseñor, un pueblo situado en los páramos altos de Soria en el que apenas quedan catorce vecinos. Debido a la enfermedad de un familiar, Mercedes Álvarez tampoco pudo acudir al festival bosnio, pero no por ello guarda un recuerdo amargo. Al contrario, según la información recibida de la organización del certamen bosnio, El cielo gira cautivó al público de un país en el que más de la mitad de sus habitantes aún vive del trabajo agrícola. Quizá porque no haya nada más grato que ver en la gran pantalla vidas ajenas que se parecen a las nuestras.

Publicado en el periódico El Norte de Castilla en agosto de 2009

 

Sucupira, un mercado africano para conocer Cabo Verde

17 May

Sucupira 1

por Carlos Fuentes

Los mercados de África son un mundo aparte. En esta suerte de centros comerciales de lo cotidiano se dan cita cada mañana la vida, las noticias y los sueños de pequeños vendedores que salen adelante suministrando cualquier cosa que necesiten los vecinos. Y cualquier cosa abarca lo vivo y lo muerto, lo nuevo y lo viejo, lo propio y lo extraño. Como si fuera posible ofrecer África entera en un ramillete de calles. En la ciudad de Praia, la capital de Cabo Verde, el mercado africano se llama Sucupira. Y es un mundo aparte.

No está claro el origen del término Sucupira, al menos aquí en la isla grande de Cabo Verde. Se sabe, eso sí, que en Brasil da nombre a un árbol del que, además de madera y forraje, se nutre la población de hojas para infusiones medicinales. En la ciudad de Praia, Sucupira es otra cosa. Es el gran mercado de la capital, el pulmón comercial de la vida cotidiana. Abierto todos los días del año. Sucupira, además, está rodeado por varios hitos importantes de la geografía urbana de Praia. Sucupira es vecino del estadio de Várzea, ubicado en el popular barrio del mismo nombre. Es el campo donde la selección de fútbol jugaba sus partidos hasta el año 2013, cuando se mudó al nuevo estadio del barrio Achada São Filipe. Ahora juegan aquí equipos de Praia, Sporting Clube, Boavista, Clube Desportivo Travadores y Académica, pero no es lo mismo. Quizá por eso, por esa sensación de días mejores que son pasado, Várzea contagia aires de saudade a los aledaños de Sucupira.

Sucupira 2

Desde el estadio, dejando atrás el Palacio de Gobierno y el cementerio, la avenida Cidade de Lisboa desemboca en la puerta principal del mercado de Sucupira. Puertas hay más, pero conviene tomar esta como referencia para intentar orientarse luego en el ramillete de calles, callejones y callejuelas que dan forma al mercado africano. Al otro lado, la nueva iglesia apostólica también es una señal para orientar los paseos por el mapa cotidiano de Sucupira. En el cruce que bordea el templo está la salida principal por carretera al centro de la isla de Santiago y abundan paradas de furgonetas que se encargan del transporte de pasajeros y de abundante carga menor que se compra en Sucupira. Son las populares Hiace, modelo de Toyota que se antoja fundamental para entender cómo funciona la economía de mercado (y el mismo mercado de Sucupira) en Santiago. Con ellas cada día se hacen viajes que distribuyen mercancía a los pueblos todo lo comprado en Praia.

Sucupira 3

En Sucupira se vende de todo. A la pieza y al peso. El tramo inicial es un conglomerado de pequeños puestos de textiles, bolsos y productos domésticos. El espacio es reducido, pero sobre las mesas lucen botes de champú y otros productos de baño y cocina. Alguna peluquería avisa de que en la parte central del bazar los salones de belleza al estilo africano serán los protagonistas. Más propio de un mercado es encontrarse con artesanos del cuero y el metal. También hay artistas que aprovechan el vaivén comercial para vender cuadros en los rincones más insospechados. Una señora anuncia una remesa de bolsos de Senegal elaborados con hilos de plásticos de colores. Ochocientos escudos la pieza, poco más de siete euros. Más baratas son las telas estampadas, importadas de Dakar y Costa de Marfil, que vende otro puesto regentado por una pareja caboverdiana. Un vecino ofrece fruta de baobab y flores de hibisco para hacer bissap. Todo rodeado por un sinfín de souvenires multicolores que cuelgan de alambres por todo el mercado.

Por un latera del mercado, camino del parque 5 de Julio, se encuentra la zona de productos frescos, desde frutas y hortalizas a pequeños animales de crianza. Ricos plátanos caboverdianos, pequeños y sabrosos, para un tentempié sobre la marcha en el paseo por Sucupira. Al fondo se venden pollos y lechones, también algunas gallinas como las que cocinan en los restaurantes caseros que dan a la avenida Machado Santos. Tres euros por un plato de gallina estofada con verduras y arroz. En el mercado sigue el trasiego. Los puestos se repiten, pero siempre aparece algo diferente. Una esquina con pinta de garaje es la tienda de música más antigua de Sucupira, y conviene aprovechar la ocasión para conocer la morna y algunas otras músicas que pusieron al archipiélago africano en el mapa mundi de la cultura internacional con figuras como Cesária Évora, Ildo Lobo o el grupo Simentera.

Sucupira 4

Todos los pasillos de Sucupira desembocan en la zona de los bidones, otra singularidad del mercado. Al fondo, en un patio triangular techado con plásticos y chapas metálicas, veinte vendedores despliegan cada día la ropa y el calzado usado que llega a Praia en grandes bidones plásticos con cierre hermético. Si las tiendas de nuevo están en la parte alta de la ciudad, casi todas en el barrio administrativo de Plateau, en Sucupira se venden camisas y pantalones a precios para todos los bolsillos. Remites pintados en los bidones explican el negocio: desde Boston, Londres o Lisboa, emigrantes, familiares y ONGs envían bienes usados que abastecen el mercado de ropa y calzado barato en Sucupira. Cualquier prenda de bidón llegada en barco con meses de travesía se paga con escudos caboverdianos. El billete de 200 escudos reproduce a Ernestina, un pailebote que hasta 1965 llevó a muchos africanos a la emigración americana. Antes fue barco de exploración científica y militar en la II Guerra Mundial. Un guiño a la historia compleja de un país que cuenta tantos residentes como emigrantes lejos de sus diez islas atlánticas.

Publicado en la revista NT en marzo de 2016 

Tarrafal, un pueblo entre luces y sombras en Cabo Verde

28 Abr

Caroline Granycome - Tarrafal

por Carlos Fuentes

La amplia bahía abierta al oeste aparece al fondo, al pie del modesto Monte Graciosa, entre leves montañas moldeadas por el viento y el salitre del mar. No sobra la vegetación, tampoco el agua. Las primeras casas escoltan una carretera de adoquines en línea recta que desemboca en el centro de la población. Hemos llegado a Tarrafal, la localidad más importante del norte de la isla de Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde. Un destino ahora apreciado por los viajeros del mar y la naturaleza, pero que hace medio siglo fue escenario de uno de los capítulos más infames del declive colonial portugués en África.

Como en la fotografía de Caroline Granycome, el pueblo de Tarrafal lleva toda la vida mirando al mar desde la Serra Malagueta, hoy parque natural y límite sur del municipio. Creado en 1917 a partir de la separación del vecino pueblo de Santa Catarina, muchos de los veinte mil habitantes de Tarrafal se dedican a labores asociadas al puerto, ya sea en la pesca tradicional, el comercio o los servicios. También la agricultura tiene un papel notable con cultivos de maíz y caña de azúcar o frutas como plátano, mango y lima. En la época de la construcción del puerto de piedra volcánica, el auge del comercio de la jartrofa, el piñón de tempate, fue uno de los sustentos de la población. En el casco antiguo viven siete mil vecinos, siendo Chão Bom y Achada Tenda otros núcleos importantes situados a setenta kilómetros de la capital, Praia.

Campo de Tarrafal

La imagen tranquila de Tarrafal, sus acogedoras calles de adoquines, como pocas quedan ya en la isla, contrasta con un momento crucial en la historia de Cabo Verde y también en la historia de la que fue su potencia colonial hasta 1975. Durante el dominio de Portugal sobre este archipiélago africano, los dirigentes de la dictadura cívico-militar de Lisboa utilizaron el municipio de Tarrafal como lugar de confinamiento y destierro para líderes políticos y sindicales de Portugal y de otros países africanos. En 1936 el pueblo albergó uno de los centros de represión más crueles puestos en marcha por la dictadura del Estado Novo: la colonia penal de Tarrafal, cuyos muros de arena y piedras aún custodian la carretera de entrada al casco antiguo.

Apenas dos kilómetros de carretera empedrada separan el centro del pueblo y la entrada al campo de concentración. Sopla el viento, aunque es un día tranquilo. El sol, eso sí, no da tregua. Quince minutos de paseo es tiempo suficiente para hacerse una idea de cómo pudo ser la vida aquí de los presos políticos que fueron encerrados en la prisión, algunos durante décadas. Un viejo portal levantado con ladrillo hace de primer control, no lejos de la puerta principal. Bajos las almenas, entre muros sólidos, aquí acababa la libertad de los confinados. Rodeados por un foso que dobla la altura de una persona, alambrada y guardia armada permanente, la soledad, el hambre y los malos tratos acabaron con las vidas de treinta y dos personas entre 1937 y 1948.

Tarrafal penal

La Colonia Penal de Tarrafal fue creada por decreto del gobierno portugués el 23 de abril de 1936. En octubre llegó un primer grupo de 152 presos, en su mayoría por vínculos con las revueltas de Marinha Grande en 1934 y la rebelión de marineros a bordo de barcos de guerra en el río Tajo de dos años después. Las órdenes del gobierno surgido del golpe de estado del general Salazar en 1926 eran concluyentes: reclusión mayor sin derecho a visitas para reprimir las protestas políticas y las revueltas sociales. La condena se convirtió en una visita a la muerte para los líderes más destacados de la oposición.

Casi intacto, aunque bastante descuidado, el antiguo campo de concentración de Tarrafal ofrece una visita a uno de los capítulos más oscuros de la historia de Portugal. El lugar de condena para más de trescientas personas durante los quince años que recibió presos. Rodeado por un muro de planta rectangular y siete metros de altura, el penal es un grupo de edificios de aspecto militar que, en general, se mantienen en buen estado. Los cuartos son paredes desnudas, sin mobiliario, en la mayoría de las estancias. Hay una habitación de cocina y un viejo cuarto con letrinas excavadas en unas piedras sobre el suelo. Ahora todo rebosa malas hierbas, apenas unos paneles informan sobre la historia del lugar, esperando quizás un proyecto de rehabilitación en el que está involucrado el ministro de Cultura de Cabo Verde, el músico Mario Lúcio, sin duda el vecino más popular de Tarrafal.

pescadores

La visita a lo que queda de la Colonia Penal de Tarrafal concluye a las puertas del pueblo de Chão Bom, ya de vuelta al casco antiguo que bordea la bahía por el mismo empedrado de adoquines de la llegada. Si no es muy tarde, todavía hay tiempo para disfrutar del desembarco diario del pescado en el muelle, junto a una de las pocas playas de arena amarilla en Santiago.

También para pasear por los alrededores del mercado municipal, visitar la escuela de música y artesanía (que ocupa el antiguo mercado) y el Parque de las Meriendas, donde es posible probar platos típicos cocinados con pescado de Tarrafal. El Café Maracuyá sirve helados antes de que la tarde-noche sea competencia del cine-pub Anonymus, en la plaza central de esta ciudad marcada por la historia que ahora vive del mar, del turismo y la naturaleza.

Publicado en la revista NT en febrero de 2016

 

Cidade Velha, una fortaleza sobre adoquines con historia

9 Mar

Fortaleza de San Felipe

por Carlos Fuentes

Cuando los navegantes portugueses llegaron a la isla de San Antonio, apenas superado el ecuador del siglo XV, esta bahía esculpida por el mar sobre piedra volcánica negra fue uno de los primeros paisajes que el mundo antiguo conoció de las islas africanas de Cabo Verde. En 1642 el navegante Diogo Afonso, al servicio del infante Henrique de Portugal, dio noticia del archipiélago y pronto él mismo se hizo cargo de la gestión de la mitad norte de la isla. El navegante genovés Antonio da Noli se encargó de administrar la región sur, con capital en Ribeira Grande. Ahora llamada Cidade Velha, la población tuvo días de esplendor como puerto de paso de las numerosas travesías comerciales transoceánicas, el penoso tráfico forzado de personas en condiciones de esclavitud y la llegada creciente de colonos portugueses procedentes de las regiones rurales del Alentejo y el Algarve.

A tiro en una corta excursión en coche o transporte público desde la cercana Praia, capital nacional y ciudad más importante de Cabo Verde con más de cien mil habitantes, Cidade Velha está a unos diez kilómetros del casco urbano desde el desvío del barrio de Terra Branca, donde un pequeño mercado callejero local es buen lugar para aprovisionarse de frutas frescas como papayas o mangos. Un empedrado de adoquines de basalto negro, como cada vez se ven menos en las islas, desciende hasta la bahía de la ciudad antigua. El escenario parece sacado de una película de aventuras. Un castillo en ruinas preside la ensenada, a 120 metros sobre el mar. Y no es una torre cualquiera.

Fortaleza de San Felipe

Construida en 1593 para proteger Ribeira Grande, que en 1578 y 1585 había sufrido dos ataques del corsario inglés Francis Drake, la Fortaleza Real de San Felipe tampoco se libró de los asaltos piratas. En 1712 fue arrasada por el francés Cassard, que incendió el convento franciscano. Atrás quedaban hitos para la historia de la humanidad con las visitas de Vasco de Gama, que pasó por aquí en 1497 camino de la India, y de Cristóbal Colón, que al año siguiente hizo parada en costas de Cabo Verde en su tercer viaje a América.

Cidade Velha Pelourinho

Otra estampa de antiguos días de gloria en Ribeira Grande es el pelourinho que se encuentra en la plaza central, junto a Casa Velha, una de las viviendas originales de la ciudad. Levantado en 1520, esta columna de piedra servía a modo de picota para amarrar a los acusados de un delito y, en la época infame de la esclavitud, para castigar a los trabajadores forzosos. Hasta el siglo XVII Ribeira Grande se benefició sobremanera del dinero que se movía con el tráfico de esclavos hacia América al ser puerto de escala de barcos negreros entre las costas continentales de África y los destinos en América.

Tierra adentro, a espaldas del mar, ascendiendo por el cauce del barranco se encuentra la rua Banana, que está considerada la primera calle trazada en las tierras coloniales por el imperio portugués. Una vereda por sus casas bajas de piedra y techos de teja enlaza con la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, otro hito en la historia de Cidade Velha. Construido en 1495, este templo fue el primer edificio religioso que los colonos lusos levantaron fuera de Portugal. La austera iglesia cristiana de estilo manuelino se mantiene en activo con misas semanales, mientras la vida pasa y las gallinas picotean el verde de su jardín.

Cidade Velha rua Banana

En Cidade Velha, a pesar de la escasez de agua, consuetudinaria en todas las islas de Cabo Verde, el verde es generoso. Cotizan las sombras de palmeras, buganvillas, flamboyanes, plataneras y matas de mango, ahora aprovechadas para albergar terrazas y restaurantes frente al mar. Entre platanales transcurre el camino empedrado que lleva a la zona residencial, donde destaca el hotel Vulcão, ampliado ahora con restaurante buffet y malecón para darse un baño. Este lugar es muy popular entre las familias caboverdianas y algunas aprovechan la jornada festiva de los domingos para almorzar platos típicos como la cachupa junto al mar mientras un grupo toca mornas y coladeiras, los ritmos musicales más importantes del folclor caboverdiano.

Cidade Velha Iglesia del Rosario

De regreso al centro de Cidade Velha, la visita se puede completar con un rato de descanso frente al mar. Conviene probar la cerveza local Strela Kriola, el café cultivado sobre ceniza volcánica en la vecina isla de Fogo y, si hay suerte, disfrutar del desembarco de los pescadores que vuelven a puerto tras el día de faena. Merece la pena degustar el pescado fresco cocinado en parrilla de leña, y los más interesados en la cultura africana pueden visitar algúna salas con artesanía. En la plaza se vende bisutería elaborada con caracolas de mar.

En el camino de vuelta hacia la capital Praia se encuentra otro lugar pintoresco, el pueblo de São Martinho Grande, pequeño núcleo vecinal junto a la carretera por el que aún discuten los municipios de Praia y Ribeira Grande de Santiago. Su iglesia de color rosa sobre la costa volcánica brinda una estampa singular de la isla de Santiago y pone fin a una excursión por la historia añeja de Cidade Velha, una de las siete maravillas del antiguo mundo colonial de Portugal junto a las fortalezas de las localidades de Diu (India) y Mazagán (Marruecos), y los templos religiosos de Macao (China), Goa (India), Ouro Preto y Salvador de Bahía (Brasil).

Publicado en la revista NT en diciembre de 2015

De Dakar a San Luis por un océano de baobabs en Senegal

7 Ene

baobab

por Carlos Fuentes

Hay ocasiones en las que un viaje por el interior de un país africano ofrece al visitante un intenso recorrido por la historia de un pueblo. En Senegal, el país de referencia del oeste africano, el trayecto entre la actual capital, Dakar, y la vieja ciudad que una vez lo fue, San Luis, permite al viajero hacerse una idea de cómo se ha desarrollado la vida cotidiana entre las tierras secas del Sahel y la siempre presente cornisa atlántica. También una visita interesante por las ricas huellas históricas de un país que disfruta de plena independencia política desde su emancipación de la metrópoli francesa lograda en 1960.

Con punto de partida en la populosa Dakar, casi tres millones de habitantes en su zona conurbana, este viaje africano de 260 kilómetros en dirección norte se puede realizar en coche particular pero también en transporte público, ya sea con vehículos compartidos que parten desde la estación principal de la capital o en autobuses de línea que realizan varias paradas en localidades intermedias como Thiès, tercera ciudad senegalesa y capital de la artesanía textil nacional, Kebemer o Louga. En estas ciudades se localizan antiguas estaciones de paso de la extinta línea ferroviaria que los colonos franceses construyeron en 1885 bajo dirección del ingeniero Ernest Goüin, uno de los técnicos que realizaron aportaciones al proyecto de la torre diseñada por Gustave Eiffel para París.

playa

No obstante la historia, el camino de Dakar a San Luis deslumbra por el rico abanico de paisajes africanos que atraviesa la carretera nacional N-2. Cerca de la capital, junto a la población de Niaga, se encuentra una de las atracciones naturales más visitadas de Senegal. El Lago Rosa toma nombre de su peculiar color, producto de la existencia de un alga que en la estación seca produce un pigmento rojo para absorber la luz solar. Con una extensión de tres kilómetros cuadrados, su elevado nivel de salinidad hace posible una experiencia única de caminar sobre las aguas rosáceas. Lógico, pues, que entusiasme a los turistas tanto como la vida tranquila que se puede disfrutar en la localidad de Mboro.

Superado el camino desde Dakar en un viaje trufado siempre por la imponente presencia del baobab, mítico árbol africano que puede llegar a alcanzar varios siglos de vida con proporciones de veinticinco metros de altura y hasta diez de diámetro. Un dato botánico revela la importancia de este árbol para los pueblos del oeste africano, siempre azotados por la falta de agua. Un baobab adulto es capaz de almacenar más de cien mil litros de agua, además de proporcionar un gran volumen de fruta con la que se elabora el popular refresco bouye e incluso sustituye el café. Citado por Saint-Exupéry en El Principito, con sus troncos y ramas se fabrican utensilios domésticos, cestería y material de construcción.

cayucos

El desembarco en San Luis devuelve al viajero a paisajes de otras épocas. No hay lugar en esta región de África que refleje tan bien esa sensación de tiempo detenido que esta ciudad portuaria que hasta 1902 ostentó la capitalidad de la posesión francesa en África occidental. San Luis late con vigor cada día por el trasiego laboral de su puerto, referencia no sólo para Senegal sino también para las poblaciones del sur de la vecina Mauritania, y los hitos que la historia ha dejado por el camino desde su fundación por colonos normandos en 1659. Pronto recibió San Luis el calificativo halagüeño de Venecia de África, con un casco viejo pespuntado todavía de edificios de la época colonial, característicos por sus paredes de cal, techos de barro, balcones de madera y barandas de hierro. Aunque la primera seña de identidad es el imponente puente Faidherbe, construido por los franceses en 1897 y cuyos 507 metros comunican la isla ribereña con el continente, donde vive la mayoría de sus 200.000 habitantes.

san luis

Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000, San Luis alberga una de las mayores comunidades de pescadores de esta parte de la costa africana. Es el barrio de Guet Ndar, donde cada año se desembarcan treinta mil toneladas de pescado. Sentarse una tarde en alguna de las terrazas del bulevar Mar Diop, bajo el sol trémulo de poniente, permite disfrutar del espectáculo cotidiano de la llegada de los cayucos pesqueros después de la jornada de faena. También es recomendable una visita a la catedral francesa de 1828, considerada el templo religioso más antiguo de África occidental, y un paseo sin prisas por el mercado central donde confluyen los productos de la agricultura y la artesanía nacional, pero también con presencia de comerciantes de Mauritania y Malí.

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En San Luis, como en casi toda la geografía de Senegal, el visitante no dejará de escuchar música. Suena música en las calles, música en las plazas, música en los mercados populares, porque quizá no haya país más sonoro que esta referencia cultural en toda África occidental. Y si tiene usted suerte, a finales de primavera la ciudad celebra cada año su reputado Festival de Jazz, una música que llegó a San Luis con la influencia de los marinos norteamericanos que hacían aquí parada técnica en el puerto senegalés. Abierto también a las atléticas músicas africanas, el certamen cultural fundado en 1993 ofrece cada año un nutrido cartel con primeros espadas de los ritmos étnicos. No en vano, hasta hace bien poco, Senegal atesoraba a un músico profesional, Youssou N’Dour, en funciones de ministro de Cultura. Pero esa ya es otra historia.

Publicado en la revista NT en noviembre de 2015

Té a la menta y dulces de pistacho y miel para celebrar el Año Nuevo Islámico

15 Dic

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por Carlos Fuentes

Son setenta mil en Canarias, veinte mil en Tenerife. En el sur de esta isla reside una nutrida comunidad de musulmanes que eligieron hacer aquí sus vidas. Formaron familias, educaron a sus hijos y, en fin, aquí comparten la realidad insular con isleños y turistas. Algunos ya cuentan nietos. Y todos valoran con satisfacción la buena acogida por la sociedad canaria ahora que no es fácil ser emigrante.

Aquí no hay cava frío ni turrones, ni mucho menos trajes o corbatas. Huele a té verde con hortelana y las bandejas rebosan de baklava, los ricos pasteles de hojaldre, almendras y pistachos bañados en miel típicos del mundo musulmán. En la mezquita de Adeje están de fiesta para celebrar el Año Nuevo Islámico, el año 1437 según el calendario musulmán que marca la hégira, la peregrinación del profeta Mahoma de la Meca a la ciudad de Medina en el verano del año 622 de la era cristiana. Este primer día de Muharram es la fiesta anual de una comunidad musulmana que es cada vez más numerosa en la isla de Tenerife. Aquí residen veinte mil de los setenta mil musulmanes que viven en Canarias.

Para la mayoría de los cincuenta mil vecinos de Adeje, hoy es un miércoles más de otoño, el 14 de octubre para ser exactos. Nada del otro jueves. Pero un nutrido grupo de voluntarios trabaja contra el reloj (aunque la entrada del año depende del ciclo lunar y en cada país musulmán varía según la geografía, es común celebrar con la puesta de sol) para que nada falte en la mezquita de este importante municipio turístico del sur de Tenerife. En el casco urbano, el templo islámico situado en el 23 de la calle Piedra Redonda apenas llama la atención. De no ser por un par de rótulos escritos en árabe, podría pasar por un local comercial más. Muy discreto entre una tienda de mascotas y una librería.

Dentro reina el silencio. No se oye un alma. Un modesto mihrab fabricado con madera barata orienta hacia el este, a la alquibla en dirección a la Meca. Y guía cinco veces al día a los fieles que acuden a cumplir con las cinco oraciones diarias, uno de los cinco preceptos fundamentales del Islam. En la mezquita de Adeje, que se llama Al-Ihsan utilizando un término que significa espiritualidad y caridad, los protocolos sociales y los formalismos civiles quedan en la puerta. Como en el resto de las doce mezquitas que hay en Canarias, el local funciona como recinto religioso, pero también como un lugar de encuentro, convivencia y apoyo para los musulmanes de diferentes países que residen en las islas.

En Adeje la mayoría de los fieles musulmanes residentes proceden del Magreb, sobre todo del norte de Marruecos. También del sur, de la costera Agadir y de varias ciudades del Sáhara Occidental. Este colectivo musulmán del sur de Tenerife se completa con otros musulmanes venidos de países como Jordania, Argelia, Túnez, Libia y Turquía. Muchos ya están arraigados desde hace años en Tenerife, con familia criada e hijos ya escolarizados. E incluso algunos con nietos, los primeros nacidos aquí. La mayoría trabajando, los que pueden, en el turismo, en tiendas de playa y hoteles situados en la comarca turística del sur.

Abdesalam Hammaud tiene 47 años, trabajo y tres hijos. Se siente afortunado. Con raíces en el rural Rif marroquí y familia originaria de Monte Arruit, llegó a Tenerife en el verano de 1988, primero a buscar trabajo. Vivió en Lanzarote y Fuerteventura del dinero del ladrillo, pero luego eligió Tenerife para quedarse. “Aquí me sentí bien tratado, mejor que en otros sitios de España. En Canarias soy un paisano más”, asegura Hammaud. “Hemos aportado gente pacífica, sin buscar conflictos sino convivir con canarios y turistas, y espero que la confianza mutua siga creciendo desde el respeto”. A su lado, Mhamad El-Fahmi asiente con la cabeza. Él procede de Nador y lleva quince años en Tenerife. Gestiona una tienda de zapatos en Playa del Duque y preside la Comunidad Musulmana de Adeje. Casado y con dos hijas, valora el encaje de los musulmanes. “Aquí hay cariño, respeto, y eso no abunda fuera para un emigrante”, dice Mhamad. “Tengo amigos que han probado fuera, en Alemania, Holanda o Francia, y vuelven rápido. Prefieren ganar mil euros aquí que trabajar allá por dos mil”.

Como para tantos isleños, el empleo es una inquietud para los musulmanes del sur de Tenerife, incluso hay quien ve pasar la crisis a la vez como empleado y empresario. Moussa El Bouaazzati trabaja al cuidado de una piscina en un hotel de Playa de las Américas. Aquí lleva doce años, ganándolo tan bien que ha podido abrir una carnicería halal en Ruzafa (Valencia). “Se vive bien aquí, estamos integrados y es difícil ver un problema”. También lo ve así el saharaui Moussa El Mojhdi, 32 años, casi un recién llegado a Adeje tras una década en Lanzarote. “La convivencia es buena”, afirma este saharaui de Tan Tan, ahora ayudante de cocina en un restaurante de Los Cristianos. Más experiencia tiene Ali Abouhammadi, de 46 años. Trabajador en un bazar de Puerto de Santiago, este marroquí de Nador llegó a la isla el último año del siglo pasado, “según vuestro calendario”, y sonríe. Está casado y tiene tres hijos. En Marruecos estudió Derecho y Políticas, allí buscó sin éxito trabajo seis años y apostó por venir a Tenerife con un visado de turista. “No hay quejas, de verdad, ninguna”.

La visita del alcalde de Adeje impone ahora cierta cortesía. Viene a felicitar el Año Nuevo Islámico y departe con interés con sus vecinos musulmanes. Kefah Jibil agradece el gesto de José Miguel Rodríguez Fraga. Ella sabe bien lo que es no tener un lugar en el mundo. Nació hace 35 años en una familia palestina emigrada a Jordania, y en Tenerife lleva desde 2005. Primero vino su marido, a esta hora trabajando como repartidor de muebles, y luego ella y sus tres hijos solicitaron la reagrupación familiar. “Todo fue fácil, pero al principio es verdad que me preguntaba cómo me iban a ver aquí con el pañuelo”, admite Kefah, que trabajó como vendedora ambulante en Alcalá y Los Cristianos, aprendió a hablar español y ahora da clase de árabe a los niños musulmanes de Adeje.

Como madre de tres niños, otra preocupación de Kefah Jibil fue la comida de cada día. Es decir, si en Tenerife habría posibilidad de comprar alimentos halal elaborados bajo rigurosos preceptos musulmanes que prohíben comer carne de cerdo y cualquiera de sus derivados ya sea en embutidos o en repostería. “Cuando llegué era más complicado encontrar algunos productos, pero ahora ya tenemos hasta seis carniceros en el sur de Tenerife”, dice Kefah. Y cuando se le hace ver la paradoja de no comer cerdo en la isla de los guachinches y la carne-fiesta, ella se encoge de hombros y sonríe. Como dejando pasar la vez.

Tijani El Bouji puede estar tranquilo. Este joven marroquí ejerce desde 2011 como imán de la mezquita de Adeje, uno de los doce centros musulmanes que existen en Tenerife. Formado en la Universidad de Qarawiyyin de la ciudad de Fez, uno de los centros islámicos más antiguos y prestigiosos del mundo, El Bouji preside la Federación Islámica de Canarias. Su móvil no para de sonar, pero atiende con gusto al visitante. “El perfil más habitual es un ciudadano de origen marroquí, con familia y con un arraigo consolidado en Tenerife”, indica el religioso, que atiende cinco veces al día, seis días a la semana, el rezo en la mezquita, no solo templo religioso sino también lugar para el encuentro social y que dos días después albergará una jornada altruista de donación de sangre.

Cae el primer sol de 1437 y la fiesta casi termina en la mezquita de Adeje. En una esquina, siempre discreto, el veterano de la comunidad musulmana pasa casi de puntillas. Más por timidez que por otra cosa. Pero, otra vez, la suya es una historia que merece la pena escuchar. Abdillah Lakdar tiene 63 años y lleva veintitrés viviendo en Canarias, primero en Gran Canaria y desde 1998 en Tenerife. Se acaba de jubilar de trabajos en el mar y el campo. Fue pescador en aguas del Sáhara Occidental y terminó como peón agrícola en el norte de la isla. Abuelo de dos nietos y padre de seis hijos, Abdillah retrata la mejor cara de los residentes marroquíes en las islas. “Todo ha ido demasiado bien”, indica con discreción porque sabe que otros compatriotas no tuvieron tanta suerte. “Aquí encontramos todo lo que necesitábamos, trabajo, escuela para los chicos y un buen servicio de sanidad”, explica Lakdar. Ahora, ventajas de la jubilación, el abuelo pasa dos o tres meses al año con sus nietos en Agadir, su ciudad natal. Pero siempre vuelve a la isla. Quizá ya más canario que marroquí. “No hay por qué elegir”, responde con educación, “nadie sabe dónde va a morir”.

“Somos gente de paz con  ganas de mejorar la sociedad” 

Desde Los Cristianos, la Federación Islámica de Canarias agrupa a la mayoría de asociaciones de musulmanes que residen en las islas. En Tenerife, donde gestiona la actividad social y religiosa de doce mezquitas, promueve algunos objetivos básicos: buscar la prosperidad de los musulmanes, mejorar la imagen de la comunidad, aumentar el aprecio social por el colectivo, así como fomentar la colaboración entre las comunidades de musulmanes. “Nos gusta vivir en este lugar, es tranquilo y se nos aprecia”, explica Esam Masad, natural de Jordania y residente en Tenerife desde hace once años. “Nunca tuve ningún problema”.

Escrita en la mezquita de Adeje, una azora del Corán recuerda el compromiso de los fieles musulmanes con la solidaridad entre los pueblos: “Tu señor, si hubiera querido, habría hecho de los hombres una sola comunidad”. Tijani El Bouji, imán del modesto templo islámico que ocupa un antiguo local comercial, avala la idea. “Somos gente de paz, trabajamos como todos nuestros vecinos y tenemos ganas de ayudar a mejorar la sociedad en la que vivimos cada día”, explica el joven religioso de origen marroquí. “Porque el verdadero islam es una religión de paz y convivencia, hermandad, colaboración, armonía, y desde aquí trabajamos cada día para lograrlo”.

Publicado en la revista C Magazine en noviembre de 2015