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Balcones antiguos de Lisboa colgados sobre el río Tajo

16 Ene

Lisboa calles

por Carlos Fuentes

Pocas capitales europeas hay tan recomendables para el tranquilo paseo callejero como la portuguesa Lisboa. En sus estrechas calles y plazas de adoquines negros late la historia legendaria de una ciudad antigua, lugar añejo como capital que fue de un imperio. Lisboa, la vieja Lisboa, la ciudad blanca, ofrece al visitante buen número de miradores situados en parques y jardines públicos para contemplar desde lo alto su belleza tranquila de lugar detenido en el tiempo. 

La fundación de la ciudad de Lisboa, la capital más occidental de Europa y la segunda más antigua después de la griega Atenas, se cimentó en las buenas características geográficas del terreno situado en la desembocadura del Tajo, apreciado ya en la época de los navegantes fenicios. Al abrigo del estuario del gran río peninsular y de sus siete colinas circundantes nació la ciudad antigua, donde ahora es posible contemplar su fisonomía añeja y, de paso, conocer la vida cotidiana en sus barrios, con un recorrido urbano por miradores públicos situados en paseos, parques y jardines de la capital portuguesa. Donde una amplia docena de balcones ajardinados sobre el Tajo permiten al paseante una visión panorámica del paso de la historia en esta ciudad de vida pausada entre vestigios de historia grande, templos, castillos y canciones de leyenda.

Un atractivo incuestionable de Lisboa, con sus calles en cuesta de adoquines moldeados por el paso del tiempo, costumbristas esquinas y beços, que es como aquí llaman a los callejones, son sus miradouros públicos distribuidos en una ruta urbana que permite contemplar la ciudad en todo su esplendor. Por importancia geográfica, y por ello los mejor conocidos por los visitantes, los miradores que se encuentran en los barrios de Alfama, Sé y Castelo suelen ser los más transitados por el viajero foráneo. En una excursión que parte desde la plaza del Comercio, siempre cuesta arriba, a veces al costado de la línea del histórico tranvía 28, el primer mirador aparece en Santa Luzia, donde un jardín austero adornado con azulejos portugueses ofrece una vista de la parte baja de Alfama, allí donde una vez nació el fado entre marineros y tabernas baratas.

Lisboa mirador

En la actualidad, por fortuna, el barrio de Alfama no ha perdido ese arraigado sabor antiguo de sus calles, aunque el fado, el patrimonio musical de Portugal, se haya convertido en un aliciente más de la noche lisboeta para los turistas. Continuamos camino. A pocos metros de Santa Luzia se encuentra situado el mirador de Portas do Sol, recientemente remodelado para albergar una terraza que permite divisar la desembocadura del estuario del río Tajo. Desde Santa Luzia, hacia la derecha, está la cúpula de la iglesia de Santa Engracia, y hacia la izquierda se pueden ver las añejas iglesias de San Miguel y San Esteban. En el mismo mirador de Santa Luzia se conserva un azulejo de gran tamaño en el que se representa la ciudad antes del gran terremoto de 1755 y la conquista cristiana del Castelo de São Jorge, que José Saramago narró, magistral, en su novela Historia del cerco de Lisboa. Y el castillo será nuestra siguiente parada.

Imagen característica del horizonte urbano de Lisboa, el Castillo de San Jorge alberga un buen número de murallas, fosos y patios en apenas seis hectáreas de terreno, así que las posibilidades de contemplar la ciudad vieja desde esta atalaya histórica son generosas. Según se oriente la vista, el visitante puede mirar hacia las calles de la Baixa, la parte inferior de la ciudad antigua, con sus plazas, sus tiendas tradicionales y el elevador de Santa Justa, desde donde ha partido esta ruta de los miradores de Lisboa. También se contempla desde aquí la zona de Martim Moniz, nombrada en honor de un héroe del cerco cristiano a la ciudad en el año 1147 y una de las primeras ampliaciones modernas en la ciudad antigua. Al fondo, casi a la altura de nuestros ojos, se adivina el jardín de Pedro de Alcántara y su mirador homónimo, otra visita imprescindible. Pero antes es recomendable completar los miradouros de este lado de la ciudad.

Lisboa dibujo

Muy cerca del Castelo de São Jorge, en ligera cuesta arriba, se haya situado el mirador de Graça, vecino de la iglesia del mismo nombre, y también punto de observación sobre los tejados rojos de la Baixa y la esquina menor del castillo. Además de la cercana Feira da Ladra, el rastro de Lisboa (martes y sábado), el barrio de Graça ofrece algunas posibilidades para comer sobre la marcha, ya sea en su tradicional dulcería situada junto a la iglesia o en algunas de las casas de comidas populares que pueblan este barrio tranquilo en plena colina. Porque conviene reponer fuerzas antes de abordar el siguiente trayecto camino del mirador de Nuestra Señora del Monte. Las vistas son espectaculares, casi a la altura de la cuesta que hay que superar. A estas alturas ya sabrá usted por qué a Lisboa se viene a caminar. Desde esta pequeña ermita se contempla una panorámica amplia de la urbe portuguesa, desde el río a la sierra de Monsanto a través del Castelo, las plazas de la Baixa, Chiado y el Barrio Alto de Lisboa.

Cambiando de colina, situados ya en el otro lado de la ciudad antigua, el Barrio Alto es una referencia principal en la ruta de los miradores de Lisboa. Aunque antes conviene detenerse un momento en el elevador de Santa Justa, punto de acceso a la zona alta si, por el mismo precio del ascensor, desea aprovechar estos cuarenta y cinco metros de altura para echar un vistazo a tejados y calles de la antigua Lisboa comercial. Construido en 1902 para superar el desnivel de la Baixa y el Chiado, este elevador de hierro forjado comunica con las ruinas del antiguo convento do Carmo, desde donde se puede empezar a contemplar las vistas de Lisboa orientadas al este. El mirador más emblemático de la zona está situado en el jardín de Pedro de Alcántara, al que también se puede llegar desde el elevador de la Gloria, original de 1885 para superar el desnivel entre la plaza de los Restauradores y el Barrio Alto. Las vistas sobre la Baixa, la vieja catedral Sé y el centro histórico de Lisboa, con el Castelo de São Jorge situado siempre al fondo, son inmejorables desde esta atalaya de flores. Un jardín para el descanso antes de volver al entramado de calles y plazas del Barrio Alto.

Lisboa tranvía 28

Otro ascensor, el de Bica, inaugurado en 1892, permite acceder a otro de los puntos panorámicos de Lisboa. El mirador de Santa Catalina ofrece un sitio para la memoria con vistas al imponente estuario del Tajo sobre los barrios de São Paulo y Lapa. Al fondo, símbolo de modernidad, se encuentra el puente 25 de abril que desde 1966 comunica la ciudad setenta metros por encima del río. Menos transitado por los visitantes, otro mirador ofrece un rato de tranquilidad durante los paseos urbanos por la ciudad portuguesa. El miradouro de Rocha do Conde de Óbidos es un modesto jardín alejado del centro neurálgico de la ciudad desde el que se puede conectar con la avenida Marginal para enlazar con la Casa de América Latina y con el Museo Nacional de Arte Antiguo. Fuera del ambiente urbano, ya en los dominios del parque natural de Monsanto, otros dos miradores ayudan a completar esta fotografía panorámica de Lisboa. Los moinhos de Santana son dos molinos de viento que se construyeron en el siglo XVIII para el abastecimiento de las dominicas irlandesas del vecino convento del Bom Succeso. Gracias a su restauración en 1965, estos dos molinos son el último vestigio de la destacable actividad de molienda del oeste de la ciudad. Ya en el parque, el mirador de los Montes Claros sirve para culminar el paseo de miradouros a los pies de un lago ajardinado con vistas a la sierra de Sintra.

sol de Lisboa

Terrazas al poniente de Europa

La abundancia de miradores populares en Lisboa ha permitido en los últimos tiempos la proliferación de terrazas y lugares de ocio al aire libre. Si en la Baixa aún brillan establecimientos tradicionales ubicados en las plazas de Comercio, Rossio y Figueira, en las siete colinas de Lisboa han florecido sitios de nuevo cuño como la terraza de Portas do Sol, donde cada día se cita gente joven de la ciudad para contemplar la última puesta de sol en Europa. También son populares las dos terrazas que se encuentran situadas en el mirador de Santa Catarina, su tradicional kiosko de jardín y el más moderno café Noobai, donde es posible contemplar la llegada de los trenes a la estación de Cais de Sodré mientras se disfruta de un completo brunch a mediodía. Y también es doble la oferta de ocio callejero en el miradouro de Pedro de Alcántara, donde se puede elegir entre degustar un clásico vino de Oporto en el afamado establecimiento del Solar do Vinho do Porto o, al aire libre, refrescarse con una cerveza Sagres en la terraza del jardín. La panorámica, en todo caso, es compartida: una vista interesante sobre los tejados de la Baixa desde la avenida de la Libertad hasta las puertas del barrio antiguo de Alfama, con el Castelo de São Jorge al fondo.

Publicado en la revista NT en enero de 2014

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Fado, la melancolía que se hizo canción en Lisboa

12 Sep

Azulejo escena fado

por Carlos Fuentes

La idiosincrasia de Lisboa, y por extensión de Portugal, no se puede comprender sin el rumor triste del fado. Esta música espesa como noche de niebla, melancólica por el amor que se fue y nunca volvió. Canción de leyenda que permanece anclada como pocas cosas en lo más profundo del alma del lisboeta. Una forma de hacer música que lleva más de dos siglos retratando el alma compleja del portugués.

Suele aceptarse como teoría más probable que el fado nació en los albores del siglo XVIII cuando las tripulaciones de los navegantes portugueses quedaban varadas en tierra a la espera de nuevos destinos en otros mundos aún por descubrir. Porque fado, la palabra, procede del latín fatum y significa destino, pero su contenido social es bastante más amplio y posee menos romanticismo. Un siglo después de sus primeras huellas, en el diecinueve, fado era sinónimo de persona o lugar marginal, esquinado por las costumbres de rancio abolengo. Hablando en plata, fado eran sitios de prostitución y de vidas disolutas. Hasta que llegó una cantante, María Severa, la legendaria fadista y meretriz lisboeta que sedujo al conde de Vimioso y conectó el fado con las élites intelectuales y aristocráticas de Lisboa. Y de la capital al mundo lusófono, todo a su tiempo.

fado suiteDespués del flamenco y el tango, el fado recibió hace dos años el aval oficial de la Unesco como patrimonio inmaterial de la humanidad. Porque la canción popular portuguesa es la expresión inefable del sentimiento de un pueblo, el lugar central en la identidad colectiva de Portugal. Porque sus compositores, sus cantantes y sus músicos llevan más de dos siglos haciendo canción con la profunda melancolía lusa. “Y porque detrás del fado late la historia del pueblo, la historia centenaria de sus músicos, escritores y poetas. El fado es la música de nuestro pueblo, independientemente de la ideología o el nivel económico y la clase social de cada persona. Fado es lo que nos une”, indicó a este cronista el fadista Camané, la voz contemporánea más apreciada de Portugal, cuando la melancólica música lusa fue reconocida por la Unesco a nivel internacional.

Aunque hay nombres sin los que no se entiende el fado a carta cabal. Y sobre todos ellos, el de Amália da Piedade Rodrigues. Porque ningún nombre concita tal unanimidad como su figura epicéntrica en la música portuguesa. Comenzó todavía adolescente como vendedora de frutas por las calles lisboetas durante los años treinta. Pronto empezó a cantar en conjuntos aficionados, aunque tuvo que esperar a un concurso destinado a la búsqueda de nuevos talentos para hacerse un lugar en la escena fadista. Ya nada sería igual: Amália, así, a secas, se iba a convertir en la única reina del fado. En la voz de Portugal. De Lisboa a la gloria, con actuaciones en los principales teatros de Europa, África y América Latina. Grabó tres decenas de discos, algunos de importancia crucial para la consolidación comercial del fado como Busto, publicado en 1962. “Fue ella, Amália, su voz, la que levantó la autoestima del portugués para valorar su música popular en vez de la canción anglosajona que se imponía por la fuerza”, indicaba hace dos años el guitarrista Jorge Fernando, uno de los compositores que acompañaron a Amália Rodrigues en la última época de su larga carrera musical. “Porque Portugal sufrió durante demasiados años un fuerte complejo de inferioridad que llevaba a considerar que todo lo portugués era inferior”.

Pero llegaron tiempos mejores. En los años treinta del siglo pasado, el fado se sacudió sombras estúpidas y salió a conquistar el mundo desde los cuatro barrios de Lisboa en los que esta canción nació y maceró a fuego lento, casi a oscuras: Alfama, Mouraria, Barrio Alto y Madragoa. La aparición del disco y la popularidad creciente de la radio elevaron el volumen social de esta música de morriña por los amores rotos y, aunque la política ensució su jerarquía en años de dictadura, cuando mandaban las tres F (fútbol, fado y virgen de Fátima), en los años ochenta resurgió para ya no ocultarse jamás. Se abrieron al fado los principales teatros portugueses, como el histórico Coliseo de Lisboa, donde se convocaron grandes veladas con música en directo. Y donde se congregaron muchos jóvenes que no sabían de qué iba el fado. Junto a Camané llegaron los protagonistas del tiempo nuevo, aunque habría que decir protagonistas, mejor, en femenino plural, porque de mujeres está hecho el nuevo fado: Mísia, Mariza, Teresa Salgueiro, Mafalda Arnauth, Dulce Pontes, Kátia Guerreiro o Ana Moura, una fadista de voz trémula que conmovió a los mismísimos Rolling Stones. Aún hoy conviven leyendas de vieja escuela como el gran Carlos do Carmo con grupos de fado hilvanado de modernos sonidos electrónicos como Rosa Negra.

CamanéSi está de visita en Lisboa, conviene visitar las rutas del fado. Ya sea su historia de leyenda que se exhibe en el Museo Nacional del Fado que se encuentra situado en la parte baja del barrio de Alfama, junto a las callejuelas donde nació, como en las numerosas tabernas, bares y restaurantes que aprovechan el tirón turístico de la música que identifica a Portugal en el mundo entero. O en el coche de época que vende discos al paseante en la estribación del histórico barrio lisboeta del Chiado. Aunque para escuchar fado, fado en vivo, hay que frecuentar la animada noche capitalina. Se puede, por ejemplo, comenzar con cena musical en locales de prestigio como Mesa de Frades, en la parte alta de Alfama, o en Bacalhau do Molho, en la parte baja del mismo barrio, junto a la Casa dos Bicos que alberga la biblioteca dedicada a José Saramago. Y aquí, entre quesos espléndidos, vino verde y suculento bacalao à Brás, llenar el alma de música genuina a la vez que se llena el estómago de buenas viandas.

También en el repurtado Clube de Fado, también en Alfama, junto a la Catedral, donde cada noche se concentra buena parte de los valores contrastados del fado contemporáneo. También en locales de fado vadio, que es como aquí se llama al fado cantado por artistas no profesionales, como el pequeño local A Baiuca, situado en la calle São Miguel del decadente barrio de Alfama, o en la más conocida Taberna del Rey, situada en pleno epicentro callejero del barrio. Donde son los camareros los que cantan entre servicio y servicio, en un rincón entre mesas de mantel de hule y aromas añejos. Y en el Barrio Alto, junto a la antigua sede del Diário de Notícias, se encuentra la Tasca do Chico, que dos días por semana durante todo el año abre su escenario a las nuevas voces que buscan su hueco en el planeta del fado. Porque fado, lo que se dice fado, hay en Lisboa a cualquier hora del día y de la noche. En Chapitô, por ejemplo, un local amplio situado en Costa do Castelo que combina actividades culturales como teatro o circo con un bar-terraza y que a últimas horas de la madrugada es uno de los lugares preferidos por los fadistas para tomar una copa después de sus actuaciones en restaurantes y casas de comida tradicional portuguesa.

Amália Rodrigues

Amália, la voz del fado

¿Se entendería el flamenco sin Camarón? ¿El rock sin Elvis? ¿Y el pop sin Michael Jackson? Seguramente, no. Tampoco se puede comprender el fado de Portugal sin la figura de Amália Rodrigues. Mucho habría que contar de esta voz única para un país entero, pero tiene usted suerte si está de paseo por Lisboa. Aquí puede visitar la casa familiar de la artista, ubicada en el número 193 de la calle São Bento, a un costado del Parlamento de Portugal, y disfrutar de una muestra biográfica que reúne desde primeras ediciones de sus discos a piezas de porcelana fina y regalos exóticos recibidos en escenarios del mundo entero. Un paseo por la historia melancólica de una mujer que, como pocas, se sacudió las limitaciones de la vida humilde para reivindicar el orgullo genuino de ser portugués. Un país que, al menos al final, supo reconocer su jerarquía en el fado y, ya en 2001, se saltó las leyes para trasladar sus restos mortales al Panteón Nacional situado en la parte superior del fadista barrio de Alfama.

Publicado en la revista NT en septiembre de 2013

 

La vieja Lisboa y el sereno encanto de lo antiguo

2 Oct

Por Carlos Fuentes

“Lisboa, vieja ciudad, llena de encanto y belleza…”. Poco ha cambiado el aire amable de la capital de Portugal desde que Amália Rodrigues cantó en 1952 este fado preñado de melancolía por tiempos pasados que fueron mejor. Con medio millón de habitantes (otros tres residen en la región), en Lisboa conviven el pasado sereno y los sueños de futuro, barrios populares tejidos de callejuelas y avenidas nuevas que pregonan grandeza. Huellas vivas de esta ciudad que una vez fue capital de un imperio. Con paseos por lugares donde parece que el tiempo se detuvo, museos clásicos y modernos, el mar y el río siempre cerca, y no pocas paradas estratégicas en comedores de enjundia. Lisboa, la mítica Lisboa, pocas capitales europeas ofrecen tanto al viajero en tan poco espacio.

Conviene decirlo claro: prepárese para caminar. Lisboa son siete colinas y una gran plaza-balcón sobre el Tajo. Y casi cada rincón de esta “vasta, irregular y multicolorida aglomeración de casas”, como escribió Fernando Pessoa, suele despertar la curiosidad del viajero. Conviene, además, ubicarse antes de iniciar la visita: al este, en las colinas de São Jorge y São Vicente, están los barrios de Castelo, con el imponente castillo que el rey João I mandó levantar en el siglo XIV; y los de Alfama y Mouraria, dos de las cunas del fado antiguo en Portugal. El pétreo castillo de los moros y la iglesia de Graça ofrecen una panorámica sin par hacia el otro lado de Lisboa: los barrios Chiado y Alto aparecen derramados sobre otras dos colinas, las de Santa Catarina y de São Roque. En estos cuatro puntos cardinales están buena parte de las razones que nos llevan a Lisboa.

Cualquier viajero atento a la historia comenzará su visita lisboeta en la Praça do Comércio, con 36.000 metros cuadrados una de las mayores de Europa. El Arco Triunfal, de 1875, abre camino hacia la Rua Augusta y al conjunto de ruas y praças que se extienden en llano hasta la estación ferroviaria de Rossio. Es el corazón social de la Lisboa antigua. Con sus escaparates añejos rodeados por tiendas de marca, las plazas de Figueira, Pedro IV y Martim Moniz, las ruas Áurea y Prata. Atrás hemos dejado la Rua do Arsenal, que comunica Comércio con la estación de Cais de Sodré, con breve parada ante el Ayuntamiento para contemplar su preciosa escalinata. Antes de alcanzar el mercado de Ribeira y el jardín de Dom Luis quizá apetezca un tentempié. O una cerveza Sagres en el British Bar, vestigio vivo del bar marinero que fue en los días de esplendor. En la Baixa abundan menús para turistas urgentes, pero también hay casas de comida en las calles traseras, más tranquilas y sinceras con la cocina nacional, destacable en guisos, pescados, quesos, vino bueno y repostería tradicional.

Apetece siempre un café a los pies del Elevador de Santa Justa. Qué ingenio de su tiempo. Con 45 metros de altura, este enjambre de hierro inaugurado en 1901 comunica con el Largo do Carmo, junto al Museo Arqueológico, ya en el barrio de Chiado. Quizá recuerde usted el nombre por el pavoroso incendio de 1988, pero las llamas, por fortuna, son olvido en Chiado. Aquí late el esplendor de la Lisboa de entre siglos. Y el primer brindis está cerca: el café A Brasileira debe su fama a Pessoa, de escultura presente en la acera, aunque el escritor era habitual del Martinho da Arcada, en una esquina de la Praça do Comércio. Sigamos subiendo. En Chiado dos arterias se reparten el interés del visitante: a partir de la plaza Luís de Camões, la Rua Loreto sale del barrio hacia el oeste y permite contemplar, entre otros sitios de interés, la iglesia de Santa Catarina, el Palacio de São Bento, edificio neoclásico donde se reúne la Asamblea de la República y reside el primer ministro, la Basílica da Estrela (1790) y el tranquilo jardín homónimo, inaugurado en 1852 y que posee varias palmeras canarias. También de la plaza Camões parte, hacia el norte, la Rua da Misericordia, de casas azulejadas, siempre imponentes, camino del mirador Pedro de Alcântara.

Viene bien un descanso para contemplar el Castelo de São Jorge, con el inicio de la Lisboa moderna a la izquierda de la vista panorámica. Ya en el Barrio Alto, por el día abundan tiendas nuevas de jóvenes creadores, galerías de arte, restaurantes de clientela fiel y librerías de viejo. También está el Teatro da Trindade y, arriba, el Jardim Botânico con especies traídas de Asia, América, un gran drago y un rato de tranquilidad. De noche todo muda de piel y la vida alegre sale a la calle en el Barrio Alto, con aroma de bares y conversación en sus esquinas de adoquines. Otro vestigio de siglos pasados, el Elevador da Glória (1885), permite salvar la cuesta que enlaza el Barrio Alto con la plaza de Restauradores, cuyo obelisco celebra la independencia de España lograda en 1640. Aquí nace la Avenida da Liberdade, con su bulevar de aire francés que alberga hoteles, tiendas de lujo y espacios culturales. Sobre la plaza del Marqués de Pombal, que emprendió la reconstrucción de la ciudad tras el gran terremoto de 1755, el Museo Calouste Gulbenkian expone obras de Rubens, Rembrandt y Manet, entre otros pintores.

Para visitar Alfama, el tranvía 28 ofrece un viaje estupendo. Un paseo de cine en asientos de madera con un generoso recorrido panorámico urbano a baja velocidad entre los barrios de Estrela y de Graça. La ruta, que ya retrataron Win Wenders (Lisboa story), Alain Tanner (En la ciudad blanca) y João César Monteiro (Va y viene), transcurre por el mirador de Santa Luzia y su balcón sobre el Tajo, el Panteón Nacional (donde descansan estadistas y artistas de alcurnia), la cercana Feira da Ladra (martes y sábados) y la iglesia de San Vicente de Fora, consagrada al patrón de la ciudad, Vicente de Zaragoza, mártir ajusticiado en Valencia en el año 304 y cuyos restos reposan en la cercana Catedral de Lisboa. Desde el mirador de Santa Luzia, escalera abajo, el corazón de Alfama brinda la ruta del fado. Aquí está el museo monográfico sobre la canción de Portugal, rodeado de restaurantes, tabernas y bares donde nació esta música triste de marineros varados en tierra de nadie. El fado, reconocido patrimonio inmaterial de la humanidad hace un año, es el imán musical de Lisboa. En las calles cruzadas de Alfama, entre esquinas de adoquín negro, se escuchan voces de experiencia como Celeste Rodrigues, hermana menor de Amália, que con 89 años aún canta en el club Bacalhau de Molho de la Casa de Linhares, y aficionados al fado vadio en tabernas añejas de la calle São Miguel.

De regreso a la Baixa, con parada en la Casa dos Bicos, construida en 1523 y hoy sede de la Fundación Saramago, un sorbo de ginja (licor de cerezas ácidas muy popular en dispensarios pintorescos en toda la ciudad) nos anima a planificar la excursión a la Lisboa más moderna. Al norte, alrededor de la estación ferroviaria de Oriente, obra del arquitecto español Santiago Calatrava para la Exposición Universal celebrada en 1998, el Parque de las Naciones alberga un imponente Oceanário con peces de todos los mares, un museo de ciencias y la torre de acero Vasco da Gama, con 142 metros el edificio más alto del país. Cerca del Puente 25 de Abril, cuyos 2,3 kilómetros de longitud rinden homenaje a la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, concluye un recorrido intenso por esta ciudad detenida en el tiempo. Lisboa, la segunda capital más antigua de Europa después de Atenas.

En tren por la historia de Portugal

Toda visita a Lisboa puede completarse con un par de excursiones singulares. Desde la estación Cais de Sodré el tren viaja por la costa a través de Belém, donde se encuentran el imponente Monasterio de los Jerónimos (1501), la Torre de Belém (1514), el Palacio Nacional (1559), el Monumento a los Descubridores (1960) y el centro cultural CCB (1993). El sabor dulce a la historia lo pone Pastéis de Belém, una longeva pastelería de largos salones y paredes de azulejos que desde 1837 es maestra en esta tartaleta de hojaldre y crema de huevo que anima la merienda. Otra vez al tren para llegar a Estoril, célebre como sitio de exilio en el siglo XX, ahora visitado por su playa de Tamariz con castillo al fondo y por las noches en el Casino Estoril, el mayor de Europa e inspiración para el personaje de 007 del escritor Ian Fleming. La última parada del tren es Cascais, escenario de la vida de la aristocracia portuguesa y sus invitados extranjeros en la primera mitad del siglo pasado. Ciudad amurallada devenida en puerto deportivo, Cascais ofrece calma, buen clima y mejores alimentos. También una conexión directa, a través del Parque Natural de Sintra-Cascais, con la emblemática ciudad de Sintra. La que Lord Byron describió como “la ciudad más bella del mundo” fue fundada en 1154 y hoy protagoniza un caso ejemplar de turismo entre historia y naturaleza. Sus calles empedradas conectan con palacios de fama legendaria como los de la Pena, Queluz y Monserrate, tres vestigios de la historia grande de Portugal.

Publicado en la revista NT en octubre de 2012

La revancha del fado

28 Nov

Amália Rodrigues

por Carlos Fuentes

Primero fue el flamenco, luego el tango… y llega la hora del fado. La Unesco reconoció ayer a la canción popular portuguesa como patrimonio inmaterial de la humanidad. Expresión inefable del sentimiento de un pueblo, el fado ocupa un lugar central en la identidad de Portugal, donde sus compositores, cantantes y músicos llevan más de dos siglos haciendo canción con la honda melancolía lusa. Porque mucho antes de que el organismo cultural de Naciones Unidas le diera su aval, el fado ya pululaba por tabernas marineras de dudosa reputación. “Detrás del fado late la historia de un pueblo, la historia centenaria de músicos, escritores y poetas”, indica Camané, el fadista contemporáneo más apreciado y portavoz privilegiado de toda una nueva generación de cantantes portugueses. “El fado es la música de nuestro pueblo, independientemente de la ideología o el nivel económico y la clase social de cada persona. Fado es lo que nos une”.

El atlas sentimental de Portugal no se entiende sin la jerarquía del fado. Y en el territorio mítico de las emociones, su origen continúa escondido en las brumas que llegan del mar. La teoría más aceptada vincula el nacimiento del fado con las tripulaciones de los barcos portugueses de mediados del siglo XVIII. Ayuda a esta convención que en 1827 se localiza el primer uso de la palabra fado, que procede del latín fatum, destino. Pero no todo es romanticismo: en el siglo XIX, fado era sinónimo de persona o lugar marginal, es decir, prostitución y lupanar. Como Maria Severa, la legendaria fadista y meretriz que sedujo al conde de Vimioso y conectó el fado con las élites intelectuales y aristocráticas de Lisboa. “Desde entonces, el fado ocupa un lugar primordial y emocionante para todos los portugueses”, explica Jorge Fernando, el guitarrista que acompañó la última etapa de Amália Rodrigues. Amália, así, a secas, punto y aparte en la historia crucial del fado. 

fado lisboaAmália da Piedade Rodrigues. Ningún nombre concita tal unanimidad como su figura epicéntrica en la música popular portuguesa. Comenzó, aún adolescente, como vendedora callejera de frutas a mediados de los años 30, donde tomó un primer contacto con conjuntos bohemios que cantaban por apenas unas pocas monedas. Desde su aparición en un concurso para nuevos talentos, Amália Rodrigues se iba a convertir en la única reina del fado. De Lisboa a la gloria, con actuaciones en Europa, África y América Latina. Grabó tres decenas de discos, algunos de importancia clave para la consolidación del género como Busto, publicado en 1962. “Ahora que vienen días de gloria hay que recordar a Amália, porque fue ella la que hizo el trabajo más difícil en una época en la que no era cómodo ni fácil reclamar un lugar de respeto para el fado. Amália fue un ser iluminado, el fado entero nació dentro de ella por voz, talento, personalidad e inteligencia”, señala Jorge Fernando, que ahora encauza a nuevos valores de la canción portuguesa en el club Bacalhau de Molho, donde recibe a Público. “Portugal sufrió durante demasiados años un fuerte complejo provinciano de inferioridad que llevaba a considerar que todo lo portugués era inferior”, indica el guitarrista. “Fue Amália, su voz, la que logró levantar la autoestima de los portugueses para valorar su música popular en vez de la canción anglosajona que se imponía por la fuerza”. 

Ya en los años 30 del siglo pasado, el fado logró salir de su circuito marginal en los barrios cardinales de Lisboa (Alfama, Mouraria, Barrio Alto, Madragoa) y se lanzó a conquistar al país, al mundo entero. La aparición del disco de pizarra y la popularización de la radio elevaron el volumen social de una música preñada de melancolía y morriña. Pero no paseó el fado un camino de flores. Tan pronto se hizo popular llegó la política para vampirizar su creciente arraigo social. Con la instauración del Estado Nuevo, liderado por el dictador Salazar a partir de 1933, la vida cultural portuguesa entró en fase crítica. Eran tiempos de las tres F: fútbol, fado y virgen de Fátima. “El fado fue manipulado por la dictadura y, con la revolución de los claveles en 1974, también sufrió persecución por el fanatismo de izquierdas. Muchos medios de comunicación cayeron en manos de grupos radicales e incluso se llegó al extremo de que se dijo que Amália era de derechas y que colaboró con la dictadura”, explica João Afonso, productor que ha recuperado una colección de 32 grabaciones históricas de fado clásico para la disquera iPlay, aquí publicadas por Karonte. “Más tarde se probó que todo era mentira. El dirigente comunista Octávio Pato reveló que Amália había actuado gratis para recaudar dinero para los exiliados comunistas en Francia. Y así aclaró un episodio triste de nuestra historia para limpiar el nombre del fado”.

En los 80, el fado comenzó a recobrar el brillo de antaño. El Coliseo de Lisboa acogió grandes noches con actuaciones de doce horas seguidas organizadas por la Casa de la Prensa de Portugal. Y surgieron nuevos talentos salidos del pop y el rock. Con 12 años, Camané llegó de la villa de Oeiras para conquistar la capital y abrir el fado a audiencias jóvenes. “Hoy el fado ya es reconocido por todos porque no hay prejuicios políticos ni sociales, y sinceramente nosotros no somos tan importantes porque siempre hubo gente pendiente de querer al fado. Siempre creí en el fado y en su fuerza de expresión, pero pensaba que íbamos a tardar más años en lograr su reconocimiento masivo”, admite el cantante. Su álbum de 1998, Na linha da vida, marcó un hito en la reconciliación del universo del fado con las nuevas generaciones de portugueses. Junto a Camané vino la hornada de mujeres fadistas: Mísia, Mariza, Mafalda Arnauth, Kátia Guerreiro y Ana Moura, la fadista de voz trémula que epató a Mick Jagger y Keith Richards. Hoy conviven leyendas de la vieja escuela como Carlos do Carmo, Maria da Fé y Argentina Santos con grupos de fado heterodoxo hilvanado de electrónica como Rosa Negra.

fadoPenúltimo eslabón de una cadena sin fin, Fábia Rebordão concita el interés del siglo nuevo. Descendiente directa de Amália Rodrigues, que era sobrina de su bisabuelo, esta cantante de 26 años acaba de debutar en disco con A oitava cor y actúa con Jorge Fernando todas las noches en Bacalhau de Molho, uno de los santuarios del fado lisboeta junto a Senhor Vinho, Clube de Fado, Faia y Mesa de Frades. “Nunca me gustó el pop, siempre preferí la música con mayor sentimiento. Del fado, que empecé a cantar con once años, me gustó además el ambiente, las luces bajas, sus aromas antiguos y esas letras que nos hablan de las emociones de las personas”, explica Fábia Rebordão, la voz femenina elegida por el Museo Nacional del Fado para celebrar con un recital popular la elección de la canción portuguesa como patrimonio intangible de la humanidad. 

Pero no sólo de música vive el fado. De sonido melancólico y reposado como el mejor vino viejo, la canción portuguesa se nutre de literatura y poesía de vuelos altos. “El fado es lírico y épico, nostálgico y marítimo, como siempre es el paso del tiempo aquí en Portugal; es una canción dolorosa y lenta como corresponde a los distintos estados del alma”, resume el escritor João de Melo, autor de una seminal novela sobre la emigración interior, Gente feliz con lágrimas. “El fado es todo lo que contiene la palabra saudade, una descripción inefable de la vida, del día y de la noche”, añade João de Melo en conversación en el histórico Chiado de Lisboa. “Quizá una de las grandes cualidades de nuestra música portuguesa, y diría que de toda la cultura nacional, es su innata capacidad lírica para retratar al prójimo. En el fado reinan los cuentos del vencido por encima de los cuentos del vencedor. Y en el fado hay historia, espíritu y naturaleza: es la genuina expresión sentimental de todo un pueblo que siempre lo pasó mal”. 

Publicado en el diario Público el 28 de noviembre de 2011