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Ry Cooder: la guitarra más influyente del planeta

8 Ago

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por Carlos Fuentes

En tiempo de música gratis y descargas a tropel, cada vez son más los que piensan que los anaqueles de la cultura están obligados a vender mercancía como un supermercado despacha marca blanca. Pague dos y lleve tres. Algo así ocurre con la música en directo. Se valora mejor el concierto que es más largo. Como si el artista se vendiera al peso, como si el músico fuera un plato barato cocinado al por mayor.

Por fortuna, todavía sobreviven creadores que plantean su oferta escénica con actitud sibarita: raciones escasas, calidad cinco estrellas. Gran ejemplo de este compromiso pata negra es Ry Cooder, el influyente guitarrista californiano que durante las dos últimas décadas se ha arrimado, con tino y muy buen gusto, a algunos de los campos sonoros más nutritivos del planeta. Una trayectoria de enjundia que oscila entre las raíces del blues, como el audaz disco africano Talking Timbuktu, al sentido homenaje al patrimonio cultural chicano de Chávez Ravine, pasando por la gloriosa época de las músicas tradicionales cubanas que rescató del olvido en los discos Buena Vista Social Club.

Quince años después de su aventura con el bluesman malí Ali Farka Touré, que en 1995 obtuvo el primer premio Grammy por un músico africano, y a punto de cumplirse un cuarto de siglo de la banda sonora de la película Paris Texas, que hizo crecer mucho el interés por las músicas para cine, Ry Cooder desembarcó en tres escenarios españoles (Barcelona, Madrid y Bilbao) para presentarse en formato de trío junto a Nick Lowe y a su hijo baterista Joachim Cooder.

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Conocido el elenco, del que a última hora se cayó el tejano Flaco Jiménez, convenía no perderse la clase magistral que ofrecieron estos dos veteranos de mil batallas en la escena hippie de la costa oeste y de la estirpe más elegante del mejor pop británico de todos los tiempos. Ahora, cuando se aprende a tocar la guitarra en baratos cursos on-line, Ry Cooder y Nick Lowe se las apañaron para completar un recorrido comprimido por la amplia gama de sonidos de las seis cuerdas.Con un guiño a los primeros años 90 (Fool who knows, grabada como Little Village junto a Lowe, John Hiatt y Jim Keltner) arrancó un concierto en el que Ry Cooder llevó la voz cantante.

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Su patrimonio musical ha crecido como pocos con el paso de los años. Bien demostrado quedó con Fool for a cigarette (Feelin’ good) que las margaritas no se plantan para que coman los cerdos: en 1974, cuando fue editada, esta pieza apenas alcanzó los puestos bajos de las listas éxitos. Un cuarto de siglo después, como ocurre con Tears on my pillow y Little sister, ha alcanzado aromas de clásico. Y por ese camino va Chinito, chinito, crónica simpática de la emigración asiática la costa oeste que en Madrid cantaron en ágil castellano Juliette Commagère (antes había abierto la velada con la aventura alienígena El U.F.O. cayó) y Emily Reppun.

¿Y Nick Lowe? Pues sobrado, elegante y simpático. Quien no conozca a este veterano debería visitar al médico o, más sencillo, dedicarle buen tiempo a su capacidad probada para rescatar las crónicas cotidianas de la vida moderna. Emocionante hasta no poder más con piezas de eficacia probada como la irónica Half a boy, half a man (“sería mejor que cerraran sus casas y metan a los niños dentro, aquí llega la última estafa del siglo XX”) y (What’s so funny ‘bout) peace, love and understanding, sí, la canción que Elvis Costello, de quien Nick Lowe fue productor en cinco discos y padrino al frente de The Attractions, situó en la memoria colectiva del mejor pop de todos los tiempos.

Pero volvamos a Ry Cooder, de largo el rey de la noche con una destreza con la guitarra slide a prueba de ataque nuclear. Se ha escrito, y mucho, que fueron Mick Jagger y Keith Richards quienes, caraduras, robaron sus líneas maestras para Tonky honk women, y que en Let it bleed The Rolling Stones le chuparon la sangre al guitarrista californiano, tan reacio a los focos de la fama fútil como, y hubo varios intentos, a aceptar la invitación para sumarse al grupo millonario de las satánicas majestades. Y todo porque Ryland Peter Cooder (Los Ángeles, 1947) ha preferido siempre jugar al margen de las grandes ligas comerciales.

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Más partidario de la calidad (con Van Morrison, que gasta fama de arisco pero que sí acreditó sus aportaciones, grabó el seminal Into the music) que de ser un bufón acompañante de superhéroes efímeros. Un ejemplo de honestidad artística que, por poner un ejemplo en las antípodas, contrasta con guitarristas tan bien dotados como complacientes como Carlos Santana o Gary Moore.

En el Palacio de Congresos, que no se llenó del todo aunque contó con una fiel audiencia de aficionados ya entrados en años, la raíz blues-rock de Ry Cooder quedó retratada con esmero de orfebre en temas añejos como Vigilante man, Losing boy, Crazy about an automobile, You gotta pay, One meat ball, Jesus on the mainline y, en clave de ranchera, Impossible. Se echó en falta, no obstante, una aproximación más profunda a esas músicas de pueblo que en los últimos años han sido objeto de desvelo para el maestro californiano.

Reconoció una vez Ry Cooder que no le gusta llegar tarde a las obras de artistas veteranos, él que ya rescató de las profundas sombras del olvido al pianista Rubén González (“una mezcla entre Thelonius Monk y Félix El Gato”, Cooder dixit) y al Nat King Cole cubano Ibrahim Ferrer en Buena Vista Social Club, y también a los genios chicanos Ersi Arvizu y Lalo Guerrero en el antológico Chávez Ravine. Quizá por eso sonó a demasiado poco que de la tragedia social que tumbó un barrio emigrante para dar paso a la construcción de un estadio de fútbol americano para los Dodgers apenas interpretara, como despedida, la conmovedora Poor man’s Shangri-La. Fue, digamos, la única sombra de una noche espléndida, noventa minutos para grabar a fuego en el disco duro. Pero ya se sabe que aquí nadie es perfecto, incluso Ry Cooder. Que vuelva cuando quiera.

Publicado en La Opinión de Tenerife en julio de 2009

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Tombuctú, la biblioteca milenaria del desierto

20 Nov

Tombuctú manuscritos

por Carlos Fuentes

El viajero puede llegar en avión desde Bamako, la capital de Malí, aunque el trayecto resultaría demasiado efímero, fútil. Mejor, tan cautivador como incómodo, es hacerlo en un cayuco de madera, catorce horas río Níger abajo desde Mopti a Niafunké, y luego, en vehículo todoterreno, tres horas de pista arcillosa hasta Tombuctú.

En la capital del desierto, frontera mítica entre la región del Magreb y la inmensidad infinita del África negra, sobrevive la biblioteca Ahmed Baba, donde más de treinta mil documentos manuscritos son la memoria impresa de la presencia islámica en África. “¡Aquí está nuestra historia!”, exclama Ghair Abdel. Y abre una puerta de chapa metálica, la última frontera que nos separa de legajos con hasta mil años de vida que ahora hibernan entre decenas de cajas de cartón, vitrinas llenas de polvo y montañitas de arena amarilla en el suelo.

De nombre oficial Instituto de Investigación y Documentación Islámica Ahmed Baba, la biblioteca de Tombuctú atesora más de 30.000 manuscritos y ediciones de textos religiosos y literarios, mapas de viaje y notas comerciales. Son el disco duro de una ciudad que durante seis siglos tuvo lugar preferente en la historia.

Fundada en el siglo XI por grupos de nómadas de la etnia tuareg para organizar el trueque de esclavos y el comercio de oro procedente del sur por sal y cobre originarios del norte, Tombuctú ejerció como eje neurálgico del Impero Malí. Fue ocupada en el año 1468 por guerreros songhai, arrasada luego por hordas de soldados marroquíes en 1591 y, al fin, reconquistada por el ejército de los hombres azules en 1737. Por este acervo, Tombuctú mereció halagos de “ciudad misteriosa” del desierto, y fue considerada como “la Atenas de África”. En la actualidad, la ciudad malí de los 333 santos acoge a unos 35.000 habitantes.

Timbuktu - Tombuctú

El mayor patrimonio de la capital del desierto, situada a novecientos kilómetros al norte de la capital Bamako, reside en la biblioteca Ahmed Baba y en otro par de centros privados de conservación de manuscritos que gestionan familias de larga estirpe. Creado en 1970 por Naciones Unidas, el Instituto Ahmed Baba concentra el esfuerzo internacional para que la memoria impresa de la presencia islámica en África no se disuelva en la arena. Pero, vistas las condiciones en las que se almacena el legado, el visitante termina por ceder a la tentación pesimista. Aquí no abundan medios de conservación, pero sobran el polvo, el calor infame de los días y el frío, seco y afilado, de las noches de invierno. “No es la mejor manera de cuidar libros, pero trabajamos duro”, indica su vigilante.

Afuera, entre calles resecas por el polvo del desierto y algunas mínimas bibliotecas familiares, como la denominada Kader Haidara, donde se conservan varios miles de legajos y manuscritos del total de cien mil que ahora existen en la ciudad de Tombuctú, la fotografía actual de esta ancestral Meca literaria del Sáhara oscila entre el perfil puntiagudo de sus tres grandes templos de adobe, las mezquitas de Djingareyber (construida en el siglo XIV), de Sankoré y de Sidi Yéhia (edificadas ambas en el siglo XV), y la destartalada plaza de mercado en la que se realiza la actividad comercial, reducida en estos tiempos de penuria a la compra-venta de alimentos, enseres domésticos y productos textiles.

Tombuctú libros

Porque en las calles de Tombuctú niños empobrecidos de cara empolvada trasiegan con pollos vivos que están en venta mientras buscavidas se acercan y tratan de colocar sus navajas repujadas en cuero o pedazos de sal mineral excavados más al norte, en la localidad desértica de Taoudenni. Pero toca regresar a Niafunké, otras tres horas de pista agreste aq través del desierto, el pequeño pueblo rural situado a orillas del río Níger que gobernó como alcalde el mítico bluesman Ali Farka Touré. Una visita a su tumba, modesto enterramiento alicatado de blanco situado bajo un árbol escaso a las afueras de la villa, devuelve al ritmo cansino que marca la vida cotidiana en este lugar de África.

Publicado en el diario Público en abril de 2009

El último blues africano del imperial Ali Farka Touré

3 Oct

por Carlos Fuentes

Pudo exiliarse en la opulencia y el lujo, acomodarse en una vida de primera división, pero eligió siempre permanecer junto a su gente. En el quinto país más pobre del mundo. Cuando se cumplen cuatro años de su muerte, el blues eterno de Ali Farka Touré vuelve a latir. El sello británico World Circuit publica hoy la última grabación que el influyente músico africano realizó poco antes de fallecer por un cáncer óseo el 7 de marzo de 2006. Ali & Toumani, un disco grabado en apenas tres días junto al príncipe de la kora, Toumani Diabaté, y al contrabajista cubano Orlando “Cachaíto” López, reivindica el papel crucial que el guitarrista de Malí jugó en el amplio reconocimiento internacional del blues africano.

Ali Ibrahim Touré nunca supo con exactitud qué día de 1939 vino al mundo. Nació en la villa de Kanau, en el noroeste de Malí. Su madre, campesina, había parido antes a nueve hijos, pero Ali fue el primero que superó la infancia. Por eso fue apodado Farka, que significa asno, animal bien considerado en la sociedad rural africana por su fortaleza. Su padre, alistado en el ejército francés, murió mientras combatía a los nazis en la II Guerra Mundial y la familia se mudó a Niafunké, uno de los pueblos desérticos situados en la ribera del Níger.

Ali Farka Touré (perfil)Hijo del río, como gustaba definirse, Ali comenzó pronto a interesarse por la música. Construyó su primer instrumento con una lata de sardinas. Tenía una sola cuerda. De joven no cursó estudios, primero había que trabajar. Fue aprendiz de sastre, conductor de taxis y ambulancias fluviales, y también mecánico. Durante un viaje africano realizado en 1956 conoció al guitarrista guineano Keita Fodeba. “Tras verlo tocar juré que yo también sería guitarrista. Aún no conocía la guitarra, pero ya sentía la música dentro y pensé que podía expresarla”, contó, ya enfermo, durante su penúltimo recital europeo, en el teatro Bozar de Bruselas, en enero de 2005.

Pero la música tuvo que esperar. En 1968 viajó por primera vez al extranjero para actuar en el Festival de la Juventud de Sofía (Bulgaria), donde compró su primera guitarra. Ese año, un amigo le hizo escuchar unos cuantos discos norteamericanos: James Brown, Otis Redding y… John Lee Hooker. “Cuando escuché su blues lo primero que pensé fue que Hooker era africano, aunque no entendía en qué idioma cantaba”, recordaba Touré entre risas. Tanta sorpresa dejó huella. Dos años después, ya establecido en Bamako, logró trabajo como ingeniero de sonido en los estudios de Radio Malí. Allí, con ayuda de su amigo Boubacar Traoré, aprovechaba las horas libres en el estudio para grabar sus primeras canciones. Su música, espiritual como pocas, tuvo la capacidad de ensamblar las tradiciones sonoras de las etnias songhai, peul y tamascheq que conocía bien gracias a los siete idiomas tribales que aprendió de joven.

Ali Farka Touré & Ry Cooder

Su prestigio cruzó fronteras en África. Y llegó hasta París gracias al sello Sonodisc, que editó sus primeros discos en Europa. Uno de ellos llegaría hasta Londres. Su suerte estaba a punto de cambiar. Porque en 1986 Anne Hunt, cofundadora del sello británico World Circuit, viajó hasta Bamako para intentar localizar al misterioso padre del blues africano. Con ayuda de Toumani Diabaté puso un anuncio en la radio nacional y, casualidad, Ali Farka Touré captó el mensaje y se presentó en la emisora. Fue un encuentro que iba a hacer historia.

Ali Farka Touré (Niafunké)

Al año siguiente visitó Londres, donde actuó y grabó su primer disco con World Circuit. De esta relación salió una de las discografías de mayor enjundia en África, aunque el primer compromiso de Ali Farka fue el campo. En 2000, en pleno éxito, abandonó cinco años los escenarios y aceptó la alcaldía de Niafunké (“primero soy campesino, luego artista, y la cosecha es lo más importante”, contó en 2003 en el documental Feel like going home, de Martin Scorsese) para potenciar el cultivo de regadío en una de las tierras más duras del planeta. “Para Ali, su pueblo fue lo primero. Estaba comprometido con el futuro de su gente, siempre se consideró agricultor. Gastó mucho dinero en la agricultura. Y en los viajes aprovechaba para entrevistarse con alcaldes en Roma o Lisboa para reclamar más cooperación para el desarrollo de África. Por eso, su herencia es mucho más que su música. Touré dio sentido a las vidas de mucha gente en África”, indica el productor británico Nick Gold. “Fue un gran amigo. He tenido pocos héroes en la música: John Lee Hooker, Charlie Parker, Ali y pocos más”.

Ali & Toumani (live)

Similar opinión tiene Salif Keita, el otro gran ídolo de la canción maliense. “Ali Farka Touré fue una de las personas a las que tuve, y tendré siempre, en alta estima. Hizo muchas cosas buenas por su gente. Amaba y creía en lo que hacía. Este tipo de personas son extraordinarias. Hemos perdido a un hombre que hizo grandes cosas por su pueblo. Llevó las músicas de Malí al público occidental, a Europa y América. Contribuyó mucho al reconocimiento de las músicas de África en los mercados internacionales”, explica el cantante albino, protagonista de uno de los momentos más emocionantes de los últimos días de Ali Farka. A principios de 2006, con el cáncer asfixiando la vida del guitarrista, Ali mandó llamar al autor de Soro. No quería despedirse sin limar asperezas, desencuentros antiguos. Y en el momento postrero hubo un abrazo fraternal, no hicieron falta muchas palabras. En marzo de 2007, este cronista fue testigo de la influencia de esa reconciliación. Durante un viaje a Niafunké, la caravana musical organizada para asistir al primer festival-homenaje a Touré no necesitó mejor visado para franquear los puestos de control en las complicadas carreteras del norte de Malí que mostrar una foto de Ali Farka Touré y Salif Keita abrazados entre sonrisas. “Estos dos hombres han hecho más por nuestro país que todos los políticos”, dijo entonces, orgulloso, un militar armado con un fusil Kalashnikov.

Ali & Toumani DiabatéTambién conmueve escuchar a Toumani Diabaté, que en 2005 compartió con Ali Farka el segundo Grammy africano por el álbum In the heart of the moon. Diabaté recuerda que su amigo era un héroe para los más pobres. “Para los malienses fue muy importante que un compatriota lograra reconocimiento mundial. Ali siempre habló con orgullo de su tierra, de sus orígenes, sin ninguna impostura. Habló sobre este enorme país que ha sido marginado, pero cuya cultura es muy rica. Malí es el gran corazón cultural del África occidental. Es un país complejo en el que cada región tiene su propia música, sus cosas que decir, pero todos tenemos puntos en común y Ali lo sabía. Vivió y luchó para enseñar al mundo el significado de tener una cultura genuina”, subraya Diabaté. “Ali Farka Touré fue un regalo. Era un fenómeno musical, un pionero. Creo que fue creado por Dios con ese objetivo. Su misión era promover las culturas africanas, la cultura malí, y trabajó toda su vida para lograr ese objetivo. No hizo música sólo para Malí, sino para África y el mundo entero. Fue una persona única. Un historiador, un marabú, nuestro curandero. Ali Farka Touré fue un ser multidimensional”, zanja emocionado Diabaté.

Publicado en el diario Público en febrero de 2010

Músicas populares… cuando el tamaño no importa

26 Jul

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por Carlos Fuentes

“La miel nunca es buena en una sola boca”. Ali Farka Touré solía repetir este viejo proverbio africano cuando le preguntaban por el motivo que le llevaba a salir de su pueblo, Niafunké, en el desértico norte de Malí, para enseñar al mundo dónde nació el blues. Y explicaba el carismático guitarrista malí que la música popular, en su más amplia extensión, sólo cumple su papel de altavoz de los pueblos cuando sirve para tender puentes con otras regiones, con otras culturas. Hasta aquí, todos podríamos estar de acuerdo. Pero la pregunta aún sigue sin encontrar una respuesta justa: ¿Qué es, en verdad, música popular?

Si respetamos el valor semántico del término popular, las músicas tradicionales son aquellas que han logrado llegar a nuestros días después de cubrir una ruta con mil etapas, de generación en generación, para ofrecer un retrato sobre las costumbres, aspectos étnicos y hechos relevantes de la historia de los pueblos que las albergan. Hasta aquí, otra vez, todos de acuerdo. Pero, ¿son entonces músicas tradicionales el flamenco de España, el tango de Argentina, el soukous de Congo y, ejem, el rock de Estados Unidos? Sin duda. Como también lo son la bossa y el samba en Brasil, la cumbia en Colombia, la plena en Puerto Rico, la guajira, el son y el bolero en Cuba, la ranchera en México, el chaabi en los países del Magreb, el ágil mbalax en Senegal y la marrabenta en Mozambique.

music stampsHasta aquí llega el consenso. Pero, ¿qué papel juega ahora la música popular? ¿Son buenos tiempos para la lírica que nace en las calles, en los bares y en las fondas? Podemos convenir, que no es poco, que las músicas populares están disfrutando del respeto creciente del público mayoritario. No es casual que este giro a las raíces coincida ahora con el mayor auge de la técnica y la tecnología vinculada a la creación sonora. Hace unos meses, un portal de subastas puso a la venta una copia del primer álbum de Ali Farka Touré, editado en Francia a finales de los años 70, de tirada mínima y nunca más editado en disco de vinilo. Tras una semana de pujas, el disco grande superó un precio de cien dólares. E igual revalorización de lo antiguo disfrutan nuevas ediciones en formato digital de grabaciones africanas, latinas o europeas de difícil acceso hasta entonces. Por no hablar del giro vintage que han experimentado campos que definen la identidad y los hábitos de un colectivo como la alimentación, el vestuario, las lecturas, el cine o los viajes. Hoy mola lo viejo, y mola lo viejo porque, digamos, es auténtico. Se regresa al mueble de madera noble después de que nuestra generación anterior, nuestros padres, malvendieran el viejo arcón de la abuela para poder comprar una librería de contrachapado. Una mesita de metacrilato.

Hasta aquí esta somera observación sociológica, un arrebato de antropología. Porque usted se preguntará: ¿no veníamos aquí para leer sobre música? Sí, faltaría más. Pero primero hay que saber de dónde venimos para atisbar hacia dónde nos dirigimos. Podemos coincidir, si no es mucho pedir, que la actual era de velocidad con banda ancha y conexiones inalámbricas portátiles, en tiempos de wi-fi callejero como servicio público, está determinando pautas de consumo y de producción de bienes. Tangibles o no. Y es un mercado sobreexcitado el que contagia la confusión entre contenido y continente. Hoy, a lo peor, parece que es (mucho) más importante comprar un dispositivo digital que sea capaz de almacenar más de un millar de discos que velar por la calidad de las doce mil canciones en cuestión. En los tiempos del trending-topic diario parece que el motivo de orgullo está en el tamaño de la herramienta y no en su buen uso.

samba brazilQuizá por esta corriente cultural contagiosa, más pendiente de las formas que del fondo, la reacción del consumidor de música con fundamento lucha ahora por evitar lo que el anterior ministro brasileño de Cultura y unos de los padres fundadores del tropicalismo, Gilberto Gil, denuncia como “econometría” feroz de la dictadura del capitalismo: “una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”. Pero no todo progreso es malo. El paulatino abaratamiento de los medios de grabación y producción musical también ha ayudado a la recuperación y, por qué no decirlo, puesta en valor de las músicas tradicionales. Ya no hace falta movilizar a un regimiento de ingenieros de sonido para viajar hasta los centros comunales de conservación e interpretación de las músicas populares y lograr enseñar al mundo que abundan músicas por descubrir más allá de las ciudades de distribución del primer mundo. Otra vez Ali Farka Touré, el recuerdo de un músico genuino y sincero: “la miel nunca es buena en una sola boca”.

Porque si hay algo mejor que la música, como solía decir el productor Mario Pacheco (a quien van dedicadas estas líneas apresuradas), ese algo mejor es hablar de música. Y conversar sobre música significa continuar hasta el infinito la cadena oral de transmisión de unos sonidos populares que llegaron una vez al mundo para hacer la vida más interesante y entretenida, para tejer toda una memoria colectiva y sentar acta del desarrollo de los pueblos que las albergan. Ya se lo recordó Quincy Jones hace unos meses al periodista Carlos Galilea, apelando a un viejo consejo que el productor de Thriller (el disco más vendido de la historia, verdadera crónica popular contemporánea) recibió del saxofonista Ben Webster: “Allá donde vayas, escucha la música que escucha la gente del lugar, come la comida que comen, y aprende treinta o cuarenta palabras de su idioma”. Para continuar alimentando la cultura popular…

Publicado en el anuario de la SGAE en 2011

Salif Keita, el de la voz de oro

16 Mar

Salif Keita

por Carlos Fuentes

Pocas voces como la suya, emocionante y crepuscular, representan con tanta fidelidad el latido ancestral del desértico oeste de África. Convertido en una suerte de artista puente entre los sonidos tradicionales africanos y los ritmos contemporáneos occidentales, el imperial músico de Malí publica Talé, producido junto a Philippe Cohen-Solal, la mitad francesa de Gotan Project. Un ágil ejercicio bailable que, a lo peor, será el último disco de Salif Keita. ¿Por qué?

Acláreme, por favor, una duda: hace semanas dijo en la televisión francesa que Talé (Universal, 2012) será su último disco, al menos durante un tiempo. ¿Es cierto? “Sí”. ¿Por qué? Salif Keita respira hondo y repite lo que, seguro, responderá varias veces el año que empieza. “Será así principalmente porque la música se ha transformado en un regalo, en una descarga gratuita por los cambios en la industria musical”, indica el cantante de Malí, “pero yo tengo una familia que mantener y así, gratis, un artista no puede continuar”. La queja del imperial artista africano puede sonar a cuento pasado de fecha, aunque se entiende su desazón: los tiempos de banda ancha gangrenan la reinvención que surgió en 2002 con Moffou y siguió algo después con M´Bemba (2005). “Continuaré dando conciertos porque realmente vivo de ellos, pero no voy a publicar más discos”. Atrás refulgen cuatro décadas clave para las músicas del oeste de África, una historia sonora (y humana) que usted debería conocer.

Salif Keita TaléSalif Keita es un africano atípico. Nació en el pueblo de Djoliba en 1949, bajo el sol de agosto que ahora amenaza su salud. Negro mandinga albino, la falta de pigmentos en su piel ha jugado un rol importante en su itinerario vital: si las supersticiones se la tienen jurada (un albino en África es considerado portador de mala suerte), el lastre ancestral fue otro muro a tumbar. La familia Keita, de ancestral linaje noble con el emperador Sundiata Keita, no aceptó su vocación artística. Un noble no puede cantar. Y él marchó de casa, durmió en la calle, buscó una oportunidad. En 1967, ya afincado en Bamako, se unió a la Super Rail Band y, seis años después, al seminal conjunto Les Ambassadeurs. Eran tiempos de fiesta, bailes de noche y orquestas con alegría de vivir. “Aquella fue una época formidable”, recuerda, “para mí, que no pude estudiar, fue como ir a una escuela cada día”. Voz sobresaliente, Salif Keita decidió volar solo en 1982. Y voló alto. En París escribió y grabó Soro (1987). Seis canciones inmensas. Sin ambages, uno de los discos grandes de la música africana. Pero luego su voz de acero quirúrgico fue opacándose entre sonidos convencionales y arreglos voraces: Joe Zawinul produjo el nostálgico Amen (1991), Check Tidiane Seck hizo rebosar teclados en Folon (1995) y de poco sirvió el apoyo de Blue Note a Papa (1999).

Del cambio de rumbo dado con Moffou y M´Bemba surge ahora Talé. Salif Keita atiende al teléfono en París, preocupado por la situación en su país. Pero se anima al hablar de música. No es para menos. Sus once canciones nuevas, producidas por Philippe Cohen Solal, la mitad francesa de Gotan Project, dan dimensión a la importancia de un artista capital. Puente como pocos africanos entre las músicas tradicionales y los usos y costumbres sonoras occidentales. “Me planteé hacer un disco diferente a mis trabajos anteriores, nunca quise un mismo sonido para todos mis discos”, explica el autor maliense, “y creo que lo hemos conseguido porque Talé está hecho para bailar”. Para bailar aquí y allá. ¿Es acaso este el papel de Salif Keita: vincular dos universos musicales? “Sin duda. Yo soy una conexión entre las músicas tradicionales africanas y los sonidos contemporáneos. Me podría definir como un artista puente entre esos dos lados de África, quizá también entre África y Europa. Y mis canciones son una forma de dar a conocer la música tradicional africana a los más jóvenes”.

Salif Keita & Philippe Cohen-SolalCantor de melodías cotidianas, a veces aires mínimos que caza al vuelo por la calle (“una melodía, algo que veo… todos los días uno se encuentra con gente, con hechos que pueden inspirar la canción”) y que a guitarra acústica suenan frágiles, incandescentes, Salif Keita lo apostó a doble o nada con una selección de riesgo. Su etapa eléctrica en los ochenta no aguanta muy bien el paso del tiempo y, salto mortal, la experiencia de Philippe Cohen Solal con las músicas de África se reducía (casi) a cero. El padre del tango electrónico era poco más que un oyente eventual de ritmos étnicos africanos. “Es cierto lo que recuerdas porque realmente yo no conocía mucho la música electrónica actual”, explica Salif Keita sobre la idea inicial para la producción de Talé. “En la discográfica me hablaron de Gotan Project, de Philippe Cohen Solal y nos hicieron coincidir. Él vino a algunos de mis conciertos y yo escuché sus trabajos anteriores. Y así fue como decidimos trabajar juntos en el disco. Ahora que lo pienso, creo que mi elección se basó en su capacidad para tratar bien las canciones originales y no distorsionar las esencias”. En el armazón de Talé participan los africanos Aboussi Cissoko (n´goni), Mamane Diabaté (balafón) y Prince (calabaza) con el apoyo en cuerdas de Hagar Ben Ari (The Dap Kings) y Christophe Chassol más el ágil percusionista Cyril Atef, del proyecto de trip-dub francés Bumcello.

Salif Keita (brazos)La experiencia, dice Salif Keita, le ha vacunado contra el rechazo del riesgo, de la aventura. Y la música, asegura el músico maliense, es riesgo. La audacia de insuflar nuevos aires a las ricas tradiciones musicales mandingas. “¡Quiero que el disco haga bailar!”, fue lo primero que pidió el cantante al productor. Remain In Light, de Talking Heads, fue una referencia guía. “Ya he tocado esa música siendo fiel a los orígenes populares, aunque a veces haya sido etiquetado como otro músico africano más”, explica el cantante, “y con Philippe, ya que él adora cualquier instrumento tradicional, hemos tratado de dar nuevos aromas a estas músicas”. Por el camino, Talé ha sumado algunas alianzas interesantes procedentes de los dos mundos musicales en los que se mueve la dupla Salif Keita-Cohen Solal. El saxofonista camerunés Manu Dibango aporta su robusto sonido añejo y Bobby McFerrin pespunta Simby con elegancia improvisada sobre la voz sincopada del amigo africano. Con desparpajo urbano el rapero británico Roots Manuva agita C’est Bon C’est Bon, el sencillo titular, con aires que gustarán a los seguidores de Lee “Scratch” Perry. Y la contrabajista Esperanza Spalding, bendita, dobla con voz emocionante la casi plegaria Chérie S’en Va, dedicada a las africanas que dejan el hogar familiar destino al altar. “Al igual que ocurrió con mis discos recientes, Talé permite ver un lado africano nuevo en mi labor como cantante”, incide Salif Keita, convencido de que el oyente sabrá apreciar “lo mucho que hay de África” en su nuevo disco. Por ejemplo, samplers de febril música gnawa (Yala), tentaciones con la cumbia a continente cambiado (Tassi) y, en la vivaz Natty, simpáticos recitados naif de su hija pequeña.

Salif Keita retrato sombreroMás serio suena Salif Keita cuando aborda su otro gran compromiso vital. Que su reputación artística sirva de altavoz a la lucha de los albinos en África. “Ser albino me impidió estudiar, ir a la escuela. No es fácil superar la marginación por tu color de piel”, explica el cantante para admitir que los recuerdos de los días tristes han marcado su voz artística. “Quizá por eso mi música tiene un componente de tristeza y de melancolía; no me gustaría que se repitiera lo que yo tuve que pasar para salir adelante”. De ahí el compromiso de Salif Keita con la fundación que dirige para la integración de las personas con albinismo. ¿Qué se necesita? “Principalmente, protección. Y en la práctica, cremas solares y gafas de sol para proteger la piel y los ojos. Prevenir el cáncer de piel. También intentamos que los albinos se agrupen para lograr mayor protección y que ellos mismos sean conscientes de cuál es su situación en la sociedad”. ¿Y dónde se puede ayudar? www.salifkeita.us “Y también los medios de comunicación y los gobiernos africanos deben asumir la gravedad de este problema”, remacha el cantante albino. “Hay que ofrecer mayor información a las personas, ya sean albinas o no. La gente debe conocer qué ocurre con los albinos en África”.

“Malí debe permanecer como un país laico”

MaliCorren tiempos malos para Malí y sus quince millones de habitantes, cinco etnias distintas en 1,2 millones de kilómetros cuadrados. Salif Keita atiende la llamada telefónica el día en que el presidente de Francia confirma el envío de tropas al país africano. Se enfrenta Malí a una creciente amenaza islamista: la revuelta tuareg, sempiterna hace ya casi un siglo, ha sido vampirizada por fundamentalistas que aplican los rigores de la ley islámica sharia. Ocurre en el norte, en Niafunké, cerca de Tombuctú, en la tierra de su amigo bluesman Ali Farka Touré. ¿Se esperaba este brote de islamismo radical? “No sé, no lo sé”, masculla Salif Keita, realmente preocupado por el riesgo que corre su país. “La verdad es que no sé cómo se ha podido llegar a esta situación, pero lo que sí puedo decir es que Malí es un país laico y debe permanecer como un país laico”. ¿Corre riesgo el país de romperse en dos? No, el cantante niega la mayor: “Malí permanecerá siempre como un país unido, como una única entidad territorial. Ahora la solución debe ser militar y los militares se deben preparar para esa misión”. ¿Y usted, que fue candidato secundario en las elecciones de 2007, ha pensado en potenciar su papel en la política africana? “Sí, claro que he pensado mucho en ello porque para un maliense el compromiso con su país es un deber. Y como ciudadano tienes que tener un compromiso político con tu pueblo, con tu gente”. Sin embargo, el autor de Talé no ve las cosas claras. “Para tomar una decisión debo valorar todo, música y política, pero hay una diferencia esencial. Mientras la música se ve como algo positivo, la política está muy mal considerada, se la ve como algo malo. Y es muy difícil para mí hacer esa transición entre música y política”.

Publicado en la revista Rockdelux en febrero de 2013

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Fanáticos en el desierto africano donde nació el blues

21 Ene

por Carlos Fuentes

¿Se puede hacer cultura, cultura grande, desde la pobreza cotidiana? No hay una fórmula matemática que dé respuesta a esta pregunta, pero sí abundan los ejemplos que permiten negar, sin ambages, que la falta de medios materiales origina, porque sí, un erial cultural. De hecho, suele ocurrir justo lo contrario: buscar virtud en la necesidad para continuar la evolución social y cultural de un pueblo poco agraciado por los bienes fungibles. Y Malí, el gran país africano que marca la frontera entre el Magreb y el corazón negro del continente, está ahí para probarlo. Hace quince, veinte años, cuando Malí era el tercer país más pobre del planeta, un pelotón de artistas de riesgo se las apañó para enseñar al mundo un folclor legendario y verosímil. Músicas producto de cinco, seis siglos de tradicionales orales y aislamiento respecto a los países africanos ribereños. Pero una cosa es luchar contra el hambre consuetudinaria en la esperanza de que el tiempo que venga sea mejor y otra, muy distinta, enfrentar la amenaza del disparo fácil del Kalashnikov. Y así está hoy Malí, entre la bala y la pared.

Salif Keita 1El nuevo episodio de la ancestral rivalidad entre tuaregs y malíes negros, que hunde sus raíces en la segunda década del siglo pasado, ha degenerado ahora en la ocupación del desértico norte malí por tropas tuaregs bien armadas por el incontrolado trasiego de cañones y fusiles a raíz del derrocamiento del régimen libio de Muamar el Gadafi, en cuyas filas combatieron guerrilleros tuaregs. Con la derrota hace un año de Gadafi, muchos tuaregs lograron escapar al sur libio más desértico, zona en la que reside alrededor de un millón de hombres azules que se mueven, casi sin control oficial, por Níger, Argelia, Burkina Faso y Malí. Pero el Sáhara ya no estaba tan desierto. En su pedregal sin fin había anidado un movimiento fundamentalista vinculado a Al-Qaeda en el Magreb, cuya tropa se alió primero con los tuaregs y, poco después, fagocitó el dominio de la zona. Las consecuencias de este giro fanático ya están a la vista: zonas como Kidal, Gao y Tombuctú están sometidas ahora a la ley islámica (sharia) y sus vecinos han empezado a sufrir el martirio en carne propia. Se han prohibido la música y la radio, también la fuma y el alcohol. ¿Sentencias? Lapidaciones por adulterio, amputaciones a presuntos ladrones, prisión domiciliaria para las mujeres, cierre de escuelas, pérdida de cultivos, matanza de animales… y éxodo forzado hacia el sur, al amparo de la capital, Bamako, donde el ejército malí exige una acción contra la declaración unilateral de secesión tuareg en la zona llamada Azawad.

toumani diabate¿Y la cultura? Camino de la catástrofe. El conflicto militar y la ola de fanatismo, dos factores que anuncian una intervención internacional más pronto que tarde, han provocado la huida de muchos músicos desde zonas como Niafunké, aldea ribereña del Níger desde la que el guitarrista Ali Farka Touré enseñó al mundo los orígenes del blues. Fallecido el patriarca, el primer africano que obtuvo un Grammy con Talking Timbuktu, grabado en 1994 junto a Ry Cooder (luego obtendría otro Grammy por In The Heart Of The Moon, con Toumani Diabaté), sus hijos se han refugiado en casas de parientes en Bamako. También su pupilo y amigo Afel Bocoum se ha visto obligado a escapar del violento norte aunque la capital también paga la factura de la violencia. Cada semana cierran locales de música en vivo, se clausuran hoteles y se reducen hasta cero todos los viajes de artistas foráneos. Y no es una consecuencia baladí: en las últimas décadas Malí acogió proyectos de enjundia protagonizados por músicos locales y aliados occidentales como Damon Albarn, Dee Dee Bridgewater, TV On The Radio, Taj Mahal, Eric Bibb o Arnaldo Antunes. Y el cineasta Martin Scorsese produjo aquí, en 2003, el documental Feel Like Going Home sobre el origen de las músicas que los esclavos llevaron a los campos de algodón en América.

En el limbo han quedado proyectos culturales que aspiraban a revertir entre los ciudadanos de Malí la cosecha de tantos siglos de tradicionales musicales. Hay dos ejemplos con nombres propios. En 2001 el albino Salif Keita, la voz dorada de África, regresó a su país para compensar a su audiencia nacional por todos los años pasados en París. En Bamako escribió Moffou, antológico episodio de reconciliación cultural en el que participaron Cesaria Évora, Kanté Manfila y Mino Cinelu, idea que tres años después continuó con el imperial M´Bemba. En la capital malí Keita coincidió con Oumou Sangaré, la volcánica cantante de la región de Wasulú que, además de gran voz femenina africana, ha dedicado buena parte de sus ganancias al desarrollo del turismo (posee un hotel y una sala de conciertos) y el comercio mayorista (importa arroz chino y automóviles coreanos). Ahora ambos artistas se debaten entre mantener la apuesta cultural por su país o, como ya hicieron otros, buscar acomodo en una capital europea donde sus carreras musicales, y su integridad física, corran riesgos menores. Es la fórmula que ha pergeñado la joven Fatoumata Diawara para proyectar su carrera en solitario después de haber despuntado junto a Dee Dee Bridgewater y Oumou Sangaré en el disco colectivo Imagine liderado por Herbie Hancock.

En un país desértico donde la cultura es (mucho) más que puro entretenimiento a la usanza occidental, donde la muerte de un griot se lamenta como si ardiera una biblioteca milenaria, este cronista fue testigo del respeto incomparable del pueblo por sus músicos. Marzo de 2007, primer aniversario de la desaparición de Ali Farka Touré. Dos militares, y dos Kalashnikov, detienen la caravana que hace la ruta Bamako-Niafunké. De nada valen los permisos oficiales, los avales políticos, los contactos telefónicos urgentes. Los dos soldados solo dejan paso franco cuando, orgullosos, ven la fotografía, pegada en el cristal del coche, del abrazo de reconciliación entre Ali Farka Touré y Salif Keita. “Ellos son lo mejor del país”, y arriman a la cuneta un par de bidones de gasolina utilizados como barrera de control en medio de la inmensa nada. Salvoconducto musical para este país gigante (casi tres veces España) donde el estado no es efectivo en todos sus confines, allí donde suena la emocionante música malí que durante siglos narró batallas y leyendas, fiestas y costumbres añejas. Música que hoy, otra vez la guerra (por ahora, con un millar de muertos y más de doscientos mil desplazados), ya no tiene trovadores que la escriban. Ni vecinos que la bailen.

Publicado en la revista Rockdelux en noviembre de 2012

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África, capital Londres

17 Jul

por Carlos Fuentes

Si atendemos a las estadísticas, Londres podría ser una de las ciudades más pobladas de africanos del planeta. Según el último censo urbano, realizado hace una década en la capital británica y que en estos momentos está en pleno proceso de actualización, más de trescientas mil personas de origen africano residen en una ciudad que acoge a 7,7 millones de los 63 millones de habitantes que viven actualmente en el Reino Unido. [Por unos días, Londres será la primera capital africana del planeta durante los Juegos Olímpicos de Londres 2012, que arrancan el próximo 27 de julio].

Importantes colectivos de nigerianos, keniatas, ghaneses, surafricanos, somalíes y ugandeses protagonizan la foto fija de un colectivo de oriundos africanos cuya presencia en la capital inglesa hunde sus raíces desde el siglo XVI. En la actualidad, esta importante comunidad de ciudadanos hace valer sus derechos a una cultura distinta, con sus usos sociales, alimenticios y laborales particulares. Aunque no siempre fue así. La presencia africana en la ciudad es el resultado del esfuerzo por hallar un lugar en la ciudad del Támesis.

Para dibujar el mapa de la presencia africana en Londres, Brixton es el primer lugar de referencia. Situado al sur de la ciudad, en este barrio cosmopolita y obrero reside el mayor colectivo de africanos de Inglaterra. Aproximadamente uno de cada cuatro de sus 65.000 habitantes es de raza negra, aunque esta cifra incluye también a las comunidades de emigrantes afro-americanos que han llegado de las antiguas colonias británicas en el mar Caribe, y en especial de Jamaica. A mediados del siglo pasado se produjo la primera gran oleada de emigrantes de raza negra, ciudadanos que con el paso del tiempo han logrado convertir sus costumbres culturales en una seña de identidad de Brixton, ahora reconocido como la capital negra de Londres.

En sus calles conviven tiendas de franquicias europeas con pequeños restaurantes de comida africana donde es posible combinar un chebuyén (arroz con pescado y verduras) o una rica supucanye (sopa de verduras con arroz blanco) de Senegal con un kebab de origen asiático o el muy popular plato británico de pescado con papas fritas. También el comercio retrata la identidad mestiza de Brixton. En sus puestos callejeros se venden especias africanas y en las tiendas de discos, con una presencia bastante superior a la media de los barrios londinenses, abundan las músicas negras: del reggae marfileño al hip hop senegalés pasando por discos de vinilo de clásicos africanos como Kasse Mady Diabaté o King Sunny Adé. “La mayoría de mis clientes son africanos o amantes de la música de África y el Caribe”, explica Tom Fisher, que desde 1998 gestiona la tienda Rat Records.

Algo más al norte, cerca de Candem, que desde finales de los años sesenta del siglo pasado se ha caracterizado por su atmósfera mestiza y sus inagotables caballerizas con tiendas de ropa, se encuentra Dalston. Este barrio es otro lugar que cualquier rastreador de la presencia africana en Londres debe pisar. Situado en la parte baja del distrito de Hackney, su actividad comercial y cultural está ubicada a lo largo de la avenida Kingsland, donde cada mañana abre un centenar amplio de tiendas dedicadas al comercio de productos procedentes de África y Asia. En su plaza de mercado, situada justo enfrente de la estación de trenes, se vende desde pescado de Mozambique a telas de Malí, pasando por música africana en discos compactos seleccionados por expertos oriundos y bisuterías étnicas.

Varios locales de la avenida principal ofrecen servicios de comunicaciones y de envío de remesas en efectivo a países de origen. “Muchos de nuestros clientes son habituales, trabajadores africanos, asiáticos y de países del este de Europa que vienen una o dos veces por mes para enviar dinero a sus familias”, explica Josephine, una joven nigeriana que atiende un despacho de Western Union en la avenida Kingsland. “Aunque ahora la libra esterlina no tiene un buen cambio respecto al euro, sí que es rentable enviar dinero que los destinatarios reciben en nairas nigerianos o en francos CFA de los países del oeste de África”, indica la responsable de este puesto de envío de remesas que también ofrece enlace a Internet por media libra por hora y, con cita previa, asesoría laboral y jurídica a los emigrantes africanos y asiáticos. Entre los primeros, especial importancia tiene en Dalston el colectivo procedente de Ghana, que ronda cincuenta mil personas y que en los días de este recorrido celebraba el empate logrado por su selección de fútbol en un partido amistoso disputado contra el combinado de Inglaterra en el estadio de Wembley. Con gol de Asamoah Gyan en el último minuto del choque contra los de Capello, el 1-1 de los africanos supo a victoria.

ÁFRICA ESTÁ DE MODA

Sigamos de camino. Bastante más conocidos que los barrios del sur y del este de Londres son Candem y Portobello, dos de las zonas comerciales famosas en la ciudad por sus mercadillos callejeros de fin de semana y su interesante oferta cultural. Aunque desde el incendio de 2008 los canales de Candem han perdido gran parte de su atmósfera bohemia y arrabalera, conviene visitar las tiendas ubicadas en lo que a primeros de siglo XIX eran las caballerizas más amplias de Londres. También Portobello, situado en el elitista barrio de Notting Hill, ofrece abundante presencia de vendedores de bisutería africana, comida afro-caribeña y, cómo no, mucha música negra.

No obstante, la evolución de la oferta comercial no convencional de Londres se ha trasladado a las calles que rodean Brick Lane, donde los domingos se puede comprar desde ropas étnicas y comida africana hasta mapas antiguos de colonias inglesas en África y Asia. La curiosa metamorfosis que se produce en Brick Lane cada domingo, cuando los puestos semanales de comidas asiáticas dejan paso al mercadillo callejero, se repite también en otra zona comercial con solera. En Petticoat Lane, junto al renovado antiguo mercado de Spitalfields, comerciantes africanos, sobre todo procedentes de Togo y Benín, ofrecen un amplio catálogo de telas estampadas como las que se comercian, también de fabricación holandesa, en mercadillos de Bamako y Dakar. Eso sí, la cercanía al centro turístico de la ciudad se paga: la pieza de cinco yardas de tela (4,5 metros) cuesta el doble que en Kingsland.

Hasta aquí llega la radiografía urbana de la creciente presencia de colectivos africanos en Londres, pero conviene no ceñir el rastreo a la economía informal y al mercadillo callejero. Con los años, la comunidad africana en la capital británica ha ganado en presencia y también en importancia. Ayuda mucho el auge que la cultura africana goza en la vida cultural británica. Sirvan dos ejemplos. Una galería situada en el corazón de la ciudad inauguró en marzo de 2011 la primera exposición que realiza en Europa el fotógrafo malí Hamidou Maiga. Contemporáneo de los titanes de la imagen popular de Bamako Seydou Keita y Malick Sidibé, este retratista presentó en sociedad una colección de treinta fotografías originales realizadas en los años sesenta en la capital malí.

Talking Timbuktu, bautizada como el legendario disco que el guitarrista malí Ali Farka Touré grabó con Ry Cooder en 1994, primer álbum africano que obtuvo el premio Grammy, recupera imágenes de alegría y efervescencia, propias de la ilusión que llegó a muchos países africanos con la recobrada independencia de las potencias coloniales europeas en los años 60. Lo explica Jack Bell, propietario de la galería homónima: “Durante esos años, las fotografías de Hamidou Maiga son un testimonio fiel de lo que fue la transición africana de presencia colonial francesa al orgullo como sociedad libre tras haber recobrado la independencia. Hasta ahora sólo conocíamos los retratos de Keita y Sidibé, aunque la obra de Hamidou Maiga no desmerece a sus contemporáneos. Y con estas imágenes únicas se refleja al mismo tiempo la personalidad de sus clientes, pero también la identidad colectiva africana y su entusiasmo por entrar en la modernidad”.

Concluye aquí este recorrido apresurado por las huellas africanas en la capital británica, por si usted planea unas vacaciones africanas… en Londres.

Publicado en la revista digital GuinGuinBali en marzo de 2011