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Eduardo Galeano, la voz que abrió los ojos de América

13 Abr

por Carlos Fuentes

Hay voces que llegan antes de lo previsto, y que se adelantan a la política de lo políticamente correcto. Eduardo Galeano encarnó una. La voz de los sin voz, el eco latente de los pueblos que habían perdido algún partido con esa historia de convulsiones que se conoce por América Latina. Y fue su aliento de vida, esa energía moral inasequible al desaliento, su compromiso a la intemperie, el que terminó por alzarse en el andamiaje de casi toda la obra literaria y periodística que abordó después la autocrítica de la vida en el continente. Bien amarrado al acervo cultural latinoamericano, el escritor y pensador uruguayo deja una obra que supera estereotipos y que merecerá, sin duda, relecturas en tiempo real.

La América Latina que recibió a Eduardo Germán María Hughes Galeano en la clausura del verano de 1940 en Montevideo era la eterna crónica no escrita de un subcontinente devastado por enfermedades sociales que parecían plagas bíblicas. El subdesarrollo, el hambre y el miedo. El clasismo y el imperialismo. La vergüenza de raza y el sometimiento. Más que votos, en América campaban las botas y los uniformes verde olivo. Y al pibe Eduardo las primeras crónicas le salieron en forma de tiras cómicas sobre política para el diario socialista El Sol. Firmaba entonces Gius, con la pronunciación de su apellido paterno, rasgo que visto ahora se antoja premonición de la reivindicación latina que llevó siempre en la mochila. Ya en los años sesenta, junto a Mario Benedetti, otro personaje imprescindible para comprender a carta cabal la nutritiva literatura americana del último medio siglo XX, se embarcó en labores periodísticas en el semanario Marcha, donde coincidió con Juan Carlos Onetti, Alfredo Zitarrosa, el cubano Roberto Fernández Retamar y el peruano Vargas Llosa, entre muchos otros.

Eduardo Galeano 3

El 27 de junio de 1973 llegó el primer encontronazo con la realidad. Golpe de estado mediante, Uruguay se entregó manu militari a la administración de Juan María Bordaberry, que en nombre de la patria y el orden de los patriotas pronto cercenó libertades básicas y terminó por cerrar la revista progresista. El mismo Galeano, encarcelado por las autoridades golpistas, fue finalmente forzado a exiliarse. Eligió Argentina, pero Buenos Aires no iba a ser su último exilio. Es el tiempo de Época, la publicación que sirvió de combustible para alentar la lucha en América Latina, para dotar de un argumentario a la juventud latinoamericana que valoraba cualquier vía válida para acabar con la represión. Pensar en uno, pero también pensar en el vecino. Que viene a ser una versión más bailable de aquella frase memorable de su colega polaco: “El sentido de la vida es cruzar fronteras”.

Como Kapuscinski, el uruguayo lo repitió hasta el día final. El error, otra vez, es que cada país busque su camino. Que la única opción sea el puro canibalismo. “La guerra vecinal es una especialidad latinoamericana. Hemos sido diseñados, como países, para odiarnos entre nosotros. Para ignorarnos, también. Es lo peor de la herencia colonial. Hay otras herencias coloniales, como la de la impotencia. Esa que te dice: “nunca vas a poder, eso no se puede, nunca vas a ser capaz”. La condena a ser espectadores de la historia hecha por otros, incapaces de hacerla con nuestras propias manos, nuestra propia cabeza, nuestro corazón. Con nuestras propias piernas que caminan”.

cartel Galeano

De vuelta a Uruguay, Eduardo Galeano, de regreso otra vez del frío del exilio (en Madrid, donde residió hasta 1985), llegó para sumar. Al año siguiente ya estaba entre los impulsores de la demanda de revocación de la ley de punto final con la que militares de dictadura intentaron sacudirse toda responsabilidad por los crímenes cometidos en el santo nombre de la patria, de la bandera y del progreso. Su compromiso fue reconocido luego con varios premios honoríficos universitarios en América y Europa, también por colectivos sociales, culturales y estudiantiles de su continente natal. Acaso el galardón que más llenó el alma del autor de El libro de los abrazos fue el concedido hace cuatro años por la Federación Universitaria de Buenos Aires para reivindicar a Eduardo Galeano como “un ejemplo para la juventud latina”.

Acaso fue la vindicación del derecho a la duda que el propio escritor repasó en voz alta hace apenas un año. “La realidad [de América Latina] ha cambiado mucho, y yo también. La realidad es mucho más compleja precisamente porque la condición humana es diversa. Algunos sectores políticos para mí cercanos pensaban que dicha diversidad era una herejía. Incluso hoy hay algunos sobrevivientes de ese tipo que piensan que toda diversidad es una amenaza. Por fortuna no lo es”.

Su obra más conocida, Las venas abiertas de América Latina, y su extensión retrospectiva, Memoria del fuego, conforman el atlas del sufrimiento del pueblo, de los pueblos latinoamericanos, pero también son una apuesta desbocada por la esperanza y por la responsabilidad histórica de asumir un rumbo propio tras siglos de tutela extranjera impuesta. El primer libro, publicado en 1971, contó con un par de publicitarios de excepción. Pronto fue prohibido por los gobiernos dictatoriales de Videla en Argentina y Pinochet en Chile, y mal recibido en otra media docena de gobiernos autoritarios, pero se alzó rápido en el ideario de la justicia social que pugnaba por hacerse escuchar en las calles ensangrentadas, en las fábricas con sueldos de miseria, en el eco ahogado de los centros de tortura, en los hogares de hojalata de las familias de los desaparecidos.

Para el autor, empero, el libro de las venas abiertas también fue un peso eterno que ya no se sacudió de su mochila. Hasta hace un año, cuando aprovechó una feria literaria en Brasil para contextualizar su reflexión autocrítica en torno a su obra de referencia. “No volvería a leerla porque si lo hiciera me caería desmayado. No tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política cuando lo escribí. No me arrepiento de haberlo escrito, pero ya es una etapa superada”. No debió pensar lo mismo Hugo Chávez cuando en 2009, en la Cumbre de las Américas, regaló un ejemplar (en español) al presidente Obama. Un gesto que, a bote pronto, hizo del título de Galeano un libro best-seller en Norteamérica.

Eduardo Galeano 4

En lo emocional, el compromiso de Galeano con la cultura de los pueblos de América Latina nunca necesitó de actualización. Defensor de las minorías y de sus manifestaciones culturales, sin mirar mapas ni fronteras (en 1986 el primer premio Memoria del Fuego reconoció la devoción de los latinoamericanos por Joan Manuel Serrat), el escritor uruguayo conectó siempre con las formas de hacer poesía desde la canción cotidiana. Como en aquella letras de su amigo Daniel Viglietti: “La copla no tiene dueño, patrones no más mandar, la guitarra americana peleando aprendió a cantar”. También es mérito suyo la vindicación del fútbol como algo más que coliseo de emociones plebeyas. Mucho más que sucedáneo neoliberal del pan y el circo

En 1995 publicó El fútbol a sol y sombra para trazar una radiografía sentimental del pueblo a través de lo que cada domingo ocurre en el teatro del balón, el olor a hierba recién cortada y los sueños del que paga la entrada para escapar de casa. De ese libro-apología es una antológica descripción de la soledad del arquero, otro momento Galeano de compromiso con el desfavorecido por la fama y el dólar: “El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo la lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos”.

Y de vueltas a la vida, él que fue siempre un manantial de frases certeras, de reflexiones con fundamento y sustrato alimenticio, de optimismo en medio del temporal, regaló quizá un postrero resumen apresurado de su forma de vida a su amigo escritor y periodista argentino Jorge Fernández Díaz, otro de esos autores que trascienden épocas y continentes ahora que vuelven a soplar los aires del miedo a vivir en el Cono Sur. “El arcoíris terrestre es mejor que el celeste, tan mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y el oscurantismo. Los seres humanos somos mucho mejor de lo que nos contaron que fuimos”. Palabra de Galeano.

Publicado en El Confidencial en abril de 2015

 

Cidade Velha, una fortaleza sobre adoquines con historia

9 Mar

Fortaleza de San Felipe

por Carlos Fuentes

Cuando los navegantes portugueses llegaron a la isla de San Antonio, apenas superado el ecuador del siglo XV, esta bahía esculpida por el mar sobre piedra volcánica negra fue uno de los primeros paisajes que el mundo antiguo conoció de las islas africanas de Cabo Verde. En 1642 el navegante Diogo Afonso, al servicio del infante Henrique de Portugal, dio noticia del archipiélago y pronto él mismo se hizo cargo de la gestión de la mitad norte de la isla. El navegante genovés Antonio da Noli se encargó de administrar la región sur, con capital en Ribeira Grande. Ahora llamada Cidade Velha, la población tuvo días de esplendor como puerto de paso de las numerosas travesías comerciales transoceánicas, el penoso tráfico forzado de personas en condiciones de esclavitud y la llegada creciente de colonos portugueses procedentes de las regiones rurales del Alentejo y el Algarve.

A tiro en una corta excursión en coche o transporte público desde la cercana Praia, capital nacional y ciudad más importante de Cabo Verde con más de cien mil habitantes, Cidade Velha está a unos diez kilómetros del casco urbano desde el desvío del barrio de Terra Branca, donde un pequeño mercado callejero local es buen lugar para aprovisionarse de frutas frescas como papayas o mangos. Un empedrado de adoquines de basalto negro, como cada vez se ven menos en las islas, desciende hasta la bahía de la ciudad antigua. El escenario parece sacado de una película de aventuras. Un castillo en ruinas preside la ensenada, a 120 metros sobre el mar. Y no es una torre cualquiera.

Fortaleza de San Felipe

Construida en 1593 para proteger Ribeira Grande, que en 1578 y 1585 había sufrido dos ataques del corsario inglés Francis Drake, la Fortaleza Real de San Felipe tampoco se libró de los asaltos piratas. En 1712 fue arrasada por el francés Cassard, que incendió el convento franciscano. Atrás quedaban hitos para la historia de la humanidad con las visitas de Vasco de Gama, que pasó por aquí en 1497 camino de la India, y de Cristóbal Colón, que al año siguiente hizo parada en costas de Cabo Verde en su tercer viaje a América.

Cidade Velha Pelourinho

Otra estampa de antiguos días de gloria en Ribeira Grande es el pelourinho que se encuentra en la plaza central, junto a Casa Velha, una de las viviendas originales de la ciudad. Levantado en 1520, esta columna de piedra servía a modo de picota para amarrar a los acusados de un delito y, en la época infame de la esclavitud, para castigar a los trabajadores forzosos. Hasta el siglo XVII Ribeira Grande se benefició sobremanera del dinero que se movía con el tráfico de esclavos hacia América al ser puerto de escala de barcos negreros entre las costas continentales de África y los destinos en América.

Tierra adentro, a espaldas del mar, ascendiendo por el cauce del barranco se encuentra la rua Banana, que está considerada la primera calle trazada en las tierras coloniales por el imperio portugués. Una vereda por sus casas bajas de piedra y techos de teja enlaza con la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, otro hito en la historia de Cidade Velha. Construido en 1495, este templo fue el primer edificio religioso que los colonos lusos levantaron fuera de Portugal. La austera iglesia cristiana de estilo manuelino se mantiene en activo con misas semanales, mientras la vida pasa y las gallinas picotean el verde de su jardín.

Cidade Velha rua Banana

En Cidade Velha, a pesar de la escasez de agua, consuetudinaria en todas las islas de Cabo Verde, el verde es generoso. Cotizan las sombras de palmeras, buganvillas, flamboyanes, plataneras y matas de mango, ahora aprovechadas para albergar terrazas y restaurantes frente al mar. Entre platanales transcurre el camino empedrado que lleva a la zona residencial, donde destaca el hotel Vulcão, ampliado ahora con restaurante buffet y malecón para darse un baño. Este lugar es muy popular entre las familias caboverdianas y algunas aprovechan la jornada festiva de los domingos para almorzar platos típicos como la cachupa junto al mar mientras un grupo toca mornas y coladeiras, los ritmos musicales más importantes del folclor caboverdiano.

Cidade Velha Iglesia del Rosario

De regreso al centro de Cidade Velha, la visita se puede completar con un rato de descanso frente al mar. Conviene probar la cerveza local Strela Kriola, el café cultivado sobre ceniza volcánica en la vecina isla de Fogo y, si hay suerte, disfrutar del desembarco de los pescadores que vuelven a puerto tras el día de faena. Merece la pena degustar el pescado fresco cocinado en parrilla de leña, y los más interesados en la cultura africana pueden visitar algúna salas con artesanía. En la plaza se vende bisutería elaborada con caracolas de mar.

En el camino de vuelta hacia la capital Praia se encuentra otro lugar pintoresco, el pueblo de São Martinho Grande, pequeño núcleo vecinal junto a la carretera por el que aún discuten los municipios de Praia y Ribeira Grande de Santiago. Su iglesia de color rosa sobre la costa volcánica brinda una estampa singular de la isla de Santiago y pone fin a una excursión por la historia añeja de Cidade Velha, una de las siete maravillas del antiguo mundo colonial de Portugal junto a las fortalezas de las localidades de Diu (India) y Mazagán (Marruecos), y los templos religiosos de Macao (China), Goa (India), Ouro Preto y Salvador de Bahía (Brasil).

Publicado en la revista NT en diciembre de 2015

Días de sol y playas junto al volcán más joven de África

1 Oct

volcán Fogo 1

por Carlos Fuentes

Son diez pedazos de África situados en medio del océano Atlántico. Diez islas de naturaleza exigente y paisajes marcados por la tranquilidad. Diez porciones de desierto volcánico trasterradas mar adentro que durante los últimos años se ha convertido en uno de los mejores destinos turísticos para conocer la rica cultura africana. Cabo Verde, que ni es cabo ni es verde, se brinda ahora al visitante como destino amable cerca de Europa con su melancólica música morna sonando siempre de fondo.  

El archipiélago de Cabo Verde está situado a seiscientos kilómetros al oeste de la costa africana de Dakar, la capital de Senegal, y a 1.600 kilómetros al sur de Canarias. La historia de este territorio repartido en diez islas habitadas nació en el año 1456 con su todavía controvertido descubrimiento, ya que tres marinos se atribuyeron su hallazgo hace cinco siglos. Sea como fuere, gracias a la labor descubridora del explorador genovés Antonio da Noli, del navegante veneciano Luis Cadamosto y del viajero portugués Diogo Gomes de Sintra, las islas de Cabo Verde fueron sumadas a la corona portuguesa por orden directa del infante Henrique de Avis, también conocido por el sobrenombre El Navegante.

Poco tiempo después, casi todas las rutas marítimas y comerciales enlazaban ya los puertos europeos con los nuevos destinos coloniales en América y Asia, lo que con el paso de los siglos terminó de dibujar la singular personalidad social, económica y cultural caboverdiana que hoy se conoce. En la actualidad, la población de Cabo Verde alcanza medio millón de personas que se reparten en los poco más de cuatro mil kilómetros cuadrados que tienen estas diez islas de la Macaronesia africana. Convertido ahora en un creciente destino turístico de sol, playa y naturaleza, Cabo Verde lleva un lustro afianzando su mercado de turismo y ocio. Sólo durante el pasado año 2014 más de medio millón de turistas extranjeros visitaron una de las islas de este archipiélago volcánico.

Fogo isla

Con solo 476 kilómetros cuadrados de extensión y una población de 37.000 personas, la pequeña isla de Fogo se encuentra situada al sur del arco de diez islas del archipiélago de Cabo Verde. Comparte el denominado grupo de cuatro islas de sotavento con las islas de Santiago, la de mayor extensión por sus 991 kilómetros cuadrados y que cuenta con 266.000 habitantes; Maio, con 269 kilómetros cuadrados y una población de ocho mil personas; y Brava, con solo 67 kilómetros cuadrados y apenas seis mil habitantes. Al norte de estas cuatro islas caboverdianas se halla el denominado grupo de barlovento, compuesto por seis islas: San Antonio, con 779 kilómetros cuadrados de extensión y una población de cincuenta mil personas; Boa Vista, con seis mil vecinos residiendo en sus 620 kilómetros cuadrados; San Nicolás, de 357 kilómetros cuadrados de extensión y catorce mil habitantes; Sal, con 216 kilómetros cuadrados y 18.000 habitantes; San Vicente, con 227 kilómetros cuadrados de extensión y una población cercana a las ochenta mil personas; y la deshabitada Santa Luzia.

volcán Fogo 2

La isla de Fogo fue uno de los primeros lugares que fueron poblados en este país insular atlántico, aunque durante buena parte de la primera etapa de su poblamiento la isla se denominó San Felipe. Fue precisamente una erupción volcánica anterior, ocurrida en el año 1860, el hecho que provocó el cambio de la denominación oficial de la isla. Fogo posee una naturaleza singular por su dureza, marco natural que se corona con el volcán homónimo de 2.829 metros de altura. Habitada desde el año 1500, la isla ha dominado las rutas por mar entre Europa, América y Asia, así como por los buenos resultados que dieron pronto las explotaciones de pescado y sal, principalmente, desde el siglo XVI.

lava Fogo

El auge creciente de las diferentes formas de turismo en la naturaleza sumó, de improviso, la atracción incomparable de una erupción volcánica en Cabo Verde. Desde finales de noviembre pasado, el volcán de Fogo, del que tomó nombre la isla, se encuentra activo. En los primeros momentos se temió por problemas de seguridad importantes, así como por las consecuencias que la emisión del material volcánico tuvo en el tráfico aéreo nacional e internacional, pero al final los daños causados directamente por la lava del pico de Fogo se limitaron a los daños en dos pequeñas aldeas, Portela y Bangaeira, ambas situadas a los pies de la caldera que rodea el volcán y que los nativos caboverdianos llaman Chã das Caldeiras. También se produjeron daños materiales en la aldea de Ilhéu de Losna, donde el riesgo principal se relacionó con los cultivos vinícolas isleños.

lava 2 Fogo

Al pie de las calderas está situado el recoleto pueblo de Pedro Brabo, cuyo millar escaso de habitantes viven dedicados a las labores agrícolas de la vid, el café, los árboles frutales y las plantas leguminosas, todas cultivadas sobre el singular suelo de lava volcánica caboverdiana. Desde Pedro Brabo, la subida a pie hasta el pico de Fogo se puede realizar por un sendero que enlaza con el cráter en una excursión que se alarga entre tres y cuatro horas de paseo con un desnivel de mil metros. Justo al final del sendero está la parte más exigente de esta ruta en la naturaleza, pero las vistas desde la cima merecen la pena porque el pico posee unas extraordinarias vistas que abarcan casi toda la isla. Desde la base de la montaña, ya en el camino de vuelta, se puede conectar por carretera con la pequeña localidad de San Felipe, que es el principal núcleo de población de la costa oeste de Fogo y cuenta con alrededor de 55.000 vecinos.

volcán Fogo 4

En San Felipe el visitante verá recompensado su esfuerzo, ya que la oferta en gastronomía local ofrece lo mejor de la isla de Fogo. Es típico aquí disfrutar de la sopa de legumbres llamada catxupa, así como de pescado fresco a la brasa y carnes de cerdo y cabrito. Para refrescar en Cabo Verde se toma buen café, ricos zumos de frutas autóctonas y un licor elaborado con albaricoques llamado Espírito da Caldeira. Quesos artesanales de leche de cabra, vinos dulces y secos completan un menú que se corona con licores típicos de hierbas y frutas. También son importantes en Cabo Verde las huellas que su pasado colonial ha dejado en calles, edificios y costumbres. Entre el patrimonio cultural de las islas destaca su música híbrida de influencias africanas, europeas y americanas. De hecho, la principal referencia personal de Cabo Verde es la cantante Cesaria Évora, natural de la ciudad portuaria de Mindelo. Allí maceró un tipo de canción emocionante y melancólica llamada morna. Fue la música que desde principios de los años 90 del pasado siglo puso a Cabo Verde en un lugar protagonista en el universo de las músicas étnicas. Aunque la diva de los pies descalzos murió en 2011, en Mindelo se pueden visitar su casa natal y los lugares donde cantó.

gente volcan

Crecen los viajes de turismo en Cabo Verde

Los atractivos de diez islas sembradas en medio del Atlántico, a medio camino entre Europa, América y Asia, continúan cotizando al alza en el mercado de los viajes turísticos internacionales. Cabo Verde se ofrece al visitante como lugar singular, casi no tocado por la actividad humana y, sobre todo, a tiro de piedra de los países emisores de turismo europeo. Según datos del Instituto Nacional de Estadística del país africano, los establecimientos hoteleros de Cabo Verde sumaron más de medio millón de visitantes durante la temporada del año 2014, con lo que el número de pernoctaciones diarias ascendió hasta 3,5 millones de estancias. En los países de origen de los visitantes destacan Reino Unido, que abarcó el 18% de visitantes con una estancia media de nueve noches en hotel; Alemania, con el 13% de las visitas anuales; Francia (11,5%) y la antigua potencia colonial de Portugal (11%). Por islas, Sal fue el principal destino para el 41,5% de los turistas, seguida por Boa Vista (33%) y Santiago (13%).

Publicado en la revista revista NT en abril de 2015

Gorée, una isla para no olvidar las lecciones de la historia

26 Ago

por Carlos Fuentes

Pocos lugares condensan tanta historia y tanta carga emocional como esta pequeña isla situada en la bahía de Dakar, frente a la capital de Senegal. Con un pasado marcado por la explotación del ser humano, la esclavitud y el expolio de África, la isla de Gorée es ahora un lugar de recogimiento, respeto y sentido homenaje para recordar aquellos tiempos pasados que fueron peores.

Accesible en una cómoda excursión de media hora en transbordador, a apenas tres kilómetros de distancia del agitado puerto de Dakar, la capital de Senegal, la isla de Gorée tiene una superficie de diecisiete hectáreas con forma de bumerán. Al abrigo de su pequeña rada se encuentran el puerto pesquero y la playa donde locales y vecinos de Dakar acostumbran a disfrutar del descanso, el mar y el sol. Declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1978, esta pequeña prolongación isleña del país de referencia del África occidental atesora una historia de intensidad incomparable.

Aquí, en Gorée, se encuentra la Casa de los Esclavos, el lugar desde donde se traficaba con seres humanos hacia las potencias coloniales de Europa y, sobre todo, hacia las grandes plantaciones agrícolas de América. Construida a finales del siglo XVIII, la Maison des Esclaves fue reabierta como museo en 1962 para honrar la memoria de los millones de africanos que fueron secuestrados de sus pueblos, vendidos como cualquier otra mercancía y luego transportados a la fuerza en condiciones infames de salud hacia los puertos del nuevo mundo.

Malecón de isla de Gorée (Senegal)

En la isla de Gorée se puede visitar la Puerta del No Retorno, una pequeña ventana de piedra labrada donde eran embarcados los esclavos capturados en el interior del continente con destino a América. Los traficantes esclavistas, que llevaban a África productos manufacturados, estaban establecidos en puertos europeos como Nantes y El Havre (Francia), Bristol y Liverpool (Gran Bretaña) y Amsterdam (Holanda), adonde llegaban después materias primas, metales preciosos y maderas que lograban en América con los beneficios de la trata. En ese triángulo vicioso, que comenzó en 1619 cuando un barco negrero holandés desembarcó con los primeros esclavos africanos en las costas de Virginia, se estima que fueron transportados más de diez millones de personas africanas.

Ahora en la isla de Gorée la estampa austera de la Puerta del No Retorno, pura piedra marcada por las huellas del salitre, testimonia el último recuerdo africano que los miles de esclavos se llevaban del continente. Punto neurálgico de esta isla senegalesa, la Puerta del No Retorno ha sido homenajeada entre otros por figuras emblemáticas de la raza negra como el primer afroamericano elegido presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el emblemático líder para la emancipación de África Nelson Mandela. “Este es un testimonio de lo que pasa cuando no estamos vigilantes para defender los derechos humanos, pero esta visita me da incluso mayores motivos para defender los derechos humanos en cualquier lugar del mundo”, señaló el presidente Obama en su viaje de 2013. En 1992 el papa Juan Pablo II ya pidió perdón por los siglos de esclavitud.

Casa de los Esclavos en Gorée (Senegal)

Pero la historia de la isla de Gorée no es sólo el recuerdo de una tragedia, de aquella época oscura de la historia que también es reivindicada en otras zonas de las costas de África occidental como las localidades senegalesas de Podor, Matam, Juffure, Saint Louis o Saly, así como en Fort James (Gambia). Esta acogedora isla sin coches ni carreteras asfaltadas ofrece más puntos de interés histórico, social y cultural como el Museo de la Historia de Senegal, el Museo del Mar, el Museo de la Mujer Africana, la veterana escuela William Ponty y la antigua fortaleza que daba protección a Gorée de asaltos navales de piratas.

Puerto de la isla de Gorée (Senegal)

También es interesante la oferta de ocio, centrada en la zona de la pequeña bahía con algunos restaurantes y cafeterías con terrazas que ofrecen comidas típicas senegalesas como el chebuyem de arroz y pescado fresco o bebidas tradicionales como el té hecho con flores del hibisco llamado bissap. Antes de regresar al transbordador que devuelve a los visitantes a la agitada vida urbana de Dakar, merece la pena pasar un rato de descanso en alguna de estas terrazas para disfrutar de una panorámica única sobre el puerto de la isla de Gorée y no olvidar nunca las lecciones que nos deja la historia más trágica de África.  

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Artesanía africana para todos los gustos

Cualquier viaje a Senegal es una buena excusa para pertrecharse de objetos de artesanía africana con los que luego recordar las vacaciones. Y en Dakar la oferta es casi infinita. En la gran metrópoli del África occidental existe media docena de mercados callejeros en los que el visitante puede adquirir vistosas telas estampadas, esculturas fabricadas con maderas nobles y joyería étnica. Si usted regresa de una excursión a la isla de Gorée tiene muy cerca uno de los mercados más interesantes. Instalado en la antigua estación ferroviaria que comunica Dakar con la ciudad de Bamako, capital del vecino Malí, el mercado abunda en abalorios de plata, bolsos de piel y piezas tradicionales con motivos religiosos. Aquí todo viene envuelto en ese reposado saber vivir africano en el que nunca falta la buena música, el trato cordial de los comerciantes y algunas ventas de comida y repostería africana recomendable para todos los gustos.

Publicado en la revista NT en febrero de 2015

Rubén Blades: “La corrupción es un problema moral; no te compran si tú no te vendes”

11 Jul

Por Carlos Fuentes

Todos vuelven, y Rubén Blades ha vuelto. El cantante panameño retorna a la música tras cinco años como ministro de Turismo. Rebosante de energía y con quince proyectos simultáneos en camino. Está regrabando sus discos clásicos, prepara un álbum de tangos, otro en portugués y colaboraciones con su compatriota Cheo Feliciano y con el guitarrista flamenco Paco de Lucía. “Voy a grabar un disco de boleros con mi ídolo. Aún tenemos que discutir cómo, cuándo y cuánto, pero hace tiempo que deseamos trabajar juntos y es ahora o nunca. Es un honor porque Paco tiene una calidad especial como músico y como persona, lo quiero mucho”, señala el autor de Buscando América después de reivindicar el compromiso de “defender el argumento en la calle, asumir riesgos desde la trinchera pública” y combatir la “calamidad” de la corrupción. “Se requiere una conciencia nacional, pública y privada, sin egoísmo, sin falta de solidaridad y sin una obsesiva persecución de lo material a expensas de lo espiritual”, afirma el compositor, actor y licenciado en leyes en conversación desde Panamá antes de actuar en escenarios de Madrid, Huesca, Vitoria y Barcelona. “La gente quiere la tortilla, pero sin que le rompan los huevos”, lamenta el compositor del reciente Cantares del subdesarrollo.

¿Quién es Rubén Blades después de haber sido político?
“Tengo varias facetas que forman parte de una misma persona. Nunca he tenido que ubicarme en un plano y abandonar otro porque todo lo que hago tiene integridad, forma parte de un núcleo. Lo que pienso, digo y hago son una sola cosa, todo está conectado. No he dejado de ser político por ahora volver a la música, como tampoco dejé de ser músico por incursionar en la política, ni dejo de ser actor por ser músico o político. Más importante aun, tampoco he dejado de ser persona o de verme afectado por lo que ocurre a mi alrededor por ejercer distintas aptitudes. O perseguir múltiples intereses que influyen en mi educación general y en mi interpretación del mundo”.

¿Y qué ha aportado la experiencia política al músico?
“Mi trabajo público, servir al país, a mi pueblo, fue un ejercicio de solidaridad social, algo real. En cinco años no hice discos, ni películas, y eso me hizo un ser menos egoísta, más paciente, más educado en la realidad política. No es sólo cantar, denunciar, proponer o protestar. También hay que salir a defender el argumento a la calle, asumir riesgos desde la trinchera pública. Enfrentar la contradicción que se plantea cuando nuestra actividad artística sostenida por comentario urbano nos crea una situación económica holgada, distinta a la de lo que describimos. Salir de la comodidad que plantea la distancia del hecho criticado y encararlo en el terreno del riesgo personal da validez y consistencia al argumento musical, que empezó en 1969 con
Juan González. La experiencia política me hace mejor ser humano y me da derecho a sentir orgullo por tener coherencia, saber que lo que escribo no es simplemente una pose, un cuento. Todo me hace mejor cantante, mejor músico y escritor, mejor ser humano”.

¿Comparte la indignación del pueblo, en especial de la gente joven, cuando critica lo que entiende como un pobre trabajo de los políticos?
“Claro. Pero le indico al pueblo, joven o adulto, que la culpa de que en política y sector privado haya gente corrupta, sinvergüenza, mediocre, sin imaginación y sin deseo verdadero de servir al país la tenemos todos. La corrupción no es un problema político: es un problema moral, espiritual, es una calamidad nacional. Es una soberana estupidez afirmar que el que va al Gobierno va a robar, o que el Gobierno corrompe a la gente. Lo que ocurre en muchos casos es que pocos ciudadanos participan en el proceso político de forma responsable. Votan por gente sin tener realmente intención de fiscalizar el desempeño de quien envían al trabajo administrativo, o no consideran personalmente reemplazar a los que critican, participando de la administración pública. Lo escuché una y otra vez: “No entro en el Gobierno porque me ensucio”. Es absurdo. Si no cambiamos a los que criticamos, ¿cómo carajo vamos a salir de ellos? Cuando trabajé cinco años lo hice con afecto, espíritu y no robe, ni actué deshonestamente. Dejé de ganar dinero como artista y dí mi tiempo completo, cinco años, a hacer bien las cosas y educar a través del ejemplo. Pocos hacen eso, por desgracia, dejar sus ocupaciones exitosas, que dan bienestar económico, y trabajar en el Gobierno, hacerse responsables ante el pueblo. Sobre los jóvenes, voten con sensatez y participen del proceso. Y acuérdense de esto: no te compran si no te vendes”.

Latinoamérica crece en estadísticas, pero la desigualdad social aún es un reto por superar. ¿Ha cambiado su perspectiva acerca del objetivo y los medios para lograrlo después de estar cerca de políticos y empresarios?
“Todas las respuestas existen, los programas existen, las capacidades existen. Lo que no hay es voluntad de solucionar problemas. E incluyo al sector privado. Las desigualdades sociales no pueden simplemente ser explicadas desde una perspectiva de diferencias materiales, económicas o falta de oportunidades. Se manifiestan en forma de actitud abandonada; existen en educación, en falta de solidaridad social, pobreza de espíritu, ausencia de amor patrio. Hay gente que no quiere a su país ni a su prójimo. ¿Cómo arreglas eso? Fui el único de cinco hermanos en graduarse de universidad. ¿Por qué? Aprendí desde el Gobierno, en el campo de acción, que si hay voluntad y claridad de objetivos, el Gobierno funciona y la gente se beneficia. Salí convencido de que el proceso político puede dar resultados. Se requiere conciencia nacional, pública y privada, y no egoísmo, el “juega vivo”, falta de solidaridad y una obsesiva persecución de lo material a expensas de lo espiritual. La gente quiere el omelette [tortilla] pero sin que le rompan los huevos. Pero eso sólo pasa en las [películas] cómicas”.

¿Veremos algún día una Latinoamérica unida? ¿Qué impide esta unión?
Décadas atrás le preguntaron a un presidente de Panamá qué necesitaba su país para ser como Suiza, y él respondió: los suizos. Esa unión no se ha dado por la infección que existe en los espíritus de nuestra gente, por la ausencia de credibilidad en las instituciones públicas y falta de liderazgo nacional dirigido a un objetivo claro y posible. No es nuevo. Lo que pasó con Simón Bolívar sigue vigente. Los beneficios de la integración latinoamericana serían enormes, de la capacidad de negociación internacional en materias múltiples de interés hasta complementar nuestras economías compartiendo fortalezas para disminuir las carencias con un mercado común. Pero los nacionalismos mal entendidos, los egos, la ignorancia de gran parte de nuestras poblaciones, la falta de confianza en los argumentos políticos y la ausencia de un sentido nacional de propósito… todo eso nos derrota. Debajo de la costra del colonialismo está la no resuelta realidad del complejo, personal y colectivo. Seguimos siendo dedos, no hemos aprendido aún a ser manos. Podemos, y por eso hay que seguir intentándolo. Si no se acaba el mundo en 2012, voy a intentar doctorarme en Derecho en la Universidad de Columbia. Quiero plantear nueva propuesta de administración, basándola en una revisión absoluta de nuestros paradigmas organizativos, de la Constitución a los códigos que reglamentan nuestro funcionamiento social”.

Política aparte. Pronto cumplirá 63 años. ¿En qué forma se encuentra? ¿Se escribe mejor con tantos años acumulados de experiencia?
“Por ahora me siento bien y, aunque en términos médicos estoy bien, después de los 50 nadie vuelve a estar sano. Espiritualmente me siento más fuerte y es sumamente importante. Se escribe mejor con el tiempo, se entiende mejor lo que se escribe y por qué. Se edita uno con más claridad, va al punto, entiende que a nuestra edad el mejor momento para hacer las cosas es ahora. Escribí
Maestra vida con 32 años, más cerca del personaje de Ramiro que de Carmelo. Ahora estoy más cerca de Carmelo y entiendo esa letra mucho mejor, ya no como testigo [sino] como protagonista. He tenido la suerte de aprender y evolucionar. No se escribe mejor simplemente por cumplir años. Hay que entender para proponer con sentido. Aunque la ausencia de comprensión jamás ha disuadido al ignorante de compartir su ignorancia con nosotros”.

¿Y es consciente de la importancia que tuvo, tiene, “Buscando América” para todos los que hablamos español?
En realidad no debo comentar, el tiempo lo dirá, o las investigaciones académicas. Mis temas tienen aún vida y por eso sigo trabajando, aunque no suenen en la radio frecuentemente. Es interesante que en Latinoamérica se han producido, desde Siembra, cambios políticos que se veían imposibles en 1978, por partidos y tendencias políticas que no tenían la menor oportunidad de llegar al poder en elecciones populares. Alguien me comentó que el cambio de actitud fue también consecuencia del trabajo de muchos artistas latinos. Eso lo definirá mejor otra persona; no puedo hacerlo, ni puedo comentar sobre eso”.

Dijo una vez que los chicos de la música urbana, de Calle 13 a Tego Calderón, son los trovadores del tiempo presente. En otra clave musical, quizá con otro lenguaje, pero son los cronistas del barrio latino…
Cada generación inventa su lenguaje y su forma de expresión. Tienen toda la validez que les da su existencia como representantes urbanos, describiendo la realidad de un momento específico. No sé si lo que hacen durará en el tiempo. Nadie lo sabe cuando se empieza. Pero lo que están diciendo tienen que decirlo y refleja una realidad actual, aunque no nos guste o no la admitamos. Ellos no necesitan ser comparados con otra cosa para tener validez. Son lo que son: importantes y necesarios a mi entender”.

Publicado en el diario Público en julio de 2011