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Músicas de Cabo Verde, los sonidos de las islas de África

13 Sep

cabo verde músicas

por Carlos Fuentes

Con su voz trémula, macerada durante años de olvido y desprecio por ese aguardiente inflamable llamado grogue en las tabernas marineras del puerto de Mindelo, Cesária Évora evocó las alegrías y las penas de Cabo Verde. La reina de la morna situó a sus diez islas en el centro del mundo cultural. Ahora una nueva generación de artistas caboverdianos mantiene vivas las llamas de la melancolía en este archipiélago anclado a medio camino de África y América.

Pocas veces un artista, una cantante, hace más por su pueblo que varias generaciones de políticos. Ocurrió con Cesária Évora: desde su presentación en un teatro de París, el público occidental aprendió a situar en el mapa el archipiélago de Cabo Verde. Gracias a esta tarjeta de presentación en forma de voz veterana, emocionante, ahora otros músicos caboverdianos disfrutan de mayor repercusión social y comercial más allá de las fronteras nacionales.

Son Mayra Andrade, Lura, Neuza, Elida Almeida y Nancy Vieira, aunque antes que ellas estaban Ildo Lobo, Titina, Norberto Tavares, Mário Lúcio, Teófilo Chantre y Tito Paris. Porque las músicas de Cabo Verde ya existían antes de Cesária Évora y no serían lo mismo sin el renovador Francisco Xavier da Cruz, el autor que todo el mundo conocería como B.Leza, responsable de nuevos pespuntes brasileños en la morna contemporánea.

No es sencillo trazar una hoja de ruta por los discos esenciales de las músicas de Cabo Verde. Músicas en plural, porque además de la melancólica morna están la coladeira, el funaná, la mazurca y el batuque. Algunas de estas producciones discográficas incluso permanecen aún inéditas en el gran mercado europeo, aunque merece la pena subrayar la importancia que tienen un puñado de discos cruciales para entender por qué unas islas africanas con medio millón de habitantes (una cantidad similar reside en la diáspora entre América y Europa) terminaron por enamorar al público comercial del otro lado del mundo.

b leza

B.Leza. Con él empezó todo, o al menos con él arrancó la fructífera pero azarosa trayectoria musical caboverdiana moderna. Introductor en el código musical isleño del llamado medio tono brasileño, Francisco da Cruz protagonizó la renovación de muchos sonidos isleños a partir de la década de los años cincuenta. Natural de Mindelo, en la isla de San Vicente, B.Leza escribió muchas mornas que forman parte del repertorio clásico del género, al que también dotó de profundidad en las letras de la canción caboverdiana por antonomasia. Su sobrina Cesária Évora es la voz más conocida entre sus intérpretes, aunque canciones suyas han cantado Titina, Tito Paris y todo artista que quiera hacerse un hueco en la escena musical de Cabo Verde.

cesaria evora

Cesária Évora. Narrar su vida atribulada requiere un libro. Apenas adolescente comenzó a cantar en tabernas de Mindelo, pero en 1975 abandonó la música para dedicarse a su familia. Pronto cayó en depresión, ahondada por el alcoholismo. Una década después, su amigo compatriota Bana luchó para que viajara a cantar en Lisboa. En 1988 se presentó en París en un recital memorable, siempre descalza en el escenario. Cize, como le decían sus amigos, se consagró con los discos La diva de los pies desnudos y Miss Perfumado. Ganó un Grammy y en 2009 recibió la Legión de Honor francesa. Su retrato está en un billete, su cara en un sello y su voz, siempre, en la memoria por una mujer noble que esquivó oropeles de fama y nunca dejó de pisar los adoquines de su pueblo.

Música - Concerto em honra do PM português

Ildo Lobo. La voz melódica de Cabo Verde lideró el conjunto Os Tubarões entre 1976 y 1994, cuando continuó carrera en solitario. Autor de álbumes emblemáticos como Tchon di Morgado y Tabanca, Ildo Lobo era natural del pueblo pescador de Pedra da Lume, en la isla de Sal. Artista querido por el público caboverdiano por su compromiso político con el país tras la independencia de Portugal, sus discos Nôs morna, Intelectual e Incondicional son una referencia para cualquier voz masculina del archipiélago. Para asistir a su funeral, celebrado el miércoles 20 de octubre de 2004, el gobierno de Cabo Verde dio la tarde libre a sus empleados. Tenía 51 años.

tito paris

Tito Paris. Además de compositor y cantante, Arístides Paris es un nombre clave en la proyección internacional de las músicas de Cabo Verde desde la sala B.Leza de Lisboa. Nació en la ciudad de Mindelo en 1963 y comenzó como baterista del grupo del veterano cantante Bana, quien mantuvo una presencia constante como puente entre Lisboa y Cabo Verde para los nuevos músicos nacionales. En 1987 Tito Paris publicó un primer disco a nombre propio, Fidjo maguado, al que siguió el álbum Dança ma mi criola. Acompañó durante muchos años a Cesária Évora, de cuyo grupo fue director y para la que escribió nuevas canciones. También fue quien protegió a la gran dama de la canción caboverdiana de tentaciones comerciales derivadas del enorme éxito logrado por la morna en los principales escenarios europeos. Su grabación más reciente es Acústico, donde Tito Paris recopila algunas de las mornas más emblemáticas de Cabo Verde.

mayra-andrade-2

Mayra Andrade. Aquí podrían estar sus coetáneas Lura y Nancy Vieira o la veterana Titina. Pero pocas voces están a la altura de tomar relevo de la reina de la morna como la de esta hija de la diáspora nacida en Cuba y criada entre Senegal, Angola y Alemania. En Praia dio sus primeros pasos, luego actuó como telonera de Cesária Évora y ya en 2003 se estableció en París. Ha grabado duetos con Chico Buarque, Caetano Veloso y Lenine, también con Charles Aznavour, la fadista Mariza y el pianista Roberto Fonseca. Su trilogía Navega, Stória stória y Studio 105 refleja los renovados vuelos de la canción de Cabo Verde con una voz emocionante por sencilla y natural. Recuerden su nombre, será una estrella.

Elida Almeida. El penúltimo regalo de Cabo Verde es esta joven nacida en 1993 en el pueblo de Pedra Badejo, isla de Santiago. Comenzó vendiendo fruta en mercados callejeros y acaba de debutar con Ora doci, ora margos (Ahora dulces, ahora amargos). Fiel reflejo del corazón partido del pueblo caboverdiano: entre la saudade de tiempos mejores que no terminan de llegar y el anhelo por salir del pozo del subdesarrollo africano. Trece canciones, en fin, sobre el milagro cotidiano de vivir en estas islas de África interpretadas con emoción en kriolu, el singular idioma hijo de Portugal, África y Brasil.

Publicado en la revista NT en mayo de 2016

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Tarrafal, un pueblo entre luces y sombras en Cabo Verde

28 Abr

Caroline Granycome - Tarrafal

por Carlos Fuentes

La amplia bahía abierta al oeste aparece al fondo, al pie del modesto Monte Graciosa, entre leves montañas moldeadas por el viento y el salitre del mar. No sobra la vegetación, tampoco el agua. Las primeras casas escoltan una carretera de adoquines en línea recta que desemboca en el centro de la población. Hemos llegado a Tarrafal, la localidad más importante del norte de la isla de Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde. Un destino ahora apreciado por los viajeros del mar y la naturaleza, pero que hace medio siglo fue escenario de uno de los capítulos más infames del declive colonial portugués en África.

Como en la fotografía de Caroline Granycome, el pueblo de Tarrafal lleva toda la vida mirando al mar desde la Serra Malagueta, hoy parque natural y límite sur del municipio. Creado en 1917 a partir de la separación del vecino pueblo de Santa Catarina, muchos de los veinte mil habitantes de Tarrafal se dedican a labores asociadas al puerto, ya sea en la pesca tradicional, el comercio o los servicios. También la agricultura tiene un papel notable con cultivos de maíz y caña de azúcar o frutas como plátano, mango y lima. En la época de la construcción del puerto de piedra volcánica, el auge del comercio de la jartrofa, el piñón de tempate, fue uno de los sustentos de la población. En el casco antiguo viven siete mil vecinos, siendo Chão Bom y Achada Tenda otros núcleos importantes situados a setenta kilómetros de la capital, Praia.

Campo de Tarrafal

La imagen tranquila de Tarrafal, sus acogedoras calles de adoquines, como pocas quedan ya en la isla, contrasta con un momento crucial en la historia de Cabo Verde y también en la historia de la que fue su potencia colonial hasta 1975. Durante el dominio de Portugal sobre este archipiélago africano, los dirigentes de la dictadura cívico-militar de Lisboa utilizaron el municipio de Tarrafal como lugar de confinamiento y destierro para líderes políticos y sindicales de Portugal y de otros países africanos. En 1936 el pueblo albergó uno de los centros de represión más crueles puestos en marcha por la dictadura del Estado Novo: la colonia penal de Tarrafal, cuyos muros de arena y piedras aún custodian la carretera de entrada al casco antiguo.

Apenas dos kilómetros de carretera empedrada separan el centro del pueblo y la entrada al campo de concentración. Sopla el viento, aunque es un día tranquilo. El sol, eso sí, no da tregua. Quince minutos de paseo es tiempo suficiente para hacerse una idea de cómo pudo ser la vida aquí de los presos políticos que fueron encerrados en la prisión, algunos durante décadas. Un viejo portal levantado con ladrillo hace de primer control, no lejos de la puerta principal. Bajos las almenas, entre muros sólidos, aquí acababa la libertad de los confinados. Rodeados por un foso que dobla la altura de una persona, alambrada y guardia armada permanente, la soledad, el hambre y los malos tratos acabaron con las vidas de treinta y dos personas entre 1937 y 1948.

Tarrafal penal

La Colonia Penal de Tarrafal fue creada por decreto del gobierno portugués el 23 de abril de 1936. En octubre llegó un primer grupo de 152 presos, en su mayoría por vínculos con las revueltas de Marinha Grande en 1934 y la rebelión de marineros a bordo de barcos de guerra en el río Tajo de dos años después. Las órdenes del gobierno surgido del golpe de estado del general Salazar en 1926 eran concluyentes: reclusión mayor sin derecho a visitas para reprimir las protestas políticas y las revueltas sociales. La condena se convirtió en una visita a la muerte para los líderes más destacados de la oposición.

Casi intacto, aunque bastante descuidado, el antiguo campo de concentración de Tarrafal ofrece una visita a uno de los capítulos más oscuros de la historia de Portugal. El lugar de condena para más de trescientas personas durante los quince años que recibió presos. Rodeado por un muro de planta rectangular y siete metros de altura, el penal es un grupo de edificios de aspecto militar que, en general, se mantienen en buen estado. Los cuartos son paredes desnudas, sin mobiliario, en la mayoría de las estancias. Hay una habitación de cocina y un viejo cuarto con letrinas excavadas en unas piedras sobre el suelo. Ahora todo rebosa malas hierbas, apenas unos paneles informan sobre la historia del lugar, esperando quizás un proyecto de rehabilitación en el que está involucrado el ministro de Cultura de Cabo Verde, el músico Mario Lúcio, sin duda el vecino más popular de Tarrafal.

pescadores

La visita a lo que queda de la Colonia Penal de Tarrafal concluye a las puertas del pueblo de Chão Bom, ya de vuelta al casco antiguo que bordea la bahía por el mismo empedrado de adoquines de la llegada. Si no es muy tarde, todavía hay tiempo para disfrutar del desembarco diario del pescado en el muelle, junto a una de las pocas playas de arena amarilla en Santiago.

También para pasear por los alrededores del mercado municipal, visitar la escuela de música y artesanía (que ocupa el antiguo mercado) y el Parque de las Meriendas, donde es posible probar platos típicos cocinados con pescado de Tarrafal. El Café Maracuyá sirve helados antes de que la tarde-noche sea competencia del cine-pub Anonymus, en la plaza central de esta ciudad marcada por la historia que ahora vive del mar, del turismo y la naturaleza.

Publicado en la revista NT en febrero de 2016

 

Cidade Velha, una fortaleza sobre adoquines con historia

9 Mar

Fortaleza de San Felipe

por Carlos Fuentes

Cuando los navegantes portugueses llegaron a la isla de San Antonio, apenas superado el ecuador del siglo XV, esta bahía esculpida por el mar sobre piedra volcánica negra fue uno de los primeros paisajes que el mundo antiguo conoció de las islas africanas de Cabo Verde. En 1642 el navegante Diogo Afonso, al servicio del infante Henrique de Portugal, dio noticia del archipiélago y pronto él mismo se hizo cargo de la gestión de la mitad norte de la isla. El navegante genovés Antonio da Noli se encargó de administrar la región sur, con capital en Ribeira Grande. Ahora llamada Cidade Velha, la población tuvo días de esplendor como puerto de paso de las numerosas travesías comerciales transoceánicas, el penoso tráfico forzado de personas en condiciones de esclavitud y la llegada creciente de colonos portugueses procedentes de las regiones rurales del Alentejo y el Algarve.

A tiro en una corta excursión en coche o transporte público desde la cercana Praia, capital nacional y ciudad más importante de Cabo Verde con más de cien mil habitantes, Cidade Velha está a unos diez kilómetros del casco urbano desde el desvío del barrio de Terra Branca, donde un pequeño mercado callejero local es buen lugar para aprovisionarse de frutas frescas como papayas o mangos. Un empedrado de adoquines de basalto negro, como cada vez se ven menos en las islas, desciende hasta la bahía de la ciudad antigua. El escenario parece sacado de una película de aventuras. Un castillo en ruinas preside la ensenada, a 120 metros sobre el mar. Y no es una torre cualquiera.

Fortaleza de San Felipe

Construida en 1593 para proteger Ribeira Grande, que en 1578 y 1585 había sufrido dos ataques del corsario inglés Francis Drake, la Fortaleza Real de San Felipe tampoco se libró de los asaltos piratas. En 1712 fue arrasada por el francés Cassard, que incendió el convento franciscano. Atrás quedaban hitos para la historia de la humanidad con las visitas de Vasco de Gama, que pasó por aquí en 1497 camino de la India, y de Cristóbal Colón, que al año siguiente hizo parada en costas de Cabo Verde en su tercer viaje a América.

Cidade Velha Pelourinho

Otra estampa de antiguos días de gloria en Ribeira Grande es el pelourinho que se encuentra en la plaza central, junto a Casa Velha, una de las viviendas originales de la ciudad. Levantado en 1520, esta columna de piedra servía a modo de picota para amarrar a los acusados de un delito y, en la época infame de la esclavitud, para castigar a los trabajadores forzosos. Hasta el siglo XVII Ribeira Grande se benefició sobremanera del dinero que se movía con el tráfico de esclavos hacia América al ser puerto de escala de barcos negreros entre las costas continentales de África y los destinos en América.

Tierra adentro, a espaldas del mar, ascendiendo por el cauce del barranco se encuentra la rua Banana, que está considerada la primera calle trazada en las tierras coloniales por el imperio portugués. Una vereda por sus casas bajas de piedra y techos de teja enlaza con la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, otro hito en la historia de Cidade Velha. Construido en 1495, este templo fue el primer edificio religioso que los colonos lusos levantaron fuera de Portugal. La austera iglesia cristiana de estilo manuelino se mantiene en activo con misas semanales, mientras la vida pasa y las gallinas picotean el verde de su jardín.

Cidade Velha rua Banana

En Cidade Velha, a pesar de la escasez de agua, consuetudinaria en todas las islas de Cabo Verde, el verde es generoso. Cotizan las sombras de palmeras, buganvillas, flamboyanes, plataneras y matas de mango, ahora aprovechadas para albergar terrazas y restaurantes frente al mar. Entre platanales transcurre el camino empedrado que lleva a la zona residencial, donde destaca el hotel Vulcão, ampliado ahora con restaurante buffet y malecón para darse un baño. Este lugar es muy popular entre las familias caboverdianas y algunas aprovechan la jornada festiva de los domingos para almorzar platos típicos como la cachupa junto al mar mientras un grupo toca mornas y coladeiras, los ritmos musicales más importantes del folclor caboverdiano.

Cidade Velha Iglesia del Rosario

De regreso al centro de Cidade Velha, la visita se puede completar con un rato de descanso frente al mar. Conviene probar la cerveza local Strela Kriola, el café cultivado sobre ceniza volcánica en la vecina isla de Fogo y, si hay suerte, disfrutar del desembarco de los pescadores que vuelven a puerto tras el día de faena. Merece la pena degustar el pescado fresco cocinado en parrilla de leña, y los más interesados en la cultura africana pueden visitar algúna salas con artesanía. En la plaza se vende bisutería elaborada con caracolas de mar.

En el camino de vuelta hacia la capital Praia se encuentra otro lugar pintoresco, el pueblo de São Martinho Grande, pequeño núcleo vecinal junto a la carretera por el que aún discuten los municipios de Praia y Ribeira Grande de Santiago. Su iglesia de color rosa sobre la costa volcánica brinda una estampa singular de la isla de Santiago y pone fin a una excursión por la historia añeja de Cidade Velha, una de las siete maravillas del antiguo mundo colonial de Portugal junto a las fortalezas de las localidades de Diu (India) y Mazagán (Marruecos), y los templos religiosos de Macao (China), Goa (India), Ouro Preto y Salvador de Bahía (Brasil).

Publicado en la revista NT en diciembre de 2015

Días de sol y playas junto al volcán más joven de África

1 Oct

volcán Fogo 1

por Carlos Fuentes

Son diez pedazos de África situados en medio del océano Atlántico. Diez islas de naturaleza exigente y paisajes marcados por la tranquilidad. Diez porciones de desierto volcánico trasterradas mar adentro que durante los últimos años se ha convertido en uno de los mejores destinos turísticos para conocer la rica cultura africana. Cabo Verde, que ni es cabo ni es verde, se brinda ahora al visitante como destino amable cerca de Europa con su melancólica música morna sonando siempre de fondo.  

El archipiélago de Cabo Verde está situado a seiscientos kilómetros al oeste de la costa africana de Dakar, la capital de Senegal, y a 1.600 kilómetros al sur de Canarias. La historia de este territorio repartido en diez islas habitadas nació en el año 1456 con su todavía controvertido descubrimiento, ya que tres marinos se atribuyeron su hallazgo hace cinco siglos. Sea como fuere, gracias a la labor descubridora del explorador genovés Antonio da Noli, del navegante veneciano Luis Cadamosto y del viajero portugués Diogo Gomes de Sintra, las islas de Cabo Verde fueron sumadas a la corona portuguesa por orden directa del infante Henrique de Avis, también conocido por el sobrenombre El Navegante.

Poco tiempo después, casi todas las rutas marítimas y comerciales enlazaban ya los puertos europeos con los nuevos destinos coloniales en América y Asia, lo que con el paso de los siglos terminó de dibujar la singular personalidad social, económica y cultural caboverdiana que hoy se conoce. En la actualidad, la población de Cabo Verde alcanza medio millón de personas que se reparten en los poco más de cuatro mil kilómetros cuadrados que tienen estas diez islas de la Macaronesia africana. Convertido ahora en un creciente destino turístico de sol, playa y naturaleza, Cabo Verde lleva un lustro afianzando su mercado de turismo y ocio. Sólo durante el pasado año 2014 más de medio millón de turistas extranjeros visitaron una de las islas de este archipiélago volcánico.

Fogo isla

Con solo 476 kilómetros cuadrados de extensión y una población de 37.000 personas, la pequeña isla de Fogo se encuentra situada al sur del arco de diez islas del archipiélago de Cabo Verde. Comparte el denominado grupo de cuatro islas de sotavento con las islas de Santiago, la de mayor extensión por sus 991 kilómetros cuadrados y que cuenta con 266.000 habitantes; Maio, con 269 kilómetros cuadrados y una población de ocho mil personas; y Brava, con solo 67 kilómetros cuadrados y apenas seis mil habitantes. Al norte de estas cuatro islas caboverdianas se halla el denominado grupo de barlovento, compuesto por seis islas: San Antonio, con 779 kilómetros cuadrados de extensión y una población de cincuenta mil personas; Boa Vista, con seis mil vecinos residiendo en sus 620 kilómetros cuadrados; San Nicolás, de 357 kilómetros cuadrados de extensión y catorce mil habitantes; Sal, con 216 kilómetros cuadrados y 18.000 habitantes; San Vicente, con 227 kilómetros cuadrados de extensión y una población cercana a las ochenta mil personas; y la deshabitada Santa Luzia.

volcán Fogo 2

La isla de Fogo fue uno de los primeros lugares que fueron poblados en este país insular atlántico, aunque durante buena parte de la primera etapa de su poblamiento la isla se denominó San Felipe. Fue precisamente una erupción volcánica anterior, ocurrida en el año 1860, el hecho que provocó el cambio de la denominación oficial de la isla. Fogo posee una naturaleza singular por su dureza, marco natural que se corona con el volcán homónimo de 2.829 metros de altura. Habitada desde el año 1500, la isla ha dominado las rutas por mar entre Europa, América y Asia, así como por los buenos resultados que dieron pronto las explotaciones de pescado y sal, principalmente, desde el siglo XVI.

lava Fogo

El auge creciente de las diferentes formas de turismo en la naturaleza sumó, de improviso, la atracción incomparable de una erupción volcánica en Cabo Verde. Desde finales de noviembre pasado, el volcán de Fogo, del que tomó nombre la isla, se encuentra activo. En los primeros momentos se temió por problemas de seguridad importantes, así como por las consecuencias que la emisión del material volcánico tuvo en el tráfico aéreo nacional e internacional, pero al final los daños causados directamente por la lava del pico de Fogo se limitaron a los daños en dos pequeñas aldeas, Portela y Bangaeira, ambas situadas a los pies de la caldera que rodea el volcán y que los nativos caboverdianos llaman Chã das Caldeiras. También se produjeron daños materiales en la aldea de Ilhéu de Losna, donde el riesgo principal se relacionó con los cultivos vinícolas isleños.

lava 2 Fogo

Al pie de las calderas está situado el recoleto pueblo de Pedro Brabo, cuyo millar escaso de habitantes viven dedicados a las labores agrícolas de la vid, el café, los árboles frutales y las plantas leguminosas, todas cultivadas sobre el singular suelo de lava volcánica caboverdiana. Desde Pedro Brabo, la subida a pie hasta el pico de Fogo se puede realizar por un sendero que enlaza con el cráter en una excursión que se alarga entre tres y cuatro horas de paseo con un desnivel de mil metros. Justo al final del sendero está la parte más exigente de esta ruta en la naturaleza, pero las vistas desde la cima merecen la pena porque el pico posee unas extraordinarias vistas que abarcan casi toda la isla. Desde la base de la montaña, ya en el camino de vuelta, se puede conectar por carretera con la pequeña localidad de San Felipe, que es el principal núcleo de población de la costa oeste de Fogo y cuenta con alrededor de 55.000 vecinos.

volcán Fogo 4

En San Felipe el visitante verá recompensado su esfuerzo, ya que la oferta en gastronomía local ofrece lo mejor de la isla de Fogo. Es típico aquí disfrutar de la sopa de legumbres llamada catxupa, así como de pescado fresco a la brasa y carnes de cerdo y cabrito. Para refrescar en Cabo Verde se toma buen café, ricos zumos de frutas autóctonas y un licor elaborado con albaricoques llamado Espírito da Caldeira. Quesos artesanales de leche de cabra, vinos dulces y secos completan un menú que se corona con licores típicos de hierbas y frutas. También son importantes en Cabo Verde las huellas que su pasado colonial ha dejado en calles, edificios y costumbres. Entre el patrimonio cultural de las islas destaca su música híbrida de influencias africanas, europeas y americanas. De hecho, la principal referencia personal de Cabo Verde es la cantante Cesaria Évora, natural de la ciudad portuaria de Mindelo. Allí maceró un tipo de canción emocionante y melancólica llamada morna. Fue la música que desde principios de los años 90 del pasado siglo puso a Cabo Verde en un lugar protagonista en el universo de las músicas étnicas. Aunque la diva de los pies descalzos murió en 2011, en Mindelo se pueden visitar su casa natal y los lugares donde cantó.

gente volcan

Crecen los viajes de turismo en Cabo Verde

Los atractivos de diez islas sembradas en medio del Atlántico, a medio camino entre Europa, América y Asia, continúan cotizando al alza en el mercado de los viajes turísticos internacionales. Cabo Verde se ofrece al visitante como lugar singular, casi no tocado por la actividad humana y, sobre todo, a tiro de piedra de los países emisores de turismo europeo. Según datos del Instituto Nacional de Estadística del país africano, los establecimientos hoteleros de Cabo Verde sumaron más de medio millón de visitantes durante la temporada del año 2014, con lo que el número de pernoctaciones diarias ascendió hasta 3,5 millones de estancias. En los países de origen de los visitantes destacan Reino Unido, que abarcó el 18% de visitantes con una estancia media de nueve noches en hotel; Alemania, con el 13% de las visitas anuales; Francia (11,5%) y la antigua potencia colonial de Portugal (11%). Por islas, Sal fue el principal destino para el 41,5% de los turistas, seguida por Boa Vista (33%) y Santiago (13%).

Publicado en la revista revista NT en abril de 2015

Cinco siglos de historia ante quince kilómetros de mar

10 Jun

Cabo Verde mapa 1746

CABO VERDE

por Carlos Fuentes

Puede hacerlo en cómodo autobús o en bicicleta, incluso a pie. Apenas quince kilómetros separan Praia, la capital del archipiélago de Cabo Verde, de su añeja vecina, Cidade Velha, la primera población fundada hace cinco siglos en estas islas africanas. Quinientos años de recorrido entre vestigios del auge colonial, reposada vida callejera, huellas de religión antigua y, ya hoy, una tranquila ciudad comercial y turística abierta al oceáno Atlántico.

La historia del archipiélago de Cabo Verde, situado a algo más de seiscientos kilómetros al oeste de la costa continental africana de Dakar (Senegal) y a unos mil seiscientos kilómetros al sur de las islas Canarias, arrancó en el año 1456 con una controversia entre caballeros de ley por la autoría de la primera noticia de su descubrimiento. Porque tres hombres de mar son aún los aspirantes al hallazgo de estas diez islas africanas: el explorador genovés Antonio da Noli, el navegante veneciano Luis Cadamosto y el viajero portugués Diogo Gomes de Sintra. Suele atribuirse la gloria a este último marino, aunque los tres nobles trabajaban para el infante Henrique de Avis “El Navegante” (1394-1460) y, a la postre, el reino de Portugal sumó la conquista de una decena de islas deshabitadas que, en los siglos siguientes, se iban a convertir en puertos fundamentales para el desarrollo de las importantes rutas comerciales atlánticas hacia destinos de América y Asia. Fue durante este intenso trasiego histórico cuando, poco a poco, se tejió para siempre la singular personalidad social y cultural del pueblo caboverdiano.

Cabo Verde campoMedio millón de personas residen actualmente en Cabo Verde, cuyas diez islas suman una extensión total de poco más de cuatro mil kilómetros cuadrados. En lo relacionado con la actividad económica, comercial y turística de Cabo Verde, tres islas sobresalen por su importancia: la isla de Santiago, donde se ubica la ciudad de Praia como capital de la república; la isla de Sal, centro de actividad turística con un aeropuerto de escala internacional; y la isla de San Vicente, en cuya capital Mindelo late el corazón cultural de los caboverdianos. Es curioso el caso de Cabo Verde: muchas personas no han sido capaces de dar su ubicación concreta hasta la aparición de una cantante menuda que cautivó al mundo con sus canciones de melancolía, morriña y nostalgia. Con Cesária Évora no solo se conoció la morna, esa canción emblemática del folclor caboverdiano, ya que al mismo tiempo muchos lograron, por fin, situar a este archipiélago en un mapa. Y por cerrar el círculo musical, no sólo de morna vive el caboverdiano, aficionado desde siempre a otros ritmos bailables como el funaná y las festivas coladeiras.

 Aunque todo empezó cinco siglos antes. En 1462 el primer asentamiento tomó el nombre de Ribeira Grande y se convirtió en el primer núcleo poblacional de un país europeo más allá de la cornisa mediterránea del Magreb, ya al sur del gran desierto del Sáhara. Posteriormente, en el año 1532, con la concesión de la bula del papa Clemente VII, Cidade Velha acogió la primera diócesis de la iglesia católica asentada en la costa occidental de África. Estos factores de desarrollo incipiente elevaron la importancia social, económica y comercial del primer puerto de la isla de Santiago. En épocas posteriores por su bahía pasaron marinos ilustres como el portugués Vasco de Gama, que en 1497 se detuvo en Cabo Verde en su ruta marítima hacia la India, y el genovés Cristóbal Colón, que se aprovisionó en Cidade Velha en su tercer viaje a América realizado en 1498. También son famosas las visitas del corsario inglés Francis Drake, que asaltó la ciudad varias veces entre 1578 y 1585. Menos orgullo causa el protagonismo que esta ciudad antigua tuvo durante los siglos XV y XVI debido al tráfico de esclavos y al comercio de madera, caña de azúcar, algodón y frutas tropicales.

Praia Chaves (Boavista, Cabo Verde)

En Cidade Velha la historia late en las calles y en su patrimonio arquitectónico. Designada en 2009 ciudad patrimonio de la humanidad por la Unesco, una ruta turística por la añeja capital de Cabo Verde ofrece visitas a edificios singulares como las iglesias de Gracia y de Nuestra Señora del Rosario, el templo colonial más antiguo del mundo y superviviente de media docena de iglesias de la época portuguesa dedicados a la Virgen de la Concepción, Santa Lucía y San Pedro. En la parte baja de la ciudad se encontraba la casa hospital de la Misericordia y el antiguo centro de la Compañía de Jesús, muy próximos al Palacio Episcopal y a las ruinas de la catedral de Cidade Velha, edificada en estilo renacimiento tardío en 1705 y arrasada siete años después. Aquí sobreviven la fortaleza real de San Felipe, que vigila la bahía desde 120 metros de altura; el convento de San Francisco, construido a mediados del siglo XVI y luego saqueado por piratas franceses liderados por Jaques Cassard en 1712; y una picota o “pelourinho” con rollo de mármol esculpido en estilo manuelino sobre tres peldaños en 1520. Es el símbolo del esplendor colonial de Cidade Velha, antigua capital de las islas de Cabo Verde, que aún se mantiene entre las siete maravillas históricas de origen portugués en el mundo junto a sitios de Brasil, India, China y Marruecos.

El relevo de Cidade Velha como capital del archipiélago, estado independiente desde el 5 de julio de 1975, lo había tomado la ciudad de Praia en el año 1769. En la actualidad esta urbe portuaria de 125.000 habitantes ofrece razonables oportunidades para pasear con tranquilidad y disfrutar de sus atractivos turísticos. En Praia se desarrollan también buena parte de las actividades comerciales y empresariales del país, e incluso en algunos lugares emblemáticos de la ciudad es posible combinar el ocio con el negocio al aire libre. Uno de los paseos recomendables transcurre entre árboles y calles de tierra por el popular mercado central de Sucupira, un laberinto de tiendas y puestos móviles ubicado en el barrio de Várzea en el que cada día se ofrecen las mercancías más diversas. En este amplio centenar de establecimientos populares se venden desde las típicas telas africanas estampadas de colores a un importante catálogo de productos artesanales destinados para la mesa o el salón. Todo siempre ambientado con música popular isleña, pasatiempos de ocasión y sabrosas comidas tradicionales caboverdianas. Junto a este epicentro comercial de uso diario, la ciudad de Praia también ofrece visitas interesantes al Palacio de la Cultura, al Museo Etnográfico, al cuartel de Jaime Mota y al Archivo Histórico Nacional. Asimismo, en la parte baja de la ciudad se encuentra el animado campus de la Universidad de Cabo Verde, muy cerca de las plazas de Luis de Camões y Alejandro de Albuquerque.

Iglesia Cidade Velha Cabo verdeY en Cabo Verde no hay historia antigua en la que no aparezca una iglesia centenaria. Aquí la tradición conserva un hito fundamental para comprender la propagación intercontinental de la fe cristiana. La Iglesia de Nuestra Señora del Rosario es el templo más importante del archipiélago africano. Y no es una iglesia cualquiera: está considerado el primer recinto sagrado católico que se construyó en la costa occidental de África y, sin duda más importante, la primera iglesia construida en suelo colonial. Levantada en 1495 con una obra de estilo manuelino portugués, el templo situado en el corazón de Cidade Velha, que fue capital nacional en la isla de Santiago hasta el año 1769, se mantiene en pie gracias a su restauración con fondos portugueses y españoles. Similar a la Iglesia de Nuestra Señora de la Luz, otro ejemplo del gótico tardío portugués ubicado en Mindelo, isla de San Vicente, este templo de Cidade Velha acogió en 1652 al padre Antonio Vieira en la ruta de apostolado hacia Brasil. Todavía hoy se puede asistir a misa domingo y recordar la generosa descripción del lugar que hace tres siglos y medio hizo el religioso portugués: “Hay aquí padres tan negros como azabache. Pero sólo aquí son diferentes de los de Portugal, porque tan doctos, tan bien criados, tan buenos músicos que dan envidia a los mejores de las mejores catedrales de Portugal”.

Publicado en la revista NT en junio de 2013

Flota de islas a la deriva

30 May

Gran Canaria

por Carlos Fuentes

Hay libros que no caducan. Treinta y cinco años después de ser publicado por Ediciones De la Torre, con texto de presentación de Agustín García Calvo y  prólogo de Santiago Aguilar, ahora más que nunca, en estos tiempos de cólera y oportunismo, cuando el arribismo es profesión fértil para ascender por la escalera hacia el éxito fácil, ahora mismo digo, se antoja necesario, cuando no imprescindible, releer Sima Jinámar. La novela valiente que usted tiene entre manos. Escrito con más tripas que corazón, el libro de José Luis Morales vino a fotografiar el paisaje abundante en miseria moral que marcó buena parte de la vida cotidiana de la posguerra civil española en las islas Canarias.

Obra coral, pergeñada en el exilio interior a finales de los años 60, en puertas de ese periodo político que luego se vino a mitificar como etapa de transición a la democracia, Sima Jinámar recupera la memoria de los que ya no están aquí para contarlo. De los que se llevó la mar fea, sí; pero también de todos aquellos que no hallaron otra fórmula de supervivencia que enterrarse en vida, en el no menos duro exilio introspectivo, para contar los días sin siquiera poder mirar de frente a la cara de sus verdugos fratricidas. Afrontar el rostro de los que, quizá, acabaron con el padre. Nada nuevo bajo el sol de España, si por España se entiende esta tierra que una vez fue imperio. Donde aún quedan cincuenta mil cadáveres por rescatar en cientos de fosas comunes sembradas en arcenes y caminos malos de campo. Para que los muertos, nuestros muertos, sean enterrados “como dios manda”, en atinado reclamo de Julio Llamazares.

Sima Jinámar novelaNo muy distintos fueron los días y las noches durante cuarenta largos años en las ocho islas habitadas que integran el archipiélago de Canarias. Quizá más duros, acerados y tensos que en la tierra continua de la Península Ibérica. Porque siempre es más duro el sufrimiento en espacios cerrados, donde el mundo posible y los sueños imposibles acaban en la punta del muelle. O en un risco afilado, en un barranco hondo. En aquellos tiempos de calma tensa que, ya lo dijo, alto y claro, el poeta Pedro Lezcano, convirtieron a estas ocho islas atlánticas en “celdas de muros azules”. Ay, las islas, la isla… Capítulo aparte.

Desde su descubrimiento, primero, y después conquista imperial para mayor gloria de la Corona de Castilla, Canarias ha sido terreno abonado para toda suerte de traiciones y engaños. Triunfaron casi siempre personajes oscuros, proclives a la artimaña y al engaño como autopistas hacia el cielo del poder y la gloria. Pero no estamos aquí, en estas páginas, para recordar a conquistadores y adelantados, a menceyes y guerreros, a enviados religiosos e inquisidores, ni a sus lacayos y bufones. Como Sima Jinámar, estas líneas buscan dar refresco a la memoria sobre lo acontecido durante los días canarios de la Guerra Civil y, sobre todo, pretenden ahondar en la influencia perniciosa que el autoritarismo fascista y el miedo del pueblo tuvieron en su desgraciada época posterior.

Bien sabido es que lo que sus acólitos y muchos oportunistas de camisa nueva llamaron rápido “movimiento de liberación nacional” tuvo buena parte de su gestación en los despachos y en los cuarteles canarios. Que bajo los pinos del monte de La Esperanza, al norte de la isla de Tenerife, se reunieron algunos de los militares que más pronto que tarde iban a traicionar al Gobierno legítimo de la Segunda República. Y que luego un Ejército se partió en dos, sin opción intermedia, entre la relativa paz política y social de un sistema político (quizá) demasiado radical para el tiempo que tocaba vivir, y el túnel del terror, la vesania y la violencia como métodos cruentos hacia las cimas del poder.

Sima JinámarEn Canarias, y vuelvo a la isla, a las islas, la hoja de ruta que condujo, primero, a la Guerra Civil y, en una mala suerte de muerte lenta, al periodo de anestesia general del franquismo, las circunstancias tuvieron casi siempre componentes de singularidad insular. Desembarcó el archipiélago en el siglo XX con un error grave heredado de los tiempos imperiales, la supervivencia de los cabildos insulares. Si bien concebidos con astucia en los tiempos reales, han sido desde entonces nidos para poderes de taifas, combustible de pleitos estériles; en fin, alimento de rivales vecinos y chicos. Fosos de división regional que, en el año 1927, dieron fruto amargo con la desgraciada separación de las siete islas en dos provincias enfrentadas. De nuevo, más fuego a la hoguera del miedo al vecino. Dos errores que tanto calor han dado ya al ruin oportunismo político. Todavía hoy, el pleito insular, la envidia, son los motores de la acción pública en las ocho islas. Da igual el color político: nunca divide y vencerás dio tantos réditos.

Sima Jinámar, audaz narración a cien voces, es buen fresco coral del hastío y de la explotación del hombre por el hombre. Situada en una época en la que el silencio y la discreción eran pasaporte de tranquilidad, localizada en esa isla interior que tanto duele y sangra, la seminal novela de José Luis Morales no vende sueños, nace en la calle. En un escenario gris espeso en el que muchos de los supervivientes cargan con la losa de la memoria mancillada en la familia. Donde las culpas pasan de generación en generación y donde, he aquí lo más importante, la venganza y sus amenazas estuvieron siempre en las mismas manos de los que ostentaban el poder político, judicial y económico. Tiempos en los que la venganza no era ya matar y mal enterrar de noche a hurtadillas, sino regatear el trabajo al pobre y el pan ajeno de cada día. En hacer cumplir condenas sin sentencia con las costillas famélicas al aire, sin apenas algo caliente que llevar a la boca. Años, décadas enteras, de terratenientes en el continente y de caciques insulares en ocho porciones de tierra que alguna vez fueron islas de los Bienaventurados, como dijo Píndaro. O Afortunadas, en esa descripción que tanto daño hace todavía por herencia colectiva, que acuñó Lucio Floro.

En Canarias escuché una vez a un funcionario municipal que “aquí cualquier siglo pasado fue mejor”. Es discutible tal afirmación, pero cierto es que cuando llegaron el mal tiempo de la guerra, la violencia y el terror, no hubo Capa ni Taro que retrataran las penas de los pueblos insulares. Ni Hemingway que preguntara por sus campanas ni que narrara sus muchas miserias cotidianas. No tuvieron los ciudadanos canarios a nadie que les escribiera, ni nadie pudo disimular esa guerra en tiempos de paz porque el dolor de los muertos aún estaba vivo. Cuando la isla, las islas, fueron un infierno, el lema fue sálvese quien pueda. Consigna que ha sido heredada por las generaciones venideras, faltas de memoria, ahora que la verdad es mentira y viceversa. Hoy, como en la canción, en este país de ambidextros que no distingue entre preso y carcelero.

Trece Fuencaliente

En mi isla canaria natal, La Palma, como ocurre en la práctica totalidad de la región, aún persiste el miedo a levantar la voz para denunciar la ignominia del pasado. Como en el resto de islas de Canarias, se mantiene el tabú oscuro de la Guerra Civil, de los ajusticiamientos posteriores y de los asesinatos cometidos a mano armada o por ahogamiento marítimo en sacos de papas. Valga un ejemplo. En los montes del sur de La Palma, en el pinar del Lomo de la Faya, en el pueblo agrícola y pescador de Fuencaliente, todavía esperan justicia los cuerpos martirizados y mal sepultados de, al menos, trece militantes palmeros de izquierdas (y aquí, ahora, quiero recuperar sus nombres del olvido cainita: Miguel Hernández, Floreal Rodríguez, Víctor Ferraz, Sabino Pérez, Vidal Felipe, Antonio Hernández, Eustaquio Rodríguez, Manuel Camacho, Dionisio Hernández, Aniceto Rodríguez, Segundo Rodríguez y Ángel Hernández). Fueron detenidos con nocturnidad, juzgados pistola en mano y ajusticiados por un grupo de falangistas fanáticos en una noche infame de enero de 1937. Sus cuerpos no fueron localizados, por iniciativa familiar, hasta el verano de 2006, ante la desidia de administraciones públicas, ayuntamientos y políticos locales.

Más allá de la necesaria reivindicación de la memoria histórica, para todas sus familias, gentes sencillas que apenas aspiran a dar una sepultura digna a sus parientes perdidos, quizá lo más sangrante de esta historia es que su isla, la isla de La Palma, aún conserva en su rotonda de entrada un busto metálico en honor de Blas Pérez González. Abogado, jurista y falangista de segunda hora, fue presidente del Tribunal Supremo en plena contienda civil, ministro de la Gobernación de los gobiernos franquistas entre 1942 y 1957 y procurador en Cortes por decisión directa del dictador. A él y a su memoria, ya digo, se le conceden aún nombres de calles y avenidas en Tenerife y La Palma, donde la rotonda de entrada a la capital conserva “La Palma, a Blas Pérez González”.

Trece de FuencalienteEn Érase una vez la URSS, una excursión más emocional que literaria realizada en automóvil por el imperio soviético de los años 50, el escritor francés Dominique Lapierre recupera el recuerdo conmovedor de una campesina que encontró en un pueblo perdido de la extinta Unión Soviética. “Nos pidió que desinfláramos una rueda de nuestro coche. ¿Para qué? Me gustaría respirar el aire de París”. En Sima Jinámar, obra inspiradora de posteriores títulos de enjundia como El fogueo de Vallehermoso, La justicia de los rebeldes o La semana roja de La Palma, José Luis Morales retrata con esmero la vida en el limbo en un tiempo en que mejor fue callarse que hablar en voz alta. Cuando más de tres personas reunidas eran ya un grupo del que desconfiar. Y ese temor que heredamos de nuestras madres, mucho menos libres que nuestras abuelas: “Hijo, tú no te destaques”. El miedo a vivir, la vida temblando.

Es la tercera vez que escribo libro valiente, y de veras que Sima Jinámar lo es, pero atesora, además, la narración del cronista de Agüimes los ritmos ricos del habla isleña. Concebida lengua propia en oleadas que llegaron a través del mar con árabes, castellanos, portugueses, flamencos, británicos… padres del vigor bailable de las palabras construidas y pronunciadas al singular modo isleño. Quizá la más notable aportación contemporánea que el pueblo de Canarias ha hecho al universo cultural latino y americano. Sima Jinámar, toda una novela canaria escrita por un francotirador canario para que no la olviden los canarios. Que no es poco.

Publicado como prólogo de la edición final de Sima Jinámar (Turpin, 2010)

Pde la edición final de Sima Jinámar (Turpin, 20XX)