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Cheikha Rimitti: “Sin mí, Khaled no tendría que cantar”

12 May

 

por Carlos Fuentes

Nació en el puerto mediterráneo de Orán, la segunda ciudad de Argelia, allí donde hace sesenta años abandonó su pobre adolescencia para, a los dieciséis, apenas adolescente, comenzar a ganarse el pan cantando en burdeles de marineros y diletantes. En su vida de largo recorrido ha cantado como nadie composiciones populares ancestrales, surgidas hacia el año 1900 desde la poesía árabe y la música tradicional beduina, pero primero fue famosa por sus letras contestatarias. En el ecuador del siglo pasado puso en solfa aspectos de la vida tradicional para reivindicar los derechos de la mujer en el mundo árabe.

Con 76 años, Cheikha Rimitti exprime su vitalidad en Nouar, un nuevo disco de raï comprometido contra la plaga de fundamentalismo que asola su país. Tantos años ya de guerra. “Canto a las cosas buenas, el amor y la libertad, la rosa y su perfume”, explica la cantante argelina mientras enciende otro cigarrillo y saborea un café negro en un salón desvencijado del madrileño Hotel París.

Vestida con una falda verde, que hace juego con la camiseta de la selección de fútbol de Argelia que lleva puesta, Cheikha Rimitti es el vivo reflejo de la picardía veterana que dan los años. Deja atrás el álbum Sidi mansour, su aventura discográfica en clave tecno-raï pergeñada en 1993 junto a músicos procedentes del rock como Robert Fripp (King Crimson) y Flea (Red Hot Chili Peppers). Un invento moderno con el que la abuela genuina del raï no quedó muy contenta.

Desde Sidi mansour han transcurrido siete años. ¿Qué ocurrió con Cheikha Rimitti?

“Ese disco fue una mala experiencia, cogieron mi voz para hacer la producción sin consultarme nada. Y no lo considero un disco mío. Ahora he recuperado el control de mi carrera para hacer Nouar, que son mis canciones. Nouar es rosa, aroma, todo lo que venga de buena voluntad, amor, cosas buenas… por fin hay un disco de la reina del raï, que soy yo: Cheikha Rimitti”.

Ahora tiene más público, gente joven que descubrió a Rimitti con Sidi mansour

“Y espero que Nouar guste más que el disco anterior. Ojalá, porque al ser más mío, deseo que guste más. Pero no hay que confundirse con el éxito de Sidi mansour, que fue un triunfo sólo en Europa. Con las canciones de Nouar espero triunfar en todo el mundo, en los países árabes”.

En seis décadas de música, hasta el mundo ha cambiado. ¿Y sus canciones? ¿A qué canta hoy Cheikha Rimitti?

“Al amor y la vida, los sentimientos de siempre. Mi canción tiene raíz en la música andalusí del sur de España, sus contenidos no han cambiado demasiado. Sólo el mercado ha forzado algunos cambios por arreglos modernos, pero las canciones son las de siempre. Han llegado jóvenes del raï, Khaled, Faudel, Orchestre National de Barbès… pero están cantando las mismas canciones que yo canto hace años”.

Usted viaja con frecuencia a Orán. ¿Se siente Rimitti respetada por nuevos artistas de raï?

“No. No reconocen que sin mis canciones no tendrían nada que cantar. Llevan mucho tiempo ocultando al público europeo que existe una reina del raï, que se llama Cheikha Rimitti. Estoy muy decepcionada, porque son famosos pero lo han sido a costa de Rimitti. Sin Rimitti no existiría el raï con el que triunfan”.

Entonces, ¿cuál es su referencia musical actual? ¿Escucha nuevos ritmos del Magreb?

“Mi padre sería la flauta y mi madre, la darbouka. Son los instrumentos de mi vida. Puede haber sobre el escenario un montón de sintetizadores, batería y guitarras eléctricas, pero la sonoridad de la flauta y la darbouka es inimitable. Si tuviera que elegir, me quedaría con ella. Pero iré a Estados Unidos a presentar Nouar, ja, ja… a ver qué les parece a los americanos tras Sidi mansour”.

En Argelia, su mensaje optimista choca con la cruel realidad del fundamentalismo. ¿Qué acogida tuvo allí Nouar? ¿Es posible disfrutar en esa vida?

“Ha tenido un éxito sin precedentes en la música raï, el pasado verano fue un gran triunfo. Espero que mis canciones sirvan de ayuda para recuperar la ilusión y olvidar los problemas, Cheikha Rimitti sólo puede esperar eso. ¡Ojalá!”, exclama la cantante antes de recuperar su optimismo de mujer. Se levanta, regala tres besos al periodista y le da un consejo de longevidad: “Esta noche haz el amor, y mañana ven a bailar con Rimitti”.

Publicado en el periódico Diario de Avisos en abril de 2001

 

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Té a la menta y dulces de pistacho y miel para celebrar el Año Nuevo Islámico

15 Dic

adeje 5

por Carlos Fuentes

Son setenta mil en Canarias, veinte mil en Tenerife. En el sur de esta isla reside una nutrida comunidad de musulmanes que eligieron hacer aquí sus vidas. Formaron familias, educaron a sus hijos y, en fin, aquí comparten la realidad insular con isleños y turistas. Algunos ya cuentan nietos. Y todos valoran con satisfacción la buena acogida por la sociedad canaria ahora que no es fácil ser emigrante.

Aquí no hay cava frío ni turrones, ni mucho menos trajes o corbatas. Huele a té verde con hortelana y las bandejas rebosan de baklava, los ricos pasteles de hojaldre, almendras y pistachos bañados en miel típicos del mundo musulmán. En la mezquita de Adeje están de fiesta para celebrar el Año Nuevo Islámico, el año 1437 según el calendario musulmán que marca la hégira, la peregrinación del profeta Mahoma de la Meca a la ciudad de Medina en el verano del año 622 de la era cristiana. Este primer día de Muharram es la fiesta anual de una comunidad musulmana que es cada vez más numerosa en la isla de Tenerife. Aquí residen veinte mil de los setenta mil musulmanes que viven en Canarias.

Para la mayoría de los cincuenta mil vecinos de Adeje, hoy es un miércoles más de otoño, el 14 de octubre para ser exactos. Nada del otro jueves. Pero un nutrido grupo de voluntarios trabaja contra el reloj (aunque la entrada del año depende del ciclo lunar y en cada país musulmán varía según la geografía, es común celebrar con la puesta de sol) para que nada falte en la mezquita de este importante municipio turístico del sur de Tenerife. En el casco urbano, el templo islámico situado en el 23 de la calle Piedra Redonda apenas llama la atención. De no ser por un par de rótulos escritos en árabe, podría pasar por un local comercial más. Muy discreto entre una tienda de mascotas y una librería.

Dentro reina el silencio. No se oye un alma. Un modesto mihrab fabricado con madera barata orienta hacia el este, a la alquibla en dirección a la Meca. Y guía cinco veces al día a los fieles que acuden a cumplir con las cinco oraciones diarias, uno de los cinco preceptos fundamentales del Islam. En la mezquita de Adeje, que se llama Al-Ihsan utilizando un término que significa espiritualidad y caridad, los protocolos sociales y los formalismos civiles quedan en la puerta. Como en el resto de las doce mezquitas que hay en Canarias, el local funciona como recinto religioso, pero también como un lugar de encuentro, convivencia y apoyo para los musulmanes de diferentes países que residen en las islas.

En Adeje la mayoría de los fieles musulmanes residentes proceden del Magreb, sobre todo del norte de Marruecos. También del sur, de la costera Agadir y de varias ciudades del Sáhara Occidental. Este colectivo musulmán del sur de Tenerife se completa con otros musulmanes venidos de países como Jordania, Argelia, Túnez, Libia y Turquía. Muchos ya están arraigados desde hace años en Tenerife, con familia criada e hijos ya escolarizados. E incluso algunos con nietos, los primeros nacidos aquí. La mayoría trabajando, los que pueden, en el turismo, en tiendas de playa y hoteles situados en la comarca turística del sur.

Abdesalam Hammaud tiene 47 años, trabajo y tres hijos. Se siente afortunado. Con raíces en el rural Rif marroquí y familia originaria de Monte Arruit, llegó a Tenerife en el verano de 1988, primero a buscar trabajo. Vivió en Lanzarote y Fuerteventura del dinero del ladrillo, pero luego eligió Tenerife para quedarse. “Aquí me sentí bien tratado, mejor que en otros sitios de España. En Canarias soy un paisano más”, asegura Hammaud. “Hemos aportado gente pacífica, sin buscar conflictos sino convivir con canarios y turistas, y espero que la confianza mutua siga creciendo desde el respeto”. A su lado, Mhamad El-Fahmi asiente con la cabeza. Él procede de Nador y lleva quince años en Tenerife. Gestiona una tienda de zapatos en Playa del Duque y preside la Comunidad Musulmana de Adeje. Casado y con dos hijas, valora el encaje de los musulmanes. “Aquí hay cariño, respeto, y eso no abunda fuera para un emigrante”, dice Mhamad. “Tengo amigos que han probado fuera, en Alemania, Holanda o Francia, y vuelven rápido. Prefieren ganar mil euros aquí que trabajar allá por dos mil”.

Como para tantos isleños, el empleo es una inquietud para los musulmanes del sur de Tenerife, incluso hay quien ve pasar la crisis a la vez como empleado y empresario. Moussa El Bouaazzati trabaja al cuidado de una piscina en un hotel de Playa de las Américas. Aquí lleva doce años, ganándolo tan bien que ha podido abrir una carnicería halal en Ruzafa (Valencia). “Se vive bien aquí, estamos integrados y es difícil ver un problema”. También lo ve así el saharaui Moussa El Mojhdi, 32 años, casi un recién llegado a Adeje tras una década en Lanzarote. “La convivencia es buena”, afirma este saharaui de Tan Tan, ahora ayudante de cocina en un restaurante de Los Cristianos. Más experiencia tiene Ali Abouhammadi, de 46 años. Trabajador en un bazar de Puerto de Santiago, este marroquí de Nador llegó a la isla el último año del siglo pasado, “según vuestro calendario”, y sonríe. Está casado y tiene tres hijos. En Marruecos estudió Derecho y Políticas, allí buscó sin éxito trabajo seis años y apostó por venir a Tenerife con un visado de turista. “No hay quejas, de verdad, ninguna”.

La visita del alcalde de Adeje impone ahora cierta cortesía. Viene a felicitar el Año Nuevo Islámico y departe con interés con sus vecinos musulmanes. Kefah Jibil agradece el gesto de José Miguel Rodríguez Fraga. Ella sabe bien lo que es no tener un lugar en el mundo. Nació hace 35 años en una familia palestina emigrada a Jordania, y en Tenerife lleva desde 2005. Primero vino su marido, a esta hora trabajando como repartidor de muebles, y luego ella y sus tres hijos solicitaron la reagrupación familiar. “Todo fue fácil, pero al principio es verdad que me preguntaba cómo me iban a ver aquí con el pañuelo”, admite Kefah, que trabajó como vendedora ambulante en Alcalá y Los Cristianos, aprendió a hablar español y ahora da clase de árabe a los niños musulmanes de Adeje.

Como madre de tres niños, otra preocupación de Kefah Jibil fue la comida de cada día. Es decir, si en Tenerife habría posibilidad de comprar alimentos halal elaborados bajo rigurosos preceptos musulmanes que prohíben comer carne de cerdo y cualquiera de sus derivados ya sea en embutidos o en repostería. “Cuando llegué era más complicado encontrar algunos productos, pero ahora ya tenemos hasta seis carniceros en el sur de Tenerife”, dice Kefah. Y cuando se le hace ver la paradoja de no comer cerdo en la isla de los guachinches y la carne-fiesta, ella se encoge de hombros y sonríe. Como dejando pasar la vez.

Tijani El Bouji puede estar tranquilo. Este joven marroquí ejerce desde 2011 como imán de la mezquita de Adeje, uno de los doce centros musulmanes que existen en Tenerife. Formado en la Universidad de Qarawiyyin de la ciudad de Fez, uno de los centros islámicos más antiguos y prestigiosos del mundo, El Bouji preside la Federación Islámica de Canarias. Su móvil no para de sonar, pero atiende con gusto al visitante. “El perfil más habitual es un ciudadano de origen marroquí, con familia y con un arraigo consolidado en Tenerife”, indica el religioso, que atiende cinco veces al día, seis días a la semana, el rezo en la mezquita, no solo templo religioso sino también lugar para el encuentro social y que dos días después albergará una jornada altruista de donación de sangre.

Cae el primer sol de 1437 y la fiesta casi termina en la mezquita de Adeje. En una esquina, siempre discreto, el veterano de la comunidad musulmana pasa casi de puntillas. Más por timidez que por otra cosa. Pero, otra vez, la suya es una historia que merece la pena escuchar. Abdillah Lakdar tiene 63 años y lleva veintitrés viviendo en Canarias, primero en Gran Canaria y desde 1998 en Tenerife. Se acaba de jubilar de trabajos en el mar y el campo. Fue pescador en aguas del Sáhara Occidental y terminó como peón agrícola en el norte de la isla. Abuelo de dos nietos y padre de seis hijos, Abdillah retrata la mejor cara de los residentes marroquíes en las islas. “Todo ha ido demasiado bien”, indica con discreción porque sabe que otros compatriotas no tuvieron tanta suerte. “Aquí encontramos todo lo que necesitábamos, trabajo, escuela para los chicos y un buen servicio de sanidad”, explica Lakdar. Ahora, ventajas de la jubilación, el abuelo pasa dos o tres meses al año con sus nietos en Agadir, su ciudad natal. Pero siempre vuelve a la isla. Quizá ya más canario que marroquí. “No hay por qué elegir”, responde con educación, “nadie sabe dónde va a morir”.

“Somos gente de paz con  ganas de mejorar la sociedad” 

Desde Los Cristianos, la Federación Islámica de Canarias agrupa a la mayoría de asociaciones de musulmanes que residen en las islas. En Tenerife, donde gestiona la actividad social y religiosa de doce mezquitas, promueve algunos objetivos básicos: buscar la prosperidad de los musulmanes, mejorar la imagen de la comunidad, aumentar el aprecio social por el colectivo, así como fomentar la colaboración entre las comunidades de musulmanes. “Nos gusta vivir en este lugar, es tranquilo y se nos aprecia”, explica Esam Masad, natural de Jordania y residente en Tenerife desde hace once años. “Nunca tuve ningún problema”.

Escrita en la mezquita de Adeje, una azora del Corán recuerda el compromiso de los fieles musulmanes con la solidaridad entre los pueblos: “Tu señor, si hubiera querido, habría hecho de los hombres una sola comunidad”. Tijani El Bouji, imán del modesto templo islámico que ocupa un antiguo local comercial, avala la idea. “Somos gente de paz, trabajamos como todos nuestros vecinos y tenemos ganas de ayudar a mejorar la sociedad en la que vivimos cada día”, explica el joven religioso de origen marroquí. “Porque el verdadero islam es una religión de paz y convivencia, hermandad, colaboración, armonía, y desde aquí trabajamos cada día para lograrlo”.

Publicado en la revista C Magazine en noviembre de 2015

Canciones de amor y lucha para el futuro del mundo árabe

23 Sep

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SOUAD MASSI

por Carlos Fuentes

Canción militante con voz de terciopelo. La intérprete y compositora argelina Souad Massi regresa a los anaqueles con un quinto disco de estudio edificado en torno a la arraigada tradición poética del mundo árabe. En este nuevo álbum El Mutakallimun, la cantante magrebí ofrece argumentos para la vida y la lucha, el amor y el optimismo, frente a las convulsiones que padece el mundo árabe debido, en gran parte, a conflictos sociales nunca resueltos, una desigualdad que parece una plaga bíblica y, en esencia, para recordar las raíces nutritivas de la cultura musulmana ante las tentaciones del fanatismo político-religioso.

No es una voz cualquiera la de Souad Massi. Muchas veces comparada con las de colegas occidentales como Joan Baez, Tracy Chapman o incluso Patti Smith, esta joven cantante nacida en 1972 se ha revelado en la última década como uno de los altavoces más potentes, sentidos y respetados por las nuevas generaciones de hombres y mujeres de los países de la cornisa mediterránea de África, sobre todo ellas, en el convulso mundo árabe contemporáneo. “Creo en la gente de nuestros pueblos que pelea por su libertad y con mis canciones intento transmitir esperanza en la lucha por nuestro futuro mejor”, indica Souad Massi sobre el motivo central de esta nueva producción discográfica, cuyo título se traduce como “maestros de la palabra” en clara intención de dotar a clásicos poemas musicados la voluntad de ser arma política frente al fanatismo. “Por supuesto que mi intención es política”, afirmó la cantante en entrevista con el diario británico The Guardian para presentar El Mutakallimun. “Siempre he soñado con una democracia real en el mundo árabe, también en los países de África, pero cierta gente, ciertos poderes, no quieren una vida en libertad”.

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El acercamiento de Souad Massi a la vasta tradición poética árabe no es fruto de nueva cosecha, ni tampoco producto de la desesperación o el oportunismo. Criada en Argel en una familia que incluye también un escritor y una bailarina, Souad Massi estudió los orígenes de la música árabe-andaluza antes de subir a un escenario apenas adolescente. Con 17 años ya cantaba a la manera de las cantautoras tradicionales, guitarra en mano y sin más apoyo instrumental. A la vez, por aquello de no cerrar puertas a las músicas que trajo el mar, también practicaba el flamenco en un conjunto aficionado llamado Las Trianas de Argel. Todo con una pátina amateur que, poco a poco, fue dando paso a la vocación de vivir profesionalmente de la canción. Y el primer fruto fue Atakor, el conjunto con el que Souad Massi se dio a conocer en numerosas provincias de Argelia con las campañas de nacionalismo cultural impulsadas tras la batalla de Argel.

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Pronto vino el salto continental. En el invierno de 1999 Souad Massi aterrizó en Francia buscando una oportunidad en la vibrante escena franco-argelina de los barrios de París. Con Cabaret Sauvage, acompañada de otras voces árabes de mujer, Souad Massi comenzó a llamar la atención con su ágil mezcla de formas amables y verbo combativo. Comenzaron a caer los muros de la indiferencia y la audiencia occidental, que por aquellas mismas fechas disfrutaba del atlético rai de Khaled y de la canción añeja de la septuagenaria Cheikha Rimitti, hizo un hueco en sus corazones para la joven argelina. Estuvo ágil la disquera Island, que firmó a Souad Massi para su sello Mercury y, ya en 2001, publicó un primer disco realizado con Bob Coke, reconocido por sus trabajos para Ben Harper. La alianza surtió efecto. A la voz trémula de Souad Massi, entre la música folk y el rock, se unieron los sonidos envolventes de la instrumentación tradicional: laúd árabe, el bajo acústico llamado gumbri y la percusión metálica de la karkabous. Y así quedaron definidas las líneas estructurales del sonido de Souad Massi.

Con una carrera que se fue afianzando con pasos firmes, la cantante argelina también amplió perspectiva con sus asociaciones con bandas como Orchestra National de Barbès o el cantante Idir, con quien compartió una gira apenas un año después de haber llegado a París. Ahora, después de dos años de trabajo entre traducciones y adaptaciones de poemas, así como sesiones de estudio, Souad Massi reivindica los mensajes de poetas de la época preislámica como Zouhair Ibn Abi Salma o Ahmed Matar, autor iraquí exiliado en Londres que ha aportado dos piezas de hondo significado político como The visit y Freedom. Del poeta tunecino Abou El Kacem Chebbi, autor de las estrofas centrales del himno nacional, fulge la contundente A message to the tyrants o The world, que los jóvenes tunecinos cantaban en las calles para protestar contra el dictador Ben Ali durante la única primavera árabe que trajo cierta democracia a un país africano. “Ese poema tiene un verso que dice “Ten cuidado de que la primavera no te embauque”, y lo elegí porque me pareció una premonición de lo que iba a ocurrir”, indica Souad Massi sobre una de las piezas clave de El Mutakallimun.

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Con este nuevo disco, el primero en cinco años después de Raoui (2001), Deb (2003), Mesk Elil (2005) y Ô Houria (2010), la cantante hace valer sus raíces familiares bereberes que permitieron desde muy pronto una conciencia propia para la defensa de los lugares de encuentro entre culturas, en aras del respeto y la comprensión mutuas frente a las tentaciones del enfrentamiento fanático. Por eso Souad Massi cuestiona con vigor tanto el fundamentalismo religioso como la asociación viciada de vincular la fe musulmana con la violencia social. Y no está por la labor de callarse para pasar desapercibida ante la adversidad: “Quedarse en silencio significaría que los terroristas han triunfado y que todos los intelectuales del mundo árabe que han muerto asesinados murieron para nada”, afirma la cantante argelina, que se define como “una mujer feliz, pero melancólica”, porque “no puedo ignorar todo lo qué está pasando en el mundo”.

Publicado en el diario El Confidencial en julio de 2015

Mariem Hassan: una espina clavada en el exilio del desierto

10 Feb

Mariem Hassan

por Carlos Fuentes

El disco español del año es saharaui. Shouka, tercer álbum de la cantante exiliada Mariem Hassan, se ha convertido en la referencia de 2010 para las músicas étnicas producidas en España. Cincuenta periodistas de veinte radios europeas lo han elegido como cuarto mejor disco étnico de la temporada, tan sólo por detrás de los publicados por el grupo Sierra Leone’s Refugee All Stars (Rise and shine), la cantante marroquí Hindi Zahra (Handmade) y el dúo de malienses compuesto por Ali Farka Touré con Toumani Diabaté (Ali & Toumani) en una selección final de doscientos discos sobre 866 artistas candidatos. “Que la música tradicional saharaui sea reconocida en todo el mundo me enorgullece, me llena de alegría ver a mi pueblo contento”, señala Mariem Hassan en conversación telefónica desde el campamento de refugiados situado en Tinduf, en el desértico suroeste de Argelia. “Shouka es una espina clavada desde que España nos abandonó y nos olvidó”, asegura la cantante saharaui.

Mariem Hassan es una hija más de la diáspora saharaui. Nació en 1958 en la ciudad de Smara, en la antigua provincia española número 53, y con 1diecisete años salió al exilio. Con su familia huyó en los coches de sus dos hermanos, antiguos militares en el Sáhara. Hassan pasó treinta años en Tinduf hasta que hace ocho se trasladó a Sabadell, donde reside con sus dos hijos. Comenzó a cantar con el grupo Mártir El Uali, con el que grabó Polisario vencerá en 1982. Seis años después participó en el colectivo de voces saharauis femeninas A pesar de las heridas y, en 2002, se unió al grupo Leyoad del guitarrista Nayim Alal.

Mariem Hassan Sahara

Su anterior entrega discográfica, ya en solitario, se tituló Deseos y fue grabada en Madrid en 2005. Con los años, superado un grave cáncer, su canción desgarrada, telúrica, se ha convertido en portavoz de las penas de su pueblo saharaui. “Cuando empezó la guerra, la música se utilizó para animar al pueblo en aquellos días difíciles. Y nos ha acompañado en nuestro exilio”, explica Mariem Hassan. “Canto a la vida, a nuestras costumbres, pero también tengo canciones de resistencia, y estoy contenta de que Shouka explique al mundo que hay un pueblo que vive en el desierto que no se ha olvidado de cantar”.

Mariem Hassan retoma en su nuevo disco una queja histórica: las promesas incumplidas por España con los habitantes de la antigua colonia saharaui. Y lo hace con valentía en la denuncia. La canción titular (espina, en árabe dialectal hasanía), rescata el histórico discurso que el socialista español Felipe González pronunció el 14 de noviembre de 1976 en los campamentos de refugiados de Tinduf: “Para nosotros”, se escucha decir al entonces primer dirigente del PSOE, “no se trata ya del derecho de autodeterminación, sino de acompañaros en vuestra lucha hasta la victoria final”. Pero la victoria prometida nunca llegó. 

Mariem Hassan El Aaiun

Shouka es nuestra espina, la que llevamos clavada desde que González nos visitó y dijo que, cuando ganara, los saharauis iban a volver al Sáhara, que él nos iba a ayudar. Pero ganó y se olvidó de ayudarnos”, lamenta Mariem Hassan. “Todos los gobiernos españoles nos han abandonado. En España saben que el Sáhara es la tierra de los saharauis, y que tenemos derecho a recuperarla. Llevamos 35 años en el desierto, somos refugiados. Estamos abandonados y estamos hartos de esperar”, abunda la combativa voz del pueblo saharaui.

Pero la realidad puede más que el deseo. La última prueba ha sido la represión marroquí en el campamento protesta Agdaym Izik, instalado por activistas y familias enteras saharauis en unos terrenos desérticos situados a quince kilómetros al sur de la ciudad de El Aaiún. Fue desmantelado en un asalto violento por efectivos policiales marroquíes el pasado 9 de noviembre de 2010 “Agdaym Izik”, asegura Mariem Hassan, “es otra llave al conflicto saharaui, como ya lo fue Haidar. Son llaves que dejan una puerta abierta para que el mundo sepa de verdad lo que pasa en el Sáhara ocupado. Ahora las cárceles están llenas de chicos, jóvenes, mujeres, niños… se asaltaron casas de saharauis para detener a hombres. ¿Por qué nos quiere matar Marruecos?”

Publicado en el diario Público en diciembre de 2010