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Eduardo Galeano, la voz que abrió los ojos de América

13 Abr

por Carlos Fuentes

Hay voces que llegan antes de lo previsto, y que se adelantan a la política de lo políticamente correcto. Eduardo Galeano encarnó una. La voz de los sin voz, el eco latente de los pueblos que habían perdido algún partido con esa historia de convulsiones que se conoce por América Latina. Y fue su aliento de vida, esa energía moral inasequible al desaliento, su compromiso a la intemperie, el que terminó por alzarse en el andamiaje de casi toda la obra literaria y periodística que abordó después la autocrítica de la vida en el continente. Bien amarrado al acervo cultural latinoamericano, el escritor y pensador uruguayo deja una obra que supera estereotipos y que merecerá, sin duda, relecturas en tiempo real.

La América Latina que recibió a Eduardo Germán María Hughes Galeano en la clausura del verano de 1940 en Montevideo era la eterna crónica no escrita de un subcontinente devastado por enfermedades sociales que parecían plagas bíblicas. El subdesarrollo, el hambre y el miedo. El clasismo y el imperialismo. La vergüenza de raza y el sometimiento. Más que votos, en América campaban las botas y los uniformes verde olivo. Y al pibe Eduardo las primeras crónicas le salieron en forma de tiras cómicas sobre política para el diario socialista El Sol. Firmaba entonces Gius, con la pronunciación de su apellido paterno, rasgo que visto ahora se antoja premonición de la reivindicación latina que llevó siempre en la mochila. Ya en los años sesenta, junto a Mario Benedetti, otro personaje imprescindible para comprender a carta cabal la nutritiva literatura americana del último medio siglo XX, se embarcó en labores periodísticas en el semanario Marcha, donde coincidió con Juan Carlos Onetti, Alfredo Zitarrosa, el cubano Roberto Fernández Retamar y el peruano Vargas Llosa, entre muchos otros.

Eduardo Galeano 3

El 27 de junio de 1973 llegó el primer encontronazo con la realidad. Golpe de estado mediante, Uruguay se entregó manu militari a la administración de Juan María Bordaberry, que en nombre de la patria y el orden de los patriotas pronto cercenó libertades básicas y terminó por cerrar la revista progresista. El mismo Galeano, encarcelado por las autoridades golpistas, fue finalmente forzado a exiliarse. Eligió Argentina, pero Buenos Aires no iba a ser su último exilio. Es el tiempo de Época, la publicación que sirvió de combustible para alentar la lucha en América Latina, para dotar de un argumentario a la juventud latinoamericana que valoraba cualquier vía válida para acabar con la represión. Pensar en uno, pero también pensar en el vecino. Que viene a ser una versión más bailable de aquella frase memorable de su colega polaco: “El sentido de la vida es cruzar fronteras”.

Como Kapuscinski, el uruguayo lo repitió hasta el día final. El error, otra vez, es que cada país busque su camino. Que la única opción sea el puro canibalismo. “La guerra vecinal es una especialidad latinoamericana. Hemos sido diseñados, como países, para odiarnos entre nosotros. Para ignorarnos, también. Es lo peor de la herencia colonial. Hay otras herencias coloniales, como la de la impotencia. Esa que te dice: “nunca vas a poder, eso no se puede, nunca vas a ser capaz”. La condena a ser espectadores de la historia hecha por otros, incapaces de hacerla con nuestras propias manos, nuestra propia cabeza, nuestro corazón. Con nuestras propias piernas que caminan”.

cartel Galeano

De vuelta a Uruguay, Eduardo Galeano, de regreso otra vez del frío del exilio (en Madrid, donde residió hasta 1985), llegó para sumar. Al año siguiente ya estaba entre los impulsores de la demanda de revocación de la ley de punto final con la que militares de dictadura intentaron sacudirse toda responsabilidad por los crímenes cometidos en el santo nombre de la patria, de la bandera y del progreso. Su compromiso fue reconocido luego con varios premios honoríficos universitarios en América y Europa, también por colectivos sociales, culturales y estudiantiles de su continente natal. Acaso el galardón que más llenó el alma del autor de El libro de los abrazos fue el concedido hace cuatro años por la Federación Universitaria de Buenos Aires para reivindicar a Eduardo Galeano como “un ejemplo para la juventud latina”.

Acaso fue la vindicación del derecho a la duda que el propio escritor repasó en voz alta hace apenas un año. “La realidad [de América Latina] ha cambiado mucho, y yo también. La realidad es mucho más compleja precisamente porque la condición humana es diversa. Algunos sectores políticos para mí cercanos pensaban que dicha diversidad era una herejía. Incluso hoy hay algunos sobrevivientes de ese tipo que piensan que toda diversidad es una amenaza. Por fortuna no lo es”.

Su obra más conocida, Las venas abiertas de América Latina, y su extensión retrospectiva, Memoria del fuego, conforman el atlas del sufrimiento del pueblo, de los pueblos latinoamericanos, pero también son una apuesta desbocada por la esperanza y por la responsabilidad histórica de asumir un rumbo propio tras siglos de tutela extranjera impuesta. El primer libro, publicado en 1971, contó con un par de publicitarios de excepción. Pronto fue prohibido por los gobiernos dictatoriales de Videla en Argentina y Pinochet en Chile, y mal recibido en otra media docena de gobiernos autoritarios, pero se alzó rápido en el ideario de la justicia social que pugnaba por hacerse escuchar en las calles ensangrentadas, en las fábricas con sueldos de miseria, en el eco ahogado de los centros de tortura, en los hogares de hojalata de las familias de los desaparecidos.

Para el autor, empero, el libro de las venas abiertas también fue un peso eterno que ya no se sacudió de su mochila. Hasta hace un año, cuando aprovechó una feria literaria en Brasil para contextualizar su reflexión autocrítica en torno a su obra de referencia. “No volvería a leerla porque si lo hiciera me caería desmayado. No tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política cuando lo escribí. No me arrepiento de haberlo escrito, pero ya es una etapa superada”. No debió pensar lo mismo Hugo Chávez cuando en 2009, en la Cumbre de las Américas, regaló un ejemplar (en español) al presidente Obama. Un gesto que, a bote pronto, hizo del título de Galeano un libro best-seller en Norteamérica.

Eduardo Galeano 4

En lo emocional, el compromiso de Galeano con la cultura de los pueblos de América Latina nunca necesitó de actualización. Defensor de las minorías y de sus manifestaciones culturales, sin mirar mapas ni fronteras (en 1986 el primer premio Memoria del Fuego reconoció la devoción de los latinoamericanos por Joan Manuel Serrat), el escritor uruguayo conectó siempre con las formas de hacer poesía desde la canción cotidiana. Como en aquella letras de su amigo Daniel Viglietti: “La copla no tiene dueño, patrones no más mandar, la guitarra americana peleando aprendió a cantar”. También es mérito suyo la vindicación del fútbol como algo más que coliseo de emociones plebeyas. Mucho más que sucedáneo neoliberal del pan y el circo

En 1995 publicó El fútbol a sol y sombra para trazar una radiografía sentimental del pueblo a través de lo que cada domingo ocurre en el teatro del balón, el olor a hierba recién cortada y los sueños del que paga la entrada para escapar de casa. De ese libro-apología es una antológica descripción de la soledad del arquero, otro momento Galeano de compromiso con el desfavorecido por la fama y el dólar: “El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo la lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos”.

Y de vueltas a la vida, él que fue siempre un manantial de frases certeras, de reflexiones con fundamento y sustrato alimenticio, de optimismo en medio del temporal, regaló quizá un postrero resumen apresurado de su forma de vida a su amigo escritor y periodista argentino Jorge Fernández Díaz, otro de esos autores que trascienden épocas y continentes ahora que vuelven a soplar los aires del miedo a vivir en el Cono Sur. “El arcoíris terrestre es mejor que el celeste, tan mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y el oscurantismo. Los seres humanos somos mucho mejor de lo que nos contaron que fuimos”. Palabra de Galeano.

Publicado en El Confidencial en abril de 2015

 

Luis Alberto Spinetta: “El rock latino es comida basura”

31 Mar

Luis Alberto Spinetta

por Carlos Fuentes

“Es el destino, siempre estuve más o menos en el mismo lugar y si ahora vine es más por destino que por lógica”. Fiel a una trayectoria de coherencia que hunde sus raíces en la recta final de los años 60, el músico argentino Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 1950) condensa con aire metafísico el porqué de su debut en los escenarios españoles cuatro décadas después. Desembarca aquí con el disco Viejas canciones, una compilación retrospectiva formada por veinte piezas del compositor y guitarrista porteño que artistas como Charly García, Fito Páez o Gustavo Cerati reivindican como parte importante, sin duda crucial, del mejor rock compuesto en español.

Luis Alberto Spinetta culmina en la ciudad de Granada una gira de conciertos que le trae por primera vez a los escenarios españoles después de liderar proyectos de enjundia como Almendra, Pescado Rabioso, Invisible o Jade. Cuatro aventuras esenciales para comprender a carta cabal la cara más nutritiva del rock hecho en castellano. Sentado en el anonimato sorprendente de un hotel de medio pelo situado en las proximidades de la añeja Estación del Norte de Madrid, el seminal músico bonaerense reafirma pronto sus principios. “Me interesa la gente, no vender. Vengo a cantar, no a vender porque no lo hice ni en mi lugar y mal haría si lo hiciera acá. Aunque este disco titulado Viejas canciones no coincide con lo que estoy presentando en estos recitales, un nuevo disco llamado Para los árboles. Y con ese eclecticismo de intenciones es con el que quiero conectar con el público español porque el público argentino ya consumió mi mito. Ahora pretendo contactar con este público y brindarle la lírica, que es nuestra lengua común”.

Spinetta retrato

“Conquistar es propio de una mente de conquistador y eso no es lo mío. Nunca lo fue. Yo solo creo ser capaz de conquistar pero a un nivel muy efímero. La idea es mostrar mi música para que agrade sin la finalidad de vender nada. Que me vean y saquen sus propias conclusiones”, explica Luis Alberto Spinetta sin concesión alguna a la fama en este desembarco tardío en los escenarios españoles. “No hay estrategia porque es un plan sin plan. Aspiro a conectar a partir del lenguaje común que hablamos argentinos y españoles, que es la riqueza de nuestra lengua, y también volcar poesía en nuestro idioma. Porque nuestra historia literaria es inmensa y tanto el español como el argentino hoy muestra una decadencia muy grande. Quisiera ser como un Rimbaud en castellano, quisiera ser poeta además de músico. Y que el espectador español reflexione sobre su lengua y sobre todo lo que brinda esa parte ínfima que yo puedo expresar en mis canciones”.

Spinetta gafas

¿Y cuánto pesa la ambición en Spinetta? “Acá, en España, se conoce el mito de Luis Alberto Spinetta, pero yo nunca he sido un comemetas, alguien que únicamente quiera realizar su meta. La mía ha sido escribir y cantar, y eso es lo único que sé hacer bien. Ya es un halago poderme cruzar hasta acá y encontrar un lugar para mostrar en público mis canciones. Es un gran honor y a la vez un gran desafío destruir mi propio mito. Que pase del estado de la idealización al estado de la carne que está encima de la tarima”.

Spinetta camiseta

Treinta y tres años después de su aparición inesperada con aquel pionero álbum homónimo firmado por el grupo Almendra que compartió con Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García, el llamado nuevo rock latino copa ahora revistas y canales de televisión. “Ese rock latino apesta porque ahora son ‘shakiras’ y ‘juanes’, cosas comerciales como A Dios le pido… y eso ya lo escuché desde que mi madre me disfrazaba de baturro. Suena tan antiguo como cualquier canción que me cantaba mi abuela. Si vos escuchás algo así (y comienza a tararear la canción El alma al aire de Alejandro Sanz), eso me gusta, no todo pero por lo menos tiene una lírica, un vuelo. O las canciones de Joan Manuel Serrat, que fue uno de los inspiradores de mis primeros discos en Argentina. Ahora hemos pasado de Tu nombre me sabe a hierba al A Dios le pido, es decir, que vamos evolucionando a peor”.

En esta controversia sobre la valía efectiva de la canción contemporánea en español, Luis Alberto Spinetta no calla. “Vende el rock latino como vende la comida rápida, esa fast food y no la comida del chef. Esas canciones de rock latino son fast food musical, comida basura que se vende dentro de un fenómeno universal que no solo afecta a la música sino que también afecta a todo el lenguaje humano. Llegan artistas presionados para triunfar a toda costa, a cualquier precio, débiles mentales, pero eso no es un triunfo. El triunfo son Charly García, Fito Páez, Gustavo Cerati… ellos sí tienen esencia, no es solo una misión de papel, en sus canciones hay lingote en el fondo”.

Spinetta ventana

Autor de piezas memorables como El anillo del capitán Beto, Muchacha (ojos de papel) o Los libros de la buena memoria, Luis Alberto Spinetta cuestiona el atajo fácil hacia la moda, hacia la tendencia efímera y el éxito fútil. Una corriente de la que no excluye a su compatriota Andrés Calamaro, por ahora afincado en Madrid después de ganar fama con el grupos Los Rodríguez. “Le critico su facilidad para parecerse a Gipsy Kings, que me parecen increíbles al lado de lo que vino luego. Es fácil copiar una fórmula y adaptarla para el gran público como él hizo en Sin documentos, pero esa tonada de rumba ya la escuché millones de veces. Bien es cierto que [Calamaro] ya ha huido un poco de ese tópico, pero sigue muy lejos de lo que hizo allá en la Argentina”.

¿Comparte, entonces, la definición de surrealista maldito que siempre rodea a Spinetta? “Surrealismo es una palabra práctica que globaliza, pero todo argentino que se parezca un poco a Spinetta sufre el hecho de vender poco aunque tenga una obra trascendente. Es un bien y un mal, pero de manera automática deja de vender y muchos no están dispuestos a la clandestinidad porque quieren un éxito palpable. También yo lo he querido, pero ya no. Me importa poco si me llega o no en esta vida. Lo importante es que el alma vibre al escribir y que pueda ser una contraseña para otras generaciones futuras”.

Spinetta abanico

Ante el reciente álbum español Viejas canciones, publicado por la disquera independiente Nuevos Medios por empeño personal de su director, Mario Pacheco, el seminal escritor y compositor argentino advierte del riesgo de la variedad de estilos. El álbum incluye canciones en clave de rock, de blues y de tango. Él, que siempre fue un especialista en dotar a cada grabación de una personalidad propia indiscutible. “Es producto de un eclecticismo de épocas y sentidos por el que temo ser malentendido acá, pero estoy orgulloso de lograr el amor de esta gente en España para publicar porque lo más grande que uno puede tener como artista es el interés por el interés, sin pensar en beneficios ni rendimientos económicos a corto plazo”, asegura Luis Alberto Spinetta.

Ganancias que también se echan en falta en el mercado cultural de Buenos Aires, ahora que las producciones musicales apenas dan réditos por la costumbre nueva de la copia barata de discos y la piratería digital a través de la red. ¿Qué ocurre en Argentina? ¿Qué futuro artístico puede tener un artista de largo recorrido como Spinetta? “Esta situación es un pequeño espejo del mundo. Reflejo de que ahora triunfa la comida basura, el éxito rápido, el artista de reality show barato. Es una ecuación utilitarista planteada por las compañías discográficas, que están más interesadas en llenarse los bolsillos sin ver cómo ni por qué. Mi futuro es poder seguir escribiendo con intensidad. Mi forma de paliar el desastre es una forma heroicista de combatirlo. Es mi trabajo y mi amor, y no me importa mucho si reviento o me arruino mañana”.

Publicado en Diario de Avisos en julio de 2002

Un año sin Leonardo Favio

5 Nov

leonardo favio

Memoria del mejor cine argentino

por Carlos Fuentes

Pudo reinar con la balada pegajosa, pero no se conformó con una canción de moda. Llamado a definir las líneas maestras del cine argentino, Leonardo Favio retrató en austero blanco y negro el esfuerzo titánico de un país por abandonar el subdesarrollo y el hambre feroz. Con sus canciones se enamoró el argentino de la calle y su cine plasmó esa ansia del progreso que estaba por llegar. Fuad Jorge Jury, su verdadero nombre, falleció por una neumonía el 5 de noviembre.

Leonardo Favio aterrizó en Buenos Aires desde el interior rural con un sueño de cine en el bolsillo. Había nacido en 1938 en un pueblo de Mendoza, donde conoció la pobreza infantil y el abandono paterno, huella que marcaría su labor artística. Primero actor, con veintidós años debutó con el corto El amigo y ya en 1964 rodó su primera obra maestra, Crónica de un niño solo, reflejo de un compromiso social luego ampliado en El romance del Aniceto y la Francisca (1965), cuyo título original es Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más. Su mirada, su voz, una suerte de neorrealismo a la argentina, levantó vuelo con la esencial El dependiente (1969), para muchos la mejor película argentina de todos los tiempos. Ahí están todas sus señas de identidad: visión social, aromas de austeridad, retratos contemplativos mientras la vida pasa de largo. Pero no fue fácil su éxito: la dictadura negó el apoyo oficial y el filme tuvo que ganarse a pulso el aprecio público en un arduo trabajo de difusión popular.

Leonardo FavioLa apretura económica obligó a Favio a buscar sustento en la canción. En 1968 debutó con Fuiste mía un verano, balada que vendió 600.000 copias, once mil al día en los primeros meses. Y abrió la puerta del mercado latino con recitales por todo el país. Con el refrendo internacional del festival de Viña del Mar luego llegó otra veintena de discos. Pero el tuétano de Favio era el cine: encadenó títulos como Juan Moreira, Nazareno Cruz y el lobo o Gatica, el mono. De firme ideología peronista, religioso y revolucionario, salió al exilio para escapar vivo de la última dictadura militar y, ya de vuelta, en 1999 rodó Perón, sinfonía del sentimiento para cerrar su etapa de cine con Aniceto en 2008. A los 74 años acabó la trayectoria de un autor clave para entender al argentino de a pie, mucho antes de que Campanella, Trapero y Sorín encandilaran al mundo.

Publicado en la revista Rockdelux en noviembre de 2012

 

Músicas populares… cuando el tamaño no importa

26 Jul

zydeco

por Carlos Fuentes

“La miel nunca es buena en una sola boca”. Ali Farka Touré solía repetir este viejo proverbio africano cuando le preguntaban por el motivo que le llevaba a salir de su pueblo, Niafunké, en el desértico norte de Malí, para enseñar al mundo dónde nació el blues. Y explicaba el carismático guitarrista malí que la música popular, en su más amplia extensión, sólo cumple su papel de altavoz de los pueblos cuando sirve para tender puentes con otras regiones, con otras culturas. Hasta aquí, todos podríamos estar de acuerdo. Pero la pregunta aún sigue sin encontrar una respuesta justa: ¿Qué es, en verdad, música popular?

Si respetamos el valor semántico del término popular, las músicas tradicionales son aquellas que han logrado llegar a nuestros días después de cubrir una ruta con mil etapas, de generación en generación, para ofrecer un retrato sobre las costumbres, aspectos étnicos y hechos relevantes de la historia de los pueblos que las albergan. Hasta aquí, otra vez, todos de acuerdo. Pero, ¿son entonces músicas tradicionales el flamenco de España, el tango de Argentina, el soukous de Congo y, ejem, el rock de Estados Unidos? Sin duda. Como también lo son la bossa y el samba en Brasil, la cumbia en Colombia, la plena en Puerto Rico, la guajira, el son y el bolero en Cuba, la ranchera en México, el chaabi en los países del Magreb, el ágil mbalax en Senegal y la marrabenta en Mozambique.

music stampsHasta aquí llega el consenso. Pero, ¿qué papel juega ahora la música popular? ¿Son buenos tiempos para la lírica que nace en las calles, en los bares y en las fondas? Podemos convenir, que no es poco, que las músicas populares están disfrutando del respeto creciente del público mayoritario. No es casual que este giro a las raíces coincida ahora con el mayor auge de la técnica y la tecnología vinculada a la creación sonora. Hace unos meses, un portal de subastas puso a la venta una copia del primer álbum de Ali Farka Touré, editado en Francia a finales de los años 70, de tirada mínima y nunca más editado en disco de vinilo. Tras una semana de pujas, el disco grande superó un precio de cien dólares. E igual revalorización de lo antiguo disfrutan nuevas ediciones en formato digital de grabaciones africanas, latinas o europeas de difícil acceso hasta entonces. Por no hablar del giro vintage que han experimentado campos que definen la identidad y los hábitos de un colectivo como la alimentación, el vestuario, las lecturas, el cine o los viajes. Hoy mola lo viejo, y mola lo viejo porque, digamos, es auténtico. Se regresa al mueble de madera noble después de que nuestra generación anterior, nuestros padres, malvendieran el viejo arcón de la abuela para poder comprar una librería de contrachapado. Una mesita de metacrilato.

Hasta aquí esta somera observación sociológica, un arrebato de antropología. Porque usted se preguntará: ¿no veníamos aquí para leer sobre música? Sí, faltaría más. Pero primero hay que saber de dónde venimos para atisbar hacia dónde nos dirigimos. Podemos coincidir, si no es mucho pedir, que la actual era de velocidad con banda ancha y conexiones inalámbricas portátiles, en tiempos de wi-fi callejero como servicio público, está determinando pautas de consumo y de producción de bienes. Tangibles o no. Y es un mercado sobreexcitado el que contagia la confusión entre contenido y continente. Hoy, a lo peor, parece que es (mucho) más importante comprar un dispositivo digital que sea capaz de almacenar más de un millar de discos que velar por la calidad de las doce mil canciones en cuestión. En los tiempos del trending-topic diario parece que el motivo de orgullo está en el tamaño de la herramienta y no en su buen uso.

samba brazilQuizá por esta corriente cultural contagiosa, más pendiente de las formas que del fondo, la reacción del consumidor de música con fundamento lucha ahora por evitar lo que el anterior ministro brasileño de Cultura y unos de los padres fundadores del tropicalismo, Gilberto Gil, denuncia como “econometría” feroz de la dictadura del capitalismo: “una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”. Pero no todo progreso es malo. El paulatino abaratamiento de los medios de grabación y producción musical también ha ayudado a la recuperación y, por qué no decirlo, puesta en valor de las músicas tradicionales. Ya no hace falta movilizar a un regimiento de ingenieros de sonido para viajar hasta los centros comunales de conservación e interpretación de las músicas populares y lograr enseñar al mundo que abundan músicas por descubrir más allá de las ciudades de distribución del primer mundo. Otra vez Ali Farka Touré, el recuerdo de un músico genuino y sincero: “la miel nunca es buena en una sola boca”.

Porque si hay algo mejor que la música, como solía decir el productor Mario Pacheco (a quien van dedicadas estas líneas apresuradas), ese algo mejor es hablar de música. Y conversar sobre música significa continuar hasta el infinito la cadena oral de transmisión de unos sonidos populares que llegaron una vez al mundo para hacer la vida más interesante y entretenida, para tejer toda una memoria colectiva y sentar acta del desarrollo de los pueblos que las albergan. Ya se lo recordó Quincy Jones hace unos meses al periodista Carlos Galilea, apelando a un viejo consejo que el productor de Thriller (el disco más vendido de la historia, verdadera crónica popular contemporánea) recibió del saxofonista Ben Webster: “Allá donde vayas, escucha la música que escucha la gente del lugar, come la comida que comen, y aprende treinta o cuarenta palabras de su idioma”. Para continuar alimentando la cultura popular…

Publicado en el anuario de la SGAE en 2011

El bizarro tango centrífugo del argentino Daniel Melingo

19 Abr

Melingo 3

por Carlos Fuentes

Desembarcó en el tango desde el rock urbano en una suerte de evolución natural hacia las músicas nutritivas ancladas con pie en tierra. Y su motor de hiel y gasóleo ha ayudado a exorcizar el género que Borges definió como “un sentimiento triste que se baila”. Su última criatura explora paisajes desolados, reivindica la dignidad del perdedor y busca vetas nuevas para la milonga futura.

A Daniel Melingo la fuerza de inercia lo arrimó a un costado del tango. Ocurrió hace ahora tres lustros cuando este músico argentino de largo recorrido enfrentó la banda sonora del arrabal porteño como nuevo vehículo transmisor de su lengua afilada. Corazón y Hueso (World Village-Harmonia Mundi, 2011) apuntala la huida hacia delante de un artista criado en el rock urbano en español. “Llevo más de treinta años de carrera y ya he pasado por diferentes géneros, pero lo mío siempre fue la inquietud. Hace diez años que tengo una mirada hacia mis músicas cercanas, pero no me considero músico de rock ni de tango. Soy un músico en expansión que intenta empapar en otros géneros. Un músico en ejercicio que utiliza su experiencia en sus trabajos, no para dar consejos”.

DanielMelingoDaniel Melingo (Parque Patricio, Buenos Aires, 1957) atesora un currículo de estima. Con una formación híbrida entre lo clásico y lo popular, arrancó primero como miembro de la banda del brasileño Milton Nascimento. Luego, ya en los ochenta, integró Los Abuelos de la Nada, la locura deliciosa de aquel pionero efervescente que fue Miguel Ángel Peralta, y a mitad de esa década se unió al grupo de Charly García. “Aquel rock contaba lo que dejó de contar el tango. Porque la nostalgia y la melancolía no tienen época, son atemporales. Sin quererlo ahora estamos reflejando una determinada época con una mirada vintage, pero tal vez no nos damos cuenta de que estamos reflejando nuestra época”, explica Melingo. “En los ochenta queríamos hacer música mirando hacia los cincuenta y los sesenta, pero si la escuchamos hoy vemos que tiene características de los ochenta pese a que quiso parecerse a los sesenta. Es inevitable esa marca que damos en el instante que hacemos música. Siempre va a haber un detalle estético que va a determinar la época en que se ha hecho, más allá de donde se vaya la mirada”.

En tal suerte de ruta sin brújula, con estadías posteriores en Los Twist y luego, viviendo en Madrid, Lions In Love, Daniel Melingo ha encadenado cinco discos sustanciales –antes publicó Santa Milonga (2004) y Maldito Tango (2007) y algo atrás Tangos Bajos (1998) y Ufa (2003)– para entender a carta cabal la evolución última del tango urbano. Del usufructo del tango como gran área de pruebas junto a su banda, Los Ramones del Tango. “En mi familia la música popular siempre fue el tango, era gente de barrio, bailarines, milongueros… Transcurrí por diferentes etapas en el rock y la música electrónica, que fue lo que en los ochenta y los noventa me llamaba la atención. Pude ir madurando, acumulé conocimiento y experiencia, no solo en música popular y rock, también en música tradicional argentina. Ya son quince años de tango, una música que como nos ocurrió con el rock fue bastante cercenada en la época de la dictadura. Ellos se encargaron de tratar de desaparecer todo lo que fuera música popular”.

¿Un ex rockero como exorcista del tango? “La dictadura hay que exorcizarla en todos los géneros. El tango tiene más de cien años, ha ido evolucionando, van surgiendo estilos nuevos y el tango se va enriqueciendo. El exorcismo de los militares es inevitable porque la dictadura fue un gran agujero negro que se encargó de desaparecer todas las músicas populares. Hacer ese exorcismo ha sido un trabajo largo, arduo y duro. Cada músico ha ido haciendo un trabajo antropológico, como en el rock, que siempre tuvo muchos avatares. No fue fácil”.

Melingo 2

¿Y qué encuentra un músico urbano en el tango? “Infinidad de cosas. Ahondar el tango es entrar en su mundo interior. Y mi expansión musical viene de una fusión; a partir del tango y del rock, intento escribir mi música, mis canciones”. Aunque impera la visión de lo tradicional como algo totémico, como un bloque rígido… “Exacto. Pero en sus inicios, el tango se nutrió de diferentes géneros. Hoy yo no sé si estoy intentando seguir la corriente en sentido inverso, digamos que seguir la corriente que se hizo al comienzo del tango. Porque el tango fue un sonido nacido de la emigración. En el tango están la tarantela, el pasodoble, la milonga y la habanera. Y no hago oídos sordos a esas músicas para intentar, como argentino, cocinar y lograr su alquimia con el rock, la música cubana o el flamenco. Son elementos que siempre van nutriendo al escritor de canciones”.

En clave visual, Melingo ya puso música al proyecto Diaporamas, de Alberto García-Alix, y debuta con papel protagonista en cine con Una noche sin luna, primer largo del uruguayo Germán Tejeira. El rodaje comienza este mes. Es el título de una de sus canciones, y él escribirá la música junto a Liliana Herrero y Jaime Torres. Banda sonora para un músico preso. “Sí, un músico que lleva nueve años preso y obtiene permiso para tocar por el Fin de Año en un pueblito perdido en el interior de Uruguay. Todo ocurre esa noche de permiso, la noche de final de año”. Tango bizarro para el nuevo cine latino. ¿Otra revancha del tango como reflejo del alma negra de América? “Hay mucho mito con la palabra tango, pero tiene una raíz africana evidente. Y por extensión, en todo nuestro pueblo latinoamericano existe una raíz africana que sabemos de dónde viene. Y negar esas raíces es renegar de nuestra historia, pero hay una incidencia política en quien escribe la historia. Y ahora ya nos toca escribirla a nosotros”.

Publicado en la revista Rockdelux en diciembre de 2012

Polaroid de una voz extraordinaria

1 Mar

FITO PAEZ.JPG

por Carlos Fuentes

Su voz surgió en época de emergencia, cuando Argentina apenas sacaba la cabeza de un pozo de terror y miseria. Con el dolor latente por la perdida de las Malvinas, Rodolfo Páez Avalos (Rosario, 1963) se armó de voz y teclados para entregar un disco premonitorio. Del 63 marcó camino entre la new wave y la canción introspectiva. Veinticinco años y veinte discos después, Fito Páez entregó [hace cuatro años] el disco No sé si es Baires o Madrid, grabado en directo en 2008 junto a músicos amigos como Pablo Milanés, Joaquín Sabina, Ariel Rot, Pereza, Marlango y Gala Évora.

Fito Páez está satisfecho con su cosecha de primavera y asegura que atesora la misma energía de los años ochenta. ¿Queda mucho de aquel pibe del 63? “Todo confía, es inevitable ser hijo de tu madre y de tu padre. Vas creciendo y ves el desconcierto del mundo, pero aquella cosa de arrancar a cantar y tocar música está intacta, por suerte”. ¿Y como persona, qué fue de aquel flaco de Rosario? “Tendríamos que llamar al psicoanalista para hacer eso, no sé. Seré un cretino para algunos y buena gente para otros, pero la vida se trata de eso. Es así”.

Fito Páez reivindica los valores íntimos. Canciones como un mapa sentimental. “Uno siempre hace las cosas con amor. Está la coyuntura, el momento de cada lugar, inenarrable, pero la única imagen que se repite es un hombre encerrado en un cuarto con lápiz, papel y un piano. De eso podría hablar, no de cómo se ve eso desde fuera. El mejor momento para hacer cosas es cuando estás mal. Pero tampoco podría decir que es la únicamanera”, explica el cantante argentino.

No sé si es Baires o MadridNo sé si es Baires o Madrid fotografía los tiempos de un país, quizá dos, que crece entre convulsiones. ¿Hace justicia este disco a una carrera tan nutritiva? “Es que no creo que haya carrera”, zanja Páez. “Fue insólito porque no se pensó como disco, simplemente queríamos registrar una noche en Madrid. No primó la idea de hacer un álbum, pero después escuchamos el material y recién ahí apareció la idea del disco”.

Rotundo suena también cuando defiende la valía de sus invitados, un grupo heterogéneo sobre el que es inevitable la tentación de pensar que no todos están a la altura de las exigencias. Indiscutibles Pablo Milanés, Joaquín Sabina y Ariel Rot, ¿no hay luego medianías prematuras? “No. Explícalo tú porque yo jamás pensaría así. Son colegas que hacen música, gente que escuché y me encantó. Fue muy emocionante todo lo que pasó aquella noche de abril”.

Con Sabina, además, Contigo viene a sellar una reconciliación pública tras el experimento fallido de Enemigos íntimos y la guerra feroz que vino después. “Ya nos habíamos encontrado en Buenos Aires. Acá está la cámara y se ve todo, pero no hubo reconciliación. Es la relación que tienes con la gente, con la gente de buen corazón que siempre tiene como probable recuperar el vínculo”. ¿Mereció la pena pleito tan agrio? “Ocurrió. Estábamos los dos muy pasados de rosca. Él estaba en una ciudad ajena, viviendo de hotel. Y yo esperando a que él terminara sus cosas una cantidad de inconvenientes que hicieron una pelea pública que ni él ni yo quisimos”. Cineasta a tiempo parcial, Fito Páez vendió 750.000 discos de El amor después del amor, cifra récord en Argentina. Quizá por eso dice que Internet “es una suerte de democracia muy pobre, hay mucha promiscuidad”.

Publicado en el diario Público en marzo de 2009

Leve susurrar de canciones

9 Dic

Juana Molina

JUANA MOLINA

Por Carlos Fuentes

Nunca la etiqueta cantautora sonó tan reduccionista. Ni el adjetivo electrónica distorsionó tanto la comprensión cabal de un universo musical tan delicado. Abstracto verso suelto en el país del rock en castellano, la argentina Juana Molina es todavía una incógnita rara para el público hispano. La mujer que cambió éxito televisivo por canción inteligente habla aquí de fuegos fatuos, África y bosques melódicos.

juana molinaLa casa de Juana Molina es una escapatoria del ruido. Y de la fiebre de vivir. El pueblo de Ricardo Rojas está treinta kilómetros tierra argentina adentro, frente a la capital y al río de la Plata, al costado de la carretera panamericana. Llegar hasta aquí ha llevado dos horas en transporte público y, ahora, por esta calle estrecha, en una esquina perdida de un poblado periférico del conurbano de Buenos Aires, pasa un viejo Ford Falcón color gris verdoso. Guiño de memoria metálica al peor tiempo de la dictadura que, en 1976, obligó al exilio a la familia de la anfitriona. Juana Molina (Buenos Aires, 1962), hija del cantante de tangos Horacio Molina y de la actriz Chunchuna Villafañe (con ella huyó de la vesania y el horror, seis años de exilio, primero Madrid, luego París), ultima los ensayos para dos conciertos solitarios. Está en plena transición tranquila entre discos. El último, Un día (Domino Records), data ya de 2008. Atrás quedan otros cuatro, como Tres Cosas (2002), su osadía equiparada en méritos por The New York Times con Brian Wilson (Smile), Björk (Medúlla) y Kanye West (The College Dropout). Juana Molina sabe que se la espera, pero no tiene prisa. “Las giras me han impedido sentarme a componer. Y no soy de las que componen en los viajes”, explica esta voz leve de la canción pespuntada con electrónica amable.

¿Cómo nace una de sus canciones?

Necesito unos días para sumergirme en el futuro mundo. Y la distracción no me ayuda. Empiezo superficialmente y, de golpe, entro en la historia para ver hacia dónde quiero ir. Esto lleva dos, tres semanas, y una vez dentro no me detengo. Es un túnel por el que voy. Ahí las cosas vienen solas, si vienen de otra forma no me interesan: suelen ser superficiales y probablemente descartables. Cada canción tiene su surgir, una línea musical, una sucesión de acordes o de notas te inspiran hacer otra cosa. Al final llegan las letras, siempre tras la música. Me interesa más la música, la letra es una excusa para cantar melodías. Cuando canto siempre aparece alguna palabra o frase incluida en la melodía, ese es el tema de la canción. A veces resuelvo rápido, otras veces cuesta más porque cuando pongo letra siento que la canción pierde su lenguaje propio y abstracto. De golpe, con la letra, se hace más terrenal. Muchas veces dudo: me convenzo de que esa melodía necesita una letra para ser cantada, pero a veces veo que las letras sacan a las melodías de su lugar y la música se vuelve más pesada.

juana molina poster

¿Qué llevó a este sonido tan cálido en el país del rock en castellano?
No lo sé. Quizá por eso me costó tanto ser acá, siempre me sentí sapo de otro pozo. Será eso. Cada uno es sus influencias, las influencias son despertadores y no son voluntarias. Ocurre aunque no quieras. Y hay otras que te gustan y no te quedan, no son para vos. Cuando era más chica me gustaba mucho el funk y la música negra, pero de eso no hay nada en mí. Me gustaría citarlas como influencias, pero no hay nada en lo que hago. Sí están Ravel, Eduardo Mateo, Beatles, Stewart Copeland, Violeta Parra… los escuché, pero no sé qué tengo de ellos. Nacer en una familia muy crítica hizo que mi forma de escuchar sea tan crítica. Por eso me critico mucho y compongo cosas que luego descarto… son necesarias para limpiarme, aunque me lleve tiempo hacerlas. Sé que no van a ir a ningún lugar, pero me salen y no puedo evitarlo. Lo único que puedo evitar es que se publiquen. Muestro lo que quiero dar. No es lo mismo que te critiquen por algo que te gusta que lo hagan por algo que ni a ti misma te gusta.

¿Utiliza la electrónica como fin o más como medio?
Me sorprende cada vez que me preguntan por la electrónica. No siento que use electrónica, uso teclado. Si un teclado es electrónica, entonces sí. Me gustaría hacer música electrónica, es uno de los lenguajes que más me interesan pero no lo sé manejar. Querría hacer un disco bailable, pero no sé cómo. Imagino algo, pero lo hago y suena a otra cosa. De la idea al hecho hay muchos filtros, las capacidades, las posibilidades. Como un nadador que cree que mueve los brazos como el otro, pero el otro tiene un estilo hermoso y no se sabe bien por qué.

Quizá porque ha sabido encontrar lo hermoso en la sencillez eléctrica…

El tilde de folktrónica que se puso a mi música, que no me parece errado, se debe al simple hecho de que uso guitarra acústica. Si yo hiciera lo mismo con una eléctrica no sé cómo lo llamarían. Uso acústica porque es la que tengo, con la que me siento cómoda, pero si encontrara una guitarra eléctrica igual de cómoda y que me sugiriera la misma cantidad de cosas… son los instrumentos los que te sugieren qué hacer. No es lo mismo una guitarra que otra, no es lo mismo un sonido que otro. Para mí no existe el demo. No me sale componer pensando en que luego sonará distinto, porque ya el timbre del instrumento me sugiere lo próximo que vendrá encima. Y ese timbre no puede ser distinto. Es como un bosque lleno de árboles: el sonido de un demo es el tronco del árbol y el timbre son todas las ramas. Cuando entras a un bosque, las ramas ya están mezcladas, los timbres se van mezclando. Si cambiara todos los instrumentos y tocara la misma música con otros, sería como un bosque sin ramas. ¿Cómo llegó a mi sonido? Es una pregunta sin respuesta, llego yendo.

Juana Molina¿Le sorprende el alcance de su obra en países de habla no hispana?

Siempre tengo miedo de que no venga nadie a mis conciertos, siempre viví con ese miedo dentro. No sé muy bien por qué ocurre. La primera vez que toqué en Londres, desde las primeras notas sentí una comunión increíble con el público. Fue estupendo, capté que las trescientas personas aprobaban lo que hacía. No sé si es masivo, pero siento que hay una comunión. Me siento muy celta, lo celta me conmueve, su música, las gaitas me conmueven. No sé dónde tengo ese gen celta, pero en algún lado lo tengo. Yo veo roca, pasto y niebla y ya me siento como en casa. Siento algo mío, aunque nací en Argentina, hija de un cantante de tango y nieta de españoles. Pero escucho canciones de Thomas Campion cantadas por Alfred Deller y no puedo estar con alguien. Me conmuevo, entro en estado casi de shock. La música antigua inglesa me deshace, me deshace realmente porque me llega a un lugar al que no llegan otras. También me pasa con algunas cosas africanas: me dejan perpleja, deshecha, desarmada… es algo realmente profundo que está dentro. No sé de dónde viene, pero lo tengo.

¿Y ayudó esta huella para su conexión africana con Congotronics?

Fue una experiencia muy intensa, por decirlo de la forma más cercana que se pueda decir. Había choques culturales muy fuertes, no fue simple. Los códigos son fundamentales para llevar algo adelante y, al principio, piensas que todos lo entendieron, pero al primer mes ves que nadie entendió nada de nadie. Pero me interesó intentar llegar a entendernos un poco. Es lo que más me gustó de esa experiencia. Ver cómo sienten, por qué sienten, por qué sienten una cosa y no otra. Fui más observadora que otra cosa, como nunca, porque yo de natural soy muy activa. Siempre estoy sacando punta al lápiz para trazar una línea fina a las cosas. Sentí que había mucho que no se decía, muchos percibíamos que había algo flotando que no se decía. Y quise descifrar eso para sentirme más cómoda y no quedarnos en sí, bien, esto es un encuentro con africanos en un proyecto multicultural pero no entendemos nada de nadie. Lo sufrí, pero al final logré lazos fuertes, verdaderos. Fue complejo, pero igual me encantó hacerlo.

Juana Molina en Lunes del ParaninfoDifícil imaginar la carrera de Juana Molina sin una disquera extranjera…

¡Yo qué sé! En Argentina se dio una situación incómoda cuando empezaba: muchos iban a verme porque conocían mi nombre por la televisión. De ese público, y era enorme, no sé cuántos quedaron porque les gustaba. Iba a un concierto y a la mitad había mucha menos gente. Al final, apenas cincuenta. Pero era un alivio, y yo algunas veces preguntaba: ¿empezamos de nuevo ahora que estamos los que queremos estar? A partir de ellos se fue formando otro público. Fichar por Domino hizo que más gente se enterara y se diera ese titular ridículo: “Vuelve triunfante de Europa”. Pero no creo que eso te dé más público, sí da posibilidad de que más gente te conozca. Hoy no estamos para que un disco tenga dos oportunidades, estoy condenada a que a mucha gente nunca le guste lo que hago. Sé que jamás me va a dar segunda oportunidad. Cuando empecé me decían que estaba loca, ¿no quieres poner algunas otras cosas a tus canciones? (risas) Pero yo no sacrifiqué una exitosa carrera de actriz para hacer algo que no me guste. No lo hago para tener éxito, lo hago porque si no lo hago me muero. Y muy de a poco, pero a paso seguro, empecé a tener más adeptos. Aunque sé que a la mayoría de la gente no le gusta mi música a la primera: escucharme es como aprender a aprender otro idioma.

Congotronics vs Rockers

África y las cintas robadas

Lo último de Juana Molina fue el proyecto Congotronics vs Rockers (2011), la reunión de grupos occidentales (Deerhoof, Skeletons, Wildbirds & Peacedrums) con la polirritmia febril de los congoleños Konono Nº1 y Kasai All Stars. Para la argentina era una cuenta pendiente y un mal recuerdo: “Tuve curiosidad por lo africano cuando vivía en Francia, pero ocurrió una desgracia lamentable que no pude remediar. En 1982, cuando ya volvía de Europa, pasé meses grabando discos prestados y programas de radio en cintas caseras. Reuní cuatrocientos casetes de noventa minutos, pero me robaron todo al llegar acá. Y nunca más recuperé esa música”, explica. “No me pude recuperar de la pérdida de gran parte del alimento musical de seis años en Europa, fue como si me hubieran lobotomizado. Olvidé esas músicas y ya nunca más compré discos”. Y ahora, ¿cómo se guía? “Hay tal cantidad de oferta que antes debes informarte, leer para saber qué quieres comprar. Voy a una tienda de discos, me quedo parada en medio de las góndolas y me voy sin nada porque no sé qué elegir”,  admite Juana Molina. “Por suerte, existe YouTube y descubro cosas por casualidad, pero me falta curiosidad. No soy tan curiosa para estar investigando”.

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2012