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Gorée, una isla para no olvidar las lecciones de la historia

26 Ago

por Carlos Fuentes

Pocos lugares condensan tanta historia y tanta carga emocional como esta pequeña isla situada en la bahía de Dakar, frente a la capital de Senegal. Con un pasado marcado por la explotación del ser humano, la esclavitud y el expolio de África, la isla de Gorée es ahora un lugar de recogimiento, respeto y sentido homenaje para recordar aquellos tiempos pasados que fueron peores.

Accesible en una cómoda excursión de media hora en transbordador, a apenas tres kilómetros de distancia del agitado puerto de Dakar, la capital de Senegal, la isla de Gorée tiene una superficie de diecisiete hectáreas con forma de bumerán. Al abrigo de su pequeña rada se encuentran el puerto pesquero y la playa donde locales y vecinos de Dakar acostumbran a disfrutar del descanso, el mar y el sol. Declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1978, esta pequeña prolongación isleña del país de referencia del África occidental atesora una historia de intensidad incomparable.

Aquí, en Gorée, se encuentra la Casa de los Esclavos, el lugar desde donde se traficaba con seres humanos hacia las potencias coloniales de Europa y, sobre todo, hacia las grandes plantaciones agrícolas de América. Construida a finales del siglo XVIII, la Maison des Esclaves fue reabierta como museo en 1962 para honrar la memoria de los millones de africanos que fueron secuestrados de sus pueblos, vendidos como cualquier otra mercancía y luego transportados a la fuerza en condiciones infames de salud hacia los puertos del nuevo mundo.

Malecón de isla de Gorée (Senegal)

En la isla de Gorée se puede visitar la Puerta del No Retorno, una pequeña ventana de piedra labrada donde eran embarcados los esclavos capturados en el interior del continente con destino a América. Los traficantes esclavistas, que llevaban a África productos manufacturados, estaban establecidos en puertos europeos como Nantes y El Havre (Francia), Bristol y Liverpool (Gran Bretaña) y Amsterdam (Holanda), adonde llegaban después materias primas, metales preciosos y maderas que lograban en América con los beneficios de la trata. En ese triángulo vicioso, que comenzó en 1619 cuando un barco negrero holandés desembarcó con los primeros esclavos africanos en las costas de Virginia, se estima que fueron transportados más de diez millones de personas africanas.

Ahora en la isla de Gorée la estampa austera de la Puerta del No Retorno, pura piedra marcada por las huellas del salitre, testimonia el último recuerdo africano que los miles de esclavos se llevaban del continente. Punto neurálgico de esta isla senegalesa, la Puerta del No Retorno ha sido homenajeada entre otros por figuras emblemáticas de la raza negra como el primer afroamericano elegido presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el emblemático líder para la emancipación de África Nelson Mandela. “Este es un testimonio de lo que pasa cuando no estamos vigilantes para defender los derechos humanos, pero esta visita me da incluso mayores motivos para defender los derechos humanos en cualquier lugar del mundo”, señaló el presidente Obama en su viaje de 2013. En 1992 el papa Juan Pablo II ya pidió perdón por los siglos de esclavitud.

Casa de los Esclavos en Gorée (Senegal)

Pero la historia de la isla de Gorée no es sólo el recuerdo de una tragedia, de aquella época oscura de la historia que también es reivindicada en otras zonas de las costas de África occidental como las localidades senegalesas de Podor, Matam, Juffure, Saint Louis o Saly, así como en Fort James (Gambia). Esta acogedora isla sin coches ni carreteras asfaltadas ofrece más puntos de interés histórico, social y cultural como el Museo de la Historia de Senegal, el Museo del Mar, el Museo de la Mujer Africana, la veterana escuela William Ponty y la antigua fortaleza que daba protección a Gorée de asaltos navales de piratas.

Puerto de la isla de Gorée (Senegal)

También es interesante la oferta de ocio, centrada en la zona de la pequeña bahía con algunos restaurantes y cafeterías con terrazas que ofrecen comidas típicas senegalesas como el chebuyem de arroz y pescado fresco o bebidas tradicionales como el té hecho con flores del hibisco llamado bissap. Antes de regresar al transbordador que devuelve a los visitantes a la agitada vida urbana de Dakar, merece la pena pasar un rato de descanso en alguna de estas terrazas para disfrutar de una panorámica única sobre el puerto de la isla de Gorée y no olvidar nunca las lecciones que nos deja la historia más trágica de África.  

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Artesanía africana para todos los gustos

Cualquier viaje a Senegal es una buena excusa para pertrecharse de objetos de artesanía africana con los que luego recordar las vacaciones. Y en Dakar la oferta es casi infinita. En la gran metrópoli del África occidental existe media docena de mercados callejeros en los que el visitante puede adquirir vistosas telas estampadas, esculturas fabricadas con maderas nobles y joyería étnica. Si usted regresa de una excursión a la isla de Gorée tiene muy cerca uno de los mercados más interesantes. Instalado en la antigua estación ferroviaria que comunica Dakar con la ciudad de Bamako, capital del vecino Malí, el mercado abunda en abalorios de plata, bolsos de piel y piezas tradicionales con motivos religiosos. Aquí todo viene envuelto en ese reposado saber vivir africano en el que nunca falta la buena música, el trato cordial de los comerciantes y algunas ventas de comida y repostería africana recomendable para todos los gustos.

Publicado en la revista NT en febrero de 2015

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Les Ambassadeurs de Bamako: aquí (en África) empezó todo

10 Abr

Les Ambassadeurs du Motel de Bamako

por Carlos Fuentes
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Pocas veces un regreso ha estado a la altura de la leyenda. En los años 70 reinaron en los guateques de África con un sonido ardiente pespuntado de soul, rock y jazz, también de valse musette, tango y aromas latinos. Se extinguieron en 1985 entre el éxodo europeo y la desidia africana. Salif Keita, Amadou Bagayoko y Cheick Tidiane Seck traen de vuelta a Les Ambassadeurs du Motel de Bamako.

La línea ferroviaria que comunica Bamako (Malí) y la capital de Senegal, Dakar, se estira 1.287 kilómetros sobre la tierra dura del Sahel. La cicatriz que separa el gran Sahara de la enorme sabana africana. Creado a finales del siglo XIX por las autoridades coloniales francesas para llevar cosechas y minerales, el tren se convirtió pronto en vehículo de cohesión para malíes y senegaleses. Y las estaciones finales, puntos de encuentro con las culturas de ambos países. En este escenario febril surgieron en 1970 dos conjuntos musicales dedicados a amenizar las horas de espera en la estación ferroviaria y el hotel de Bamako, y que iban a sentar las bases de las músicas nutritivas del oeste africano: la Rail Band y Les Ambassadeurs. Proyectos comunicantes (pero distintos: la Rail Band más clásica, Les Ambassadeurs más cosmopolita y chic), con músicos que cambiaban a veces de bando, estos grupos integran una seminal lista de artistas africanos de ámbito supranacional junto a la guineana Bembeya Jazz, la congoleña OK Jazz de Franco o la Orchestra Poly-Rythmo de Cotonou.

En tres lustros de vida, en plena efervescencia por la independencia nacional lograda en 1960, Les Ambassadeurs encarnó los anhelos de panafricanismo, negritud y socialismo. Y pergeñó la banda sonora para toda una generación de africanos que, por vez primera en siglos, se sentía libre del cepo colonial. Eran años de música social, con debido respeto a la tradición ancestral de los griots, en los que una orquesta solo era orquesta si combinaba con descaro ritmos y bailes: soul, rock y jazz, pero también vals, mambo, tango y pachanga. Porque cada noche, el salón del motel de Bamako fulgía como el crisol que África quiso ser. Ahora, casi tres décadas después de su desaparición, Les Ambassadeurs vuelve a los escenarios con su trilogía de comandantes al frente: la voz líquida del albino Salif Keita, la guitarra sinuosa de Amadou Bagayoko y el teclista y arreglista Cheick Tidiane Seck. El 25 de julio abre gira mundial en La Mar de Músicas (Cartagena). Con una música que, según Toumani Diabaté, el imperial griot malí de la kora, “es nuestro algodón, nuestro oro, nuestros diamantes”.

Salif Keita Les Ambassadeurs

¿Por qué regresa Les Ambassadeurs y por qué ahora? (Salif Keita): “Por nostalgia, sin duda. Estoy en un punto de inflexión en mi carrera y quiero revivir esos grandes momentos”. (Amadou Bagayoko): “Teníamos ganas de revivir ese pasado, redescubrir la música que hicimos juntos”. (Cheick Tidiane Seck): “Estábamos unidos por fuertes vínculos, éramos una familia musical y social. Y ahora queremos sentir otra vez la unión sagrada que nos convirtió en orquesta legendaria. Hoy el mundo necesita aún más alegría y un mensaje de paz”.

¿Y qué puede ofrecer un grupo como Les Ambassadeurs después de 30 años? ¿Cómo será uno de sus conciertos? (Seck): “Revisitaremos nuestro añejo repertorio. El instinto de juventud nos obliga y, lo dijo Amadou Hampâté, “el viejo es el que posee el conocimiento”. Preferimos ser jóvenes de sesenta porque, digamos, somos viejos de diecisiete que dominan su trabajo”. (Keita): “Queremos sumergirnos en la nostalgia de aquellos momentos mágicos que vivimos en el motel de Bamako, aunque allí no hacíamos conciertos sino unas sesiones de baile nocturno. Guardo muy buenos recuerdos de aquellos viejos tiempos”. (Bagayoko): “Nuestros nuevos conciertos se van a parecer a los que dábamos en aquella época, porque la gente quiere volver a escuchar esas canciones”. (Seck): “Nuestra sinceridad musical es nuestra única arma real”.

Les Ambassadeurs de Bamako

Nostalgia genuina para tiempos de crisis. Pero mucho ha cambiado la escena musical en África desde 1970, cuando Les Ambassadeurs se convirtió en grupo de referencia para gran parte de la juventud negra en África occidental. Ahora los músicos del continente poseen estimable cuota de mercado (world music la llaman), algunos incluso atesoran cierto éxito mundial (Miriam Makeba, Cesária Évora,  Youssou N´Dour, Ali Farka Touré, Khaled) y no dejan de surgir relevos de enjundia (Femi Kuti, Bassekou Kouyaté, Konono Nº1). Pero nada como Salif Keita y su vida entre dos mundos: ya estrella en la Rail Band y luego en Les Ambassadeurs (su marcha en 1973, junto al guitarrista Kanté Manfila, provocó un cisma histórico y marcó un hito en el reclamo por los derechos del músico en África: “como si Mick Jagger se hubiera ido a The Beatles en 1964”, asegura Andy Morgan), la voz de Malí dio el salto europeo año antes de la desaparición de Les Ambassadeurs. Desde 1984 el autor de discos seminales como Soro y Moffou conoce los claroscuros del negocio musical. Y habla por experiencia.

¿Qué ha cambiado de la música africana en este tiempo? (Keita): “Hoy la música es demasiado eléctrica por las aportaciones de los DJ´s. Cada vez es más techno. Las nuevas tecnologías traen muchas cosas interesantes, pero no debemos perder de vista la esencia de las músicas”. (Seck): “En la música africana, como en la universal, la aparición de nuevas máquinas ha cambiado el concepto de la producción. Parece como si hubiera acabado la necesidad de dominar un instrumento. Y han aparecido productores y discográficas que no saben ni qué es una clave de sol. Hubo un tiempo en el que para grabar había que hacerlo todos juntos, sin equivocarse, porque no existían multipistas. Había que conocer el instrumento y saber tocarlo en beneficio de todos”. (Bagayoko): “Mucho cambió. Hubo mucha mezcla entre música la africana y la occidental”.

Mirando atrás, ¿qué aportó África a la escena cultural actual? (Bagayoko): “Las músicas africanas trajeron cierto sentido de la rítmica, melodías originales y, por supuesto, la aportación de nuestros instrumentos musicales tradicionales”. (Keita): “La música africana ha aportado su contenido y sonoridad, y ha permitido inspirarse a músicos de otros ámbitos para realizar algunas mezclas extraordinarias”. (Seck): “Las músicas africanas han restituido las bases fundamentales de la cultura contemporánea e incluso más”.

Ambassadeurs

El regreso europeo de Les Ambassadeurs conecta, además, con una lectura en clave africana. Y no sólo desde el prisma cultural. Amparadas, y algunas veces creadas desde los gobiernos de turno, estas orquestas tuvieron un rol social y político en la creación de conciencia de país en las sociedades africanas de la última mitad del siglo pasado. En 1960, el año del África libre, el continente era un conglomerado de colonias separadas con escuadra y cartabón. En 2014 su población es cinco veces mayor, los jóvenes piden el relevo en las calles y, ay, el hambre y la violencia duran ya tanto que parecen plagas bíblicas. Pero no siempre fue así: en los años setenta la ilusión contagiaba todo. Y en el oeste de África, los clubes de Bamako, Dakar o Abiyán bailaban con Les Ambassadeurs y compañía mientras Malick Sidibé captaba unos retratos que son leyenda de época. Imagínese usted cómo estaba el patio que en 1974 se tuvo que disputar en Bamako una batalla de orquestas para, voto popular, elegir la mejor. Ganó, por cierto, Les Ambassadeurs con una pieza, Kibaru, de veintiún minutos.

¿Cómo ayudó la música africana a crear conciencia de África después de la independencia? (Seck): “Como fenómeno sociocultural ha acompañado siempre toda la evolución de la sociedad africana. En momentos de dolor o de alegría, la música ha sido elemento omnipresente en las vidas de los africanos. Y es una suerte de espejo de nuestra sociedad tras siglos de esclavitud y de colonización”. (Keita): “Ha logrado dar a conocer el continente, su gente y sus culturas”. (Bagayoko): “Entonces la música tuvo gran papel. Hubo auge de músicas africanas que apoyaron al pueblo ante la nueva situación política”.

¿Y aquellos sueños de África se hicieron realidad? (Keita): “Sí, porque los países han conocido la democracia. Sin embargo, no todo es perfecto. El lado negativo es que la democracia no ha sido bien entendida, no está realmente al servicio de la población, de los ciudadanos”. (Seck): “África está progresando, pero sus sueños mueren. La dependencia y la corrupción ligada a la pobreza son los problemas principales. Y hay que decir que las grandes potencias no nos ponen las cosas fáciles. Tengo la esperanza de que África deje atrás todo esto”. (Bagayoko): “Algunos sueños se hicieron realidad, pero otros jamás”.

¿Y los sueños de sus músicos? Porque si un artista africano no graba con una disquera occidental parece que no existe… (Keita): “Es triste, pero esto es lo que se constata tristemente. Y ahora la música está en peligro por la piratería y las descargas ilegales”. (Seck): “Hay muchos artistas africanos que han sido reconocidos por el trabajo hecho en África como Fela Kuti o Youssou N´Dour, sólo por mencionar algunos. Y a pesar de la masiva inmigración de artistas africanos al extranjero, tenemos derecho a hacernos valer. Luchamos para tener más visibilidad y más reconocimiento. Mi visión del mundo de la música es que no debe estar bajo el control del poder, se debe abrir a una verdadera mezcla de culturas, fuera del control del sistema”. (Bagayoko): “Es cierto que puedes ser reconocido trabajando solo en África, pero es innegable que si eres reconocido fuera se te abre un público mayor. Porque el futuro de la música pasará por las nuevas experiencias entre los países del norte y el sur. El futuro de la música está en su lado universal que permite esos encuentros”.

Guía (mínima) por el guateque de África

Les Ambassadeurs du Motel de BamakoNo es sencillo trazar la hoja de ruta de la discografía africana de los efervescentes años 60 y 70. Tiempos marcados por la independencia en lo político y por una amplitud de estilos y ritmos ejecutados por mil orquestas en lo sociocultural. Pero también por las limitaciones de la incipiente industria musical en el continente. No es fácil seguir la pista de Les Ambassadeurs du Motel de Bamako, el nombre oficial que tomó un proyecto auspiciado por el Ministerio del Interior y el militar golpista Tiékoro Bagayoko para rivalizar con la Rail Band du Buffet Hotel de la Gare de Bamako promovida por el Ministerio de Transporte. Aunque la alineación de los embajadores era imbatible: el saxo de Moussa “Vieux” Cissoko, las voces de Salif Keita y Ousmane Dia, las guitarras de Kanté Manfila y Amadou Bagayoko, también el griot guineano Mory Kanté (ausente ahora por enfermedad) y el teclista y arreglista Cheick Tidiane Seck.

De 1975, bajo la dirección de Kanté Manfila, es el sencillo Ambassadeur/Mana Mana (Sonafric). En esta disquera saldría un primer álbum en 1976, titulado como el grupo, y al año siguiente, dos discos sin título que gozarían de gran popularidad. En 1978 el sello Amons editó la epopeya mandinga Mandjou a una banda ya convertida en Ambassadeur International y afincada en Costa de Marfil. A principios de los años 80, la orquesta encadenó cinco discos notables (luego reeditados) como Seydou Bathily, Bithiéloulé, Mani Mani, Tounkan o Djougouya. En 2010 Universal editó Mandjou y Toukan en sendos discos dobles. ¿Habrá nuevo álbum? Cheick Tidiane Seck lanza el reto (“sería un broche de oro para esta gira, se debería hacer”), Salif Keita deja una puerta abierta (“vamos a ver, Dios dispondrá”) y Toumani Diabaté, que vio triunfar a Les Ambassadeurs, aplaude la vuelta inesperada: “No solo fueron embajadores verdaderos, lograron que el talento musical malí del siglo XX conquistara el mundo. Les Ambassadeurs son un símbolo de Malí como potencia cultural”.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2014

 

Tombuctú, la biblioteca milenaria del desierto

20 Nov

Tombuctú manuscritos

por Carlos Fuentes

El viajero puede llegar en avión desde Bamako, la capital de Malí, aunque el trayecto resultaría demasiado efímero, fútil. Mejor, tan cautivador como incómodo, es hacerlo en un cayuco de madera, catorce horas río Níger abajo desde Mopti a Niafunké, y luego, en vehículo todoterreno, tres horas de pista arcillosa hasta Tombuctú.

En la capital del desierto, frontera mítica entre la región del Magreb y la inmensidad infinita del África negra, sobrevive la biblioteca Ahmed Baba, donde más de treinta mil documentos manuscritos son la memoria impresa de la presencia islámica en África. “¡Aquí está nuestra historia!”, exclama Ghair Abdel. Y abre una puerta de chapa metálica, la última frontera que nos separa de legajos con hasta mil años de vida que ahora hibernan entre decenas de cajas de cartón, vitrinas llenas de polvo y montañitas de arena amarilla en el suelo.

De nombre oficial Instituto de Investigación y Documentación Islámica Ahmed Baba, la biblioteca de Tombuctú atesora más de 30.000 manuscritos y ediciones de textos religiosos y literarios, mapas de viaje y notas comerciales. Son el disco duro de una ciudad que durante seis siglos tuvo lugar preferente en la historia.

Fundada en el siglo XI por grupos de nómadas de la etnia tuareg para organizar el trueque de esclavos y el comercio de oro procedente del sur por sal y cobre originarios del norte, Tombuctú ejerció como eje neurálgico del Impero Malí. Fue ocupada en el año 1468 por guerreros songhai, arrasada luego por hordas de soldados marroquíes en 1591 y, al fin, reconquistada por el ejército de los hombres azules en 1737. Por este acervo, Tombuctú mereció halagos de “ciudad misteriosa” del desierto, y fue considerada como “la Atenas de África”. En la actualidad, la ciudad malí de los 333 santos acoge a unos 35.000 habitantes.

Timbuktu - Tombuctú

El mayor patrimonio de la capital del desierto, situada a novecientos kilómetros al norte de la capital Bamako, reside en la biblioteca Ahmed Baba y en otro par de centros privados de conservación de manuscritos que gestionan familias de larga estirpe. Creado en 1970 por Naciones Unidas, el Instituto Ahmed Baba concentra el esfuerzo internacional para que la memoria impresa de la presencia islámica en África no se disuelva en la arena. Pero, vistas las condiciones en las que se almacena el legado, el visitante termina por ceder a la tentación pesimista. Aquí no abundan medios de conservación, pero sobran el polvo, el calor infame de los días y el frío, seco y afilado, de las noches de invierno. “No es la mejor manera de cuidar libros, pero trabajamos duro”, indica su vigilante.

Afuera, entre calles resecas por el polvo del desierto y algunas mínimas bibliotecas familiares, como la denominada Kader Haidara, donde se conservan varios miles de legajos y manuscritos del total de cien mil que ahora existen en la ciudad de Tombuctú, la fotografía actual de esta ancestral Meca literaria del Sáhara oscila entre el perfil puntiagudo de sus tres grandes templos de adobe, las mezquitas de Djingareyber (construida en el siglo XIV), de Sankoré y de Sidi Yéhia (edificadas ambas en el siglo XV), y la destartalada plaza de mercado en la que se realiza la actividad comercial, reducida en estos tiempos de penuria a la compra-venta de alimentos, enseres domésticos y productos textiles.

Tombuctú libros

Porque en las calles de Tombuctú niños empobrecidos de cara empolvada trasiegan con pollos vivos que están en venta mientras buscavidas se acercan y tratan de colocar sus navajas repujadas en cuero o pedazos de sal mineral excavados más al norte, en la localidad desértica de Taoudenni. Pero toca regresar a Niafunké, otras tres horas de pista agreste aq través del desierto, el pequeño pueblo rural situado a orillas del río Níger que gobernó como alcalde el mítico bluesman Ali Farka Touré. Una visita a su tumba, modesto enterramiento alicatado de blanco situado bajo un árbol escaso a las afueras de la villa, devuelve al ritmo cansino que marca la vida cotidiana en este lugar de África.

Publicado en el diario Público en abril de 2009

La alegre música africana de los ciegos de Malí

18 Dic

Amadou & Mariam

AMADOU & MARIAM

por Carlos Fuentes

Se equivocó quien pensó que apenas eran otra anécdota simpática llegada de África. Quince años y siete discos grandes después, los malíes Amadou Bagayoko y Mariam Doumbia han logrado trasladar su afro-pop ardiente y pegajoso a sitios nuevos en la música actual. El cuento feliz de la pareja de ciegos de Bamako reivindica audacia y superación ante la tristeza contagiosa de estos días de cólera.

Esta es la historia de una lucha cotidiana, el cuento optimista de una pareja de invidentes africanos que, lejos de caer en el derrotismo, hizo de la necesidad virtud para defender su carrera artística en una de las minas sonoras del oeste de África. El guitarrista Amadou Bagayoko y la cantante Mariam Doumbia ya habían publicado cuatro discos entre 1999 y 2003, pero fue la aparición de un socio europeo el factor que terminó por diseñar ese sonido ardiente y pegajoso que caracteriza el afro-pop de la pareja de ciegos más famosa de Malí. Con la llegada de Manu Chao a Bamako, provocada por la escucha accidental de una canción del dúo mientras viajaba en taxi por las calles de París, la música de Amadou & Mariam dio un salto en calidad y proyección internacional en el disco Dimanche à Bamako (2004). Paso adelante en profundidad de campo, con el sonido pespuntado con retazos de música global que caracteriza al superhéroe que una vez fue capitán de Mano Negra. Y el resto, valga el tópico, es historia. Pero una historia de las buenas, de esas que conviene leer en días de cólera para, por si aún quedan dudas, entender que el mundo no acaba hoy. Y que es mejor seguir camino a estar bloqueado en la melancolía de la derrota pasajera.

amadou et mariam

Amadou Bagayoko, que antes de conocer a Mariam Doumbia, ya participaba en los recitales que el seminal grupo Les Ambassadeurs ofrecía cada noche en el hotel de la estación de trenes de Bamako, luce contento y satisfecho. Ahora se cumplen treinta años de su unión, sentimental y artística, con Mariam tras conocerse en un colegio para ciegos. Él, que pronto cumplirá 58 años, perdió la visión a los dieciséis. Mariam, cuatro años más joven, sufrió una enfermedad a los cinco. En 1982 comenzaron a cantar juntos en la orquesta Eclipse dirigida por Idrissa Soumaouro. “Nuestra música ha evolucionado mucho estos años porque cada vez que grabamos hemos intentado añadir novedades a nuestras canciones”, cuenta por teléfono el guitarrista. “Ahora somos más universales porque hemos adoptado aspectos de la música electrónica, pero también del jazz y del blues. Esta voluntad también se puede ver en la diversidad de instrumentos que utilizamos, a balafón y kora tradicionales añadimos otros contemporáneos. Y eso ha permitido evolucionar a nuestra música hacia mayor universalidad”. ¿Y esta mayor proyección internacional ha cambiado también a las personas? “No, no creo”, responde, “seguimos siendo los mismos Amadou y Mariam, aunque quizás sí se han modificado algunas de nuestras preocupaciones. Tener éxito y ser conocidos a nivel mundial nos ha permitido implicarnos más en otros aspectos humanitarios. En ese sentido sí que hemos cambiado, pero quizá desde fuera no se vea. Nunca esperas éxito tan grande que permita que tus canciones sean conocidas por tanta gente a nivel mundial. A veces habíamos pensado en ser conocidos en nuestro ámbito, pero no en todo el planeta”.

amadou bagayokoDebe ser así. De hecho, su nuevo disco, Folila (Because Music, 2012), ofrece una invitación al baile. “En el idioma bambara, la palabra folila significa “vengan todos juntos a hacer música” y lo hemos titulado así porque en el disco hemos invitado a algunos amigos”, explica Amadou Bagayoko. “Las canciones fueron grabadas en tres lugares diferentes, en Estados Unidos, en África y en Europa, porque quisimos dar una dimensión universal a los nuevos temas. Planteamos este disco como encuentro de músicos de diferentes estilos, del rock al blues y los ritmos tradicionales”. Sin embargo, el álbum final es el producto de cambios sobre la marcha. Porque el plan original era grabar Folila en un formato doble: registrar las canciones con arreglos, digamos, tradicionales y también añadir un segundo disco con las mismas piezas pasadas por un tamiz más global. ¿Que haya quedado todo en un solo disco supone cierto fracaso? “No lo creo”, rebate Amadou Bagayoko. “Es cierto que al principio planteamos grabar dos álbumes diferentes, pero durante la grabación íbamos cayendo en la cuenta de que todo lo que hacíamos tenía un punto de conexión. Y finalmente decidimos combinar todo lo logrado en esas sesiones para publicar la música en un único disco”. En Folila participan artistas occidentales como el francés Bertrand Cantat (Noir Désir), Santigold, TV On The Radio y Jake Shears (Scissors Sisters). “Muchas de las colaboraciones suelen surgir a partir de encuentros en festivales en los que coincidimos con otros artistas. Y suele ser gente con la que hemos tenido la oportunidad de tocar en un escenario. En el caso de Bertrand Cantat, él nos fue a ver actuar y así surgió la idea de una futura colaboración. Con TV On The Radio nos encontramos en Nueva York. Así surgen colaboraciones con las que buscamos una diversidad basada en la diferencia. Buscamos artistas capaces de aportar otros colores, otras formas de hacer música y otras voces a nuestras canciones. Y todo ese proceso nos enriquece como músicos y como personas”.

mariam doumbia¿Y el hecho de que sean ciegos juega algún papel en la proyección lograda en los últimos tiempos? Porque, con el debido respeto, hay quienes dicen que la repercusión internacional de Amadou & Mariam tiene que ver con cierta caridad mal entendida con África. Amadou Bagayoko no esquiva la pregunta. Es más, parece que la esperaba. “Creo que nuestro éxito tiene mucho que ver con el valor, con el hecho de que seamos dos personas ciegas y que no nos hayamos quedado quietas en nuestro mundo. Eso ha sido muy apreciado por el público. Y nuestro éxito depende mucho de nuestro valor y de nuestra determinación, es lo que la gente ha valorado mucho”. No es habitual esta visión de África, donde parece que solo hay novedades cuando llegan malas noticias. Porque África, por desgracia, se sigue asociando a pobreza, guerra y discriminación. Y quizá la música de Amadou & Mariam permita que el mundo occidental abra los ojos. “Estoy absolutamente de acuerdo con este análisis que haces de África. Y por eso nuestra lucha es hacer ver otras caras de África. Porque es cierto que hay problemas graves en África, pero también hay otras muchas cosas… la alegría, la cultura y una gran solidaridad entre las personas. Nuestro combate es hacer ver al resto del mundo esas otras partes positivas de nuestro continente, otros aspectos que por desgracia no son tan conocidos como las malas noticias”.

Sin embargo, la actualidad última de Malí no augura buenos tiempos. En el norte del país la rebelión tuareg ha sido vampirizada por grupos de islamistas radicales, se ha comenzado a aplicar la ley islámica sharía, se tienen noticias de primeras lapidaciones y, a lo peor, el horizonte de una guerra civil abierta amenaza con acabar con el desarrollo sostenido que Malí había experimentado en la última década. Cuesta no preguntarse qué opinaría Ali Farka Touré de los combates fanáticos en su región natal. “Todo lo que está ocurriendo en el norte de mi país es algo muy lamentable para todos los malíes”, reconoce Amadou Bagayoko. “No es para nada una situación ventajosa para ninguno de nuestros compatriotas y ya es necesario encontrar una solución definitiva a ese conflicto. Pero los músicos solo podemos ofrecer las canciones como zona de encuentro. Nuestra música siempre se concibió como un lugar de encuentro entre culturas diferentes, incluso dentro de nuestro país. La música como un lugar de disfrute común de la alegría. Siempre hemos cantado para que la gente se pueda dar la mano, y seguiremos en este empeño aunque ahora no corran buenos tiempos”.

amadou bagayoko & mariam doumbia

Entretanto, la vida continúa. Amadou & Mariam siguen en una gira internacional mientras su nuevo álbum no deja de cosechar parabienes. Rolling Stone ya lo ha destacado como uno de los mejores discos de la primera mitad del año. E incluso su hijo Sam Bagayoko ha afianzado el trío SMOD, también con ayuda de Manu Chao. Después de esta década espléndida, ¿queda algo por lograr, algún sueño por cumplir? “En la vida hay que ser ambicioso y tener ganas de ir siempre más allá, pero creo que nosotros ya hemos llegado más lejos de lo que nunca habíamos soñado”, explica Amadou Bagayoko. “Ahora disfrutamos una situación que supera con creces cualquiera de nuestros sueños, pero seguimos apegados a nuestra realidad. Aunque tengamos más éxito, lo compartimos con nuestra gente, con nuestras familias, amigos, hermanos… con toda esa gente que nos quiere. El éxito de nuestras canciones no nos ha alejado de nuestra realidad social ni de nuestros orígenes. Nunca hemos pensado de una manera distinta porque ahora nuestra música tenga tanto éxito en todo el planeta”.

La estación que era una fiesta

les ambassadeursCon siete discos publicados desde la presentación con Je Pense à Toi (1998), la proyección de Amadou & Mariam ha desbordado fronteras. Pero antes del éxito, el guitarrista ya había probado las mieles de la fama nacional. Entre 1974 y 1980, Amadou Bagayoko integró Les Ambassadeurs, uno de los grupos pioneros de la música malí. Creado en 1971 como zona de encuentro entre sonidos tradicionales, jazz y ritmos latinos, el conjunto titular del hotel de la estación ferroviaria de Bamako dio un salto de calidad con la incorporación, en 1973, del cantante albino de la voz de oro, Salif Keita. “Les Ambassadeurs fue, sobre todo, una escuela para los músicos de Malí”, recuerda Amadou. “En aquella época empecé a aprender a tocar cualquier tipo de música. Mis años en Les Ambassadeurs fueron una gran escuela cultural donde aprendí las músicas de África, pero también otros sonidos como el blues, el jazz o el rock”. Intérpretes como Idrissa Soumaouro, Kanté Manfila o Sory Bamba afianzaron la reputación de Les Ambassadeurs, que compartía trono con otras bandas influyentes como Super Rail y Orchestra Badema, esta última liderada por la voz trémula de Kasse Mady Diabaté, ahora en AfroCubism. “Fue una época de mucha alegría, y también de aprendizaje”.

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2012

Cuerdas no tan lejanas

21 Oct

ARNALDO ANTUNES, EDGARD SCANDURRA & TOUMANI DIABATÉ

por Carlos Fuentes

Si fuera boxeo, sería un combate (sin golpes) de pesos pesados. La última pirueta de los brasileños Arnaldo Antunes y Edgard Scandurra es A Curva da Cintura, un disco compartido con el emperador malí de la kora Toumani Diabaté. ¿World music? Qué va: genuino vaso comunicante entre dos culturas no tan lejanas.

La idea es más fácil de explicar que de alcanzar: trazar un puente sonoro entre los instrumentos de cuerdas de Brasil y Malí. Y nadie mejor para intentarlo que el cantautor tribalista Arnaldo Antunes y el tañedor de kora Toumani Diabaté. El proyecto surgió en 2010 cuando el músico paulista y su socio guitarrista Edgard Scandurra coincidieron en Río de Janeiro con el africano para compartir recital en el festival Back2Black. Aquel intento embrionario despertó el apetito de unos artistas versátiles que antes colaboraron, anoten por el lado del exmiembro del grupo Titãs, con Chico Buarque, Tom Zé o Marisa Monte. Y Toumani Diabaté tampoco sabe lo que es estar quieto: Ali Farka Touré, Björk, Herbie Hancock, Taj Mahal y el Cuarteto Patria de Eliades Ochoa. “Quisimos acercarnos a la kora sin la pretensión de hacer un disco de “world music”, más bien crear algo completamente nuevo que trasciende una (im)posible y previsible sonoridad”, explican los dos músicos brasileños. “El álbum permitirá que la música de Malí sea conocida en un país donde estaban olvidando sus conexiones con África. Y hay colores que nunca se habían visto antes en las músicas de Brasil”, asegura Toumani Diabaté.

A Curva da Cintura, editado por el sello Um Discos, incluye catorce canciones que oscilan entre el pop ágil de los brasileños y la destreza a prueba de bomba del malí. Y en las catorce letras abundan referencias a la melancolía cotidiana, quizá el principal signo de identidad del también poeta Arnaldo Antunes, aunque es el campo sonoro de este cruce de orillas lo más deslumbrante. Laten, claro, esencias del samba y de la bossa-nova, también un ligero aroma de melismas árabes flotando entre guitarras brasileñas y kora. “Hay gran musicalidad entre ambos instrumentos, que se acercan a través de la improvisación. Y hay ritmos que mezclan de forma estupenda con las influencia del blues”, señala Edgard Scandurra. “Como ya ocurrió con Björk y otros artistas que han viajado a Malí, la atmósfera que se respira allí para crear es algo muy especial, y es muy difícil que suceda en una ciudad occidental. Bamako tiene otra magia”, dice Toumani Diabaté, “y ellos fueron valientes al aceptar el reto de mi invitación, no se arrepintieron”.

En efecto, A Curva da Cintura se trabajó en los dos países. En São Paulo, en una etapa inicial, Antunes y Scandurra pergeñaron el esqueleto sonoro. Luego, en el estudio de Bamako, los tres músicos completaron un viaje sin precedente entre los sonidos de Brasil y África occidental. Nos dimos cuenta de que sería una sonoridad única, una gran afinidad musical, y no podíamos dejar pasar esa oportunidad. La mezcla entre la guitarra eléctrica y la kora es genial”, reivindica el guitarrista brasileño. “Como llevo demostrando hace más de veinte años, la kora conecta con todo y con todos. Aunque no existan precedentes, la realidad es que funciona. Y se aprecia en mi hijo Sidiki, de veinte años, la generación número 72 de la familia Diabaté que toca la kora, que ha grabado efectos que no habían sido registrados antes con la kora. Muchos piensan que es la guitarra eléctrica”, indica Diabaté sobre piezas de satén como Ir, mão, Kaira o Grão de chãos que, además, ponen banda sonora a un documental que retrata el viaje africano.

Sorprende la cosecha si se valora el desconocimiento recíproco previo. Porque Antunes y Scandurra supieron del tañedor de kora en la reunión negra de Río de Janeiro, “pero luego hicimos una intensa búsqueda de sus discos, también a través de YouTube”, admite el guitarrista. Para Toumani Diabaté, la única referencia previa del dúo paulista era Tribalistas, el disco de pop que Antunes grabó en 2002 con Marisa Monte y Carlinhos Brown. “No fue algo premeditado. En una creación a tres bandas cada uno aporta sus experiencias, y en nuestros casos ya son muchas y muy variadas”, explica el malí. “Es la primera grabación entre músicos de Brasil y Malí, quisimos acercarnos a la kora y a esa habilidad que tiene Toumani con pop y rock; es lo mismo que Arnaldo y yo hacemos en Brasil. Me siento ciudadano del mundo que recibe informaciones e influencias, y que busca transcribirlas a sus composiciones. Nunca quisimos hacer un disco folclórico, solo teníamos samba o ritmos africanos”, añade Edgard Scandurra.

De hecho, A Curva da Cintura nació sin un pasaporte cultural predeterminado. “Siempre compusimos sin pensar si debería tener orígenes brasileños o latinos. Hacemos música y punto. Sin embargo, vivimos en una ciudad donde existen grandes influencias del mundo. He escuchado mucho flamenco y, tal vez por eso, hay ciertas influencias árabes en mis canciones. Y Toumani, por vivir en un viaje permanente a través del mundo, también hay cogido otras influencias. Eso explica su internacionalidad”, indica el guitarrista. “No conozco lo suficiente de los ritmos brasileños, pero que en su mayor parte tienen origen en África es algo que no se debe olvidar”, subraya Diabaté. “Y nuestro objetivo es el mismo de siempre: defender la cultura aunque la economía sea la que mande. Porque sin la cultura no vamos a ninguna parte. Y como olvidemos esto, entonces sí habrá crisis. Yo, como griot que soy, estoy aquí para recordarlo a todas horas”.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2012

África, capital Londres

17 Jul

por Carlos Fuentes

Si atendemos a las estadísticas, Londres podría ser una de las ciudades más pobladas de africanos del planeta. Según el último censo urbano, realizado hace una década en la capital británica y que en estos momentos está en pleno proceso de actualización, más de trescientas mil personas de origen africano residen en una ciudad que acoge a 7,7 millones de los 63 millones de habitantes que viven actualmente en el Reino Unido. [Por unos días, Londres será la primera capital africana del planeta durante los Juegos Olímpicos de Londres 2012, que arrancan el próximo 27 de julio].

Importantes colectivos de nigerianos, keniatas, ghaneses, surafricanos, somalíes y ugandeses protagonizan la foto fija de un colectivo de oriundos africanos cuya presencia en la capital inglesa hunde sus raíces desde el siglo XVI. En la actualidad, esta importante comunidad de ciudadanos hace valer sus derechos a una cultura distinta, con sus usos sociales, alimenticios y laborales particulares. Aunque no siempre fue así. La presencia africana en la ciudad es el resultado del esfuerzo por hallar un lugar en la ciudad del Támesis.

Para dibujar el mapa de la presencia africana en Londres, Brixton es el primer lugar de referencia. Situado al sur de la ciudad, en este barrio cosmopolita y obrero reside el mayor colectivo de africanos de Inglaterra. Aproximadamente uno de cada cuatro de sus 65.000 habitantes es de raza negra, aunque esta cifra incluye también a las comunidades de emigrantes afro-americanos que han llegado de las antiguas colonias británicas en el mar Caribe, y en especial de Jamaica. A mediados del siglo pasado se produjo la primera gran oleada de emigrantes de raza negra, ciudadanos que con el paso del tiempo han logrado convertir sus costumbres culturales en una seña de identidad de Brixton, ahora reconocido como la capital negra de Londres.

En sus calles conviven tiendas de franquicias europeas con pequeños restaurantes de comida africana donde es posible combinar un chebuyén (arroz con pescado y verduras) o una rica supucanye (sopa de verduras con arroz blanco) de Senegal con un kebab de origen asiático o el muy popular plato británico de pescado con papas fritas. También el comercio retrata la identidad mestiza de Brixton. En sus puestos callejeros se venden especias africanas y en las tiendas de discos, con una presencia bastante superior a la media de los barrios londinenses, abundan las músicas negras: del reggae marfileño al hip hop senegalés pasando por discos de vinilo de clásicos africanos como Kasse Mady Diabaté o King Sunny Adé. “La mayoría de mis clientes son africanos o amantes de la música de África y el Caribe”, explica Tom Fisher, que desde 1998 gestiona la tienda Rat Records.

Algo más al norte, cerca de Candem, que desde finales de los años sesenta del siglo pasado se ha caracterizado por su atmósfera mestiza y sus inagotables caballerizas con tiendas de ropa, se encuentra Dalston. Este barrio es otro lugar que cualquier rastreador de la presencia africana en Londres debe pisar. Situado en la parte baja del distrito de Hackney, su actividad comercial y cultural está ubicada a lo largo de la avenida Kingsland, donde cada mañana abre un centenar amplio de tiendas dedicadas al comercio de productos procedentes de África y Asia. En su plaza de mercado, situada justo enfrente de la estación de trenes, se vende desde pescado de Mozambique a telas de Malí, pasando por música africana en discos compactos seleccionados por expertos oriundos y bisuterías étnicas.

Varios locales de la avenida principal ofrecen servicios de comunicaciones y de envío de remesas en efectivo a países de origen. “Muchos de nuestros clientes son habituales, trabajadores africanos, asiáticos y de países del este de Europa que vienen una o dos veces por mes para enviar dinero a sus familias”, explica Josephine, una joven nigeriana que atiende un despacho de Western Union en la avenida Kingsland. “Aunque ahora la libra esterlina no tiene un buen cambio respecto al euro, sí que es rentable enviar dinero que los destinatarios reciben en nairas nigerianos o en francos CFA de los países del oeste de África”, indica la responsable de este puesto de envío de remesas que también ofrece enlace a Internet por media libra por hora y, con cita previa, asesoría laboral y jurídica a los emigrantes africanos y asiáticos. Entre los primeros, especial importancia tiene en Dalston el colectivo procedente de Ghana, que ronda cincuenta mil personas y que en los días de este recorrido celebraba el empate logrado por su selección de fútbol en un partido amistoso disputado contra el combinado de Inglaterra en el estadio de Wembley. Con gol de Asamoah Gyan en el último minuto del choque contra los de Capello, el 1-1 de los africanos supo a victoria.

ÁFRICA ESTÁ DE MODA

Sigamos de camino. Bastante más conocidos que los barrios del sur y del este de Londres son Candem y Portobello, dos de las zonas comerciales famosas en la ciudad por sus mercadillos callejeros de fin de semana y su interesante oferta cultural. Aunque desde el incendio de 2008 los canales de Candem han perdido gran parte de su atmósfera bohemia y arrabalera, conviene visitar las tiendas ubicadas en lo que a primeros de siglo XIX eran las caballerizas más amplias de Londres. También Portobello, situado en el elitista barrio de Notting Hill, ofrece abundante presencia de vendedores de bisutería africana, comida afro-caribeña y, cómo no, mucha música negra.

No obstante, la evolución de la oferta comercial no convencional de Londres se ha trasladado a las calles que rodean Brick Lane, donde los domingos se puede comprar desde ropas étnicas y comida africana hasta mapas antiguos de colonias inglesas en África y Asia. La curiosa metamorfosis que se produce en Brick Lane cada domingo, cuando los puestos semanales de comidas asiáticas dejan paso al mercadillo callejero, se repite también en otra zona comercial con solera. En Petticoat Lane, junto al renovado antiguo mercado de Spitalfields, comerciantes africanos, sobre todo procedentes de Togo y Benín, ofrecen un amplio catálogo de telas estampadas como las que se comercian, también de fabricación holandesa, en mercadillos de Bamako y Dakar. Eso sí, la cercanía al centro turístico de la ciudad se paga: la pieza de cinco yardas de tela (4,5 metros) cuesta el doble que en Kingsland.

Hasta aquí llega la radiografía urbana de la creciente presencia de colectivos africanos en Londres, pero conviene no ceñir el rastreo a la economía informal y al mercadillo callejero. Con los años, la comunidad africana en la capital británica ha ganado en presencia y también en importancia. Ayuda mucho el auge que la cultura africana goza en la vida cultural británica. Sirvan dos ejemplos. Una galería situada en el corazón de la ciudad inauguró en marzo de 2011 la primera exposición que realiza en Europa el fotógrafo malí Hamidou Maiga. Contemporáneo de los titanes de la imagen popular de Bamako Seydou Keita y Malick Sidibé, este retratista presentó en sociedad una colección de treinta fotografías originales realizadas en los años sesenta en la capital malí.

Talking Timbuktu, bautizada como el legendario disco que el guitarrista malí Ali Farka Touré grabó con Ry Cooder en 1994, primer álbum africano que obtuvo el premio Grammy, recupera imágenes de alegría y efervescencia, propias de la ilusión que llegó a muchos países africanos con la recobrada independencia de las potencias coloniales europeas en los años 60. Lo explica Jack Bell, propietario de la galería homónima: “Durante esos años, las fotografías de Hamidou Maiga son un testimonio fiel de lo que fue la transición africana de presencia colonial francesa al orgullo como sociedad libre tras haber recobrado la independencia. Hasta ahora sólo conocíamos los retratos de Keita y Sidibé, aunque la obra de Hamidou Maiga no desmerece a sus contemporáneos. Y con estas imágenes únicas se refleja al mismo tiempo la personalidad de sus clientes, pero también la identidad colectiva africana y su entusiasmo por entrar en la modernidad”.

Concluye aquí este recorrido apresurado por las huellas africanas en la capital británica, por si usted planea unas vacaciones africanas… en Londres.

Publicado en la revista digital GuinGuinBali en marzo de 2011