Tag Archives: Benny Moré

Buena Vista Social Club: memoria cubana del son

4 May

Buena Vista Social Club

por Carlos Fuentes

Fue el último bolero del siglo XX. Hace casi veinte años, una casualidad logró reunir en La Habana a los supervivientes de la época dorada de las músicas cubanas. Ahora el disco Lost and Found rescata piezas inéditas de aquellas sesiones antológicas. Omara Portuondo, Eliades Ochoa y el productor Nick Gold glosan a Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Cachaíto y Rubén González en memoria del montuno, el cha cha chá, la guajira y el danzón.

Todo surgió de repente en La Habana. Nick Gold y Juan de Marcos González tenían estudio, pero no muchos músicos. Sí estaban Eliades Ochoa y Cachaíto López. Luego se sumaron Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Rubén González y Omara Portuondo. También Guajiro Mirabal, Puntillita y Pío Leyva. Seis días de marzo de 1996 para grabar lo que sería el álbum de resurrección de una de las músicas más poderosas del planeta, con el aliento de Ry Cooder siempre detrás. Con ocho millones de copias vendidas desde su publicación a final del año siguiente, Buena Vista Social Club fue luego película de Wim Wenders, colección de discos individuales (hasta una docena además del álbum titular), premio Grammy, gira mundial aún en marcha y, en fin, todo un acto de justicia histórica con los escasos supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. “Sentía que me había estado preparando toda la vida para esto”, dijo Ry Cooder, que viajó a Cuba vía México para burlar el bloqueo norteamericano a la isla de los barbudos. Otros tiempos, casi ayer. Así renació el son montuno.

Buena Vista Social Club (1999)

OMARA PORTUONDO: LA REINA DEL BOLERO

Antes fue la novia del filin, aquel bolero preñado de jazz que hizo fortuna en los años 50, pero Omara Portuondo (La Habana, 1930) es mucho más que una voz cualquiera de mujer. En 1996, en una carrera con altibajos (cantó con Nat “King” Cole en Tropicana, luego su eco se opacó), anuló una gira por Vietnam para quedarse en La Habana. “La culpa de todo fue del inglés. Quería grabar con unos africanos y con Celina González, pero aquellos músicos africanos no llegaron y, como no tenían dama, me llamaron a mí”, explica divertida. Era un ajuste de cuentas con la historia. “Así es la vida. La música cubana se había olvidado, como ocurre en la vida con otras muchas cosas. Mira el rock, aún se hace en todas partes y los jóvenes no saben que por mucho tiempo la música cubana fue así. En todos lados se cantaba bolero, mambo y son campesino. La música tradicional es tan de Cuba como el guajiro o la bandera, y no exagero”.

Ya no están Compay Segundo (1907-2003), Rubén González (1919-2003) ni Ibrahim Ferrer (1927-2005). ¿Cómo era trabajar con ellos? “Muy fácil, todos eran magníficas personas. Eran tres maravillas de hombres”. Desde París, poco antes de volar para cantar en Australia, la voz de Silencio evoca también el tesoro humano del club de la Buena Vista. “Aquel éxito descubrió al mundo a esos grandes artistas, también sus historias humanas, que a veces no fueron tan alegres como parece”. Omara sabe de lo que habla: de reinar en la noche habanera a casi eclipsarse en discos de pobre repercusión en los duros años ochenta. Y ha hecho casi de todo. “He sido bailarina de rumba, mambo y cha cha chá”, dice. “Canté bolero, que nació para enamorar a las muchachas, y esa ha sido mi suerte, he podido hacer de casi todo. Y seguiré cantando hasta que me llegue el momento. La canción es parte de mi vida; sin ella me siento mal”.

En Lost and Found (World Circuit-Music As Usual, 2015), Omara interpreta dos piezas nutritivas: el seminal bolero-son de Matamoros Lágrimas Negras, grabado a última hora en las sesiones de 1996; y un guiño histórico registrado ocho años después: una versión de Tiene Sabor con el etéreo aire vocal que el cuarteto Las D’Aida interpretaba con Nat “King” Cole en las noches únicas del mítico salón de Marianao. “Era un tipo muy inteligente y como persona, muy decente. Cantaba muy bien, tenía un conocimiento musical extraordinario. En Cuba entonces había mucha afinidad con los músicos norteamericanos, venían a La Habana para gozar e intentar coger influencias de nuestro ambiente”.

Eliades Ochoa

ELIADES OCHOA: EL GUAJIRO DEL SON

Secundó en su grabación postrera al legendario Ñico Saquito, rescató al añejo Cuarteto Patria y mantuvo viva la llama del son cubano frente al olvido hasta la aparición de Compay Segundo con la antología Semilla del Son de Santiago Auserón. Guajiro de monte adentro, Eliades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946) domina como pocos en Cuba la guajira campesina que hizo grande Portabales. Él ya estaba en el estudio EGREM cuando prendió la chispa de Buena Vista. “Me dijeron de grabar con africanos, pero esa gente nunca llegó. Y el productor decidió hacer un disco con los cubanos. A mí no me fueron a buscar, ya estaba sentado esperando para grabar”, recuerda el músico de Oriente, cuna del son. “Y me alegro de haber estado. Este disco abrió las puertas del mundo a las músicas cubanas. Los sonidos tradicionales estaban algo abandonados y llegó una ráfaga fuerte. Con Buena Vista todo lo que tenía olor a son cubano salía para el extranjero. Fue tremendo: llamaban desde cualquier rincón del mundo”.

Eliades Ochoa asume la herencia que recibió de los veteranos desaparecidos. “Eran los verdaderos maestros de nuestras músicas. Ahora tratamos de seguir su ejemplo para conservar la riqueza de su obra, su seriedad en el trabajo y la manera de proyectarse sobre el escenario. Marcaron el camino para llegar, nos señalaron una autopista para la música cubana”, indica el cantante, que ahora rescata Macusa a dos voces con Compay Segundo, similar combinación que bordó el emblemático Chan Chan que abre el disco original. “¿Qué me queda por hacer? Todavía mucho. Estoy empeñado en llevar estas músicas que tanto bien hacen por el ánimo de la gente a todos los rincones del mundo. Allá donde voy me reciben con cariño, con amor, y eso me da las fuerzas necesarias para continuar mi trabajo. Amor con amor se paga, y mientras respire y pueda mover mis manos, allí estaré enseñando al mundo qué es la música cubana”, añade Ochoa, a quien le gustaría ser recordado “como lo que soy, el Eliades que soy, un tipo de pueblo que camina por las mismas calles que camina el pueblo”.

Rubén González & Nick Gold NICK GOLD: NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA

El productor Nick Gold (Londres, 1961) todavía se emociona cuando habla de aquellos días en La Habana. “Hace poco volví a escuchar las cintas originales y fue muy extraño: la música, como se grabó, me transportó de nuevo al estudio. Nunca creímos que fuera a pasar lo que pasó, ni tampoco nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo. Siempre había un ambiente increíble, la confianza de los músicos era absoluta, todos tocando para todos con mucho entusiasmo. La atmósfera era extraordinaria, muy orgánica, energética”, explica el director de World Circuit, disquera para la que nada fue igual tras editar Buena Vista. “Lo que vino después nos sorprendió a todos. El fenómeno fue creciendo poco a poco, empezó con el primer disco y fue cogiendo camino cuando se editaron los discos de cada músico. Ayudó mucho actuar en Amsterdam y Nueva York, también la película, por supuesto. A los tres años aquello ya era imparable”.

Para Gold, que antes había grabado al bluesman malí Ali Farka Touré y luego rescató a la senegalesa Orchestra Baobab, el éxito fue cuestión de apostar por la calidad dormida de los últimos de Cuba. “Nunca había escuchado una voz como la de Ibrahim. Era un maestro en las piezas lentas y también muy bueno con las bailables. Como persona era un tesoro, siempre amable y disciplinado. Nunca se creyó que era una estrella”. También añora los ratos compartidos con Rubén González. “Era un tío increíble. Tuve una suerte extraordinaria al poder sumarlo al proyecto. No podía parar de tocar, en 1996 ya llevaba mucho tiempo sin piano en casa. Y en el estudio estaba realmente on fire. Era muy inventivo, con un talento enorme y un gran sentido del humor. Cuando no tocaba, y eso ya era raro, siempre estaba con bromas”, explica el productor, quien apunta el primer disco en solitario del pianista como su capítulo preferido de la aventura cubana. “Aún recuerdo su grabación, a dos días de dejar el estudio. Él llegaba siempre muy temprano, siempre era el primer músico en llegar, y ya tenía en la cabeza todo lo que quería tocar. En ese disco yo sólo tuve que pulsar el botón de grabación, de algún lado de su memoria emergía una música poderosa”.

Catorce años después de Buena Vista Social Club, Nick Gold rescató aquella idea original de grabar con músicos africanos y cubanos. En Madrid logró reunir a Eliades Ochoa, Toumani Diabaté y Bassekou Kouyate para registrar el disco Afrocubism (2010). Son y guajira con kora y ngoni, pero ese ya es otro cantar.

Carnegie Hall

Aquel sonido ardiente y pegajoso

El mundo siguió girando tras Buena Vista Social Club y, en Londres, World Circuit continuó publicando buenas músicas cubanas y africanas, aquí bajo distribución primero de Nuevos Medios y ahora de Music As Usual. El disco más reciente, además, ajusta otra cuenta histórica. Abelardo Barroso fue una voz suprema de la música bailable del ecuador del siglo XX en Cuba. Lideró la Orquesta Sensación y, sorpresa, su fama engordó en África, donde su voz de exboxeador se equipara en popularidad con las de Benny Moré o la primera Celia Cruz. “Es otro cantante que realmente adoro. Escuché por primera vez su voz en algún lugar de África, Malí o Senegal, porque en toda África occidental sus canciones son tremendamente populares”, explica Nick Gold, satisfecho de poder invertir los réditos cubanos en redescubrimientos de la época dorada.

En la isla de Cuba, no obstante, tardó en calar el sonido añejo del rescate histórico del son y el bolero, músicas con las que se reconcilió buena parte de la población más joven que no conoce otra Cuba que la revolucionaria. El productor habanero René Espí dirigía Los Grandes Todos en Radio Ciudad de La Habana, una de las escasas ventanas a las gloriosas músicas de ayer en Cuba, e incide ahora en que “lo más positivo” del fenómeno Buena Vista Social Club “fue, sin duda, las oportunidades que dio a algunos músicos muy veteranos para reaparecer tras demasiados años de silencio y ostracismo”. “Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González tuvieron la segunda oportunidad de sus vidas”, explica el autor de la antología La Habana era una fiesta. “Por aquellos días en La Habana, el público más avezado, el más veterano, echaba en falta el empaste, la calidez y el timbre sólido que tenían los conjuntos cubanos en la época dorada”. En el disco, el ingeniero Jerry Boys apostó por un sonido más reposado que atlético. “Quizás fuera intencionado, quizás Ry Cooder tuviera en su cabeza el sonido de una casete reproducida hasta el desgaste absoluto”.

Publicado en la revista Rockdelux en abril de 2015

 

Anuncios

Bebo Valdés, el último padre del jazz afrocubano

25 Mar

Bebo Valdés (retratos)

Por Carlos Fuentes

Hay aventuras personales que retratan bien la historia reciente de un país. Y la vida azarosa de Bebo Valdés, fallecido en Estocolmo (Suecia) a los 94 años de edad, sintetiza a las claras los vaivenes culturales que Cuba ha sufrido en el último siglo. Pianista de talla enorme, talento nato para la composición y la búsqueda de nuevos estilos, el patriarca de la saga Valdés deja una herencia nutrida de tardes de gloria, una posterior noche de frío exilio y, al fin, un renacer postrero con aval mundial. En las enciclopedias de música latina Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro constará por la B de batanga, el ritmo nuevo que creó después de afianzar su reinado en las noches habaneras anteriores a la Revolución.

La vida agitada de Bebo Valdés, nacido el 9 de octubre de 1918 en el municipio habanero de Quivicán, se puede contar en tres capítulos cronológicos. Desde primeros de los años cuarenta la capital cubana era una olla cultural en ebullición constante. Al trasiego de grandes artistas internacionales se sumaba la cantera infinita de las músicas populares cubanas. Desde el son campesino de Miguel Matamoros al cha cha chá bailable de Enrique Jorrín, con el mambo de Dámaso Pérez Prado como campeón comercial, aunque el más genuino hallazgo sonoro en la isla del caimán verde se llamó jazz afrocubano. Y Bebo Valdés logró aunar como no se había hecho desde los tiempos del maestro Ernesto Lecuona el alma elegante de la cancionística cubana con las influencias noctámbulas del jazz que se cosechaba al otro lado del estrecho de la Florida. 

Bebo Valdés (piano)El pianista grabó descargas para Norman Granz, actuó durante una década, hasta 1957, como jefe de orquesta en el club Tropicana del barrio de Marianao y protagonizó frecuentes tardes de radio en directo, algunas con Benny Moré como cantante. En aquella época actuó junto a Senén Suárez, uno de los amigos que nunca supo antes de sus planes para dejar Cuba. “Nos conocimos en 1948 cuando él estaba en la orquesta de Antonio María Romeu y yo en el conjunto de Ernesto Grenet”, recordaba Suárez a este cronista en 2008. “Nos hicimos amigos desde el principio porque tuve, y tengo, alto concepto de él como músico y como persona. Hizo el batanga, hizo de todo: siempre me impresionó su creatividad”. Pero luego llegó el comandante, la tropa de barbudos mandó parar y, en 1960, Bebo Valdés optó por dejar La Habana. De la cima del éxito al exilio sueco.

Cuando salió de Cuba, en compañía de su amigo cantante Rolando Laserie, paró primero en Estados Unidos pero un problema de visado le obligo a viajar a Madrid, donde lo encontró Lucho Gatica. Con el bolerista se ganó las primeras pesetas, luego cierta fama como músico de sesión y, a la primera oportunidad, un pasaporte salvavidas. Durante una gira por el norte de Europa conoció a la joven sueca Rose Marie y con ella formó familia en las antípodas del Caribe. En Escandinavia, donde llegó a actuar en clubes del círculo polar ártico, Bebo Valdés tuvo noches tranquilas, casi siempre como pianista de hotel, repertorios de clásicos para un consumo fácil en el restaurante Ambassadeur. Y todos, absolutamente todos, se olvidaron de aquel joven pianista tan desgarbado como talentoso. El caballón, le decían en Cuba. Fue tal la desaparición que en La Habana lo dieron por muerto. Incluso artistas cubanos de fama mundial como Antonio Machín lamentaron la muerte del compañero. Hasta que ambos se encontraron una noche de verano en los años setenta en un salón de baile en Canarias: “Coño, un fantasma. ¡Pensé que estabas muerto!”. El pianista contaba esta anécdota con Machín entre carcajadas pero, risas aparte, siempre latió en Bebo Valdés la certeza de que no iba a volver a Cuba mientras no se produjera un cambio de régimen. “Es que no me gusta recibir órdenes”, zanjaba.

Bebo ValdésAsí, anestesiado por la nostalgia, aunque sin rencores estériles, se lo encontró el año 2000 el cineasta español Fernando Trueba. No era el primero (Valdés ya había grabado una primera versión de su suite afrocubana en una disquera de Barcelona y con Paquito D´Rivera había registrado el álbum Bebo rides again para la disquera alemana Messidor) pero sí fue Trueba el artífice de un regreso como dios manda, a la altura del personaje: con él, y con su hijo Chucho (ya reconciliados después de que la política se hubiera metido en la azucarera del jazz cubano: tras Bebo marcharon de Cuba el saxofonista Paquito D´Rivera y el joven pianista Gonzalo Rubalcaba, entre otros tantos), con su amigo Israel López “Cachao”, a quien defendía como genuino padre del mambo, Bebo Valdés grabó el documental Calle 54, luego el disco de boleros y coplas Lágrimas negras con el cantaor Diego el Cigala, también un delicioso disco de piano solo con contradanzas añejas de Manuel Saumell e Ignacio Cervantes.

También cumplió el sueño de visitar Salvador de Bahía, la capital negra de Brasil, allí grabó el documental El milagro de Candeal junto a Trueba y Carlinhos Brown. Con Cachao y Carlos Patato Valdés registró el disco El arte del sabor, que obtuvo un premio Grammy en 2001. Ganaría otros tres galardones por las coplas con El Cigala. Y, por fin, en una pirueta que culminó una suerte de círculo, la versión definitiva de Suite Afro-Cubana, la obra de una vida.

bebo valdes mucho saborSe marcha Bebo Valdés después de disfrutar en los últimos años de la costa malagueña, ya enfermo del mal de Alzheimer, con el reconocimiento de todos, el cariño de muchos y dejando la impresión de que por una vez, al menos por una vez, la historia azarosa de Cuba hace justicia. “Bebo Valdés, sin duda, fue uno de los sustentos fundamentales que comenzó a tener la música popular cubana mediando la década del cuarenta”, explica el musicólogo y productor cubano René Espí, autor de la antología La Habana era una fiesta con rescates de época de radios y estudios de grabación cubanos. “El suyo fue un talento creativo que desbordó con creces en los primeros años de los cincuenta, tanto a nivel de compositor como creador de formas bailables novedosas como su ritmo batanga”.

En el amplio espectro de la música cubana, una isla que ha dado más estilos a los papeles pautados que muchos países del mundo occidental, Espí subraya los trabajos de Bebo Valdés como arreglista de orquesta. “Fue un arreglista de primer orden, porque junto a músicos primordiales como Ernesto Duarte, Julio Gutiérrez o René Touzet oxigenó el cauce musical cubano”, indica el productor, hijo de otro personaje clave de la escena cubana, Roberto Espí, director del Conjunto Casino. De vueltas a la memoria de Bebo brota la poética caribeña: “Vistió de seda, con luz propia, prácticamente todo género bailable con arreglos maravillosos. Sobresaliente en cualquiera de estas facetas, sobre todo como conductor de orquesta e intérprete de piano. Deja una obra trascendental como músico y su digna grandeza como ser humano. Bebo es y será Cuba siempre”.

Publicado en el diario digital El Confidencial en marzo de 2013

 

Bebo I de Cuba

22 Mar

Bebo Valdés

BEBO VALDÉS (1918-2013)

Por Carlos Fuentes

Coño, un fantasma. ¡Pensé que estabas muerto!”. Antonio Machín se quedó pasmado cuando Bebo Valdés vino a saludarle después de verle cantar, en los años setenta, en una sala de Canarias. Es una de las anécdotas preferidas del influyente pianista cubano. Un músico con tres vidas: su éxito popular en Cuba, cinco décadas de exilio y, qué paradoja, de nuevo el triunfo masivo con Lágrimas negras. A punto de los 90 años, Bebo Valdés hace recuento de su trayectoria y de sus experiencias. Y en el disco Juntos para siempre convoca a su hijo y heredero, Chucho Valdés, a un dúo sostenido de pianistas.

Entre la alegría de vivir y el rencor por las penas del pasado, Bebo Valdés eligió siempre la música. Desde sus inicios como alumno pobre de maestras particulares en un suburbio humilde de La Habana, al homenaje que Casa de América le rendirá el próximo jueves en Madrid, coincidiendo con su cumpleaños. Esta fiesta de cumpleaños en el festival VivaAmérica anuncia, además, una gira a dos pianos en compañía de su hijo Chucho. Han ocurrido muchas cosas entre aquellos días de infancia feliz en Quivicán y el reconocimiento masivo recobrado en los últimos años. Y Bebo Valdés ha llegado a tiempo para contarlo. Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro nació el 9 de octubre de 1918. Se crió con el danzón, pronto admiró a Ernesto Lecuona y Art Tatum. Contemporáneo de la generación que modernizaría la música cubana, aprendió primero con Óscar Bouffartique. En 1938 debutó con la orquesta Happy D’Ulacia, y pronto destacó por su capacidad como autor y, sobre todo, arreglista. En 1945 el singular Julio Cueva (que abandonó a Don Azpiazu, se afilió al Partido Comunista de España e hizo la guerra civil) le dio un chance como pianista en Santa Clara y con Cueva grabó su primer éxito, el montuno beguine Rareza del siglo. Trabajó luego en Haití, pero sería en la febril Habana de los cuarenta donde Bebo Valdés iba a lanzar su carrera. Entre 1948 y 1957 se ocupó del piano en el club Tropicana y fue arreglista de Rita Montaner. Muy versátil, escribió para Miguelito Valdés, Chano Pozo, Benny Moré, Pío Leiva, Celeste Mendoza, Rolando Laserie… incluso Nat King Cole visitó Tropicana.

Bebo Valdés (disco)En la efervescencia del primer jazz latino, cuando músicos norteamericanos actuaban de tarde en La Habana antes de volar para dar sesiones nocturnas en Florida, Bebo Valdés se coló también en la escena del filin habanero, el bolero cubano dramatizado con jazz y sentimiento. César Portillo de la Luz estaba allí: “Bebo Valdés era en sí mismo una potencia y formó parte del proceso modernizador de la música cubana contemporánea. Cada cultura tiene su biorritmo y su piano singular. Cuando interaccionaron el jazz y Cuba nació el latin-jazz”, explica el autor de Contigo en la distancia en conversación con este periódico desde La Habana. La de Bebo fue la primera generación de músicos cubanos que tuvo acceso habitual a la industria del disco. También gozó del auge de la radio. Y el jazz americano flotó siempre en el ambiente. Jazz con tumbao. “Bebo podía tocar a Lecuona, pero su biorritmo cubano y el aporte del jazz le hicieron abrirse a dos mundos. Él, que venía de estudiar con Félix Guerrero, tenía una formación más amplia y sólida que los guitarristas. Pero no fue un fenómeno aislado: era uno de nuestros ídolos, junto a Peruchín, Mario Romeu y René Touzet. Son los modernizadores de la música cubana, y Bebo era un eslabón importante”, dice Portillo confirmando que daba pasos de gigante. En el otoño de 1952 grabó Cubano, el disco con la primera descarga cubana, al frente del Andre’s All Stars.

Bebo Valdés Bebo de CubaCon Fidel, el jazz cubano paró. Harto de líos (“me tumbaron”, suele contar de su exclusión de los hoteles Hilton y Riviera y de la dirección musical de Radio Progreso), Bebo Valdés apuró grabaciones en Cuba junto a Omara Portuondo, Pacho Alonso y Niño Rivera. El 26 de octubre de 1960, él y Laserie volaron a México con Cubana de Aviación. “Sin un peso”. Nadie se lo esperaba. Tampoco Senén Suárez. El músico matancero participó en el debut de Valdés en el cabaret Tropicana. “Fue en 1948, él con la orquesta de Romeu y yo en el conjunto de Ernesto Grenet. Nos hicimos amigos desde el principio porque tuve, y tengo, alto concepto de él como músico y como persona”, recuerda Suárez desde La Habana.  Habla con orgullo cubano de Bebo: “Hizo el batanga, hizo de todo: siempre me impresionó su creatividad”. Y de su hijo Chucho: “Su padre lo traía bien jovencito a las descargas”. Asume, no sin emoción, la distancia que vino después. “Perdí contacto completo cuando Bebo salió de Cuba en 1960. Fue duro, piense que fueron nueve años de música todos los días en el Tropicana”, cuenta Suárez.

Atrás quedaron la isla, una vida, una familia rota… Chucho ni siquiera fue a despedirle al aeropuerto. Hasta 1963, Bebo Valdés pasó por España (vino para el Festival de Benidorm, pero acabó tocando con Lucho Gatica) antes de unirse a los Lecuona Cuban Boys. Con ellos llegó a Suecia y el verano de Estocolmo cambió su vida. Conoció a Rose Marie Pehrson, se casó el 1 de diciembre y asumió, ya, que nunca volvería a Cuba. “No tengo nada en contra del pueblo cubano. Tenía sólo un problema. Siempre he dicho lo mismo. No me gusta el régimen y punto”, dijo a la radio P2 en 2003. En los años del frío, Bebo armó otra familia y peleó por no dejar la música. Pianista del restaurante Ambassadeur, tocó en hoteles con repertorios de fácil consumo, escribió para un ballet y actuó un par de meses en barcos de línea a Dinamarca. Dos sesiones al día, hasta en el Círculo Polar actuó, pero el sueldo nunca fue bueno.

Bebo Valdés retratoEn 1987 Dizzy Gillespie actúa en Estocolmo. Paquito D’Rivera está en su banda. Y ve a Bebo Valdés tocar en el hotel Continental. En 1994 graban juntos Bebo rides again, que pone fin a 34 años de silencio. Ocho arreglos nuevos que el pianista escribe en día y medio. “Un disco de emergencia”, bromearía después. En el otoño de 1995 Bebo y Chucho se citan en San Francisco. Graban El manisero para el disco de Paquito D’Rivera 90 miles from Cuba. En 1998 graba una primera versión de su pieza de una vida, Afro-Cuban Suite, con Eladio Reinón en Barcelona, y al año siguiente El arte del sabor con Cachao, D’Rivera y Patato Valdés antes de ponerse en manos de Fernando Trueba para capitalizar la película musical Calle 54. Ya esperaban las listas de éxitos, más premios Grammy, libros y exclusivas. Lágrimas negras, álbum de boleros con Diego El Cigala, y la suite Bebo de Cuba ajustan cuentas con “uno de los más completos músicos que ha dado Cuba”, según Helio Orovio. Brilla también Old man Bebo, conmovedor documental hilvanado por Carlos Carcas.

De buen día, desde La Habana, Chucho Valdés confiesa “emoción” antes de embarcar para reunirse con el padre pianista. “Es un ciclo que se cierra. Lo deseaba y no estaba seguro de que llegara. Es maravilloso que hayamos llegado a un puerto tan hermoso”, reflexiona el líder de Irakere. “En Bebo lo más genial es que no ha perdido nada de la calidad que siempre tuvo. El piano de Bebo es el piano puro cubano, lo más puro del piano cubano”, nos cuenta.  El nuevo disco, Juntos para siempre, “fue algo siempre soñado en la familia”. “Hemos grabado ahora lo que tocábamos a cuatro manos en el piano de casa para aprender”, recuerda Chucho Valdés. “Bebo hacía el acompañamiento y yo empezaba a improvisar. Era una clase magistral diaria, que luego se perdió por muchos años. Volver ahora con mi papá es lo mejor que me ha pasado en la vida. Para Cuba y su música es también zanjar un asunto pendiente. Bebo es la raíz y el tronco, yo sólo soy una rama”. Como él dice, no es lo mismo pero es igual.

Publicado en el diario Público en octubre de 2008

El profesor de español que bailaba cha cha chá

5 Mar

Por Carlos Fuentes

Amadou Ndoye (pizarra)Solía decirlo con una sonrisa: “la letra con música entra”. Antes que profesor y apóstol del español en África, El Hadj Amadou Ndoye (1947-2013) fue un hijo de su tiempo. Y un joven en un mundo de esperanza marcado por la independencia de Senegal en 1960. En aquellos días (y noches) de efervescencia empezó a familiarizarse Amadou Ndoye con el idioma castellano, al que siempre se refería como “la lengua de Cervantes”. Pero no fue un libro el que puso la semilla hispana en el futuro profesor de la Universidad Cheikh Anta Diop. En Dakar, como en otras grandes capitales africanas ya emancipadas, los bailes populares solían estar animados por ritmos latinos y un estimable puñado de discos singles americanos. Como retrató Malick Sidibé en Bamako. Era, principalmente, música cubana que llegaba por dos vías: con los marineros senegaleses que cruzaban el océano Atlántico y con la influyente presencia político-militar cubana en el continente. “Escuchábamos música en español y queríamos entender a los cantantes, a Benny Moré, a Abelardo Barroso, también al Trío Matamoros”, recordó en entrevista con este cronista en 2009.

Porque Amadou Ndoye, además de maestro del castellano en Senegal, era un bailarín de cierta destreza. Conocía, y bailaba, son montuno y timba, pero también algún cha cha chá legendario. Ya fuera en un rato libre en México o en la fiesta de clausura de un congreso en Colombia. Daba gusto escuchar su alegría por la influencia latina, y española, en el universo cultural africano. De las huellas en la poesía de Nicolás Guillén (Songoro cosongo) al nuevo hip hop combativo de Didier Awadi, sin olvidar a los pioneros de lo latino en África, la todopoderosa Orchestra Baobab. Fue un lujo compartir ratos de escucha con la Orquesta Aragón (“ya casi son africanos”, bromeaba), entre café y café, con los recuerdos de los días felices bailando en la memoria. Buen viaje, Amadou.

Obituario publicado en Casa África el 4 de marzo de 2013

En un lugar de Dakar…

4 Mar

Amadou Ndoye

AMADOU NDOYE (1947-2013)

Por Carlos Fuentes

Son ochenta mil alumnos, pero la influencia del español en Senegal viene de lejos. “Las canciones de los cubanos Benny Moré o Abelardo Barroso han hecho más por el español en África que el Instituto Cervantes”. El profesor El Hadji Amadou Ndoye (Dakar, 1947) esboza una sonrisa cuando concluye la frase. Sabe bien de lo que habla, en perfecto español, por cierto. Estudió castellano en los años sesenta y desde 1975 imparte clases en la Universidad Cheikh Anta Diop de la capital senegalesa. “En la época colonial, los franceses importaban música del Caribe. Esa música cantada en español se empezó a escuchar a partir de los años veinte y se siguió escuchando hasta los años cuarenta”. En las calles se bailaba en español, pero no había enseñanza reglada en los colegios. En Senegal, la enseñanza secundaria sólo se empezó a desarrollar tras la II Guerra Mundial.

“Hasta ese momento, los franceses sólo necesitaban auxiliares con un nivel de estudios primario”, recuerda Ndoye. “Cuando a partir de 1945 decidieron poner escuela secundaria, ya había oferta de idiomas y entre los idiomas ofrecidos estaba el español. Llamaba la atención a muchos senegaleses porque habían escuchado boleros, tangos, rumbas… No sabían lo que significaban las letras, pero les gustaba, lo bailaban. Por eso, muchos chicos, al escoger un segundo idioma elegían español. Les gustaba el idioma de la música que habían bailado en su adolescencia, lo habían bailado de farra y querían entender a los cantantes”.

2El sistema escolar de Senegal, en gran modo de herencia francesa, cuenta con universidad propia desde 1957. En la época inicial, la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de Dakar tuvo departamento de lengua española. Aunque fue un francés, René Durand, el profesor pionero del castellano en Senegal. Hoy la sección de español del Departamento de Lenguas y Civilizaciones Románicas tiene 1.054 alumnos repartidos en cuatro cursos. A ellos se suman otros quinientos estudiantes de los departamentos de francés, historia y filosofía, que utilizan el castellano como segundo idioma. En número de alumnos, la enseñanza de la lengua española es la quinta materia más demandada tras los cursos de inglés, francés, historia y geografía. Antes, los jóvenes que llegan a la universidad aprendieron español en institutos y colegios. Cinco años si empezaron en el tercer curso de los siete  de la enseñanza media en algunas de las catorce regiones del país, donde actualmente cursan estudios de español unos ochenta mil escolares.

Senegal tiene quince millones de habitantes, es un país de jóvenes. La edad media apenas alcanza 18,6 años. El reto de defender el español en el corazón de África es enorme. “Queremos que los alumnos lean correctamente español, que sean capaces de comprenderlo y expresarse en el idioma”, indica el profesor. “Aprender un idioma es asumir una cultura. Y en elmundo hoy ser monolingüe es una enfermedad que se puede curar”, ironiza Ndoye. “Cada idioma es una llave, cada idioma abre una puerta. Tener idiomas es ventajoso y los africanos somos privilegiados por tener tantos idiomas en el continente, lo que te prepara para aprender otras lenguas. Es una paradoja que profesores senegaleses estén enseñando ahora el idioma de Cervantes en Francia y en Estados Unidos”.

amadou ndoye (banco)

En Senegal también existe una perspectiva de trabajo en el aprendizaje del español. El Gobierno amplía cada año la plantilla de profesores y maestros, así que cada curso “se necesitan más docentes en las escuelas secundarias laicas y también en las escuelas confesionales”, explica Amadou Ndoye. Otro nicho de oportunidades para los alumnos es la demanda de hispanoparlantes en el sector turístico y comercial. “Se desarrolla el turismo y se necesitan guías que hablen bien español”. Hoteles, tiendas, negocios. “En los últimos años, empresas españolas empiezan a acercarse a Senegal y necesitan gente que domine el español”, indica el profesor de Dakar en el anhelo (“¡ojalá!”) de que se potencien las relaciones “entre Senegal y España, entre Senegal y América Latina”.

Amadou Ndoye alude a una petición histórica del colectivo hispanófilo de Senegal: una sede del Instituto Cervantes. Un objetivo que no llega, de ahí la broma inicial del profesor de Dakar. Él lo explica: “Hemos peleado durante años para que haya Instituto Cervantes. Incluso hubo una propuesta, pero nunca cuajó por problemas de la política. Hemos seguido planteando esta situación y van a poner un Aula Cervantes. Por eso digo que las vocaciones nacieron con las canciones de Benny Moré, Celia Cruz, Abelardo Barroso y la Orquesta Aragón. El Cervantes vino después”, reitera Amadou Ndoye, y vuelve a sonreír. Aunque ahora, con tanta televisión, no es fácil aumentar las “vocaciones”. Los chicos, asegura el profesor, están más pendientes de la última moda que de aprender idiomas. Y muchos sólo piensan en salir del continente, en Europa. “La emigración es la prueba de que las cosas no funcionan muy bien”, advierte Ndoye. “A lo largo de la historia sólo ha emigrado el que está insatisfecho, y los jóvenes están insatisfechos. Viven mirando la televisión como lo hacen los jóvenes de Europa, pero sus padres no tienen el poder adquisitivo que permita saciar sus inquietudes. No tienen espíritu crítico para pensar que las imágenes son distintas de la realidad. Sobre todo si los emigrantes que vienen de visita cuentan cosas bonitas de Europa sin contar las duras. Es muy difícil razonar con ellos, decirles que el futuro se lo pueden labrar allí estudiando. Pero el estudio supone proyección y estos jóvenes viven en el siglo de la velocidad”.

Entrevista publicada en el periódico El Norte de Castilla en septiembre de 2009