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Buena Vista Social Club: memoria cubana del son

4 May

Buena Vista Social Club

por Carlos Fuentes

Fue el último bolero del siglo XX. Hace casi veinte años, una casualidad logró reunir en La Habana a los supervivientes de la época dorada de las músicas cubanas. Ahora el disco Lost and Found rescata piezas inéditas de aquellas sesiones antológicas. Omara Portuondo, Eliades Ochoa y el productor Nick Gold glosan a Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Cachaíto y Rubén González en memoria del montuno, el cha cha chá, la guajira y el danzón.

Todo surgió de repente en La Habana. Nick Gold y Juan de Marcos González tenían estudio, pero no muchos músicos. Sí estaban Eliades Ochoa y Cachaíto López. Luego se sumaron Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Rubén González y Omara Portuondo. También Guajiro Mirabal, Puntillita y Pío Leyva. Seis días de marzo de 1996 para grabar lo que sería el álbum de resurrección de una de las músicas más poderosas del planeta, con el aliento de Ry Cooder siempre detrás. Con ocho millones de copias vendidas desde su publicación a final del año siguiente, Buena Vista Social Club fue luego película de Wim Wenders, colección de discos individuales (hasta una docena además del álbum titular), premio Grammy, gira mundial aún en marcha y, en fin, todo un acto de justicia histórica con los escasos supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. “Sentía que me había estado preparando toda la vida para esto”, dijo Ry Cooder, que viajó a Cuba vía México para burlar el bloqueo norteamericano a la isla de los barbudos. Otros tiempos, casi ayer. Así renació el son montuno.

Buena Vista Social Club (1999)

OMARA PORTUONDO: LA REINA DEL BOLERO

Antes fue la novia del filin, aquel bolero preñado de jazz que hizo fortuna en los años 50, pero Omara Portuondo (La Habana, 1930) es mucho más que una voz cualquiera de mujer. En 1996, en una carrera con altibajos (cantó con Nat “King” Cole en Tropicana, luego su eco se opacó), anuló una gira por Vietnam para quedarse en La Habana. “La culpa de todo fue del inglés. Quería grabar con unos africanos y con Celina González, pero aquellos músicos africanos no llegaron y, como no tenían dama, me llamaron a mí”, explica divertida. Era un ajuste de cuentas con la historia. “Así es la vida. La música cubana se había olvidado, como ocurre en la vida con otras muchas cosas. Mira el rock, aún se hace en todas partes y los jóvenes no saben que por mucho tiempo la música cubana fue así. En todos lados se cantaba bolero, mambo y son campesino. La música tradicional es tan de Cuba como el guajiro o la bandera, y no exagero”.

Ya no están Compay Segundo (1907-2003), Rubén González (1919-2003) ni Ibrahim Ferrer (1927-2005). ¿Cómo era trabajar con ellos? “Muy fácil, todos eran magníficas personas. Eran tres maravillas de hombres”. Desde París, poco antes de volar para cantar en Australia, la voz de Silencio evoca también el tesoro humano del club de la Buena Vista. “Aquel éxito descubrió al mundo a esos grandes artistas, también sus historias humanas, que a veces no fueron tan alegres como parece”. Omara sabe de lo que habla: de reinar en la noche habanera a casi eclipsarse en discos de pobre repercusión en los duros años ochenta. Y ha hecho casi de todo. “He sido bailarina de rumba, mambo y cha cha chá”, dice. “Canté bolero, que nació para enamorar a las muchachas, y esa ha sido mi suerte, he podido hacer de casi todo. Y seguiré cantando hasta que me llegue el momento. La canción es parte de mi vida; sin ella me siento mal”.

En Lost and Found (World Circuit-Music As Usual, 2015), Omara interpreta dos piezas nutritivas: el seminal bolero-son de Matamoros Lágrimas Negras, grabado a última hora en las sesiones de 1996; y un guiño histórico registrado ocho años después: una versión de Tiene Sabor con el etéreo aire vocal que el cuarteto Las D’Aida interpretaba con Nat “King” Cole en las noches únicas del mítico salón de Marianao. “Era un tipo muy inteligente y como persona, muy decente. Cantaba muy bien, tenía un conocimiento musical extraordinario. En Cuba entonces había mucha afinidad con los músicos norteamericanos, venían a La Habana para gozar e intentar coger influencias de nuestro ambiente”.

Eliades Ochoa

ELIADES OCHOA: EL GUAJIRO DEL SON

Secundó en su grabación postrera al legendario Ñico Saquito, rescató al añejo Cuarteto Patria y mantuvo viva la llama del son cubano frente al olvido hasta la aparición de Compay Segundo con la antología Semilla del Son de Santiago Auserón. Guajiro de monte adentro, Eliades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946) domina como pocos en Cuba la guajira campesina que hizo grande Portabales. Él ya estaba en el estudio EGREM cuando prendió la chispa de Buena Vista. “Me dijeron de grabar con africanos, pero esa gente nunca llegó. Y el productor decidió hacer un disco con los cubanos. A mí no me fueron a buscar, ya estaba sentado esperando para grabar”, recuerda el músico de Oriente, cuna del son. “Y me alegro de haber estado. Este disco abrió las puertas del mundo a las músicas cubanas. Los sonidos tradicionales estaban algo abandonados y llegó una ráfaga fuerte. Con Buena Vista todo lo que tenía olor a son cubano salía para el extranjero. Fue tremendo: llamaban desde cualquier rincón del mundo”.

Eliades Ochoa asume la herencia que recibió de los veteranos desaparecidos. “Eran los verdaderos maestros de nuestras músicas. Ahora tratamos de seguir su ejemplo para conservar la riqueza de su obra, su seriedad en el trabajo y la manera de proyectarse sobre el escenario. Marcaron el camino para llegar, nos señalaron una autopista para la música cubana”, indica el cantante, que ahora rescata Macusa a dos voces con Compay Segundo, similar combinación que bordó el emblemático Chan Chan que abre el disco original. “¿Qué me queda por hacer? Todavía mucho. Estoy empeñado en llevar estas músicas que tanto bien hacen por el ánimo de la gente a todos los rincones del mundo. Allá donde voy me reciben con cariño, con amor, y eso me da las fuerzas necesarias para continuar mi trabajo. Amor con amor se paga, y mientras respire y pueda mover mis manos, allí estaré enseñando al mundo qué es la música cubana”, añade Ochoa, a quien le gustaría ser recordado “como lo que soy, el Eliades que soy, un tipo de pueblo que camina por las mismas calles que camina el pueblo”.

Rubén González & Nick Gold NICK GOLD: NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA

El productor Nick Gold (Londres, 1961) todavía se emociona cuando habla de aquellos días en La Habana. “Hace poco volví a escuchar las cintas originales y fue muy extraño: la música, como se grabó, me transportó de nuevo al estudio. Nunca creímos que fuera a pasar lo que pasó, ni tampoco nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo. Siempre había un ambiente increíble, la confianza de los músicos era absoluta, todos tocando para todos con mucho entusiasmo. La atmósfera era extraordinaria, muy orgánica, energética”, explica el director de World Circuit, disquera para la que nada fue igual tras editar Buena Vista. “Lo que vino después nos sorprendió a todos. El fenómeno fue creciendo poco a poco, empezó con el primer disco y fue cogiendo camino cuando se editaron los discos de cada músico. Ayudó mucho actuar en Amsterdam y Nueva York, también la película, por supuesto. A los tres años aquello ya era imparable”.

Para Gold, que antes había grabado al bluesman malí Ali Farka Touré y luego rescató a la senegalesa Orchestra Baobab, el éxito fue cuestión de apostar por la calidad dormida de los últimos de Cuba. “Nunca había escuchado una voz como la de Ibrahim. Era un maestro en las piezas lentas y también muy bueno con las bailables. Como persona era un tesoro, siempre amable y disciplinado. Nunca se creyó que era una estrella”. También añora los ratos compartidos con Rubén González. “Era un tío increíble. Tuve una suerte extraordinaria al poder sumarlo al proyecto. No podía parar de tocar, en 1996 ya llevaba mucho tiempo sin piano en casa. Y en el estudio estaba realmente on fire. Era muy inventivo, con un talento enorme y un gran sentido del humor. Cuando no tocaba, y eso ya era raro, siempre estaba con bromas”, explica el productor, quien apunta el primer disco en solitario del pianista como su capítulo preferido de la aventura cubana. “Aún recuerdo su grabación, a dos días de dejar el estudio. Él llegaba siempre muy temprano, siempre era el primer músico en llegar, y ya tenía en la cabeza todo lo que quería tocar. En ese disco yo sólo tuve que pulsar el botón de grabación, de algún lado de su memoria emergía una música poderosa”.

Catorce años después de Buena Vista Social Club, Nick Gold rescató aquella idea original de grabar con músicos africanos y cubanos. En Madrid logró reunir a Eliades Ochoa, Toumani Diabaté y Bassekou Kouyate para registrar el disco Afrocubism (2010). Son y guajira con kora y ngoni, pero ese ya es otro cantar.

Carnegie Hall

Aquel sonido ardiente y pegajoso

El mundo siguió girando tras Buena Vista Social Club y, en Londres, World Circuit continuó publicando buenas músicas cubanas y africanas, aquí bajo distribución primero de Nuevos Medios y ahora de Music As Usual. El disco más reciente, además, ajusta otra cuenta histórica. Abelardo Barroso fue una voz suprema de la música bailable del ecuador del siglo XX en Cuba. Lideró la Orquesta Sensación y, sorpresa, su fama engordó en África, donde su voz de exboxeador se equipara en popularidad con las de Benny Moré o la primera Celia Cruz. “Es otro cantante que realmente adoro. Escuché por primera vez su voz en algún lugar de África, Malí o Senegal, porque en toda África occidental sus canciones son tremendamente populares”, explica Nick Gold, satisfecho de poder invertir los réditos cubanos en redescubrimientos de la época dorada.

En la isla de Cuba, no obstante, tardó en calar el sonido añejo del rescate histórico del son y el bolero, músicas con las que se reconcilió buena parte de la población más joven que no conoce otra Cuba que la revolucionaria. El productor habanero René Espí dirigía Los Grandes Todos en Radio Ciudad de La Habana, una de las escasas ventanas a las gloriosas músicas de ayer en Cuba, e incide ahora en que “lo más positivo” del fenómeno Buena Vista Social Club “fue, sin duda, las oportunidades que dio a algunos músicos muy veteranos para reaparecer tras demasiados años de silencio y ostracismo”. “Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González tuvieron la segunda oportunidad de sus vidas”, explica el autor de la antología La Habana era una fiesta. “Por aquellos días en La Habana, el público más avezado, el más veterano, echaba en falta el empaste, la calidez y el timbre sólido que tenían los conjuntos cubanos en la época dorada”. En el disco, el ingeniero Jerry Boys apostó por un sonido más reposado que atlético. “Quizás fuera intencionado, quizás Ry Cooder tuviera en su cabeza el sonido de una casete reproducida hasta el desgaste absoluto”.

Publicado en la revista Rockdelux en abril de 2015

 

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Buena Vista Social Club: del solar de Cuba a Nueva York

30 Jun

por Carlos Fuentes

Nació por casualidad, pero llegó justo a tiempo de rendir tributo en vida a los supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. Buena Vista Social Club, el disco que esquivó el olvido, resucita ahora con la edición del concierto que la alineación titular de la orquesta cubana ofreció el 1 de julio de 1998 en el Carnegie Hall de Nueva York. Están todos: Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Rubén González, Omara Portuondo, Pío Leiva… y Ry Cooder, el hombre que encontró petróleo donde ya solo había un pozo de tristeza y resignación.

El cuento Buena Vista Social Club tuvo final feliz, aunque vino de improviso. En marzo de 1996, el productor británico Nick Gold viajó a La Habana para grabar a músicos cubanos y africanos. Los segundos, griots de Malí, nunca llegaron. Y Juan de Marcos González propuso aprovechar el estudio Egrem ya contratado para reunir a viejas glorias de la música isleña. El líder de Sierra Maestra buscó a Ibrahim Ferrer, que cantó con Benny Moré y ahora limpiaba zapatos; a Rubén González, pianista retirado que vivió el auge del cha cha chá en la orquesta del compositor y violinista Enrique Jorrín, y a Compay Segundo, veterano de mil bailes, mitad del dúo Los Compadres y antiguo socio de Ñico Saquito.

También a los cantantes Puntillita, Pío Leiva y Omara Portuondo, la novia del filin; al trovador Eliades Ochoa, al trompetista Guajiro Mirabal, también a Cachaíto López, excontrabajista de la Orquesta Cubana de Música Moderna, y al guitarrista Manuel Galbán, de Los Zafiros. Por fin ellos eran las estrellas y el resto (Ry y Joachim Cooder, Angá Díaz, Amadito Valdés, Papi Oviedo…), actores secundarios de una aventura sentimental que iba a marcar época.

Ibrahim Ferrer contaba que solo los cincuenta dólares que pagaban por cantar un tema le convencieron. Pero él no llegó el primer día. Nick Gold lo recuerda: “Fuimos al estudio y estaba cerrado. Iba con el ingeniero Jerry Boys y junto a nosotros, sentado en la calle, había un señor mayor. No sabía quién era. Al abrir corrió a sentarse al piano y empezó a tocar. Era Rubén González, que tocaba la música de tus sueños”. De ese primer sonido del pianista al que Ry Cooder definió como “una mezcla entre Thelonius Monk y el gato Félix”, Nick Gold evoca algo “increíblemente bello y a la vez provocador”.

Buena Vista Social Club comenzó a armarse sobre trozos del cancionero cubano. Clásicos de Isolina Carrillo (Dos gardenias), Sergio Siaba (El cuarto de Tula), María Teresa Vera y Guillermina Aramburu (Veinte años), Guillermo Portabales (El carretero) y El Guayabero (Candela). Pero también tres piezas con historia: Buena Vista Social Club, danzón que Cachao dedicó a la sociedad negra que existió desde 1932 en el popular barrio habanero de Marianao; La bayamesa, escrita por Sindo Garay en 1869, y el añejo arranque de Chan chan (“de Alto Cedro voy para Marcané, luego a Cueto voy para Mayarí…”).

Grabado en seis días, el disco originó una saga y gira mundial, e inspiró el documental homónimo de Win Wenders. También provocó gritos, amenazas de bomba y recitales anulados en Miami. Pero ocho millones de copias vendidas hacen de Buena Vista Social Club el disco cubano más popular de todos los tiempos. Y Rolling Stone lo incluyó en la lista de 500 álbumes imprescindibles.

En esta historia de amor, la noche del Carnegie Hall fue quizá el momento más emblemático. Allí estaban, en lo que Salman Rushdie llamó luego “el verano del Buena Vista”, los supervivientes de la trova y del jazz afrocubano para tocar en el mejor teatro del corazón de Manhattan. “Antes del concierto hubo nervios porque algunos preparativos fueron algo caóticos. Había una energía enorme: aquella gente llevaba mucho tiempo esperando que algo así ocurriera, y allí estaban, en Estados Unidos, en Nueva York”, recuerda Nick Gold en conversación desde Londres. “Había mucha emoción. Y un increíble nivel artístico, inaudito. Había una atmósfera eléctrica por tanto talento”.

Para el productor británico, cuya reputación con World Circuit se ha forjado entre África y Cuba, el éxito de Buena Vista Social Club fue pura justicia. “El impacto emocional fue muy grande. Ellos estaban orgullosos de su cultura, de su música… Rubén había tocado con Arsenio Rodríguez, Compay hizo grandes innovaciones en la música de Santiago de Cuba… habían ayudado a crear esa música genuina. Y ese nivel de músicos se ha perdido para siempre”.

A esa generación pertenece Omara Portuondo. Con 78 años, la cantante de Cayo Hueso ha relanzado su carrera, aunque no olvida los días del milagro. “Buena Vista Social Club llegó cuando tenía que llegar, en el momento justo. Se juntaron la experiencia y la sabiduría, y unas canciones que nunca pasarán de moda. Fue todo tan espontáneo y tan lindo, nada rebuscado. Así es la vida, llovió de suerte”, recuerda Omara, la novia del filin, “muy contenta” de que el público no olvide a las voces que ya se fueron. “Ellos son como El manisero o Lágrimas negras, lindas cosas cubanas que la gente nunca va a olvidar”. O Silencio, el bolero emocionante que la cantante llenó de nardos y azucenas con su amigo Ibrahim Ferrer. “A él le gustaba mucho el bolero, las piezas lentas, todo lo sentimental. Siempre decía, y yo lo creo, que el bolero no caduca. Mientras exista el amor habrá boleros”, cuenta la cantante desde La Habana.

Ry Cooder jugó un papel esencial en el retrato añejo de las músicas cubanas. Entró en La Habana vía México para burlar el embargo, armó un conjunto con músicos de edades comprendidas entre 13 y 89 años y, rápido, organizó las descargas. ¿El hombre correcto en el lugar correcto? “Absolutamente”, afirma Nick Gold. “Ajustó a los músicos en el estudio, los reunió muy cerca para que tocaran en directo. Y evitó el abuso de percusión, sin congas ni timbales. Grabamos un disco clásico, con los micrófonos muy cerca de los músicos. En muchos sentidos, Ry abrió el camino”, asegura el timonel de World Circuit.

Nick Gold fue el primer sorprendido por la explosión cubana que vino luego. “No estábamos preparados. Nunca pensamos en un fenómeno musical así. Al grabar sí éramos conscientes de que algo especial estaba ocurriendo y que lo estábamos capturando en las cintas. Pero no teníamos ni idea del éxito que llego después”, admite Nick Gold, quien sin embargo anota otros dos proyectos (Introducing Rubén González y el álbum de Cachaíto) como sus dos discos preferidos de la saga Buena Vista Social Club. “Era gente muy especial, es difícil destacar a uno. Rubén, Ibrahim, Compay… es imposible elegir solo a uno. Todos tenían ese sonido delicado, con alma, bello, increíble. Esa música cubana tiene un poder como no había visto antes”, comenta el productor.

En Cuba, la emoción es compartida. Eliades Ochoa todavía se entusiasma cuando recuerda la grabación de 1996. “Nadie puede decir, y cada día quedan menos, que esperaba ese éxito”, explica el líder del Cuarteto Patria. Ochoa, heredero del acervo rural de Ñico Saquito y Guillermo Portabales, habla de Buena Vista Social Club como un ajuste de cuentas con las músicas del oriente cubano. “En todo el mundo se aprecia su dulzura, esa cosa que nació en Santiago, cuna del son y el bolero. Es una ciudad musical: allí el que no toca, baila y el que no baila, brinca”. Ahora, Eliades Ochoa espera escuchar el disco grabado la noche del Carnegie Hall: “Seguro que rebosa toda la energía que sentimos esa noche. Fue sentirse realizado de por vida. Es imposible olvidar un momento que supuso tanto para los artistas y también para la música cubana”.

Otro pilar del Buena Vista, el contrabajista Cachaíto López, sonríe satisfecho. El sobrino de Cachao ya tocaba con diecisiete años para Arsenio Rodríguez, pero admite que pasó mucho tiempo “sin oportunidades para hacer la música que más nos gustaba”. El veterano de la Orquesta Sinfónica de Cuba agradece aquel rescate histórico de su generación. “La música cubana empata con el alma de todos los públicos; no sé muy bien por qué, pero hasta en Alemania he visto a mucha gente divertirse con nuestras canciones”, explica Cachaíto desde La Habana. “Quizá el secreto del éxito esté en todos los músicos que participaron. Hubo una buena caída de gente, nos conocíamos de antes y nos llevábamos muy bien. No fue difícil trabajar juntos, y ahora los echo de menos”.

Publicado en el diario Público el 11 de octubre de 2008

Muere Olga Guillot, la gran dama del bolero cubano

3 Sep

por Carlos Fuentes

Su nombre fue borrado de los libros oficiales, apenas fue citada en diccionarios musicales. Y su voz profunda, imponente, desapareció de la radio y las vitrolas cubanas. Pero quedó para siempre grabada a fuego, de San Antonio a Maisí. En la ciudad de Miami, donde se exilió hace cincuenta años, falleció el pasado 12 de julio la auténtica reina del bolero cubano, Olga Guillot. Tenía 87 años.

Nieta de tenor e hija de soprano, debutó en La Habana con su hermana en el dúo Hermanitas Guillot. En 1944 se unió al conjunto Siboney de Isolina Carrillo y actuó en el cabaret Zombie. Al año siguiente debutó en disco con una versión de Stormy Weather. En 1946, Miguelito Valdés la invitó a grabar boleros en Nueva York, donde coincidió con Mario Bauzá, Arsenio Rodríguez y Machito. En 1948 rodó la película mexicana La Venus de Fuego y poco después grabó su primer éxito, el bolero de Chamaco Domínguez Miénteme. En 1958 viajó a Francia, donde compartió cartel con Edith Piaf como luego hizo con Sinatra. Fue la primera cantante latina que actuó en el Carnegie Hall. De vuelta a Cuba, su fama creció con piezas rotundas como Tú me acostumbraste, La noche de anoche y Vete de mí. En televisión presentó El Show de Olga Guillot, y fue artista principal en el cabaret Tropicana, donde cantó con Nat King Cole.

Salió de Cuba en febrero de 1961 y se estableció en México con la hija que tuvo con el compositor René Touzet. Allí rodó otra docena de películas. Ganó catorce discos de oro y diez de platino. Radicada en Miami, su genio se apagó hasta que, con el resurgir del bolero en Buena Vista Social Club, reclamó su lugar. Faltaba Yo (2001) la devolvió a los escenarios y el mundo supo otra vez del temperamento hecho canción. No era la Guillot un carácter cualquiera: en Madrid se negó a suspender un concierto tras caerse en el hotel. “¿Suspender el show? Antes muerta”. Cantó, y triunfó, con dos costillas rotas. Después volvió el silencio, hasta que un infarto acabó con su voz de hormigón. Medios oficiales cubanos ignoraron la noticia de su muerte. Pero Olga Guillot deja una autobiografía inédita. Pondrá las cosas en su sitio. Ya lo recordó su hija en el velatorio: “Antes de ella, las mujeres no habían escuchado en escena los reproches que una mujer le hace a un hombre”.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2010

Las canciones de verdad tienen curvas

10 Sep

LA MAR DE MÚSICAS

por Carlos Fuentes

44 conciertos en 22 días, casi la mitad en plena calle. Quince veranos lleva La Mar de Músicas escribiendo la banda sonora de julio en Cartagena. Marruecos contó con cuota amplia como país invitado, aunque lo mejor vino de lejos. Aquí, de más a menos, un paseo de dos semanas por un festival de altos vuelos.

A Mélissa Laveaux le tocó avivar la llama de Khaled y Pablo Milanés tras la apertura. Subió nerviosa a la Catedral Antigua, pero pronto se sacudió la prisa. Su canción, híbrido de autor con ligero aire hip hop, gana en la distancia corta. A trío, con orgullo de nieta de haitianos, cantó en francés, inglés y criollo. Defendió con solvencia su único disco, Camphor & Copper, y acabó bordando a Elliot Smith (Needle in the hay) y Eartha Kitt (I want to be evil). Rokia Traoré ya es un valor seguro. Y en alza. Tan diestra en bámbara y con n´goni como haciendo de crooner, guitarra en mano, para recordar a Billie Holliday (The man I love) y Miriam Makeba (Pata Pata). También se acordó de Fela Kuti, y en Tounka pidió comprensión con la emigración: “En Europa es un problema, para África es un drama”. Con Madeleine Peyroux hay idéntico feeling: sigue creciendo. Da igual que haga canción de arrabal, “de alcohol”, dijo entre risas, en Don´t wait too long, se arrime al blues (You can´t do me), cante a la tristeza (Our lady of Pigalle) o al amor (La Javanaise). Ojo con La Mala es el invento audaz de la Mala Rodríguez, Refree y la Original Jazz Orchestra del Taller de Músics. Hip hop con metales, DJ y teclados al mando de Raül Fernández. María habla en plata, pletórica, cada vez más lo que es: la gran cantante de este tiempo. Deslenguada, sobre arreglos jazzy del ingeniero de Refree, encandenó rimas soberbias (Tengo un trato, Lo fácil cae ligero, La niña), algún momento brutal (¿Por qué tienen sed?) y se despidió desafiante (Nanai, Déjame entrar). Grande. En su palo, lo mejor de la temporada.

Randy Weston fue otro regalo. Con su quinteto y The Master Gnawa Musicians of Morocco, el pianista de Brooklyn paseó por las medinas añejas de Tánger y Marraquech, fundiendo jazz y misticismo (Blue moses). Recordó a Gillespie y Pozo (African sunrise), amparó solos galácticos de contrabajo, saxo y trombón, conmovió con piano arrimado al africanismo y se fue sobre el traqueteo incesante de las qraqeb. Menos nutritivo estuvo Yann Tiersen. Jugando al despiste, ni rastro de Amélie Poulain, el bretón dedicó una hora al rock ácido, epiléptico, apoyado en las guitarras de Matt Elliott y en los aires presuntuosos del Ondas Martenot. Para cerrar la zona alta nadie mejor que Oumou Sangaré. Es la mujer con más voz de África, pero no se duerme. Poderosa y versátil, la reina malí de Wasulú maneja el patio a su antojo, ya sea con aires tradicionales de kamele n´goni, porque no hubo kora, (Sounsoumba, Seya) o para levantar la cara por la mujer (Wele wele wintou). “No woman, no life”, gritó al bailar Yala. Como una ola, dejó a muchos con la boca abierta.

Cerca de pleamar, Marianne Faithfull merece crédito aparte. Cuida los detalles, consciente de que la voz (a veces) no está a la altura del mito. Con Roger Eno vigilando todo, la musa de swinging London elige bien el repertorio, de lo humano a lo divino. De Dolly Parton (Down from Dover) a Bessie Smith (Easy come, easy go), con paradas en Randy Newman (In Germany before the war), Morrissey (Kimbie) y Nick Cave (Crazy love). Pareció reírse de sí misma en Sister morphine y se fue, elegante, con Sing me back home before I die. Más voz le queda al franco-argelino Faudel, cada vez más accesible y cercana al pop. Mucho rai de teclados y demasiada versión (My way, Aicha, Didi) en la noche magrebí que abrió el chaabi popular de la cantante Najat Aâtabou.

Novalima y Otros Aires asumen riesgos. Los peruanos del nuevo afro han dado con una fórmula entre folclor y electrónica que funciona en disco y en directo. Se bailó con Coba Coba, Ruperta y Bandolero. Son a Lima lo que Gotan Project a Buenos Aires, y Miguel Di Génova sabe de qué va la historia. Encabeza Otros Aires, para mayor gloria de Manzi y Pugliese, con sample de Gardel (Milonga sentimental) y un ojo en la rumba catalana (Rotos en el Raval). Canciones de noche y humos, aunque el cuarteto se defendió a media tarde. De noche saltó Calle 13 al auditorio grande. Pletóricos, aunque su música urbana pierda algún entero en directo, Residente y Visitante repitieron el concierto de Madrid. Cómodo no cambiar cuando el invento funciona (La cumbia de los aburridos, Pa´l Norte), porque lo intentaron una vez (Mala suerte con el 13, con la Mala Rodríguez) y el tiro salió por la culata. Chiwoniso y Fez City Clan son dos versiones de África. La zimbabuense revitaliza la mbira con pespuntes de funk, y los cinco de Marruecos batallan hip hop con la actitud del pionero en tierra extraña. Chatarra fina la de Konono Nº1. La sensación de la temporada (ay, indies) no sorprende como en mayo de 2006, pero el oído no se olvida de la letanía de likembés. Con el maestro Mingiedi marcando ritmo en un timbal al que Congotronics, y Björk, han puesto por un rato en el centro del mundo posmoderno. De Congo llegaron también Kasai All Stars para cerrar con sus máscaras pintadas, agitados bailes tribales, y bajo fuegos de artificio.

Más que rentabilizados están Emir Kusturica & No Smoking Band y Buena Vista Social Club. Es difícil asumir que tan buen ojo de cine tenga tan mal oído. Disfrazado del Che, banda de cabra y teclado colchonero, el autor de Tiempo de gitanos perpetró un rato tan divertido (y gustó mucho) como anodino. Salvo La vida es un milagro, su banda de dúo Sacapuntas no dio para más. Se agradeció que el himno soviético anunciara el final del circo. Algo similar transmitió Buju Banton, monótono dance hall sudoroso y ragga a piñón fijo, pero hábil llenando bolsillos. Más pena da ver en lo que se ha convertido el club de la Buena Vista. Sin padres fundadores a que agarrarse (está Manuel Galbán, y ya no para mucho trote), Cuba se vende ya en peso convertible. Buche y pluma ná más. Voces chirriantes. Idania Valdés no es Omara y un tal Calunga ni roza a Ibrahim o Leyva. Están la trompeta de Guajiro Mirabal, el laúd de Bárbaro Torres y el trombón de Aguaje, pero ya es poco para defender la canción de monte adentro (Chan Chan, De camino a la vereda). Marchitaron hasta Dos gardenias, un destrozo.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2009