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Bebo Valdés, el último padre del jazz afrocubano

25 Mar

Bebo Valdés (retratos)

Por Carlos Fuentes

Hay aventuras personales que retratan bien la historia reciente de un país. Y la vida azarosa de Bebo Valdés, fallecido en Estocolmo (Suecia) a los 94 años de edad, sintetiza a las claras los vaivenes culturales que Cuba ha sufrido en el último siglo. Pianista de talla enorme, talento nato para la composición y la búsqueda de nuevos estilos, el patriarca de la saga Valdés deja una herencia nutrida de tardes de gloria, una posterior noche de frío exilio y, al fin, un renacer postrero con aval mundial. En las enciclopedias de música latina Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro constará por la B de batanga, el ritmo nuevo que creó después de afianzar su reinado en las noches habaneras anteriores a la Revolución.

La vida agitada de Bebo Valdés, nacido el 9 de octubre de 1918 en el municipio habanero de Quivicán, se puede contar en tres capítulos cronológicos. Desde primeros de los años cuarenta la capital cubana era una olla cultural en ebullición constante. Al trasiego de grandes artistas internacionales se sumaba la cantera infinita de las músicas populares cubanas. Desde el son campesino de Miguel Matamoros al cha cha chá bailable de Enrique Jorrín, con el mambo de Dámaso Pérez Prado como campeón comercial, aunque el más genuino hallazgo sonoro en la isla del caimán verde se llamó jazz afrocubano. Y Bebo Valdés logró aunar como no se había hecho desde los tiempos del maestro Ernesto Lecuona el alma elegante de la cancionística cubana con las influencias noctámbulas del jazz que se cosechaba al otro lado del estrecho de la Florida. 

Bebo Valdés (piano)El pianista grabó descargas para Norman Granz, actuó durante una década, hasta 1957, como jefe de orquesta en el club Tropicana del barrio de Marianao y protagonizó frecuentes tardes de radio en directo, algunas con Benny Moré como cantante. En aquella época actuó junto a Senén Suárez, uno de los amigos que nunca supo antes de sus planes para dejar Cuba. “Nos conocimos en 1948 cuando él estaba en la orquesta de Antonio María Romeu y yo en el conjunto de Ernesto Grenet”, recordaba Suárez a este cronista en 2008. “Nos hicimos amigos desde el principio porque tuve, y tengo, alto concepto de él como músico y como persona. Hizo el batanga, hizo de todo: siempre me impresionó su creatividad”. Pero luego llegó el comandante, la tropa de barbudos mandó parar y, en 1960, Bebo Valdés optó por dejar La Habana. De la cima del éxito al exilio sueco.

Cuando salió de Cuba, en compañía de su amigo cantante Rolando Laserie, paró primero en Estados Unidos pero un problema de visado le obligo a viajar a Madrid, donde lo encontró Lucho Gatica. Con el bolerista se ganó las primeras pesetas, luego cierta fama como músico de sesión y, a la primera oportunidad, un pasaporte salvavidas. Durante una gira por el norte de Europa conoció a la joven sueca Rose Marie y con ella formó familia en las antípodas del Caribe. En Escandinavia, donde llegó a actuar en clubes del círculo polar ártico, Bebo Valdés tuvo noches tranquilas, casi siempre como pianista de hotel, repertorios de clásicos para un consumo fácil en el restaurante Ambassadeur. Y todos, absolutamente todos, se olvidaron de aquel joven pianista tan desgarbado como talentoso. El caballón, le decían en Cuba. Fue tal la desaparición que en La Habana lo dieron por muerto. Incluso artistas cubanos de fama mundial como Antonio Machín lamentaron la muerte del compañero. Hasta que ambos se encontraron una noche de verano en los años setenta en un salón de baile en Canarias: “Coño, un fantasma. ¡Pensé que estabas muerto!”. El pianista contaba esta anécdota con Machín entre carcajadas pero, risas aparte, siempre latió en Bebo Valdés la certeza de que no iba a volver a Cuba mientras no se produjera un cambio de régimen. “Es que no me gusta recibir órdenes”, zanjaba.

Bebo ValdésAsí, anestesiado por la nostalgia, aunque sin rencores estériles, se lo encontró el año 2000 el cineasta español Fernando Trueba. No era el primero (Valdés ya había grabado una primera versión de su suite afrocubana en una disquera de Barcelona y con Paquito D´Rivera había registrado el álbum Bebo rides again para la disquera alemana Messidor) pero sí fue Trueba el artífice de un regreso como dios manda, a la altura del personaje: con él, y con su hijo Chucho (ya reconciliados después de que la política se hubiera metido en la azucarera del jazz cubano: tras Bebo marcharon de Cuba el saxofonista Paquito D´Rivera y el joven pianista Gonzalo Rubalcaba, entre otros tantos), con su amigo Israel López “Cachao”, a quien defendía como genuino padre del mambo, Bebo Valdés grabó el documental Calle 54, luego el disco de boleros y coplas Lágrimas negras con el cantaor Diego el Cigala, también un delicioso disco de piano solo con contradanzas añejas de Manuel Saumell e Ignacio Cervantes.

También cumplió el sueño de visitar Salvador de Bahía, la capital negra de Brasil, allí grabó el documental El milagro de Candeal junto a Trueba y Carlinhos Brown. Con Cachao y Carlos Patato Valdés registró el disco El arte del sabor, que obtuvo un premio Grammy en 2001. Ganaría otros tres galardones por las coplas con El Cigala. Y, por fin, en una pirueta que culminó una suerte de círculo, la versión definitiva de Suite Afro-Cubana, la obra de una vida.

bebo valdes mucho saborSe marcha Bebo Valdés después de disfrutar en los últimos años de la costa malagueña, ya enfermo del mal de Alzheimer, con el reconocimiento de todos, el cariño de muchos y dejando la impresión de que por una vez, al menos por una vez, la historia azarosa de Cuba hace justicia. “Bebo Valdés, sin duda, fue uno de los sustentos fundamentales que comenzó a tener la música popular cubana mediando la década del cuarenta”, explica el musicólogo y productor cubano René Espí, autor de la antología La Habana era una fiesta con rescates de época de radios y estudios de grabación cubanos. “El suyo fue un talento creativo que desbordó con creces en los primeros años de los cincuenta, tanto a nivel de compositor como creador de formas bailables novedosas como su ritmo batanga”.

En el amplio espectro de la música cubana, una isla que ha dado más estilos a los papeles pautados que muchos países del mundo occidental, Espí subraya los trabajos de Bebo Valdés como arreglista de orquesta. “Fue un arreglista de primer orden, porque junto a músicos primordiales como Ernesto Duarte, Julio Gutiérrez o René Touzet oxigenó el cauce musical cubano”, indica el productor, hijo de otro personaje clave de la escena cubana, Roberto Espí, director del Conjunto Casino. De vueltas a la memoria de Bebo brota la poética caribeña: “Vistió de seda, con luz propia, prácticamente todo género bailable con arreglos maravillosos. Sobresaliente en cualquiera de estas facetas, sobre todo como conductor de orquesta e intérprete de piano. Deja una obra trascendental como músico y su digna grandeza como ser humano. Bebo es y será Cuba siempre”.

Publicado en el diario digital El Confidencial en marzo de 2013

 

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Cuerdas no tan lejanas

21 Oct

ARNALDO ANTUNES, EDGARD SCANDURRA & TOUMANI DIABATÉ

por Carlos Fuentes

Si fuera boxeo, sería un combate (sin golpes) de pesos pesados. La última pirueta de los brasileños Arnaldo Antunes y Edgard Scandurra es A Curva da Cintura, un disco compartido con el emperador malí de la kora Toumani Diabaté. ¿World music? Qué va: genuino vaso comunicante entre dos culturas no tan lejanas.

La idea es más fácil de explicar que de alcanzar: trazar un puente sonoro entre los instrumentos de cuerdas de Brasil y Malí. Y nadie mejor para intentarlo que el cantautor tribalista Arnaldo Antunes y el tañedor de kora Toumani Diabaté. El proyecto surgió en 2010 cuando el músico paulista y su socio guitarrista Edgard Scandurra coincidieron en Río de Janeiro con el africano para compartir recital en el festival Back2Black. Aquel intento embrionario despertó el apetito de unos artistas versátiles que antes colaboraron, anoten por el lado del exmiembro del grupo Titãs, con Chico Buarque, Tom Zé o Marisa Monte. Y Toumani Diabaté tampoco sabe lo que es estar quieto: Ali Farka Touré, Björk, Herbie Hancock, Taj Mahal y el Cuarteto Patria de Eliades Ochoa. “Quisimos acercarnos a la kora sin la pretensión de hacer un disco de “world music”, más bien crear algo completamente nuevo que trasciende una (im)posible y previsible sonoridad”, explican los dos músicos brasileños. “El álbum permitirá que la música de Malí sea conocida en un país donde estaban olvidando sus conexiones con África. Y hay colores que nunca se habían visto antes en las músicas de Brasil”, asegura Toumani Diabaté.

A Curva da Cintura, editado por el sello Um Discos, incluye catorce canciones que oscilan entre el pop ágil de los brasileños y la destreza a prueba de bomba del malí. Y en las catorce letras abundan referencias a la melancolía cotidiana, quizá el principal signo de identidad del también poeta Arnaldo Antunes, aunque es el campo sonoro de este cruce de orillas lo más deslumbrante. Laten, claro, esencias del samba y de la bossa-nova, también un ligero aroma de melismas árabes flotando entre guitarras brasileñas y kora. “Hay gran musicalidad entre ambos instrumentos, que se acercan a través de la improvisación. Y hay ritmos que mezclan de forma estupenda con las influencia del blues”, señala Edgard Scandurra. “Como ya ocurrió con Björk y otros artistas que han viajado a Malí, la atmósfera que se respira allí para crear es algo muy especial, y es muy difícil que suceda en una ciudad occidental. Bamako tiene otra magia”, dice Toumani Diabaté, “y ellos fueron valientes al aceptar el reto de mi invitación, no se arrepintieron”.

En efecto, A Curva da Cintura se trabajó en los dos países. En São Paulo, en una etapa inicial, Antunes y Scandurra pergeñaron el esqueleto sonoro. Luego, en el estudio de Bamako, los tres músicos completaron un viaje sin precedente entre los sonidos de Brasil y África occidental. Nos dimos cuenta de que sería una sonoridad única, una gran afinidad musical, y no podíamos dejar pasar esa oportunidad. La mezcla entre la guitarra eléctrica y la kora es genial”, reivindica el guitarrista brasileño. “Como llevo demostrando hace más de veinte años, la kora conecta con todo y con todos. Aunque no existan precedentes, la realidad es que funciona. Y se aprecia en mi hijo Sidiki, de veinte años, la generación número 72 de la familia Diabaté que toca la kora, que ha grabado efectos que no habían sido registrados antes con la kora. Muchos piensan que es la guitarra eléctrica”, indica Diabaté sobre piezas de satén como Ir, mão, Kaira o Grão de chãos que, además, ponen banda sonora a un documental que retrata el viaje africano.

Sorprende la cosecha si se valora el desconocimiento recíproco previo. Porque Antunes y Scandurra supieron del tañedor de kora en la reunión negra de Río de Janeiro, “pero luego hicimos una intensa búsqueda de sus discos, también a través de YouTube”, admite el guitarrista. Para Toumani Diabaté, la única referencia previa del dúo paulista era Tribalistas, el disco de pop que Antunes grabó en 2002 con Marisa Monte y Carlinhos Brown. “No fue algo premeditado. En una creación a tres bandas cada uno aporta sus experiencias, y en nuestros casos ya son muchas y muy variadas”, explica el malí. “Es la primera grabación entre músicos de Brasil y Malí, quisimos acercarnos a la kora y a esa habilidad que tiene Toumani con pop y rock; es lo mismo que Arnaldo y yo hacemos en Brasil. Me siento ciudadano del mundo que recibe informaciones e influencias, y que busca transcribirlas a sus composiciones. Nunca quisimos hacer un disco folclórico, solo teníamos samba o ritmos africanos”, añade Edgard Scandurra.

De hecho, A Curva da Cintura nació sin un pasaporte cultural predeterminado. “Siempre compusimos sin pensar si debería tener orígenes brasileños o latinos. Hacemos música y punto. Sin embargo, vivimos en una ciudad donde existen grandes influencias del mundo. He escuchado mucho flamenco y, tal vez por eso, hay ciertas influencias árabes en mis canciones. Y Toumani, por vivir en un viaje permanente a través del mundo, también hay cogido otras influencias. Eso explica su internacionalidad”, indica el guitarrista. “No conozco lo suficiente de los ritmos brasileños, pero que en su mayor parte tienen origen en África es algo que no se debe olvidar”, subraya Diabaté. “Y nuestro objetivo es el mismo de siempre: defender la cultura aunque la economía sea la que mande. Porque sin la cultura no vamos a ninguna parte. Y como olvidemos esto, entonces sí habrá crisis. Yo, como griot que soy, estoy aquí para recordarlo a todas horas”.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2012

El hada madrina del nuevo Brasil

20 Dic

MARISA MONTE

Por Carlos Fuentes

Hay pocas carreras tan al margen del calendario comercial como la de Marisa Monte. Verso libre de la música popular brasileña, la cantante carioca disfruta de un crédito merecido con apenas cinco discos de estudio, siete si se suman dos álbumes en directo. Aliada estratégica de buena parte de la generación de nuevos músicos brasileños que están revolucionando los sonidos del gigante verde, esta versátil autora e intérprete vuelve ahora con O que você quer saber de verdade, primer disco en cinco años. “Es el ritmo de mi vida, mi ritmo ideal”, explica a Público, “la velocidad que necesito para sentirme cómoda y creativa”. 

Se abre la tarde en Río y la voz de Marisa Monte (Río de Janeiro, 1967) suena serena, sin prisas. Como si hubiera pospuesto un rato de asueto. Nada que ver con el caudal energético de sus conciertos y la tormenta tranquila que transmite a sus músicas. Contenta con el nuevo disco, una suerte de vuelta a la raíz de la canción, recupera parcerias con el músico y poeta paulista Arnaldo Antunes y el hombre-orquesta bahiano Carlinhos Brown. Triángulo básico para explicar la identidad del nuevo Brasil. “Nos une el lirismo en la música, aunque cada uno sea al mismo tiempo diferente y complementario al resto. Arnaldo vive en São Paulo, en un mundo de hormigón, con su poética urbana, simple y sofisticada; y Carlinhos es de Salvador de Bahía, con su experimentación y libertad. Quizá yo esté en el centro porque en Río se une todo”, indica. De los catorce temas de O que você quer saber de verdade, ocho fueron compuestos a dúo o a trío.

Cada momento de la vida puede ser inspirador y yo trato de vivirlos y sacarles todo el partido. Hasta ahora quería un ambiente más familiar, más relajado, sin que eso significara estar en silencio”, indica Marisa Monte al subrayar que da tanta importancia creativa a la etapa de ser madre (y ella atiende ahora a una segunda hija) como al vertiginoso momento de entrar en estudio y, luego, salir de gira. “Las canciones nunca dejan de surgir, quizá no al ritmo como cuando estás sola en la habitación del hotel”, señala el vértice femenino de Tribalistas, su aventura de 2002 con Antunes y Brown. Un disco, trece canciones, escrito en apenas una semana y que vendió dos millones de copias en todo el mundo. 

El de Marisa de Azevedo Monte suena a cuento de hadas. Hija de un ingeniero emparentado con la casa Saboya (un antepasado aspiró a reinar en Portugal), estudió canto, piano y percusión. A finales de los 80, el productor Nelson Motta tradujo para ella E po’ che fa do, del napolitano Pino Daniele. Bem que se quis fue un gran éxito, el primero. En la década siguiente, Marisa Monte eclosionó en mariposa multicolor gracias a Arto Lindsay, zahorí de melodías extraídas del ruido, con Mais, su estreno como autora; y, en 1994, Verde, anil, amarelo, cor-de-rosa e carvão, con temas de Paulinho da Viola, Jorge Ben Jor y Lou Reed, vendió un millón de copias. Tres canciones sonaron en telenovelas de Globo.

Los éxitos se repitieron con el disco en directo Barulhinho bom y el posterior Memórias, crônicas e declarações de amor. 2006 fue el año de los gemelos pero no iguales Infinito particular y Universo ao meu redor. Cuatro estandartes para una nueva manera de entender las tradiciones y el futuro de la música en Brasil. ¿El país de la primera música globalizada? “No lo sé, quizá seamos más producto del avant-garde, de una vanguardia, que de la globalización. Nuestra cultura siempre ha estado anclada a la diversidad. Para los brasileños, mezclar es algo natural. Así creamos la bossa-nova y el samba-rock; nuestra música se nutre de raíces genuinas en la naturaleza mestiza del pueblo brasileño. Por eso nuestras mentes están abiertas: no tememos que las mezclas cambien nuestra forma de ser porque nuestra forma de ser ya es producto de muchas mezclas”. 

Y en los diferentes Brasil encantan Marisa Monte y sus cosechas de serenidad. También que vuelva a la esencia (hace tres años produjo O mistério do samba, documental sobre la mítica escuela sambista Velha Guarda da Portela), quizá el rasgo más característico de su nuevo disco. “Mis canciones están inspiradas por el dominio del tiempo, son mi apuesta por la vida con ritmo humano. Hablo de disfrutar cada instante, ser optimista, elegir lo de verdad importante… quizá sea resultado del momento actual, de tanta información, tanto ruido. Debemos ser capaces de identificar las necesidades de nuestro espíritu y dedicarles todo el tiempo que se merecen”, reflexiona Marisa Monte. Y sus canciones, híbridos de romanticismo pop, ahondan en esa línea. “No podemos negar la importancia del amor en la vida. Ahí está la clave, o al menos una de ellas: déjate llevar por la vida, sepárate de todo lo que te causa problema. Y si quieres algo, inténtalo”. 

Suena algo intangible en el disco de Marisa Monte que siembra paz interior. Rico en canciones, catorce, para lo que se estila hoy, O que você quer saber de verdade rebosa poesía de profundidad cotidiana. “Después de soñar tantos años, de hacer tantos planes, de un futuro para nosotros”, canta, con la mirada atrás, en Depois. Melancolía cálida en una simbiosis de pop y samba, como si ahora en Marisa Monte confluyan las corrientes que plasmó en sus dos discos anteriores, ambos de 2006: el contemporáneo Infinito particular, de su cosecha y amigos, y el ágil Universo ao meu redor, con sambas de Argemiro Patrocínio, Paulinho da Viola y Adriana Calcanhotto. Siempre cómoda compartiendo focos: “No confundo mi persona con mi arte. Hoy existe una gran confusión entre arte y artista, como si la línea tenue que los divide no existiese. Y yo estoy cómoda haciendo música, no tengo la vanidad de querer aparentar más que la música”.

Publicado en el diario Público el 20 de diciembre de 2011