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La ciudad de colores que prohibió pintar de negro

3 May

VALPARAÍSO

Por Carlos Fuentes

En tiempos lúgubres a este lado del mar reconforta cruzar el gran Atlántico para conocer una ciudad colgada de los cerros. Un lugar de casitas de colores con las ventanas abiertas que prohibió, y lo hizo por ley, pintar sus casas de negro. Valparaíso, que así se llama este lugar, fue durante siglos el puerto de referencia para todos los barcos que realizaban el viaje de circunvalación por América del Sur. No existía, claro, ese invento humano de ingeniería contra la geografía llamado canal de Panamá. Y a este cronista, que siempre ha sentido una extraña devoción por los lugares detenidos en el tiempo, Valparaíso se ha brindado ahora como un pantalán para el optimismo en tiempos de cólera.

Ni los enciclopedistas se ponen de acuerdo al determinar el origen de esta urbe portuaria, arrabalera, colgada de los cerros, que se extiende como observatorio panorámico sobre el azul turbio del océano Pacífico. Por explicarnos: existen dos versiones que sitúan el topónimo Valparaíso (que, es lógico, procede de la unión entre los términos “valle” y “paraíso”). La teoría más antigua, pero no por ello menos discutible, señala que fue el descubridor del puerto, el navegante y militar español Juan de Saavedra, quien otorgó este nombre en honor de su pueblo natal, Valparaíso de Arriba, en la provincia manchega de Cuenca.

Otra versión histórica atribuye la designación del puerto chileno a la soldadesca del navegante genovés Juan Bautista Pastene, que deslumbrada por la belleza del lugar habría bautizado la zona Val del Paraíso. De ahí al actual Valparaíso apenas van cuatro siglos y varias contracciones lingüísticas. Aunque, al margen de este debate histórico nunca resuelto, los vecinos de la ciudad han terminado con toda discusión: para sus actuales trescientos mil habitantes la ciudad se llama Valpo. Así, a secas, con no poco cariño de sabor chileno.

Caminar Valparaíso es un ejercicio recomendable para la salud del cuerpo. Sus cerros obligan a transitar entre callejuelas estrechas, callejones sin salida y no pocos peldaños. Pero también para el bienestar del espíritu. Aquí se mantiene en activo el diario más antiguo de América Latina, “El Mercurio de Valparaíso”, todavía instalado en un edificio-monumento de estilo neoclásico francés, y aquí siguen llegando artistas jóvenes para aprender a pintar una gama infinita de colores que va cambiando según sea la orientación diaria de la luz del sol.

“La casuela”, del pintor Gonzalo Etcheto

En la parte alta del sector sureño, ahora convertido en apeadero de turistas y parejas de enamorados, aparece el argentino Gonzalo Etcheto en plena faena: pintor autodidacta de la ciudad de Mendoza, se ha especializado en el retrato colorista de las casas caleidoscópicas de Valparaíso. “Con esto vivo, y de esto quiero vivir”, señala el artista sin negar que el alimento para el alma no alcanza, a veces, para llenar la heladera. Ahora el mendocino expone su obra optimista en la galería Bahía Utópica, nombre que no se antoja más apropiado para su menester positivo. Y la sala de arte está ubicada en Cerro Alegre, qué gracia, en la frontera del casco histórico de la ciudad, patrimonio mundial desde 2003.

Son infinitos los paseos posibles por Valparaíso y, aunque uno disponga de la espléndida ayuda de un amigo local (en mi caso, un erudito de Valparaíso y de muchas otras cosas más), lo mejor es actuar como un flâneur, con el permiso poético de Baudelaire. Dicho en plata: dejarse llevar en un rumbo sin brújula, caminar por pura intuición. Pasear sin mapa en los bolsillos para descubrir la esquina nunca imaginada, el olor a sanguche de palta, el eco del vocero de los pescados del día, el puestecito de maní tostado y cotufas dulces, el carrito de los panchos calientes…. O centenares de grafitos urbanos, porque Valparaíso es un museo inmenso al aire libre. También para acercarse, a bordo de uno de los ascensores vetustos que sobreviven a la desmemoria, a la casa de Pablo Neruda, llamada La Sebastiana, levantada sobre un cerro color jardín trufado por calles con mosaicos con versos emocionantes de Federico García Lorca.

Y para cumplir con una liturgia antigua del viajero aprendiz de todo, maestro de nada: parroquia, cementerio y plaza de mercado. La Iglesia de la Matriz sigue en pie después de ver pasar a piratas (Francis Drake arrasó la ciudad en 1578: como únicos tesoros se llevó el cáliz de plata y las dos vinajeras para la misa) y ser construida otra vez tres siglos después. En el cementerio de Playa Ancha, fundado en 1887, descansan los restos de los próceres locales, memoria vieja de los tiempos pasados que aquí fueron mejores. Y en el mercado de abastos, como ocurre en todo Chile, mirar a los ojos saltones de sardinas con escamas vivas como espejos mágicos, palometas negras disfrazadas para el camuflaje y peces sable que ya no amenazan a nadie. U oler el yodo fuerte del piure, sabor intenso como el que regalan el picoroco, las almejas gigantes y el bígaro vivo. Son los ingredientes de esta receta para el optimismo, regada con pisco sour y jugo fresco de limones verdes. En Valparaíso, aquí donde los males del espíritu se esconden, rendidos ya a la evidencia de que es mejor vivir que lamentar.

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La fantástica orquesta de la música alegre

21 Jul

THE PENGUIN CAFÉ ORCHESTRA

Por Carlos Fuentes

Todo comenzó con un delirio genial. En 1972, el compositor y guitarrista británico Simon Jeffes se desencantó con los rígidos corsés de la música clásica y, al tiempo, comprobó las limitaciones de cualquier intento de hacer evolucionar el rock. Harto de pelear contra estereotipos, Jeffes optó por salir de vacaciones. Y se marchó al sur de Francia. Fue allí, después de comer un pescado en mal estado, cuando le sobrevino la visión desoladora de un mundo sin alma. Un no lugar. “Tirado en la cama tuve una visión extraña. Un edificio de hormigón en el que cada habitación era vigilada por un ojo electrónico. En un cuarto, alguien miraba al espejo. En otra habitación, una pareja hacía el amor pero sin quererse. Y un compositor escuchaba música con auriculares. Todo estaba en silencio. Todo era gris, anónimo. Era la completa desolación”.

Al día siguiente, Jeffes se restableció. Y la mejoría le permitió bajar a la playa. “De pronto, un poema brotó en mi cabeza: “Soy el dueño del Penguin Café, y te voy a contar cosas al azar”. Nacía, del sueño de una noche de verano, la idea de The Penguin Café Orchestra, un conjunto de vanguardia consagrado a “lo aleatorio, lo espontáneo, lo sorprendente y lo irracional” que Jeffes capitaneó un cuarto de siglo hasta su muerte, en 1997, por un tumor cerebral. Ahora, diez años después de su última aparición, The Penguin Café reanuda su carrera con Arthur Jeffes, hijo del fundador. El festival La Mar de Músicas (Cartagena) ofrece hoy el único concierto que el grupo inglés dará este verano en España.

En Londres, a punto de subir al avión, Arthur Jeffes defiende la vigencia artística de The Penguin Café. “Sé que es difícil definir este proyecto desde lo musical, e incluso desde lo espiritual. Pero, como soñó mi padre, también creo que hay un lugar en el que podemos ser libres y escapar de un mundo cerrado, deshumanizado, donde no hay conexión entre las personas. En mi mente, ese lugar es una pequeña choza desvencijada al final de un camino polvoriento en la que siempre hay alguien que merece la pena conocer. Allí sirven crepes japoneses en grandes mesas sobre suelo de serrín. Y hay un grupo que toca, The Penguin Café Orchestra. Ahora nosotros intentamos hacer la música que ellos tocaban”, explica Arthur Jeffes. Para la nueva etapa, este pianista de 32 años convocó a ocho músicos: Rebecca Waterworth (chelo), Tom Chichester-Clark (guitarra), Darren Berry (violín), Andy Waterworth (bajo), el ex miembro de Suede Neil Codling (ukelele), Vince Greene (viola), Des Murphy (ukelele) y el también integrante de Gorillaz Cass Browne (percusión). La alineación, no obstante, no es tan rígida como aquel bloque de hormigón con el que soñó su padre. “Somos nueve, pero nos alternamos mucho en los instrumentos. Y las canciones pueden variar de duración o desarrollarse de maneras diferentes. Ya llevamos cierto tiempo juntos y vemos que, a veces, los temas adquieren vida propia”.

Porque si la casualidad es un aval, la historia del renacimiento de The Penguin Café también posee un componente imprevisto. En 2008, cuando el proyecto original dormía ya en el cajón de los recuerdos después de haber deslumbrado con discos como Music from The Penguin Café (1976) o Broadcasting from home (1984), Arthur Jeffes recibió una propuesta trampa. “Aquel noviembre, un viejo amigo me preguntó si queríamos actuar en un pequeño festival en Italia, en Castello di Potentino. Y pensé que estaría bien tocar otra vez las músicas de mi padre, en un escenario real, ante un público real. Acudimos Darren, Andy y Tom, y aquel concierto resultó maravilloso. Es paradójico, pero también esta nueva historia ha comenzado casi por accidente”, señala. ¿Y ha cambiado su concepto musical respecto al original? “En filosofía, no. Hay canciones nuevas, pero he seguido esquemas musicales que mi padre utilizaba”. ¿Y no añorará el público el primer sonido Penguin? “Es que no hemos cambiado nada por el mero hecho de cambiar”, afirma Jeffes. “Y tampoco hemos dejado todo igual, como si fuéramos un museo”, subraya el pianista, que trabaja en la grabación de un nuevo disco de estudio. Antes, los seguidores de The Penguin Café se encontrarán en los anaqueles con un álbum grabado en directo. Será después del verano y no será un disco cualquiera. El grupo ha decidido tener presencia editorial en beneficio de la ONG Teenage Cancer Trust, que se dedica a la investigación de tratamientos para niños afectados por la leucemia. Con The Penguin Café, otros músicos que han participado en la captación de fondos son Roger Daltrey, Paul Weller, Arctic Monkeys, Muse, Kasabian y Depeche Mode.

Se entiende la magnitud del reto que supone recuperar el legado de un músico, Simon Jeffes, quien de un viejo armonio hallado en un patio de Kyoto (Japón) extrajo una pieza maestra, Music for a found armonium. Aunque quizá a favor del nuevo proyecto jueguen los tiempos de incertidumbre que corren. ¿Son las nuevas canciones de The Penguin Café buena medicina contra el pesimismo? “Estoy de acuerdo con tu idea. Ya he comprobado que nuestro proyecto logra sorprender y generar entusiasmo. Nuestra música es alegre; es nuestra idea básica, más allá de lograr la perfección en un estilo musical en particular. Esta amplitud de miras nos permite ofrecer un trabajo que evita etiquetas… música de cámara, jazz, world music, música minimalista. Y ese es nuestro ideal, no vamos a estar buscando siempre el éxito”, defiende Arthur Jeffes, que vincula su gran angular sonoro a la necesidad de optimismo en la nueva aldea global. ¿Y cómo reaccionaría su padre si pudiera escuchar las nuevas aventuras de la orquesta del pingüino? “Sería muy feliz. Tocar su música es conmovedor, pero también es algo muy bonito. Es como si todavía pudiera estar conversando con él, él estaría encantado de ver cómo mucha gente ama su música. Y le gustaría saber que muchos grupos de folk tocan Music for a found harmonium creyendo que es una pieza tradicional. Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años, pero me siento afortunado por haber podido crecer junto a él. Me ayudó mucho como persona. Era alegre y cuidadoso, pero a la vez reservado y carismático de la manera en que lo es un hombre inglés. Vestía siempre con elegancia, y eso me gustaba. Así que estoy convencido de que sería feliz viendo cómo sus canciones, la música a la que dedicó su vida, suenan en directo otra vez”.

Publicado en el diario Público el 21 de julio de 2010