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Cesária Évora: “África se merece una vida mejor”

7 Dic

Cesária Évora

por Carlos Fuentes

En la distancia que impone una conversación telefónica, la voz de Cesária Évora suena cansada. Pero también suena feliz. Es lunes y la cantante africana que con su música de melancolía y nostalgia ha puesto en el mapa de las músicas del mundo al humilde archipiélago de Cabo Verde está satisfecha. En febrero [de 2004] recibió el premio Grammy al mejor disco contemporáneo y el pasado sábado recogió en París el premio anual Victoria que concede la música francesa.

Ambos reconocimientos llegan por Voz d’amor, su noveno disco, que presentará en concierto en el Auditorio de Tenerife. Cesária Évora nació en la ciudad marinera de Mindelo, en la isla de São Vicente, y tiene ahora 62 años. Aunque han sido los últimos diez los que han marcado la vida de esta mujer que, pese a ganar con el tiempo cariños y reconocimientos, no renuncia a sus raíces, a vivir en su pueblo natal. Huye del falso halago y de creerse más que otros caboverdianos como Teófilo Chantre, Biús, Tito París o Simentera. “Prefiero pensar que, por fortuna, mis músicas han servido para abrir puertas a otros artistas de mi país, que han tenido la oportunidad de emprender carreras en el mercado occidental”, explica desde París.

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Con cuatro millones de discos vendidos en todo el mundo de sus ocho álbumes anteriores, la cantante de Cabo Verde a quien la crítica de París bautizó “la diva de los pies desnudos” tras su aparición en 1993 con Sodade valora el interés que su música ha merecido en la última década. “La acogida de Voz d’amor está siendo muy cálida”, asegura, “durante la promoción internacional estoy comprobando que el público está pendiente de lo que hago y satisface comprobar una vez más el aprecio que tiene el público europeo por mi música”.

Inmersa en una nueva gira europea, que hasta finales de abril la llevará a países como Alemania, Lituania, Estonia, Bélgica y, en especial, a Francia, donde ofrecerá trece recitales (con tres noches consecutivas en el teatro Grand Rex de París), Cesária Évora mantiene su devoción por las gentes de Cabo Verde, los primeros que disfrutaron de su moma melancólica en las tabernas portuarias de Mindelo. “Tengo buenos recuerdos de mi tierra porque todavía vivo allí, aunque salga a cantar a muchos sitios en el extranjero”, señala, “sé que en el mundo hay muchos lugares bonitos, pero prefiero seguir viviendo en mi pueblo, en mi casa, porque allí tengo mis raíces”.

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Observadora privilegiada de la evolución de los países africanos poco favorecidos, Cesária Évora es consciente de que la visión idílica, romántica, que sus canciones ofrecen de África no se corresponde, por desgracia, con la realidad. De las plagas de corrupción, las guerras y el subdesarrollo, la cantante caboverdiana habla con tristeza, pero con esperanza de prosperidad. “Espero que las cosas cambien para mejor, pero desgraciadamente no puedo influir en los problemas que ocurren en el mundo”, asume, “aunque tengo esperanza de que esta situación mejore, sobre todo para África. Todos los pueblos de África se merecen una vida mucho mejor”.

El trasiego internacional por los escenarios de medio mundo no impide que Cesária Évora tenga una visión real de la inmigración clandestina, quizá el mayor mal que asola a los jóvenes africanos. ¿Actúa Europa con justicia ante el drama del nuevo siglo? “La actitud siempre podría ser mejor, pero en mis viajes compruebo que, no sólo los africanos sino otras personas, han encontrado una oportunidad para mejorar sus vidas en Europa y en América”, explica quien hace unos años fue confundida con una emigrante irregular en el bulevar de Cartagena. “Estos viajes son buenos para el progreso de África: sus pueblos pueden ver que existe otra forma de vida, creo que hay sitio para la comunidad africana en estas sociedades”.

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Además del compromiso africano, Cesária Évora ha prestado su voz y sus canciones a experimentos modernos. En 2003 artistas electrónicos como Carl Craig, 4 Hero o Señor Coconut remezclaron piezas como Angola, Bésame mucho y Miss Perfumado para el disco Club Sodade. “No es mi estilo original, pero creo que ayuda a lograr un mayor interés de las nuevas generaciones, a ampliar el destino de mis canciones y de mi voz”, dice divertida la cantante, “y estoy feliz por ello, pero es evidente que ese no es mi estilo de hacer música”.

Más cómoda se siente Cesária Évora con socios musicales más naturales como el brasileño Caetano Veloso (Regresso), el pianista cubano Chucho Valdés (Negue), el maliense Salif Keita (Yamore) o Jacques Morelenbaum (Café Atlántico). “Todas fueron buenas experiencias porque ayudan a ampliar las influencias en la música, en la mía y en las de ellos”, asegura la caboverdiana para recordar su dúo con el cantautor Pedro Guerra en la canción Tiempo y silencio, de su disco São Vicente di Longe. ¿Existe una particular sensibilidad isleña? “Hay muchas similitudes, en las culturas y en los instrumentos que usamos”, reflexiona Cesária Évora, “porque nuestras culturas son muy parecidas y cantar con él fue una experiencia muy bonita”.

Siempre generosa, Cesária Évora habla con cariño sincero de los amigos que le ha regalado la música, pero no se olvida del público. De su público, al que nunca ha dado la espalda pese al aluvión de músicas étnicas que abundan en los anaqueles. ¿Por qué nadie se aburre de Cesária? Ella se quita méritos: “Es el público el que te lleva al éxito y es el público el que sigue queriendo escucharme. No sé decir por qué ocurre, solo que estoy muy contenta de que sea así”.

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Publicado en el periódico Diario de Avisos en marzo de 2004

 

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La orquesta africana que quiso ser como James Brown

21 Oct

Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou Benin

por Carlos Fuentes

En la radio sonaba James Brown y ellos decidieron seguir la ruta africana del funk. En Cotonou, la capital de Benín, los años sesenta estuvieron marcados por los sabores latinos que en muchos lugares de África brillaban con el acento cubano del cantante Abelardo Barroso y la Orquesta Aragón. Pero Mélomé Clément prefería las raíces africanas, la cultura tribal y, sobre todo, el nutritivo acervo vudú. En 1968 armó el conjunto que marcaría la eclosión del funk africano hasta que un tal Fela Kuti eclipsó todo con su atlético afrobeat desde Nigeria. Cuatro décadas después, la Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou llega por primera vez a España para actuar en el festival La Mar de Músicas.

Mélomé Clément, saxofonista y director fundador, sonríe ante la inédita visita musical española. “Costó decidirnos porque antes algunos productores no nos ayudaron a salir de África e incluso los políticos nos negaron apoyo. Y en Libia la policía destruyó nuestros instrumentos porque pretendían hallar drogas escondidas en las guitarras”, recuerda Clément, quien prefiere hablar de las canciones que hicieron bailar a África al ritmo infeccioso de la Tout Puissant Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou. ¿Todopoderosa? Lo explica su director: “En los años sesenta, todos los grupos africanos utilizaban ese apelativo para llamar la atención. Era un título que te ganabas ante el público”.

Orchestre Poly Rythmo de Cotonou

¿Y por qué el funk? “Nuestra primera influencia son los ritmos vudú. No puedes caminar por Cotonou y no escuchar tambores vudú. Crecimos con esa tradición, pero en los sesenta llegó la influencia occidental. Era la época ye-yé y comprábamos los discos de James Brown, Roberta Flack y Wilson Pickett, también de cantantes como Dalida o Johnny Hallyday, y empezamos a mezclar sonidos occidentales con nuestro acervo cultural. En Benín hay ritmos que se parecen mucho a lo que el resto del mundo conoce como funk. El vudú está en todas partes, es parte esencial de la cultura popular en África. Ya existía antes de la colonización, antes de la llegada del cristianismo y antes de que el islam llegara a África”, explica Clément. “Somos primos hermanos de los americanos negros porque muchos esclavos abandonaron países como Benín hacia el nuevo mundo. Pero, si te soy sincero, siempre hemos querido imitar a James Brown y sus gritos ¡oh yeah, feel good!”, explica el director de la Poly-Rythmo de Cotonou.

Poly-Rythmo de CotonouCon el papel crucial que tiene la música en las sociedades de África (“es muy importante para el ambiente social: la música se entiende como vía de transmisión de lo que pasa en nuestros países”), la nutrida orquesta bailable de Cotonou mantiene intacto su prestigio artístico. “Por supuesto”, exclama Mélomé Clément, “ahora acabamos de actuar con mucho éxito en ocho países africanos y en Niamey nos consideran una orquesta importante, con una música que es africana al cien por cien. Nos invitan a tocar en bodas, en ceremonias sociales Es que si no tocas con la Poly-Rythmo en Niamey, no eres una orquesta”, bromea el director del numeroso conjunto africano al recordar que no todo tiempo pasado fue mejor.

Aunque su banda llegara a ser considerada el grupo nacional de Benín, la historia de la Orchestre Poly-Rhytmo de Cotonou oscila entre el éxito temprano y el largo olvido postrero. En el tobogán comercial de la música añeja africana. “Éramos la orquesta de la revolución y tocamos para numerosos presidentes africanos, pero te aseguro que desafortunadamente eso nunca nos dio dinero”. ¿Han mejorado las cosas después de medio siglo de independencia? “Por desgracia, las guerras no han desaparecido de África. En la última gira llegamos a las ciudades de Niamey y Bangui tras dos golpes de Estado y la corrupción es un problema, pero confío en que todo mejore”, se despide Mélomé Clément.

Publicado en el diario Público en junio de 2010

Regreso a La Mar de Músicas

11 Jul
Falta una semana para La Mar de Músicas,
así sonó el año pasado el festival de Cartagena
www.lamardemusicas.com

Canciones al dente para todos

Por Carlos Fuentes

No hay nada como las apreturas económicas para incentivar la imaginación. En Cartagena, donde ya es milagro que un festival de sonidos étnicos sobreviva con la que está cayendo, la última finta a la crisis ha sido reducir presupuesto, acortar el calendario y, sobre todo, combinar un cartel de pesos pesados con medianías de menor caché pero efectivas entre el público menos avezado. No es mala fórmula para sobrevivir, en la confianza de que venga un tiempo mejor.

CANCIÓN DE LUNA LLENA

En una edición, la decimoséptima, dedicada a Italia, la primera grata sorpresa llegó precisamente del país invitado. De Nina Zilli ya se sabía por 50 mila, la pieza que Ferzan Özpetek incluyó en su película Mine vaganti. Pero resulta que la cantante piacentina es mucho más que un éxito de temporada. Resuelta sobre las tablas, Zilli enarboló su pop con pespuntes soul, sonido que ya busca heredera, con canciones agradecidas como L’uomo Che Amava Le Donne y Cera Una Volta, más puntales adaptaciones de la matriz Motown (My Girl), algunas en clave italiana (You can’t hurry love/L’amore Verrà). Desembarco brasileño hubo por dos: Gilberto Gil dejó la política para mayor gloria de la canción y, vaya, con 69 años sigue en plena forma. El maestro bahiano regaló un recorrido nutrido por los sonidos del nordeste: forró, baião, xote, maxixe… y mucho tropicalismo flotando en dos horas largas que duró la lección. Gigante Gil, no se esperaba menos, profesor absoluto de la guitarra brasileña, ya sea si se arrima al folclor propio (Dança Da Moda, Óia Eu Aqui De Novo, Lamento Sertanejo) como si rescata su homenaje reggae a Marley (Não Chore Mais). Se fue dejando dos mil almas boquiabiertas con O Livre Atirador e a Pegadora, antes de regresar rápido como invitado para susurrar Esses Moços. Abrió sesión nocturna Adriana Calcanhotto, elegante, la gaucha más nutritiva de la penúltima hornada. Vino con el estreno de su disco de sambas, pero es su pop mayestático, puro expresionismo, el que termina por cautivar a quien no la conoce. Ya se sabe de su cancionero rebosante, también del ojo clínico con el que elige parceiros (Lancelotti, Continentino, Morães), incluso de sus golpes de efecto (percusión con pozuelos de café, distorsión con megáfono infantil… hasta un secador de pelo entre confetis). Pero que nadie caiga en la confusión: Adriana Calcanhotto retrata lo cotidiano como pocas (y pocos) hoy en Brasil. De músicas añejas sabe, y mucho, Mavis Staples. Rescatada del olvido por Jeff Tweedy, la gran dama de Chicago inauguró la noche dedicada al blues y, quizá porque sabía lo que vino después, condensó en una hora medio siglo de sabiduría popular. Bastó escuchar su voz trémula rompiendo espejos de edad con Last Train, la resurrección You Are Not Alone o, ya arrimada al gospel, Creep Along Moses. Cierto que regateó esfuerzo, pero su hora de gloria cotizó en quilates mucho más que el simulacro que llegó luego. Y de África, la escasa cuota recayó en el senegalés Cheikh Lô. Más sosegado que en visitas anteriores, el amable baye fall completó un recital espléndido. Sin aspaviento, con tama y batería amortiguados ante una voz que devuelve el precio de la entrada. Se volcó en Jamm, repasó su mbalax lo-fi y reiteró ser el gran exponente del acervo caribeño en el oeste africano: Seyni, preñada de Cuba. Barroso y Portabales: baile bonito y sabroso en la memoria.

CUARTO CRECIENTE

Quiso poner a bailar como salvajes y lo consiguió, aunque al final diera aspecto de más fiesta que chicha. Stewart Copeland encontró en la tarantella y la pizzica aquel espíritu que utilizó para domesticar el ritmo del punk vía new wave. Baterista proteico, eso no se discute, desembarcó con tanta energía que más que abrir puertas salió disparado por la ventana. Triunfó entre multitudes, quizá porque se esperaba una hipérbole, e hipérbole hubo, pero cabe dudar si el percusionista mejor dotado de su generación está sólo para animar la fiesta. Menos efervescencia en el público encontró El Guincho, pero su propuesta de directo sigue madurando. Ya con guitarra y bajo de cuerpo presente, Pablo Díaz-Reixa parece haber encontrado la fórmula que haga accesible el torrencial despliegue de Alegranza y Pop Negro. Su catarata de ganchos a las caderas admite poco debate: Bombay suena casi mejor que en disco y los hermanos mayores (Palmitos Park, Kalise, Fata Morgana) siguen con el viento en las velas. En otro código, también Russian Red continúa en maduración. Ajena a polémicas fanáticas, Lourdes Hernández defendió con solvencia la cosecha nueva de Fuerteventura, con esa veta autoconfesional (Nice Thick Feathers, Braver Soldier) y cierta cadencia beat (I Hate You But I Love You). Camino consolidado que ya tiene Julieta Venegas. Llegó superviviente del Festival de Benicàssim, pero el sonido se la jugó: apenó ver al ruido fagocitar crónicas tan bien armadas. Algo así ocurrió con Instituto Mexicano del Sonido, con la diferencia de que Camilo Lara parece buscar adrede una sobreactuación que termina por empalagar su híbrido cancionero bailable; y Balkan Beat Box, entremés, ejem, mestizo sin mayor enjundia. Para inventos inflamables están Fréderic Galliano y sus chicos contagiosos del Kuduro Sound System. Música urbana de alto octanaje, orgullo y poder. Aviso: no apta para todos los públicos.

AMENAZA DE LLUVIA

Si no se sabe, no se puede. Cindy Lauper convocó una noche de blues con sabor a Memphis y terminó convenciendo, es un decir, con su pop avejentado de regusto kitsch. Se pasó una hora de quiero y no puedo (Down Don’t Bother Me, Crossroads, Don’t Cry No More), entre saltitos de ridículo y ceremonias de autocomplacencia. Apenas levantó vuelo, y es otro decir, con True Colors, Time After Time y, obvio, Girls Just Want To Have Fun. Más barato hubiera salido un karaoke. Es lo que tiene generar expectativas. Aprendida se tiene la lección Third World, que hizo lo que sabe. Ni más ni menos. Neo-reggae de fácil consumo, pero con dignidad. Casi como Afro Celt Sound System: pocos conciertos te hacen sentir tan viejo. Y pensar que Simmon Emerson, en 1994, produjo el atlético Firin’ in Fouta de Baaba Maal. Pero para potajes mal cocinados Ojos de Brujo, con su penoso camelo transgénico. Tantos años de intentos de mezclar a Run DMC con faldas de lunares para este triste simulacro que el invitado Peret deja con el culo al aire en diez minutos. Buche y pluma ná más… ahora (dicen) se van. Si es verdad, no se echarán en falta sus fruslerías.

Publicado en septiembre de 2011 en la revista Rockdelux

“La Europa que conquistó el mundo está en crisis”

18 Jul

GILBERTO GIL & ADRIANA CALCANHOTTO

por Carlos Fuentes 

Primero aparece Gilberto Passos Gil Moreira (Salvador de Bahía, 1942), tan ágil y elegante que parece tener un pacto con el diablo. A su lado, Adriana da Cunha Calcanhotto (Porto Alegre, 1965) asume pronto el rol de la estudiante aventajada que es. Se dirige al maestro como “profesor”, sonríen y, como si fueran dos africanos que no se han visto hace tiempo, se preguntan por la vida, las familias, por las cosas de la música. La canción brasileña, un mundo aparte que el licenciado Gil y la alumna Calcanhotto repasarán ante dos mil personas en el festival La Mar de Músicas, que se celebra en la ciudad de Cartagena. Ella estrena O micróbio do samba, y él está de gira con el folclor nordestino de Fé na festa. Dos caras de un mismo Brasil.

Están separados por veinticinco años, una generación, y los tres mil kilómetros entre Salvador y Porto Alegre…

Gilberto Gil: “Eso es Brasil. Una civilización, un proyecto de civilización muy rico y muy diverso, con elementos de varias culturas. Es justo eso. Rio Grande do Sul tiene una cultura muy fuerte, importante, con los temas campesinos y toda la cosa del sur porteño. Además de todo lo italiano, lo alemán… y Bahía es, por supuesto, una fuente permanente de cosas que se han unido todo el tiempo a la cultura de Brasil. Nos separa una distancia, pero cultural y espiritualmente no estamos tan lejos. Todo el tiempo hemos estado cerca. Porque Rio Grande do Sul representa un Brasil específico, propio, un Brasil que se enorgullece de sus características, pero que está encantado también con su condición inaugural. Por el sur, Rio Grande inaugura un país importante y grande como es Brasil. Y Bahía, lo mismo… Caetano [Veloso] gusta decir que los gauchos, allá donde estén, se identifican primero como gauchos. Incluso antes de decir su nombre. Dicen: soy gaucho y luego fulano de tal”.

Adriana Calcanhotto: “Pensaba que eso era algo personal, yo soy gaucha”.

G.G.: “No, no, con todos… se encuentran con nosotros en otros lugares de Brasil, o fuera del país, y lo primero que dicen es que son gauchos”.

¿Son tan diferentes esos dos Brasil?

G.G.: “Son diferentes, pero hay esa cosa de pertenecer, de estar encantados con pertenecer a algo propio, a Brasil, una civilización específica y distinta”.

A.C.: “Yo soy gaucha, pero siempre me encantó Bahía por identificación y por contraste. Es interesante porque Caetano me encantó de una manera explícita, arrebatadora… muchos años después, ya trabajando con Moreno [Veloso, hijo de Caetano], me ha mostrado la profundidad de la influencia de Gil en mi labor y en mi vida. La extensión de la influencia de Gil, algo de lo que yo no me había dado cuenta hasta entonces. Moreno me decía “no, no, eso no es Caetano, eso es Gil”. Y yo había puesto todo en la cuenta de Caetano, incluso cosas que no eran de Caetano. Moreno es muy preciso, y muy cuidadoso con esas cosas”.

G.G.: “Recuerdo cuando Moreno era muy pequeño, cuatro o cinco años, y se ponía: “no, papá, esto es Gil, esto es Gil… esto es música brasileña, sí, pero es Gil, es la música de Gil” [risas]. Él siempre ha tenido cuidado de diseñar una identidad propia, con excelencia… Moreno es de los pocos músicos de Brasil que pueden hacer música que yo toco, con los mismos arreglos. Conoce todo”.

¿Y ese respeto por las raíces es extensivo a las nuevas generaciones?

G.G.: “Sí, sí, bastante, muchísimo. Por Chico [Buarque], Milton [Nascimento], por toda la generación anterior; incluso antes, por [Dorival] Caymmi, por João Gilberto, Luiz Gonzaga… por todos los grandes creadores brasileños de todos los tiempos. Desde que tenemos radio y discos hay toda una comunidad de música popular que se comunica, que se reconoce como una unidad y una identidad, con hombres y mujeres cantantes, autores, músicos de Brasil”.

¿Es tan diferente la música que la generación de Gil hacía de la que ahora se trabaja con tecnologías nuevas y comunicación casi inmediata?

A.C.: “Lo mismo ocurrió cuando ellos se apropiaron de la guitarra eléctrica”.

G.G.: “Ella y toda su generación, si escuchamos sus músicas, la forma de componer, cómo escriben poemas, las formas de armonías y melodías… se siente claramente la bossa nova, la Jovem Guarda, Roberto Carlos, todo eso”.

A.C.: “Es que nos gusta hacer las cosas con transparencia”.

G.G.: “Y con gusto, con orgullo, con el sentido de pertenecer, de decir: “yo soy una consecuencia de algo que ocurrió antes y eso me hace lo que soy ahora, me da la cualidad y me da la potencia que tengo. Y puedo pasar adelante”.

A.C.: “Venimos contrastando para avanzar, con mucho respeto y orgullo”.

¿Será que la música brasileña es la primera que ha conquistado el mundo, la primera música globalizada?

G.G.: “Junto a la americana. Se puede decir que América tuvo ayuda, como decía un presidente norteamericano. Los americanos llegaban con la bandera, la conquista, la economía, muchas veces por la guerra, y enseguida llegaba la cultura. Estados Unidos ha estado ayudado por esta fuerza extracultural que utilizaba la cultura para imponerse, para hacerse presente como civilización. Brasil no fue eso: lo hizo a través de su cultura, las músicas, con el Cinema Novo, que eran los medios del siglo pasado. Por eso quizá la cultura brasileña sea más fuerte, porque partía de un país no tan fuerte como Estados Unidos”.

Quizá por eso Brasil no tiene enemigos…

A.C.: “No hay antibrasileñismo, como sí que hay antiamericanismo”.

G.G.: “Sin duda, la música brasileña es una de las más apreciadas y queridas del planeta. Si no la primera, somos la segunda”.

Gilberto Gil en 1992

Porque la música también juega un papel social. Es memoria de conciencia y transmisora de valores, más allá de la política…

G.G.: “Sí, por supuesto. Con todo, con la condición de proponer discursos, evaluaciones de lo que es la vida, cuestiones éticas, morales y espirituales. Una búsqueda de equilibrio entre la materialidad de la vida y la espiritualidad de las cosas del alma. En toda la tradición de la música en Brasil tenemos una fuerza muy profunda de la escritura, de las palabras y, por supuesto, de las músicas. Músicas que utilizan elementos muy profundos mediterráneos, de Portugal y de España, de Italia, Grecia… y otras más recientes desde Estados Unidos y Europa. Y luego están las cosas locales, indígenas, cosas negras de África, que han sido una aportación mayor, extraordinaria, para el desarrollo de la música en Brasil. La cultura brasileña es una cultura propiamente política”.

Adriana Calcanhotto

Dice Rubén Blades que los cinco años que pasó como ministro de Panamá lo habían hecho mejor músico y mejor persona. ¿Y a usted?

G.G.: “Creo que sí, también. No sé si por el hecho de haber sido ministro de Cultura, pero sí por todo lo que significó vivir aquellos casi seis años y todo lo que vino después. Cómo llegaba mi presencia a la vida brasileña y fuera, ya como representante de mi país. Me permitió calmarme, asumir la vida mucho más tranquilo después de haber vivido algo tan difícil como es la política”.

A.C.: “En esa época me preguntaban mucho: ¿Qué piensas sobre Gil como ministro? Y yo decía: bueno, si él está contento, estoy contenta. Pero estaba dividida porque ser ministro no permite escribir canciones, aunque me gustaba mucho ver a una persona ética como él integrando el Gobierno de mi país”.

¿Y está el mundo tan mal como parece?

G.G.: “Está difícil a causa de cambios naturales que no son sólo un cambio sino una mutación muy grande por la imposición definitiva del industrialismo, del consumismo, del productivismo, de la aceleración de la tecnologización de todos los medios de creación. Una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”.

A.C.: “Es una situación límite porque el planeta está agotado”.

G.G.: “Y ha provocado una crisis muy fuerte. ¿Cómo preparar el futuro, cómo garantizar el futuro? Con un crecimiento extraordinario de población, ¿cómo producir más y más para satisfacción de toda esta gente? Más coches, más aviones, más barcos, más energía, más bosques, más agua… De ahí esta revuelta de los comunes por lo que debe pertenecer a todos. El capitalismo más el industrialismo más la aceleración tecnológica han impuesto a la vida una aceleración que ha causado esta crisis. No hablo sólo en negativo, hay aspectos positivos: Internet, células madre y nanotecnología… son cambios positivos, pero imponen una mutación de la vida humana”.

A.C.: “Me encanta vivir en este tiempo. Nunca pensé que pudiera vivir esta época, la idea de poder hacer música en mi casa y compartirla con alguien que está en Tokio o en Madrid. Pensaba que eso iba a ocurrir dentro de cien años, en otra generación. Es fantástico y soy optimista, pero la velocidad de esos cambios, la aceleración, ha causado una crisis ética. Y eso es lo más grave”.

G.G.: “Es una crisis de poder. Ahora la humanidad se pregunta: ¿podemos? Algo que antes no se preguntaban tantos, ahora es una pregunta universal”.

A.C.: “Estamos todos tan cerca en Internet, no entiendo por qué hay guerras”.

G.G.: “Ahora se hace muy claro que la guerra no es necesaria para los grandes propósitos del ser humano. Esa secuencia de mayor desarrollo, mayor poder y mayores enfrentamientos ya no es lógica, naturalmente lógica como ha sido en el pasado. Con más poder, más fuerza; con más fuerza, más potencia; y con más potencia, más creación… más, más, más. Hoy se comprende la entropía de la aceleración. Cuánto más rápido se anda quizá menos se alcanza. Esto no había antes, cuando progreso significaba adelante siempre. Ahora el progreso amenaza la vida. En China, para que todos tengan un coche, será un sacrificio absurdo de ríos, tierras, aire… por primera vez en la historia de la humanidad, más puede significar menos y menos puede significar más”.

¿Cómo se ve desde un Brasil que crece esta crisis en Europa?

G.G.: “Europa, los que conquistaron el mundo, los de Extremadura que llegaron a Chile, Venezuela, México, los Pinzón, los Valdivia, e Inglaterra con su imperio y Alemania con su pesadilla… están en crisis. Los que eran más ahora son menos, y los que eran menos ahora son más: Brasil, India, Sudáfrica… y es bueno que sea así porque es la única manera de recomponer, reciclar y repensar el mundo”.

¿Será este siglo el momento de América Latina y África?

G.G.: “En este sentido, sí, como nueva contribución al concepto de civilización”.

A.C.: “Cuando yo nací, Brasil era el país del futuro y no se creía que llegaría el futuro, pero ha llegado y somos un país del presente”.

Otro mérito de Brasil es haber superado la barrera racial, ahora que en Europa se vuelven a utilizar las diferencias como armas contra el otro…

G.G.: “En Brasil estamos en un proceso de avance. La construcción del país, de la economía y de la cultura ha sido hecha con contribuciones de todos, de africanos, europeos, asiáticos, indígenas locales… Nos acostumbramos a ser varios, a ser diversos, a conocer la diferencia y a identificar la diferencia como identidad. En Brasil, el diferente es idéntico. Hay tensión, hay conflicto, sí, pero hay un horizonte de solución y de armonización que todos buscan. Brasil es un país que se gusta popular, que se quiere popular, plural”.

A.C.: “En Angola soy el enemigo. No me tratan bien, salvo que me reconozcan como Adriana la brasileña o que yo diga que soy brasileña. Entonces, la reacción cambia: “ah, eres brasileña, no hay problema”.

G.G.: “Brasil es otra cosa, es una mezcla de razas, una mezcla mística”.

Gilberto Gil

Actor principal del tropicalismo, el movimiento que agitó la cultura brasileña en los años sesenta, Gilberto Gil acaba de cumplir 69 años pero mantiene activo su compromiso con la canción como herramienta de progreso humano. Autor carismático, investigador incansable de los orígenes negros y europeos de las músicas brasileñas, en 1968 fue encarcelado y forzado al exilio en Londres con su amigo Caetano Veloso. Compositor de piezas emblemáticas como Soy loco por ti América o Vamos fugir, ha publicado más de medio centenar de discos. En su trabajo más reciente, Fé na festa, explora sonidos del nordeste del país con ritmos y danzas añejas como forró, baião, maxixe, xaxado o xote. Entre 2003 y julio de 2008 fue ministro de Cultura junto al presidente Lula.

Adriana Calcanhotto & Gilberto Gil

Adriana Calcanhotto

Hija de baterista de jazz y bailarina, Adriana Calcanhotto ha hilvanado en veinte años una carrera de prestigio e inmenso aprecio popular. Debutó interpretando a Caetano Veloso, Roberto y Erasmo Carlos, Titãs y Lupicínio Rodrigues, pero pronto desveló una musicalidad propia que oscila entre la bossa-nova, el pop y la electrónica más amable. Autora de miniaturas sonoras que ya están cerca del clásico (Esquadros, Devolva-me), ha colaborado con la generación última que viene abrillantando la nueva canción brasileña (Moreno Veloso, Kassin, Domênico Lancelotti) y con la mejor poética nacional contemporánea (Waly Salomão, Antônio Cícero, Arnaldo Antunes). En 2004 convirtió en disco de oro su delicioso álbum de canciones infantiles Adriana Partimpin. Está casada con la cineasta Suzana de Moraes, hija del poeta y compositor Vinicius de Moraes.

Publicado en el diario Público el 18 de julio de 2011

Música épica que viajó a las estrellas

21 Jul

KRONOS QUARTET & ALIM QASIMOV

Por Carlos Fuentes

Cuando en 1977 el presidente Carter encargó a Carl Sagan una selección de sonidos de la Tierra para enviar al encuentro de vida extraterrestre en la misión Voyager, el autor de Cosmos incluyó música de Azerbaiyán. Dos minutos de cantos mugham, vehículo oral de historias épicas desde el Cuerno de Oro, en Turquía, hasta los desiertos del imperio persa. El cantante azerí Alim Qasimov (Nobur, 1957) comenzó desde niño a cantar en bodas y ceremonias religiosas. No eran tiempos fáciles: la bota soviética intentaba anular toda huella cultural en sus países satélite, y Qasimov tuvo que mudarse a Bakú, la capital azerí, para aprender las técnicas vocales de un estilo que con el tiempo emparentaría su prestigio al de figuras de leyenda como el paquistaní Nusrat Fateh Ali Khan.

Mar a través, en Seattle, el violinista David Harrington fundó Kronos Quartet en 1973 con el firme propósito de “abrir la música clásica a nuevas experiencias, con imaginación”. A finales de los 80, tras domesticar el ruido con Steve Reich y grabar con Terry Riley o John Zorn, Harrington supo de la existencia de Alim Qasimov y comenzó a madurar la colaboración que el martes se escuchó en el festival La Mar de Músicas (Cartagena). “No sabemos adónde vamos, pero sí sé que este viaje durará muchos años”, admite Harrington ante el reto de ensamblar melismas de poderosa espiritualidad con el arte casi científico de su cuarteto de cuerdas. “Hemos plantado un árbol y ahora debemos alimentarlo para poder recoger sus frutos”, explica Alim Qasimov, con ese singular sentido épico de contar las cosas propio de la cultura oral en Asia Central.

Después de la complejidad de Hold me, neighbor, in this storm, de la autora serbia Aleksandra Vrebalov, que el cuarteto del tiempo interpreta en solitario, suenan canciones sencillas, extensas como cuentos de bardos de las estepas, que narran historias de amor y duelo (Getme, getme), viejas aventuras bélicas (Köhlen atim) que estremecen en las voces en trance de Qasimov y de su hija Ferghana sobre las cuerdas del laúd tar y del violín azerí llamado kamancha. No es un concierto de fácil asimilación. De hecho, hubo varias deserciones antes de tiempo. Pero es paradójico que estas músicas, que se convirtieron en escasos reductos de paz durante la guerra étnica de Nagorno-Karabaj, defiendan la vida en un patio de artillería repleto de armamento pesado. Y ante una tarja que exhorta a la disciplina, incluso “cuando la arbitrariedad y el error van unidos a la acción de mando”, en palabras atribuidas a un tal Francisco Franco.

La fantástica orquesta de la música alegre

21 Jul

THE PENGUIN CAFÉ ORCHESTRA

Por Carlos Fuentes

Todo comenzó con un delirio genial. En 1972, el compositor y guitarrista británico Simon Jeffes se desencantó con los rígidos corsés de la música clásica y, al tiempo, comprobó las limitaciones de cualquier intento de hacer evolucionar el rock. Harto de pelear contra estereotipos, Jeffes optó por salir de vacaciones. Y se marchó al sur de Francia. Fue allí, después de comer un pescado en mal estado, cuando le sobrevino la visión desoladora de un mundo sin alma. Un no lugar. “Tirado en la cama tuve una visión extraña. Un edificio de hormigón en el que cada habitación era vigilada por un ojo electrónico. En un cuarto, alguien miraba al espejo. En otra habitación, una pareja hacía el amor pero sin quererse. Y un compositor escuchaba música con auriculares. Todo estaba en silencio. Todo era gris, anónimo. Era la completa desolación”.

Al día siguiente, Jeffes se restableció. Y la mejoría le permitió bajar a la playa. “De pronto, un poema brotó en mi cabeza: “Soy el dueño del Penguin Café, y te voy a contar cosas al azar”. Nacía, del sueño de una noche de verano, la idea de The Penguin Café Orchestra, un conjunto de vanguardia consagrado a “lo aleatorio, lo espontáneo, lo sorprendente y lo irracional” que Jeffes capitaneó un cuarto de siglo hasta su muerte, en 1997, por un tumor cerebral. Ahora, diez años después de su última aparición, The Penguin Café reanuda su carrera con Arthur Jeffes, hijo del fundador. El festival La Mar de Músicas (Cartagena) ofrece hoy el único concierto que el grupo inglés dará este verano en España.

En Londres, a punto de subir al avión, Arthur Jeffes defiende la vigencia artística de The Penguin Café. “Sé que es difícil definir este proyecto desde lo musical, e incluso desde lo espiritual. Pero, como soñó mi padre, también creo que hay un lugar en el que podemos ser libres y escapar de un mundo cerrado, deshumanizado, donde no hay conexión entre las personas. En mi mente, ese lugar es una pequeña choza desvencijada al final de un camino polvoriento en la que siempre hay alguien que merece la pena conocer. Allí sirven crepes japoneses en grandes mesas sobre suelo de serrín. Y hay un grupo que toca, The Penguin Café Orchestra. Ahora nosotros intentamos hacer la música que ellos tocaban”, explica Arthur Jeffes. Para la nueva etapa, este pianista de 32 años convocó a ocho músicos: Rebecca Waterworth (chelo), Tom Chichester-Clark (guitarra), Darren Berry (violín), Andy Waterworth (bajo), el ex miembro de Suede Neil Codling (ukelele), Vince Greene (viola), Des Murphy (ukelele) y el también integrante de Gorillaz Cass Browne (percusión). La alineación, no obstante, no es tan rígida como aquel bloque de hormigón con el que soñó su padre. “Somos nueve, pero nos alternamos mucho en los instrumentos. Y las canciones pueden variar de duración o desarrollarse de maneras diferentes. Ya llevamos cierto tiempo juntos y vemos que, a veces, los temas adquieren vida propia”.

Porque si la casualidad es un aval, la historia del renacimiento de The Penguin Café también posee un componente imprevisto. En 2008, cuando el proyecto original dormía ya en el cajón de los recuerdos después de haber deslumbrado con discos como Music from The Penguin Café (1976) o Broadcasting from home (1984), Arthur Jeffes recibió una propuesta trampa. “Aquel noviembre, un viejo amigo me preguntó si queríamos actuar en un pequeño festival en Italia, en Castello di Potentino. Y pensé que estaría bien tocar otra vez las músicas de mi padre, en un escenario real, ante un público real. Acudimos Darren, Andy y Tom, y aquel concierto resultó maravilloso. Es paradójico, pero también esta nueva historia ha comenzado casi por accidente”, señala. ¿Y ha cambiado su concepto musical respecto al original? “En filosofía, no. Hay canciones nuevas, pero he seguido esquemas musicales que mi padre utilizaba”. ¿Y no añorará el público el primer sonido Penguin? “Es que no hemos cambiado nada por el mero hecho de cambiar”, afirma Jeffes. “Y tampoco hemos dejado todo igual, como si fuéramos un museo”, subraya el pianista, que trabaja en la grabación de un nuevo disco de estudio. Antes, los seguidores de The Penguin Café se encontrarán en los anaqueles con un álbum grabado en directo. Será después del verano y no será un disco cualquiera. El grupo ha decidido tener presencia editorial en beneficio de la ONG Teenage Cancer Trust, que se dedica a la investigación de tratamientos para niños afectados por la leucemia. Con The Penguin Café, otros músicos que han participado en la captación de fondos son Roger Daltrey, Paul Weller, Arctic Monkeys, Muse, Kasabian y Depeche Mode.

Se entiende la magnitud del reto que supone recuperar el legado de un músico, Simon Jeffes, quien de un viejo armonio hallado en un patio de Kyoto (Japón) extrajo una pieza maestra, Music for a found armonium. Aunque quizá a favor del nuevo proyecto jueguen los tiempos de incertidumbre que corren. ¿Son las nuevas canciones de The Penguin Café buena medicina contra el pesimismo? “Estoy de acuerdo con tu idea. Ya he comprobado que nuestro proyecto logra sorprender y generar entusiasmo. Nuestra música es alegre; es nuestra idea básica, más allá de lograr la perfección en un estilo musical en particular. Esta amplitud de miras nos permite ofrecer un trabajo que evita etiquetas… música de cámara, jazz, world music, música minimalista. Y ese es nuestro ideal, no vamos a estar buscando siempre el éxito”, defiende Arthur Jeffes, que vincula su gran angular sonoro a la necesidad de optimismo en la nueva aldea global. ¿Y cómo reaccionaría su padre si pudiera escuchar las nuevas aventuras de la orquesta del pingüino? “Sería muy feliz. Tocar su música es conmovedor, pero también es algo muy bonito. Es como si todavía pudiera estar conversando con él, él estaría encantado de ver cómo mucha gente ama su música. Y le gustaría saber que muchos grupos de folk tocan Music for a found harmonium creyendo que es una pieza tradicional. Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años, pero me siento afortunado por haber podido crecer junto a él. Me ayudó mucho como persona. Era alegre y cuidadoso, pero a la vez reservado y carismático de la manera en que lo es un hombre inglés. Vestía siempre con elegancia, y eso me gustaba. Así que estoy convencido de que sería feliz viendo cómo sus canciones, la música a la que dedicó su vida, suenan en directo otra vez”.

Publicado en el diario Público el 21 de julio de 2010