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Películas para vivir después de la guerra en Sarajevo

8 Jun

Sarajevo Film Festival

por Carlos Fuentes

Conmueve ser testigo del renacimiento de Sarajevo, la última ciudad mártir de Europa. Ver que sus cuatrocientos mil habitantes pueden pasear en libertad, sentarse en alguno de sus frondosos parques y, quienes lo deseen, incluso pueden ir al cine. Se emociona el visitante cuando recuerda que entre 1992 y 1996 la capital de Bosnia-Herzegovina sobrevivió a un cerco infernal impuesto durante mil días por el Ejército serbio. Ahora, tras el silencio de las bombas y de los francotiradores, el cine regala ilusión cada verano en este cruce de culturas en el corazón de Europa. Conviene recordar los tiempos del martirio para calibrar la magnitud del reto que representa armar un festival cultural en una ciudad que solo lleva dos décadas de vida nueva después del naufragio.

Entre el domingo 5 de abril de 1992 y el jueves 29 de febrero de 1996, militares serbios bajo mando del político Radovan Karadzic y a las órdenes militares del general Ratko Mladic sometieron a tortura a una ciudad que apenas una década antes, en febrero de 1984, había albergado los Juegos Olímpicos de Invierno. Fueron tres años, diez meses, tres semanas y tres días entre violencia cotidiana, vesania premeditada y falta de atención por parte del mundo político occidental a los gritos de auxilio de más de cuatrocientos mil sarajevitas. Los seres humanos que integraban las tres etnias de la región, bosniacos, serbios y croatas, que hasta ese día habían convivido en paz. Resultado: más de cinco mil civiles asesinados y ocho mil soldados muertos.

logo Sarajevo Film Festival

Apenas encauzado el periodo bélico, un grupo de activistas culturales logró poner en marcha un festival de cine en octubre de 1995. No eran tiempos fáciles: el sitio serbio seguía en vigor, apenas congelado durante el proceso de negociaciones forzado por Estados Unidos y una avergonzada comunidad internacional. Desde aquella primera edición del Sarajevo Film Festival, a la que asistieron quince mil personas para contemplar películas procedentes de quince países, el certamen sarajevita no ha perdido su vocación inicial: utilizar el cine, y por extensión la cultura, como herramienta terapéutica útil contra el recuerdo del dolor, contra la ausencia de familiares y la pérdida de amigos.

Para ello, alrededor de un centenar de títulos distribuidos en ocho secciones aspiran ahora a reunir a más de cien mil espectadores en la capital bosnia. Inaugurado el pasado miércoles con la proyección en un gran auditorio a cielo abierto con la película Cuentos sobre la edad dorada, del realizador rumano Cristian Mungiu, ganador hace dos años de la Palma de Oro del Festival de Cannes por su estremecedor relato de la época de abortos clandestinos en la Rumanía de Ceausescu (Cuatro meses, tres semanas, dos días), el festival concluirá el jueves con el pase de El luchador, la resurrección cinematográfica del actor Mickey Rourke, quien tiene previsto asistir al certamen bosnio.

La cita cinematográfica de Sarajevo está lejos de cumplir con convenciones del cine comercial. Ni en continente ni en contenido. La alfombra roja está reducida a un mínimo paseo por las escalinatas del palacio de estilo neoclásico que alberga las oficinas y la programación no tiene espacio libre para concesiones comerciales. En esta edición de 2009, el grueso del programa está dedicado a nuevas producciones realizadas en los países de los Balcanes. De Bosnia a Serbia pasando por Eslovenia, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Montenegro o Macedonia. De hecho, el Sarajevo Film Festival toma el pulso anual al estado de salud del cine centroeuropeo, gran desconocido en las pantallas del sur del continente. Y, a veces, salta la sorpresa.

Quizá los dos mejores precedentes de éxito en el festival de cine bosnio hayan sido En tierra de nadie, la película del director Danis Tanovic que después de su estreno en el 2001 terminó por obtener el Oscar a la mejor película en habla no inglesa; y el largometraje Grbavica, la crónica desgarradora de las violaciones masivas como arma de guerra durante los conflictos bélicos en la antigua Yugoslavia que la directora bosnia Jasmila Zbanic dirigió en 2005. Una película estremecedora que no deja de ser un ajuste de cuentas al estar localizada y rodada en el barrio homónimo próximo a la sede del festival sarajevita. Con ella Zbanic obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín.

Otros compañeros de viaje en el palmarés del Festival de Cine de Sarajevo han sido largometrajes de directores tan recomendables como el danés Lars Von Trier (Rompiendo las olas), el argentino Juan Villegas (Sábado) o el británico Michael Winterbottom (Camino a Guantánamo). Junto a países de consolidada producción cinematográfica, España aporta cada año algún título al festival bosnio. En esta edición, además de alguna coproducción con países latinoamericanos, el cine nacional cuenta con el cortometrajista Chema García Ibarra: estrena el filme de animación El ataque de los robots de nebulosa-5.

En la ciudad de Sylvia

En ediciones recientes, el Festival de Cine de Sarajevo ha programado varias películas españolas. Muy buena aceptación logró el director catalán José Luis Guerin con su largometraje En la ciudad de Sylvia, que fue exhibido en la edición de 2008 dentro de la sección Panorama. En aquella ocasión, Guerin no pudo asistir al certamen sarajevita por encontrarse en la fase previa de rodaje de su nuevo proyecto, Guest. “No estuve en Sarajevo, pero siempre es bueno que tus películas se vean fuera, en otros países. Más importante todavía si En la ciudad de Sylvia se proyecta en un lugar tan especial como Sarajevo”, explica Guerin, director de En construcción, en conversación con este diario.

El cielo gira

Otra reciente experiencia bosnia con acento español estuvo protagonizada hace dos años por la directora Mercedes Álvarez. Su documental El cielo gira se proyectó tras el interés mostrado por el coordinador del Festival de Cine de Sarajevo ante la historia de Aldeaseñor, un pueblo situado en los páramos altos de Soria en el que apenas quedan catorce vecinos. Debido a la enfermedad de un familiar, Mercedes Álvarez tampoco pudo acudir al festival bosnio, pero no por ello guarda un recuerdo amargo. Al contrario, según la información recibida de la organización del certamen bosnio, El cielo gira cautivó al público de un país en el que más de la mitad de sus habitantes aún vive del trabajo agrícola. Quizá porque no haya nada más grato que ver en la gran pantalla vidas ajenas que se parecen a las nuestras.

Publicado en el periódico El Norte de Castilla en agosto de 2009

 

Un año sin Leonardo Favio

5 Nov

leonardo favio

Memoria del mejor cine argentino

por Carlos Fuentes

Pudo reinar con la balada pegajosa, pero no se conformó con una canción de moda. Llamado a definir las líneas maestras del cine argentino, Leonardo Favio retrató en austero blanco y negro el esfuerzo titánico de un país por abandonar el subdesarrollo y el hambre feroz. Con sus canciones se enamoró el argentino de la calle y su cine plasmó esa ansia del progreso que estaba por llegar. Fuad Jorge Jury, su verdadero nombre, falleció por una neumonía el 5 de noviembre.

Leonardo Favio aterrizó en Buenos Aires desde el interior rural con un sueño de cine en el bolsillo. Había nacido en 1938 en un pueblo de Mendoza, donde conoció la pobreza infantil y el abandono paterno, huella que marcaría su labor artística. Primero actor, con veintidós años debutó con el corto El amigo y ya en 1964 rodó su primera obra maestra, Crónica de un niño solo, reflejo de un compromiso social luego ampliado en El romance del Aniceto y la Francisca (1965), cuyo título original es Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más. Su mirada, su voz, una suerte de neorrealismo a la argentina, levantó vuelo con la esencial El dependiente (1969), para muchos la mejor película argentina de todos los tiempos. Ahí están todas sus señas de identidad: visión social, aromas de austeridad, retratos contemplativos mientras la vida pasa de largo. Pero no fue fácil su éxito: la dictadura negó el apoyo oficial y el filme tuvo que ganarse a pulso el aprecio público en un arduo trabajo de difusión popular.

Leonardo FavioLa apretura económica obligó a Favio a buscar sustento en la canción. En 1968 debutó con Fuiste mía un verano, balada que vendió 600.000 copias, once mil al día en los primeros meses. Y abrió la puerta del mercado latino con recitales por todo el país. Con el refrendo internacional del festival de Viña del Mar luego llegó otra veintena de discos. Pero el tuétano de Favio era el cine: encadenó títulos como Juan Moreira, Nazareno Cruz y el lobo o Gatica, el mono. De firme ideología peronista, religioso y revolucionario, salió al exilio para escapar vivo de la última dictadura militar y, ya de vuelta, en 1999 rodó Perón, sinfonía del sentimiento para cerrar su etapa de cine con Aniceto en 2008. A los 74 años acabó la trayectoria de un autor clave para entender al argentino de a pie, mucho antes de que Campanella, Trapero y Sorín encandilaran al mundo.

Publicado en la revista Rockdelux en noviembre de 2012

 

El malo de la película

2 Dic

Emir Kusturica

EMIR KUSTURICA

por Carlos Fuentes

Melancólico y provocador, pocos artistas son capaces de construir un universo propio como Emir Kusturica lo hizo con Papá está de viaje de negocios, Underground y Gato Negro, Gato Blanco. Ahora ultima la adaptación de la seminal novela Un puente sobre el Drina, pero su última pirueta es la transformación de Tiempo de Gitanos en una ópera-punk. Emir Kusturica, el chico malo del cine europeo, habla de películas, música y, ya es costumbre, la tragedia de Yugoslavia.

Al fondo se mantiene en pie un trozo del decorado de la ópera-punk El Tiempo de los Gitanos, un par de sillas baratas y una mesita de té avejentada como un salón de bar popular en la Serbia profunda. No sobra tiempo, mejor ir al grano. ¿Esto es una ópera? “¿Quién sabe? Podría serlo, pero también puede ocurrir que alguien vea la obra como ópera, otros lo hagan como teatro o quizá como teatro musical. ¿Quién sabe qué interpretación hará cualquier espectador? ¿Y a ti te ha gustado?”. Retrata bastante bien lo que debió ser la Yugoslavia rural, antes y después de Tito. A ratos evoca Un puente sobre el Drina. “¿Conoces ese libro?”. Emir Kusturica sonríe, tiende la mano y empieza a hablar. Debería comenzar una entrevista, aunque el director y músico serbio no está muy por la labor. Quizás prefiere Kusturica una conversación sin guión fijo, con el cine, la música y el conflicto yugoslavo como ejes de la charla. Ante el mismo pedazo de decorado de la historia épica de los Balcanes que continúa al fondo.

emir kusturica

Cuesta creer que este hombre de sandalias de pescador, calcetines negros y camiseta de Menorca sea el enfant terrible del cine europeo último. Pero Emir Kusturica (Sarajevo, 1954) suele decir lo que piensa y lo que piensa, claro, no gusta a todos. De visita en Cartagena con su adaptación de El Tiempo de los Gitanos (1988) en el festival La Mar de Músicas, el cineasta serbio no esquiva preguntas. Cine, para empezar. “Vivimos unos tiempos muy raros. Hoy hay un montón de autores y de directores que no están haciendo su propio cine. En los tiempos en que Fellini y Antonioni estaban vivos, ellos asistían a festivales. Los festivales servían para presentar películas de autores, no encargos de grandes producciones como pasa hoy. Diseñadores de mercado desarrollan productos orientados de los que ya se sabe que van a tener gran éxito. Y la fórmula para tener éxito en el cine de hoy es ser lo más estúpido que se pueda ser, lo más superficial que se pueda ser y lo menos intelectual que puedas. Entonces serás muy exitoso, todo lo contrario a lo que ocurría en época de Fellini y Antonioni”. ¿Y no hay otro cine? “En el cine de hoy manda el superpoder del dinero, con sus estúpidos actores famosos muy bien parecidos que desfilan felices por las alfombras rojas”. ¿Y cuál es su papel en un escenario tan negro como lo pinta? “Seguir haciendo mi cine. Me gustaría ayudar a extender el poder de la cultura de mi país, la cultura de los serbios, hasta los últimos momentos de mi vida”.libro

La vida de Emir Kusturica, que él mismo narra en el libro de memorias ¿Dónde estoy en esta historia?, comenzó en un popular barrio multiétnico, entre las cinco montañas de Sarajevo. Cuenta que el cine lo salvó de la calle y que el salvavidas fue la beca que obtuvo en 1974 para estudiar bellas artes en Praga. El cine, y la música, como puertas a un mundo nuevo. “Mi percepción de la vida siempre ha sido desde un punto de vista internacional. Me considero un alumno de Joe Strummer, The Clash y Sex Pistols. Sinceramente creo que el arte es una forma de entender la vida. Siempre entendí el mundo del arte como una forma sincera y poderosa de hacer camino en la vida. Lo que aprendí de la música punk, de la música que se hizo durante los años 70 y 80, fue cómo tratar la vida como una visión idealista de justicia e igualdad. Y estos son valores sociales que ahora son muy añorados. Los punks disfrutaban con la música, no hacían música de una manera exclusiva. No eran excluyentes ni diseñaban un mundo formal para la gente. No buscaban hacer música con formas preconcebidas para gustar al gran público. Utilizaban la música y buscaron una música muy fuerte porque la vida estaba sacudiendo muy duro fuera, en las calles de sus ciudades. Por eso amaré siempre la música y el cine de los años 70 y 80”.

Mundo aparte, Kusturica reivindica el acervo cultural serbio en cuanto tiene ocasión. En su cine –de la suburbial ¿Te acuerdas de Dolly Bell? a la década de gloria con Papá está de viaje de negocios, Tiempo de gitanos, Underground y Gato Negro, Gato Blanco— y en la música que hace con The No Smoking Orchestra. No sorprende su expansión al hablar de Serbia, de los serbios. “Ivo Andric, Nikola Tesla… tenemos tantas personalidades importantes en literatura, ciencia, deporte, sobre todo si se valora que Serbia es una nación de solo siete millones de personas. Siete millones que siempre han vivido comprimidas entre los países del oeste y los del este”. ¿Y por qué se tiene a los serbios como los malos de todas las películas? “Por inseguridad y por el punto de vista ideológico preconcebido que hay en Europa occidental. Serbia siempre es considerada culpable por nuestra vinculación con Rusia. Solo por eso. Y así llevamos los últimos 250 años. Incluso en el contexto del socialismo marxista, cuando los serbios fueron utilizados para luchar contra el imperio otomano. Es la única razón por la que siempre se nos cataloga como pueblo culpable. Es un problema eterno”, responde Kusturica. “Pero no olvidemos que Serbia fue el único país en Europa del este cuyos jóvenes no fueron a la guerra cuando Alemania intentó invadir Rusia. Todos los demás, los chicos croatas, los checos, los bosniacos… todos participaron en aquel ataque de la Alemania nazi contra Rusia en la Primera Guerra Mundial”.

Kusturica (concierto)

¿Y usted se siente culpable? “Todo el mundo se puede sentir culpable, pero tengo muy claro que mi culpabilidad solo existe ante mis hijos, ante mi esposa y ante mis familiares y amigos. Ante toda la gente que está próxima, porque a veces te equivocas con ellos, pides disculpas. Pero no me siento culpable ante el mundo entero”. En Sarajevo, su ciudad natal, hay muchos que no piensan lo mismo. Puede hacer la prueba: nombrar a Kusturica es como mentar al diablo. “Sarajevo no existe, la ciudad de Sarajevo es una creación del mundo político occidental. En los años 90 se hizo la guerra para diseñar una ciudad multiétnica y, acabado el combate, ya hemos visto que la ciudad multiétnica no existe. Hoy la población de Sarajevo es musulmana en un 97%”. Igual que en Banja Luka, la capital serbia de Bosnia. “Sí, pero ellos no fingen que viven en una región multiétnica. Ellos son serbios y quieren vivir como serbios en tierra de Serbia”. Es una forma de verlo. “Como decir que Izetbegovic fue uno de los culpables de la guerra, pero se ha dado la gran paradoja: a los serbios se nos considera un pueblo culpable por pensar que gente como él fue la culpable de la guerra”.

Es un conflicto de casi tres siglos. Andric ya escribió que la historia es un bucle cíclico en los Balcanes. En repetición permanente. “Se podría ver un región sin problemas étnicos, sin tensiones entre diferentes grupos étnicos pero la historia de los Balcanes está muy vinculada a la violencia, a la rivalidad y, en varias ocasiones, a la guerra. Todas las guerras, desde la primera balcánica hasta la segunda mundial, se dieron porque Alemania quiere llegar a Rusia”. Y Serbia está siempre con los rusos. “Las consecuencias de la división de Europa en dos y la importancia política de Rusia en el este tuvieron un fuerte impacto en Serbia. Pero está llegando al final porque el mundo occidental ya no se puede permitir económicamente estar sin presencia en Rusia y en los países del este. Rusia siempre fue el objetivo de Estados Unidos y de sus socios en Europa, porque ese mundo no era cómodo para los occidentales. Ahora tenemos una gran frontera católica en Croacia, y ocurre no porque los serbios sean buenos o malos chicos sino porque estamos muy vinculados a Rusia. La historia serbia siempre estuvo sometida a la propaganda. Y Rusia siempre fue el gran objetivo de las grandes potencias europeas: Napoleón quiso conquistar Rusia, Hitler quiso conquistar Rusia… y ahora los norteamericanos quieren hacer lo mismo con Rusia y se preparan metiendo mano en sus recursos económicos… y si alguien no me cree, puede informarse en los cuarteles generales de la OTAN”.

Time of the Gypsies

Entretanto, Serbia sigue acumulando fracasos. El último, la pérdida de Kosovo. “Con esa independencia, apoyada por los americanos y por casi todos los gobiernos europeos, se amputó con apariencia de legalidad un pedazo que forma una parte legítima del territorio histórico de Serbia, y todo para ayudar a la creación de una Gran Albania. Estados Unidos quiere crear la gran Albania”. ¿Se imagina a Serbia en Europa? “Yo ya soy europeo”. En la Europa política y económica, en la UE. “¿Europa política? Según a lo que te refieras al decir “ser parte de Europa”. ¿Ser europeo es ser alemán? Países como España, Grecia o Italia ya están pasando por graves dificultades. ¿Adónde va la Europa política y económica? ¿Estamos seguros de que sobrevivirá a la crisis? Mientras hay un gigante que sigue creciendo, China, no sabemos qué va a ocurrir con Europa”.

emir brasil

Menos excesivo que su música, más personal que su cine, las memorias de Emir Kusturica son una suerte de exorcismo bipolar. ¿Dónde estoy en esta historia? (Península, 2012) rinde cuentas de los tiempos de loca juventud en un Sarajevo antes del último martirio y, al tiempo, trata de ajustar cuentas con las turbulencias del pasado aún presente. “Es un ejercicio de devoción personal a los años de mi infancia y mi adolescencia”, explica el director serbio, “también un homenaje a mis padres, que se esforzaron mucho para que yo, un chico de Sarajevo, pudiera realizar los estudios de cine con los que soñaba”. Y revela, “e intenta explicar”, según su autor, cómo era aquello de ser niño en la Yugoslavia de Tito. Pero el niño que se hizo mayor no puede obviar lo que llegó después. 150.000 muertos, la última gran guerra en Europa. Y aquí Kusturica suele ir por la libre. “Me decidí a escribirlo ahora porque se han escrito tantas mentiras, han existido tantas provocaciones ideológicas, muchas malas interpretaciones. Dije: voy a escribir mis opiniones para contestar a todo esto. Y este libro reúne mis reacciones ante el mundo”.

Con escenas hilarantes junto a Johnny Depp en Sarajevo (se hicieron buenos amigos durante el rodaje de El sueño de Arizona en 1992), una burla grosera al Angelopoulos de la colosal La mirada de Ulises y su versión de la pelea posterior en la playa de Cannes, el relato de Kusturica supura por la herida serbia. Quizá de ahí nazca su pelea contra el mundo. ¿O Serbia no cometió errores, no se ha equivocado como cualquier pueblo. “Eso es propaganda. ¿Cómo pueden estar equivocadas siete millones de personas? A Serbia nos otorgan el papel de chicos malos en un mundo con conflictos en muchos otros sitios. Como aún se sigue matando civiles en Afganistán mientras los soldados cantan American Pie. Esa es una de las razones por las que los serbios somos los malos a ojos del mundo”. ¿Porque tienen razón? Kusturica ríe, se ríe con ganas, y se pierde entre los muros de metacrilato del auditorio El Batel. Dentro ya desmontaron el cartón piedra de El Tiempo de los Gitanos.

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2012

Regreso a La Mar de Músicas

11 Jul
Falta una semana para La Mar de Músicas,
así sonó el año pasado el festival de Cartagena
www.lamardemusicas.com

Canciones al dente para todos

Por Carlos Fuentes

No hay nada como las apreturas económicas para incentivar la imaginación. En Cartagena, donde ya es milagro que un festival de sonidos étnicos sobreviva con la que está cayendo, la última finta a la crisis ha sido reducir presupuesto, acortar el calendario y, sobre todo, combinar un cartel de pesos pesados con medianías de menor caché pero efectivas entre el público menos avezado. No es mala fórmula para sobrevivir, en la confianza de que venga un tiempo mejor.

CANCIÓN DE LUNA LLENA

En una edición, la decimoséptima, dedicada a Italia, la primera grata sorpresa llegó precisamente del país invitado. De Nina Zilli ya se sabía por 50 mila, la pieza que Ferzan Özpetek incluyó en su película Mine vaganti. Pero resulta que la cantante piacentina es mucho más que un éxito de temporada. Resuelta sobre las tablas, Zilli enarboló su pop con pespuntes soul, sonido que ya busca heredera, con canciones agradecidas como L’uomo Che Amava Le Donne y Cera Una Volta, más puntales adaptaciones de la matriz Motown (My Girl), algunas en clave italiana (You can’t hurry love/L’amore Verrà). Desembarco brasileño hubo por dos: Gilberto Gil dejó la política para mayor gloria de la canción y, vaya, con 69 años sigue en plena forma. El maestro bahiano regaló un recorrido nutrido por los sonidos del nordeste: forró, baião, xote, maxixe… y mucho tropicalismo flotando en dos horas largas que duró la lección. Gigante Gil, no se esperaba menos, profesor absoluto de la guitarra brasileña, ya sea si se arrima al folclor propio (Dança Da Moda, Óia Eu Aqui De Novo, Lamento Sertanejo) como si rescata su homenaje reggae a Marley (Não Chore Mais). Se fue dejando dos mil almas boquiabiertas con O Livre Atirador e a Pegadora, antes de regresar rápido como invitado para susurrar Esses Moços. Abrió sesión nocturna Adriana Calcanhotto, elegante, la gaucha más nutritiva de la penúltima hornada. Vino con el estreno de su disco de sambas, pero es su pop mayestático, puro expresionismo, el que termina por cautivar a quien no la conoce. Ya se sabe de su cancionero rebosante, también del ojo clínico con el que elige parceiros (Lancelotti, Continentino, Morães), incluso de sus golpes de efecto (percusión con pozuelos de café, distorsión con megáfono infantil… hasta un secador de pelo entre confetis). Pero que nadie caiga en la confusión: Adriana Calcanhotto retrata lo cotidiano como pocas (y pocos) hoy en Brasil. De músicas añejas sabe, y mucho, Mavis Staples. Rescatada del olvido por Jeff Tweedy, la gran dama de Chicago inauguró la noche dedicada al blues y, quizá porque sabía lo que vino después, condensó en una hora medio siglo de sabiduría popular. Bastó escuchar su voz trémula rompiendo espejos de edad con Last Train, la resurrección You Are Not Alone o, ya arrimada al gospel, Creep Along Moses. Cierto que regateó esfuerzo, pero su hora de gloria cotizó en quilates mucho más que el simulacro que llegó luego. Y de África, la escasa cuota recayó en el senegalés Cheikh Lô. Más sosegado que en visitas anteriores, el amable baye fall completó un recital espléndido. Sin aspaviento, con tama y batería amortiguados ante una voz que devuelve el precio de la entrada. Se volcó en Jamm, repasó su mbalax lo-fi y reiteró ser el gran exponente del acervo caribeño en el oeste africano: Seyni, preñada de Cuba. Barroso y Portabales: baile bonito y sabroso en la memoria.

CUARTO CRECIENTE

Quiso poner a bailar como salvajes y lo consiguió, aunque al final diera aspecto de más fiesta que chicha. Stewart Copeland encontró en la tarantella y la pizzica aquel espíritu que utilizó para domesticar el ritmo del punk vía new wave. Baterista proteico, eso no se discute, desembarcó con tanta energía que más que abrir puertas salió disparado por la ventana. Triunfó entre multitudes, quizá porque se esperaba una hipérbole, e hipérbole hubo, pero cabe dudar si el percusionista mejor dotado de su generación está sólo para animar la fiesta. Menos efervescencia en el público encontró El Guincho, pero su propuesta de directo sigue madurando. Ya con guitarra y bajo de cuerpo presente, Pablo Díaz-Reixa parece haber encontrado la fórmula que haga accesible el torrencial despliegue de Alegranza y Pop Negro. Su catarata de ganchos a las caderas admite poco debate: Bombay suena casi mejor que en disco y los hermanos mayores (Palmitos Park, Kalise, Fata Morgana) siguen con el viento en las velas. En otro código, también Russian Red continúa en maduración. Ajena a polémicas fanáticas, Lourdes Hernández defendió con solvencia la cosecha nueva de Fuerteventura, con esa veta autoconfesional (Nice Thick Feathers, Braver Soldier) y cierta cadencia beat (I Hate You But I Love You). Camino consolidado que ya tiene Julieta Venegas. Llegó superviviente del Festival de Benicàssim, pero el sonido se la jugó: apenó ver al ruido fagocitar crónicas tan bien armadas. Algo así ocurrió con Instituto Mexicano del Sonido, con la diferencia de que Camilo Lara parece buscar adrede una sobreactuación que termina por empalagar su híbrido cancionero bailable; y Balkan Beat Box, entremés, ejem, mestizo sin mayor enjundia. Para inventos inflamables están Fréderic Galliano y sus chicos contagiosos del Kuduro Sound System. Música urbana de alto octanaje, orgullo y poder. Aviso: no apta para todos los públicos.

AMENAZA DE LLUVIA

Si no se sabe, no se puede. Cindy Lauper convocó una noche de blues con sabor a Memphis y terminó convenciendo, es un decir, con su pop avejentado de regusto kitsch. Se pasó una hora de quiero y no puedo (Down Don’t Bother Me, Crossroads, Don’t Cry No More), entre saltitos de ridículo y ceremonias de autocomplacencia. Apenas levantó vuelo, y es otro decir, con True Colors, Time After Time y, obvio, Girls Just Want To Have Fun. Más barato hubiera salido un karaoke. Es lo que tiene generar expectativas. Aprendida se tiene la lección Third World, que hizo lo que sabe. Ni más ni menos. Neo-reggae de fácil consumo, pero con dignidad. Casi como Afro Celt Sound System: pocos conciertos te hacen sentir tan viejo. Y pensar que Simmon Emerson, en 1994, produjo el atlético Firin’ in Fouta de Baaba Maal. Pero para potajes mal cocinados Ojos de Brujo, con su penoso camelo transgénico. Tantos años de intentos de mezclar a Run DMC con faldas de lunares para este triste simulacro que el invitado Peret deja con el culo al aire en diez minutos. Buche y pluma ná más… ahora (dicen) se van. Si es verdad, no se echarán en falta sus fruslerías.

Publicado en septiembre de 2011 en la revista Rockdelux