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Congotronics: de las fiestas populares en África a las pistas del baile moderno en Europa

28 Nov

Congotronics

por Carlos Fuentes

Cuando la música africana daba señales de agotamiento, dos productores belgas buscaron a principios de siglo una alternativa al empacho de ritmos tradicionales. Marc Hollander y Vincent Kenis viajaron a un país en ruinas, la República Democrática del Congo, para indagar en ritmos que ampliaran el público de la música étnica. En 2004, sin hacer mucho ruido, el sello Crammed editó el disco Congotronics, de los desconocidos Konono Nº1.

La reacción a la letanía de distorsión interpretada con likembé, un piano de pulgar fabricado con una caja de madera barata y pestañas de latón reciclado, grabada a pelo con altavoces viejos, fue estruendosa. De repente hasta la islandesa Björk quiso ser africana y llamó al grupo de Kinshasa para grabar su disco Volta. También festivales de pop electrónico se rifaron al grupo liderado por el septuagenario Mawangu Mingiedi. Siete años después, la audacia ha vuelto a repetirse: Konono Nº1 lidera el proyecto Congotronics vs Rockers, donde el techno africano se mide con sonidos rock de la argentina Juana Molina, los californianos Deerhoof y los suecos Wildbirds & Peacedrums.

Congotronics vs Rockers

“Intentamos crear un lenguaje común, construir puentes entre dos mundos. Es un objetivo ambicioso, pero es posible”, explica Marc Hollander horas antes de llegar a Madrid con una gira que volverá en julio al Festival de Benicàssim. ¿Y existe conexión entre la polirritmia del Congo y el pop contemporáneo? “Sí y no”, admite Hollander. “Konono Nº1 quiere modernizar su música tradicional y su sonido tiene semejanzas con el rock, sobre todo por la distorsión”, añade el productor belga, que apela a la revisión de Congotronics que el año pasado editó con versiones de artistas como Animal Collective, Andrew Bird o Glenn Kotche, el baterista del grupo Wilco. “Tuvimos mucho éxito y decidimos dar un paso más en esa dirección, ahora en vivo, con esta colaboración cara a cara”.

A esta genuina alianza de civilizaciones se apuntó la argentina Juana Molina, cuyo ambient vocal se antojaría aceite para el agua fresca de Congotronics. Nada que temer, asegura esta hija de tanguero. “Siempre es más interesante intentar algo nuevo que recrearte en lo que ya existe. Ahora hemos revisado un par de canciones y han adquirido aromas distintos”, explica la autora de Tres cosas, sin negar que no fue sido cosa fácil. “El principal dilema que se presentó fue cómo resolver los compases de nuestra música común: ellos trabajan con uno por tres y nosotros solemos hacerlo en dos por cuatro, así que buscar un punto de encuentro dio muchos dolores de cabeza. Pero los músicos de Konono Nº1 y Kasai All Stars nos han regalado todo su empeño y al final lo logramos”. Hizo falta un intercambio de propuestas musicales a través de Internet y una sesión de ensayos realizada durante una semana de pruebas en Bruselas.

Congotronics vs Rockers live

Músico de largo recorrido desde que en 1977 formó el grupo de avant-rock Aksak Maboul, Marc Hollander reconoce que la intensa influencia urbana de Kinshasa, una de las ciudades más cosmopolitas, ruidosas y violentas de África, ha jugado un papel fundamental en el invento. “Konono Nº1 empezó haciendo músicas tradicionales, pero al trasladarse a la capital se vio obligado a amplificar sus instrumentos para lograr que el público pudiera entenderlos. Y como resultado apareció una música con mucho groove, casi punk-rock o electro-punk. Es maravilloso que una música concebida para acontecimientos sociales como fiestas populares o funerales haya terminado por convertirse en la preferida para bailar de la gente joven en Europa y EEUU. ¡Es casi un milagro!”, exclama su productor. Hollander ya trabaja en la grabación de un disco con los artistas participantes en la gira Congotronic vs Rockers junto a grupos de nuevo cuño como Skeletons, Hoquets y la cantante Maia Vidal. “No tenemos un plan”, asegura, “más bien funcionamos siempre por impulsos en función de nuestra curiosidad. Y este es un proyecto con el que había soñado desde hace años”.

Publicado en el diario Público en mayo de 2011

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Leve susurrar de canciones

9 Dic

Juana Molina

JUANA MOLINA

Por Carlos Fuentes

Nunca la etiqueta cantautora sonó tan reduccionista. Ni el adjetivo electrónica distorsionó tanto la comprensión cabal de un universo musical tan delicado. Abstracto verso suelto en el país del rock en castellano, la argentina Juana Molina es todavía una incógnita rara para el público hispano. La mujer que cambió éxito televisivo por canción inteligente habla aquí de fuegos fatuos, África y bosques melódicos.

juana molinaLa casa de Juana Molina es una escapatoria del ruido. Y de la fiebre de vivir. El pueblo de Ricardo Rojas está treinta kilómetros tierra argentina adentro, frente a la capital y al río de la Plata, al costado de la carretera panamericana. Llegar hasta aquí ha llevado dos horas en transporte público y, ahora, por esta calle estrecha, en una esquina perdida de un poblado periférico del conurbano de Buenos Aires, pasa un viejo Ford Falcón color gris verdoso. Guiño de memoria metálica al peor tiempo de la dictadura que, en 1976, obligó al exilio a la familia de la anfitriona. Juana Molina (Buenos Aires, 1962), hija del cantante de tangos Horacio Molina y de la actriz Chunchuna Villafañe (con ella huyó de la vesania y el horror, seis años de exilio, primero Madrid, luego París), ultima los ensayos para dos conciertos solitarios. Está en plena transición tranquila entre discos. El último, Un día (Domino Records), data ya de 2008. Atrás quedan otros cuatro, como Tres Cosas (2002), su osadía equiparada en méritos por The New York Times con Brian Wilson (Smile), Björk (Medúlla) y Kanye West (The College Dropout). Juana Molina sabe que se la espera, pero no tiene prisa. “Las giras me han impedido sentarme a componer. Y no soy de las que componen en los viajes”, explica esta voz leve de la canción pespuntada con electrónica amable.

¿Cómo nace una de sus canciones?

Necesito unos días para sumergirme en el futuro mundo. Y la distracción no me ayuda. Empiezo superficialmente y, de golpe, entro en la historia para ver hacia dónde quiero ir. Esto lleva dos, tres semanas, y una vez dentro no me detengo. Es un túnel por el que voy. Ahí las cosas vienen solas, si vienen de otra forma no me interesan: suelen ser superficiales y probablemente descartables. Cada canción tiene su surgir, una línea musical, una sucesión de acordes o de notas te inspiran hacer otra cosa. Al final llegan las letras, siempre tras la música. Me interesa más la música, la letra es una excusa para cantar melodías. Cuando canto siempre aparece alguna palabra o frase incluida en la melodía, ese es el tema de la canción. A veces resuelvo rápido, otras veces cuesta más porque cuando pongo letra siento que la canción pierde su lenguaje propio y abstracto. De golpe, con la letra, se hace más terrenal. Muchas veces dudo: me convenzo de que esa melodía necesita una letra para ser cantada, pero a veces veo que las letras sacan a las melodías de su lugar y la música se vuelve más pesada.

juana molina poster

¿Qué llevó a este sonido tan cálido en el país del rock en castellano?
No lo sé. Quizá por eso me costó tanto ser acá, siempre me sentí sapo de otro pozo. Será eso. Cada uno es sus influencias, las influencias son despertadores y no son voluntarias. Ocurre aunque no quieras. Y hay otras que te gustan y no te quedan, no son para vos. Cuando era más chica me gustaba mucho el funk y la música negra, pero de eso no hay nada en mí. Me gustaría citarlas como influencias, pero no hay nada en lo que hago. Sí están Ravel, Eduardo Mateo, Beatles, Stewart Copeland, Violeta Parra… los escuché, pero no sé qué tengo de ellos. Nacer en una familia muy crítica hizo que mi forma de escuchar sea tan crítica. Por eso me critico mucho y compongo cosas que luego descarto… son necesarias para limpiarme, aunque me lleve tiempo hacerlas. Sé que no van a ir a ningún lugar, pero me salen y no puedo evitarlo. Lo único que puedo evitar es que se publiquen. Muestro lo que quiero dar. No es lo mismo que te critiquen por algo que te gusta que lo hagan por algo que ni a ti misma te gusta.

¿Utiliza la electrónica como fin o más como medio?
Me sorprende cada vez que me preguntan por la electrónica. No siento que use electrónica, uso teclado. Si un teclado es electrónica, entonces sí. Me gustaría hacer música electrónica, es uno de los lenguajes que más me interesan pero no lo sé manejar. Querría hacer un disco bailable, pero no sé cómo. Imagino algo, pero lo hago y suena a otra cosa. De la idea al hecho hay muchos filtros, las capacidades, las posibilidades. Como un nadador que cree que mueve los brazos como el otro, pero el otro tiene un estilo hermoso y no se sabe bien por qué.

Quizá porque ha sabido encontrar lo hermoso en la sencillez eléctrica…

El tilde de folktrónica que se puso a mi música, que no me parece errado, se debe al simple hecho de que uso guitarra acústica. Si yo hiciera lo mismo con una eléctrica no sé cómo lo llamarían. Uso acústica porque es la que tengo, con la que me siento cómoda, pero si encontrara una guitarra eléctrica igual de cómoda y que me sugiriera la misma cantidad de cosas… son los instrumentos los que te sugieren qué hacer. No es lo mismo una guitarra que otra, no es lo mismo un sonido que otro. Para mí no existe el demo. No me sale componer pensando en que luego sonará distinto, porque ya el timbre del instrumento me sugiere lo próximo que vendrá encima. Y ese timbre no puede ser distinto. Es como un bosque lleno de árboles: el sonido de un demo es el tronco del árbol y el timbre son todas las ramas. Cuando entras a un bosque, las ramas ya están mezcladas, los timbres se van mezclando. Si cambiara todos los instrumentos y tocara la misma música con otros, sería como un bosque sin ramas. ¿Cómo llegó a mi sonido? Es una pregunta sin respuesta, llego yendo.

Juana Molina¿Le sorprende el alcance de su obra en países de habla no hispana?

Siempre tengo miedo de que no venga nadie a mis conciertos, siempre viví con ese miedo dentro. No sé muy bien por qué ocurre. La primera vez que toqué en Londres, desde las primeras notas sentí una comunión increíble con el público. Fue estupendo, capté que las trescientas personas aprobaban lo que hacía. No sé si es masivo, pero siento que hay una comunión. Me siento muy celta, lo celta me conmueve, su música, las gaitas me conmueven. No sé dónde tengo ese gen celta, pero en algún lado lo tengo. Yo veo roca, pasto y niebla y ya me siento como en casa. Siento algo mío, aunque nací en Argentina, hija de un cantante de tango y nieta de españoles. Pero escucho canciones de Thomas Campion cantadas por Alfred Deller y no puedo estar con alguien. Me conmuevo, entro en estado casi de shock. La música antigua inglesa me deshace, me deshace realmente porque me llega a un lugar al que no llegan otras. También me pasa con algunas cosas africanas: me dejan perpleja, deshecha, desarmada… es algo realmente profundo que está dentro. No sé de dónde viene, pero lo tengo.

¿Y ayudó esta huella para su conexión africana con Congotronics?

Fue una experiencia muy intensa, por decirlo de la forma más cercana que se pueda decir. Había choques culturales muy fuertes, no fue simple. Los códigos son fundamentales para llevar algo adelante y, al principio, piensas que todos lo entendieron, pero al primer mes ves que nadie entendió nada de nadie. Pero me interesó intentar llegar a entendernos un poco. Es lo que más me gustó de esa experiencia. Ver cómo sienten, por qué sienten, por qué sienten una cosa y no otra. Fui más observadora que otra cosa, como nunca, porque yo de natural soy muy activa. Siempre estoy sacando punta al lápiz para trazar una línea fina a las cosas. Sentí que había mucho que no se decía, muchos percibíamos que había algo flotando que no se decía. Y quise descifrar eso para sentirme más cómoda y no quedarnos en sí, bien, esto es un encuentro con africanos en un proyecto multicultural pero no entendemos nada de nadie. Lo sufrí, pero al final logré lazos fuertes, verdaderos. Fue complejo, pero igual me encantó hacerlo.

Juana Molina en Lunes del ParaninfoDifícil imaginar la carrera de Juana Molina sin una disquera extranjera…

¡Yo qué sé! En Argentina se dio una situación incómoda cuando empezaba: muchos iban a verme porque conocían mi nombre por la televisión. De ese público, y era enorme, no sé cuántos quedaron porque les gustaba. Iba a un concierto y a la mitad había mucha menos gente. Al final, apenas cincuenta. Pero era un alivio, y yo algunas veces preguntaba: ¿empezamos de nuevo ahora que estamos los que queremos estar? A partir de ellos se fue formando otro público. Fichar por Domino hizo que más gente se enterara y se diera ese titular ridículo: “Vuelve triunfante de Europa”. Pero no creo que eso te dé más público, sí da posibilidad de que más gente te conozca. Hoy no estamos para que un disco tenga dos oportunidades, estoy condenada a que a mucha gente nunca le guste lo que hago. Sé que jamás me va a dar segunda oportunidad. Cuando empecé me decían que estaba loca, ¿no quieres poner algunas otras cosas a tus canciones? (risas) Pero yo no sacrifiqué una exitosa carrera de actriz para hacer algo que no me guste. No lo hago para tener éxito, lo hago porque si no lo hago me muero. Y muy de a poco, pero a paso seguro, empecé a tener más adeptos. Aunque sé que a la mayoría de la gente no le gusta mi música a la primera: escucharme es como aprender a aprender otro idioma.

Congotronics vs Rockers

África y las cintas robadas

Lo último de Juana Molina fue el proyecto Congotronics vs Rockers (2011), la reunión de grupos occidentales (Deerhoof, Skeletons, Wildbirds & Peacedrums) con la polirritmia febril de los congoleños Konono Nº1 y Kasai All Stars. Para la argentina era una cuenta pendiente y un mal recuerdo: “Tuve curiosidad por lo africano cuando vivía en Francia, pero ocurrió una desgracia lamentable que no pude remediar. En 1982, cuando ya volvía de Europa, pasé meses grabando discos prestados y programas de radio en cintas caseras. Reuní cuatrocientos casetes de noventa minutos, pero me robaron todo al llegar acá. Y nunca más recuperé esa música”, explica. “No me pude recuperar de la pérdida de gran parte del alimento musical de seis años en Europa, fue como si me hubieran lobotomizado. Olvidé esas músicas y ya nunca más compré discos”. Y ahora, ¿cómo se guía? “Hay tal cantidad de oferta que antes debes informarte, leer para saber qué quieres comprar. Voy a una tienda de discos, me quedo parada en medio de las góndolas y me voy sin nada porque no sé qué elegir”,  admite Juana Molina. “Por suerte, existe YouTube y descubro cosas por casualidad, pero me falta curiosidad. No soy tan curiosa para estar investigando”.

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2012

Rumbas y orgullo africano en el jardín del zoo de Kinshasa

15 Sep

STAFF BENDA BILILI

por Carlos Fuentes

Se anuncian como lo nunca visto en África, y parece cierto. Staff Benda Bilili es un grupo formado en Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo, por músicos afectados por la poliomielitis. Sus canciones han sido el pasatiempo preferido durante el trabajo que realizaban como taxistas entre Kinshasa y Brazzaville, capital de Congo, aprovechando una exención de impuestos autorizada por el gobierno. Los músicos tunearon sus vehículos especiales en vistosos triciclos y, a la sombra del jardín del zoológico nacional, comenzaron a fabricar canciones que tienen una pata en el sonido palm-wine y otra, más marcada, en influencias melódicas afrocubanas. Imagine usted rumba zaireña en versión lo-fi con letras preñadas de compromiso social y el sonido espiritual del satonge, un laúd de una sola cuerda. Su disco de estreno, Très très fortlleva cinco meses liderando la lista europea de músicas étnicas.

La aparición de Staff Benda Bilili, revelada al mundo tras la visita que Damon Albarn (Blur, Gorillaz) y los músicos de Massive Attack realizaron hace dos años a África, ha encandilado al público occidental. “Valió la pena venir hasta aquí sólo para conocerlos”, afirmó Robert del Naja, conmovido ante la voluntad de hierro del conjunto congoleño, que grabó bajo un árbol apenas con ayuda de un ordenador portátil enchufado al motor del bar local. La tenacidad y no poca audacia ante las adversidades de la enfermedad son, sin duda, las primeras lecciones que transmite Staff Benda Bilili, cuyo nombre significa “mira más allá de las apariencias”. Su productor, el veterano músico belga Vincent Kenis, está de acuerdo. “Una de las cosas que más me han gustado de este proyecto es el entusiasmo que pusieron todos los músicos para hacer su trabajo. A los dos minutos de estar ante los micrófonos, allí ya nadie se acordaba de los problemas”, explica el responsable del mayor éxito africano de la temporada.

Y no es el primer hallazgo de Kenis. En 2004 ya asombró al mundo con el rescate de Konono Nº1, banda formada en los años setenta que despliega una tormenta de distorsión utilizando varios pianos de pulgar llamados likembés y vetustos amplificadores fabricados con chatarra. La cantante islandesa Björk, que los fichó para su disco Volta, cayó rendida ante la ceremonia de ruido de los congoleños, que acaban de triunfar en los festivales Sónar (Barcelona) y La Mar de Músicas (Cartagena). Más allá de modas posmodernas, la historia de superación de Staff Benda Bilili merece ser contada. En las calles de las grandes ciudades de la República Democrática del Congo sobreviven alrededor de cincuenta mil jóvenes sin hogar. Allí son denominados sheges, al parecer por una derivación para mayor gloria del guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara, quien en 1965 llegó a Kisangani para apoyar la incipiente rebelión congoleña.

Instalados en barrios periféricos rodeados de basura y chatarra, las llamadas bidonvilles, los congoleños de la calle se ganan la vida con empleos de tercera división, limpiando botas, vigilando aparcamientos o con la venta de frutos agrícolas. En los años setenta, lograda ya la independencia de Bélgica, el nuevo gobierno congoleño aprobó una supresión de impuestos para las personas afectadas por movilidad reducida. Pronto este colectivo se agrupó y, organizado en torno al sindicato Plataforma, impulsó una modalidad de negocio que con los años ha florecido con el continuo trasiego de mercancías entre las dos ciudades que separa el caudaloso río Congo, Brazzaville al norte y Kinshasa al sur. No sólo se dedicaron a comerciar. También se promovió un sistema de ayuda social para permitir, primero, la vacunación de niños contra la polio y, a medio plazo, armar un sistema educativo con colegios adaptados a sus necesidades especiales.

Benda-Bilili

Ahora, Staff Benda Bilili es la banda sonora de esta ilusión. Los músicos, que se consideran los voceros de la vida cotidiana en Kinshasa, reflejan en sus canciones cualquier aspecto destacado de la actualidad congoleña, ya sea el aumento del precio de los alimentos o la importancia que tiene la vacunación de los niños contra la polio. “Porque la única discapacidad real no está en el cuerpo sino en la mente”, dicen, orgullosos, en posición de guardia constante contra una enfermedad que, según la Organización Mundial de la Salud, aún afecta de manera endémica a cuatro países en vías de desarrollo, Afganistán, India, Nigeria y Pakistán. Por eso, la batalla vital de Staff Benda Bilili continúa: “Mientras un solo niño siga infectado por el virus de la polio, los niños de todos los países correrán riesgo de contraer la enfermedad, porque puede propagarse con rapidez entre las poblaciones no inmunizadas, especialmente en menores”.

En lo musical, el disco publicado por el sello belga Crammed condensa con esmero el vasto patrimonio sonoro de la región vecina de los grandes lagos. Allí nació el soukous, la rumba zaireña que a este lado del mar ha hecho populares a músicos como Kékélé, Papa Wemba o Kanda Bongo Man. Sin embargo, la vieja escuela tiene como héroes a dos cantantes que ya no están: el influyente Wendo Kolosoy y el orondo Pépé Kallé. A su manera, Staff Benda Bilili amplía el campo de acción de la rumba africana con un sonido más sosegado, muchas veces acústico y, sorpresa, menos bailable. “No se ha cambiado demasiado lo que ellos ya hacían, únicamente los reuní delante del equipo de sonido, busqué una nueva amplificación y trabajamos juntos en los arreglos. Quería grabar lo que había escuchado la primera vez, nada más”, precisa Vincent Kenis. “Ellos suenan naturales, aunque fueron necesarios algunos ajustes en determinados instrumentos tradicionales que requerían algo más de fuerza, menos distorsión. También las percusiones se mejoraron porque las originales eran primitivas, apenas unas latas que golpeaban con palos corrientes”, explica su productor.

Staff Benda Bilili
El origen del encanto musical de Staff Benda Bilili se nutre de las raíces mestizas que tienen las músicas en el centro de África, pero también han jugado factores externos vinculados a la política convulsa en la región. “El sonido del grupo está relacionado con su origen. Ellos viven en el centro de Kinshasa y tienen acceso a influencias muy variadas en las calles. Por allí pasan visitantes blancos, soldados enviados por Naciones Unidas y algunos pocos turistas. Todos, sin darse cuenta, van dejando músicas diferentes a las congoleñas”, anota Vincent Kenis para buscar otros factores influyentes en los tiempos pasados. “Es importante saber que en Congo existió durante mucho tiempo una especie de autarquía cultural provocada por la prohibición del terrorífico régimen de Mobutu a toda influencia extranjera. Allí se impuso que la cultura extranjera era mala por definición, lo que provocó un desconocimiento grande sobre la música foránea. Eso va cambiando y Staff Benda Bilili es un ejemplo”.

El disco Très très fort desembarcó en el mercado musical occidental al calor del éxito mayúsculo logrado por los conjuntos congoleños Konono Nº1 y Kasai All Stars en la serie Congotronics. ¿Hay hueco ahora en el gran mercado para una apuesta más serena, menos estrambótica? “Por supuesto que sí”, afirma su productor. “Staff Benda Bilili serán más grandes que Konono Nº1. Primero, porque hacen una música más accesible, y también porque con Konono Nº1 el público europeo reacciona cuando ya han pasado veinte minutos de concierto. Con Staff Benda Bilili, la sorpresa y el entusiasmo son inmediatos, a los cinco minutos. Y tendrán mayor impacto en la audiencia europea, seguro”, avanza Vincent Kenis, que ya tiene ideas para continuar el trabajo con otro disco. “Tenemos dos o tres canciones nuevas”, anuncia, “pero ahora debemos esperar a que acabe la gira europea de otoño”. Serán veinte conciertos entre octubre y diciembre. Para enero queda el proyecto de regresar a Congo y ampliar el catálogo musical con la banda del zoo de Kinshasa.

Publicado en el diario Público en agosto de 2009